jueves, 3 de septiembre de 2026

Un avaro en San Petersburgo.

  

 

Un avaro en San Petersburgo

De Pavel Ulanovski

(Un ejercicio de estilo gogoliano).

 

En la vasta y brumosa San Petersburgo, donde el viento del Neva parece haber sido inventado exclusivamente para congelar las narices de los consejeros titulares, deambulaba una criatura que desafiaba toda clasificación en la Tabla de Rangos del Imperio.

 

Se llamaba Vladimir Charlavski, conocido en toda la Avenida Nevski por el sobrenombre de Utka —Ganso—, debido a la solemne y absurda disposición de sus pies, que apuntaban hacia afuera en un ángulo exacto de cuarenta y cinco grados, haciéndolo avanzar como un ganso vestido de luto. Llevaba una levita tan antigua, suelta y pesada, que bien podría haber pertenecido a un archivista de los tiempos de Catalina la Grande. Era un hombre de ochenta inviernos, sordo como la campana de bronce de la Catedral de Kazán, que caminaba a todas partes para no gastar los cinco kopeks que costaba el trineo de alquiler.

 

Y aquí permítame, benévolo lector, una digresión: ¿qué significa caminar a cuarenta y cinco grados en Petersburgo? No es una rareza anatómica, no. Es una declaración filosófica. Mientras los demás pisan recto hacia sus oficinas, Utka pisa hacia dos futuros a la vez, sin llegar a ninguno, pero ahorrándose el camino.

 

Vladimir había hecho su fortuna no en una manufaktura moderna, sino como burócrata de aduanas con kaftán raído y prestamista de sombra y tintero. Compraba enormes y lúgubres casonas de madera en los suburbios de Kolomna, las cuales amueblaba con espantosas alfombras traídas de Crimea y divanes apolillados. Rentaba cuartuchos húmedos a copistas, escribientes de 14ª clase y oficinistas muertos de hambre. A todos, sin importar si habían sido bautizados como Iván, Piotr o Sidor, él los llamaba genéricamente «Gumarov» —un apodo tártaro que él usaba para no tener que recordar ningún nombre cristiano—. Pobre del Gumarov que cayera en sus manos: Vladimir mismo reparaba las estufas de leña con barro barato, no les daba ni un trago de kvas en invierno y les prohibía usar las letrinas interiores bajo amenaza de cobrarles el desgaste de la madera.

 

Su comportamiento en los traktires era digno de un cuento de brujería. En aquellos tiempos —cuando aún lo acompañaba su mujer— Vladimir entraba arrastrando sus pies a cuarenta y cinco grados, se sentaba y exigía al mozo, con gritos destemplados de sordo, un vaso de agua hirviendo y una rodaja de limón. No pagaba un solo kopek por este servicio. Mientras los demás pedían sopa, él vaciaba el azucarero del local en su vaso hasta crear un lodo dulce y espeso. Exigía que se colocaran al centro de la mesa arenques curados, salo, caviar barato y blinis. A la hora de pagar, alegaba con la indignación de un arzobispo que él "no había probado bocado", pese a que toda la taberna lo había visto comerse el azúcar a puñados mezclada con el tocino.

 

En su hogar, la penumbra era absoluta. La luz de los quinqués de aceite se racionaba como si fuera un pecado contra el Zar, y las velas de sebo, viejas y escurridas, apestaban a grasa de carnero guardada. El papel para la escritura se cortaba en cuadrículas microscópicas, y pobre de aquel que desperdiciara una hoja entera. Su esposa, harta de vivir en esta cueva de avaricia, terminó por abandonarlo para refugiarse en un apartado rincón de la provincia, cansada de su monomanía patológica. Y es que para Vladimir no existía más divinidad que el rublo: era capaz de pasar horas enteras bajo los pesados cobertores de lana, temblando de emoción no por pasiones mundanas, sino contemplando a la luz de un fósforo —lujo moderno que él mismo había robado— las escrituras notariales de sus hipotecas, que ya no valían nada.

 

El destino, que en Rusia siempre es irónico, lo castigó de la forma más cruel: un especulador de granos y bonos del Estado, un charlatán que le prometió duplicar sus ahorros en la oscura bolsa de Odesa, lo dejó en la más absoluta ruina líquida. De sus casonas solo le quedaron los papeles; las casas mismas ya eran de los acreedores.

 

Ahora, frente a la inminente boda de sus hijas —quienes, para colmo de su deshonra financiera, se casan con un par de dvorianes provincianos venidos a menos—, Vladimir Charlavski acecha. No tiene un kopek, pero su mente bulle: vestido con su levita centenaria, planea colarse en el modesto banquete alquilado por los parientes políticos, quejarse de la cocción de la col agria y exigirles a gritos a los novios que le paguen el óbolo para el pope y, si es posible, los dos kopeks del carruaje de vuelta a casa.

 

Y ahora, bajo los quinqués mortecinos del salón de bodas, donde los invitados sorben su té con desgano y mastican pan duro, Vladimir permanece inmóvil en su rincón, convertido en un auténtico monumento al kopek. Su levita cruje con cada latido y sus pies apuntan obstinadamente hacia el infinito, como si se preparara para marchar hacia la nada. No ha probado bocado del banquete, por supuesto; se limita a sostener un vaso de agua tibia con limones robados, mientras mastica terrones de azúcar extraídos de sus bolsillos secretos. Ni la ruina, ni la fuga de sus Gumarovs, ni el paso del tiempo lograrán doblegar jamás al gran patriarca de la tacañería universal. Alza la vista con los ojos vidriosos por la sordera y la obstinación, convencido de que aún puede calcular el costo exacto del aire que todos están respirando, listo para cobrarles la luz de las velas antes de que se extinga la última chispa de la Santa Madre Rusia.

 

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