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miércoles, 27 de julio de 2022

Orlando y Ariosto, obra de Benjamín Gavarre.

 











Orlando y Ariosto,

obra de Benjamín Gavarre. 

 

   

Personajes

 

Ariosto 

Orlando 

Discípulo Caballòn 

Garrafonero 1 

Garrafonero 2 

Garrafonero 3 

 

 

Primer Día 

 

El escenario estará casi vacío. Luces azules y naranjas. Enormes pinturas de cítricos en mitades. Al fondo, majestuosas las Famosas 23 Puertas. El vestuario, en colores vivos. El Discípulo Caballón será el único que vista en colores neutros (pero usará coturnos). Los GARRAFONEROS tendrán, cada uno, una corona de laurel. 

 

En una gran piedra pintada de blanco estará sentado Ariosto. Usa una camiseta hasta los muslos y una bufanda con la que juega. 

 

ARIOSTO. — Quisiera...  No, no, no. La palabra indicada es quiero. ¡QUIERO! (Reflexiona) Pero qué, qué, ¡quéeeeee!!! ¡Ya lo tengo! (Se levanta) Quiero preparar un buen plato de PERAS DIVERSAS. Mhhhh. Con una buenísima salsa de caracoles empotrados y un batido de zanahorias BERMEJAS alrededor. Sí. Pero, antes necesito que Orlando regrese de su RONDA y entonces le pediré... Ah, no: le exigiré... LA RECETA de las: ¡PERAS DIVERSAS!!! Le pediré la receta, y me la dará, porque si noooooooo... 

 

ORLANDO. — ¿Peras Diversas??? ¿Peras diversas!!!! (Amenazante) No vuelvas ni siquiera a pensarlo o a murmurarlo debajo de la regadera.... ¿Qué no sabes mi querido, mi pequeñísimo Ariosto, que el Discípulo Caballón ha PROHIBIDO utilizar los refractarios cúbicos en el Recinto? 

 

ARIOSTO. — Nooo. Tú quieres engañarme. (Juguetón) Apostaría que todo lo haces para no darme la receta de... 

 

ORLANDO. — ¡Calla! 

 

ARIOSTO. — Oh, sí, callaré y no podrás a ver El Aire Disecado de mis Palabras Suculentas. 

 

ORLANDO. — ¡Suculentas?... Lo que es hoy tu Mente se ha Disecado en una porción bastante condimentada de tu estómago. 

 

ARIOSTO. — ¿Es decir??? 

 

ORLANDO. — Quiero decir NADA, y cuando digo Nada, es que no me importa lo que te pase, ¡está claro?, ni lo que sientas, ni nada.... (Furioso) ¿¡Podrías dejar de estar jugueteando con tu bufanda!!??? 

 

ARIOSTO. — ¡¿Son Alientos Marinos los que el Señorito tiene entre dientes???? Mejor sería que te sentaras y cultivaras pacientemente a la MONOTONÍA. 

 

Orlando se sienta y Ariosto empieza a dar vueltas en torno a él modelando su camiseta que le llega a los muslos. 

 

ORLANDO. — Buff, Buff. Estás provocando mis sentidos penibatorios con tu caminar esférico, amado Ariosto. Cesa, cesa, cesa, riqueza de tus movimientos azulados... Y escucha, escucha, escucha lo que traigo para ti del mercado del Recinto. 

 

ARIOSTO. — Habla pues y Recomienda a tus Neuronas que no se esfuercen en vociferar tonterías. 

 

ORLANDO. — ¡Qué vociferas tú??? 

 

ARIOSTO. — Que no te confundas con las palabras. 

 

ORLANDO. — Ah, eso querías decir.... (Después de una pausa en la que se ha chupado el dedo meñique) ¡Bueno!... Te diré el mensaje del mensaje del Gran Recinto. (Ampuloso) Has de saber que el Discípulo Caballón cocinará para la Próxima Batalla una Tómbola. Una Tómbola en la que tendrá como innovación estremecida: La Tierna historia de arrojar vasos de vidrio llenos de agua a todos los premios anhelados de la Gran SAGRADA Tómbola. 

 

ARIOSTO. — Y eso a mí en qué me afecta. 

 

ORLANDO. — ¡Pero qué grosero y villano alfeñique de falda hueca! (Pausa) En fin... es INEVITABLE que todos los miembros del Recinto: es decir incluido Túuuuuu (Cansado) Ah. En fin. Lleve en sus manitas huesudas su dotación simple de agua cristalina. 

 

ARIOSTO. — Haberlo dicho sin tantas remambarambas. ¿Y cuándo tendrá lugar la Rica Tómbola? 

 

ORLANDO. — El siguiente día.  

 

ARIOSTO. — Pues no prolonguemos el instante. Encaminémonos al Recinto y preparemos nuestra dotación de Sucios Vasos de Cristal Irrompible. 

 

Salen. Se oye el ruido de un avión que despega. 

 

 

Entran tres hombres con garrafones de agua vacíos al hombro. Se reúnen en un punto del escenario. 

 

GARRAFONERO 1. — Voy a llenar el Gran Garrafón y aventaré todo Gran Garrafón y toda agua a la JETA inquieta del Discípulo Caballote. 

 

GARRAFONERO 2. — No, no, no, no. No caballote. Caballón. Se llama Caballón. Discípulo Caballón, hijo del Genio Caballón, guardián de las 23 puertas del Recinto. Y a quien debemos arrojar el gran garrafón lleno de agua no es al Discípulo, sino, y escucha bien, a la TÓMBOLA, a la Gran Sagrada Tómbola. 

 

GARRAFONERO 1. — Pues yo aventaré a gran Jeta de Caballote garrafón. Y tú explicar tus, tus, tus nueces a tu armadillo preferido. 

 

GARRAFONERO 2. — ¿Por qué quieres atentar contra el Discípulo del Recinto? 

 

GARRAFONERO 1. — Porque yo... yoooo.... yoooo... BUAHHHH! (Grotesco) Yo dar MIS CINCO PEQUEÑINES PREDILECTOS A LA TÓMBOLA Y LOS PARTICIPANTES romperán sin brevedad a los cinco BEBITOS que doné, que yo regalé, con mucho cariño y abnegación, a las fuerzas del Recinto. 

 

GARRAFONERO 3. — Los regalos son engaños: si tú regalaste a tus nenes para la gran Sagrada Tómbola, tú contento y no hacer tonterías. 

 

GARRAFONERO 1. — Romperé su cabezota. 

 

GARRAFONERO 2. — ¿A quién? ¡Por qué? 

 

GARRAFONERO 1. — Al Caballote Caballón, yo le dejaré sin dientes y solo podrá comer carne de verduras sustanciosas. 

 

GARRAFONERO 3. — Será mejor que llenemos los garrafones con el líquido y estemos listos. Preparados. Listos. Preparados para la Gran Sagrada Tómbola. 

 

GARRAFONERO 2. — Vamos pues, y tú, GARRAFONERO UNO, no te atreverás más que en sueños a rebelarte. 

 

Salen de escena. 

 

 

Entra el DISCÍPULO CABALLÓN seguido de VEINTITRÉS pelotas más o menos grandes. 

 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Habla al Público) Ah, súbditos. ¡Ahhhhh Súbditooooossss! Compañeros de campanas y globos atormentados. Yo les aseguro que la decisión tomada por Mí es gozosa, simple, y de manera VERTICAL... la única posible. Casi, casi (a punto de llorar) …casi... ¡Achúuu! (Se limpia la nariz) ...Les decía: Casi tan insólitamente bien pensada como la que tomé el día 23 en el que decidí de manera autónoma y sentimental, el (a punto de llorar o estornudar) ...¡Sustituirlos! (Lacónico) Es decir remplazarlos... A… ellos… en fin… a ellos… (Triunfal) por inteligentes pelotas de colores magistralmente escogidas por mí. Por MÍ. ¡Por MMMMIIIII!!!! (Formal, a una de las pelotas) O usted qué opina, mi querido ministro... ¡No me LO diga! ¿Usted opina mi selecto ministro que mi decisión de fabricar la Tómbola, la gran Sagrada Tómbola es UNICAESTUPENDA. Simplemente VERTICAL? ¿Noooo? ¿O Nooooo?... Je, je, gracias. Es precisamente lo que pensé que contestaría... Pues sí, pues veamos mis redondos súbditos: Aquí se acercan Ariosto y Orlando y seguramente se postrarán ante mí, como es consecuencia. 

 

Entran Ariosto y Orlando con sendos vasos DE VIDRIO llenos de agua. 

 

ARIOSTO. — (A alguien del público) ¡A mí! ¡¿A mí??? ¡¿A mí me está mirando Usted? (Al Discípulo Caballón) ¡¿A mí?!... eso es lo último que me faltaba. Después de prohibir LA RECETA DE PERAS DIVERSAS (Al Discípulo Caballón) Usted se atreve a mirarme a míii. ¿Usted se atreve a MIRARRRMEEEEEEEEEE?!!! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Amable) No solo a ti Ariosto, sino también a tu compañero Orlando. Se vuelven cada día más tiernos y bestiales. Ah, pero veo que traen su dotación de vasos de vidrio con cristalino líquido, y por adelantado. 

 

ORLANDO. — Cloro, dogo, digo, claro… ¡CLARO!, su Majestad. Como respuesta a vuestra erecta… 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — ¡No!... (Pausa) …¿Vertical?... 

 

ORLANDO. — Por supuesto. Vuestra VERTICAL decisión de la Tómbola de mañana. Decía… Ah sí… En vista De VUESTRA SABIA Decisión… Nosotros… hemos decidido a nuestra vez ADELANTAR la Dotación de Líquidolíquido. Adelantadamente. 

 

ARIOSTO. — (Irónico) Claro… Quisimos calentar el agua EN NUESTRAS BOCAS y así el día De MAÑANA beberemos el agua caliente con un poco de azúcar y dos terrones de CAFÉ. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Siempre amable) Al contrario. 

 

ARIOSTO. — (Furioso) ¡Se atreverá Usted a Impedirlo? 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — No, por supuesto, ni pensarlo: solo he querido decir, mi amado Ariosto que los terrones no suelen ser sino de azúcar. 

 

ARIOSTO. — Ah, bueno, si es así no creo que haya problema alguno. Terrones son terrones. 

 

ORLANDO. — ¡Basta Ariosto! ¡Te atreves a ir en contra de la Justicia del Discípulo Caballón??? Recuerda que él es el hijo de Nuestro Fundador, el Genio Caballón, Guardián de Las Veintitrés Puertas. 

 

ARIOSTO. — (Insolente) Y dígame, señor Caballón… ¿A qué se debe la decisión de destrozar los premios de la Tómbola con lanzamientos de vasos de agua????? 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Pues… pregúnteselo a mi Primer Ministro. Él le sabrá responder. 

 

ARIOSTO. — No, no es necesario. Creo que será una buena respuesta. ¿Verdad que será una buena respuesta, Orlando? 

 

ORLANDO. — Así lo pienso, y será mejor que dejemos a la Corte caminar a su destino. Hasta la Tómbola de Mañana, Discípulo Caballón. ¡Hasta la vista, miembros distinguidos de la Corte del Recinto!!! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Hasta la Tómbola pues y no olviden su dotación de vasos de agua. 

 

ARIOSTO. — No lo olvidaremos, Majestad, no lo olvidaremos. 

 

ORLANDO. — Hasta luego. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Hasta mañana. 

 

ARIOSTO. — Hasta la Tómbola. 

 

ORLANDO. — Adióoooooooooos. 

 

Desaparecen todos rápidamente, al último las Pelotas-Ministro.  Se vuelve a oír el ruido de un avión que despega. 

  

Oscuro 

 

 

 

 

Segundo Día 

 

Vemos una enorme caja naranja y en letras negras la leyenda La Gran Sagrada Tómbola. Al lado de la caja, en un bastidor, está pintada la imagen de una gran sonrisa. En otro bastidor vemos la imagen de dos grandes colmillos amarillos. En un estrado, muy dignas, están las “Pelotas-Ministro” del discípulo caballón. 

Al comenzar la escena estarán congelados los tres GARRAFONEROS con sus recipientes llenos. Orlando y Ariosto lanzan vasos llenos de agua a la caja enorme, y cada vez que lo hacen el vaso cae al fondo de la Caja y produce un sonoro estallido de cristales que inunda todo el espacio. Después de cada “lanzamiento de vasos con agua”, Orlando y Ariosto se muestran eufóricos, o bien observan minuciosamente a los tres grotescos personajes, como esperando que reaccionen. 

 

ARIOSTO. — (Lanza un vaso más) ¡Es ridículo! ¡¡¿Una caja que dice ser la Gran Sagrada Tómbola, pretende Ser… la Gran Sagrada Tómbola???? 

 

ORLANDO. — Tómbola, tómbola, tómbola… no muy tómbola. 

 

ARIOSTO. — Claro, que no. Ni siquiera gira, ni siquiera da vueltas, ni se puede escoger nada, ni ganas nada, qué caso tiene. Solo puedes arrojar vasos de agua a la Muy Sagrada y escuchar cómo se rompen los vasos. (Arroja un vaso más y se escucha el estallido de vidrios). ¿Lo ves? ¿Gana algo uno con el estallido de vidrios? (Vuelve a arrojar un vaso, seguido de estallido. Orlando lanza el suyo: vaso, estallido). No gana Uno nada. 

 

Pausa. Los dos bostezan, y se quedan viendo impasibles a los GARRAFONEROS. 

 

GARRAFONERO 1. — (Se descongela, muy circunspecto. A Ariosto...) Perdone el allanamiento de su personalidad, pero tengo la sensación del deber de comunicarle a usted por medio de esta interrupción… 

 

ARIOSTO. — (Fastidiado) ¡Dígame! 

 

GARRAFONERO 1. — (Al borde del llanto) Se lo diré:  mis niños. Mis criaturitas preferidas. Mi mundo interior. ¡Mi todo!!!! 

 

ARIOSTO. — ¡Y eso a mí en que me afecta! 

 

GARRAFONERO 1. — (Furioso) A usted en nada, por supuesto. A usted… ¡Qué le va a importar! Oh, pero a mis cinco pequeñitos indefensos que están allí dentro, en la purulenta Tómbola Gran Sagrada ¡OHHH! (Se abraza de su garrafón y trata de meter la mano por la boca del recipiente). 

 

ARIOSTO. — Ah, se trata de sus hijitos, de sus mascotitas. No parece ser del tipo de… (Se contiene ante lo que iba a decir) ¿No, Orlando? Nunca pensé que bichos semejantes tuvieran hijos. 

 

ORLANDO. — Todos pueden ser padres. Algunos hasta tienen más de dos, hasta más de cinco. Lo ves Ariosto, es cosa de animarlo a que tenga más hijos. 

 

ARIOSTO. — Así es, mentecato: Usted puede tener más hijos. 

 

GARRAFONERO 1. — No quiero más hijos, Señor. Quiero a mis cinco chiquitines, a mis cinco, mis cinco, mis cinco querubines, Ohhhhhhh. 

 

ARIOSTO. — (A Orlando) Voy a vomitar. (Supuestamente compasivo, al GARRAFONERO 1) No se preocupe, seguramente se salvaran, ya que el agua que le arrojamos está especialmente a la temperatura necesaria. 

 

GARRAFONERO 1. — ¿Y los pedazos de vidrio? 

 

ARIOSTO. — ¿Los vidrios? (A Orlando) No arrojamos pedazos de vidrio, o sí. 

 

ORLANDO. — No, solo arrojamos vasos completos. Y el agua es inofensiva, además está tibia. Previamente la calentamos en nuestras bocas como todo el mundo sabe. 

 

ARIOSTO. — Es cierto, por otro lado, sus pequeñines estaban al fondo de la tómbola, o no tanto. Debo decir, para su consuelo, que la tómbola, por muy sagrada que sea, es un fiasco, no gira ni nada. ¡No da vueltas!, ¡no tiene premios! ¡Qué caso tiene!!!!!! 

 

ORLANDO. — Sí, no se preocupe. No da vueltas. Así que sus pequeños no corren peligro, ¿lo ve? Además si hubieran sufrido algún daño, pues ya los habríamos oído. Y no hemos oído nada, ni que lloren ni nada. 

 

ARIOSTO. — Sí, no se preocupe Usted. Yo solo escucho un silencio sepulcral. (Voltea a ver con un gesto cómplice a Orlando). 

 

GARRAFONERO 1. — Mis hijos. Mis hijitos. Ayyyyyy. 

 

ORLANDO. — (“Conciliador”) En cierto modo tiene razón nuestro amigo, Ariosto. No solo los pequeñines se destruirían, sino todas las aportaciones de los miembros a la Gran Sagrada Tómbola. Imagínate ¿cuántos platos suculentos y vertiginosos hay allí dentro? 

 

ARIOSTO. — Además de las mascotitas, los pequeñines. Sí, es cierto. No creo que nada se destruya. Incluso la SOGADELSENTIDOESTRICTO fue incluida por unos de los miembros más eminentes del Recinto. Eso lo sé. Lo sé, lo sé. 

 

GARRAFONERO 2. — (Se descongela) ¡Qué dice! ¡La SOGADELSENTIDOESTRICTO está en peligro? Hay pedazos de vidrio, los vasos rotos, usted sabe, los cristales, el agua. 

 

ARIOSTO. — Sí, podría estar en peligro, pero no se apene, no creo. Cuando mucho llegará a mojarse un poquitín, o algún pedazo de vidrio se enredara con ella. Pero el sentido estricto siempre será el sentido estricto, y la sogasoga. 

 

ORLANDO. — Eso digo yo, y la sogasoga. 

 

GARRAFONERO 3. — (Se descongela: a los otros GARRAFONEROS) ¿saben cuál será el destino de la Tómbola Sagrada una vez destruida? 

 

GARRAFONERO 2. — ¿Será Destruida? 

 

GARRAFONERO 1. — ¡Destruida, Mis hijos, ayyyyyyyy! 

 

ARIOSTO. — (Atroz) La tómbola, la Gran Sagrada Tómbola, una vez destruida, será... Será guardada en la puerta número 28. 

 

ORLANDO. — ¿Bromeas?, si solo son 23 las puertas. 

 

ARIOSTO. — El Discípulo Caballón, a la muerte del Genio Caballón decidió inaugurar 23 puertas más, pero éstas serían identificadas por medio de números irracionales.  

 

ORLANDO. — ¿Pero el número veintiocho es irracional? 

 

ARIOSTO. — Así es. 

 

ORLANDO. — No entiendo nada. 

 

ARIOSTO. — Ah, tienes razón, Orlando. Este es el mundo en que vivimos. No tiene mucho sentido, verdad, jejejeje. Jajajajajajaja... Eso creo...  Pero... En fin... Por fin. Se acerca nuestro Discípulo Caballón: tendré que escupirle en la cara. 

 

Entra el DISCÍPULO CABALLÓN. Los tres GARRAFONEROS se postran ante él y se congelan. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — ¿Por qué quieres escupirme, Ariosto? 

 

ARIOSTO. — Eso a usted no le importa, y para que se enoje más: no descuidaré mi saliva de su rojiza cavidad. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Bueno, bueno. ¡Bien!... Decía... Mis muchachos, encantadores ministros, amados súbditos: voy a decir mi discurso de inauguración con motivo de la destrucción de la gran sagrada tómbola. 

 

GARRAFONERO 1. — (Se descongela) Antes quiero decir que no estoy de acuerdo. 

 

GARRAFONERO 2. — Ni yo. 

 

GARRAFONERO 3. — Yo. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Je, je. Claro, claro. “Yo”, je, je. En fin. Siendo las 23 horas de este magnífico Paraíso del Recinto, me permito… 

 

ORLANDO. — ¿Me permite decir que yo tampoco estoy de acuerdo?  

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Desde luego… Decía. Me permito: dada la investidura que mi antecesor, mi Padre, el Genio Caballón, me confirió el día 23 de Otro tiempo… Inaugurar… 

 

TODOS. — ¡Nooooo! 

 

ARIOSTO. — ¡Me niego! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Y sin embargo es una idea soberbia de, de, de, decididamente Vertical. 

 

ORLANDO. — (Ecuánime) Piense por un momento. Si una vez destruida la Gran Sagrada Tómbola es remitida a la puerta número veintiocho... Tal vez encierre de por vida a cinco pequeñines angustiados. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Oh, solo son cinco. 

 

ARIOSTO. — En eso tiene razón: Solo son cinco. 

 

GARRAFONERO 1. — (Llora) ¡Oh, desdichado! (Mete la mano en la boca del garrafón) ¡Mis pobres pequeñitos querubines multicolores! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — ¡Son peces? 

 

ARIOSTO. — No se sabe... Son pequeñitos, son sus hijos. Eso sí, ni hablar. 

 

ORLANDO. — Las circunstancias hablan por sí mismas. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Habría que conocer la opinión de los pequeñines. 

 

GARRAFONERO 1. — (Lastimeramente) ¡Son sordos!!! 

 

ARIOSTO. — (Obvio) Pero podrán hablar. (Al GARRAFONERO 1) ¿Sí pueden hablar? ¡Sí? ¡No? 

 

ORLANDO. — Yo propondría una solución intermedia a la disputa. 

 

ARIOSTO. — Sí, tengo hambre. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Eso implicaría un nuevo decreto. Voy a consultarlo con mis ministros. (Se acerca a los balones y los empieza a “interrogar”). ¿Sí o sí?...  Ah, lo siento mucho... ¿Y usted?... (Pausa, “oye” otra de las opiniones de uno de sus “ministros”) Bueno, no es para tanto... ¿Y ustedes dos?... Claro. Eso mismo pienso yo. Bueno, parece que la solución intermedia ha sido estudiada y aprobada. 

 

TODOS. — ¡Bravo! ¡Viva! ¡Bravo! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Dictaré El Nuevo Decreto: Siendo las horas pertinentes al caso... y sabiendo que la decisión expresada será la mejor posible… (Mira entre asustado e inseguro a todos.) …Dictaré el siguiente… 

 

ARIOSTO. — Sí, sí, adelante, siga, continúe usted… ¡O LE ESCUPO! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Ya voy, ya voy. Decía: Pronunciaré … El siguiente... 

 

 

TODOS. — (Exasperados) ¡Bueno, ya! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Es cosa de tomar tiempo. Son asuntos serios. Se tiene. que analizar, considerar, tasar, evaluar... ¡PONDERAR! 

 

ORLANDO. — Es evidente. 

 

ARIOSTO. — No tanto. 

 

GARRAFONERO 1. — Hay que dejarlo solito para que piense. 

 

ORLANDO. — Ah, no. Solo no se quedaría. Estaría siempre cerca de  todos los Ministros. 

 

ARIOSTO. — ¡Y para qué dejarlo solito? Después, cuando regresemos, será necesario que todos estemos de acuerdo en la decisión que se tome. 

 

ORLANDO. — ¿Sería necesario? 

 

ARIOSTO. — Evidentemente sí. 

 

ORLANDO. — Entonces, si tú lo dices (Ampuloso) ¡Es necesario! ¡Será necesario! Muy necesario. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Es necesario que guarden silencio. 

 

ARIOSTO. — Si yo lo decía, hay que hablar, antes de disentir. 

 

GARRAFONERO 3. — ¿Quéeeee? 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Enojadísimo) ¡CÁLLENSE TODOS! (Largo Silencio) ...Les decía: Siendo estas horas de hoy que no recuerdo. Pronunciaré el siguiente decreto. DECRETO QUE CADA QUIÉN HAGA LO QUE QUIERA. 

 

ARIOSTO. — Ah, no, esto no me lo pueden hacer a mí. Yo no tengo por qué soportar tanta injusticia. Es más, me voy. (Da dos pasos) Mejor me quedo. Pero hay que salvar a los pequeñines. 

 

ORLANDO. — Eso digo yo, salvarlos. 

 

GARRAFONERO 1. — Es demasiado tarde. 

 

ARIOSTO. — Sí, a estas alturas, si no están muertos, por lo menos... estarán agonizando. Podemos investigar. Voy a tirar otro vaso de agua a la Tómbola, a ver si reaccionan. (Echa el contenido de agua a la tómbola, pero sin el vaso) Lo ven, no se escucha nada. Están muertos. 

 

GARRAFONERO 1. — Pues yo tiraré el agua en el sitio más indicado (Le echa el contenido de un vas al DISCÍPULO CABALLÓN). 

 

ARIOSTO. — Yo estoy de acuerdo (Le tira el contenido de otro vaso al DISCÍPULO). 

 

TODOS. — (Lo bañan) Todos estamos de acuerdo. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Casi llora o estornuda) Ministros, esto es humillante. Yo renuncio. Me encerraré en la puerta 23 y ni con sus lamentos más histéricos lograrán hacer salir mi hermoso cuerpo (Muy digno) Hasta que acabe mi tormento, sinceramente, ¡LOS ODIO! (Se va corriendo). 

 

ARIOSTO. — Ah, no era para tanto. No tenía por qué dramatizar. 

 

ORLANDO. — Ya verás, va a regresar. Siempre lo hace... Y qué hacemos ahora. ¿Salvamos a los pequeñines? 

 

GARRAFONERO 1. — ¡Están Muertos! 

 

ARIOSTO. — ¡Ya lo comprobó? 

 

GARRAFONERO 1. — No, ¡me ayudan? 

 

ARIOSTO. — Eso es cosa suya, ¿no cree? 

 

GARRAFONERO 1. — Sí, es cierto. (A los otros GARRAFONEROS) ¿Me ayudan? 

 

GARRAFONERO 2. — No sé. 

 

GARRAFONERO 3. — ¿Y si nos bañamos antes? 

 

GARRAFONERO 2. — Esa es la primera idea sensata que oigo. Yo primero... (Vierte el contenido de su garrafón en la cabeza del GARRAFONERO 1

 

GARRAFONERO 3. — No, ¿de quién fue la idea? Mía, ¿no? Pues entonces... Yo primero (A su vez, vierte el contenido de su garrafón [puede ser confeti] en la cabeza del GARRAFONERO 1

 

GARRAFONERO 1. — ¡Ah, sí... Pues yo también puedo ser primero (Vacía el contenido de su garrafón en la cabeza de los otros dos. Orlando y Ariosto se alejan subrepticiamente). 

 

LOS TRES GARRAFONEROS. —  Eh, bravo. Tú primero. Nooo, yo primero, no él primero, eh.  ¡Bravo! 

 

ARIOSTO. — Pero qué odiosos. 

 

ORLANDO. — Sí.  ¿Tú crees que los pequeñines se salven? 

 

Los GARRAFONEROS quedan una vez más congelados en posiciones muy grotescas. 

 

ARIOSTO. — (Juega con su bufanda) Se salvarán, no se salvarán... Es un asunto que ahora no me preocupa. 

 

ORLANDO. — ¿No? 

 

ARIOSTO. — Lo que me gustaría saber ahora, mi amado, mi muy querido Orlando, ya que no hay ningún inconveniente para ELLO... 

 

ORLANDO. — (Turbado) ¿Sí?? 

 

ARIOSTO. — Podrías, es decir, no tendrías inconveniente en darme, es decir, yo... (Decidido) ¡Podrías darme la receta de LAS PERAS DIVERSAS? 

 

OSCURO 

 

SE OYE UN AVIÓN ATERRIZAR 

 

Fin