Homero
LA ODISEA
Canto I. Los dioses
deciden en asamblea el retorno de Odiseo
Canto II. Telémaco
reúne en asamblea al pueblo de Itaca
Canto III. Telémaco
viaja a Pilos para informarse sobre su padre
Canto IV. Telémaco
viaja a Esparta para informarse sobre su padre
Canto V.
Odiseo llega a Esqueria de los feacios
Canto VI. Odiseo y
Nausícaa
Canto VII. Odiseo en el
palacio de Alcínoo
Canto VIII. Odiseo
agasajado por los feacios
Canto IX. Odiseo cuenta
sus aventuras: los Cicones, los Lotófagos, los Cíclopes
Canto X. La isla de
Eolo. El palacio de Circe la hechicera
Canto X1. Descensus
ad inferos
Canto XII. Las Sirenas.
Ercila y Caribdis. La isla del Sol.Ogigia
Canto XIII. Los feacios
despiden a Odiseo. Llegada a Itaca
Canto XIV. Odiseo en la
majada de Eumeo
Canto XV. Telémaco
regresa a Itaca
Canto XVI. Telémaco
reconoce a Odiseo
Canto XVII. Odiseo
mendiga entre los pretendientes
Canto XVIII. Los
pretendientes vejan a Odiseo
Canto XIX. La esclava
Euriclea reconoce a Odiseo
Canto XX. La última cena
de los pretendientes
Canto XXI. El certamen
del arco
Canto XXII. La venganza
Canto XXIII.
Penélope reconoce a Odiseo
Canto XXIV. El pacto
CANTO I
LOS DIOSES DECIDEN EN
ASAMBLEA
EL RETORNO DE ODISEO
Cuéntame, Musa, la
historia del hombre de muchos senderos,
que anduvo errante muy
mucho después de Troya sagrada asolar;
vió muchas ciudades de
hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin
cuento en el mar tratando
de asegurar la vida y el
retorno de sus compañeros.
Mas no consiguió
salvarlos, con mucho quererlo,
pues de su propia
insensatez sucumbieron víctimas,
¡locas! de Hiperión
Helios las vacas comieron,
y en tal punto acabó para
ellos el día del retorno.
Diosa, hija de Zeus,
también a nosotros,
cuéntanos algún pasaje de
estos sucesos.
Ello es que todos los
demás, cuantos habían escapado a la amarga muerte, estaban en casa, dejando
atrás la guerra y el mar. Sólo él estaba privado de regreso y esposa, y lo
retenía en su cóncava cueva la ninfa Calipso, divina entre las diosas, deseando
que fuera su esposo.
Y el caso es que cuando
transcurrieron los años y le llegó aquel en el que los dioses habían hilado que
regresara a su casa de Itaca, ni siquiera entonces estuvo libre de pruebas; ni
cuando estuvo ya con los suyos. Todos los dioses se compadecían de él excepto
Poseidón, quién se mantuvo siempre rencoroso con el divino Odiseo hasta que
llegó a su tierra.
Pero había acudido
entonces junto a los Etiopes que habitan lejos (los Etiopes que están divididos
en dos grupos, unos donde se hunde Hiperión y otros donde se levanta), para
asistir a una hecatombe de toros y carneros; en cambio, los demás dioses estaban
reunidos en el palacio de Zeus Olímpico. Y comenzó a hablar el padre de hombres
y dioses, pues se había acordado del irreprochable Egisto, a quien acababa de
matar el afamado Orestes, hijo de Agamenón. Acordóse, pues, de éste, y dijo a
los inmortales su palabra:
«¡Ay, ay, cómo culpan los
mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero
también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les
corresponde. Así, ahora Egisto ha desposado cosa que no le correspondía a la
esposa legítima del Atrida y ha matado a éste al regresar; y eso que sabía que
moriría lamentablemente, pues le habíamos dicho, enviándole a Hermes, al
vigilante Argifonte, que no le matara ni pretendiera a su esposa. "Que
habrá una venganza por parte de Orestes cuando sea mozo y sienta nostalgia de
su tierra." Así le dijo Hermes, mas con tener buenas intenciones no logró
persuadir a Egisto. Y ahora las ha pagado todas juntas.»
Y le contestó luego la
diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida,
supremo entre los que mandan, ¡claro que aquél yace víctima de una muerte
justa!, así perezca cualquiera que cometa tales acciones. Pero es por el
prudente Odiseo por quien se acongoja mi corazón, por el desdichado que lleva
ya mucho tiempo lejos de los suyos y sufre en una isla rodeada de corriente
donde está el ombligo del mar. La isla es boscosa y en ella tiene su morada una
diosa, la hija de Atlante, de pensamientos perniciosos, el que conoce las
profundidades de todo el mar y sostiene en su cuerpo las largas columnas que
mantienen apartados Tierra y Cielo. La hija de éste lo retiene entre dolores y
lamentos y trata continuamente de hechizarlo con suaves y astutas razones para
que se olvide de Itaca; pero Odiseo, que anhela ver levantarse el humo de su
tierra, prefiere morir. Y ni aun así se te conmueve el corazón, Olímpico. ¿Es
que no te era grato Odiseo cuando en la amplia Troya te sacrificaba víctimas
junto a las naves aqueas? ¿Por qué tienes tanto rencor, Zeus?»
Y le contestó el que
reúne las nubes, Zeus:
«Hija mía, ¡qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Cómo podría olvidarme tan pronto del
divino Odiseo, quien sobresale entre los hombres por su astucia y más que nadie
ha ofrendado víctimas a los dioses inmortales que poseen el vasto cielo? Pero
Poseidón, el que conduce su carro por la tierra, mantiene un rencor incesante y
obstinado por causa del Cíclope a quien aquél privó del ojo, Polifemo, igual a
los dioses, cuyo poder es el mayor entre los Cíclopes. Lo parió la ninfa Toosa,
hija de Forcis, el que se cuida del estéril mar, uniéndose a Poseidón en
profunda cueva. Por esto, Poseidón, el que sacude la tierra, no mata a Odiseo,
pero lo hace andar errante lejos de su tierra patria. Conque, vamos, pensemos
todos los aquí presentes sobre su regreso, de forma que vuelva. Y Poseidón
depondrá su cólera; que no podrá él solo rivalizar frente a todos los
inmortales dioses contra la voluntad de éstos.»
Y le contestó luego la
diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida,
supremo entre los que mandan, si por fin les cumple a los dioses felices que
regrese a casa el muy astuto Odiseo, enviemos enseguida a Hermes, al vigilante
Argifonte, para que anuncie inmediatamente a la Ninfa de lindas trenzas nuestra
inflexible decisión: el regreso del sufridor Odiseo. Que yo me presentaré en
Itaca para empujar a su hijo y ponerle valor en el pecho a que convoque en
asamblea a los aqueos de largo cabello a fin de que pongan coto a los
pretendientes que siempre le andan sacrificando gordas ovejas y cuernitorcidos
bueyes de rotátiles patas. Lo enviaré también a Esparta y a la arenosa Pilos
para que indague sobre el regreso de su padre, por si oye algo, y para que
cobre fama da valiente entre los hombres.»
Así diciendo, ató bajo
sus pies las hermosas sandalias inmortales, doradas, que la suelen llevar sobre
la húmeda superficie o sobre tierra firme a la par del soplo del viento. Y tomó
una fuerte lanza con la punta guarnecida de agudo bronce, pesada, grande,
robusta, con la que domeña las filas de los héroes guerreros contra los que se
encoleriza la hija del padre Todopoderoso. Luego descendió lanzándose de las
cumbres del Olimpo y se detuvo en el pueblo de Ítaca sobre el pórtico de
Odiseo, en el umbral del patio. Tenía entre sus manos una lanza de bronce y se
parecía a un forastero, a Mentes, caudillo de los tafios.
Y encontró a los
pretendientes. Éstos complacían su ánimo con los dados delante de las puertas y
se sentaban en pieles de bueyes que ellos mismos habían sacrificado. Sus
heraldos y solícitos sirvientes se afanaban, unos en mezclar vino con agua en
las cráteras, y los otros en limpiar las mesas con agujereadas esponjas; se las
ponían delante y ellos se distribuían carne en abundancia. El primero en ver a
Atenea fue Telémaco, semejante a un dios; estaba sentado entre los
pretendientes con corazón acongojado y pensaba en su noble padre: ¡ojalá
viniera e hiciera dispersarse a los pretendientes por el palacio!, ¡ojalá
tuviera él sus honores y reinara sobre sus posesiones! Mientras esto pensaba
sentado entre los pretendientes, vió a Atenea. Se fue derecho al pórtico, y su
ánimo rebosaba de ira por haber dejado tanto tiempo al forastero a la puerta.
Se puso cerca, tomó su mano derecha, recibió su lanza de bronce y le dirigió
aladas palabras:
«Bienvenido, forastero,
serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado del banquete, dirás qué
precisas.»
Así diciendo, la condujo
y ella le siguió, Palas Atenea. Cuando ya estaban dentro de la elevada morada,
llevó la lanza y la puso contra una larga columna, dentro del pulimentado
guardalanzas donde estaban muchas otras del sufridor Odiseo. La condujo e hizo
sentar en un sillón y extendió un hermoso tapiz bordado; y bajo sus pies había
un escabel. Al lado colocó un canapé labrado lejos de los pretendientes, no
fuera que el huésped, molesto por el ruido, no se deleitara con el banquete
alcanzado por sus arrogancias y para preguntarle sobre su padre ausente. Y una
esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra
de oro, para que se lavara, y al lado extendió una mesa pulimentada. Luego la
venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas
escogidas, favoréciéndole entre los que estaban presentes. El trinchante les
ofreció fuentes de toda clase de carnes que habían sacado del trinchador y a su
lado colocó copas de oro. Y un heraldo se les acercaba a menudo y les
escanciaba vino.
Luego entraron los
arrogantes pretendientes y enseguida comenzaron a sentarse por orden en sillas
y sillones. Los heraldos les derramaron agua sobre las manos, las esclavas
amontonaron pan en las canastas y los jóvenes coronaron de vino las cráteras. Y
ellos echaron mano de los alimentos que tenían dispuestos delante. Después que
habían echado de sí el deseo de comer y beber, ocuparon su pensamiento el canto
y la danza, pues éstos son complementos de un banquete; así que un heraldo puso
hermosa cítara en manos de Femio, quien cantaba a la fuerza entre los
pretendientes, y éste rompió a cantar un bello canto acompañándose de la
cítara.
Entonces Telémaco se
dirigió a Atenea, de ojos brillantes, y mantenía cerca su cabeza para que no se
enteraran los demás:
«Forastero amigo, ¿vas a
enfadarte por lo que te diga? Éstos se ocupan de la cítara y el canto ¡y bien
fácilmente!, pues se están comiendo sin pagar unos bienes ajenos, los de un
hombre cuyos blancos huesos ya se están pudriendo bajo la acción de la lluvia,
tirados sobre el litoral, o los voltean las olas en el mar. ¡Si al menos lo
vieran de regreso a Itaca...! Todos desearían ser más veloces de pies que ricos
en oro y vestidos. Sin embargo, ahora ya está perdido de aciago destino, y
ninguna esperanza nos queda por más que alguno de los terrenos hombres asegure
que volverá. Se le ha acabado el día del regreso.
«Pero, vamos, dime esto e
infórmame con verdad: ¿quién, de dónde eres entre los hombres?, ¿dónde están tu
ciudad y tus padres?, ¿en qué nave has llegado?, ¿cómo te han conducido los
marineros hasta Itaca y quiénes se precian de ser? Porque no creo en absoluto
que hayas llegado aquí a pie. Dime también con verdad, para que yo lo sepa, si
vienes por primera vez o eres huésped de mi padre; que muchos otros han venido
a nuestro palacio, ya que también él hacía frecuentes visitas a los hombres.»
Y Atenea, de ojos
brillantes, se dirigió a él:
«Claro que te voy a
contestar sinceramente a todo esto. Afirmo con orgullo ser Mentes, hijo de
Anquíalo, y reino sobre los tafios, amantes del remo. Ahora acabo de llegar
aquí con mi nave y compañeros navegando sobre el ponto rojo como el vino hacia
hombres de otras tierras; voy a Temesa en busca de bronce y llevo reluciente
hierro. Mi nave está atracada lejos de la ciudad en el puerto Reitro, a los
pies del boscoso monte Neyo. Tenemos el honor de ser huéspedes por parte de
padre; puedes bajar a preguntárselo al viejo héroe Laertes, de quien afirman
que ya no viene nunca a la ciudad y sufre penalidades en el campo en compañía
de una anciana sierva que le pone comida y bebida cuando el cansancio se
apodera de sus miembros, de recorrer penosamente la fructífera tierra de sus
productivos viñedos.
«He venido ahora porque
me han asegurado que tu padre estaba en el pueblo. Pero puede que los dioses lo
hayan detenido en el camino, porque en modo alguno esta muerto sobre la tierra
el divino Odiseo, sino que estará retenido, vivo aún, en algún lugar del ancho
mar, en alguna isla rodeada de corriente donde lo tienen hombres crueles y
salvajes que lo sujetan contra su voluntad.
«Así que te voy a decir
un presagio porque los inmortales lo han puesto en mi pecho y porque creo que
se va a cumplir, no porque yo sea adivino ni entienda una palabra de aves de
agüero: ya no estará mucho tiempo lejos de su tierra patria, ni aunque lo retengan
ligaduras de hierro. Él pensará cómo volver, que es rico en recursos.
«Pero, vamos, dime e
infórmame con verdad si tú, tan grande ya, eres hijo del mismo Odiseo. Te
pareces a aquél asombrosamente en la cabeza y los lindos ojos; que muy a menudo
nos reuníamos antes de embarcar él para Troya, donde otros argivos, los mejores,
embarcaron en las cóncavas naves. Desde entonces no he visto a Odiseo, ni él a
mí.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Desde luego, huésped, te
voy a hablar sinceramente. Mi madre asegura que soy hijo de él; yo, en cambio,
no lo sé; que jamás conoció nadie por sí mismo su propia estirpe. ¡Ojalá fuera
yo el hijo dichoso de un hombre al que alcanzara la vejez en medio de sus
posesiones! Sin embargo, se ha convertido en el más desdichado de los mortales
hombres aquél de quien dicen que yo soy hijo, ya que me lo preguntas.»
Y Atenea, de ojos
brillantes, se dirigió a él:
Seguro que los dioses no
te han dado linaje sin nombre, puesto que Penélope te ha engendrado tal como
eres. Conque, vamos, dime esto e infórmame con verdad: ¿qué banquete, qué
reunión es ésta y que necesidad tienes de ella? ¿Se trata de un convite o de una
boda?, porque seguro que no es una comida a escote: ¡tan irrespetuosos me
parece que comen en el palacio, más de lo conveniente! Se irritaría viendo
tantas torpezas cualquier hombre con sentido común que viniera.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Huésped, puesto que me
preguntas esto a inquieres, este palacio fue en otro tiempo seguramente rico a
irreprochable mientras aquel hombre estaba todavía en casa. Pero ahora los
dioses han decidido otra cosa maquinando desgracias; lo han hecho ilocalizable
más que al resto de los hombres. No me lamentaría yo tanto por él aunque
estuviera muerto, si hubiera sucumbido entre sus compañeros en el pueblo de los
troyanos o entre los brazos de los suyos, una vez que hubo cumplido la odiosa
tarea de la guerra. En este caso le habría construido una tumba el ejército
panaqueo y habría cosechado para el futuro un gran renombre para su hijo. Sin
embargo, las Harpías se lo han llevado sin gloria; se ha marchado sin que nadie
lo viera, sin que nadie le oyera, y a mí sólo me ha legado dolores y lágrimas.
«Pero no solo lloro y me
lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado otras malas
preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas Duliquio, Same y la
boscosa Zantez y cuantos son poderosos en la escarpada Itaca pretenden a
mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se niega al odioso matrimonio ni es capaz
de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda comiéndosela. Luego acabarán
incluso conmigo mismo.»
Y le contestó, irritada,
Palas Atenea:
«¡Ay, ay, mucha falta te
hace ya el ausente Odiseo!; que pusiera él sus manos sobre los desvergonzados
pretendientes. Pues si ahora, ya de regreso, estuviera en pie ante el pórtico
del palacio sosteniendo su hacha, su escudo y sus dos lanzas tal como yo le vi
por primera vez en nuestro palacio bebiendo y gozando del banquete recién
llegado de Efira, del palacio de Mermérida... (había marchado allí Odiseo en
rápida nave para buscar veneno homicida con que untar sus broncíneas flechas.
Aquél no se lo dió, pues veneraba a los dioses que viven siempre, pero se lo
entregó mi padre, pues lo amaba en exceso). ¡Con tal atuendo se enfrentara
Odiseo con los pretendientes! Corto el destino de todos sería y amargas sus
nupcias. Pero está en las rodillas de los dioses si tomará venganza en su
palacio al volver o no.
«En cuanto a ti, te
ordeno que pienses la manera de echar del palacio a los pretendientes. Conque,
vamos, escúchame y presta atención a mis palabras: convoca mañana en asamblea a
los héroes aqueos y hazles a todos manifiesta tu palabra; y que los dioses sean
testigos. Ordena a los pretendientes que se dispersen a sus casas, y a tu
madre.., si su deseo la impulsa a casarse, que vuelva al palacio de su poderoso
padre; le prepararán unas nupcias y le dispondrán una dote abundante, cuanta es
natural que acompañe a una hija querida.
«A ti, sin embargo, te
voy a aconsejar sagazmente, por si quieres obedecerme: bota una nave de veinte
remos, la mejor, y marcha para informarte sobre tu padre largo tiempo ausente,
por si alguno de los mortales pudiera decirte algo o por si escucharas la
Voz que viene de Zeus, la que, sobre todas, lleva a los hombres las
noticias.
«Primero dirígete a Pilos
y pregunta al divino Néstor, y desde allí a Esparta al palacio del rubio
Menelao, pues él ha llegado al postrero de los aqueos que visten bronce. Si
oyes de tu padre que vive y está de vuelta, soporta todavía otro año, aunque tengas
pesar; pero si oyes que ha muerto y que ya no vive, regresa enseguida a tu
tierra patria, levanta una tumba en su honor y ofréndale exequias en
abundancia, cuantas están bien.
Y entrega tu madre a un
marido. Luego que esto hayas concluido, medita en tu mente y en tu corazón la
manera de matar a los pretendientes en tu casa con engaño o a las claras.
Y es preciso que no
juegues a cosas de niños, pues no eres de edad para hacerlo. ¿No has oído qué
fama ha cobrado el divino Orestes entre todos los hombres por haber matado al
asesino de su padre, a Egisto fecundo en ardides, porque había quitado la vida
a su ilustre padre? También tú, amigo —pues te veo vigoroso y bello—, sé
valiente para que alguno de tus descendientes hable bien de ti. Yo me marcho
ahora mismo a la rápida nave junto a mis compañeros, que deben estar cansados
de tanto esperarme. Tú ocúpate de esto y presta oídos a mis palabras.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Huésped, en verdad dices
esto con sentimientos amigos, como un padre a su hijo, y jamás los echaré a
olvido. Mas, vamos, quédate ahora por muy deseoso que estés del camino, para
que después de bañarte y gozar en tu pecho marches alegre a la nave portando un
presente, un regalo estimable y hermoso que será para ti un tesoro de mí, como
los que hospedan dan a sus huéspedes.»
Y contestó luego Atenea,
de ojos brillantes:
«No me detengas más, que
ya ansío el camino. El regalo que tu corazón te empuje a darme, entrégamelo
cuando vuelva otra vez para llevarlo a casa. Escoge uno bueno de verdad y
tendrás otro igual en recompensa.»
Así hablando, partió la
de ojos brillantes, Atenea, y se remontó como un ave, e infundió audacia en el
pecho de Telémaco y valentía. Pero después de reflexionar en su mente quedó
estupefacto, pues pensó que era un dios. Y, mortal a los dioses igual, marchó
enseguida junto a los pretendientes.
Entre éstos estaba
cantando el ilustre aedo, y ellos escuchaban sentados en silencio. Cantaba el
regreso de los aqueos que Palas Atenea les había deparado funesto desde Troya.
La hija de Icario, la prudente Penélope, acogió en su pecho el inspirado canto
desde el piso de arriba y descendió por la elevada escalera de su palacio; mas
no sola, que la acompañaban dos siervas. Cuando hubo llegado a los
pretendientes la divina entre las mujeres, se detuvo junto al pilar central del
techo labrado llevando ante sus mejillas un grueso velo, y a cada lado se puso
una fiel sirvienta. Luego habló llorando al divino aedo:
«Femio, sabes otros
muchos cantos, hechizo de los mortales, hazañas de hombres y dioses que los
aedos hacen famosas. Cántales uno de éstos sentado a su lado y que ellos beban
su vino en silencio; mas deja ya ese canto triste que me está dañando el corazón
dentro del pecho, puesto que a mí sobre todos me ha alcanzado un dolor
inolvidable, pues añoro, acordándome continuamente, la cabeza de un hombre cuyo
renombre es amplio en la Hélade y hasta el centro de Argos».
Y Telémaco le dijo
discretamente:
«Madre mía, ¿qué
reprochas al amable aedo que nos deleite como le impulse su voluntad? No son
los aedos culpables, sino en cierto sentido Zeus, el que dota a los hombres que
comen grano como quiere a cada uno».
Para éste no habrá
castigo porque cante el destino aciago de los dánaos, pues éste es el canto que
más celebran los hombres, el que llega más reciente a los oyentes.
«Que tu corazón y tu
espíritu soporten escucharlo, pues no sólo Odiseo perdió en Troya el día de su
regreso, que también perecieron otros muchos hombres. Conque marcha a tu
habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y ordena a las
esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos,
y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio.»
Admiróse ella y se
encaminó de nuevo a su habitación, pues puso en su interior la palabra discreta
de su hijo. Subió al piso de arriba en companía de las esclavas y luego rompió
a llorar a Odiseo su esposo hasta que Atenea, de ojos brillantes, echo dulce
sueño sobre sus parpados.
Los pretendientes
rompieron a alborotar en el sombrío mégaron y deseaban todos acostarse en
su cama al lado de ella. Entonces comenzó a hablarles Telémaco discretamente:
«Pretendientes de mi
madre que tenéis excesiva insolencia, gocemos ahora con el banquete y que no
haya vocerío, puesto que lo mejor es escuchar a un aedo como éste, semejante en
su voz a los dioses».
«Al amanecer marchemos a
la plaza y sentemonos todos para que os diga sin empacho que salgáis de mi
palacio, os preparéis otros banquetes y comáis vuestros propios bienes
invitándoos mutuamente. Pero si os parece lo mejor y más acertado destruir sin
pagar la hacienda de un solo hombre, consumidla. Yo clamaré a los dioses, que
viven siempre, por si Zeus de algun modo me concede que vuestras obras sean
castigadas: pereceréis al punto, sin nadie que os vengue, dentro de este
palacio!»
Así habló, y todos
clavaron los dientes en sus labios. Estaban admirados de Telémaco porque había
hablado audazmente. Y Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió a él:
«Telémaco, seguramente
los dioses mismos te enseñan a ser ya arrogante en la palabra y a hablar
audazmente. ¡Que el hijo de Crono no te haga rey de Itaca, rodeada de mar, cosa
que por linaje te corrresponde como herencia paterna! »
Y Telemaco le contestó
discretamente:
«Antínoo, aunque te
enojes conmigo por lo que voy a decir, esto es precisamente lo que quisiera yo
obtener si Zeus me lo concede. ¿O acaso crees que es lo peor entre los hombres?
No es nada malo ser rey, no; rapidamente tu palacio se hace rico y tu mismo más
respetado. Pero hay muchos otros personajes reales en Itaca, rodeada de mar;
que uno de ellos ocupe el trono, muerto el divino Odiseo. Yo seré soberano de
mi palacio y de los esclavos que el divino Odiseo tomó para mi como botin. »
Y Eurímaco, hijo de
Pólibo, le dijo a su vez:
«Telémaco, en verdad está
en las rodillas de los dioses quién de los aqueos va a reinar en Itaca, rodeada
de mar; tú harías mejor en conservar tus posesiones y reinar sobre tus
esclavos. ¡Cuidado no venga algún hombre que lo prive de tus posesiones por la
fuerza, contra tu voluntad, mientras Itaca siga habitada!
«Pero quiero, excelente,
preguntarte sobre el forastero de dónde es, de qué tierra se precia de ser y
dónde tiene ahora su linaje y heredad paterna. ¿Acaso trae un mensaje de tu
padre ausente o ha llegado aquí por algún asunto propio? Cuán rápido se levantó
y marchó enseguida sin esperar a que lo conociéramos. Desde luego no parecía en
su aspecto un hombre del pueblo.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Eurímaco, con certeza se
ha acabado el regreso de mi padre. No hago ya caso a noticia alguna, venga de
donde viniere, ni presto oídos al oráculo de procedencia divina que mi madre
pueda comunicarme llamándome al mégaron. Este hombre es huésped paterno mío y
afirma con orgullo que es Mentes, hijo del prudence Anquíalo, y reina sobre los
Tafios, amantes del remo.»
Así dijo Telémaco, aunque
había reconocido a la diosa inmortal en su mente.
Volvieron ellos al baile
y al canto para deleitarse y aguardaron al lucero de la tarde y cuando se
estaban deleitando les sobrevino éste, así que se pusieron en camino cada uno a
su casa deseando acostarse.
Entonces Telémaco se
dirigió cavilando hacia el lecho, hacia donde tenía construido su suntuoso
dormitorio en el muy hermoso patio, en lugar de amplia visión. Junto a él
llevaba teas ardientes la fiel Euriclea, hija de Ope Pisenórida, a la que había
comprado en otro tiempo Laertes, cuando todavía era adolescente, por el valor
de veinte bueyes; la honraba en el palacio igual que a su casta esposa, pero
nunca se unió a ella en la cama por evitar la cólera de su mujer. Ésta era
quien llevaba a su lado las ardientes antorchas y lo amaba más que ninguna
esclava, pues lo había criado cuando era pequeño.
Abrió Telémaco las
puertas del dormitorio, suntuosamente construido, y se sentó en el lecho, se
desnudó del suave manto y lo echó sobre las manos de la muy diligente anciana.
Ésta estiró y dobló el manto y colgándolo de un clavo junto al lecho agujereado
se puso en camino para salir del dormitorio. Tiró de la puerta con una anilla
de plata y echó el cerrojo con la correa.
Durante toda la noche,
cubierto por el vellón de una oveja, planeaba él en su mente el viaje que le
había dispuesto Atenea.
CANTO II
TELÉMACO REÚNE EN
ASAMBLEA
AL PUEBLO DE ITACA
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, al punto el amado hijo de Odiseo
se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su hombro la aguda espada y
bajo sus pies, brillantes como el aceite, calzó hermosas sandalias.
Luego se puso en marcha,
salió del dormitorio semejante a un dios en su porte y ordenó a los
vocipotentes heraldos que convocaran en asamblea a los aqueos de largo cabello;
aquéllos dieron el bando y éstos comenzaron a reunirse con premura. Después,
cuando hubieron sido reunidos y estaban ya congregados, se puso en camino hacia
la plaza en su mano una lanza de bronce; mas no solo, que le seguían dos
lebreles de veloces patas. Entonces derramó Atenea sobre él una gracia divina y
lo contemplaban admirados todos los ciudadanos; se sentó en el trono de su
padre y los ancianos le cedieron el sitio.
A continuación comenzó a
hablar entre ellos el héroe Egiptio, quien estaba ya encorvado por la vejez y
sabía miles de cosas, pues también su hijo, el lancero Antifo, había embarcado
en las cóncavas naves en compañla del divino Odiseo hacia Ilión de buenos
potros; lo había matado el salvaje Cíclope en su profunda cueva y lo había
preparado como último bocado de su cena. Aún le quedaban tres: uno estaba entre
los pretendientes y los otros dos cuidaban sin descanso los bienes paternos.
Pero ni aun así se había olvidado de aquél, siempre lamentándose y
afligiéndose. Derramando lágrimas por su hijo levantó la voz y dijo:
«Escuchadme ahora a mí,
itacenses, lo que voy a deciros. Nunca hemos tenido asamblea ni sesión desde
que el divino Odiseo marchó en las cóncavas naves. ¿Quién, entonces, nos
convoca ahora de esta manera? ¿A quién ha asaltado tan grande necesidad ya sea
de los jóvenes o de los ancianos? ¿Acaso ha oído alguna noticia de que llega el
ejército, noticia que quiere revelarnos una vez que él se ha enterado?, ¿o nos
va a manifestar alguna otra cosa de interés para el pueblo? A mí me parece que
es noble, afortunado. ¡Así Zeus llevara a término lo bueno que él revuelve en
su mente!»
Así habló, y el amado
hijo de Odiseo se alegró por sus palabras. Con que ya no estuvo sentado por más
tiempo y sintió un deseo repentino de hablar. Se puso en pie en mitad de la
plaza y le colocó el cetro en la mano el heraldo Pisenor, conocedor de consejos
discretos.
Entonces se dirigió
primero al anciano y dijo:
«Anciano, no está lejos
ese hombre, soy yo el que ha convocado al pueblo (y tú lo sabrás pronto), pues
el dolor me ha alcanzado en demasía.. No he escuchado noticia alguna de que
llegue el ejército que os vaya a revelar después de enterarme yo, ni voy a manifestaros
ni a deciros nada de interés para el pueblo, sino un asunto mío privado que me
ha caído sobre el palacio como una peste, o mejor como dos: uno es que he
perdido a mi noble padre, que en otro tiempo reinaba sobre vosotros aquí
presentes y era bueno como un padre. Pero ahora me ha sobrevenido otra peste
aún mayor que está a punto de destruir rápidamente mi casa y me va a perder
toda la hacienda: asedian a mi madre, aunque ella no lo quiere, unos
pretendientes hijos de hombres que son aquí los más nobles. Estos tienen miedo
de ir a casa de su padre Icario para que éste dote a su hija y se la entregue a
quien él quiera y encuentre el favor de ella. En cambio vienen todos los días a
mi casa y sacrifican bueyes, ovejas y gordas cabras y se banquetean y beben a
cántaros el rojo vino. Así que se están perdiendo muchos bienes, pues no hay un
hombre como Odiseo que arroje esta maldición de mi casa. Yo todavía no soy para
arrojarla, pero ¡seguro que más adelante voy a ser débil y desconocedor del
valor! En verdad que yo la rechazaría si me acompañara la fuerza, pues ya no
son soportables las acciones que se han cometido y mi casa está perdida de la
peor manera. Indignaos también vosotros y avergonzaos de vuestros vecinos, los
que viven a vuestro lado. Y temed la cólera de los dioses, no vaya a ser que
cambien la situación irritados por sus malas acciones. Os lo ruego por Zeus
Olímpico y por Temis, la que disuelve y reúne las asambleas de los hombres;
conteneos, amigos, y dejad que me consuma en soledad, víctima de la triste pena
a no ser que mi noble padre Odiseo alguna vez hiciera mal a los aqueos de
hermosas grebas, a cambio de lo cual me estáis dañando rencorosamente y animáis
a los pretendientes. Para mí sería más ventajoso que fuerais vosotros quienes consumen
mis propiedades y ganado. Si las comierais vosotros algún día obtendría la
devolución, pues recorrería la ciudad con mi palabra demandándoos el dinero
hasta que me fuera devuelto todo; ahora, sin embargo, arrojáis sobre mi corazón
dolores incurables.»
Así habló indignado y
arrojó el cetro a tierra con un repentino estallido de lágrimas. Y la lástima
se apoderó de todo el pueblo. Quedaron todos en silencio y nadie se atrevió a
replicar a Telémaco con palabras duras; sólo Antínoo le dijo en contestación:
«Telémaco, fanfarrón,
incapaz de reprimir tu cólera; ¿qué cosa has dicho, cubriéndonos de vergüenza?
Desearías cubrirnos de baldón. Sabes que los culpables no son los pretendientes
de entre los aqueos, sino tu madre, que sabe muy bien de astucias. Pues ya es
éste el tercer año, y con rapidez se acerca el cuarto, desde que aflige el
corazón en el pecho de los aqueos. A todos da esperanzas y hace promesas a cada
pretendiente enviándole recados; pero su imaginación maquina otras cosas.
«Y ha meditado este otro
engaño en su pecho: levantó un gran telar en el palacio y allí tejía, telar
sutil a inacabable, y sin dilación nos dijo: "Jóvenes pretendientes míos,
puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad, por mucho que deseéis esta
boda conmigo, a que acabe este manto no sea que se me pierdan inútilmente los
hilos, este sudario para el héroe Laertes, para cuando lo arrebate el
destructor destino de la muerte de largos lamentos. Que no quiero que ninguna
de las aqueas del pueblo se irrite conmigo si yace sin sudario el que tanto
poseyó."
«Así dijo, y nuestro
noble ánimo la creyó. Así que durante el día tejía la gran tela y por la noche,
colocadas antorchas a su lado, la destejía. Su engaño pasó inadvertido durante
tres años y convenció a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto año y pasaron
las estaciones, una de sus mujeres, que lo sabía todo, nos lo reveló y
sorprendimos a ésta destejiendo la brillante tela. Así fue como la terminó, y
no voluntariamente, sino por la fuerza.
«Conque ésta es la
respuesta que te dan los pretendientes, para que la conozcas tú mismo y la
conozcan todos los aqueos: envía por tu madre y ordénala que se case con quien
la aconseje su padre y a ella misma agrade. Pero si todavía sigue atormentando
mucho tiempo a los hijos de los aqueos ejercitando en su mente las cualidades
que la ha concedido Atenea en exceso (ser entendida en trabajos femeninos muy
bellos y tener pensamientos agudos y astutos como nunca hemos oído que tuvieran
ninguna de las aqueas de lindas trenzas ni siquiera de las que vivieron
antiguamente, como Tiro, Alcmena y.Micena de linda corona ninguna de ellas
pensó planes semejantes a los de Penélope), entonces esto al menos no habrá
sido lo más conveniente que haya planeado. Pues tu hacienda y propiedades te
serán devoradas mientras ella mantenga semejante decisión que los dioses han
puesto ahora en su pecho. Se está creando para sí una gran gloria, pero para ti
sólo la añoranza de tu mucha hacienda.
«En cuanto a nosotros, no
marcharemos a nuestros trabajos ni a parte alguna hasta que se case con el que
quiera de los aqueos.»
Y le respondió Telémaco
discretamente:
«Antínoo, no me es
posible echar de mi casa contra su voluntad a la que me ha dado a luz, a la que
me ha criado, mientras mi padre está en otra parte de la tierra viva él o esté
muerto. Y será terrible para mí devolver a Icario muchas cosas si envío a mi
madre por propia iniciativa. Por parte de mi padre sufriré castigo y otros me
darán la divinidad, puesto que mi madre conjurará a las diosas Erinias si se
marcha de casa, y también por parte de los hombres tendré castigo. Por esto
jamás diré yo esa palabra. Conque, si vuestro ánimo se irrita por esto, salid
de mi palacio y preparaos otros banquetes comiendo vuestras posesiones e
invitándoos en vuestras casas recíprocamente, que yo clamaré a los dioses, que
viven siempre, por si Zeus me concede que vuestras obras sean castigadas de
algun modo: ¡pereceréis al punto, sin nadie que os vengue, dentro de este
palacio!»
Así habló Telémaco, y
Zeus que ve a lo ancho, le echó a volar dos águilas desde arriba, desde las
cumbres de la montaña. Estas se dirigían volando a la par del soplo del viento
cerca una de otra, extendidas las alas. Cuando llegaron al centro de la plaza,
donde mucho se habla, comenzaron a dar vueltas batiendo sus espesas alas y
llegaron cerca de las cabezas de todos, y en sus ojos brillaba la muerte. Y
desgarrándose con las uñas mejillas y cuellos se lanzaron por la derecha a
través de las casas y la ciudad de los itacenses. Admiraron éstos aterrados a
las aves cuando las vieron con sus ojos, y removían en su corazón qué era lo
que iba a cumplirse. Y entre ellos habló el anciano héroe Haliterses Mastorida,
pues sólo él aventajaba a los de su edad en conocer los pájaros y explicar
presagios. Levantó la voz con buenas intenciones hacia ellos y comenzó a
hablar:
«Ahora, itacenses,
escuchadme a mí lo que voy a deciros y es sobre todo a los pretendientes a
quienes voy a hacer esta revelación: sobre ellos anda dando vueltas una gran
desgracia, pues Odiseo ya no estará mucho tiempo lejos de los suyos, sino que
ya está cerca, en alguna parte, y está sembrando la muerte y el destino para
todos éstos. También para otros muchos de los que habitamos Itaca, hermosa al
atardecer, habrá desgracias. Pensemos entonces cuanto antes cómo ponerles
término o bien que se lo pongan ellos a sí mismos, pues esto será lo que más
les conviene. Y yo no vaticino como un inexperto, sino como uno que sabe bien.
Os aseguro que todo se está cumpliendo para él como se lo dije cuando los
argivos embarcaron para Ilión y con ellos marchó el astuto Odiseo. Le dije que
sufriría muchas calamidades, que perdería a todos sus compañeros y que volvería
a casa a los veinte años desconocido de todos. Y ya se está cumpliendo todo.»
Y le contestó Eurímaco,
hijo de Pólibo:
«Viejo, vete ya a casa a
profetizar a tus hijos, no sea que sufran alguna desgracia en el futuro. Estas
cosas las vaticino yo mucho mejor que tú. Numerosos son los pájaros que van y
vienen bajo los rayos del Sol y no todos son de agüero. Está claro que Odiseo
ha muerto lejos ¡ojalá que hubieras perecido tú también con él!; no habrías
dicho tantos vaticinios ni habrías incitado al irritado Telémaco esperando
ansiosamente un regalo para tu casa, por si te lo daba. Conque voy a hablarte,
y esto sí se va a cumplir: si tú, sabedor de muchas y antiguas cosas, incitas
con tus palabras a un hombre más joven a que se irrite, para él mismo primero
será más penoso pues nada podrá conseguir con estas predicciones, y a ti,
viejo, te pondremos una multa que te será doloroso pagar. Y tu dolor será
insoportable.
En cuanto a Telémaco, yo
mismo voy a darle un consejo delante de todos: que ordene a su madre volver a
casa de su padre. Ellos le prepararán unas nupcias y le dispondrán una muy
abundante dote, cuanta es natural que acompañe a una hija querida. No creo yo
que los hijos de los aqueos renuncien a su pretensión laboriosa, pues no
tememos a nadie a pesar de todo y no, desde luego, a Telémaco por mucha
palabrería que muestre. Tampoco hacemos caso del presagio sin cumplimiento que
tú, viejo, nos revelas haciéndotenos todavía más odioso. Igualmente serán
devorados tus bienes de mala manera y jamás lo serán compensados, al menos
mientras ella entretenga a los aqueos respecto de su boda. Pues nosotros nos
mantenemos expectantes todos los días y rivalizamos por causa de su excelencia,
y no marchamos tras otras con las que a cada uno nos convendría casar.»
Entonces le contestó
Telémaco discretamente:
«Eurímaco y demás
ilustres pretendientes: no voy a apelar más a vosotros ni tengo más que decir;
ya lo saben los dioses y todos los aqueos. Pero dadme ahora una rápida nave y
veinte compañeros que puedan llevar a término conmigo un viaje aquí y allá, pues
me voy a Esparta y a la arenosa Pilos para enterarme del regreso de mi padre,
largo tiempo ausente, por si alguno de los mortales me lo dice o escucho la Voz
que viene de Zeus, la que, sobre todas, lleva a los hombres las noticias. Si
oigo que mi padre vive y está de vuelta, soportaré todavía otro año; pero si
oigo que ha muerto y que ya no vive, regresaré enseguida a mi tierra patria,
levantaré una tumba en su honor y le ofrendaré exequias en abundancia, cuantas
está bien, y entregaré mi madre a un marido.»
Así hablando se sentó, y
entre ellos se levantó Méntor, que era compañero del irreprochable Odiseo y a
quien éste al marchar en las naves había encomendado toda su casa que
obedecieran todos al anciano y que él conservara todo intacto. Éste levantó la
voz con buenos sentimientos hacia ellos y dijo:
«Escuchadme ahora a mí,
itacenses, lo que voy a deciros: ¡que de ahora en adelante ningún rey portador
de cetro sea benévolo, ni amable, ni bondadoso, y no sea justo en su
pensamiento, sino que siempre sea cruel y obre injustamente!, pues del divino
Odiseo no se acuerda ninguno de los ciudadanos sobre los que reinó, aunque era
tierno como un padre. Mas yo me lamento no de que los esforzados pretendientes
cometan acciones violentas por la maldad de su espíritu, pues exponen sus
propias cabezas al comerse con violencia la hacienda de Odiseo, asegurando que
éste ya no volverá jamás. Me irrito más bien contra el resto del pueblo, de qué
modo estáis todos sentados en silencio y, aun siendo muchos, no contenéis a los
pretendientes, que son pocos, cercándoles con vuestras palabras.»
Y le contestó Leócrito,
el hijo de Evenor:
«Obstinado Méntor, ayuno
de sesos; ¿qué has dicho incitándolos a que nos contengan? Difícil sería
incluso a hombres más numerosos luchar por un banquete. Pues aunque el itacense
Odiseo viniera en persona y maquinara en su mente arrojar del palacio a los nobles
pretendientes que se banquetean en su casa, no se alegraría su esposa de que
viniera, por mucho que lo desee, sino que allí mismo atraería sobre sí
vergonzosa muerte si luchara con hombres más numerosos. Y tú no has hablado
como te corresponde. Vamos, ciudadanos, dispersaos cada uno a sus trabajos. A
éste le ayudarán para el viaje Méntor y Halitérses, que son compañeros de su
padre desde hace mucho tiempo. Aunque sentado por mucho tiempo, creo yo,
escuchará las noticias en Itaca y jamás llevará a término tal viaje. »
Así habló y disolvió la
asamblea rápidamente. Se dispersaron cada uno a su casa y los pretendientes
marcharon al palacio del divino Odiseo.
Telémaco, en cambio, se
alejó hacia la orilla del mar, lavó sus manos en el canoso mar y suplicó a
Atenea:
«Préstame oídos tú,
divinidad que llegaste ayer a mi palacio y me diste la orden de marchar en una
nave sobre el brumoso ponto para informarme sobre el regreso de mi padre, largo
tiempo ausente. Todo esto lo están retrasando los aqueos, sobre todo los pretendientes,
funestamente arrogantes.»
Así habló suplicándole;
Atenea se le acercó semejante a Méntor en la figura y voz y se dirigió a él con
aladas palabras:
«Telémaco, no serás en
adelante cobarde ni estúpido si has heredado el noble corazón de tu padre;
¡cómo era él para realizar obras y palabras! Por esto tu viaje no va a ser
infructuoso ni baldío. Pero si no eres hijo de aquél y de Penélope, no tengo
esperanza alguna de que lleves a cabo lo que meditas. Pocos, en efecto, son los
hijos iguales a su padre; la mayoría son peores y sólo unos pocos son mejores
que su padre. Pero puesto que en el futuro no vas a ser cobarde ni estúpido ni
te ha abandonado del todo el talento de Odiseo, hay esperanza de que llegues a
realizar tal empresa.
«Deja, pues, ahora las
intenciones y pensamientos de los enloquecidos pretendientes, pues no son
sensatos ni justos; no saben que la muerte y la negra Ker están ya a su lado
para matar a todos en un día. El viaje que preparas ya no está tan lejano para
ti, y es que yo soy tan buen amigo de tu padre que te voy a aparejar una rápida
nave y acompañar en persona.
«Conque marcha ahora a tu
casa a reunirte con los pretendientes; prepara provisiones y mételas todas en
recipientes, el vino en cántaros, y la harina, sustento de los hombres, en
pellejos espesos. Yo voy por el pueblo a reunir voluntarios. Existen numerosas
naves en Itaca, rodeada de corriente, nuevas y viejas; veré cuál es la mejor y
aparejándola rápidamente la lanzaremos al ancho ponto.»
Así habló Atenea, hija de
Zeus, y Telémaco ya no aguardó más, pues había escuchado la voz de un dios. Así
que se puso en camino, su corazón acongojado, hacia el palacio y encontró a los
altivos pretendientes degollando cabras y asando cerdos en el patio.
Antínoo se encaminó
riendo hacia Telémaco, le tomó de la mano, le dijo su palabra y le llamó por su
nombre:
«Telémaco, fanfarrón,
incapaz de contener tu cólera, que no ocupe tu pecho ninguna acción o palabra
mala, sino comer y beber conmigo como antes. Los aqueos te prepararán una nave
y remeros elegidos para que llegues con más rapidez a la agradable Pilos en
busca de noticias de tu ilustre padre.»
Y le respondió Telémaco
discretamente:
«Antínoo, no me es
posible comer callado en vuestra arrogante compañía y gozar tranquilamente. ¿O
es que no es bastante que me hayáis destruido hasta ahora muchas y buenas cosas
de mi propiedad, pretendientes, mientras era todavía un niño? Mas ahora que ya
soy grande y que, escuchando la palabra de los demás, comprendo todo y el
arrojo me ha crecido en el pecho, intentaré enviaros las funestas Keres, ya sea
marchando a Pilos o aquí mismo, en el pueblo.
«Me marcho y el viaje que
os anuncio no será infructuoso como pasajero, pues no poseo naves ni remeros.
Esto os parecía lo más ventajoso para vosotros!»
Así dijo y retiró con
rapidez su mano de la mano de Antínoo.
Y los pretendientes se
aplicaban al banquete dentro del palacio y se mofaban de él zahiriéndolo con
sus palabras.
Así decía uno de los
jóvenes arrogantes:
«Seguro que Telémaco nos
está meditando la muerte; traerá alguien de la arenosa Pilos para que lo
defienda o tal vez de Esparta, pues mucho lo desea. O quizá quiere ir a Efira,
tierra fértil, a fin de traer de allí venenos que corrompen la vida y echarlos
en la crátera para destruirnos a todos.»
Y otro de los jóvenes
arrogantes decía:
¿Quién sabe si, marchando
en la cóncava nave, no perece también él vagando lejos de los suyos como
Odiseo! Así nos acrecentaría el trabajo, pues repartiríamos todos sus bienes y
la casa se la daríamos a su madre y al que con ella casara para que la conservaran.»
Mientras así hablaban
descendió Telémaco a la despensa de elevado techo de su padre, espaciosa, donde
había oro amontonado en el suelo y bronce, y en arcones vestidos, y oloroso
aceite en abundancia. También había allí dispuestas en fila, junto a la pared,
tinajas de añejo vino sabroso que contenían sin mezcla la divina bebida por si
alguna vez volvía a casa Odiseo después de sufrir dolores sin cuento. Las
puertas que allí había se podían cerrar fuertemente ensambladas, eran de dos
hojas, y permanecía allí día y noche un ama de llaves que vigilaba todo con la
agudeza de su mente, Euriclea, hija de Ope Pisenórida.
A ésta dirigió Telémaco
su palabra llamándola a la despensa:
«Vamos, ama, sácame en
ánforas sabroso vino, el más preciado después del que tú guardas pensando en
aquel desdichado, por si viene algún día Odiseo de linaje divino después de
evitar la muerte y las Keres; lléname doce hasta arriba y ajusta todas con tapas.
Échame también harina en bien cosidos pellejos, hasta veinte medidas de harina
de trigo molido. Sólo tú debes saberlo. Que esté todo preparado, pues lo
recogeré por la tarde cuando ya mi madre haya subido al piso de arriba y esté
ocupada en acostarse. Me marcho a Esparta y a la arenosa Pilos para enterarme
del regreso de mi padre, por si oigo algo.»
Así habló; rompió en
lamentos su nodriza Euriclea y dijo llorando aladas palabras:
«¿Por qué, hijo mío,
tienes en tu interior este proyecto? ¿Por dónde quieres ir a una tierra tan
grande siendo el bienamado hijo único? Ha sucumbido lejos de su patria Odiseo,
de linaje divino, en un país desconocido, y éstos te andan meditando la muerte
para el mismo momento en que te marches, para que mueras en emboscada. Ellos se
lo repartirán todo. Anda, quédate aquí sentado sobre tus cosas; no tienes
necesidad ninguna de sufrir penalidades en el estéril ponto ni de andar
errante.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Anímate, ama, puesto que
esta decisión me ha venido no sin un dios. Ahora júrame que no dirás esto a mi
madre antes de que llegue el día décimo o el duodécimo, o hasta que ella misma
me eche de menos y oiga que he partido, para que no afee, desgarrándola, su
hermosa piel.»
Así habló, y la anciana
juró por los dioses con gran juramento que no lo haría. Cuando hubo jurado y
llevado a término este juramento vertió enseguida vino en las ánforas y echó
harina en bien cosidos sacos. Y Telémaco se puso en camino hacia las habitaciones
de abajo para reunirse con los pretendientes.
Entonces la diosa de ojos
brillantes, Atenea, concibió otra idea. Tomando la forma de Telémaco marchó por
toda la ciudad y poniéndose cerca de cada hombre les decía su palabra; les
ordenaba que se congregaran con el crepúsculo junto a la rápida nave. Después
pidió una rápida nave a Noemón, esclarecido hijo de Fronio, y éste se la
ofreció de buena gana. Y se sumergió Helios y todos los caminos se llenaron de
sombras. Entonces empujó hacia el mar a la rápida nave, puso en ella todas las
provisiones que suelen llevar las naves de buenos bancos y la detuvo al final
del puerto.
Los valientes compañeros
ya se habían congregado en grupo, pues la diosa había movido a cada uno en
particular.
Entonces la diosa de ojos
brillantes, Atenea, concibió otra idea: se puso en camino hacia el palacio del
divino Odiseo y una vez allí derramó dulce sueño sobre los pretendientes, los
hechizó cuando bebían e hizo caer las copas de sus manos. Y éstos se apresuraron
por la ciudad para ir a dormir y ya no estuvieron sentados por más tiempo, pues
el sueño se posaba sobre sus párpados.
Entonces Atenea, de ojos
brillantes, se dirigió a Telémaco llamándolo desde fuera del palacio, agradable
para vivir, asemejándose a Méntor en la figura y timbre de voz:
«Ya tienes sentados al
remo a tus compañeros de hermosas grebas y esperan tu partida. Vamos, no
retrasemos por más tiempo el viaje.»
Así habló, y lo condujo
rápidamente Palas Atenea, y él marchaba en pos de las huellas de la diosa.
Cuando llegaron a la nave y al mar encontraron sobre la ribera a los aqueos de
largo cabello y entre ellos habló la sagrada fuerza de Telémaco:
«Aquí, los míos,
traigamos las provisiones; ya está todo junto en mi palacio. Mi madre no está
enterada de nada ni las demás esclavas; sólo una ha oído mi palabra.»
Así habló y los condujo,
y ellos le seguían de cerca. Se llevaron todo y lo pusieron en la nave de
buenos bancos como había ordenado el querido hijo de Odiseo.
Subió luego Telémaco a la
nave; Atenea iba delante y se sentó en la popa, y a su lado se sentó Telémaco.
Los compañeros soltaron
las amarras, subieron todos y se sentaron en los bancos. Y Atenea, de ojos
brillantes, les envió un viento favorable, el fresco Céfiro que silba sobre el
ponto rojo como el vino.
Telémaco animó a sus
compañeros, les ordenó que se asieran a las jarcias y éstos escucharon al que
les urgía. Levantaron el mástil de abeto y lo colocaron dentro del hueco
construido en medio, lo ataron con maromas y extendieron las blancas velas con
bien retorcidas correas de piel de buey. El viento hinchó la vela central y las
purpúreas olas bramaron a los lados de la quilla de la nave en su marcha, y
corría apresurando su camino sobre las olas.
Después ataron los
aparejos a la rápida nave y levantaron las cráteras llenas de vino hasta los
bordes haciendo libaciones a los inmortales dioses, que han nacido para
siempre, y entre todos especialmente a la de ojos brillantes, a la hija de
Zeus.
Y la nave continuó su
camino toda la noche y durante el amanecer.
CANTO III
TELÉMACO VIAJA A PILOS
PARA INFORMARSE
SOBRE SU PADRE
Habíase levantado Helios,
abandonando el hermosísimo estanque del mar, hacia el broncíneo cielo para
alumbrar a los inmortales y a los mortales caducos sobre la Tierra donadora de
vida, cuando llegaron a Pilos, la bien construida ciudadela de Neleo.
Los pilios estaban
sacrificando sobre la ribera del mar toros totalmente negros en honor del de
azuloscura cabellera, el que sacude las tierras. Había nueve asientos y en cada
uno estaban sentados quinientos hombres y de cada uno hacían ofrenda de nueve toros.
Mientras éstos gustaban las entrañas y quemaban los muslos en honor del dios,
los itacenses entraban en el puerto; amainaron las velas de la equilibrada
nave, las ataron, fondearon la nave y descendieron.
Entonces descendió
Telémaco de la nave y Atenea iba delante. Y a él dirigió sus primeras palabras
la diosa de ojos briIlantes:
«Telémaco, ya no has de
tener vergüenza, ni un poco siquiera, pues has navegado el mar para inquirir
dónde oculta la tierra a tu padre y qué suerte ha corrido.
«Conque, vamos, marcha
directamente a casa de Néstor, domador de caballos; sepamos qué pensamientos
guarda en su pecho. Y suplícale para que te diga la verdad; mentira no te dirá,
es muy discreto.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Méntor, ¿cómo voy a ir a
abrazar sus rodillas? No tengo aún experiencia alguna en discursos ajustados. Y
además a un hombre joven le da vergüenza preguntar a uno más viejo.»
Y la diosa de ojos
brillantes, Atenea, se dirigió de nuevo a él:
«Telémaco, unas palabras
las concebirás en tu propia mente y otras te las infundirá la divinidad. Estoy
seguro de que tú has nacido y te has criado no sin 1a voluntad de los dioses.»
Así habló y lo condujo
con rapidez Palas Atenea, y él siguió en pos de la diosa. Llegaron a la
asamblea y a los asientos de los hombres de Pilos, donde Néstor estaba sentado
con sus hijos, y en torno a ellos los compañeros asaban la carne y la
ensartaban preparando el banquete.
Cuando vieron a los
forasteros se reunieron todos en grupo, les tomaron de las manos en señal de
bienvenida y les ordenaron sentarse. Pisístrato, el hijo de Néstor, fue el
primero que se les acercó: les tomó a ambos de la mano y los hizo sentarse en
torno al banquete sobre blandas pieles de ovejas, en las arenas marinas, a la
vera de su hermano Trasimedes y de su padre. Luego les dió parte de las
entrañas, les vertió vino en copa de oro y dirigió a Palas Atenea, la hija de
Zeus, portador de égidas, sus palabras de bienvenida:
«Forastero, eleva tus
súplicas al soberano Poseidón, pues en su honor es el banquete con el que os
habéis encontrado al llegar aquí. Luego que hayas hecho las libaciones y
súplicas como está mandado, entrega también a éste la copa de agradable vino
para que haga libación; que también él, creo yo, hace súplicas a los
inmortales, pues todos los hombres. necesitan a los dioses. Pero es más joven,
de mi misma edad, por eso quiero darte a ti primero la copa de oro.»
Así diciendo, puso en su
mano la copa de agradable vino; Atenea dio las gracias al discreto, al cabal
hombre, porque le había dado a ella primero la copa de oro y a continuación
dirigió una larga plegaria al soberano Poseidón:
«Escúchame, Poseidón, que
conduces tu carro por la tierra, y no te opongas por rencor a que los que te
suplican llevemos a término esta empresa. Concede a Néstor antes que a nadie, y
a sus hijos, honor, y después concede a los demás pilios una recompensa en
reconocimiento por su espléndida hecatombe. Concede también a Telémaco y a mí
que volvamos después de haber conseguido aquello por lo que hemos venido aquí
en veloz, negra nave.»
Así orando, realizó
(ritualmente) todo y entregó a Telémaco la hermosa copa doble. Y el querido
hijo de Odiseo elevó su súplica de modo semejante.
Cuando habían asado la
carne exterior de las víctimas, la sacaron del asador, repartieron las
porciones y se aplicaron al magnífico festín. Y después que habían echado de sí
el apetito de comer y beber, comenzó a hablarles el de Gerenias, el caballero
Néstor:
«Ahora que se han saciado
de comida, lo mejor es entablar conversación y preguntar a los forasteros
quiénes son. Forasteros, ¿quiénes sois?, ¿de dónde habéis llegado navegando los
húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún asunto o sin rumbo como los piratas
por la mar, los que andan a la aventura exponiendo sus vidas y llevando la
destrucción a los de otras tierras?»
Y Telémaco se llenó de
valor y le contestó discretamente pues la misma Atenea le infundió valor en su
interior para que le preguntara sobre su padre ausente y para que cobrara fama
de valiente entre los hombres:
«Néstor, hijo de Neleo,
gran honra de los aqueos, preguntas de dónde somos y yo te lo voy a exponer en
detalle.
«Hemos venido de Itaca, a
los pies del monte Neyo, y el asunto de que te voy a hablar es privado, no
público. Ando a lo ancho en busca de noticias sobre mi padre por si las oigo en
algún sitio, de Odiseo el divino, el sufridor, de quien dicen que en otro
tiempo arrasó la ciudad de Troya luchando a tu lado. Ya me he enterado dónde
alcanzó luctuosa muerte cada uno de cuantos lucharon contra los troyanos, pero
su muerte la ha hecho desconocida el hijo de Crono, pues nadie es capaz de
decirme claramente dónde está muerto, si ha sucumbido en tierra firme a manos
de hombres enemigos o en el mar entre las olas de Anfitrite. Por esto me llego
ahora a tus rodillas, por si quieres contarme su luctuosa muerte la hayas visto
con tus propios ojos o hayas escuchado el relato de algún caminante; ¡digno de
lástima lo parió su madre! Y no endulces tus palabras por respeto ni piedad,
antes bien cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te lo suplico si es
que alguna vez mi padre, el noble Odiseo, te prometió algo y te lo cumplió en
el pueblo de los troyanos donde los aqueos sufríais penalidades. Acuérdate de
esto ahora y cuéntame la verdad.»
Y le contestó luego el de
Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijo mío, puesto que me
has recordado los infortunios que tuvimos que soportar en aquel país los hijos
de los aqueos de incontenible furia: cuánto vagamos con las naves en el brumoso
ponto, a la deriva en busca de botín por donde nos guiaba Aquiles y cuánto
combatimos en torno a la gran ciudad del soberano Príamo... Allí murieron los
mejores: allí reposa Ayax, hijo de Ares, y allí Aquiles, y allí Patroslo,
consejero de la talla de los dioses, y allí mi querido hijo, fuerte a la vez
que irreprochable, Antíloco, que sobresalía en la carrera y en el combate.
Otros muchos males sufrimos además de éstos. ¿Quién de los mortales hombres
podría contar todas aquellas cosas? Nadie, por más que te quedaras a su lado
cinco o seis años para preguntarle cuántos males sufrieron allí los aqueos de
linaje divino. Antes volverías apesadumbrado a tu tierra patria. Durante nueve
años tramamos desgracias contra ellos acechándoles con toda clase de engaños y
a duras penas puso término (a la guerra) el hijo de Cronos.
«Jamás quiso nadie
igualársele en inteligencia, puesto que el divino Odiseo era muy superior en
toda clase de astucias, tu padre, si es que verdaderamente eres descendencia
suya. (Al verte se apodera de mí el asombro. En verdad vuestras palabras son
parecidas y no se puede decir que un hombre joven hable tan discretamente.)
«Jamás, durante todo el
tiempo que estuvimos allí, hablábamos de diferente modo yo y el divino Odiseo
ni en la asamblea ni en el consejo, sino que teníamos un solo pensamiento, y
con juicio y prudente consejo mostrábamos a los aqueos cómo saldría todo mejor.
«Después, cuando habíamos
saqueado la elevada ciudad de Príamo y embarcamos en las naves y la divinidad
dispersó a los aqueos, Zeus concibió en su mente un regreso lamentable para los
argivos porque no todos eran prudentes ni justos. Así que muchos de éstos
fueron al encuentro de una desgraciada muerte por causa de la funesta cólera de
la de poderoso padre, de la de ojos brillantes que asentó la Disensión entre
ambos atridas. Convocaron éstos en asamblea a todos los aqueos, insensatamente,
a destiempo, cuando Helios se sumerge, y los hijos de los aqueos se presentaron
pesados por el vino, y les dijeron por qué habían reunido al ejército.
«Allí Menelao aconsejaba
a todos los aqueos que pensaran en volver sobre el ancho lomo del mar. Pero no
agradó en absoluto a Agamenón, pues quería retener al pueblo y ejecutar
sagradas hecatombes para aplacar la tremenda cólera de Atenea. ¡Necio!, no sabía
que no iba a persuadirla, que no se doblega rápidamente la voluntad de los
dioses que viven siempre. Así que los dos se pusieron en pie y se contestaban
con palabras agrias. Y los hijos de los aqueos de hermosas grebas se levantaron
con un vocerío sobrehumano: divididos en dos bandos les agradaba una a otra
decisión.
«Pasamos la noche
removiendo en nuestro interior maldades unos contra otros, pues ya Zeus nos
preparaba el azote de la desgracia.
«Al amanecer algunos
arrastramos las naves hasta el divino mar y metimos nuestros botines y las
mujeres de profundas cinturas. La mitad del ejército permaneció allí, al lado
del atrida Agamenón, pastor de su pueblo, pero la otra mitad embarcamos y
partimos. Nuestras naves navegaban muy aprisa una divinidad había calmado el
ponto que encierra grandes monstruos y llegados a Ténedos realizamos
sacrificios a los dioses con el deseo de volver a casa. Pero Zeus no se
preocupó aún de nuestro regreso. ¡Cruel! Él, que levantó por segunda vez agria
disensión: unos dieron la vuelta a sus bien curvadas naves y retornaron
con el prudente soberano Odiseo, el de pensamientos complicados, para dar
satisfacción al atrida Agamenón, pero yo, con todas mis naves agrupadas, las
que me seguían, marché de allí porque barruntaba que la divinidad nos preparaba
desgracias.
«También marchó el
belicoso hijo de Tideo y arrastró consigo a sus compañeros y más tarde navegó a
nuestro lado el rubio Menelao nos encontró en Lesbos cuando planeábamos el
largo regreso: o navegar por encima de la escabrosa Quios en dirección de la
isla Psiría dejándola a la izquierda o bien por debajo de Quios junto al
ventiscoso Mirnante. Pedimos a la divinidad que nos mostrara un prodigio y
enseguida ésta nos lo mostró y nos aconsejó cortar por la mitad del mar en
dirección a Eubea, para poder escapar rápidamente de la desgracia. Así que
levantó, para que soplara, un sonoro viento y las naves recorrieron con suma
rapidez los pecillenos caminos. Durante la noche arribaron a Geresto y
ofrecimos a Poseidón muchos muslos de toros por haber recorrido el gran mar.
Era el cuarto día cuando los compañeros del tidida Diomedes, el domador de
caballos, fondearon sus equilibradas naves en Argos. Después yo me dirigí a
Pilos y ya nunca se extinguió el viento desde que al principio una divinidad lo
envió para que soplara. Así llegué, hijo mío, sin enterarme, sin saber quiénes
se salvaron de los aqueos y quiénes perecieron, pero cuanto he oído sentado en
mi palacio lo sabrás como es justo y nada te ocultaré. Dicen que han llegado
bien los mirmidones famosos por sus lanzas, a los que conducía el ilustre hijo
del valeroso Aquiles y que llegó bien Filoctetes, el brillante hijo de Poyante.
Idomeneo condujo hasta Creta a todos sus compañeros, los que habían sobrevivido
a la guerra, y el mar no se le engulló a ninguno. En cuanto al Atrida, ya
habéis oído vosotros mismos, aunque estáis lejos, cómo llegó y cómo Egisto le
había preparado una miserable muerte, aunque ya ha pagado lamentablemente. ¡Qué
bueno es que a un hombre muerto le quede un hijo! Pues aquél se ha vengado del asesino
de su padre, del tramposo Egisto, porque le había asesinado a su ilustre padre.
También tú, hijo pues te veo vigoroso y bello, sé fuerte para que cualquiera de
tus descendientes hable bien de. ti.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Néstor, hijo de Neleo,
gran honra de los aqueos, así es, por cierto; aquél se vengó y los aqueos
llevarán a lo largo y a lo ancho su fama, motivo de canto para los venideros.
«¡Ojalá los dioses me
dotaran de igual fuerza para hacer pagar a los pretendientes por su dolorosa
insolencia!, pues ensoberbecidos me preparan acciones malvadas. Pero los dioses
no han tejido para mí tal dicha; ni para mi padre ni para mí. Y ahora no hay
más remedio que aguantar.»
Y le contestó luego el de
Gerenia, el caballero Néstor:
«Amigo puesto que me has
recordado y dicho esto, dicen que muchos pretendientes de tu madre están
cometiendo muchas injusticias en él palacio contra tu voluntad. Dime si cedes
de buen gusto o te odia la gente en el pueblo siguiendo una inspiración de la divinidad.
¡Quién sabe si llegará Odiseo algún día y les hará pagar sus acciones
violentas, él solo o todos los aqueos. juntos! Pues si la de ojos brillantes,
Atenea, quiere amarte del mismo modo que protegía al ilustre Odiseo en aquel
entonces en el pueblo de los troyanos donde los aqueos pasamos penalidades
(pues nunca he visto que los dioses amen tan a las claras como Palas Atenea le
asistía a él), si quiere amarte a ti así y preocuparte de ti en su ánimo,
cualquiera de aquéllos se olvidaría del matrimonio.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Anciano, no creo que
esas palabras lleguen a realizarse nunca. Has dicho algo excesivamente grande.
El estupor me tiene sujeto. Esas cosas no podrían sucederme por más que lo
espere ni aunque los dioses lo quisieran así.»
Y de pronto la diosa de
ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él:
«¡Telémaco, qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! Es fácil para un dios, si quiere, salvar
a un hombre aun desde lejos. Preferiría yo volver a casa aun después de sufrir
mucho y ver el día de mi regreso, antes que morir al llegar, en mi propio
hogar, como ha perecido Agamenón víctima de una trampa de Egisto y de su
esposa. Pero, en verdad, ni siquiera los dioses pueden apartar la muerte, común
a todos, de un hombre, por muy querido que les sea, cuando ya lo ha alcanzado
el funesto Destino de la muerte de largos lamentos.»
Y le contestó
discretamente Telémaco:
«Méntor, no hablemos más
de esto aun a pesar de nuestra preocupación. En verdad ya no hay para él
regreso alguno, que los dioses le han pensado la muerte y la negra Ker. Ahora
quiero hacer otra indagación y preguntarle a Néstor, puesto que él sobresale por
encima de los demás en justicia a inteligencia. Pues dicen que ha sido soberano
de tres generaciones de hombres, y así me parece inmortal al mirarlo. Néstor,
hijo de Neleo y dime la verdad, ¿cómo murió el poderoso atrida Agamenón?,
¿dónde estaba Menelao?, ¿qué muerte le preparó el tramposo Egisto, puesto que
mató a uno mucho mejor que él? ¿O es que no estaba en Argos de Acaya, sino que
andaba errante, en cualquier otro sitio, y Egisto lo mató cobrando valor?»
Y le contestó a
continuación el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijo, te voy a decir
toda la verdad. Tú mismo puedes imaginarte qué habría pasado si al volver de
Troya el Atrida, el rubio Menelao, hubiera encontrado vivo a Egisto en el
palacio. Con seguridad no habrían echado tierra sobre su cadáver, sino que los
perros y las aves, tirado en la llanura lejos de la ciudad, lo habrían
despedazado sin que lo llorara ninguna de las aqueas: ¡tan gran crimen cometió!
Mientras nosotros realizábamos en Troya innumerables pruebas, él estaba
tranquilamente en el centro de Argos, criadora de caballos, y trataba de
seducir poco a poco a la esposa de Agamenón con sus palabras.
«Esta, al principio, se
negaba al vergonzoso hecho, la divina Clitemnestra, pues poseía un noble
corazón, y a su lado estaba también el aedo, a quien el Atrida al marchar a
Troya había encomendado encarecidamente que protegiera a su esposa. Pero cuando
el Destino de los dioses la forzó a sucumbir se llevó al aedo a una isla
desierta y lo dejó como presa y botin de las aves. Y Egisto la llevó a su casa
de buen grado sin que se opusiera. Luego quemó muchos muslos sobre los sagrados
altares de los dioses y colgó muchas ofrendas vestidos y oropor haber realizado
la gran hazaña que jamás esperó en su ánimo llevar a cabo.
«Nosotros navegábamos
juntos desde Troya, el Atrida y yo, con sentimientos comunes de amistad. Pero
cuando llegamos al sagrado Sunio, el promontorio de Atenas, Febo Apolo mató al
piloto de Menelao alcanzándole con sus suaves flechas cuando tenía entre sus
manos el timón de la nave, a Frontis, hijo de Onetor, que superaba a la mayoría
de los hombres en gobernar la nave cuando se desencadenaban las tempestades.
Asi que se detuvo allí, aunque anhelaba el camino, para enterrar a su compañero
y hacerle las honras fúnebres.
«Cuando ya de camino
sobre el ponto rojo como el vino alcanzó con sus cóncavas naves la escarpada
montaña de Maleas en su carrera, en ese momento el que ve a lo ancho, Zeus,
concibió para él un viaje luctuoso y derramó un huracán de silbantes vientos y
monstruosas bien nutridas olas semejantes a montes. Allí dividió parte de las
naves e impulsó a unas hacia Creta, donde viven los Cidones en torno a la
corriente del Jardano. Hay una pelada y elevada roca que se mete en el agua, en
el extremo de Górtina, en el nebuloso ponto, donde Noto impulsa las grandes
olas hacia el lado izquierdo del saliente, en dirección a Festos, y una pequeña
piedra detiene las grandes olas. Allí llegaron las naves y los hombres
consiguieron evitar la muerte a duras penas, pero las olas quebraron las naves
contra los escollos. Sin embargo, a otras cinco naves de azuloscuras proas el
viento y el agua las impulsaron hacia Egipto. Allí reunió éste abundantes
bienes y oro, y se dirigió con sus naves en busca de gentes de lengua extraña.
«Y, entre tanto, Egisto
planeó estas malvadas acciones en casa, y después de asesinar al Atrida, el
pueblo le estaba sometido. Siete años reinó sóbre la dorada Micenas, pero al
octavo llegó de vuelta de Atenas el divino Orestes para su mál y mató al asesino
de su padre, a Egisto, al inventor de engaños, porque había asesinado a su
ilustre padre. Y después de matarlo dió a los argivos un banquete fúnebre por
su odiada madre y por el cobarde Egisto.
«Ese mismo día llegó
Menelao, de recia voz guerrera, trayendo muchas riquezas, cuantas podían
soportar sus naves en peso.
«En cuanto a ti, amigo,
no andes errante mucho tiempo lejos de tu casa, dejando tus posesiones y
hombres tan arrogantes en tu palacio, no sea que se lo repartan todos tus
bienes y se los coman y camines un viaje baldío. Antes bien, te aconsejo y
exhorto a que vayas junto a Menelao, pues él está recién llegado de otras
regiones, de entre tales hombres de los que nunca soñaría poder regresar aquel
a quien los huracanes lo impulsen desde el principio hacia un mar tan grande
que ni las aves son capaces de recorrerlo en un año entero, puesto que es
grande y terrorífico. Vamos, márchate con la nave y los compañeros, pero si
quieres ir por tierra tienes a tu disposición un carro y caballos y a la
disposición están mis hijos que te servirán de escolta hasta la divina
Lacedemonia, donde está el rubio Menelao. Ruégale para que te diga la verdad;
mentira no te dirá, es muy discreto.»
Así habló, y Helios se
sumergió y sobrevino la oscuridad.
Y les dijo la diosa de
ojos brillantes, Atenea:
«Anciano, has hablado
como te corresponde. Pero, vamos, cortad las lenguas y mezclad el vino para que
hagamos libaciones a Poseidón y a los demás inmortales y nos ocupemos de
dormir, pues ya es hora. Ya ha descendido la luz a la región de las sombras y no
es bueno estar sentado mucho tiempo en un banquete en honor de los dioses, sino
regresar.»
Así habló la hija de Zeus
y ellos prestaron atención a la que hablaba.
Y los heraldos derramaron
agua sobre sus manos y los jóvenes coronaron de vino las cráteras y lo
repartieron entre todos haciendo una primera ofrenda, por orden, en las copas.
Luego arrojaron las lenguas al fuego y se pusieron en pie para hacer la libación.
Cuando hubieron libado y
bebido cuanto su apetito les pedía, Atenea y Telémaco, semejante a un dios, se
pusieron en camino para volver a la cóncava nave. Pero Néstor todavía los
retuvo tocándolos con sus palabras:
«No permitirán Zeus y los
demás dioses inmortales que volváis de mi casa a la rápida nave como de casa de
uno que carece por completo de ropas, o de un indigente que no tiene mantas ni
abundantes sábanas en casa ni un dormir blando para sí y para sus huéspedes.
Que en mi casa hay mantas y sábanas hermosas. No dormirá sobre los maderos de
su nave el querido hijo de Odiseo mientras yo viva y aún me queden hijos en el
palacio para hospedar a mis huéspedes, quienquiera que sea el que arribe a mi
palacio.»
Y la diosa de ojos
brillantes, Atenea, le dijo:
«Has hablado bien,
anciano amigo. Sería conveniente que Telémaco te hiciera caso. Así, pues, él te
seguirá para dormir en tu palacio, pero yo marcharé a la negra nave para animar
a los compañeros y darles órdenes, pues me precio de ser el más anciano entre
ellos. Y los demás nos siguen por amistad, hombres jóvenes todos, de la misma
edad que el valiente Telémaco. Yo dormiré en la cóncava, negra nave, y al
amanecer iré junto a los impetuosos caucones, dondé se me debe una deuda no de
ahora ni pequeña, desde luego.
«Tú, envíalo con un carro
y un hijo tuyo, pues ha llegado a tu casa como huésped. Y dale caballos, los
que sean más veloces en la carrera y más excelentes en vigor.» .
Así hablando partió la de
ojos brillantes, Atenea, tomando la forma del buitre barbado.
Y la admiración atenazó a
todos los aqueos. Admiróse el anciano cuando lo vio con sus ojos y tomando la
mano de Telémaco le dirigió su palabra y le llamó por su nombre.
«Amigo, no creo que
llegues a ser débil ni cobarde si ya, tan joven, lo siguen los dioses como
escolta. Pues éste no era otro de entre los que ocupan las mansiones del Olimpo
que la hija de Zeus, la rapaz Tritogéneia, la que honraba también a tu noble padre
entre los argivos. Soberana, séme propicia, dame fama de nobleza a mí mismo, a
mis hijos y a mi venerable esposa y a cambio yo te sacrificaré una cariancha
novilla de un año, no domada, a la que jamás un hombre haya llevado bajo el
yugo. Te la sacrificaré rodeando de oro sus cuernos.»
Así dirigió sus súplicas
y Palas Atenea le escuchó. Y el de Gerenia, el caballero Néstor, condujo a sus
hijos y yernos hacia sus hermosas mansiones.
Cuando llegaron al
palacio de este soberano se sentaron por orden en sillas y sillones y, una vez
llegados, el anciano les mezcló una crátera de vino dulce al paladar que el ama
de llaves abrió a los once años de estar cerrada desatando la cubierta. El anciano
mezcló una crátera de este vino y oró a Atenea al hacer la libación, a la hija
de Zeus el que lleva la égida.
Después, cuando hubieron
hecho la libación y bebido cuanto les pedía su apetito, los parientes marcharon
cada uno a su casa para dormir. Pero a Telémaco, el querido hijo del divino
Odiseo, lo hizo acostarse allí mismo el de Gerenia, el caballero Néstor, en un
lecho taladrado bajo el sonoro pórtico. Y a su lado hizo acostarse a Pisístrato
de buena lanza de fresno, caudillo de guerreros, el que de sus hijos permanecía
todavía soltero en el palacio.
Néstor durmió en el
centro de la elevada mansión y su señora esposa le preparó el lecho y la cama.
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho el de
Gerenia, el caballero Néstor. Salió y se sentó sobre las pulimentadas piedras
que tenía, blancas, resplandecientes de aceite, delante de las elevadas puertas,
sobre las que solía sentarse antes Neleo, consejero de la talla de los dioses.
Pero éste había ya marchado a Hades sometido por Ker, y entonces se sentaba
Néstor, el de Gerenia, el guardián de los aqueos, el que tenía el cetro.
Y sus hijos se
congregaron en torno suyo cuando salieron de sus dormitorios, Equefrón y
Estratio, Perseo y Trasímedes semejante a un dios. A continuación llegó a ellos
en sexto lugar el héroe Pisístrato, y a su lado sentaron a Telémaco semejante a
los dioses.
Y entre ellos comenzó a
hablar el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijos míos, llevad a
cabo rápidamente mi deseo para que antes que a los demás dioses propicie a
Atenea, la que vino manifiestamente al abundante banquete en honor del dios.
Vamos, que uno marche a la llanura a por una novilla de modo que llegue lo
antes posible: que la conduzca el boyero; que otro marche a la negra nave del
valiente Telémaco y traiga a todos los compañeros dejando sólo dos; que otro
ordene que se presente aquí Laerques, el que derrama el oro, para que derrame
oro en torno a los cuernos de la novilla. Los demás quedaos aquí reunidos y
decid a las esclavas que dispongan un banquete dentro del ilustre palacio; que
traigan asientos y leña alrededor y brillante agua.»
Así habló, y al punto
todos se apresuraron. Y llegó enseguida la novilla de la llanura y llegaron los
compañeros del valiente Telémaco de junto a la equilibrada nave; y llegó el
broncero llevando en sus manos las herramientas de bronce, perfección del arte:
el yunque y el martillo y las bien labradas tenazas con las que trabajaba el
oro. Y llegó Atenea para asistir a los sacrificios.
El anciano, el cabalgador
de caballos, Néstor, le entregó oro a Laerques, y éste lo trabajó y derramó por
los cuernos de la novilla para que la diosa se alegrara al ver la ofrenda. Y
llevaron a la novilla por los cuernos Estratio y el divino Equefrón; y Areto
salió de su dormitorio llevándoles el aguamanos en una vasija adornada con
flores y en la otra llevaba la cebada tostada dentro de una cesta. Y
Trasímedes, el fuerte en la lucha, se presentó con una afilada hacha en la mano
para herir a la novilla, y Perseo sostenía el vaso para la sangre.
El anciano, el cabalgador
de caballos, Néstor, comenzó las abluciones y la esparsión de la cebada sobre
el altar suplicando insitentemente a Atenea mientras realizaba el rito
preliminar de arrojar al fuego cabellos de su testuz.
Cuando acabaron de hacer
las súplicas y la esparsión de la cebada, el hijo de Néstor, el muy valiente
Trasímedes, condujo a la novilla, se colocó cerca, y el hacha segó los tendones
del cuello y debilitó la fuerza de la novilla. Y lanzaron el grito ritual las
hijas y nueras y la venerable esposa de Néstor, Eurídice, la mayor de las hijas
de Climeno.
Luego levantaron a la
novilla de la tierra de anchos caminos, la sostuvieron y al punto la degolló
Pisístrato, caudillo de guerreros.
Después que la oscura
sangre le salió a chorros y el aliento abandonó sus huesos, la descuartizaron
enseguida, le cortaron las piernas según el rito, las cubrieron con grasa por
ambos lados, haciéndolo en dos capas y pusieron sobre ellas la carne cruda. Entonces
el anciano las quemó sobre la leña y por encima vertió rojo vino mientras los
jóvenes cerca de él sostenían en sus manos tenedores de cinco puntas.
Después que las piernas
se habían consumido por completo y que habían gustado las entrañas cortaron el
resto en, pequeños trozos, lo ensartaron y lo asaron sosteniendo los
puntiagudos tenedores en sus manos.
Entre tanto, la linda
Policasta lavaba a Telémaco, la más joven hija de Néstor, el hijo de Neleo.
Después que lo hubo lavado y ungido con aceite le rodeó el cuerpo con una
túnica y un manto. Salió Telémaco del baño, su cuerpo semejante a los
inmortales, y fue a sentarse al lado de Néstor, pastor de su pueblo. Luego que
la parte superior de la carne estuvo asada, la sacaron y se sentaron a comer, y
unos jóvenes nobles se levantaron para escanciar el vino en copas de oro.
Después que arrojaron de
sí el deseo de comida y bebida, comenzó a hablarles el de Gerenia, el caballero
Néstor:
«Hijos míos, vamos, traed
a Telémaco caballos de hermosas crines y enganchadlos al carro para que prosiga
con rapidez su viaje.»
Así habló, y ellos le
escucharon y le hicieron caso, y con diligencia engancharon al carro ligeros
corceles. Y la mujer, la ama de llaves, le preparó vino y provisiones como las
que comen los reyes a los que alimenta Zeus.
Enseguida ascendió
Telémaco al hermoso carro, y a su lado subió el hijo de Néstor, Pisístrato, el
caudillo de guerreros. Empuñó las riendas y restalló el látigo para que
partieran, y los dos caballos se lanzaron de buena gana a la llanura
abandonando la elevada ciudad de Pilos. Durante todo el día agitaron el yugo
sosteniéndolo por ambos lados.
Y Helios se sumergió y
todos los caminos se llenaron de sombras cuando llegaron a Feras, al palacio de
Diocles, el hijo de Ortíloco a quien Alfeo había engendrado. Allí durmieron
aquella noche, pues él les ofreció hospitalidad.
Y se mostró Eos, la que
nace de la mañana, la de dedos de rosa; engancharon los caballos, subieron al
bien trabajado carro y salieron del pórtico y de la resonante galería.
Restalló Pisístrato el
látigo para que partieran, y los dos caballos se lanzaron de buena gana, y
llegaron a la llanura, a la que produce trigo, poniendo término a su viaje: ¡de
tal manera lo llevaban los veloces caballos!
Y se sumergió Helios y
todos los caminos se llenaron de sombras.
CANTO IV
TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
PARA INFORMASE SOBRE SU
PADRE
Llegaron éstos a la
cóncava y cavernosa Lacedemonia y se encaminaron al palacio del ilustre
Menelao. Lo encontraron con numerosos allegados, celebrando con un banquete la
boda de su hijo e ilustre hija. A su hija iba a enviarla al hijo de Aquiles, el
que rompe las filas enemigas; que en Troya se la ofreció por vez primera y
prometió entregarla, y los dioses iban a llevarles a término las bodas.
Mandábale ir con caballos y carros a la muy ilustre ciudad de los mirmidones,
sobre los cuales reinaba aquél. A su hijo le entregaba como esposa la hija de
Alector, procedente de Esparta. El vigoroso Megapentes, su hijo, le había
nacido muy querido de una esclava, que los dioses ya no dieron un hijo a Helena
luego que le hubo nacido el primer hijo la deseada Hermione, que poseía la
hermosura de la dorada Afrodita.
Conque se deleitaban y
celebraban banquetes en el gran palacio de techo elevado los vecinos y
parientes del ilustre Menelao; un divino aedo les cantaba tocando la cítara, y
dos volatineros giraban en medio de ellos, dando comienzo a la danza.
Y los dos jóvenes, el
héroe Telémaco y el ilustre hijo de Néstor se detuvieron y detuvieron los
caballos a la puerta del palacio. Violos el noble Eteoneo cuando salía, ágil
servidor del ilustre Menelao, y echó a andar por el palacio para comunicárselo
al pastor de su pueblo. Y poniéndose junto a él le dijo aladas palabras:
«Hay dos forasteros,
Menelao, vástago de Zeus, dos mozos semejantes al linaje del gran Zeus. Dime si
desenganchamos sus rápidos caballos o les mandamos que vayan a casa de otro que
los reciba amistosamente.»
Y el rubio Menelao le
dijo muy irritado:
«Antes no eras tan
simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces corno un niño. También
nosotros llegamos aquí, los dos, después de comer muchas veces por amor de la
hospitalidad de otros hombres. ¡Ojalá Zeus nos quite de la pobreza para el futuro!
Desengancha los caballos de los forasteros y hazlos entrar para que se les
agasaje en la mesa».
Así dijo; salió aquél del
palacio y llamó a otros diligentes servidores para que lo acompañaran.
Desengancharon los caballos sudorosos bajo el yugo y los ataron a los pesebres,
al lado pusieron escanda y mezclaron blanca cebada; arrimaron los carros al muro
resplandeciente e introdujeron a los forasteros en la divina morada. Estos, al
observarlo, admirábanse del palacio del rey, vástago de Zeus; que había un
resplandor como del sol o de la luna en el palacio de elevado techo del
glorioso Menelao. Luego que se hubieron saciado de verlo con sus ojos,
marcharon a unas bañeras bien pulidas y se lavaron. Y luego que las esclavas
los hubieron ungido con aceite, les pusieron ropas de lana y mantos y fueron a
sentarse en sillas junto al Atrida Menelao. Y una esclava virtió agua de
lavamanos que traía en bello jarro de oro sobre fuente de plata y colocó al
lado una pulida mesa. Y la venerable ama de llaves trajo pan y sirvió la mesa
colocando abundantes alimentos, favoreciéndoles entre los que estaban
presentes. Y el trinchador les sacó platos de carnes de todas clases y puso a
su lado copas de oro. Y mostrándoselos, decía el prudente Menelao:
«Comed y alegraos, que
luego que os hayáis alimentado con estos manjares os preguntaremos quiénes sois
de los hombres. Pues sin duda el linaje de vuestros padres no se ha perdido,
sino que sois vástagos de reyes que llevan cetro de linaje divino, que los
plebeyos no engendran mozos así.»
Así diciendo puso junto a
ellos, asiéndolo con la mano, un grueso lomo asado de buey que le habían
ofrecido a él mismo como presente de honor. Echaron luego mano a los alimentos
colocados delante, y después que arrojaron el deseo de comida y bebida, Telémaco
habló al hijo de Néstor acercando su cabeza para que los demás no se enteraran:
«Observa, Nestórida grato
a mi corazón, el resplandor de bronce en el resonante palacio, y el del oro, el
eléctro, la plata y el marfil. Seguro que es así por dentro el palacio de Zeus
Olímpico. ¡Cuántas cosas inefables!, el asombro me atenaza al verlas.»
El rubio Menelao se
percató de lo que decía y habló aladas palabras:
Hijos míos, ninguno de
los mortales podría competir con Zeus, pues son inmortales su casa y
posesiones; pero de los hombres quizá alguno podría competir conmigo o quizá no
en riquezas; las he traído en mis naves y llegué al octavo año después de haber
padecido mucho y andar errante mucho tiempo. Errante anduve por Chipre, Fenicia
y Egipto; llegué a los etiopes, a los sidonios, a los erembos y a Libia, donde
los corderos enseguida crían cuernos, pues las ovejas paren tres veces en un
solo año. Ni amo ni pastor andan allí faltos de queso ni de carne, ni de dulce
leche, pues siempre están dispuestas para dar abundante leche. Mientras andaba
yo errante por allí, reuniendo muchas riquezas, otro mató a mi hermano a
escondidas, sin que se percatara, con el engaño de su funesta esposa. Así que
reino sin alegría sobre estas riquezas. Ya habréis oído esto de vuestros
padres, quienes quiera que sean, pues sufrí muy mucho y destruí un palacio muy
agradable para vivir que contenía muchos y valiosos bienes. ¡Ojalá habitara yo
mi palacio aún con un tercio de éstos, pero estuvieran sanos y salvos los
hombres que murieron en la ancha Troya lejos de Argos, criadora de caballos. Y
aunque lloro y me aflijo a menudo por todos en mi palacio, unas veces deleito
mi ánimo con el llanto y otras descanso, que pronto trae cansancio el frío
llanto. Mas no me lamento tanto por ninguno, aunque me aflija, como por uno que
me amarga el sueño y la comida al recordarlo, pues ninguno de los aqueos sufrió
tanto como Odiseo sufrió y emprendió. Para él habían de ser las preocupaciones,
para mí el dolor siempre insoportable por aquél, pues está lejos desde hace
tiempo y no sabemos si vive o ha muerto. Sin duda lo lloran el anciano Laertes
y la discreta Penélope y Telémaco, a quien dejó en casa recién nacido.»
Así dijo y provocó en
Telémaco el deseo de llorar por su padre. Cayó a tierra una lágrima de sus
párpados al oír hablar de éste, y sujetó ante sus ojos el purpúreo manto con
las manos.
Menelao se percató de
ello, y dudaba en su mente y en su corazón si dejarle que recordara a su padre
o indagar él primero y probarlo en cada cosa en particular. En tanto que
agitaba esto en su mente y en su corazón, salió Helena de su perfumada estancia
de elevado techo semejante a Afrodita, la de rueca de oro.
Colocó Adrastra junto a
ella un sillón bien trabajado, y Alcipe trajo un tapete de suave lana. También
trajo Filo la canastilla de plata que le había dado Alcandra, mujer de Pólibo,
quien habitaba en Tebas la de Egipto, donde las casas guardan muchos tesoros.
(Dio Pólibo a Menelao dos bañeras de plata, dos trípodes y diez talentos de
oro. Y aparte, su esposa hizo a Helena bellos obsequios: le regaló una rueca de
oro v una canastilla sostenida por ruedas de plata, sus bordes terminados con
oro.) Ofreciósela, pues, Filo, llena de hilo trabajado, y sobre él se extendía
un huso con lana de color violeta. Y se sentó en la silla y a sus pies tenía un
escabel. Y luego preguntó a su esposo, con su palabra, cada detalle:
«¿Sabemos ya, Menelao,
vástago de Zeus, quiénes de los hombres se precian de ser éstos que han llegado
a nuestra casa? ¿Me engañaré o será cierto lo que voy a decir? El ánimo me lo
manda. Y es que creo que nunca vi a nadie tan semejante, hombre o mujer (¡el
asombro me atenaza al contemplarlo!), como éste se parece al magnífico hijo de
Odiseo, a Telémaco, a quien aquel hombre dejó recién nacido en casa cuando los
aqueos marchasteis a Troya por causa de mí, ¡desvergonzada!, para llevar la
guerra.»
Y el rubio Menelao le
contestó diciendo:
«También pienso yo ahora,
mujer, tal como lo imaginas, pues tales eran los pies y las manos de aquél, y
las miradas de sus ojos, y la cabeza y por encima los largos cabellos. Así que,
al recordarme a Odiseo, he referido ahora cuánto sufrió y se fatigó aquél por
mí. Y él vertía espeso llanto de debajo de sus cejas sujetando con las manos el
purpúreo manto ante sus ojos.»
Y luego Pisístrato, el
hijo de Néstor, le dijo:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de tu pueblo, en verdad éste es el hijo de aquél, tal como
dices, pero es prudente y se avergüenza en su ánimo de decir palabras
descaradas al venir por primera vez ante ti, cuya voz nos cumple como la de un
dios.
«Néstor me ha enviado, el
caballero de Gerenia, para seguirlo como acompañante, pues deseaba verte a fin
de que le sugirieras una palabra o una obra. Pues muchos pesares tiene en
palacio el hijo de un padre ausente si no tiene otros defensores como le sucede
a Telémaco. Ausentóse su padre y no hay otros defensores entre el pueblo que lo
aparten de la desgracia.»
Y el rubio Menelao
contestó y dijo a éste:
«!Ay!, ha venido a mi
casa el hijo del querido hombre que por mí padeció muchas pruebas. Pensaba
estimarlo por encima de los demás argivos cuando volviera, si es que Zeus
Olímpico, el que ve a lo ancho, nos concedía a los dos regresar en las veloces
naves. Le habría dado como residencia una ciudad en Argos y lé habría edificado
un palacio trayéndolo desde Itaca con sus bienes, su hijo y todo el pueblo,
después de despoblar una sola ciudad de las que se encuentran en las cercanías
y son ahora gobernadas por mí. Sin duda nos habríamos reunido con frecuencia
estando aquí y nada nos habría separado en siendo amigos y estando contentos,
hasta que la negra nube de la muerte nos hubiera envuelto. Pero debía
envidiarlo el dios que ha hecho a aquel desdichado el único que no puede
regresar.»
Así dijo y despertó en
todos el deseo de llorar. Lloraba la argiva Helena, nacida de Zeus, y lloraba
Telémaco y el Atrida Menelao. Tampoco el hijo de Néstor tenía sus ojos sin
llanto, pues recordaba en su interior al irreprochable Antíloco, a quien mató el
ilustre hijo de la resplandeciente Eos. Y acordándose de él dijo aladas
palabras:
«Atrida, decía el anciano
Néstor cuando lo mentábamos en su palacio, y conversábamos entre nosotros, que
eres muy sensato entre los mortales. Conque ahora, si es posible, préstame
atención. A mí no me cumple lamentarme después de la cena, pero va a llegar
Eos, la que nace de la mañana. No me importará entonces llorar a quien de los
mortales haya perecido y arrastrado su destino. Esta es la única honra para los
miserables mortales, que se corten el cabello y dejen caer las lágrimas por sus
mejillas. Pues también murió un mi hermano que no era el peor de los argivos tú
debes saberlo, pues yo ni fui ni lo vi, y dicen que era Antíloco superior a los
demás, rápido en la carrera y luchador.»
Y le contestó y dijo el
rubio Menelao:
«Amigo, has hablado como
hablaría y obraría un hombre sensato y que tuviera más edad que tú. Eres hijo
de tal padre porque también tú hablas prudentemente. Es fácil de reconocer la
descendencia del hombre a quien el Cronida concede felicidad cuando se casa o
cuando nace, como ahora ha concedido a Néstor envejecer cada día tranquilamente
en su palacio y que sus hijos sean prudentes y los mejores con la lanza. Mas
dejemos el llanto que se nos ha venido antes y pensemos de nuevo en la cena; y
que viertan agua para las manos. Que Telémaco y yo tendremos unas palabras al
amanecer para conversar entre nosotros.»
Así dijo, y Asfalión
vertió agua sobre sus manos, rápido servidor del ilusre Menelao; y ellos
echaron mano de los alimentos que tenían preparados delante.
Entonces Helena, nacida
de Zeus, pensó otra cosa: al pronto echó en el vino del que bebían una droga
para disipar el dolor y aplacadora de la cólera que hacía echar a olvido todos
los males. Quien la tomara después de mezclada en la crátera, no derramaría
lágrimas por las mejillas durante un día, ni aunque hubieran muerto su padre y
su madre o mataran ante sus ojos con el bronce a su hermano o a su hijo. Tales
drogas ingeniosas tenía la hija de Zeus, y excelentes, las que le había dado
Polidamna, esposa de Ton, la egipcia, cuya fértil tierra produce muchísimas
drogas, y después de mezclarlas muchas son buenas y muchas perniciosas; y allí
cada uno es médico que sobresale sobre todos los hombres, pues es vástago de
Peón. Así pues, luego que echó la droga ordenó que se escanciara vino de nuevo;
y contestó y dijo su palabra:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, y vosotros, hijos de hombres nobles. En verdad el dios Zeus nos
concede unas veces bienes y otras males, pues lo puede todo. Comed ahora
sentados en el palacio y deleitaos con palabras, que yo voy a haceros un relato
oportuno. Yo no podría contar ni enumerar todos los trabajos de Odiseo el
sufridor, pero sí esto que realizó y soportó el animoso varón en el pueblo de
los troyanos donde los aqueos padecisteis penalidades: infligiéndose a sí mismo
vergonzosas heridas y echándose por los hombros ropas miserables, se introdujo
como un siervo en la ciudad de anchas calles de sus enemigos. Así que
ocultándose, se parecía a otro varón, a un mendigo, quien no era tal en las
naves de los aqueos. Y como tal se introdujo en la ciudad de los troyanos, pero
ninguno de ellos le hizo caso; sólo yo lo reconocí e interrogué, y él me
evitaba con astucia. Sólo cuando lo hube lavado y arreglado con aceite, puesto
un vestido y jurado con firme juramento que no lo descubriría entre los
troyanos hasta que llegara a las rápidas naves y a las tiendas, me manifestó
Odiseo todo el plan de los aqueos. Y después de matar a muchos troyanos con
afilado bronce, marchó junto a los argivos llevándose abundante información.
Entonces las troyanas rompieron a llorar con fuerza, mas mi corazón se
alegraba, porque ya ansiaba regresar rápidamente a mi casa y lamentaba la
obcecación que me otorgó Afrodita cuando me condujo allí lejos de mi patria,
alejándome de mi hija, de mi cama y de mi marido, que no es inferior a nadie ni
en juicio ni en porte.»
Y el rubio Menelao le
contestó y dijo:
«Sí, mujer, todo lo has
dicho como te corresponde. Yo conocí el parecer y la inteligencia de muchos
héroes y he visitado muchas tierras. Pero nunca vi con mis ojos un corazón tal
como era el del sufridor Odiseo. ¡Como esto que hizo y aguantó el recio varón
en el pulido caballo donde estábamos los mejores de los argivos para llevar
muerte y desgracia a los troyanos! Después llegaste tú debió impulsarte un dios
que quería conceder gloria a los troyanos yo seguía Deífobo semejante a los
dioses. Tres veces lo acercaste a palpar la cóncava trampa y llamaste a los
mejores dánaos, designando a cada uno por su nombre, imitando la voz de las
esposas de cada uno de los argivos. También yo y el hijo de Tideo y el divino
Odiseo, sentados en el centro, lo oímos cuando nos llamaste. Nosotros dos
tratamos de echar a andar para salir o responder luego desde dentro. Pero
Odiseo lo impidió y nos contuvo, aunque mucho lo deseábamos. Así que los demás
hijos de los aqueos quedaron en silencio, y sólo Anticlo deseaba contestarte con
su palabra. Pero Odiseo apretó su fuerte mano reciamente sobre la boca y salvó
a todos los aqueos. Y mientras lo retenía, lo llevó lejos Palas Atenea.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de hombres, ello es más doloroso, pues esto no lo apartó de
la funesta muerte ni aunque tenía dentro un corazón de hierro. Pero, vamos,
envíanos a la cama para que nos deleitemos ya con el dulce sueño.»
Así dijo, y la argiva
Helena ordenó a las esclavas colocar camas bajo el pórtico y disponer hermosas
mantas de púrpura, extender por encima colchas y sobre ellas ropas de lana para
cubrirse. Así que salieron de la sala sosteniendo antorchas en sus manos y
prepararon las camas. Y un heraldo condujo a los huéspedes. Acostáronse allí
mismo, en el vestíbulo de la casa, el héroe Telémaco y el ilustre hijo de
Néstor. El Atrida durmió en el interior del magnífico palacio y Helena, de
largo peplo, se acostó junto a él, la divina entre las mujeres.
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana , la de dedos de rosa, Menelao, el de recia voz
guerrera, se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su hombro la
aguda espada y bajo sus pies brillantes como el aceite calzó hermosas
sandalias. Luego se puso en marcha, salió del dormitorio semejante de frente a
un dios y se sentó junto a Telémaco, le dijo su palabra y le llamó por su
nombre:
«¿Qué necesidad lo trajo
aquí, héroe Telémaco, a la divina Lacedemonia, sobre el ancho lomo del mar? ¿Es
un asunto público o privado? Dímelo sinceramente.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de hombre, he venido por si podías darme alguna noticia sobre
mi padre. Se consume mi casa y mis ricos campos se pierden; el palacio está
lleno de hombres malvados que continuamente degüellan gordas ovejas y cuernitorcidos
bueyes de rotátiles patas, los pretendientes de mi madre, que tienen una
arrogancia insolente. Por esto me llego ahora a tus rodillas, por si quieres
contarme su luctuosa muerte, la hayas visto con tus propios ojos o hayas
escuchado el relato de algún caminante; digno de lástima más que nadie lo parió
su madre. Y no endulces tus palabras por respeto ni piedad; antes bien,
cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te lo suplico, si es que alguna
vez mi padre, el noble Odiseo, lo prometió y cumplió alguna palabra o alguna
obra en el pueblo de los troyanos, donde los aqueos sufristeis penalidades.
Acuérdate de esto ahora y cuéntame la verdad».
Y le contestó irritado el
rubio Menelao:
«¡Ay, ay, conque quieren
dormir en el lecho de un hombre intrépido quienes son cobardes! Como una cierva
acuesta a sus dos recién nacidos cervatillos en la cueva de un fuerte león y
mientras sale a buscar pasto en las laderas y los herbosos valles, aquél
regresa a su guarida y da vergonzosa muerte a ambos, así Odiseo dará vergonzosa
muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo, ojalá que fuera como cuando en
la bien construida Lesbos se levantó para disputar y luchó con Filomeleides, lo
derribó violentamente y todos los aqueos se alegraron! Ojalá que con tal
talante se enfrentara Odiseo con los pretendientes: corto el destino de todos
sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que me preguntas y suplicas, no
querría apartarme de la verdad y engañarte. Conque no lo ocultaré ni guardaré
secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano del mar.
«Los dioses me retuvieron
en Egipto, aunque ansiaba regresar aquí, por no realizar hecatombes perfectas;
que siempre quieren los dioses que nos acordemos de sus órdenes. Hay una isla
en el ponto de agitadas olas delante de Egipto la llaman Faro,tan lejos cuanto
una cóncava nave puede recorrer en un día si sopla por detrás sonoro viento, y
un puerto de buen fondeadero de donde echan al mar las equilibradas naves,
luego de sacar negra agua. Retuviéronme allí los dioses veinte días, y no
aparecían los vientos que soplan favorables, los que conducen a la naves sobre
el ancho lomo del mar. Todos los víveres y el vigor de mis hombres se habría
acabado a no ser que una de las diosas se hubiera compadecido y sentido piedad
de mí, Idoteas, la hija del valiente Proteo, el anciano de los mares, pues la
conmovió el ánimo. Encontróse conmigo cuando vagaba solo lejos de mis
compañeros (continuamente vagaban éstos por la isla pescando con curvos
anzuelos, pues el hambre retorcía sus estómagos), y acercándose me dijo estas palabras:
"¿Eres así de simple y atontado, forastero, o te abandonas de buen grado y
gozas padeciendo males?, puesto que permaneces en la isla desde hace tiempo sin
poder hallar remedio y se consume el ánimo de tus compañeros." Así dijo, y
yo le contesté: "Te diré, quienquiera que seas de las diosas, que no estoy
detenido de buen grado; que debo haber faltado a los inmortales que poseen el
ancho cielo. Pero dime tú, pues los dioses lo saben todo, quién de ellos me
detiene y aparta de mi camino, y cómo llevaré a cabo el regreso a través del
ponto rico en peces." Así dije, y ella, la divina entre las diosas, me
respondió luego: "Forastero, te voy a informar muy sinceramente. Viene
aquí con frecuencia el veraz anciano del mar, el inmortal Proteo egipcio, que
conoce las profundidades de todo el mar, siérvo de Poseidón y dicen que él me
engendró y es mi padre. Si tú pudieras apresarlo de alguna manera, poniéndote
al acecho, él lo diría el camino, la extensión de la ruta y cómo llevarás a
cabo el regreso a través del ponto rico en peces. Y también lo diría, vástago
de Zeus, si es que lo deseas, lo bueno y lo malo que ha sucedido en tu palacio
después que emprendiste este viaje largo y difícil." Así dijo, y yo le
contesté y dije: "Sugiéreme tú misma una emboscada contra el divino
anciano a fin de que no me rehúya si me conoce y se da cuenta de ante mano,
pues es difícil para un hombre mortal sujetar a un dios." Así dije, y
ella, la divina entre las diosas, me respondió luego: "Yo lo diré esto muy
sinceramente. Cuando el sol va por el centro del cielo, el veraz anciano marino
sale del mar con el soplo de Céfiro, oculto por el negro encrestamiento de las
olas. Una vez fuera, se acuesta en honda gruta y a su alrededor duermen
apiñadas las focas, descendientes de la hermosa Halosidne, que salen del canoso
mar exhalando el amargo olor de las profundidades marinas. Yo lo conduciré allí
al despuntar la aurora, lo acostaré enseguida y escogerás a tres compañeros, a
los mejores de tus naves de buenos bancos. Te diré todas las argucias de este
anciano: primero contará y pasará revista a las focas y cuando las haya contado
y visto todas, se acostará en medio de ellas como el pastor de un rebaño de
ovejas. Tan pronto como lo veáis durmiendo, poned a prueba vuestra fuerza y
vigor y retenedlo allí mismo, aunque trate de huir ansioso y precipitado.
Intentará tornarse en todos los reptiles que hay sobre la tierra, así como en
agua y en violento fuego. Pero vosotros retenedlo con firmeza y apretad más
fuerte. Y cuando él lo pregunte, volviendo a mostrarse tal como lo visteis
durmiendo, abstente de la violencia y suelta al anciano. Y pregúntale cuál de
los dioses lo maltrata y cómo llevarás a cabo el regreso a través del ponto
rico en peces."
Habiendo hablado así, se
sumergió en el ponto alborotado y yo marché hacia las naves que se encontraban
en la arena. Y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchos pensamientos. Pero
una vez que llegué a las naves y al mar, preparamos la cena y se nos vino la
divina noche. Entonces nos acostamos en la ribera del mar.
«Tan pronto como apuntó
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, me marché luego a la orilla del
mar, el de anchos caminos, suplicando mucho a los dioses. Y llevé tres
compañeros en los que más fiaba para empresas de toda suerte.
«Entre tanto, Idotea, que
se había sumergido en el ancho seno del mar, sacó cuatro pieles de foca del
ponto, todas ellas recién desolladas, pues había ideado un engaño contra su
padre: había cavado hoyos en la arena del mar y se sentó para esperar. Nosotros
llegamos muy cerca de ella, nos acostó en fila y echó sobre cada uno una piel.
La emboscada era angustiosa, pues nos atormentaba terriblemente el mortífero
olor de las focas criadas en el mar. Pues ¿quién se acostaría junto a un
monstruo marino? Pero ella nos salvó y nos dio un gran remedio: colocó a cada
uno debajo de la nariz ambrosía que despedía un muy agradable olor y acabó con
la fetidez del monstruo. Esperamos toda la mañana con ánimo resignado y las
focas salieron del mar apiñadas y se tendieron en fila sobre la ribera. El
anciano salió del mar al mediodía y encontró a las rollizas focas, pasó revista
a todas y contó el número. Nos contó los primeros entre los monstruos, pero no
se percató su ánimo de que había engaño. A continuación se acostó también él.
Conque nos lanzamos gritando y le echamos mano. El anciano no se olvidó de sus
engañosas artes, y primero se convirtió en melenudo león, en dragón, en
pantera, en gran jabalí; también se convirtió en fluida agua y en árbol de
frondosa copa, mas nosotros lo reteníamos con fuerte coraje. Y cuando el artero
anciano estaba ya fastidiado me preguntó y me dijo: "Quién de los dioses,
hijo de Atreo, te aconsejó para que me apresaras contra mi voluntad tendiéndome
emboscada? ¿Qué necesitas de mí?" Así dijo, y yo le contesté y dije:
"Sabes anciano (¿por qué me dices esto intentando engañarme?) que tiempo
ha que estoy retenido en esta isla sin poder hallar remedio y mi corazón se me
consume dentro. Pero dime puesto que los dioses lo saben todo quién de los
inmortales me detiene y aparta de mi camino y cómo llevaré a cabo el regreso a
través del ponto rico en peces." Así dije, y al punto me contestó y dijo:
"Debieras haber hecho al embarcar hermosos sacrificios a Zeus y a los
demás dioses que poseen el ancho cielo para llegar a tu patria navegando sobre
el ponto rojo como el vino. No creo que tu destino sea ver a los tuyos y llegar
a tu bien edificada casa y a tu patria hasta que vuelvas a recorrer las aguas
del Egipto, río nacido de Zeus y sacrifiques sagradas hecatombes a los dioses
inmortales que poseen el ancho cielo. Entonces los dioses te concederán el
camino que tanto deseas." Así dijo y se me conmovió el corazón, pues me
mandaba ir de nuevo a Egipto a través del ponto, sombrío camino, largó y difícil.
Pero aun así le contesté y le dije: "Anciano, haré como mandas. Pero,
vamos, dime e infórmame con verdad si llegaron sanos y salvos todos los aqueos
que Néstor y yo dejamos cuando partimos de Troya o murió alguno de cruel muerte
en su nave o a manos de los suyos después de soportar la guerra
laboriosa." Así dije, y él me contestó y dijo: "¡Atrida!, ¿por qué me
preguntas esto? No te es necesario saberlo ni conocer mi pensamiento. Te
aseguro que no estarás mucho tiempo sin llanto luego que te enteres de todo,
pues muchos de ellos murieron y muchos han sobrevivido. Sólo dos jefes de los
aqueos que visten bronce murieron en el regreso (pues tú mismo asististe a la
guerra); y uno que vive aún está retenido en el vasto ponto. Ayante pereció
junto con sus naves de largos remos: primero lo arrimó Poseidón a las grandes
rocas de Girea y lo salvó del mar, y habría escapado de la muerte, aunque
odiado de Atenea, si no hubiera pronunciado una palabra orgullosa y se hubiera
obcecado grandemente. Dijo que escaparía al gran abismo del mar contra la
voluntad de los dioses. Poseidón le oyó hablar orgullosamente y a continuación,
cogiendo con sus manos el tridente, golpeó la roca Girea y la dividió: una
parte quedo allí, pero se desplomó en el ponto el trozo sobre el que Ayante, sentado
desde el principio, había incurrido en gran cegazón; y lo arrastró hacia el
inmenso y alborotado ponto. Así pereció después de beber la salobre agua.
«"También tu hermano
escapó a la maldición de Zeus y huyó en las cóncavas naves, pues lo salvó la
venerable Hera. Mas cuando estaba a punto de llegar al escarpado monte de
Malea, arrebatólo una tempestad que lo llevó gimiendo penosamente por el ponto
rico en peces. hasta un extremo del campo donde en otro tiempo habitó Tiestes;
mas entonces la habitaba Egisto, el hijo de Tiestes. Así que cuando, una vez
allí, le parecía feliz el regreso y los dioses cambiaron el viento y llegaron a
sus casas, entonces tu hermano pisó alegre su tierra patria: tocaba y besaba la
tierra y le caían muchas ardientes lágrimas cuando contemplaba con júbilo su
tierra. Pero lo vio desde una atalaya el vigilante que había puesto allí el
tramposo Egisto (le había ofrecido en recompensa dos talentos de oro). Vigilaba
éste desde hacía un año, para que no le pasara inadvertido si llegaba y
recordara su impetuosa fuerza. Y marchó a palacio para dar la noticia al pastor
de su pueblo. Y enseguida Egisto tramó una engañosa trampa: eligiendo los
veinte mejores hombres entre el pueblo, los puso en emboscada y luego mandó
preparar un banquete en otra parte, y marchó a llamar a Agamenón, pastor de su
pueblo, con caballos y carros meditando obras indignas. Condújolo, desconocedor
de su muerte, y mientras lo agasajaba lo mató como se mata a un buey en el
pesebre. No quedó vivo ninguno de los compañeros del Atrida que lo acompañaban,
ni ninguno de Egisto, que todos fueron muertos en el palacio."
«Así dijo, y se me
conmovió el corazón; lloraba sentado en la arena, y mi corazón no quería vivir
ya ni ver la luz del sol. Y después que me harté de llorar y agitarme me dijo
el veraz anciano del mar: "No llores, hijo de Atreo, mucho tiempo y sin cesar,
puesto que así no hallaremos ningún remedio. Conque trata de volver a tu patria
rápidamente, pues o lo encontrarás aún vivo o bien Orestes lo habrá matado
adelantándose y tú puedes estar presente a sus funerales." Así dijo, y mi
corazón y ánimo valeroso se caldearon de nuevo en mi pecho, aunque estaba
afligido. Y le hablé y le dije aladas palabras: "De éstos ya sé ahora.
Nómbrame, pues, al tercer hombre, el que, aún vivo, está retenido en el vasto
ponto o está ya muerto. Pues aunque afligido quiero oírlo." Así le dije, y
él al punto me contestó y me dijo: "El hijo de Laertes que habita en
Itaca. Lo vi en una isla derramando abundante llanto, en el palacio de la ninfa
Calipso, que lo retiene por la fuerza. No puede regresar a su tierra, pues no
tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen por el ancho lomo
del mar. Respecto a ti, Menelao, vástago de Zeus, no está determinado por los
dioses que mueras en Argos, criadora de caballos, enfrentándote con tu destino,
sino que los inmortales lo enviarán a la llanura Elisia, al extremo de la
tierra, donde está el rubio Radamanto. Allí la vida de los hombres es más
cómoda, no hay nevadas y el invierno no es largo; tampoco hay lluvias, sino que
Océano deja siempre paso a los soplos de Céfiro que sopla sonoramente para
refrescar a los hombres. Porque tienes por esposa a Helena y para ellos eres
yerno de Zeus."
«Y hablando así, se
sumergió en el alborotado ponto. Yo enfilé hacia las naves con mis divinos
compañeros, y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchas cosas; y luego que
llegamos a la nave y al mar, preparamos la cena y se nos echó encima la divina
noche; así que nos acostamos en la ribera del mar.
«Y cuando apareció Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, en primer lugar lanzamos al mar
divino las naves y colocamos los mástiles y velas en las proporcionadas naves y
todos se fueron a sentar en los bancos; y sentados en fila, batían el canoso
mar con los remos.
«Detuve las naves en el
Egipto, río nacido de Zeus, e hice perfectas hecatombes. Y cuando había puesto
fin a la cólera de los dioses que existen siempre, levanté un túmulo a Agamenón
para que su gloria sea inextinguible.
«Acabado esto, partí, y
los inmortales me concedieron viento favorable y rápidamente me devolvieron a
mi tierra. Pero, vamos, permanece ahora en mi palacio, hasta que llegue el
undécimo o el duodécimo día. Entonces te despediré y te daré como espléndidos
regalos tres caballos y un carro bien trabajado; también te daré una hermosa
copa para que hagas libaciones a los dioses inmortales y te acuerdes de mí
todos los días.»
Y a su vez, Telémaco le
contestó discretamente:
«¡Atrida!, no me retengas
aquí durante mucho tiempo, pues yo permanecería un año junto a ti sin que me
atenazara la nostalgia de mi casa ni de mis padres, que me cumple sobremanera
escuchar tus relatos y palabras. Pero ya mis compañeros estarán disgustados en
la divina Pilos y tú me retienes aquí hace tiempo. Que el regalo que me des sea
un objeto que se pueda conservar. Los caballos no los llevaré a Itaca, te los
dejaré aquí como ornato, pues tú reinas en una llanura vasta en la que hay
mucho loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada que cría el campo. En Itaca
no hay recorridos extensos ni prado; es tierra criadora de cabras y más
encantadora que la criadora de caballos. Pues ninguna de las islas que se
reclinan sobre el mar es apta para el paso de caballos ni rica en prados, a
Itaca menos que ninguna.»
Así dijo, y Menelao, de
recia voz guerrera, sonrió y lo acarició con la mano; le llamó por su nombre y
le dijo su palabra:
«Hijo querido, eres de
sangre noble, según hablas. Te cambiaré el regalo, pues puedo. Y de cuantos
objetos hay en mi palacio que se pueden conservar, te daré el más hermoso y el
de más precio. Te daré una crátera bien trabajada, de plata toda ella y con los
bordes pulidos en oro. Es obra de Hefesto; me la dio el héroe Fedimo, rey de
los sidonios, cuando me alojó en su casa al regresar. Esto es lo que quiero
regalarte.»
Mientras departían entre
sí iban llegando los invitados al palacio del divino rey. Unos traían ovejas,
otros llevaban confortante vino, y las esposas de lindos velos les enviaban el
pan. Así preparaban comida en el palacio.
Entre tanto, los
pretendientes se complacían arrojando discos y venablos ante el palacio de
Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de arrogancia.
Hallábanse sentados
Antínoo y Eurímaco, semejantes a los dioses, los jefes de los pretendientes y
los mejores con preferencia por su valor. Y acercándoseles el hijo de Fronio,
Noemón, le preguntó y dijo a Antínoo su palabra:
«Antínoo, ¿sabemos cuándo
vendrá Telémaco de la arenosa Pilos o no? Se fue llevándose mi nave y preciso
de ella para pasar a la espaciosa Elide, donde tengo doce yeguas y mulos no
domados, buenos para el laboreo; si traigo alguno de estos podría domarlo.»
Así dijo, y ellos
quedaron atónitos, pues no pensaban que Telémaco hubiera marchado a Pilos de
Neleo, sino que se encontraba en el campo con las ovejas o con el porquerizo.
Mas, al fin, Antínoo,
hijo de Eupites, contestóle diciendo:
«Háblame sinceramente.
¿Cuándo se fue y qué mozos lo acompañaban? ¿Los mejores de Itaca o sus obreros
y criados? Que también pudo hacerlo así. Dime también con verdad, para que yo
lo sepa, si te quitó la negra nave por la fuerza y contra tu voluntad o se la
diste de buen grado, luego de suplicarte una y otra vez.»
Y Noemón, el hijo de
Fronio, le contestó:
«Yo mismo se la di de
buen grado. ¿Qué se podría hacer si te la pide un hombre como él, con el ánimo
lleno de preocupaciones? Sería difícil negársela. Los jóvenes que le
acompañaban son los que sobresalen entre nosotros en el pueblo. También vi
embarcando como jefe a Méntor, o a un dios, pues así parecía en todo. Lo que me
extraña es que vi ayer por la mañana al divino Méntor aquí, y eso que entonces
se embarcó para Pilos.»
Cuando así hubo hablado
marchó hacia la casa de su padre, y a éstos se les irritó su noble ánimo.
Hicieron sentar a los pretendientes todos juntos y detuvieron sus juegos. Y
entre ellos habló irritado Antínoo, hijo de Eupites; su corazón rebosaba negra
cólera y sus ojos se asemejaban al resplandeciente fuego: «¡Ay, ay, buen
trabajo ha realizado Telémaco arrogantemente con este viaje; y decíamos que no
lo llevaría a cabo! Contra la voluntad de tantos hombres un crío se ha marchado
sin más, después de botar una nave y elegir los mejores entre el pueblo.
Enseguida comenzará a ser un azote. ¡Así Zeus le destruya el vigor antes de que
llegue a la plenitud de la juventud Conque, ea, dadme una rápida nave y veinte
compañeros para ponerle emboscada y esperarle cuando vuelva en el estrecho
entre Itaca y la escarpada Same. Para que el viaje que ha emprendido por causa
de su padre le resulte funesto.»
Así dijo, y todos
aprobaron sus palabras y lo apremiaban.
Así que se levantaron y
se pusieron en camino hacia el palacio de Odiseo.
Penélope no tardó mucho
en enterarse de los planes que los prentendientes meditaban en secreto. Pues se
los comunicó el heraldo Medonte, que escuchó sus decisiones aunque estaba fuera
del patio cuando éstos las urdían dentro. Y se puso en camino por el palacio
para cómunicárselo a Penélope. Cuando atravesaba el umbral le dijo ésta:
«Heraldo, ¿a qué te
mandan los ilustres pretendientes? ¿Acaso para que ordenes a las esclavas del
divino Odiseo que dejen sus labores y les preparen comida? iOjalá dejaran de
cortejarme y de reunirse y cenaran su última y definitiva cena! Con tanto reuniros
aquí estáis acabando con muchos bienes, con las posesiones del prudence
Telémaco. ¿No habéis oído contar a vuestros padres cuando erais niños cómo era
Odiseo con ellos, que ni hizo ni dijo nada injusto en el pueblo? Este es el
proceder habitual de los divinos reyes: a un hombre le odian mientras que a
otro le aman. Pero aquél jamás hizo injusticia a hombre alguno. Así que han
quedado al descubierto vuestro ánimo a injustas obras, y no tenéis
agradecimiento por sus beneficios.»
Y a su vez le dijo
Medonte, de pensamientos prudentes:
«Reina, ¡ojalá fuera ésta
el mayor mal! Pero los pretendientes meditan otro mucho mayor y más penoso que
ojalá no cumpla el Cronida! Desean ardientemente matar a Telémaco con el agudo
bronce cuando vuelva a casa, pues partió a la augusta Pilos y a la divina
Lacedemonia en busca de noticias dé su padre.»
Así dijo. Flaqueáronle a
Penélope las rodillas y el corazón, el estupor le arrebató las palabras por
largo tiempo, y los ojos se le llenaron de lágrimas, y la vigorosa voz se le
quedó detenida. Más tarde le contestó y dijo:
«¡Heraldo! ¿Por qué se ha
marchado mi hijo? No precisaba embarcar en las naves que navegan veloces, que
son para los hombres caballos en la mar y atraviesan la abundante humedad.
¿Acaso lo hizo para que no quede ni siquiera su nombre entre los hombres?» Y le
contestó a continuación Medonte, conocedor de prudencia:
«No sé si lo impulsó
algún dios o su propio ánimo a ir a Pilos para indagar acerca del regreso de su
padre o del destino con el que se ha enfrentado.»
Cuando hubo hablado así,
se fue por el palacio de Odiseo. Envolvió a Penélope una pena mortal y no
soportó estar sentada en la silla, de las que había abundancia en la casa, sino
que se sentó en el muy trabajado umbral de su aposento, quejándose de manera
lamentable. Y a su alrededor gemían todas las criadas, cuantas habia en el
palacio, jóvenes y viejas. Y Penélope les dijo, llorando agudamente:
«Escuchadme, amigas, pues
el Olímpico me ha concedido dolores por encima de las que nacieron o se criaron
conmigo: perdí primero a un esposo noble de corazón de león y que se distinguía
entre los dánaos por excelencias de todas clases, un noble varón cuya vasta
gloria se extiende por la Hélade y hasta el centro de Argos.
«Y ahora las tempestades
han arrebatado sin gloria del palacio a mi amado hijo. No me enteré cuándo
marchó. Desdichadas, tampoco a vosotras se os ocurrió levantarme de la cama,
aunque bien sabíais cuándo partió aquél en la cóncava y negra nave; pues si hubiera
barruntado que pensaba en este viaje, se habría quedado aquí por más que lo
ansiara o me habría tenido que dejar muerta en el palacio. Vamos, que llame
alguna al anciano Dolio, mi esclavo, el que me dio mi padre cuando vine aquí y
cuida mi huerto abundante en árboles, para que vaya cerca de Laertes lo antes
posible a contarle todo esto, por si urdiendo alguna astucia en su mente sale a
quejarse a los ciudadanos que desean destruir el linaje de Odiseo, semejante a
un dios.»
Y a su vez le dijo su
nodriza Euriclea:
«¡Hija mía!, mátame con
implacable bronce o déjame en palacio, mas no te ocultaré mi palabra; yo sabía
todo esto y le di cuanto ordenó, pan y dulce vino, y me tomó un solemne
juramento: que no te lo dijera antes de que llegara el duodécimo día o tú misma
lo echaras de menos y escucharas que se había marchado, para que no afearas
llorando tu hermosa piel.
«Vamos, báñate, toma
vestidos limpios para tu cuerpo y sube al piso superior con las esclavas. Y
suplica a Atenea, hija de Zeus, portador de égida, pues ella, en efecto, lo
salvará de la muerte. No hagas desgraciado a un pobre anciano, pues no creo en
absoluto que el linaje del hijo de Arcisio sea odiado por los bienaventurados
dioses; que alguno sobrevivirá que ocupe el palacio de elevado techo y posea en
la lejanta los fértiles campos.»
Así diciendo, calmóse y
cerró sus ojos al llanto.
Y luego de bañarse y
coger vestidos limpios para su cuerpo, subió al piso superior con las criadas y
colocó en una cesta granos de cebada. E imploró a Atenea:
«Escúchame, hija de Zeus,
portador de égida, Atritona; si alguna vez el muy hábil Odiseo quemó en el
palacio gordos muslos de buey o de oveja, acuérdate de ellos ahora, salva a mi
hijo y aleja a los muy orgullosos pretendientes.»
Cuando hubo hablado así
lanzó el grito ritual y la diosa escuchó su oración. Los pretendientes
alborotaban en la sombría sala, y uno de los jóvenes orgullosos decía así:
«La reina muy solicitada
por nosotros prepara sus nupcias sin saber que ha sido fabricada la muerte para
su hijo.»
Así decía uno, ignorando
lo que había ocurrido. Y entre ellos habló Antínoo y dijo:
«Desgraciados, evitad
toda palabra arrogante, no sea que alguien se la vaya a comunicar. Mas, vamos,
levantémonos y ejecutemos en silencio ese plan que a todos nos cumple.»
Cuando hubo dicho así,
escogió a los veinte mejores y se dirigió hacia la rápida nave y a la orilla
del mar. Arrastráronla primero al profundo mar y colocaron el mástil y las
velas a la negra nave. Prepararon luego los remos con estrobos de cuero todo como
corresponde, desplegaron las blancas velas y los audaces sirvientes les
trajeron las armas. Anclaron la nave en aguas profundas y luego que hubieron
desembarcado comieron allí y esperaron a que cayera la tarde.
Entre tanto, la discreta
Penélope yacía en ayunas en el piso superior sin tomar comida ni bebida,
cavilando si su ilustre hijo escaparía a la muerte o sucumbiría a manos de los
soberbios pretendientes. Y le sobrevino el dulce sueño mientras meditaba lo que
suele meditar un león entre una muchedumbre de hombres cuando lo llevan
acorralado en engañoso círculo. Dormía reclinada y todos sus miembros se
aflojaron.
En esto, tramó otro plan
la diosa de ojos brillantes, Atenea: construyó una figura semejante al cuerpo
de una mujer, de Iftima, hija del magnánimo Icario, a la que había desposado
Eumelo, que tenía su casa en Feras, y envióla al palacio del divino Odiseo para
que aliviara del llanto y los gemidos a Penélope, que se lamentaba entre
sollozos. Entró en el dormitorio por la correa del pasador, se colocó sobre la
cabeza de Penélope y le dijo su palabra:
«Penélope, ¿duermes
afligida en tu corazón? No, los dioses que viven fácilmente no van a permitir
que llores ni te aflijas, pues tu hijo ya está en su camino de vuelta, que en
nada es culpable a los ojos de los dioses.»
Y le contestó luego la
discreta Penélope, durmiendo plácidamente en las mismas puertas del sueño:
«Hermana, ¿por qué has
venido? No sueles venir con frecuencia, al menos hasta ahora, ya que vives muy
lejos.
«Así que me mandas dejar
los lamentos y los numerosos dolores que se agitan en mi interior, a mí que ya
he perdido mi marido noble y valiente como un león, dotado de toda clase de
virtudes entre los dánaos, cuya fama de nobleza es extensa en la Hélade y hasta
el centro de Argos. Ahora de nuevo mi hijo amado ha partido en cóncava nave, mi
hijo inocente desconocedor de obras y palabras. Es por éste por quien me
lamento más que por aquél. Por éste tiemblo y temo no le vaya a pasar algo, sea
por obra de los del pueblo a donde ha marchado o sea en el mar. Pues muchos
enemigos traman contra él deseando matarlo antes de que llegue a su tierra
patria.»
Y le contestó la imagen
invisible:
«Ánimo, no temas ya nada
en absoluto. Ésta es quien le acompaña como guía, Palas Atenea pues puede, a
quien cualquier hombre desearía tener a su lado. Se ha compadecido de tus
lamentos y me ha enviado ahora para que te comunique esto.»
Y le contestó a su vez la
prudente Penélope:
«Si de verdad eres una
diosa y has oído la voz de un dios, vamos, háblame también de aquel desdichado,
si vive aún y contempla la luz del sol o ya ha muerto y está en el Hades.»
Y le contestó y dijo la
imagen invisible:
«De aquél no te voy a
decir de fijo si vive o ha muerto, que es malo hablar cosas vanas.»
Así diciendo, desapareció
en el viento por la cerradura de la puerta. Y ella se desperezó del sueñó, la
hija de Icario. Y su corazón se calmó, porque en lo más profundo de la noche se
le había presentado un claro sueño.
Conque los pretendientes
embarcaron y navegaban los húmedos caminos removiendo en su interior la muerte
para Telémaco.
Hay una isla pedregosa en
mitad del mar entre Itaca y la escarpada Same, la isla de Asteris. No es
grande, pero tiene puertos de doble entrada que acogen a las naves. Así que
allí se emboscaron los aqueos y esperaban a Telémaco.
CANTO V
ODISEO LLEGA A ESQUERIA
DE LOS FEACIOS
En esto, Eos se levantó
del lecho, de junto al noble Titono, para llevar la luz a los inmortales y a
los mortales. Los dioses se reunieron en asamblea, y entre ellos Zeus, que
truena en lo alto del cielo, cuyo poder es el mayor. Y Atenea les recordaba y relataba
las muchas penalidades de Odiseo. Pues se interesaba por éste, que se
encontraba en el palacio de la ninfa:
«Padre Zeus y demás
bienaventurados dioses inmortales, que ningún rey portador de cetro sea
benévolo ni amable ni bondadoso y no sea justo en su pensamiento, sino que
siempre sea cruel y obre injustamente, ya que no se acuerda del divino Odiseo
ninguno de los ciudadanos entre los que reinaba y era tierno como un padre.
Ahora éste se encuentra en una isla soportando fuertes penas en el palacio de
la ninfa Calipso y no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo
acompañen por el ancho lomo del mar. Y, encima, ahora desean matar a su querido
hijo cuando regrese a casa, pues ha marchado a la sagrada Pilos y a la divina
Lacedemonia en busca de noticias de su padre».
Y le contestó y dijo
Zeus, el que amontona las nubes:
«Hija mía, ¡qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Pues no concebiste tú misma la idea de
que Odiseo se vengara de aquéllos cuando llegara? Tú acompaña a Telémaco
diestramente, ya que puedes, para que regrese a su patria sano y salvo, y que los
pretendientes regresen en la nave.»
Y luego se dirigió a
Hermes, su hijo, y le dijo:
«Hermes, puesto que tú
eres el mensajero en lo demás, ve a comunicar a la ninfa de lindas trenzas
nuestra firme decisión: la vuelta de Odiseo el sufridor, que regrese sin
acompañamiento de dioses ni de hombres mortales. A los veinte días llegará en
una balsa de buena trabazón a la fértil Esqueria, después de padecer
desgracias, a la tierra de los feacios, que son semejantes a los dioses,
quienes lo honrarán como a un dios de todo corazón y lo enviarán a su tierra en
una nave dándole bronce, oro en abundancia y ropas, tanto como nunca Odiseo
hubiera sacado de Troya si hubiera llegado indemne habiendo obtenido parte del
botín. Pues su destino es que vea a los suyos, llegue a su casa de alto techo y
a su patria.»
Así dijo, y el mensajero
Argifonte no desobedeció. Conque ató, luego a sus pies hermosas sandalias,
divinas, de oro, que suelen llevarlo igual por el mar que por la ilimitada
tierra a la par del soplo del viento. Y cogió la varita con la que hechiza los ojos
de los hombres que quiere y los despierta cuando duermen. Con ésta en las manos
echó a volar el poderoso Argifonte y llegado a Pieria cayó desde el éter en el
ponto, y se movía sobre el oleaje semejante a una gaviota que, pescando sobre
los terribles senos del estéril ponto, empapa sus espesas alas en el agua del
mar. Semejante a ésta se dirigía Hermes sobre las numerosas olas.
Pero cuando llegó a la
isla lejana salió del ponto color violeta y marchó tierra adentro hasta que
llegó a la gran cueva en la que habitaba la ninfa de lindas trenzas. Y la
encontró dentro. Un gran fuego ardía en el hogar y un olor de quebradizo cedro
y de incienso se extendía al arder a lo largo de la isla. Calipso tejía dentro
con lanzadera de oro y cantaba con hermosa voz mientras trabajaba en el telar.
En torno a la cueva había nacido un florido bosque de alisos, de chopos negros
y olorosos cipreses, donde anidaban las aves de largas alas, los búhos y
halcones y las cornejas marinas de afilada lengua que se ocupan de las cosas
del mar.
Había cabe a la cóncava
cueva una viña tupida que abundaba en uvas, y cuatro fuentes de agua clara que
corrían cercanas unas de otras, cada una hacia un lado, y alrededor, suaves y
frescos prados de violetas y apios. Incluso un inmortal que allí llegara se
admiraría y alegraría en su corazón.
El mensajero Argifonte se
detuvo allí a contemplarlo; y, luego que hubo admirado todo en su ánimo, se
puso en camino hacia la ancha cueva. Al verlo lo reconoció Calipso, divina
entre las diosas, pues los dioses no se desconocen entre sí por más que uno habite
lejos. Pero no encontró dentro al magnánimo Odiseo, pues éste, sentado en la
orilla, lloraba donde muchas veces, desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos
y pesares, solía contemplar el estéril mar. Y Calipso, la divina entre las
diosas, preguntó a Hermes haciéndolo sentar en una silla brillante,
resplandeciente:
«¿Por qué has venido,
Hermes, el de vara de oro, venerable y querido? Pues antes no venías con
frecuencia. Di lo que piensas, mi ánimo me empuja a cumplirlo si puedo y es
posible realizarlo. Pero antes sígueme para que te ofrezca los dones de
hospitalidad.»
Habiendo hablado así, la
diosa colocó delante una mesa llena de ambrosía y mezcló rojo néctar. El
mensajero bebió y comió, y después que hubo cenado y repuesto su ánimo con la
comida, le dijo su palabra:
«Me preguntas tú, una
diosa, por qué he venido yo, un dios.
Pues bien, voy a decir
con sinceridad mi palabra, pues lo mandas. Zeus me ordenó que viniera aquí sin
yo quererlo. ¿Quién atravesaría de buen grado tanta agua salada, indecible?
Además, no hay ninguna ciudad de mortales en la que hagan sacrificios a los dioses
y perfectas hecatombes.
«Pero no le es posible a
ningún dios rebasar o dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la
égida. Dice que se encuentra contigo un varón, el más desgraciado de cuantos
lucharon durante nueve años en derredor de la ciudad de Príamo. Al décimo regresaron
a sus casas, después de destruir la ciudad, pero en el regreso faltaron contra
Atenea, y ésta les levantó un viento contrario. Allí perecieron todos sus
fieles compañeros, pero a él el viento y grandes olas lo acercaron aquí. Ahora
te ordena que lo devuelvas lo antes posible, que su destino no es morir lejos
de los suyos, sino ver a los suyos y regresar a su casa de elevado techo y a su
patria.»
Así dijo, y Calipso,
divina entre las diosas, se estremeció, habló y le dijo palabras aladas:
«Sois crueles, dioses, y
envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen
abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de
rosados dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que vivís con
facilidad, hasta que la casta Artemis de trono de oro lo mató en Ortigia,
atacándole con dulces dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas,
cediendo a su impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces
labrado. No tardó mucho Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con el
resplandeciente rayo. Así ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está
conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole
el brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus
nobles compañeros, pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo
traté como amigo y lo alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin vejez para
siempre. Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin
cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar
estéril si aquél lo impulsa y se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier
manera, pues no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen
sobre el ancho lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le
ocultaré para que llegue a su tierra sano y salvo.»
Y el mensajero, el
Argifonte, le dijo a su vez:
«Entonces despídele ahora
y respeta la cólera de Zeus, no sea que se irrite contigo y sea duro en el
futuro.»
Cuando hubo hablado así
partió el poderoso Argifonte.
Y la soberana ninfa
acercóse al magnánimo Odiseo luego que hubo escuchado el mensaje de Zeus. Lo
encontró sentado en la orilla. No se habían secado sus ojos del llanto, y su
dulce vida se consumía añorando el regreso, puesto que ya no le agradaba la
ninfa, aunque pasaba las noches por la fuerza en la cóncava cueva junto a la
que lo amaba sin que él la amara. Durante el día se sentaba en las piedras de
la orilla desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y dolores, y miraba al
estéril mar derramando lágrimas.
Y deteniéndose junto a él
le dijo la divina entre las diosas:
«Desdichado, no te me
lamentes más ni consumas tu existencia, que te voy a despedir no sin darte
antes buenos consejos. ¡Hala!, corta unos largos maderos y ensambla una amplia
balsa con el bronce. Y luego adapta a ésta un elevado tablazón para que te lleve
sobre el brumoso ponto, que yo te pondré en ella pan y agua y rojo vino en
abundancia que alejen de ti el hambre. También te daré ropas y te enviaré por
detrás un viento favorable de modo que llegues a tu patria sano y salvo, si es
que lo permiten los dioses que poseen el ancho cielo, quienes son mejores que
yo para hacer proyectos y cumplirlos.»
Así habló; estremecióse
el sufridor, el divino Odiseo, y hablando le dirigió aladas palabras:
«Diosa, creo que andas
cavilando algo distinto de mi marcha, tú que me apremias a atravesar el gran
abismo del mar en una balsa, cosa difícil y peligrosa; que ni siquiera las bien
equilibradas naves de veloz proa lo atraviesan animadas por el favorable viento
de Zeus. No, yo no subiría a una balsa mal que te pese, si no aceptas jurarme
con gran juramento, diosa, que no maquinarás contra mí desgracia alguna.»
Así habló; sonrió
Calipso, divina entre las diosas, le acarició la mano y le dijo su palabra,
llamándole por su nombre:
«Eres malvado a pesar de
que no piensas cosas vanas, pues te has atrevido a decir tales palabras. Sépalo
ahora la Tierra, y desde arriba el ancho Cielo y el agua que fluye de la Estige
éste es el mayor y el más terrible juramento para los bienaventurados dioses
que no maquinaré contra ti desgracia alguna. Esto es lo que yo pienso y te voy
a aconsejar, cuanto para mí misma pensaría cuando me acuciara tal necesidad. Mi
proyecto es justo, y no hay en mi pecho un ánimo de hierro, sino compasivo.»
Hablando así la divina
entre las diosas marchó luego delante y él marchó tras las huellas de la diosa.
Y llegaron a la profunda cueva la diosa y el varón. Éste se sentó en el sillón
de donde se había levantado Hermes, y la ninfa le ofreció toda clase de comida
para comer y beber, cuantas cosas suelen yantar los mortales hombres. Sentóse
ella frente al divino Odiseo y las siervas le colocaron néctar y ambrosía.
Echaron mano a los alimentos preparados que tenían delante y después que se
saciaron de comida y bebida empezó a hablar Calipso, divina entre las diosas:
«Hijo de Laertes, de
linaje divino, Odiseo, rico en ardides, ¿así que quieres marcharte enseguida a
tu casa y a tu tierra patria? Vete enhorabuena. Pero si supieras cuántas
tristezas te deparará el destino antes de que arribes a tu patria, te quedarías
aquí conmigo para guardar esta morada y serías inmortal por más deseoso que
estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente deseas todos los días. Yo
en verdad me precio de no ser inferior a aquélla ni en el porte ni en el
natural, que no conviene a las mortales jamás competir con las inmortales ni en
porte ni en figura.»
Y le dijo el muy astuto
Odiseo:
«Venerable diosa, no te
enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior la discreta Penélope en
figura y en estátura al verla de frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin
vejez. Pero aun así quiero y deseo todos los días marcharme a mi casa y ver el
día del regreso. Si alguno de los dioses me maltratara en el ponto rojo como el
vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo paciente; pues ya soporté muy mucho
sufriendo en el mar y en la guerra. Que venga esto después de aquello.»
Así dijo. El sol se puso
y llegó el crepusculo. Así que se dirigieron al interior de la cóncava cueva a
deleitarse con el amor en mutua compañía.
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, Odiseo se vistió de túnica y
manto, y ella, la ninfa, vistió una gran túnica blanca, fina y graciosa, colocó
alrededor de su talle hermoso cinturón de oro y un velo sobre la cabeza, y a
continuación se ocupó de la partida del magnánimo Odiseo. Le dio una gran hacha
de bronce bien manejable, aguzada por ambos lados y con un hermoso mango de
madera de olivo bien ajustado. A continuación le dio una azuela bien
pulimentada, y emprendió el camino hacia un extremo de la isla donde habían
crecido grandes árboles, alisos y álamos negros y abetos que suben hasta el
cielo, secos desde hace tiempo, resecos, que podían flotar ligeros. Luego que
le hubo mostrado dónde crecían los árboles, marchó hacia el palacio Calipso,
divina entre las diosas, y él empezó a cortar troncos y llevó a cabo
rápidamente su trabajo. Derribó veinte en total y los cortó con el bronce, los
pulió diestramente y los enderezó con una plomada mientras Calipso, divina
entre las diosas, le llevaba un berbiquí. Después perforó todos, los unió unos
con otros y los ajustó con clavos y junturas. Cuanto un hombre buen conocedor
del arte de construir redondearía el fondo de una amplia nave de carga, así de
grande hizo Odiseo la balsa. Plantó luego postes, los ajustó con vigas apiñadas
y construyó una cubierta rematándola con grandes tablas. Hizo un mástil y una
antena adaptada a él y construyó el timón para gobernarla. Cubrióla después con
cañizos de mimbre a uno y otro lado para que fuera defensa contra el oleaje y
puso encima mucha madera. Entre tanto, le trajo Calipso, divina entre las
diosas, tela para hacer las velas, y él las fabricó con habilidad. Ató en ellas
cuerdas, cables y bolinas y con estacas la echó al divino mar.
Era el cuarto día y ya
tenía todo preparado. Y al quinto lo dejó marchar de la isla la divina Calipso
después de lavarlo y ponerle ropas perfumadas. Entrególe la diosa un odre de
negro vino, otro grande de agua y un saco de víveres, y le añadió abundantes
golosinas. Y le envió un viento próspero y cálido.
Así que el divino Odiseo
desplegó gozoso las velas al viento y sentado gobernaba el timón con habilidad.
No caía el sueño sobre sus párpados contemplando las Pléyades y el Bootes, que
se pone tarde, y la Osa, que llaman carro por sobrenombre, que gira allí y
acecha a Orión y es la única privada de los baños de Océano. Pues le había
ordenado Calipso, divina entre las diosas, que navegase teniéndola a la mano
izquierda. Navegó durante diecisiete días atravesando el mar, y al decimoctavo
aparecieron los sombríos montes del país de los feacios, por donde éste le
quedaba más cerca y parecía un escudo sobre el brumoso ponto.
El poderoso, el que
sacude la tierra, que volvía de junto a los etiopes, lo vio de lejos, desde los
montes Sólymos, pues se le apareció surcando el mar. Irritóse mucho en su
corazón, y moviendo la cabeza habló a su ánimo:
«¡Ay!, seguro que los
dioses han cambiado de resolución respecto a Odiseo mientras yo estaba entre
los etíopes, que ya está cerca de la tierra de los feacios, donde es su destino
escapar del extremo de las calamidades que le llegan. Pero creo que aún le han
de alcanzar bastantes desgracias.»
Cuando hubo hablado así,
amontonó las nubes y agitó el mar, sosteniendo el tridente entre sus manos, e
hizo levantarse grandes tempestades de vientos de todas clases, y ocultó con
las nubes al mismo tiempo la tierra y el ponto. Y la noche surgió del cielo.
Cayeron Euro y Noto, Céfiro de soplo violento y Bóreas que nace en cielo
despejado levantando grandes olas. Entonces las rodillas y el corazón de Odiseo
desfallecieron, e irritado dijo a su magnánimo espíritu:
«Ay de mí, desgraciado,
¿qué me sucederá por fin ahora? Mucho temo que todo lo que dijo la diosa sea
verdad; me aseguró que sufriría desgracias en el ponto antes de regresar a mi
patria, y ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado Zeus el vasto
cielo y agitado el ponto, y las tempestades de vientos de todas clases se
lanzan con ímpetu!
«Seguro que ahora tendré
una terrible muerte. ¡Felices tres y cuatro veces los dánaos que murieron en la
vásta Troya por dar satisfacción a los Atridas! Ojalá hubiera muerto yo y me
hubiera enfrentado con mi destino el día en que cantos troyanos lanzaban contra
mí broncíneas lanzas alrededor del Pelida muerto! Allí habría obtenido honores
fúnebres y los aqueos celebrarían mi gloria, pero ahora está determinado que
sea sorprendido por una triste muerte.»
Cuando hubo dicho así, le
alcanzó en lo más alto una gran ola que cayó terriblemente y sacudió la balsa.
Odiseo se precipitó fuera de la balsa soltando las manos del timón, y un
terrible huracán de mezclados vientos le rompió el mástil por la mitad. Cayeron
al mar, lejos, la vela y la antena, y a él lo tuvo largo tiempo sumergido sin
poder salir con presteza por el ímpetu de la ingente ola, pues le pesaban los
vestidos que le había dado la divina Calipso.
A1 fin emergió mucho
después y escupió de su boca la amarga agua del mar que le caía en abundancia,
con ruido, desde la cabeza. Pero ni aun así se olvidó de la balsa, aunque
estaba agotado, sino que lanzándose entre las olas se apoderó de ella. El gran
oleaje la arrastraba con la corriente aquí y allá. Como cuando el otoñal Bóreas
arrastra por la llanura los espinos y se enganchan espesos unos con otros, así
los vientos la llevaban por el mar por aquí y por allá. Unas veces Noto la
lanzaba a Bóreas para que se la llevase, y otras Euro la cedía a Céfiro para
perseguirla.
Pero lo vio Ino Leucotea,
la de hermosos tobillos, la hija de Cadmo que antes era mortal dotada de voz,
mas ahora participaba del honor de los dioses en el fondo del mar. Compadecióse
de Odiseo, que sufría pesares a la deriva, y emergió volando del mar semejante
a una gaviota; se sentó sobre la balsa y le dijo:
«¡Desgraciado! ¿Por qué
tan acerbamente se ha encolerizado contigo Poseidón, el que sacude la tierra,
para sembrarte tantos males? No te destruirá por mucho que lo desee. Conque
obra del modo siguiente, pues paréceme que eres discreto: quítate esos vestidos,
deja que la balsa sea arrastrada por los vientos, y trata de alcanzar nadando
la tierra de los feacios, donde es tu destino que te salves. Toma, extiende
este velo inmortal bajo tu pecho, y no temas padecer ni morir. Mas cuando
alcances con tus manos tierra firme, suéltalo enseguida y arrójalo al ponto
rojo como el vino, muy lejos de tierra, y apártate lejos.»
Cuando hubo hablado así
la diosa, le dió el velo, y con presteza se sumergió en el alborotado ponto,
semejante a una gaviota, y una negra ola la ocultó. El divino Odiseo, el
sufridor, dio en cavilar y habló irritado a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! ¡No vaya a
ser que alguno de los inmortales urde contra mí una trampa, cuando me ordena
abandonar la balsa! Mas no obedeceré, que yo vi a lo lejos con mis propios ojos
la tierra donde me dijo que tendría asilo. Más bien, pues me parece mejor,
obraré así: mientras los maderos sigan unidos por las ligazones permaneceré
aquí y aguantaré sufriendo males, pero una vez que las olas desencajen la balsa
me pondré a nadar, pues no se me alcanza prevision mejor.»
Mientras esto agitaba en
su mente, y en su corazón, Poseidon, el que sacude la tierra, levantó una gran
ola, terrible y penosa, abovedada, y lo arrastró. Como el impetuoso viento
agita un montón de pajas secas que dispersa acá y allá, así dispersó los grandes
maderos de la balsa. Pero Odiseo montó en un madero como si cabalgase sobre
potro de carrera y se quitó los vestidos que le había dado la divina Calipso. Y
al punto extendió el velo por su pecho y púsose boca abajo en el mar,
extendidos los brazos, ansioso de nadar.
Y el poderoso, el que
sacude la tierra, lo vio, y moviendo la cabeza, habló a su ánimo:
. «Ahora que has padecido
muchas calamidades vaga por el ponto hasta que llegues a esos hombres vástagos
de Zeus. Pero ni aun así creo que estimarás pequeña tu desgracia.»
Cuando hubo hablado así,
fustigó a los caballos de hermosas crines y enfiló hacia Egas, donde tiene
ilustre morada.
Pero Atenea, la hija de
Zeus decidió otra cosa: cerró el camino a todos los vientos y mandó que todos
cesaran y se calmaran; levantó al rápido Bóreas y quebró las olas hasta que
Odiseo, movido por Zeus, llegara a los feacios, amantes del remo, escapando a
la muerte y al destino.
Así que anduvo éste a la
deriva durante dos noches y dos días por las sólidas olas, y muchas veces su
corazón presintió la muerte. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el
tercer día, cesó el viento y se hizo la calma, y Odiseo vio cerca la tierra
oteando agudamente desde lo alto de una gran ola. Como cuando parece agradable
a los hijos la vida de un padre que yace enfermo entre grandes dolores,
consumiéndose durante mucho tiempo, pues le acomete un horrible demón y los
dioses le libran felizmente del mal, así de agradable le parecieron a Odiseo la
tierra y el bosque, y nadaba apresurándose por poner los pies en tierra firme.
Pero cuando estaba a tal distancia que se le habría oído al gritar, sintió el
estrépito del mar en las rocas. Grandes olas rugían estrepitosamente al
romperse con estruendo contra tierra firme, y todo se cubría de espuma marina,
pues no había puertos, refugios de las naves, ni ensenadas, sino acantilados,
rocas y escollos. Entonces se aflojaron las rodillas y el corazón de Odiseo y
decía afligido a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! Después que
Zeus me ha concedido inesperadamente ver tierra y he terminado de surcar este
abismo, no encuentro por dónde salir del canoso mar. Afuera las rocas son
puntiagudas, y alrededor las olas se levantan estrepitosamente, y la roca se yergue
lisa y el mar es profundo en la orilla, sin que sea posible poner allí los pies
y escapar del mal. Temo que al salir me arrebate una gran ola y me lance contra
pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil. Y si sigo nadando más allá por si
encuentro una playa donde rompe el mar oblicuamente o un puerto marino, temo
que la tempestad me arrebate de nuevo y me lleve al ponto rico en peces
mientras yo gimo profundamente, o una divinidad lance contra mí un gran
monstruo marino de los que cría a miles la ilustre Anfitrite. Pues sé que el
ilustre, el que sacude la tierra, está irritado conmigo.»
Mientras meditaba esto en
su mente y en su corazón, lo arrastró una gran ola contra la escarpada orilla,
y allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de
ojos brillantes, no le hubiese inspirado a su ánimo lo siguiente: lanzóse, asió
la roca con ambas manos y se mantuvo en ella gimiendo hasta que pasó una gran
ola. De este modo consiguió evitarla, pero al refluir ésta lo golpeó cuando se
apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto. Como cuando al sacar a un pulpo
de su escondrijo se pegan infinitas piedrecitas a sus tentáculos, así se
desgarró en la roca la piel de sus robustas manos.
Luego lo cubrió una gran
ola, y allí habría muerto el desgraciado Odiseo contra lo dispuesto por el
destino si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiera inspirado
sensatez. Así que emergiendo del oleaje que rugía en dirección a la costa, nadó
dando cara a la tierra por si encontraba orillas batidas por las olas o puertos
de mar. Y cuando llegó nadando a la boca de un río de hermosa corriente, aquél
le pareció el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del viento. Y al
advertir que fluía le suplicó en su ánimo:
«Escucha, soberano,
quienquiera que seas; llego a ti, muy deseado, huyendo del ponto y de las
amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales respetan al hombre que
llega errante como yo llego ahora a tu corriente y a tus rodillas después de
sufrir mucho. Compadécete, soberano, puesto que me precio de ser tu
suplicante.»
Así dijo; hizo éste cesar
al punto su corriente, retirando las olas, e hizo la calma delante de él,
llevándolo salvo a la misma desembocadura. Y dobló Odiseo ambas rodillas y los
robustos brazos, pues su corazón estaba sometido por el mar. Tenía todo el cuerpo
hinchado, y de su boca y nariz fluía mucho agua salada: así que cayó sin
aliento y sin voz y le sobrevino un terrible cansancio. Mas cuando respiró y se
recuperó su ánimo, desató el velo de la diosa y lo echó al río que fluye hacia
el mar, y al punto se lo llevó una gran ola con la corriente y luego la recibió
Ino en sus manos. Alejóse del río, se echó delante de una junquera y besó la
fértil tierra. Y, afligido, decía a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! ¿Qué me va a
suceder? ¿Qué me sobrevendrá por fin? Si velo junto al río durante la noche
inspiradora de preocupaciones, quizá la dañina escarcha y el suave rocío venzan
al tiempo mi agonizante ánimo a causa de mi debilidad, pues una brisa fría
sopla antes del alba desde el río. Pero si subo a la colina y umbría selva y
duermo entre las espesas matas, si me dejan el frío y el cansancio y me viene
el dulce sueño, temo convertirme en botín y presa de las fieras.».
Después de pensarlo, le
pareció que era mejor así, y echó a andar hacia la selva y la encontró cerca
del agua en lugar bien visible; y se deslizó debajo de dos matas que habían
nacido del mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el
húmedo soplo de los vientos ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos,
ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan apretados crecían
entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y luego preparó
ancha cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca como para
acoger a dos o tres hombres en el invierno por riguroso que fuera. A1 verla se
alegró el divino Odiseo, el sufridor, y se acostó en medio y se echó encima un
montón de hojas. Como el que esconde un tizón en negra ceniza en el extremo de
un campo (y no tiene vecinos) para conservar un germen de fuego y no tener que
ir a encenderlo a otra parte, así se cubrió Odiseo con las hojas y Atenea
vertió sobre sus ojos el sueño para que se le calmara rápidamente el penoso
cansancio, cerrándole los párpados.
CANTO VI
ODISEO Y NAUSÍCAA
Aí es como dormía allí el
sufridor, el divino Odiseo, agotado por el sueño y el cansancio.
En tanto marchó Atenea al
país y a la ciudad de los hombres feacios que antes habitaban la espaciosa
Hiperea cerca de los Cíclopes, hombres soberbios que los dañaban continuamente,
pues eran superiores en fuerza. Sacándolos de allí los condujo Nausítoo, semejante
a un dios, y los asentó en Esqueria, lejos de los hombres industriosos; rodeó
la ciudad con un muro, construyó casas a hizo los templos de los dioses y
repartió los campos. Pero éste, vencido ya por Ker, había marchado a Hades, y
entonces gobernaba Alcínoo, inspirado en sus designios por los dioses.
Al palacio de éste se
encaminó Atenea, la de ojos brillantes, planeando el regreso para el magnánimo
Odiseo. Llegó a la muy adornada estancia en la que dormía una joven igual a las
diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo. Y dos sirvientas
que poseían la belleza de las Gracias estaban a uno y otro lado de la entrada,
y las suntuosas puertas estaban cerradas. Apresuróse Atenea como un soplo de
viento hacia la cama de la joven, y se puso sobre su cabeza y le dirigió su
palabra tomando la apariencia de la hija de Dimante, famoso por sus naves, pues
era de su misma edad y muy grata a su ánimo.
Asemejándose a ésta, le
dijo Atenea, la de ojos brillantes:
«Nausícaa, ¿por qué tan
indolente te parió tu madre? Tienes descuidados los espléndidos vestidos, y eso
que está cercana tu boda, en que es preciso que vistas tus mejores galas y se
las proporciones también a aquellos que lo acompañen. Pues de cosas así resulta
buena fama a los hombres y se complacen el padre y la venerable madre.
Conque marchemos a lavar
tan pronto como despunte la aurora; también yo ire contigo como compañera para
que dispongas todo enseguida, porque ya no vas a estar soltera mucho tiempo,
que te pretenden los mejores de los feacios en el pueblo donde también tú
tienes tu linaje. Así que, anda, pide a tu ilustre padre que prepare antes de
la aurora mulas y un carro que lleve los cinturones, las túnicas y tu
espléndida ropa. Es para ti mucho mejor ir así que a pie, pues los lavaderos
están muy lejos de la ciudad.»
Cuando hubo hablado así
se marchó Atenea, la de los brillantes, al Olimpo, donde dicen que está la
morada siempre segura de los dioses, pues no es azotada por los vientos ni
mojada por las lluvias, ni tampoco la cubre la nieve. Permanece siempre un
cielo sin nubes y una resplandeciente claridad la envuelve. Allí se divierten
durante todo el día los felices dioses. Hacia allá marchó la de ojos brillantes
cuando hubo aconsejado a la joven.
Al punto llegó Eos, la de
hermoso trono, que despertó a Nausícaa; de lindo pelo, y asombrada del sueño
echó a correr por el palacio para contárselo a sus progenitores, a su padre y a
su madre. Y encontró dentro a los dos; ella estaba sentada junto al hogar con
sus siervas hilando copos de lana teñidos con púrpura marina; a él lo encontró
a las puertas cuando marchaba con los ilustres reyes al Consejo, donde lo
reclamaban los nobles feacios.
Así que se acercó a su
padre y le dijo:
«Querido papá, ¿no
podrías aparejarme un alto carro de buenas ruedas para que lleve a lavar al río
los vestidos que tengo sucios? Que también a ti conviene, cuando estás entre
los principales, participar en el Consejo llevando sobre tu cuerpo vestidos limpios.
Además, tienes cinco hijos en el palacio, dos casados ya, pero tres solteros en
la flor de la edad, y éstos siempre quieren ir al baile con los vestidos bien
limpios, y todo esto está a mi cargo.»
Así dijo, pues se
avergonzaba de mentar el floreciente matrimonio a su padre. Pero él comprendió
todo y le respondió con estas palabras:
«No te voy a negar las
mulas, hija, ni ninguna otra cosa. Ve; al momento los criados lo prepararán un
alto carro de buenas ruedas con una cesta ajustada a él.»
Cuando hubo dicho así,
daba órdenes a sus criados y éstos al momento le obedecieron. Prepararon fuera
el carro mulero de buenas ruedas, trajeron mulas y las uncieron al yugo. La
joven sacó de la habitación un lujoso vestido y lo colocó en el bien pulido carro,
y la madre puso en un capacho abundante y rica comida, así como golosinas, y en
un odre de cuero de cabra vertió vino. La joven subió al carro, y todavía le
dió en un recipiente de oro aceite húmedo para que se ungiera con sus
sirvientas. Tomó Nausícaa el látigo y las resplandecientes riendas y lo
restalló para que partieran. Y se dejó sentir el batir de las mulas, y
mantenían una tensión incesante llevando los vestidos y a ella misma; mas no
sola, que con ella marchaban sus esclavas. Así que hubieron llegado a la
hermosisima corriente del río donde estaban los lavaderos perennes (manaba un
caudal de agua muy hermosa para lavar incluso la ropa más sucia), soltaron las
mulas del carro y las arrearon hacia el río de hermosos torbellinos para que
comieran la fresca hierba suave como la miel. Tomaron ellas en sus manos los
vestidos, los llevaron a la oscura agua y los pisoteaban con presteza en las
pilas, emulándose unas a otras.
Una vez que limpiaron y
lavaron toda la suciedad, extendieron la ropa ordenadamente a la orilla del mar
precisamente donde el agua devuelve a la tierra los guijarros más limpios.
Y después de bañarse y
ungirse con el grasiento aceite, tomaron el almuerzo junto a la orilla del río
y aguardaban a que la ropa se secara con el resplandor del sol.
Apenas habían terminado
de disfrutar el almuerzo, las criadas y ella misma se pusieron a jugar con una
pelota, despojándose de sus velos. Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comienzo
a la danza. Como Artemis va por los montes, la Flechadora, ya sea por el
Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, mientras disfruta con los jabalíes y
ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes, hijas de Zeus portador de la
égida, participan en los juegos y disfruta en su pecho Leto... (de todas ellas
tiene por encima la cabeza y el rostro, así que es fácilmente reconocible,
aunque todas son bellas), así se distinguía entre todas sus sirvientas la joven
doncella.
Pero cuando ya se
disponían a regresar de nuevo a casa, después de haber uncido las mulas y
doblado los bellos vestidos, la diosa de ojos brillantes, Atenea, dispuso otro
plan: que Odiseo se despertara y viera a la joven de hermosos ojos que lo
conduciría a la ciudad de los feacios. Conque la princesa tiró la pelota a una
sirvienta y no la acertó; arrojóla en un profundo remolino y ellas gritaron con
fuerza. Despertó el divino Odiseo, y sentado meditaba en su mente y en su
corazón:
«¡Ay de mí! ¿De qué clase
de hombres es la tierra a la que he llegado? ¿Son soberbios, salvajes y
carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad
hacia los dioses?. Y es el caso que me rodea un griterío femenino como de doncellas,
de ninfas que poseen las elevadas cimas de los montes, las fuentes de los ríos
y los prados cubiertos de hierba. ¿O es que estoy cerca de hombres dotados de
voz articulada? Pero, ea, yo mismo voy a comprobarlo a intentaré verlo.»
Cuando hubo dicho así,
salió de entre los matorrales el divino Odiseo, y de la cerrada selva cortó con
su robusta mano una rama frondosa para cubrirse alrededor las vergüenzas. Y se
puso en camino como un león montaraz que, confiado en su fuerza, marcha empapado
de lluvia y contra el viento y le arden los ojos; entonces persigue a bueyes o
a ovejas o anda tras los salvajes ciervos; pues su vientre lo apremia a entrar
en un recinto bien cerrado para atacar a los ganados. Así iba a mezclarse
Odiseo entre las doncellas de lindas trenzas, aun estando desnudo, pues la
necesidad lo alcanzaba. Y apareció ante ellas terriblemente afeado por la
salmuera.
Temblorosas se dispersan
cada una por un lado hacia las salientes riberas. Sola la hija de Alcínoo se
quedó, pues Atenea le infundió valor en su pecho y arrojó el miedo de sus
miembros. Y permaneció a pie firme frente a Odiseo. Éste dudó entre suplicar a
la muchacha de lindos ojos abrazado a sus rodillas o pedirle desde lejos, con
dulces palabras, que le señalara su ciudad y le entregara ropas. Y mientras
esto cavilaba, le pareció mejor suplicar desde lejos con dulces palabras, no
fuera que la doncella se irritara con él al abrazarle las rodillas. Así que
pronunció estas dulces y astutas palabras:
«A ti suplico, soberana.
¿Eres diosa o mortal? Si eres una divinidad de las que poseen el espacioso
cielo, yo te comparo a Arternis, la hija del gran Zeus, en belleza, talle y
distinción, y si eres uno de los mortales que habitan la tierra, tres veces felices
tu padre y tu venerable madre; tres veces felices también tus hermanos, pues
bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa viendo entrar en el baile
a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su corazón aquel que
venciendo con sus presentes te lleve a su casa. Que jamás he visto con mis ojos
semejante mortal, hombre o mujer. Al mirarte me atenaza el asombro. Una vez en
Delos vi que crecía junto al altar de Apolo un retoño semejante de palmera
(pues también he ido allí y me seguía un numeroso ejército en expedición en que
me iban a suceder funestos males.) Así es que contemplando aquello quedé
entusiasmado largo tiempo, pues nunca árbol tal había crecido de la tierra.
«Del mismo modo te admiro
a ti, mujer, y te contemplo absorto al tiempo que temo profundamente abrazar
tus rodillas. Pero me alcanza un terrible pesar. Ayer escapé del ponto, rojo
como el vino, después de veinte días. Entretanto me han zarandeado sin cesar el
oleaje y turbulentas tempestades desde la isla Ogigia, y ahora por fin me ha
arrojado aquí algún demón, sin duda para que sufra algún contratiempo; pues no
creo que éstos vayan a cesar, sino que todavía los dioses me preparan muchas
desventuras.
«Pero tú, sobrerana, ten
compasión, pues es a ti a quien primero encuentro después de haber soportado
muchas desgracias, que no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta
tierra y ciudad. Muéstrame la ciudad y dame algo de ropa para cubrirme si al venir
trajiste alguna para envoltura de tus vestidos. ¡Que los dioses te concedan
cuantas cosas anhelas en tu corazón: un marido, una casa, y te otorguen también
una feliz armonía! Seguro que no hay nada más bello y mejor que cuando un
hombre y una mujer gobiernan la casa con el mismo parecer; pesar es para el
enemigo y alegría para el amigo, y, sobre todo, ellos consiguen buena fama. »
Y le respondió luego
Nausícaa, la de blancos brazos:
«Forastero, no pareces
hombre plebeyo ni insensato. El mismo Zeus Olímpico reparte la felicidad entre
los hombres tanto a nobles como a plebeyos, según quiere a cada uno. Sin duda
también a ti te ha concedido esto, y es preciso que lo soportes con firmeza
hasta el fin.
«Ahora que has llegado a
nuestra ciudad y a nuestra tierra, no te verás privado de vestidos ni de
ninguna otra cosa de las que son propias del desdichado suplicante que nos sale
al encuentro. Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Los
feacios poseen esta ciudad y esta tierra; yo soy la hija del magnánimo Alcínoo,
en quien descansa el poder y la fuerza de los feacios.»
Así dijo, y ordenó a las
doncellas de lindas trenzas:
«Deteneos, siervas. ¿A
dónde húís por ver a este hombre? ¿Acaso creéis que es un enemigo? No existe
viviente ni puede nacer hombre que llegue con ánimo hostil al país de los
feacios, pues somos muy queridos de los dioses y habitamos lejos en el agitado
ponto, los más apartados, y ningún otro mortal tiene trato con nosotros.
«Peró éste ha llegado
aquí como un desdichado después de andar errante, y ahora es preciso atenderle.
Que todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva
pequeña es querida. ¡Vamos!, dadle de comer y de beber y lavadlo en el río donde
haya un abrigo contra el viento. »
Así dijo; ellas se
detuvieron y se animaron unas a otras, hicieron sentar a Odiseo en lugar
resguardado, según lo había ordenado Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo, le
proporcionáron un manto y una túnica como vestido, le entregaron aceite húmedo
en una ampolla de oro y lo apremiaban para que se bañara en las corrientes del
río.
Entonces, por fin, dijo
el divino Odiseo a las siervas:
«Siervas, deteneos ahí
lejos mientras me quito de los hombros la salmuera y me unjo con aceite, pues
ya hace tiempo que no hay grasa sobre mi cuerpo; que no me lavaré yo frente a
vosotras, pues me avergüenzo de permanecer desnudo entre doncellas de lindas
trenzas. »
Así dijo y ellas se
alejaron y se lo contaron a la muchacha. Cónque el divino Odiseo púsose a lavar
su cuerpo en las aguas del río y a quitarse la salmuera que cubría sus anchas
espaldas y sus hombros, y limpió de su cabeza la espuma de la mar infatigable.
Después que se hubo lavado y ungido con aceite, se vistió las ropas que le
proporcionara la no sometida doncella. Entonces le concedió, Atenea, la hija de
Zeus, aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de su cabeza espesa cabellera,
semejante a la flor del jacinto. Así como derrama oro sobre plata un diestro
orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea han enseñado toda clase de artes y
termina graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia sobre la cabeza y
hombros de Odiseo. Fuese entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla del
mar, resplandeciente de belleza y de gracia, y la muchacha lo contemplaba.
Por fin dijo a las
siervas de lindas trenzas:
«Esuchadme, siervas de
blancos brazos, mientras os hablo; no en contra de la voluntad de todos los
dioses, los que poseen el Olimpo, tiene trato este hombre con los feacios
semejantes a los dioses. Es verdad que antes me pareció desagradable, pero
ahora es semejante a los dioses, los que poseen el amplio cielo. ¡Ojalá
semejante varón fuera llamado esposo mío habitando aquí y le cumpliera
permanecer con nosotros! Vamos, siervas, dad al huésped comida y bebida.»
Así dijo; ellas la
escucharon y al punto realizaron sus deseos: pusieron comida y bebida junto a
Odiseo y verdad es que comía y bebía con voracidad el sufridor, el divino
Odiseo, pues durante largo tiempo estuvo ayuno de comida.
De pronto Nausícaa, de
blancos brazos, cambió de parecer. Después de haber plegado sus vestidos los
colocó en el hermoso carro, unció las mulas de fuertes cascos y ascendió ella
misma. Animó a Odiseo, le llamó por su nombre y le dirigió su palabra:
«Forastero, levántate
ahora para ir a la ciudad y para que yo te acompañe a casa de mi prudente
padre, donde te aseguro que verás a los más excelentes de todos los feacios.
Pero ahora cuidate de obrar así ya que no me pareces insensato: mientras
vayamos por los campos y las labores de los hombres, marcha presto con las
sirvientas tras las mulas y el carro y yo seré guía. Pero cuando subamos a la
ciudad... a ésta la rodea una elevada muralla; hay un hermoso puerto a ambos
lados de la ciudad y es estrecha la entrada, y las curvadas naves son
arrastradas por el camino, pues todos ellos tienen refugios para sus naves.
También tienen en torno al hermoso templo de Poseidón el ágora construida con
piedras gigantescas que hunden sus raíces en la tierra. Aquí se ocupan los
hombres de los aparejos de sus negras naves, cables y velas, y aquí afilan sus
remos. Pues los feacios no se ocupan de arco y carcaj, sino de mástiles y
remos, y de proporcionadas naves con las que recorren orgullosos el canoso mar.
De éstos quiero evitar el amargo comentario, no sea que alguno murmure por
detrás, pues muchos son los soberbios en el pueblo, y quizá alguno, el más vil,
diga al salirnos al encuentro: "¿Quién es este hermoso y apuesto forastero
que sigue a Nausícaa?, ¿dónde lo encontró? Quizá llegue a ser su esposo, o
quizá es algún navegante al que, errante en su nave, le dio hospitalidad, de
los hombres que viven lejos, ya que nadie vive cerca de aquí. O quizá un dios
le ha bajado del cielo tras invocarlo y lo va a tener con ella para siempre.
Mejor si ha encontrado por ahí un esposo de fuera, pues desdeña a los demás
feacios en el pueblo, aunque son muchos y nobles los que la pretenden."
Así dirán, y para mí estas palabras serán odiosas. Pero yo también me
indignaría con otra que hiciera cosas semejantes contra la voluntad de su padre
y de su madre y se uniera con hombres antes que celebre público matrimonio.
«Conque, forastero, haz
caso de mi palabra para que consigas pronto de mi padre escolta y regreso.
«Encontrarás un
espléndido bosque de Atenea junto al camino, de álamos negros; allí mana una
fuente y alrededor hay un prado; allí está el cercado de mi padre y la florida
viña, tan cerca de la ciudad que se oye al gritar. Espera un poco allí sentado
para que nosotras alcancemos la ciudad y lleguemos a casa de mi padre, y cuando
supongas que hemos llegado al palacio, disponte entonces a marchar a la ciudad
de los feacios y pregunta por la casa de mi padre, el magnánimo Alcínoo. Es
fácilmente reconocible y hasta un niño pequeño te puede conducir, pues no es
nada semejante a las casas de los demás feacios: ¡tal es el palacio del héroe
Alcínoo! Y una vez que te cobijen la casa y el patio, cruza rápidamente el
mégaron para llegar hasta mi madre; ella está sentada en el hogar a la luz del
fuego, hilando copos purpúreos ¡una maravilla para verlos! apoyada en la
columna. Y sus esclavas se sientan detrás de ella. Allí también está el trono
de mi padre apoyado contra la columna, en el que se sienta a beber su vino como
un dios inmortal. Pásalo de largo y arrójate a abrazar con tus manos las
rodillas de mi madre, a fin de que consigas pronto el día del regreso, para tu
felicidad, aunque seas de lejana tierra. Pues si ella te guarda sentimientos
amigos en su corazón, podrás cumplir el deseo de ver a los tuyos, tu bien
construida casa y tu tierra patria.»
Hablando así golpeó con
su brillante látigo a las mulas y éstas abandonaron veloces las corrientes del
río: trotaban muy bien y cruzaban bien las patas. Y ella llevaba las riendas
para que pudieran seguirle a pie las sirvientas y Odiseo; así es que manejaba
el látigo con tiento.
Y se sumergió Helios y al
punto llegaron al famoso bosquecillo sagrado de Atenea, donde se sentó el
divino Odiseo:
Y se puso a invocar a la
hija del gran Zeus:
«Escúchame, hija de Zeus,
portador de égida, Atritona, escúchame en este momento, ya que antes no me
escuchaste cuando sufrí naufragio, cuando me golpeó el famoso, el que sacude la
tierra. Concédeme llegar a la tierra de los feacios como amigo y digno de
lástima.»
Así dijo suplicando y le
escuchó Palas Atenea.
Pero no le salió al
encuentro, pues respetaba al hermano de su padre que mantenía su cólera
violenta contra Odiseo, semejante a un dios, hasta que llegara a su patria.
CANTO VII
ODISEO EN EL PALACIO DE
ALCÍNOO
Y mientras así rogaba el
sufridor, el divino Odiseo, el vigor de las mulas llevaba a la doncella a la
ciudad. Cuando al fin llegó a la famosa morada de su padre, se detuvo ante las
puertas y la rodearon sus hermanos, semejantes a los inmortales, quienes desuncieron
las mulas del carro y llevaron adentro las ropas. Ella se dirigió a su
habitación y le encendió fuego una anciana de Apira, la camarera Eurimedusa, a
la que trajeron desde Apira las curvadas naves. Se la habían elegido a Alcínoo
como recompensa, porque reinaba sobre todos los feacios y el pueblo lo
escuchaba como a un dios. Ella fue quien crió a Nausícaa, la de blancos brazos,
en el mégaron; ella le avivaba el fuego y le preparaba la cena.
Entonces Odiseo se
dispuso a marchar a la ciudad, y Atenea, siempre preocupada por Odiseo, derramó
en torno suyo una gran nube, no fuera que alguno de los magnánimos feacios,
saliéndole al encuentro, le molestara de palabra y le preguntara quién era. Conque
cuando estaba ya a punto de penetrar en la agradable ciudad, le salió al
encuentro la diosa Atenea, de ojos brillantes, tomando la apariencia de una
niña pequeña con un cántaro, y se detuvo delante de él, y le preguntó luego el
divino Odiseo:
«Pequeña, ¿querrías
llevarme a casa de Alcínoo, el que gobierna entre estos hombres? Pues yo soy
forastero y después de muchas desventuras he llegado aquí desde lejos, de una
tierra apartada; por esto no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta ciudad
y estas tierras de labor.»
Y le respondió luego
Atenea, la diosa de ojos brillantes:
«Yo te mostraré, padre
forastero, la casa que me pides, ya que vive cerca de mi irreprochable padre.
Anda, ven en silencio y te mostraré el camino, pero no mires ni preguntes a
ninguno de los hombres, pues no soportan con agrado a los forasteros ni agasajan
con gusto al que llega de otra parte. Confiados en sus rápidas naves surcan el
gran abismo del mar, pues así se lo ha encomendado el que sacude la tierra, y
sus naves son tan ligeras como las alas o como el pensamiento.»
Hablando así le condujo
rápidamente Palas Atenea y él marchaba tras las huellas de la diosa. Pero no lo
vieron los feacios, famosos por sus naves, mientras marchaba entre ellos por su
ciudad, ya que no lo permitía Atenea, de lindas trenzas, la terrible diosa que
preocupándose por él en su ánimo le había cubierto con una nube divina.
Odiseo iba contemplando
con admiración los puertos y las proporcionadas naves, las ágoras de ellos, de
los héroes y las grandes murallas elevadas, ajustadas con piedras, maravilla de
ver. Y cuando al fin llegó a la famosa morada del rey, Atenea, de ojos brillantes,
comenzó a hablar:
«Ese es, padre forastero,
el palacio que me pedías que te mostrara; encontrarás a los reyes, vástagos de
Zeus, celebrando un banquete. Tú pasa adentro y no te turbes en tu ánimo, pues
un hombre con arrojo resulta ser el mejor en toda acción, aunque llegue de otra
tierra. Primero encontrarás a la reina en el mégaron; su nombre es Arete y
desciende de los mismos padres que engendraron a Alcínoo. A Nausítoo lo
engendraron primero Poseidón, el que sacude la tierra, y Peribea, la más
excelente de las mujeres en su porte, hija menor del magnánimo Eurimedonte, que
entonces gobernaba sobre los soberbios Gigantes éste hizo perecer a su
arrogante pueblo, pereciendo también él; con ella se unió Poseidón y engendró a
su hijo, el magnánimo Nausítoo, que reinó entre los feacios. Nausítoo fue el
padre de Rexenor y Alcínoo. A aquél lo alcanzó Apolo, el del arco de plata,
recién casado y sin hijos varones y en la casa dejó a una niña sola, a Arete, a
la que Alcínoo hizo su ésposa y honró como jamás ninguna otra ha sido honrada
de cuantas mujeres gobiernan una casa sometidas a su esposo. Así ella ha sido
honrada en su corazón y lo sigue siendo por sus hijos y el mismo Alcínoo y por
su pueblo que la contempla como a una diosa, y la saludan con agradables
palabras cuando pasea por la ciudad, que no carece tampoco ella de buen juicio
y resuelve los litigios, incluso a los hombres por los que siente amistad. Si
ella te recibe con sentimientos amigos puedes tener la esperanza de ver a los
tuyos, regresar a tu casa de alto techo y a tu tierra patria.»
Cuando hubo hablado así
marchó Atenea, de ojos brillantes, por el estéril ponto y abandonó la agradable
Esqueria. Llegó así a Maratón y a Atenas, de anchas calles, y penetró en la
sólida morada de Erecteo.
Entretanto, Odiseo
caminaba hacia la famosa morada de Alcínoo, y su corazón removía diversos
pensamientos cuando se detuvo antes de alcanzar el broncíneo umbral. Pues hay
un resplandor como de sol o de luna en el elevado palacio del magnánimo
Alcínoo; a ambos lados se extienden muros de bronce desde el umbral hasta el
fondo y en su torno un azulado friso; puertas de oro cierran por dentro la
sólida estancia; las jambas sobre el umbral son de plata y de plata el dintel,
y el tirador, de oro. A uno y otro lado de la puerta había perros de oro y
plata que había esculpido Hefesto con la habilidad de su mente para custodiar
la morada del magnánimo Alcínoo perros que son inmortales y no envejecen nunca.
A lo largo de la pared y a ambos lados, desde el umbral hasta el fondo, había
tronos cubiertos por ropajes hábilmente tejidos, obra de mujeres. En ellos se
sentaban los señores feacios mientras bebían y comían; y los ocupaban
constantemente. Había también unos jovenes de oro en pie sobre pedestales
perfectamente construidos, portando en sus manos antorchas encendidas, los
cuales alumbraban los banquetes nocturnos del palacio. Tiene cincuenta esclavas
en su mansión: unas muelen el dorado fruto, otras tejen telas y sentadas hacen
funcionar los husos, semejantes a las hojas de un esbelto álamo negro, y del
lino tejido gotea el húmedo aceite. Tanto como los feacios son más expertos que
los demás hombres en gobernar su rápida nave sobre el ponto, así son sus
mujeres en el telar. Pues Atenea les ha concedido en grado sumo el saber
realizar brillantes labores y buena cabeza.
Fuera del patio, cerca de
las puertas, hay un gran huerto de cuatro yugadas y alrededor se extiende un
cerco a ambos lados. Allí han nacido y florecen árboles: perales y granados,
manzanos de espléndidos frutos, dulces itigueras y verdes olivos; de ellos no
se pierde el fruto ni falta nunca en invierno ni en verano: son perennes.
Siempre que sopla Céfiro, unos nacen y otros maduran. La pera envejece sobre la
pera, la manzana sobre la manzana, la uva sobre la uva y también el higo sobre
el higo. Allí tiene plantada una viña muy fructífera, en la que unas uvas se
secan al sol en lugar abrigado, otras las vendimian y otras las pisan: delante
están las vides que dejan salir la flor y otras hay también que apenas negrean.
Allí también, en el fondo del huerto, crecen liños de verduras de todas clases
siempre lozanas. También hay allí dos fuentes, la una que corre por todo el
huerto, la otra que va de una parte a otra bajo el umbral del patio hasta la
elevada morada a donde van por agua los ciudadanos. Tales eran las brillantes
dádivas de los dioses en la mansión de Alcínoo.
Allí estaba el divino
Odiseo, el sufridor, y lo contemplaba con admiración. Conque una vez que hubo
contemplado todo boquiabierto cruzó el umbral con rapidez para entrar en la
casa. Y encontró a los jefes y señores de los feacios que hacían libación con sus
copas al vigilante Argifonte, a quien solían ofrecer libación en último lugar,
cuando ya sentían necesidad del lecho. Así que el sufridor, el divino Odiseo,
echó a andar por la casa envuelto en la espesa niebla que le había derramado
Atenea, hasta que llegó ante Arete y el rey Alcínoo.
Abrazó Odiseo las
rodillas de Arete y entonces, por fin, se disipó la divina nube. Quedaron todos
en silencio al ver a un hombre en el palacio y se llenaron de asombro al
contemplarle. Y Odiseo suplicaba de esta guisa:
«Arete, hija de Rexenor,
semejante a un inmortal, me he llegado a tu esposo, a tus rodillas y ante éstos
tus invitados, después de sufrir muchas desventuras. ¡Ojalá los dioses concedan
a éstos vivir en la abundancia; que cada uno pueda legar a sus hijos los bienes
de su hacienda y las prerrogativas que les ha concedido el pueblo. En cuanto a
mí, proporcionadme escolta para llegar rápidamente a mi patria. Pues ya hace
tiempo que padezco pesares lejos de los míos.»
Así diciendo se sentó
entre las cenizas junto al fuego del hogar. Todos ellos permanecían inmóviles
en silencio. Al fin tomó la palabra un anciano héroe, Equeneo, que era el más
anciano entre los feacios y sobresalía por su palabra, pues era conocedor de
muchas y antiguas cosas. Este les habló y dijo con sentimientos de amistad:
«Alcínoo, no me parece lo
mejor, ni está bien, que el huésped permanezca sentado en el suelo entre las
cenizas del hogar. Estos permanecen callados esperando únicamente tu palabra.
Anda, haz que se levante y siéntalo en un trono de clavos de plata. Ordena
también a los heraldos que mezclen vino para que hagamos libaciones a Zeus, el
que goza con el rayo, el que asiste a los venerables suplicantes. En fin, que
el ama de llaves proporcione al forastero alguna vianda de las que hay dentro.»
Cuando hubo escuchado
esto, la sagrada fuerza de Alcínoo asiendo de la mano a Odiseo, prudente y
hábil en astucias, lo hizo levantar del hogar y lo asentó en su brillante
trono, después de haber levantado a su hijo, al valeroso Laodamante, que solía
sentarse a su lado y al que sobre todos quería. Una sirvienta trajo aguamanos
en hermoso jarro de oro y la vertió sobre una jofaina de plata para que se
lavara. A su lado extendió una pulimentada mesa. La venerable ama de llaves le
proporcionó pan y le dejó allí toda clase de manjares, favoreciéndole gustosa
entre los presentes. En tanto que comía y bebía el sufridor, divino Odiseo, la
fuerza de Alcínoo dijo a un heraldo:
«Pontónoo, mezcla vino en
la crátera y repártelo a todos en la casa para que ofrezcamos libaciones a
Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste siempre a los venerables
suplicantes.»
Así dijo; Pontónoo mezcló
el dulce vino y lo repartió entre todos, haciendo una primera ofrenda, por
orden, en las copas. Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto
quiso su ánimo, habló entre ellos Alcínoo y dijo:
«Escuchadme, jefes y
señores de los feacios, para que os diga lo que mi corazón me ordena en el
pecho. Dad ahora fin al banquete y marchad a acostaros a vuestra casa. Y a la
aurora, después de convocar al mayor número de ancianos, ofreceremos
hospitalidad al forastero, haremos hermosos sacrificios a los dioses y después
trataremos de su escolta para que el forastero alcance su tierra patria sin
fatiga ni esfuerzo con nuestra escolta la que recibirá contento por muy
lejana que sea, y para que no sufra ningún daño antes de desembarcar en su
tierra. Una vez allí sufrirá cuantas desventuras le tejieron con el hilo en su
nacimiento, cuando lo parió su madre, la Aisa y las graves Hilanderas. Pero si
fuera uno de los inmortales que ha venido desde el cielo, alguna otra cosa nos
preparan los dioses, pues hasta ahora siempre se nos han mostrado a las claras,
cuando les ofrecemos magníficas hecatombes y participan con nosotros del
banquete sentados allí donde nos sentamos nosotros. Y si algún caminante
solitario se topa con ellos, no se le ocultan, y es que somos semejantes a
ellos tanto como los Cíclopes y la salvaje raza de los Gigantes.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Alcínoo, deja de
preocuparte por esto, que yo en verdad en nada me asemejo a los inmortales que
poseen el ancho cielo, ni en continente ni en porte, sino a los mortales
hombres; quien vosotros sepáis que ha soportado más desventuras entre los
hombres mortales, a éste podría yo igualarme en pesares. Y todavía podría
contar desgracias mucho mayores, todas cuantas soporté por la voluntad de los
dioses. Pero dejadme cenar, por más angustiado que yo esté, pues no hay cosa
más inoportuna que el maldito estómago que nos incita por fuerza a acordarnos
de él, y aun al que está muy afligido y con un gran pesar en las mientes, como
yo ahora tengo el mío, lo fuerza a comer y beber. También a mí me hace olvidar
todos los males, que he padecido; y me ordena llenarlo.
«Vosotros, en cuanto
apunte la aurora, apresuraos a dejarme a mí, desgraciado, en mi tierra patria,
a pesar de lo que he sufrido. Que me abandone la vida una vez que haya visto mi
hacienda, mis siervos y mi gran morada de elevado techo.»
Así dijo; todos aprobaron
sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero, ya que había hablado como
le correspondía.
Una vez que hicieron las
libaciones y bebieron cuanto su ánimo quiso, cada uno marchó a su casa para
acostarse. Así que quedó sólo en el mégaron el divino Odiseo y a su lado se
sentaron Arete y Alcínoo, semejante a un dios. Las siervas se llevaron los útiles
del banquete.
Y Arete, de blancos
brazos, comenzó a hablar, pues, al verlos, reconoció el manto, la túnica y los
hermosos ropajes que ella misma había tejido con sus siervas. Y le habló y le
dijo aladas palabras:
«Huésped, seré yo la
primera en preguntarte: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿quién te dio esos
vestidos?, ¿no dices que has llegado aquí después de andar errante por el
ponto?»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
Es doloroso, reina, que
enumere uno a uno mis padecimientos, que los dioses celestes me han otorgado
muchos. Pero con todo te contestaré a lo que me preguntas a inquieres. Lejos,
en el mar, está la isla de Ogigia, donde vive la hija de Atlante, la engañosa
Calipso de lindas trenzas, terrible diosa; ninguno de los dioses ni de los
hombres mortales tienen trato con ella. Sólo a mí, desventurado, me llevó como
huésped un demón después que Zeus, empujando mi rápida nave, la incendió con un
brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Todos mis demás valientes
compañeros perecieron, pero yo, abrazado a la quilla de mi curvada nave,
aguanté durante nueve días; y al décimo, en negra noche, los dioses me echaron
a la isla Ogigia, donde habita Calipso de lindas trenzas, la terrible diosa que
acogiéndome gentilmente me alimentaba y no dejaba de decir que me haría
inmortal y libre de vejez para siempre; pero no logró convencer a mi corazón
dentro del pecho. Allí permanecí, no obstante, siete años regando sin cesar con
mis lágrimas las inmortales ropas que me había dado Calipso. Pero cuando por
fin cumplió su curso el año octavo, me apremió e incitó a que partiera ya sea
por mensaje de Zeus o quizá porque ella misma cambió de opinión. Despidióme en
una bien trabada balsa y me proporcionó abundante pan y dulce vino, me vistió
inmortales ropas y me envió un viento próspero y cálido.
Diecisiete días navegué
por el ponto, hasta que el decimoctavo aparecieron las sombrías montañas de
vuestras tierras. Conque se me alegró el corazón, ¡desdichado de mí!, pues aún
había de verme envuelto en la incesante aflición que me proporcionó Poseidón,
el que sacude la tierra, quien impulsando los vientos me cerró el camino,
sacudió el mar infinito y el oleaje no permitía que yo, mientras gemía
incesamente, avanzara en mi balsa; después la destruyó la tempestad. Fue
entonces cuando surqué nadando el abismo hastá que el viento y el agua me
acercaron a vuestra tierra; y cuando trataba de alcanzar la orilla, habríame
arrojado violentamente el oleaje contra las grandes rocas, en lugar funesto;
pero retrocedí de nuevo nadando, hasta que llegué al río, allí donde me pareció
el mejor lugar, limpio de piedras y al abrigo del viento. Me dejé caer allí
para recobrar el aliento y se me echó encima la noche divina. Alejéme del río
nacido de Zeus y entre los matorrales acomodé mi lecho amontonando alrededor
muchas hojas; y un dios me vertió profundo sueño. Allí, entre las hojas, dormí
con el corazón afligido toda la noche, la aurora y hasta el mediodía. Se ponía
el Sol cuando me abandonó el dulce sueño. Vi jugando en la orilla a las siervas
de tu hija; y ella era semejante a las diosas. Le supliqué y no estuvo ayuna de
buen juicio, como no se podría esperar que obrara una joven que se encuentra
con alguien. Pues con frecuencia los jóvenes son sandios. Me entregó pan
suficiente y oscuro vino, me lavó en el río y me proporcionó esta ropa. Aun
estando apesadumbrado te he contado toda la verdad.»
Y le respondió Alcínoo y
dijo:
«Huésped, en verdad mi
hija no tomó un acuerdo sensato al no traerte a nuestra casa con sus siervas. Y
sin embargo fue ella la primera a quien dirigiste tus súplicas.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Héroe! No reprendas por
esto a tu irreprochable hija; ella me aconsejó seguirla con sus siervas, pero
yo no quise por vergüenza, y temiendo que al verme pudieras disgustarte. Que la
raza de los hombres sobre la tierra es suspicaz.»
Y le respondió Alcínoo y
dijo:
«Huésped! El corazón que
alberga mi pecho no es tal como para irritarse sin motivo, pero todo es mejor
si es ajustado. ¡Zeus padre, Atenea y Apolo, ojalá que siendo como eres y
pensando las mismas cosas que yo pienso, tomases a mi hija por esposa y permaneciendo
aquí pudiese llamarte mi yerno!; que yo te daría casa y hacienda si
permanecieras aquí de buen grado. Pero ninguno de los feacios te retendrá
contra tu voluntad, no sea que esto no fuera grato a Zeus. Yo te anuncio, para
que lo sepas bien, tu viaje para mañana. Mientras tú descansas sometido por el
sueño, ellos remarán por el mar encalmado hasta que llegues a tu patria y a tu
casa, o a donde quiera que te sea grato, por distance que esté (aunque más
lejos que Eubea, la más lejana según dicen los que la vieron de nuestros
soldados cuando llevaron allí al rubio Radamanto para que visitara a Ticio,
hijo de la Tierra. Allí llegaron y, sin cansancio, en un solo día, llevaron a
cabo el viaje y regresaron a casa). Tú mismo podrás observar qué excelentes son
mis navíos y mis jóvenes en golpear el mar con el remo.»
Así dijo y se alegró el
divino Odiseo, el sufridor, y suplicando dijo su palabra y lo llamó por su
nombre:
«Padre Zeus, ¡ojalá
cumpla Alcínoo cuanto ha prometido! Que su fama jamás se extinga sobre la
nutricia tierra y que yo llegue a mi tierra patria.»
Mientras ellos cambiaban
estas palabras, Arete, de blancos brazos, ordenó a las mujeres colocar lechos
bajo el portico y disponer las más bellas mantas de púrpura y extender encima
las colchas y sobre ellas ropas de lana para cubrirse.
Así que salieron las
siervas de la sala con hachas ardiendo, y una vez que terminaron de hacer
diligentemente la cama, dirigiéronse a Odiseo y lo invitaron con estas
palabras:
«Huésped, levántate y ven
a dormir, tienes hecha la cama.»
Así hablaron y a él le
plugo marchar a acostarse. Así que allí durmió debajo del sonoro pórtico el
sufridor, el divino Odiseo, en lecho taladrado. Luego se acostó Alcínoo en el
interior de la alta morada; le había dispuesto su esposa y señora el lecho y la
cama.
CANTO VIII
ODISEO AGASAJADO POR LOS
FEACIOS
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho la sagrada
fuerza de Alcínoo y se levantó Odiseo del linaje de Zeus, el destructor de
ciudades. La sagrada fuerza de Alcínoo los conducía al ágora que los feacios
tenían construida cerca de las naves. Y cuando llegaron se sentaron en piedras
pulimentadas, cerca unos de otros.
Y recorría la ciudad
Palas Atenea, que tomó el aspecto del heraldo del prudente Alcínoo, preparando
el regreso a su patria para el valeroso Odiseo. La diosa se colocaba cerca de
cada hombre y le decía sú palabra:
«¡Vamos, caudillos y
señores de los feacios! Id al ágora para que os informéis sobre el forastero
que ha llegado recientemente a casa del prudente Alcínoo después de recorrer el
ponto, semejante en su cuerpo a los inmortales.»
Así diciendo movía la
fuerza y el ánimo de cada uno. Bien pronto el ágora y los asientos se llenaron
de hombres que se iban congregando y muchos se admiraron al ver al prudente
hijo de Laertes; que Atenea derramaba una gracia divina por su cabeza y hombros
e hizo que pareciese más alto y más grueso: así sería grato a todos los feacios
y temible y venerable, y Ilevaría a término muchas pruebas, las que los feacios
iban a poner a Odiseo. Cuando se habían reunido y estaban ya congregados, habló
entre ellos Alcínoo y dijo:
«Oídme, caudillos y
señores de los feacios, para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro del
pecho. Este forastero y no sé quién es ha llegado errante a mi palacio bien de
los hombres de Oriente o de los de Occidente; nos pide una escolta y suplica que
le sea asegurada. Apresuremos nosotros su escolta como otras veces, que nadie
que llega a mi casa está suspirando mucho tiempo por ella.
«Vamos, echemos al mar
divino una negra nave que navegue por primera vez, y que sean escogidos entre
el pueblo cincuenta y dos jóvenes, cuantos son siempre los mejores. Atad bien
los remos a los bancos y salid. Preparad a continuación un convite al volver a
mi palacio, que a todos se lo ofreceré en abundancia. Esto es lo que ordeno a
los jóvenes. Y los demás, los reyes que lleváis cetro, venid,a mi hermosa
mansión para que honremos en el palacio al forastero. Que nadie se niegue. Y
llamad al divino aedo Demódoco, a quien la divinidad há otorgado el canto para
deleitar siempre que su ánimo lo empuja a cantar.»
Así habló y los condujo y
ellos le siguieron, los reyes que llevan cetro. El heraldo fue a llamar al
divino aedo y los cincuenta y dos jóyenes se dirigieron, como les había
ordenado, á la ribera del mar estéril. Cuando llegaron a la negra nave y al mar
echaron la nave al abismo del mar y pusieron el mástil y las velas y ataron los
remos con correas, todo según correspondía. Extendieron hacia arriba las
blancás velas, anclaron a la nave en aguas profundas y se pusieron en camino
para ir a la gran casa del prudente Alcínoo. Y los pórticos, el recinto de los
patios y las habitaciones se llenaron de hombres que se congregaban, pues eran
muchos, jóvenes y ancianos. Para ellos sacrificó Alcínoo doce ovejas y ocho
cerdos albidentes y dos bueyes de rotátíles patas. Los desollaron y prepararon
a hicieron un agradable banquete.
Y se acercó el heraldo
con el deseable aedo a quien Musa amó mucho y le había dado lo bueno y lo malo:
le privó de los ojos, pero le concedió el dulce canto. Pontónoo le puso un
sillón de clavos de plata en medio de los comensales, apoyándolo a una elevada
columna, y el heraldo le colgó de un clavo la sonora cítara sobre su cabeza. y
le mostró cómo tomarla con las manos. También le puso al lado un canastillo y
una linda mesa y una copa de vino para beber siempre que su ánimo le impulsara.
Y ellos echaron mano de
las viándas qúe tenían delante. Y cuando hubieron arrojado el deseo de comida y
bebida, Musa empujó al aedo a que cantara la gloria de los guerreros con un
canto cuya fama llegaba entonces al ancho cielo: la disputa de Odiseo y del
Pelida Aquiles, cómo en cierta ocasión discutieron en el suntuoso banquete de
los dioses con horribles palabras. Y el soberano de hombres; Agamenón, se
alegraba en su ánimó de que riñeran los mejores de los aqueos. Así se lo había
dicho con su oráculo Febo Apolo en la divina Pitó cuando sobrépasó el umbral de
piedra para ir a consultarle; en aquel momento comenzó a desarrollarse el
principio de la calamidad para teucros y dánaos por los designios del gran
Zeus. Esta cantaba el muy ilustre aedo. Entonces Odiseo tomó con sus pesadas
manos su grande, purpúrea manta; se lo echó par encima de la cabeza y cubrió su
hermoso rostro; le daba vergüenza déjar caer lágrimas bajo sus párpados delanté
de los feacios. Siempre que el divino aedo dejaba de cantar se enjugaba las
lágrimas y retiraba el manto de su cabeza y, tomando una copa doble, hacía
libaciones a los dioses.
Pero cuando comenzaba
otra vez -lo impulsaban a cantar los más nobles de los feacios porque gozaban
con sus versos, Odiseo se cubría nuevamente la cabeza y lloraba. A los demás
les pasó inadvertido que derramaba lágrimas. Sólo Alcínoo lo advirtió y observó,
pues estaba sentado al lado y le oía gemir gravemente. Entonces dijo el
soberano a los feacios amantes del remo:
«¡Oídme, caudillós y
señores de los feacios! Ya hemos gozado del bien distribuido banquete y de la
cítara que es compañera del festín espléndido; salgamos y probemos toda clase
de juegos. Así también el huésped contará a los suyos al volver a casa cuánto
superamos a los demás en el pugilato, en la lucha, en el salto y en la
carrera.»
Así habló y los condujo y
ellos les siguieron. El heraldo colgó del clavo la sonora cítara y tomó de la
mano a Demódoco; lo sacó del mégaron y lo conducía por el mismo camino que
llevaban los mejores de los feacios para admirar los juegos,. Se pusieron en
camino para ir al ágora y los seguía una gran multitud, miles. Y se pusieron en
pie muchos y vigorosos jóvenes, se levantó Acroneo, y Ocíalo, y Elatreo, y
Nauteo, y Primneo, y Anquíalo, y Eretmeo, y Ponteo, y Poreo, y Toón, y
Anabesineo, y Anfíalo, hijo de Polineo Tectónida. Se levantó también Eurfalo,
semejante a Ares, funesto para los mortales, el que más sobresalía en cuerpo y
hermosura de todos los feacios después del irreprochable Laodamante. También se
pusieron en pie tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y Élitoneo,
parecido a un dios. Éstos hicieron la primera prueba con los pies. Desde la
línea de salida se les extendía la pista y volaban velozmente por la llanura
levantando polvo. Entre ellos fue con mucho el mejor en el correr el irreprochable
Clitoneo; cuanto en un campo noval es el alcance de dos mulas, tanto se les
adelantó llegando a la gente mientras los otros se quedaron atrás. Luego
hicieron la prueba de la fatigosa lucha y en ésta venció Euríalo a todos los
mejores. Y en el salto fue Anfíalo el mejor, y en el disco fue Elatreo el mejor
de todos con mucho, y en el pugilato Laodamante, el noble hijo de Alcínoo. Y
cuando todos hubieron deleitado su ánimo con los juegos, entre ellos habló
Laodamante, el hijo de Alcínoo:
«Aquí, amigos,
preguntemos al huésped si conoce y ha aprendido algún juego. Que no es vulgar
en su natural: en sus músculos y piernas, en sus dos brazos, en su robusto
cuello y en su gran vigor. Y no carece de vigor juvenil, sino que está
quebrantado por numerosos males; que no creo yo que haya cosa peor que el mar
para abatir a un hombre por fuerte que sea.»
Y Euríalo le contestó y
dijo:
«Has hablado como te
corresponde. Ve tú mismo a desafiarlo y manifiéstale tu palabra.»
Cuando le oyó se adelantó
el noble hijo de Alcínoo, se puso en medio y dijo a Odiseo:
«Ven aquí, padre huésped,
y prueba tú también los juegos si es que has aprendido alguno. Es natural que
los conozcas, pues no hay gloria mayor para el hombre mientras vive que lo que
hace con sus pies o con sus manos. Vamos, pues, haz la prueba y arroja de tu
ánimo las penas, pues tu viaje no se diferirá por más tiempo; ya la nave te ha
sido botada y tienes preparados unos acompañantes.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Laodamante! ¿Por qué me
ordenáis tal cosa por burlaros de mí? Las perlas ocupan mi interior más que los
juegos. Yo he sufrido antes mucho y mucho he soportado. Y ahora estoy sentado
en vuestra asamblea necesitando el regreso, suplicando al rey y a todo el
pueblo.»
Entonces, Euríalo le
contestó y le echó en cara:
«No, huésped, no te
asemejas a un hombre entendido en juegos, cuantos hay en abundancia entre los
hombres, sino al que está siempre en una nave de muchos bancos, a un comandante
de marinos mercantes que cuida de la carga y vigíla las mercancías y las ganancias
debidas al pillaje. No tienes traza de atleta.»
Y lo miró torvamente y le
contestó el muy astuto Odiseo:
«¡Huésped! No has hablado
bien y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a
todos sús ámables dones de hermosura, inteligencia y elocuencia. Un hombre es
inferior por su aspecto, pero la divinidad lo corona con la hermosura de la
palabra y todos miran hacia él complacidos. Les habla con firmeza y con
suavidad respetuosa y sobresale entre los congregados, y lo contemplan como a
un dios cuando anda por la ciudad.
«Otro, por el contrario,
se parece a los inmortales en su porte, pero no lo corona la gracia cuando
habla.
«Así tu aspecto es
distinguido y ni un dios lo habría formado de otra guisa, mas de inteligencia
eres necio. Me has movido el ánimo dentro del pecho al hablar
inconvenientemente. No soy desconocedor de los juegos como tú aseguras, antes
bién, creo que estaba entre los primeros mientras confiaba en mi juventud y mis
brazos. Pero ahora estóy poseído por la adversidad y los dolores, pues he
soportado mucho guerreando con los hombres y atravesando las dolorosas olas.
Pero aun así, aunque haya padecido muchos males, probaré en los juegos: tu
palabra ha mordido mi corazón y me has provocado al hablar.»
Dijo, y con su mismo
vestido se levantó, tomó un disco mayor y más ancho y no poco más pesado que
con el que solían competir entre sí los feacios. Le dio vueltas, lo lanzó de su
pesada mano y la piedra resonó. Echáronse a tierra los feacios de largos remos,
hombres ilustres por sus naves, por el ímpetu de la piedra, y ésta sobrevoló
todas las señales al salir velozmente de su mano. Atenea le puso la señal
tomando la forma de un hombre, le dijo su palabra y lo llamó por su nombre:
«Incluso un ciego,
forastero, distinguiría a tientas la señal, pues no está mezclada entre la
multitud sino mucho más adelante; confía en esta prueba; ninguno de los feacios
la alcanzará ni sobrepasará.»
Así habló, y se alegró el
sufridor, el divino Odiseo gozoso porque había visto en la competición un
compañero a su favor. Y entonces habló más suavemente a los feacios:
«Alcanzad esta señal,
jóvenes; en breve lanzaré, creo yo, otra piedra tan lejos o aún más. Y aquél
entre los demás feacios, salvo Laodamante, a quien su corazón y su ánimo le
impulse, que venga acá, que haga la prueba puesto que me habéis irritado en exceso
en el pugilato o en la lucha o en la carrera; a nada me niego. Pues Laodamante
es mi huésped: ¿Quién lucharía con el que lo honra como huésped? Es hombre loco
y de poco precio el que propone rivalizar en los juegos a quien le da
hospitalidad en tierra extranjera, pues se cierra a sí mismo la puerta. Pero de
los demás no rechazo a ninguno ni lo desprecio, sino que quiero verlo y
ejecutar las pruebas frente a él. Que no soy malo en todas las competiciones
cuantas hay entre los hombres. Sé muy bien tender el arco bien pulimentado;
sería el primero en tocar a un hombre enviando mi dardo entre una multitud de
enemigos aunque lo rodearan muchos compañeros y lanzaran flechas contra los
hombres. Sólo Filoctetes me superaba en el arco en el pueblo de los troyanos cuando
disparábamos los aqueos. De los demás os aseguro que yo soy el mejor con mucho,
de cuantos mortales hay sobre la tierra que comen pan. Aunque no pretendo
rivalizar con hombres antepasados como Heracles y Eurito Ecaliense, los que
incluso con los inmortales rivalizaban en el arco. Por eso murió el gran Eurito
y no llegó a la vejez en su palacio, pues Apolo lo mató irritado porque le
había desafiado a tirar con el arco.
«También lanzo la
jabalina a donde nadie llegaría con una flecha. Sólo temo a la carrera, no sea
que uno de los feacios me sobrepase; que fui excesivamente quebrantado en medio
del abundante oleaje, puesto que no había siempre provisiones en la nave y por
esto mis miembros están flojos.»
Así habló, y todos
enmudecieron en silencio. Sólo Alcínoo contestó y dijo:
«Huésped, puesto que esto
que dices entre nosotros no es desagradable, sino que quieres mostrar la valía
que te acompaña, irritado porque este hombre se ha acercado a injuriarte en el
certamen pues no pondría en duda tu valía cualquier mortal que supiera en su
interior decir cosas apropiadas . ...Pero, vamos, atiende a mi palabra para que
a tu vez se lo comuniques a cualquiera de los héroes, cuando comas en tu
palacio junto a tu esposa y tus hijos, acordándote de nuestra valía: qué obras
nos concede Zeus también a nosotros continuamente ya desde nuestros
antepasados. No somos irreprochables púgiles ni luchadores, pero corremos
velozmente con los pies y somos los mejores en la navegación; continuamente
tenemos agradables banquetes y cítara y bailes y vestidos mudables y baños
calientes y camas.
«Conque, vamos,
bailarines de los feacios, cuantos sois los mejores, danzad; así podrá también
decir el huésped a los suyos cuando regrese a casa cuánto superamos a los demás
en la náutica y en la carrera y en el baile y en el canto. Que alguien vaya a llevar
a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro palacio.»
Así habló Alcínoo
semejante a un dios, y se levantó un heraldo para llevar la curvada cítara de
la habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en total
los que organizaban bien cada cosa en los concursos, allanaron el piso y ensancharon
la hermosa pista. Se acercó el heraldo trayendo la sonora cítara a Demódoco y
éste enseguida salió al centro. A su alrededor se colocaron unos jóvenes
adolescentes conocedores de la danza y batían la divina pista con los pies.
Odiseo contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo.
Y Demódoco, acompañándose
de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de la de
linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el palacio
de Hefesto. Ares le hizo muchos regalos y deshonró el lecho y la cama de
Hefesto, el soberano. Entonces se lo fue a comunicar Helios, que los había
visto unirse en amor. Cuando oyó Hefesto la triste noticia, se puso en camino
hacia su fragua meditando males en su interior; colocó sobre el tajo el enorme
yunque y se puso a forjar unos hilos irrompibles, indisolubles, para que se
quedaran allí firmemente.
Y cuando había construido
su trampa irritado contra Ares, se puso en camino hacia su dormitorio, donde
tenía la cama, y extendió los hilos en círculo por todas partes en torno a las
patas de la cama; muchos estaban tendidos desde arriba, desde el techo, como
suaves hilos de araña, hilos que no podría ver nadie, ni siquiera los dioses
felices, pues estaban fabricados con mucho engaño. Y cuando toda su trampa
estuvo extendida alrededor de la cama, simuló marcharse a Lemnos, bien
edificada ciudad, la que le era más querida de todas las tierras.
Ares, el que usa riendas
de oro, no tuvo un espionaje ciego, pues vio marcharse lejos a Hefesto, al
ilustre herrero, y se puso en camino hacia el palacio del muy ilustre Hefesto
deseando el amor de la diosa de linda corona, de la de Citera. Estabá ella sentada,
recién venida de junto a su padre, el poderoso hijo de Cronos. Y él entró en el
palacio y la tomó de la mano y la llamó por su nombre:
«Ven acá, querida,
vayamos al lecho y acostémonos, pues Hefesto ya no está entre nosotros, sino
que se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de salvaje lengua.»
Así habló, y a ella le
pareció deseable acostarse. Y los dos marcharon a la cama y se acostaron. A su
alrededor se extendían los hilos fabricados del prudence Hefesto y no les era
posible mover los miembros ni levantarse. Entonces se dieron cuenta que no
había escape posible. Y llegó a su lado el muy ilustre cojo de ambos pies, pues
había vuelto antes de llegar a tierra de Lemnos; Helios mantenía la vigilancia
y le dio la noticia y se puso en camino hacia su palacio, acongojado su
corazón. Se detuvo en el pórtico y una rabia salvaje se apoderó de él, y gritó
estrepitosamente haciéndose oír de todos los dioses:
«Padre Zeus y los demás
dioses felices que vivís siempre, venid aquí para que veáis un acto ridículo y
vergonzoso: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque
soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; que él es hermoso y con
los dos pies, mientras que yo soy lisiado. Pero ningún otro es responsable,
sino mis dos padres: ¡no me debían haber engendrado! Pero mirad dónde duermen
estos dos en amor; se han metido en mi propia cama. Los estoy viendo y me lleno
de dolor, pues nunca esperé ni por un instante que iban a dormir así por mucho
que se amaran. Pero no van a desear ambos seguir durmiendo, que los sujetará mi
trampa y las ligaduras hasta que mi padre me devuelva todos mis regalos de
esponsales, cuantos le entregué por la muchacha de cara de perra. Porque su
hija era bella, pero incapaz de contener sus deseos.»
Así habló, y los dioses
se congregaron junto a la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que
conduce su carro por la tierra; llegó el subastador, Hermes, y llegó el
soberano que dispara desde lejos, Apolo. Pero las hembras, las diosas, se
quedaban por vergüenza en casa cada una de ellas.
Se apostaron los dioses
junto a los pórticos, los dadores de bienes, y se les levantó inextinguible la
risa al ver las artes del prudente Hefesto. Y al verlo, decía así uno al que
tenía más cerca:
«No prosperan las malas
acciones; el lento alcanza al veloz. Así, ahora, Hefesto, que es lento, ha
cogido con sus artes a Ares, aunque es el más veloz de los dioses que ocupan el
Olimpo, cojo como es. Y debe la multa por adulterio.»
Así decían unos a otros.
Y el soberano, hijo de Zeus, Apolo, se dirigió a Hermes:
«Hermes, hijo de Zeus,
Mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la dorada
Afrodita sujeto por fuertes ligaduras?»
Y le contestó el
mensajero el Argifonte:
«¡Así sucediera esto,
soberano disparador de lejos, Apolo! ¡Que me sujetaran interminables ligaduras
tres veces más que ésas y que vosotros me mirarais, los dioses y todas las
diosas!»
Así dijo y se les levantó
la risa a los inmortales dioses. Pero a Poseidón no le sujetaba la risa y no
dejaba de rogar a Hefesto, al insigne artesano, que liberara a Ares. Y le habló
y le dirigió aladas palabras:
«Suéltalo y te prometo,
como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre los inmortales dioses.»
Y le contestó el insigne
cojo de ambos pies:
«No, Poseidón, que
conduces tu carro por la tierra, no me ordenes eso; sin valor son las fianzas
que se toman por gente sin valor. ¿Cómo iba yo a requerirte entre los
inmortales dioses si Ares se escapa evitando la deuda y las ligaduras?
Y le respondió Poseidón,
el que sacude la tierra:
«Hefesto, si Ares se
escapa huyendo sin pagar la deuda, yo mismo te la pagaré.»
Y le contestó el muy
insigne cojo de ambos pies:
«No es posible ni está
bien negarme a tu palabra.»
Así hablando los liberó
de las ligaduras la fuerza de Hefesto. Y cuando se vieron libres de las
ligaduras, aunque eran muy fuertes, se levantaron enseguida: él marchó a Tracia
y ella se llegó a Chipre, Afrodita, la que ama la risa. Allí la lavaron las Gracias
y la ungieron con aceite inmortal, cosas que aumentan el esplendor de los
dioses que viven siempre y la vistieron deseables vestidos, una maravilla para
verlos.
Esto cantaba el muy
insigne aedo. Odiseo gozaba en su interior al oírlo y también los demás feacios
que usan largos remos, hombres insignes por sus naves.
Alcínoo ordenó a Halio y
Laodamante que danzaran solos, pues nadie rivalizaba con ellos. Así que tomaron
en sus manos una hermosa pelota de púrpura (se la había hecho el sabio Pólibo);
el uno la lanzaba hacia las sombrías nubes doblándose hacia atrás y el otro
saltando hacia arriba la recibía con facilidad antes de tocar el suelo con sus
pies.
Después; cuando habían
hecho la prueba de lanzar la pelota en línea recta, danzaban sobre la tierra
nutricia cambiando a menudo sus posiciones; los demás jóvenes aplaudían en pie
entre la concurrencia y gradualmente se levantaba un gran murmullo.
Fue entonces cuando el
divino Odiseo se dirigió a Alcínoo:
«Alcínoo, poderoso, el
más insigne de todo tu pueblo, con razón me asegurabas que erais los mejores
bailarines. Se ha presentado esto como un hecho cumplido, la admiración se
apodera de mí al verlo.»
Así habló, y se alegró la
sagrada fuerza de Alcínoo. Y enseguida dijo a los feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y
señores de los feacios. El huésped me parece muy discreto. Vamos, démosle un
regalo de hospitalidad, como es natural. Puesto que gobiernan en el pueblo doce
esclarecidos reyes yo soy el decimotercero, cada uno de éstos entregadle un
vestido bien lavado y un manto y un talento de estimable oro. Traigámoslo
enseguida todos juntos para que el huésped, con ello en sus manos, se acerque
al banquete con ánimo gozoso. Y que Euríalo lo aplaque con sus palabras y con
un regalo, que no dijo su palabra como le correspondía.»
Así dijó, y todos
aprobaron sus palabras y se lo aconsejaron a Euríalo. Y cada uno envió un
heraldo para que trajera los regalos.
Entonces, Euríalo le
contestó y dijo:
«Alcínoo poderoso, el más
señalado de todo el pueblo, aplacaré al huésped como tú ordenas. Le regalaré
esta espada Coda de bronce, cuya empuñadura es de plata y cuya vaina está
rodeada de marfil recién cortado. Y le será de mucho valor.»
Así dijo, y puso en manos
de Odiseo la espada de clavos de plaza; le habló y le dirigió aladas palabras:
«Salud, padre huésped, si
alguna palabra desagradable ha sido dicha, que la arrebaten los vendavales y se
la lleven. Y a ti, que los dioses te concedan ver a tu esposa y llegar a to
patria, pues sufres penalidades largo tiempo ya lejos de los tuyos.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«También a ti, amigo,
salud y que los dioses te concedan felicidad, y que después no sientas
nostalgia de la espada ésta que ya me has dado aplacándome con tus palabras.»
Así dijo, y colocó la
espada de clavos de plata en torno a sus hombros.
Cuando se sumergió Helios
ya tenía él a su lado los insignes regalos; los ilustres heraldos los llevaban
al palacio de Alcínoo y los hijos del irreprochable Alcínoo los recibieron y
colocaron los muy hermosos regalos junto a su venerable madre.
Ante ellos marchaba la
sagrada fuerza de Alcínoo y al llegar se sentaron en elevados sillones.
Entonces se dirigió a
Arete la fuerza de Alcínoo:
«Trae acá, mujer, un
arcón insigne, el que sea mejor. Y en él coloca un vestido bien lavado y un
manto. Calentadle un caldero de bronce con fuego alrededor y templad el agua
para que se lave y vea bien puestos todos los regalos que le han traído aquí
los irreprochables feacios, y goce con el banquete escuchando también la música
de una tonada. También yo le entregaré esta copa mía hermosísima, de oro, para
qua se acuerde de mí todos los días al hacer libaciones en su palacio a Zeus y
a los demás dioses.»
Así dijo, y Arete ordenó
a sus. esclavas que colocaran al fuego un gran trípode lo antes posible. Ellas
colocaron al fuego ardiente una bañera de tres patas, echaron agua, pusieron
leña y la encendieron debajo. Y el fuego lamía el vientre de la bañera y se
calentaba el agua.
Entretanto Arete traía de
su tálamo un arcón hermosísimo para el huésped en él había colocado los lindos
regalos, vestidos y oro, que los feacios le habían dado. También había colocado
en el arcón un hermoso vestido y un manto y le habló y le dirigió aladas
palabras:
«Mira tú mismo esta tapa
y échale enseguida un nudo, no sea que alguien la fuerce en el viaje cuando
duermas dulce sueño al marchar en la negra nave.»
Cuando escuchó esto el
sufridor, el divino Odiseo, adaptó la tapa y le echó enseguida un bien trabado
nudo, el que le había enseñado en otro tiempo la soberana Circe.
Acto seguido el ama de
llaves ordenó que lo lavaran una vez metido en la bañera, y él vio con gusto el
baño caliente, pues no se había cuidado a menudo de él desde que había
abandonado la morada de Calipso, la de lindas trenzas. En aquella época le
estaba siempre dispuesto el baño como para un dios.
Cuando las esclavas lo
habían lavado y ungido con aceite y le habían puesto túnica y manto, salió de
la bañera y fue hacia los hombres que bebían vino. Y Nausícaa, que tenía una
hermosura dada por los dioses se detuvo junto a un pilar del bien fabricado techo.
Y admiraba a Odiseo al verlo en sus ojos; y le habló y le dijo aladas palabras:
«Salud, huésped,
acuérdate de mí cuando estés en tu patria, pues es a mí la primera a quien
debes la vida.»
Y le contestó y le dijo
el muy astuto Odiseo:
«Nausícaa, hija del
valeroso Alcínoo, que me conceda Zeus, el que truena fuerte, el esposo de Hera,
volver a mi casa y ver el día del regreso. Y a ti, incluso allí te haré
súplicas como a una diosa, pues tú, muchacha, me has devuelto la vida.»
Dijo, y se sentó en su
sillón junto al rey Alcínoo.
Y ellos ya estaban
repartiendo las porciones y mezclando el vino.
Y un heraldo se acercó
conduciendo al deseable aedo, a Demódoco, honrado en el pueblo, y le hizo
sentar en medio de los comensales apoyándolo junto a una enorme columna.
Entonces se dirigió al
heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo pues aún sobraba
mucho de un albidente cerdo (y alrededor había abundante grasa):
«Heraldo, van acá,
entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad
por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan
de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza
de los aedos.»
Así dijo, el heraldo lo
llevó y se lo puso en las manos del héroe Demódoco, y éste lo recibió y se
alegró en su ánimo. Y ellos echaban mano de las viandas que tenían delante.
Cuando hubieron arrojado
lejos de sí el deseo de bebida y de comida, ya entonces se dirigió a Demódoco
el muy inteligente Odiseo:
«Demódoco, muy por encima
de todos los mortales te alabo: seguro que te han enseñado Musa, la hija de
Zeus, o Apolo. Pues con mucha belleza cantas el destino de los aqueos cuánto
hicieron y sufrieron y cuánto soportaron como si tú mismo lo hubieras presenciado
o lo hubieras escuchado de otro allí presente!
«Pero, vamos, pasa a otro
tema y canta la estratagema del caballo de madera que fabricó Epeo con la ayuda
de Atenea; la emboscada que en otro tiempo condujo el divino Odiseo hasta la
Acrópolis, llenándola de los hombres que destruyeron Ilión.
«Si me narras esto como
te corresponde, yo diré bien alto a todos los hombres que la divinidad te ha
concedido benigna el divino canto.»
Así habló, y Demódoco,
movido por la divinidad, inició y mostró su cánto desde el momento en que los
argivos se embarcaron en las naves de buenos bancos y se dieron a la mar
después de incendíar las tiendas de campaña. Ya estaban los emboscados con el
insigne Odiseo en el ágora de los troyanos, ocultos dentro del caballo, pues
los mismos troyanos lo habían arrastrado hasta la Acrópolis.
Así estaba el caballo, y
los troyanos deliberaban en medio de una gran incertidumbre sentados alrededor
de éste. Y les agradaban tres decisiones: rajar la cóncava madera con el mortal
bronce, arrojarlo por las rocas empujándolo desde to alto, o dejar que la gran
estatua sirviera para aplacar a los dioses. Esta última decisión es la que iba
a cumplirse. Pues era su Destino que perecieran una vez que la ciudad encerrara
el gran caballo de madera donde estaban sentados todos los mejores de los
argivos portando la muerte y Ker para los troyanos. Y cantaba cómo los hijos de
los aqueos asolaron la ciudad una vez que salieron del caballo y abandonaron la
cóncava emboscada. Y cantaba que unos por un lado y otros por otro iban
devastando la elevada ciudad, pero que Odiseo marchó semejante a Ares en
compañía del divino Menelao hacia el palacio de Deífobo.
Y dijo que, una vez allí,
sostuvo el más terrible combate y que al fin venció con la ayuda de la valerosa
Atenea.
Esto es lo que cantaba el
insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas
deslizándose de sus párpados.
Como una mujer llora a su
marido arrojándose sobre él caído ante su ciudad y su pueblo por apartar de
ésta y de sus hijos el día de la muerte ella lo contempla moribundo y
palpitante, y tendida sobre él llora a voces; los enemigos cortan con sus
lanzas la espalda y los hombros de los ciudadanos y se los llevan prisioneros
para soportar el trabajo y la pena, y las mejillas de ésta se consumen en un
dolor digno de lástima, así Odiseo destilaba bajo sus párpados un llanto digno
de lástima.
A los demás les pasó
desapercibido que derramaba lágrimas, y sólo Alcínoo lo advirtió y observó
sentado como estaba cerca de él y le oyó gemir pesadamente.
Entonces dijo al punto a
los feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y
señores de los feacios. Que Demódoco detenga su cítara sonora, pues no agrada a
todos al cantar esto. Desde que estamos cenando y comenzó el divino aedo, no ha
dejado el huésped un momento el lamentable llanto. El dolor le rodea el ánimo.
«Varnos, que se detenga
para que gocemos todos por igual, los que le damos hospitalidad y el huésped,
pues así será mucho mejor. Que por causa del venerable huésped se han preparado
estas cosas, la escolta y amables regalos, cosas que le entregamos como muestra
de afecto. Como un hermano es el huésped y el suplicante para el hombre que
goce de sensatez por poca que sea. Por ello, tampoco tú escondas en tu
pensamiento astuto lo que voy a preguntarte, pues lo mejor es hablar. Dime tu
nombre, el que te llamaban allí tu madre y tu padre y los demás, los que viven
cerca de ti. Pues ninguno de los hombres carece completamente de nombre, ni el
hombre del pueblo ni el noble, una vez que han nacido. Antes bien, a todos se
lo ponen sus padres una vez que lo han dado a luz.
Dime también tu tierra,
tu pueblo y tu ciudad para que te acompañen allí las naves dotadas de
inteligencia. Pues entre los feacios no hay pilotos ni timones en sus naves,
cosas que otras naves tienen. Ellas conocen las intenciones y los pensamientos
de los hombres y conocen las ciudades y los fértiles campos de todos los
hombres. Recorren velozmente el abismo del mar aunque estén cubiertas por la
oscuridad y la niebla, y nunca tienen miedo de sufrir daño ni de ser
destruidas. Pero yo he oído decir en otro tiempo a mi padre Nausítoo que
Poseidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos sin daño. Y decía
que algún día destruiría en el nebuloso ponto a una bien fabricada nave de los
feacios al volver de una escolta y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.
Así decía el anciano; que la divinidad cumpla esto o lo deje sin cumplir, como
sea agradable a su ánimo.
«Pero, vamos, dime e
infórmame en verdad., por dónde has andado errante y a qué regiones de hombres
has llegado. Háblame de ellos y de sus bien habitadas ciudades, los que son
duros y salvajes y no justos, y los que son amigos de los forasteros y tienen sentimientos
de veneración hacia los dioses. Dime también por qué lloras y te lamentas en tu
ánimo al oír el destino de los argivos, de los dánaos y de Ilión. Esto lo han
hecho los dioses y han urdido la perdición para esos hombres, para que también
sea motivo de canto pará los venideros. ¿Es que ha perecido ante Ilión algún
pariente tuyo..., un noble yerno, o suegro, los que son más objeto de
preocupación después de nuestra propia sangre y linaje? ¿O un noble amigo de
sentimientos agradables? Pues no es inferior a un hermano el amigo que tiene
pensamientos discretos.»
CANTO IX
ODISEO CUENTA SUS
AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS
LOTÓFAGOS, LOS CÍCLOPES
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, el más
noble de todo tu pueblo, en verdad es agradable escuchar al aedo, tal como es,
semejante a los dioses en su voz. No creo yo que haya un cumplimiento más
delicioso que cuando el bienestar perdura en todo el pueblo y los convidados
escuchan a lo largo del palacio al aedo sentados en orden, y junto a ellos hay
mesas cargadas de pan y carne y un escanciador trae y lleva vino que ha sacado
de las cráteras y lo escancia en las copas. Esto me parece lo más bello.
«Tu ánimo se ha decidido
a preguntar mis penalidades a fin de que me lamente todavía más en mi dolor.
Porque, ¿qué voy a narrarte lo primero y qué en último lugar?, pues son
innumerables los dolores que los dioses, los hijos de Urano, me han
proporcionado. Conque lo primero qué voy a decir es mi nombre para que lo
conozcáis y para que yo después de escapar del día cruel continúe manteniendo
con vosotros relaciones de hospitalidad, aunque el palacio en que habito esté
lejos.
«Soy Odiseo, el hijo de
Laertes, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas, y
mi fama llega hasta el cielo. Habito en Itaca, hermosa al atardecer. Hay en
ella un monte, el Nérito de agitado follaje, muy sobresaliente, y a su alrededor
hay muchas islas habitadas cercanas unas de otras, Duliquio y Same, y la
poblada de bosques Zante. Itaca se recuesta sobre el mar con poca altura, la
más remota hacia el Occidente, y las otras están más lejos hacia Eos y Helios.
Es áspera, pero buena criadora de mozos.
«Yo en verdad no soy
capaz de ver cosa alguna más dulce que la tierra de uno. Y eso que me retuvo
Calipso, divina entre las diosas, en profunda cueva deseando que fuera su
esposo, e igualmente me retuvo en su palacio Circe, la hija de Eeo, la
engañosa, deseando que fuera su esposo.
«Pero no persuadió a mi
ánimo dentro de mi pecho, que no hay nada más dulce que la tierra de uno y de
sus padres, por muy rica que sea la casa donde uno habita en tierra extranjera
y lejos de los suyos.
«Y ahora os voy a narrar
mi atormentado regreso, el qúe Zeus me ha dado al venir de Troya. El viento que
me traía de Ilión me empujó hacia los Cicones, hacia Ismaro. Allí asolé la
ciudad, a sus habitantes los pasé a cuchillo, tomamos de la ciudad a las esposas
y abundante botín y lo repartimos de manera que nadie se me fuera sin su parte
correspondiente. Entonces ordené a los míos que huyeran con rápidos pies, pero
ellos, los muy estúpidos, no rne hicieron caso. Así que bebieron mucho vino y
degollaron muchas ovejas junto a la ribera y cuernitorcidos bueyes de rotátiles
patas.
«Entre tanto, los
Cicones, que se hábían marchado, lanzaron sus gritos de ayuda a otros Cicones
que, vecinos suyos, eran a la vez más numerosos y mejores, los que habitaban
tierra adentro, bien entrenados en luchar con hombres desde el carro y a pie,
donde sea preciso. Y enseguida llegaron tan numerosos como nacen en primavera
las hojas y las flores, veloces.
«Entonces la funesta Aisa
de Zeus se colocó junto a nosotros, de maldito destino, para que sufriéramos
dolores en abundancia; lucharon pie a sierra junto a las veloces naves, y se
herían unos a otros con sus lanzas de bronce. Mientras Eos duró y crecía el
sagrado día, los aguantamos rechazándoles aunque eran más numerosos. Pero
cuando Helios se dirigió al momento de desuncir los bueyes, los Cicones nos
hicieron retroceder venciendo a los aqueos y sucumbieron seis compañeros de
buenas grebas de cada nave. Los demás escapamos de la muerte y de nuestro
destino, y desde allí proseguimos navegando hacia adelante con el corazón
apesadumbrado, escapando gustosos de la muerte aunque habíamos perdido a los
compañeros. Pero no prosiguieron mis curvadas naves, que cada uno llamamos por
tres veces a nuestros desdichados compañeros, los que habían muerto en la
llanura a manos de los Cicones.
«Entonces el que reúne
las nubes, Zeus; levantó el viento Bóreas junto con una inmensa tempestad, y
con las nubes ocultó la tierra y a la vez el ponto. Y la noche surgió del
cielo. Las naves eran arrastradas transversalmente y el ímpetu del viento rasgó
sus velas en tres y cuatro trozos. Las colocamos sobre cubierta por terror a la
muerte, y haciendo grandes esfuerzos nos dirigimos a remo hacia tierra.
«Allí estuvimos dos
noches y dos días completos, consumiendo nuestro ánimo por el cansancio y el
dolor.
«Pero cuando Eos, de
lindas trenzas, completó el tercer día, levantamos los mástiles, extendimos las
blancas velas y nos sentamos en las naves, y el viento y los pilotos las
conducían. En ese momento habría llegado ileso a mi tierra patria, pero el
oleaje, la corriente y Bóreas me apartaron al doblar las Maleas y me
hicieron vagar lejos de Citera. Así que desde allí fuimos arrastrados por
fuertes vientos durante nueve días sobre el ponto abundante en peces, y al
décimo arribamos a la tierra de los Lotófagos, los que comen flores de
alimento. Descendimos a tierra, hicimos provisión de agua y al punto mis
compañeros tomaron su comida junto a las veloces naves. Cuando nos habíamos
hartado de comida y bebida, yo envié delante a unos compañeros para que fueran
a indagar qué clase de hombres, de los que se alimentan de trigo, había en esa
región; escogí a dos, y como tercer hombre les envié a un heraldo. Y marcharon
enseguida y se encontraron con los Lotófagos. Éstos no decidieron matar a
nuestros compañeros, sino que les dieron a comer loto, y el que de ellos comía
el dulce fruto del loto ya no quería volver a informarnos ni regresar, sino que
preferían quedarse allí con los Lotófagos, arrancando loto, y olvidándose del
regreso. Pero yo los conduje a la fuerza, aunque lloraban, y en las cóncavas
naves los arrastré y até bajo los bancos. Después ordené a mis demás leales
compañeros que se apresuraran a embarcar en las rápidas naves, no fuera que
alguno comiera del loto y se olvidara del regreso. Y rápidamente embarcaron y
se sentaron sobre los bancos, y, sentados en fila, batían el canoso mar con los
remos.
«Desde allí proseguimos
navegando con el corazón acongojado, y llegamos a la tierra de 1os Cíclopes,
los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los inmortales, no plantan
con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y
sin arar: trigo y cebada y viñas que producen vino de gordos racimos; la lluvia
de Zeus se los hace crecer. No tienen ni ágoras donde se emite consejo ni
leyes; habitan las cumbres de elevadas montañas en profundas cuevas y cada uno
es legislador de sus hijos y esposas, y no se preocupan unos de otros.
«Más allá del puerto se
extiende una isla llana, no cerca ni lejos de la tierra de los Cíclopes, llena
de bosques. En ella se crían innumerables cabras salvajes, pues no pasan por
allí hombres que se lo impidan ni las persiguen los cazadores, los que sufren
dificultades en el bosque persiguiendo las crestas de los montes. La isla
tampoco está ocupada por ganados ni sembrados, sino que, no sembrada ni arada,
carece de cultivadores todo el año y alimenta a las baladoras cabras. No
disponen los Cíclopes de naves de rojas proas, ni hay allí armadores que
pudieran trabajar en construir bien entabladas naves; éstas tendrían como
término cada una de las ciudades de mortales a las que suelen llegar los
hombres atravesando con sus naves el mar, unos en busca de otros, y los
Cíclopes se habrían hecho una isla bien fundada. Pues no es mala y produciría
todos los frutos estacionales; tiene prados junto a las riberas del canoso mar,
húmedos, blandos. Las viñas sobre todo producirían constantemente, y las
tierras de pan llevar son llanas. Recogerían siempre las profundas mieses en su
tiempo oportuno, ya que el subsuelo es fértil. También hay en ella un puerto
fácil para atracar, donde no hay necesidad de cable ni de arrojar las anclas ni
de atar las amarras. Se puede permanecer allí, una vez arribados, hasta el día
en que el ánimo de los marineros les impulse y soplen los vientos.
«En la parte alta del
puerto corre un agua resplandeciente, una fuente que surge de la profundidad de
una cueva, y en torno crecen álamos. Hacia allí navegamos y un demón nos
conducía a través de la oscura noche. No teníamos luz para verlo, pues la bruma
era espesa en torno a las naves y Selene no irradiaba su luz desde el cielo y
era retenida por las nubes; así que nadie vio la isla con sus ojos ni vimos las
enormes olas que rodaban hacia tierra hasta que arrastramos las naves de buenos
bancos. Una vez arrastradas, recogimos todas las velas y descendimos sobre la
orilla del mar y esperamos a la divina Eos durmiendo allí.
«Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, deambulamos llenos de admiración
por la isla.
«Entonces las ninfas, las
hijas de Zeus, portador de égida, agitaron a las cabras montafaces para que
comieran mis compañeros. Así que enseguida sacamos de las naves los curvados
arcos y las lanzas de largas puntas, y ordenados en tres grupos comenzamos a
disparar, y pronto un dios nos proporcionó abundante caza. Me seguían doce
naves, y a cada una de ellas tocaron en suerte nueve cabras, y para mí solo
tomé diez. Así estuvimos todo el día hasta el sumergirse de Helios, comiendo
innumerables trozos de carne y dulce vino; que todavía no se había agotado en
las naves el dulce vino, sino que aún quedaba, pues cada uno había guardado
mucho en las ánforas cuando tomamos la sagrada ciudad de los Cicones.
«Echamos un vistazo a la
tierra de los Cíclopes que estaban cerca y vimos el humo de sus fogatas y
escuchamos el vagido de sus ovejas y cabras. Y cuando Helios se sumergió y
sobrevino la oscuridad, nos echamos a dormir sobre la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, convoqué asamblea y les dije a
todos:
«"Quedaos ahora los
demás, mis fieles compañeros, que yo con mi nave y los que me acompañan voy a
llegarme a esos hombres para saber quiénes son, si soberbios, salvajes y
carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad para
con los dioses."
«Así dije, y me embarqué
y ordené a mis compañeros que embarcaran también ellos y soltaran amarras.
Embarcaron éstos sin tardanza y se sentaron en los bancos, y sentados batían el
canoso mar con los remos. Y cuando llegamos a un lugar cercano, vimos una cueva
cerca del mar, elevada, techada de laurel. Allí pasaba la noche abundante
ganado ovejas y cabras, y alrededor había una alta cerca construida con piedras
hundidas en tierra y con enormes pinos y encinas de elevada copa. Allí habitaba
un hombre monstruoso que apacentaba sus rebaños, solo, apartado, y no
frecuentaba a los demás, sino que vivía alejado y tenía pensamientos impíos.
Era un monstruo digno de admiración: no se parecía a un hombre, a uno que come
trigo, sino a una cima cubierta de bosque de las elevadas montañas que aparece
sola, destacada de las otras. Entonces ordené al resto de mis fieles compañeros
que se quedaran allí junto a la nave y que la botaran.
«Yo escogí a mis doce
mejores compañeros y me puse en camino. Llevaba un pellejo de cabra con negro,
agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto, e1 sacerdote de
Apolo protector de Ismaro, porque lo había yo salvado junto con su hijo y esposa
respetando su techo. Habitaba en el bosque arbolado de Febo Apolo y me había
donado regalos excelentes: me dio siete talentos de oro bien trabajados y una
crátera toda de plata, y, además vino en doce ánforas que llenó, vino
agradable, no mezclado, bebida divina. Ninguna de las esclavas ni de los
esclavos de palacio conocían su existencia, sino sólo él y su esposa y
solamente la despensera. Siempre que bebían el rojo, agradable vino llenaba una
copa y vertía veinte medidas de agua, y desde la crátera se esparcía un olor
delicioso, admirable; en ese momento no era agradable alejarse de allí. De este
vino me llevé un gran pellejo lleno y también provisiones en un saco de cuero,
porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un hombre dotado de gran
fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.
«Llegamos enseguida a su
cueva y no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus gordos rebaños en el
pasto. Conque entramos en la cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los
canastos se inclinaban bajo el peso de los quesos, y los establos estaban llenos
de corderos y cabritillos. Todos estaban cerrados por separado: a un lado los
lechales, a otro los medianos y a otro los recentales.
«Y todos los recipientes
rebosaban de suero colodras y jarros bien construidos, con los que ordeñaba.
«Entonces mis compañeros
me rogaron que nos apoderásemos primero de los quesos y regresáramos, y que
sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la
rápida nave, diéramos velar sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso aunque
hubiera sido más ventajoso, para poder ver al monstruo y por si me daba los
dones de hospitalidad. Pero su aparición no iba a ser deseable para mis
compañeros.
«Así que, encendiendo una
fogata, hicimos un sacrificio, repartimos quesos, los comimos y aguardamos
sentados dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el rebaño. Traía el
Cíclope una pesada carga de leña seca para su comida y la tiró dentro con gran
ruido. Nosotros nos arrojamos atemorizados al fondo de la cueva, y él a
continuación introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos solía ordeñar, y a los
machos a los carneros y cabrones los dejó a la puerta, fuera del profundo
establo. Después levantó una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la
habrían levantado del suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan
enorme piedra colocó sobre la puerta! Sentóse luego a ordeñar las ovejas y las
baladoras cabras, cada una en su momento, y debajo de cada una colocó un
recental. Enseguida puso a cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien
entretejidas y la otra mitad la colocó en cubos, para beber cuando comiera y le
sirviera de adición al banquete.
Cuando hubo realizado
todo su trabajo prendió fuego, y al vernos nos preguntó:
«"Forasteros,
¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes
por algún asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la
aventura exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras?”.
«Así habló, y nuestro
corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo, al gigante.
Pero le contesté con mi palabra y le dije:
«Somos aqueos y hemos
venido errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de vientos sobre el
gran abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros caminos, aunque nos
dirigimos de vuelta a casa. Así quiso Zeus proyectarlo. Nos preciamos de pertenecer
al ejército del Atrida Agamenón, cuya fama es la más grande bajo el cielo: ¡tan
gran ciudad ha devastado y tantos hombres ha hecho sucumbir! Conque hemos dado
contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si nos ofreces hospitalidad y
nos das un regalo, como es costumbre entre los huéspedes. Ten respeto,
excelente, a los dioses; somos tus suplicantes y Zeus es el vengador de los
suplicantes y de los huéspedes, Zeus Hospitalario, quien acompaña a los
huéspedes, a quienes se debe respeto."
«Así hablé, y él me
contestó con corazón cruel:
«"Eres estúpido,
forastero, o vienes de lejos, tú que me ordenas temer o respetar a los dioses,
pues los Ciclopes no se cuidan de Zeus, portador de égida, ni de los dioses
felices. Pues somos mucho más fuertes. No te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros,
si el ánimo no me lo ordenara, por evitar la enemistad de Zeus.
«"Pero dime dónde
has detenido tu bien fabricada nave al venir, si al final de la playa o aquí
cerca, para que lo sepa."
«Así habló para probarme,
y a mí, que sé mucho, no me pasó esto desapercibido. Así que me dirigí a él con
palabras engañosas:
«"La nave me la ha
destrozado Poseidón, el que conmueve la tierra; la ha lanzado contra los
escollos en los confines de vuestro país, conduciéndola hasta un promontorio, y
el viento la arrastró del ponto. Por ello he escapado junto con éstos de la dolorosa
muerte."
«Así hablé, y él no me
contestó nada con corazón cruel, mas lanzóse y echó mano a mis compañeros.
Agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus
sesos se a esparcieron por el suelo empapando la tierra. Cortó en trozos sus miembros,
se los preparó como cena y se los comió, como un león montaraz, sin dejar ni
sus entrañas ni sus carnes ni sus huesos llenos de meollo.
«Nosotros elevamos
llorando nuestras manos a Zeus, pues veíamos acciones malvadas, y la
desesperación se apoderó de nuestro ánimo.
«Cuando el Cíclope había
llenado su enorme vientre de carne humana y leche no mezclada, se tumbó dentro
de la cueva, tendiéndose entre los rebaños. Entonces yo tomé la decisión en mi
magnánimo corazón de acercarme a éste, sacar la aguda espada de junto a mi
muslo y atravesarle el pecho por donde el diafragma contiene el hígado y la
tenté con mi mano. Pero me contuvo otra decisión, pues allí hubiéramos perecido
también nosotros con muerte cruel: no habríamos sido capaces de retirar de la
elevada entrada la piedra que había colocado. Así que llorando esperamos a Eos
divina. Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa,
se puso a encender fuego y a ordeñar a sus insignes rebaños, todo por orden, y
bajo cada una colocó un recental. Luego que hubo realizado sus trabajos, agarró
a dos compañeros a la vez y se los preparó como desayuno. Y cuando había
desayunado, condujo fuera de la cueva a sus gordos rebaños retirando con
facilidad la gran piedra de la entrada. Y la volvió a poner como si colocara la
tapa a una aljaba. Y mientras el Cíclope encaminaba con gran estrépito sus
rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo profundo de mi pecho:
¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera esto que la suplico...!
«Y ésta fue la decisión
que me pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme clava del Ciclope,
verde, de olivo; la había cortado para llevarla cuando estuviera seca. Al
mirarla la comparábamos con el mástil de una negra nave de veinte bancos de
remeros, de una nave de transporte amplia, de las que recorren el negro abismo:
así era su longitud, así era su anchura al mirarla. Me acerqué y corté de ella
como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené que la afilaran.
Éstos la alisaron y luego me acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse
al fuego para endurecerla. La coloqué bien cubriéndola bajo el estiércol que
estaba extendido en abundancia por la cueva. Después ordené que sortearan quién
se atrevería a levantar la estaca conmigo y a retorcerla en su ojo cuando le
llegara el dulce sueño, y eligieron entre ellos a cuatro, a los que yo mismo
habría deseado escoger. Y yo me conté entre ellos como quinto.
Llegó el Cíclope por la
tarde conduciendo sus ganados de hermosos vellones e introdujo en la amplia
cueva a sus gordos rebaños, a todos, y no dejó nada fuera del profundo establo,
ya porque sospechara algo o porque un dios así se lo aconsejó. Después colocó
la gran piedra que hacía de puerta, levantándola muy alta, y se sentó a ordeñar
las ovejas y las baladoras cabras, todas por orden, y bajo cada una colocó un
recental. Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a dos compañeros a La
vez y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le dije al Cíclope
sosteniendo entre mis manos una copa de negro vino:
«"¡Aquí, Cíclope!
Bebe vino después que has comido carne humana, para que veas qué bebida
escondía nuestra nave. Te lo he traído como libación, por si te compadescas de
mí y me enviabas a casa, pues estás enfurecido de forma ya intolerable.
¡Cruel¡, ¿cómo va a llegarse a ti en adelante ninguno de los numerosos hombres?
Pues no has obrado como lo corresponde."
«Así hablé, y él la tomó,
bebió y gozó terriblemente bebiendo la dulce bebida. Y me pidió por segunda
vez:
«"Dame más de buen
grado y dime ahora ya tu nombre para que te ofrezca el don de hospitalidad con
el que te vas a alegrar. Pues también la donadora de vida, la Tierra, produce
para los Cíclopes vino de grandes uvas y la lluvia de Zeus se las hace crecer.
Pero esto es una catarata de ambrosia y néctar."
«Así habló, y yo le
ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin
medida. Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del Cíclope, me
dirigí a él con dulces palabras:
«"Cíclope, ¿me
preguntas mi célebre nombre? Te to voy a decir, mas dame tú el don de
hospitalidad como me has prometido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi
madre y mi padre y todos mis compañeros."
«Así hablé, y él me
contestó con corazón cruel:
«"A Nadie me lo
comeré el último entre sus compañeros, y a los otros antes. Este será tu don de
hospitalidad."
«Dijo, y reclinándose
cayó boca arriba. Estaba tumbadó con su robusto cuello inclinado a un lado, y
de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana; eructaba cargado de vino.
«Entonces arrimé la
estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y comencé a animar con
mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguien se me escapara por
miedo. Y cuando en breve la estaca estaba a punto de arder en el fuego, verde
como estaba, y .resplandecía terriblemente, me acerqué y la saqué del fuego, y
mis compañeros me rodearon, pues sin duda un demón les infundiá gran valor.
Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo, y yo hacía
fuerza desde arriba y le daba vueltas. Como cuando un hombre taladra con un
trépano la madera destinada a un navío otros abajo la atan a ambos lados con
una correa y la madera gira continua, incesantemente, así hacíamos dar vueltas,
bien asida, a la estaca de punta de fuego en el ojo del Cíclope, y la sangre
corría por la estaca caliente. Al arder la pupila, el soplo del fuego le quemó
todos los párpados, y las cejas y las raíces crepitaban por el fuego. Como
cuando un herrero sumerge una gran hacha o una garlopa en agua fría para templarla
y ésta estride grandemente pues éste es el poder del hierro, así estridía su
ojo en torno a la estaca de olivo. Y lanzó un gemido grande, horroroso, y la
piedra retumbó en torno, y nosotros nos echamos a huir aterrorizados.
«Entonces se extrajo del
ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, la arrojó de sí con las manos.
Y al punto se puso a llamar a grandes voces a los Cíclopes que habitaban en
derredor suyo, en cuevas por las ventiscosas cumbres. Al oír éstos sus gritos,
venían cada uno de un sitio y se colocaron alrededor de su cueva y le
preguntaron qué le afligía:
«"¿Qué cosa tan
grande sufres, Polifemo, para gritar de esa manera en la noche inmortal y
hacernos abandonar el sueño? ¿Es que alguno de los mortales se lleva tus
rebaños contra tu voluntad o te está matando alguien con engaño o con sus
fuerzas?"
«Y les contestó desde la
cueva el poderoso Polifemo:
«"Amigos, Nadie me
mata con engaño y no con sus propias fuerzas."
«Y ellos le contestaron y
le dijeron aladas palabras:
«"Pues si nadie te
ataca y estás solo... es imposible escapar de la enfermedad del gran Zeus, pero
al menos suplica a tu padre Poseidón, al soberano."
«Así dijeron, y se
marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y mi
inteligencia irreprochable!
«El Cíclope gemía y se
retorcía de dolor, y palpando con las manos retiró la piedra de la entrada. Y
se sentó a la puerta, las manos extendidas, por si pillaba a alguien saliendo
afuera entre las ovejas. ¡Tan estúpido pensaba en su mente que era yo! Entonces
me puse a deliberar cómo saldrían mejor las cosas ¡si encontrará el medio de
liberar a mis compañeros y a mí mismo de la muerte..! Y me puse a entretejer
toda clase de engaños y planes, ya que se trataba de mi propia vida . Pues un
gran mal estaba cercano. Y me pareció la mejor ésta decisión: los carneros
estaban bien alimentádos, con densos vellones, hermosos y grandes, y tenían una
lana color violeta. Conque los até en silencio, juntándolos de tres en tres,
con mimbres bien trenzadas sobre las que dormía el Cíclope, el monstruo de
pensamientos impíos; el carnero del medio llevaba a un hombre, y los otros dos
marchaban a cada lado, salvando a mis compañeros. Tres carneros llevaban a cada
hombre.
»Entonces yo... había un
carnero; el mejor con mucho de todo su rebaño. Me apoderé de éste por el lomo y
me coloqué bajo su velludo vientre hecho un ovillo, y me mantenía con ánimo
paciente agarrado con mis manos a su divino vellón. Así aguardamos gimiendo a
Eos divina, y cuando se mostró la que nace de la mañana, la de dedos de rosa,
sacó a pastar a los machos de su ganado. Y las hembras balaban por los corrales
sin ordeñar, pues sus ubres rebosaban. Su dueño, abatido por funestos dolores,
tentaba el lomo de todos sus carneros, que se mantenían rectos. El inocente no
se daba cuenta de que mis compañeros estaban sujetos bajo el pecho de las
lanudas ovejas. El último del rebaño en salir fue el carnero cargado con su
lana y conmigo, que pensaba muchas cosas. El poderoso Polifemo lo palpó y se
dirigió a él:
«"Carnero amigo,
¿por qué me sales de la cueva el último del rebaño? Antes jamás marchabas
detrás de las ovejas, sino que, a grandes pasos, llegabas el primero a pastar
las tiernas flores del prado y llegabas el primero a las corrientes de los ríos
y el primero deseabas llegar al establo por la tarde. Ahora en cambio, eres el
último de todos. Sin duda echas de menos el ojo de tu soberano, el que me ha
cegado un hombre villano con la ayuda de sus miserables compañeros, sujetando
mi mente con vino, Nadie, quien todavía no ha escapado te lo aseguro de la
muerte. ¡Ojalá tuvieras sentimientos iguales a los míos y estuvieras dotado de
voz para decirme dónde se ha escondido aquél de mi furia! Entonce sus sesos,
cada uno por un lado, reventarían contra el suelo por la cueva, herido de
muerte, y mi corazón se repondría de los males que me ha causado el vil
Nadie."
«Así diciendo alejó de sí
al carnero. Y cuando llegamos un poco lejos de la cueva y del corral, yo me
desaté el primero de debajo del carnero y liberé a mis compañeros. Entonces
hicimos volver rápidamente al ganado de finas patas, gordo por la grasa, abundante
ganado, y lo condujimos hasta llegar a la nave.
«Nuestros compañeros
dieron la bienvenida a los que habíamos escapado de la muerte, y a los otros
los lloraron entre gemidos. Pero yo no permití que lloraran, haciéndoles señas
negativas con mis cejas, antes bien, les di órdenes de embarcar al abundante ganado
de hermosos vellones y de navegar el salino mar.
«Embarcáronlo enseguida y
se sentaron sobre los bancos, y, sentados, batían el canoso mar con los remos.
«Conque cuando estaba tan
lejos como para hacerme oír si gritaba, me dirigí al Cíclope con mordaces
palabras:
«"Cíclope, no estaba
privado de fuerza el hombre cuyos compañeros ibas a comerte en la cóncava cueva
con tu poderosa fuerza. Con razón te tenían que salir al encuentro tus malvadas
acciones, cruel, pues no tuviste miedo de comerte a tus huéspedes en tu propia
casa. Por ello te han castigado Zeus y los demás dioses."
«Así hablé, y él se
irritó más en su corazón. Arrancó la cresta de un gran monte, nos la arrojó y
dio detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que faltó poco para que
alcanzara lo alto del timón. El mar se levantó por la caída de la piedra, y el
oleaje arrastró en su reflujo, la nave hacia el litoral y la impulsó hacia
tierra. Entonces tomé con mis manos un largo botador y la empujé hacia fuera, y
di órdenes a mis compañeros de que se lanzaran sobre los remos para escapar del
peligro, haciéndoles señas con mi cabeza. Así que se inclinaron hacia adelante
y remaban. Cuando en nuestro recorrido estábamos alejados dos veces la
distancia de antes, me dirigí al Cíclope, aunque mis compañeros intentaban
impedírmelo con dulces palabras a uno y otro lado:
«"Desdichado, ¿por
qué quieres irritar a un hombre salvaje?, un hombre que acaba de arrojar un
proyectil que ha hecho volver a tierra nuestra nave y pensábamos que íbamos a
morir en el sitio. Si nos oyera gritar o hablar machacaría nuestras cabezas y
el madero del navío, tirándonos una roca de aristas resplandecientes, ¡tal es
la longitud de su tiro!"
«Así hablaron, pero no
doblegaron mi gran ánimo y me dirigí de nuevo a él airado:
«"Cíclope, si alguno
de los mortales hombres te pregunta por la vergonzosa ceguera de tu ojo, dile
que lo ha dejado ciego Odiseo, el destructor de ciudades; el hijo de Laertes
que tiene su casa en Itaca."
«Así hablé, y él dio un
alarido y me contestó con su palabra:
«"¡Ay, ay, ya me ha
alcanzado el antiguo oráculo! Había aquí un adivino noble y grande, Telemo
Eurímida, que sobresalía por sus dotes de adivino y envejeció entre los
Cíclopes vaticinando. Éste me dijo que todo esto se cumpliría en el futuro, que
me vería privado de la vista a manos de Odiseo. Pero siempre esperé que llegara
aquí un hombre grande y bello, dotado de un gran vigor; sin embargo, uno que es
pequeño, de poca valía y débil me ha cegado el ojo después de sujetarme con
vino. Pero ven acá, Odiseo, para que te ofrezca los dones de hospitalidad y
exhorte al ínclito, al que conduce su carro por la tierra, a que te dé escolta,
pues soy hijo suyo y él se gloría de ser mi padre. Sólo él, si quiere, me
sanará, y ningún otro de los dioses felices ni de los mortales hombres."
«Así habló, y yo le
contesté diciendo:
«"¡Ojalá pudiera
privarte también de la vida y de la existencia y enviarte a la mansión de
Hades! Así no te curaría el ojo ni el que sacude la tierra."
«Así dije, y luego hizo
él una súplica a Poseidón soberano, tendiendo su mano hacia el cielo
estrellado:
«"Escúchame tú,
Poseidón, el que abrazas la tierra, el de cabellera azuloscura. Si de verdad
soy hijo tuyo y tú te precias de ser mi padre, concédeme que Odiseo, el
destructor de ciudades, no llegue a casa, el hijo de Laertes que tiene su
morada en Itaca. Pero si su destino es que vea a los suyos y llegue a su bien
edificada morada y a su tierra patria, que regrese de mala manera: sin sus
compañeros, en nave ajena, y que encuentre calamidades en casa."
«Así dijo suplicando, y
le escuchó el de azuloscura cabellera. A continuación levantó de nuevo una
piedra mucho mayor y la lanzó dando vueltas. Hizo un esfuerzo inmenso y dio
detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que faltó poco para que alcanzara
lo alto del timón. Y el mar se levantó por la caída de la piedra, y el oleaje
arrastró en su reflujo la nave hacia el litoral y la impulsó hacia tierra.
«Conque por fin llegamos
a la isla donde las demás naves de buenos bancos nos aguardaban reunidas.
Nuestros compañeros estaban sentados llorando alrededor, anhelando
continuamente nuestro regreso. Al llegar allí, arrastramos la nave sobre la
arena y desembarcamos sobre la ribera del mar. Sacamos de la cóncava nave los
ganados del Cíclope y los repartimos de modo que nadie se fuera sin su parte
correspondiente.
«Mis compañeros, de
hermosas grebas, me dieron a mí solo, al repartir el ganado, un carnero de más,
y lo sacrifiqué sobre la playa en honor de Zeus, el que reúne las nubes, el
hijo de Crono, el que es soberano de todos, y quemé los muslos. Pero no hizo caso
de mi sacrificio, sino que meditaba el modo de que se perdieran todas mis naves
de buenos bancos y mis fieles compañeros.
«Estuvimos sentados todo
el día comiendo carne sin parar y bebiendo dulce vino, hasta el sumergirse de
Helios. Y cuando Helios se sumergió y cayó la oscuridad, nos echamos a dormir
sobre la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, di orden a mis compañeros de que
embarcaran y soltaran amarras, y ellos embarcaron, se sentaron sobre los bancos
y, sentados, batían el canoso mar con los remos.
«Así que proseguimos
navegando desde allí, nuestro corazón acongojado, huyendo con gusto de la
muerte, aunque habíamos perdido a nuestros compañeros.»