Mono sapiens
(Standup/Monólogo)
Por GAVARRE BENJAMIN
© INDAUTOR
Cd. De México
© BENJAMÍN GAVARRE SILVA
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Mono sapiens
Dramatis Personae (Reparto)
En Español
- HUGO: Un académico de mediana edad, experto en humanidades y "aliado" deconstruido. Atrapado entre su intelecto superior y un instinto prehistórico que no puede controlar.
- SARA (Mencionada): Su esposa. Una mujer pragmática que ha sustituido la pasión por los cursos de Duolingo y las series de crímenes.
- LISANDRO (Mencionado): El vecino "Sibarita" y pasivo-agresivo.
- EL HUGONOTE: El alter ego de Hugo; su versión de la Edad de Piedra que toma el control en los momentos de estrés.
(ESCENA: Un mini escenario. Una cocina moderna, minimalista, de cuarzo blanco. HUGO entra a escena. Lleva puesto un arnés ergonómico de alta tecnología para sostener un biberón al pecho. En una mano tiene una esponja de cocina y en la otra un casco de motocicleta. Se detiene, mira al público con una mezcla de fatiga existencial y orgullo académico).
I. El Espécimen Sapiens cuántos.
HUGO: Mírenme bien. Observen este espécimen. Soy la culminación de milenios de evolución, el pináculo de la civilización occidental. Soy el "modelo sapiens, sapiens, sapiens… Plus". Ya no arrastro a nadie del cabello; ahora jalo el carrito del súper con una sola mano mientras con la otra respondo correos de la oficina sobre políticas de transversalidad de género… Ugh... Todo un trabalenguas.
[SLAPSTICK: El biberón del arnés se suelta un poco y empieza a gotear "leche" orgánica sobre sus zapatos. Hugo intenta taparlo con la esponja mientras sigue hablando sin perder la pose de intelectual].
Lavo los trastos, como ven… Y no solo los lavo, también… los seco. ¡Los separo por material! Sé qué fibra no raya el teflón y qué detergente tiene el pH neutro para no herir la sensibilidad del cristal. Sara duerme una merecida siesta, porque ella se encarga de la bebé por las noches, y yo le doy teta. Ja, bueno, le doy prótesis… He desarrollado una empatía tan profunda con Sara, que puedo detectar si está feliz o si se la lleva la chingada a tres habitaciones de distancia... todo por el simple sonido de cómo cierra la puerta, o no, del baño principal.
He llegado como Sapiens, sapiens, sapiens al elevado concepto de "Padre Total". Me compré este aparato. Una prótesis de silicona grado médico para que la bebé sienta el calor de mi pecho mientras se toma la fórmula orgánica de libre de hormonas, pesticidas y libre pastoreo. Estoy en la cumbre de la deconstrucción. El hombre que amamanta, la nueva masculinidad que se atreve a llorar por la tragedia de Buzz Lightyear, el que conoció la vulnerabilidad de un modo atroz, pero adquirió más fuerza. Al infinito… y ya saben, ja.
II. Los traseros rifan
HUGO: Pero el cerebro de reptil es traicionero. Se niega a desaparecer porque sabe que a veces es totalmente necesario, para correr, para pelear, para pedalear… ¿me explico? Para despertar en un marido que ya solo ve a su mujer como parte de la cocina, no necesitas terapia, necesitas que ella se agache a recoger un papel del suelo y que tú la observes, por detrás.
¡Pum! El ángulo de la pelvis, la arquitectura de la cadera... y el pequeño reptiliano se activa en el sótano de la conciencia. Y en un microsegundo, el tipo deja de pensar en el ahorro para el retiro y todo lo que quiere es pedalear, cazar al bisonte, anotar en segunda base y llegar a home.
Y para ser sinceros no es indispensable que sea el trasero de tu mujer… en estos casos de perturbación reptiliana cualquier trasero funciona, cualquiera, aunque nos cueste admitirlo. Ayer por ejemplo... ayer fue la prueba de fuego. El muchacho que limpia la piscina. Un tipo que es pura geometría griega, un David de Miguel Ángel con bermudas. Yo estaba ahí, con mi libro de semiótica de la mirada profunda, tratando de no mirar a nadie como si fuera un objeto...
[ACOTACIÓN: Hugo hace la mímica de estar leyendo con mucha seriedad, pero sus ojos, como si tuvieran vida propia, se desvían violentamente hacia abajo, siguiendo un movimiento imaginario de izquierda a derecha. Su cuello se tuerce de forma antinatural mientras su boca intenta seguir recitando frases de Semiótica].
Mi mente decía: 'Hugo, respeta su dignidad humana'. Pero mi reptil interno gritaba: '¡Mira esa curvatura lumbar! ¡Qué estabilidad para la recolección de frutos!'. Se convirtió en mi crush inesperado. Y de pronto... ¡Pum! El chico se voltea. Nuestras miradas se cruzan. Él sabe que yo sé que él sabe. ¿Y qué hace mi reptil? Saluda como todo un macho alfa impresentable.
(Hugo levanta el pulgar con una sonrisa maníaca y rígida): —"¡Eh... buen ángulo de ataque con ese cepillo, campeón! ¡Gran técnica de... de succión de hojas!". ¡De succión de hojas! ¡Por Dios! Él me mira como si yo fuera un psicópata de los arbustos y yo me meto corriendo a la casa a esconderme detrás de mi cafetera de cápsulas Nestlé
III. Guerra de Clanes (Los 5 Centímetros)
HUGO: Mi vecino, un SIBARITA que hace yoga y huele a sándalo... puso un poste cinco centímetros dentro de mi territorio. ¡Cinco centímetros! En la escala del universo no son nada, pero en mi cerebro primitivo son como si alguien se hubiera orinado en terreno sagrado. Me vi a las tres de la mañana con una cinta métrica y una pala, en calzones, gritando: "¡ESTE ES MI TERRITORIO, MALDITO SOLTERO DE LOS GATOS!".
Eran cinco centímetros adentro de mi cueva, señores. Y ahí es donde el reptiliano planeó su venganza silenciosa. ¿Qué hice? Estacioné mi auto exactamente frente a su cochera. No había necesidad. Había cincuenta metros de banqueta solitaria, un desierto de asfalto libre... "...Pero mi instinto me obligó a depositar mi 'HUELLA DISTINTIVA' ahí, bloqueando su salida. Porque el mono interior no entiende de urbanidad; entiende de marcas de territorio claras, de contundencia en el mensaje: Yo controlo este territorio."
Yo sabía que mi vecinito me estaba viendo. Podía sentir su odio vibrando detrás de las persianas. Pero Lisandro es tan "moderno", que no tuvo el valor de salir a enfrentarme… Pero fue a quejarse con mi mujer. El muy… ¡Se saltó la cadena de mando de la manada! Y ahí fue cuando mi dignidad se desplomó. Sara llegó, me agarró de la oreja frente al vecino y me regañó como si yo tuviera seis años:
[ACOTACIÓN: Hugo se auto-tira de la oreja hacia arriba, obligándose a ponerse de puntitas, cambiando su voz a una aguda y sumisa]:
—"¡Hugo, pero serás idiota! ¡Mueve el carro ahora mismo y pídele perdón a don Lisandro!".
Y ahí estaba yo... moviendo el auto con la cabeza gacha, mientras Lisandrito me miraba con una sonrisita de superioridad moral desde su jardín zen.
IV. Sara y el Fantasma de Duolingo
HUGO: (Se soba las nalgas con un gesto de dolor contenido) ¡Duele! Pero duele más el alma... Aguantamos 17 años, Sara y yo. Diecisiete años de decirnos “mi vida” y “amorcito”, como si estuviéramos en un comercial de seguros. Pero lo cotidiano es un asesino silencioso, un ninja que te corta el cuello con un hilo dental. El sexo ya no era fuego, era... un trámite administrativo. Como renovar la licencia de conducir: mucha fila, mucho papeleo y al final te dan un plástico frío que no se parece a ti.
¿Y ella? Mi mujer sapiens al cubo. Sara. No crean que era como la de Lo que el viento se llevó. Ella se dejó vencer por la gravedad. Se dejó ir... directo al sillón. Se le cayeron dos dientes y le valió madre; decía que así pasaba mejor el aire para pronunciar el francés en Duolingo. ¡Optimismo puro!
[ACOTACIÓN: Hugo imita a Sara sentada en el sillón, con la mirada perdida en el vacío y la boca entreabierta, haciendo un silbido extraño por el hueco de los dientes].
HUGO (como Sara): —"Voila Monsieur Troudeau... La pomme est rouge"... (Silbido). ¡Escucha ese acento, Hugo! “Voila la Place D’Italie”... “La pomme et la ponme de terre”…
Sabía decir "La manzana es roja" y “la papa” en ocho idiomas, pero se le olvidaba cómo decirme "Hoy tengo ganas de ti" en español. Yo intentaba seducirla, llegaba con mi mejor cara de "vikingo ardiente" y ella me miraba como si fuera un anuncio de YouTube que no puedes saltar. Se la pasaba viendo culebrones españoles, esos donde todos sufren por herencias y por el qué van a decir los condes y marqueses de la Laguna o de la Pera… Y yo, mientras pasaban sus tres mil cuatrocientos capítulos buscaba en Google cuánto costaba una moto... una Harley... algo que vibrara más que nuestro matrimonio.
V. El Héroe del Bolillo.
HUGO: El Hugo reptiliano es un tipo generoso: quiere salvar a cualquier hembra en desgracia... menos a la pobre Sara. Un día, el "Señor Increíble" que vive en mis glándulas suprarrenales vio cómo le robaban una bolsa de pan a una ancianita. ¡Mi momento! ¡El llamado del destino!
[ACOTACIÓN: Hugo intenta arrancar a correr con una pose heroica, pero al primer paso da un grito ahogado y se lleva la mano a la pompa. Cojea de forma exagerada, como un pingüino herido, pero sin dejar de "perseguir" al maleante con la mirada].
HUGO: ¡Agh! ¡Tenía la ciática inflamada", pero mi honor gritaba "justicia panadera"! Corrí tras el maleante como un guerrero espartano... o bueno, como un pato con ciática. Recuperé los dos bolillos en un forcejeo digno de Marvel y regresé con la bolsa de pan como quien trae la cabeza de un jabalí a la cueva. Por fuera era un semidiós, pero por dentro... mi nervio ciático estaba tocando la Novena con un cable de alta tensión.
Llegué con las piernas chuecas, caminando como un cangrejo con reumatismo. Saben cómo es el dolor de ciática: no caminas, te desplazas por inercia. Llevaba el torso erguido de guerrero, pero de la cintura para abajo parecía una caricatura mal dibujada. Mi pierna derecha se negaba a reconocer mi autoridad; iba por libre, rígida, haciendo un compás de 45 grados para evitar el chispazo en mis nalgas.
Y ahí estaba yo, con la pelvis descuadrada, el pecho de pavo real y un dolor que me subía por la columna como un rayo láser. Era la estampa perfecta de la decadencia humana: el corazón de Aquiles atrapado en el cuerpo de un profesor de filosofía con una hernia de disco. Sara me miró y no vio a un héroe... vio a un croissant mal hecho que estaba a un paso de perder un pedacito".
HUGO: Llegue triunfante, lastimado y chorreando sudor y dignidad. Y ahí estaba mi pobre Sara. Cargando dos bolsas de cinco kilos en cada mano, mirándome con una cara de: "¿Te arriesgaste por dos piezas de pan de dos centavos y me dejaste cargando los veinte kilos de naranjas? Ahorita que lleguemos te toca subir los tres garrafones de 20 litros por la escalera, mi querido Aquiles de banqueta".
VI. El Guerrero del Asfalto (Esparta en Insurgentes)
HUGO
(Se acomoda el arnés del biberón con violencia, como si se ajustara una pechera de cuero) ¡A veces el mono sapiens se vuelve un demente de verdad es en el asfalto! Ahí, mi auto no es un sedán a plazos; ¡es mi armadura, mi búnker, mi extensión de acero! El otro día, un infeliz me rozó el espejo lateral. ¿Qué hizo el "Hugo que se piensa sapiens"? ¡Se murió! ¡Lo asesinó Mr. Hyde!
Me bajé del coche hecho un demonio. "¡Infeliz! ¡Has profanado mi territorio móvil! ¡Esto es Esparta!". (Hugo intenta dar una patada al aire al estilo Los 300, pero el tirón en de un calambre le hace soltar un grito agudo de "¡Ayyyy!").
Y lo peor es que miro al asiento trasero donde están mis hijos... gritando con las venas del cuello saltadas: "¡Dale, papá, rómpele la crisma! ¡Pártele su mandarina en gajos!". Y me tuve que calmar para no dar mal ejemplo. El pobre del auto me miró como si yo estuviera trastornado, y la verdad no… bueno quizá un poquito. Pero así es el ciclo de la vida. Una parte de mí dice “abrazos no balazos” "paz y amor", pero mi cerebro del pleistoceno dice: ¡le voy a romper la madre a este pendejo!
Y Ahí estoy yo, pidiendo disculpas con una mano mientras con la otra trato de que mis hijos no se bajen a terminar el trabajo. Porque al final, trato de que mi violento homo sapiens se quede en el closet, pero siempre se me escapa, porque tiene ganas de comer bisonte... y bueno… mis hijos, pues, ellos ya traen el cuchillo entre los dientes.
VII. El Walmart y las “Tres Marías” cuerpo de uva.
HUGO: El mundo puede oler cuando estoy de malas y se aprovecha. En el Walmart, tres mujeres me empujaron con su carrito del súper. ¡Pum! En las meras nalgas. Me volteo y era una jauría de chaparritas cuerpo de uva pero muy culeras., avanzaron otros diez centímetros y ¡Pum!, otro encontronazo con mis pobres nalgas. ¡Me estaban arreando como a un buey de carga! ¡Y me odiaban gratis, lo juro, ni las vi feo ni nada!
Fui con el policía. —"Oficial, estas ciudadanas me están golpeando las nalgas sistemáticamente". ¿Saben qué hizo la ley? Me soltó un: —"¡Ay, caballero, no sea maricón! Camine más rápido y deje de estorbar". ¡Me quedé ahí, con mis nalgas machacadas y la armadura abollada! Toca aplicar el mantra: 'Ellas siempre ganan'... y respirar profundo.
Pero respirar profundo a veces no sirve de nada… Recuerdo aquella vez que, tras cerrárseme en la fila de la Gas, una joven señora me paró en seco cuando le fui a reclamar: '¿Tú por qué me hablas? ¿Quién te ha dado permiso?'. Y antes de que pudiera articular el insulto más adecuado, apareció un tipo... ese sí, ¡un Hugonote malvado de dos metros! amenazando con romperme la cara. Mi monito interno se volvió un cacahuate emocional y volví al auto con la cola entre las patas. Soy un león... pero un león de cartón en el jardín de niños.
VII.1 De la propiedad ajena
HUGO: (Al público, con tono de confidencia académica) Para quitarme el estigma del león de cartón, a veces tengo que sacar mi más competitivo homo seductor, ya saben. En ese instante, el manual del "Buen Sapiens" se borra y entramos en modo documental de NatGeo: lucha de machos en el Serengueti de las fiestas de Polanco.
HUGO: Estábamos ahí... yo y otro "reptil". Un tipejo gordito, con lentes de pasta y una camisa de lino... ¡a cuadros! Un error estético que debería ser delito federal. Vimos a la misma mujer. Una mujer inteligente, empoderada, de esas que huelen a éxito y a perfume caro. Nuestro cerebro hizo clic. Lo que siguió fue una coreografía de la estupidez humana.
[ACOTACIÓN: Hugo se desplaza a la izquierda, estira el brazo con una rigidez cómica y pone la mano sobre un hombro invisible].
HUGO: Yo me acerqué por la izquierda, muy "moderno", muy protector. Le puse la mano en el hombro. Un gesto que según mi software deconstruido decía: "estoy aquí para escucharte", pero que mi hardware primitivo gritaba: "¡PROPIEDAD PRIVADA! ¡Al que se acerque lo orino para marcar territorio!".
[ACOTACIÓN: Hugo da un salto rápido a la derecha, se encoge un poco imitando al rival y baja la mano hacia una cintura invisible].
HUGO: ¡Pero el otro no se quedó atrás! Se acercó por la derecha con agilidad de lagartija rellenita y le puso la mano en la cintura. ¡Un marcaje territorial de manual! Ahí estábamos los dos, congelados. Yo con la mano en el hombro, él con la mano en la cadera... dos primates de oficina intentando reclamar un terreno virgen. Parecíamos una instalación de arte fallida titulada: "Dos pendejos y una dama".
HUGO: ¿Y qué hizo ella? Se quedó quieta un segundo. Nos miró a los dos, de arriba abajo, con un desdén que habría extinguido a los dinosaurios por pura vergüenza. Se soltó de nuestros "anclajes" con un movimiento elegante y se fue a pedir un mezcal. Nosotros nos quedamos ahí, con las manos en el aire, rascando el vacío. Mi amigo el reptil y yo nos miramos, bajamos la pata... y nos fuimos a ahogar nuestras penas en alcohol.
VIII. El incidente con Edna M.)
HUGO: El otro día en mi trabajo diario, impartiendo una lección sobre Ética Nicomáquea, entra ella. Una profesora. Pequeñita, con lentes circulares, tipo Edna de Los Increíbles. ¡Entró y me dijo que yo hacía mucho ruido… Así, de plano y frente a mis alumnos!
Me quedé refunfuñando unos segundos, pero entonces, el Hugonote interno tomó los controles. Fui llevado por una fuerza de la naturaleza atávica al salón de al lado, abrí la puerta de una patada y le solté un rugido: —"¡A mí tú no me vas a venir a callar, pedazo de… nonada! ¡Yo controlo mi territorio!".
Silencio total. Los alumnos me miraban como si me estuviera saliendo una cola de cocodrilo y colmillos. Cinco minutos después, correo de Recursos Humanos: "O pides disculpas, profe Hugo, o recoges tu liquidación sin bono extra". Pedí discul…pas. Y ahí estaba yo, con la cara más larga del planeta, frente a la colega tamaño mini, ofreciendo la disculpa más falsa y cínica: —"Lamento mis formas, profesora... (y entre dientes dije) pero esto ya es una guerra declarada...". Edna … aceptó mis disculpas con sonrisita de victoria y yo, pues me fui del salón refunfuñando seguido de las ensordecedoras miradas de sus alumnos.
IX. Tres mujeres tres.
HUGO: ¡Ya tiempo después mi relación con las mujeres tuvo un giro dramático, o más bien cómico! ¡Ahí estaba yo! Como para salir en la foto de la prensa amarillista. O en los archivos de ya saben… Con el pelo pintado de negro azulado, en una fiesta swinger. Y esta estaba con tres mujeres. ¡TRES! (Enseña el tres con la mano) ¡TRES! Intentando recordar cómo funcionaba el delicioso, pero multiplicado por tres. Y los maridos... me miraban con una mezcla de piedad y alivio. Ellos estaban en un rincón, discutiendo apasionadamente sobre si la lasaña debe llevar pimienta y mucha mantequilla o poco o nada.
[ACOTACIÓN: Hugo intenta una pose de "James Bond deprimido", recargado contra una barra imaginaria, pero su ciática le da un tirón súbito. Se queda congelado en una posición ridícula: una mano en la zona lumbar y la otra intentando sostener una copa invisible].
Aquello no era un "intercambio de parejas", era una transferencia de deuda emocional. Los maridos me miraban como si yo fuera el camión de la basura que pasaba a recoger los desechos radiactivos de sus matrimonios. ¡El verdadero alfa no es el que tiene a tres mujeres, sino el que logra que otro pendejo se encargue de ellas para él poder hablar de lasaña vegetariana! Mi delicada hombría no se encogió por miedo, señores... ¡se encogió por que Ellas insistían en pecar y pues yo… le tenía tanto miedo a mi desempeño, que anulé del todo mi … Ya saben… O si quieren les digo más claro… Más claro, nunca se me levantó, ni tantito… y ni siquiera salió de donde quiera que se haya metido. ¡Ahora sé lo que se siente ser acosado!
X. El monito desnudo (Final).
HUGO: El mundo fue y será una porquería ya lo sé. (Se quita los lentes y una intensa mirada casi animal). Bueno, no… mi vida a veces es como un tango, pero sobre todo es como una telenovela en la que yo soy la víctima. Pero todo eso se acabó. Basta de tantos errores. Voy a sacar adelante mi verdadero ser… Mi mono interior. Las motos no me llenan, al demonio… Las fiestas de sexo no funcionan... A la b…asura… Es suficiente. ¡Yo ahora lo que quiero son tatuajes, tambores, danza con fogata! ¡Rugido de animal!
(La luz roja inunda el escenario. Empieza un tambor tribal profundo).
¡No más Duolingo! ¡No más limpiar la vajilla! ¡Basta de amamantar a los babys! Que lo haga ella como corresponde. ¡Debo liberar del closet a mi macho alfa tectónico! (Se arranca el arnés y lo lanza al lavavajillas). ¡Me voy a rapar! ¡Me voy a pintar la cara de rojo sangre! ¡Me voy a marcar las nalgas con rayas profundas color fuego! ¡Marcas lacerantes que digan: ESTA ES MI PIEL! ¡ESTE ES MI CLAN! ¡Y cualquier Lisandro que se acerque a mi barda sentirá mis garras en su tráquea! Soy Tigre, soy pantera, no se acerquen.
(Hugo se golpea el pecho. Se pone metal en las tetillas -mímica-).
¡No más hablar lindo! ¡Solo el ritmo del tambor de la tierra que me llama! ¡A rugir! ¡A RUGIR!
(Hugo entra en un trance total. Salta, gira, emite gritos guturales. Es un mono desnudo en una cocina de cuarzo).
¡Este es mi momento! ¡Acabo de nacer, maldita sea! ¡A rugir! ¡A marcar mi territorio! ¡¡¡El animal ha llegado!!!
(Rugido final. La luz roja se intensifica. El tambor se detiene en seco. OSCURIDAD TOTAL).