Un avaro en San Petersburgo
De Pavel Ulanovski
(Un ejercicio de estilo gogoliano).
En la vasta y brumosa San
Petersburgo, donde el viento del Neva parece haber sido inventado
exclusivamente para congelar las narices de los consejeros titulares,
deambulaba una criatura que desafiaba toda clasificación en la Tabla de Rangos
del Imperio.
Se llamaba Vladimir Charlavski,
conocido en toda la Avenida Nevski por el sobrenombre de Utka —Ganso—, debido a
la solemne y absurda disposición de sus pies, que apuntaban hacia afuera en un
ángulo exacto de cuarenta y cinco grados, haciéndolo avanzar como un ganso
vestido de luto. Llevaba una levita tan antigua, suelta y pesada, que bien
podría haber pertenecido a un archivista de los tiempos de Catalina la Grande.
Era un hombre de ochenta inviernos, sordo como la campana de bronce de la
Catedral de Kazán, que caminaba a todas partes para no gastar los cinco kopeks
que costaba el trineo de alquiler.
Y aquí permítame, benévolo lector,
una digresión: ¿qué significa caminar a cuarenta y cinco grados en Petersburgo?
No es una rareza anatómica, no. Es una declaración filosófica. Mientras los
demás pisan recto hacia sus oficinas, Utka pisa hacia dos futuros a la vez, sin
llegar a ninguno, pero ahorrándose el camino.
Vladimir había hecho su fortuna no en
una manufaktura moderna, sino como burócrata de aduanas con kaftán raído y
prestamista de sombra y tintero. Compraba enormes y lúgubres casonas de madera
en los suburbios de Kolomna, las cuales amueblaba con espantosas alfombras
traídas de Crimea y divanes apolillados. Rentaba cuartuchos húmedos a copistas,
escribientes de 14ª clase y oficinistas muertos de hambre. A todos, sin
importar si habían sido bautizados como Iván, Piotr o Sidor, él los llamaba
genéricamente «Gumarov» —un apodo tártaro que él usaba para no tener que
recordar ningún nombre cristiano—. Pobre del Gumarov que cayera en sus manos:
Vladimir mismo reparaba las estufas de leña con barro barato, no les daba ni un
trago de kvas en invierno y les prohibía usar las letrinas interiores bajo
amenaza de cobrarles el desgaste de la madera.
Su comportamiento en los traktires
era digno de un cuento de brujería. En aquellos tiempos —cuando aún lo
acompañaba su mujer— Vladimir entraba arrastrando sus pies a cuarenta y cinco
grados, se sentaba y exigía al mozo, con gritos destemplados de sordo, un vaso
de agua hirviendo y una rodaja de limón. No pagaba un solo kopek por este
servicio. Mientras los demás pedían sopa, él vaciaba el azucarero del local en
su vaso hasta crear un lodo dulce y espeso. Exigía que se colocaran al centro
de la mesa arenques curados, salo, caviar barato y blinis. A la hora de pagar,
alegaba con la indignación de un arzobispo que él "no había probado
bocado", pese a que toda la taberna lo había visto comerse el azúcar a
puñados mezclada con el tocino.
En su hogar, la penumbra era
absoluta. La luz de los quinqués de aceite se racionaba como si fuera un pecado
contra el Zar, y las velas de sebo, viejas y escurridas, apestaban a grasa de
carnero guardada. El papel para la escritura se cortaba en cuadrículas
microscópicas, y pobre de aquel que desperdiciara una hoja entera. Su esposa,
harta de vivir en esta cueva de avaricia, terminó por abandonarlo para
refugiarse en un apartado rincón de la provincia, cansada de su monomanía
patológica. Y es que para Vladimir no existía más divinidad que el rublo: era
capaz de pasar horas enteras bajo los pesados cobertores de lana, temblando de
emoción no por pasiones mundanas, sino contemplando a la luz de un fósforo
—lujo moderno que él mismo había robado— las escrituras notariales de sus
hipotecas, que ya no valían nada.
El destino, que en Rusia siempre es
irónico, lo castigó de la forma más cruel: un especulador de granos y bonos del
Estado, un charlatán que le prometió duplicar sus ahorros en la oscura bolsa de
Odesa, lo dejó en la más absoluta ruina líquida. De sus casonas solo le
quedaron los papeles; las casas mismas ya eran de los acreedores.
Ahora, frente a la inminente boda de
sus hijas —quienes, para colmo de su deshonra financiera, se casan con un par
de dvorianes provincianos venidos a menos—, Vladimir Charlavski acecha. No
tiene un kopek, pero su mente bulle: vestido con su levita centenaria, planea
colarse en el modesto banquete alquilado por los parientes políticos, quejarse
de la cocción de la col agria y exigirles a gritos a los novios que le paguen
el óbolo para el pope y, si es posible, los dos kopeks del carruaje de vuelta a
casa.
Y ahora, bajo los quinqués mortecinos
del salón de bodas, donde los invitados sorben su té con desgano y mastican pan
duro, Vladimir permanece inmóvil en su rincón, convertido en un auténtico
monumento al kopek. Su levita cruje con cada latido y sus pies apuntan
obstinadamente hacia el infinito, como si se preparara para marchar hacia la
nada. No ha probado bocado del banquete, por supuesto; se limita a sostener un
vaso de agua tibia con limones robados, mientras mastica terrones de azúcar
extraídos de sus bolsillos secretos. Ni la ruina, ni la fuga de sus Gumarovs,
ni el paso del tiempo lograrán doblegar jamás al gran patriarca de la tacañería
universal. Alza la vista con los ojos vidriosos por la sordera y la
obstinación, convencido de que aún puede calcular el costo exacto del aire que
todos están respirando, listo para cobrarles la luz de las velas antes de que
se extinga la última chispa de la Santa Madre Rusia.
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