domingo, 4 de abril de 2021

El juguete rabioso Roberto Arlt

  El juguete rabioso




Roberto Arlt


 


Parte 1




 LOS LADRONES


 


Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura


bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto


a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en


la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.


Decoraban el frente del cuchitril las policromas carátulas de los


cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el Pirata y de Wenongo el


Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela nos deleitábamos


observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por el sol.


A veces entrábamos a comprarle medio paquete de cigarrillos Barrilete, y el


hombre renegaba de tener que dejar el banquillo para mercar con nosotros.


Era cargado de espaldas, carisumido y barbudo,y por añadidura algo cojo,


una cojera extraña, el pie redondo como el casco de una mula con el talón vuelto


hacia afuera.


Cada vez que le veía recordaba este proverbio, que mi madre acostumbraba


a decir: "Guárdate de los señalados de Dios."


Solía echar algunos parrafitos conmigo, y en tanto escogía un descalabrado


botín entre el revoltijo de hormas y rollos de cuero, me iniciaba con amarguras de


fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en las tierras de España,


o me hacía la apología de un parroquiano rumboso a quien lustraba el calzado y


que le favorecía con veinte centavos de propina.


Como era codicioso sonreía al evocar al cliente, y la sórdida sonrisa que no


acertaba a hincharle los carrillos arrugábale el labio sobre sus negruzcos dientes.


Cobróme simpatía a pesar de ser un cascarrabias y por algunos cinco


centavos de interés me alquilaba sus libracos adquiridos en largas suscripciones.


Así, entregándome la historia de la vida de Diego Corrientes, decía: —Ezte


chaval, hijo… ¡qué chaval!… era ma lindo que una rroza y lo mataron lo


miguelete…


Temblaba de inflexiones broncas la voz del menestral:


—Ma lindo que una rroza… zi er tené mala zombra…


Recapacitaba luego:


—Figúrate tú… daba ar pobre lo que quitaba al rico… tenía mujé en toos los


cortijos… si era ma lindo que una rroza…


En la mansarda, apestando con olores de engrudo y de cuero, su voz


despertaba un ensueño con montes reverdecidos. En las quebradas había zambras 


gitanas… todo un país montañero y rijoso aparecía ante mis ojos llamado por la


evocación.


—Si era ma lindo que una rroza —y el cojo desfogaba su tristeza


reblandeciendo la suela a martillazos encima de una plancha de hierro que apoyaba


en las rodillas.


Después, encogiéndose de hombros como si desechara una idea inoportuna,


escupía por el colmillo a un rincón, afilando con movimientos rápidos la lezna en


la piedra.


Más tarde agregaba:


—Verá tú qué parte ma linda cuando lleguez a doña Inezita y ar ventorro


der tío Pezuña —y observando que me llevaba el libro me gritaba a modo de


advertencia:


—Cuidarlo, niño, que dineroz cuesta —y tornando a sus menesteres inclinaba


la cabeza cubierta hasta las orejas de una gorra color ratón, hurgaba con los dedos


mugrientos de cola en una caja, y llenándose la boca de clavillos continuaba


haciendo con el martillo toc… toc… toc… toc…


Dicha literatura, que yo devoraba en las "entregas" numerosas, era la


historia de José María, el Rayo de Andalucía, o las aventuras de don Jaime el


Barbudo y otros perillanes más o menos auténticos y pintorescos en los cromos que


los representaban de esta forma:


Caballeros en potros estupendamente enjaezados, con renegridas chuletas en


el sonrosado rostro, cubierta la colilla torera por un cordobés de siete reflejos y


trabuco naranjero en el arzón. Por lo general ofrecían con magnánimo gesto una


bolsa amarilla de dinero a una viuda con un infante en los brazos, detenida al pie


de un altozano verde.


Entonces yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos;


enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas.


Necesitaba un camarada en las aventuras de la primera edad, y éste fue


Enrique Irzubeta.


Era el tal un pelafustán a quien siempre oí llamar por el edificante apodo


de el Falsificador.


He aquí cómo se establece una reputación y cómo el prestigio secunda al


principiante en el laudable arte de embaucar al profano.


Enrique tenía catorce años cuando engañó al fabricante de una fábrica de 


caramelos, lo que es una evidente prueba de que los dioses habían trazado cuál


sería en el futuro el destino del amigo Enrique. Pero como los dioses son arteros


de corazón, no me sorprende al escribir mis memorias enterarme de que Enrique


se hospeda en uno de esos hoteles que el Estado dispone para los audaces y bribones.


La verdad es ésta:


Cierto fabricante, para estimular la venta de sus productos, inició un


concurso con opción a premios destinados a aquellos que presentaran una colección


de banderas de las cuales se encontraba un ejemplar en la envoltura interior de


cada caramelo.


Estribaba la dificultad (dado que escaseaba sobremanera) hallar la


bandera de Nicaragua.


Estos certámenes absurdos, como se sabe, apasionan a los muchachos, que


cobijados por un interés común, computan todos los días el resultado de esos


trabajos y la marcha de sus pacientes indagaciones.


Entonces Enrique prometió a sus compañeros de barrio, ciertos aprendices de


una carpintería y los hijos del tambero, que él falsificaría la bandera de


Nicaragua siempre que uno de ellos se la facilitara.


El muchacho dudaba… vacilaba conociendo la reputación de Irzubeta, mas


Enrique magnánimamente ofreció en rehenes dos volúmenes de la Historia de


Francia, escrita por M. Guizot, para que no se pusiera en tela de juicio su


probidad.


Así quedó cerrado el trato en la vereda de la calle, una calle sin salida, con


faroles pintados de verde en las esquinas, con pocas casas y largas tapias de


ladrillo. En distantes bardales reposaba la celeste curva del cielo, y sólo entristecía


la calleja el monótono rumor de una sierra sinfín o el mugido de las vacas en el


tambo.


Más tarde supe que Enrique, usando tinta china y sangre, reprodujo la


bandera de Nicaragua tan hábilmente, que el original no se distinguía de la copia.


Días después Irzubeta lucía un flamante fusil de aire comprimido que


vendió a un ropavejero de la calle Reconquista. Esto sucedía por los tiempos en que


el esforzado Bonnot y el valerosísimo Valet aterrorizaban a París.


Yo ya había leído los cuarenta y tantos tomos que el vizconde de Ponson du


Terrail escribiera acerca del hijo adoptivo de mamá Fipart, el admirable


Rocambole, y aspiraba a ser un bandido de la alta escuela.


Bien: un día estival, en el sórdido almacén del barrio, conocí a Irzubeta.


La calurosa hora de la siesta pesaba en las calles, y yo sentado en una


barrica de yerba, discutía con Hipólito, que aprovechaba los sueños de su padre


para fabricar aeroplanos con armadura de bambú. Hipólito quería ser aviador,


"pero debía resolver antes el problema de la estabilidad espontánea". En otros


tiempos le preocupó la solución del movimiento continuo y solía consultarme acerca


del resultado posible de sus cavilaciones.


Hipólito, de codos en un periódico manchado de tocino, entre una fiambrera


con quesos y las varillas coloradas de "la caja", escuchaba atentísimamente mi


tesis:


—El mecanismo de un "reló" no sirve para la hélice. Ponele un motorcito


eléctrico y las pilas secas en el "fuselaje".


—Entonces, como los submarinos… .


—¿Qué submarinos? El único peligro está en que la corriente te queme el


motor, pero el aeroplano va a ir más sereno y antes de que se te descarguen las


pilas va a pasar un buen rato.


—Che, ¿y con la telegrafía sin hilos no puede marchar el motor? Vos


tendrías que estudiarte ese invento. ¿Sabés que sería lindo?


En aquel instante entró Enrique.


—Che, Hipólito, dice mamá si querés darme medio kilo de azúcar hasta más


tarde.


—No puedo, che; el viejo me dijo que hasta que no arreglen la libreta…


Enrique frunció ligeramente el ceño.


—¡Me extraña, Hipólito!…


Hipólito agregó, conciliador:


—Si por mi fuera, ya sabés… pero es el viejo, che —y señalándome,


satisfecho de poder desviar el tema de la conversación, agregó, dirigiéndose a


Enrique:


—Che, ¿no lo conocés a Silvio? Este es el del cañón.


El semblante de Irzubeta se iluminó deferente.


—Ah, ¿es usted? Lo felicito. El bostero del tambo me dijo que tiraba como


un Krupp…


En tanto hablaba, le observé.


Era alto y enjuto. Sobre la abombada frente, manchada de pecas, los 


lustrosos cabellos negros se ondulaban señorilmente. Tenía los ojos color de tabaco,


ligeramente oblicuos, y vestía traje marrón adaptado a su figura por manos pocos


hábiles en labores sastreriles.


Se apoyó en la pestaña del mostrador, posando la barba en la palma de la


mano. Parecía reflexionar.


Sonada aventura fue la de mi cañón y grato me es recordarla.


A ciertos peones de una compañía de electricidad les compré un tubo de


hierro y varias libras de plomo. Con esos elementos fabriqué lo que yo llamaba una


culebrina o "bombarda". Procedí de esta forma:


En un molde hexagonal de madera, tapizado interiormente de barro,


introduje el tubo de hierro. El espacio entre ambas caras interiores iba rellenado


de plomo fundido. Después de romper la envoltura, desbasté el bloque con una lima


gruesa, fijando al cañón por medio de sunchos de hojalata en una cureña fabricada


con las tablas más gruesas de un cajón de kerosene.


Mi culebrina era hermosa. Cargaba proyectiles de dos pulgadas de diámetro,


cuya carga colocaba en sacos de bramante llenos de pólvora


Acariciando mi pequeño monstruo, yo pensaba: "Este cañón puede matar,


este cañón puede destruir", y la convicción de haber creado un peligro obediente y


mortal me enajenaba de alegría.


Admirados lo examinaron los muchachos de la vecindad, y ello les evidenció


mi superioridad intelectual, que desde entonces prevaleció en las expediciones


organizadas para ir a robar fruta o descubrir tesoros enterrados en los despoblados


que estaban más allá del arroyo Maldonado en la parroquia de San José de Flores.


El día que ensayamos el cañón fue famoso. Entre un macizo de cina-cina que


había en un enorme potrero en la calle Avellaneda antes de llegar a San Eduardo,


hicimos el experimento. Un círculo de muchachos me rodeaba mientras yo,


ficticiamente enardecido, cargaba la culebrina por la boca.


Luego, para comprobar sus virtudes balísticas, dirigimos la puntería al


depósito de zinc que sobre la muralla de una carpintería próxima la abastecía de


agua.


Emocionado acerqué un fósforo a la mecha; una llamita oscura cabrilleteó


bajo el sol y de pronto un estampido terrible nos envolvió en una nauseabunda


neblina de humo blanco. Por un instante permanecimos alelados de maravilla: nos


parecía que en aquel momento habíamos descubierto un nuevo continente, o que por


magia nos encontrábamos convertidos en dueños de la tierra.


De pronto alguien gritó:


—¡Rajemos! ¡La cana! No hubo tiempo material para hacer una retirada


honrosa. Dos vigilantes a todo correr se acercaban, dudamos… y súbitamente a


grandes saltos huimos, abandonando la "bombarda" al enemigo.


Enrique terminó por decir:


—Che, si usted necesita datos científicos para sus cosas, yo tengo en casa


una colección de revistas que se llaman Alrededor del Mundo y se las puedo prestar.


Desde ese día hasta la noche del gran peligro, nuestra amistad fue


comparable a la de Orestes y Pílades.


¡Qué nuevo mundo pintoresco descubrí en la casa de la familia Irzubeta!


¡Gente memorable! Tres varones y dos hembras, y la casa regida por la madre, una


señora de color de sal con pimienta, de ojillos de pescado y larga nariz inquisidora,


y la abuela encorvada, sorda y negruzca como un árbol tostado por el fuego.


A excepción de un ausente, que era el oficial de policía, en aquella covacha


taciturna todos holgaban con vagancia dulce, con ocios que se paseaban de las


novelas de Dumas al reconfortante sueño de las siestas y al amable chismorreo del


atardecer.


Las inquietudes sobrevenían al comenzar el mes. Se trataba entonces de


disuadir a los acreedores, de engatusar a los "gallegos de mierda", de calmar el


coraje de la gente plebeya que sin tacto alguno vociferaba a la puerta cancel


reclamando el pago de las mercaderías, ingenuamente dadas a crédito.


El propietario de la covacha era un alsaciano gordo, llamado Grenuillet.


Reumático, setentón y neurasténico, terminó por acostumbrarse a la irregularidad


de los Irzubeta, que le pagaban los alquileres de vez en cuando. En otros tiempos


había tratado inútilmente de desalojarlos de la propiedad, pero los Irzubeta eran


parientes de jueces rancios y otras gentes de la misma calaña del partido


conservador, por cuya razón se sabían inamovibles.


El alsaciano acabó por resignarse a la espera de un nuevo régimen político


y la florida desvergüenza de aquellos bigardones llegaba al extremo de enviar a


Enrique a solicitar del propietario tarjetas de favor para entrar en el casino, donde


el hombre tenía un hijo que desempeñaba el cargo de portero.


¡Ah! Y qué sabrosísimos comentarios, qué cristianas reflexiones se podían


escuchar de las comadres que en conciliábulo en la carnicería del barrio,


comentaban piadosamente la existencia de sus vecinos.


Decía la madre de una niña feísima, refiréndose a uno de los jóvenes 


Irzubeta que en un arranque de rijosidad habíale mostrado sus partes pudendas


a la doncella:


—Vea, señora, que yo no lo agarre, porque va a ser peor que si le pisara un


tren.


Decía la madre de Hipólito, mujer gorda, de rostro blanquísimo, y siempre


embarazada, tomando de un brazo al carnicero:


—Le aconsejo, don Segundo, que no les fíe ni en broma. A nosotros nos tienen


metido un clavo que no le digo nada.


—Pierda cuidado, pierda cuidado —rezongaba austeramente el hombre


membrudo, esgrimiendo su enorme cuchilla en torno de un bofe.


¡Ah!, y eran muy joviales los Irzubeta. Dígalo si no, el panadero que tuvo


la audacia de indignarse por la morosidad de sus acreedores.


Reñía el tal a la puerta con una de las niñas, cuando quiso su mala suerte


que lo escuchara el oficial inspector, casualmente de visita en la casa.


Éste, acostumbrado a dirigir toda cuestión a puntapiés, irritado por la


insolencia que representaba el hecho de que el panadero quisiera cobrar lo que se


le debía, expulsólo a puñetazos de la puerta.


Esto no dejó de ser una saludable lección de crianza y muchos prefirieron no


cobrar. En fin, la vida encarada por aquella familia era más jocosa que un sainete


bufo.


Las doncellas, mayores de veintiséis años, y sin novio, se deleitaban en


Chateaubriand, languidecían en Lamartine y Cherbuliez. Esto les hacía abrigar la


convicción de que formaban parte de una "élite" intelectual, y por tal motivo


designaban a la gente pobre con el adjetivo de chusma.


Chusma llamaban al almacenero que pretendía cobrar sus habichuelas,


chusma a la tendera a quien habían sonsacado unos metros de puntillas, chusma


al carnicero que bramaba de coraje cuando por entre los postigos, a regañadientes,


se le gritaba que "el mes que viene sin falta se le pagaría".


Los tres hermanos, cabelludos y flacos, prez de vagos, durante el día


tomaban abundantes baños de sol y al oscurecer se trajeaban con el fin de ir a


granjear amoríos entre las perdularias del arrabal.


Las dos ancianas beatas y gruñidoras reñían a cada momento por bagatelas,


o sentadas en la sala vetusta con las hijas espiaban tras los visillos, entretejían


chismes; y como descendían de un oficial que militara en el ejército de Napoleón 


I, muchas veces en la penumbra que idealizaba sus semblantes exangües, las


escuché soñando en mitos imperialistas, evocando añejos resplandores de nobleza,


en tanto que en la solitaria acera el farolero con su pértiga coronada de una llama


violeta, encendía el farol verde del gas.


Como no disfrutaban de medios para mantener criada y como ninguna


sirvienta tampoco hubiera podido soportar los bríos faunescos de los tres golfos


cabelludos y los malos humores de las quisquillosas doncellas y los caprichos de las


brujas dentudas, Enrique era el correveidile necesario para el buen funcionamiento


de aquella coja máquina económica, y tan acostumbrado estaba a pedir a crédito,


que su descaro en ese sentido era inaudito y ejemplar. En su elogio puede decirse


que un bronce era más susceptible de vergüenza que su fino rostro.


Las dilatadas horas libres, Irzubeta las entretenía dibujando, habilidad


para la que no carecía de ingenio y delicadeza, lo que no deja de ser un buen


argumento para comprobar que siempre han existido pelafustanes con aptitudes


estéticas. Como yo no tenía nada que hacer, estaba frecuentemente en su casa, cosa


que no agradaba a las dignas ancianas, de quienes no se me daba un ardite.


De esta unión con Enrique, de las prolongadas conversaciones acerca de


bandidos y latrocinios, nos nació una singular predisposición para ejecutar


barrabasadas, y un deseo infinito de inmortalizarnos con el nombre de


delincuentes.


Decíame Enrique con motivo de una expulsión de "apaches" emigrados de


Francia a Buenos Aires, y que Soiza Reilly había reporteado, acompañando el


artículo de elocuentes fotografías:


—El presidente de la república tiene cuatro "apaches" que le cuidan las


espaldas.


Yo me reía.


—Dejate de macanear.


—Cierto, te digo, y son así —y abría los brazos como un crucificado para


darme una idea de la capacidad torácica de los facinerosos de marras.


No recuerdo por medio de qué sutilezas y sinrazones llegamos a convencernos


de que robar era acción meritoria y bella; pero sí sé que de mutuo acuerdo,


resolvimos organizar un club de ladrones, del que por el momento nosotros solos


éramos afiliados.


Más adelante veríamos… Y para iniciarnos dignamente decidimos comenzar


nuestra carrera desvalijando las casas deshabitadas. Esto sucedía así:


Después de almorzar, a la hora en que las calles están desiertas,


discretamente trajeados salíamos a recorrer las calles de Flores o Caballito.


Nuestras herramientas de trabajo eran:


Una pequeña llave inglesa, un destornillador y algunos periódicos para


empaquetar lo hurtado.


Donde un cartel anunciaba una propiedad en alquiler, nos dirigíamos a


solicitar referencias; compuestos los modales y compungido el rostro. Parecíamos


los monaguillos de Caco.


Una vez que nos habían facilitado las llaves, con objeto de conocer las


condiciones de habitabilidad de las casas en alquiler, salíamos presurosamente.


Aún no he olvidado la alegría que experimentaba al abrir las puertas.


Entrábamos violentamente; ávidos de botín recorríamos las habitaciones tasando de


rápidas miradas la calidad de lo robable.


Si había instalación de luz eléctrica, arrancábamos los cables,


portalámparas y timbres, las lámparas y los conmutadores, las arañas, las tulipas


y las pilas; del cuarto de baño, por ser niqueladas, las canillas y las de la pileta


por ser de bronce, y no nos llevábamos puertas o ventanas para no convertirnos en


mozos de cordel.


Trabajábamos instigados de cierta jovialidad dolorosa, un nudo de ansiedad


detenido en la garganta, y con la presteza de los transformistas en las tablas,


riéndonos sin motivo, temblando por nada.


Los cables colgaban en pingajos de los plafones desconchados por la


brusquedad del esfuerzo; trozos de yeso y argamasa manchaban los pisos


polvorientos; en la cocina los caños de plomo deshilachaban un interminable


reguero de agua, y en pocos segundos teníamos la habilidad de disponer la vivienda


para una costosa reparación.


Después Irzubeta o yo entregábamos las llaves y con rápidos pasos


desaparecíamos.


El lugar del reencuentro era siempre la trastienda de un plomero, cierto


cromo de Cacaseno con cara de luna, crecido en años, vientre y cuernos, porque


sabíase que toleraba con paciencia franciscana las infidelidades de su esposa.


Cuando indirectamente se le hacía reconocer su condición, él replicaba con


mansedumbre pascual que su esposa padecía de los nervios, y ante argumentos de


tal solidez científica, no cabía sino el silencio.


Sin embargo, para sus intereses era un águila.


El patizambo revisaba meticulosamente nuestro hatillo, sopesaba los cables,


probaba las lámparas con objeto de verificar si estaban quemados los filamentos,


oliscaba las canillas y con paciencia desesperante calculaba y descalculaba, hasta


terminar por ofrecernos la décima parte de lo que valía lo robado a precio de costo.


Si discutíamos o nos indignábamos, el buen hombre levantaba las pupilas


bovinas, su cara redonda sonreía con sacarronería, y sin dejarnos replicar,


dándonos festivas palmaditas en las espaldas, nos ponía en la puerta de la calle con


la mayor gracia del mundo y el dinero en la palma de la mano.


Pero no se vaya a creer que circunscribíamos nuestras hazañas sólo a las


casas desalquiladas.


¡Quiénes como nosotros para el ejercicio de la garra! Avizorábamos


continuamente las cosas ajenas. En las manos teníamos una prontitud fabulosa, en


la pupila la presteza de ave de rapiña. Sin apresurarnos y con la rapidez con que


cae un gerifalte sobre cándida paloma, caíamos nosotros sobre lo que no nos


pertenecía.


Si entrábamos en un café y en una mesa había un cubierto olvidado o una


azucarera y el camarero se distraía, hurtábamos ambas; y ya en los mostradores


de cocina o en cualquier otro recoveco, encontrábamos lo que creíamos necesario


para nuestro común beneficio.


No perdonábamos taza ni plato, cuchillos ni bolas de billar, y bien claro


recuerdo que una noche de lluvia, en un café muy concurrido, Enrique se llevó


bonitamente un gabán y otra noche yo un bastón con puño de oro.


Nuestros ojos giraban como bolas y se abrían como platos investigando su


provecho, y en cuanto distinguíamos lo apetecido, allí estábamos sonrientes,


despreocupados y dicharacheros, los dedos prontos y la mirada bien escudriñadora,


para no dar golpe en falso como rateros de tres al cuarto.


En los comercios ejercitábamos también esta limpia habilidad, y era de ver


y no creer como engatusábamos a los mozuelos que atienden el mostrador en tanto


que el amo duerme la siesta.


Con un pretexto u otro, Enrique llevaba el muchacho a la vidriera de la calle,


para que le cotizara precio de ciertos artículos, y si no había gente en el despacho


yo prontamente abría una vitrina y me llenaba los bolsillos de cajas de lápices,


tinteros artísticos, y sólo una vez pudimos sangrar de su dinero a un cajón sin


timbre de alarma, y otra vez en una armería llevamos un cartón con una docena


de cortaplumas de acero dorado y cabo de nácar.


Cuando durante el día no habíamos podido hacernos con nada, estábamos


cariacontecidos, tristes de nuestra torpeza, desengañados de nuestro porvenir.


Entonces rondábamos malhumorados, hasta que se ofrecía algo en que


desquitarnos.


Mas cuando el negocio estaba en auge y las monedas eran reemplazadas por


los sabrosos pesos, esperábamos a una tarde de lluvia y salíamos en automóvil. ¡Qué


voluptuosidad entonces recorrer entre cortinas de agua las calles de la ciudad! Nos


repantigábamos en los almohadones mullidos, encendíamos un cigarrillo, dejando


atrás las gentes apuradas bajo la lluvia, nos imaginábamos que vivíamos en París,


o en la brumosa Londres. Soñábamos en silencio, la sonrisa posada en el labio


condescendiente.


Después, en una confitería lujosa, tomábamos chocolate con vainilla, y


saciados regresábamos en el tren de la tarde, duplicadas las energías por la


satisfacción del goce proporcionado al cuerpo voluptuoso, por el dinamismo de todo


lo circundante que con sus rumores de hierro gritaba en nuestras orejas:


"¡Adelante, adelante!"


Decía yo a Enrique cierto día:


—Tenemos que formar una verdadera sociedad de muchachos inteligentes.


—La dificultad está en que pocos se nos parecen —argüía Enrique.


—Sí, tenés razón; pero no han de faltar.


Pocas semanas después de hablado esto, por diligencia de Enrique, se asoció


a nosotros cierto Lucio, un majadero pequeño de cuerpo y lívido de tanto


masturbarse, todo esto junto a una cara tan de sinvergüenza que movía a risa


cuando se le miraba. Vivía bajo la tutela de unas tías ancianas y devotas que en


muy poco o en nada se ocupaban de él.


Este badulaque tenía una ocupación favorita orgánica, y era comunicar las


cosas más vulgares adoptando precauciones como si se tratara de tremebundos


secretos. Esto lo hacía mirando de través y moviendo los brazos a semejanza de


ciertos artistas de cinematógrafo que actúan de granujas en barrios de murallas


grises.


—De poco nos servirá este energúmeno —dije a Enrique; mas como aportaba


el entusiasmo del neófito a la reciente cofradía, su decisión entusiasta, ratificada


por un gesto rocambolesco, nos esperanzó.


Como es de rigor no podíamos carecer de local donde reunirnos y le 


denominamos, a propuesta de Lucio, que fue aceptada unánimemente, el Club de


los Caballeros de la Media Noche.


Dicho club estaba en los fondos de la casa de Enrique, frente a una letrineja


de muros negruzcos y revoques desconchados, y consistía en una estrecha pieza de


madera polvorienta, de cuyo techo de tablas pendían largas telas de araña.


Arrojados por los rincones había montones de títeres inválidos


y despintados, herencia de un titiritero fracasado amigo de los Irzubeta,


cajas diversas con soldados de plomo atrozmente mutilados, hediondos bultos de


ropa sucia y cajones atiborrados de revistas viejas y periódicos.


La puerta del cuchitril se abría a un patio oscuro de ladrillos


resquebrajados, que en los días lluviosos rezumaban fango.


—¿No hay nadie, che?


Enrique cerró el enclenque postigo por cuyos vidrios rotos se veían grandes


rulos de nubes de estaño.


—Están adentro charlando.


Nos ubicamos lo más buenamente posible. Lucio ofreció cigarrillos egipcios,


formidable novedad para nosotros, y con donaire encendió la cerilla en la suela de


sus zapatos. Dijo después:


—Vamos a leer el "Diario de sesiones".


Para que nada faltara en el susodicho club, había también un "Diario de


sesiones" en el que se consignaban los proyectos de los asociados, y también un sello,


un sello rectangular que Enrique fabricó con un corcho y en el que se podía


apreciar el emocionante espectáculo de un corazón perforado por tres puñales.


Dicho diario se llevaba por turno, el final de cada acta era firmado, y cada


rúbrica llevaba su sello correspondiente.


Allí podían leerse cosas como las que siguen:


Propuesta de Lucio. Para robar en el futuro sin necesidad de ganzúa, es


conveniente sacar en cera virgen los modelos de las llaves de todas las casas que se


visiten.


Propuesta de Enrique. También se hará un plano de la casa de donde se


saque prueba de llaves.


Dichos planos se archivarán con los documentos secretos de la orden y


tendrán que mencionar todas las particularidades del edificio para mayor


comodidad del que tenga que operar.


Acuerdo general de la orden. Se nombra dibujante y falsificador del club al


socio Enrique.


Propuesta de Silvio. Para introducir nitroglicerina en un presidio, tómese


un huevo, sáquese la clara y la yema y por medio de una jeringa se le inyecta el


explosivo.


Si los ácidos de la nitroglicerina destruyen la cáscara del huevo, fabríquese


con algodón pólvora una camiseta. Nadie sospechará que la inofensiva camiseta es


una carga explosiva.


Propuesta de Enrique. El club debe contar con una biblioteca de obras


científicas para que sus cofrades puedan robar y matar de acuerdo a los más


modernos procedimientos industriales. Además, después de pertenecer tres meses al


club, cada socio está obligado a tener una pistola Browning, guantes de goma y


100 gramos de cloroformo. El químico oficial del club será el socio Silvio.


Propuesta de Lucio. Todas las balas deberán estar envenenadas con ácido


prúsico y se probará su poder tóxico cortándose de un tiro la cola a un perro. El


perro tiene que morir a los diez minutos.


—Che, Silvio.


—¿Qué hay? —dijo Enrique.


—Pensaba una cosa. Habría que organizar clubes en todos los pueblos de la


república.


—No, lo principal —interrumpí yo— está en ponernos prácticos para actuar


mañana. No importa ahora ocuparnos de macanitas.


Lucio acercó un bulto de ropa sucia que le servía de otomana. Proseguí:


—El aprendizaje de ratero tiene esta ventaja: darle sangre fría a uno, que


es lo más necesario para el oficio. Además, la práctica del peligro contribuye a


formarnos hábitos de prudencia.


Dijo Enrique:


—Dejémonos de retóricas y vamos a tratar un caso interesante. Aquí, en el


fondo de la carnicería (la pared de la casa de Irzubeta era medianera respecto a


dicho fondo) hay un gringo que todas las noches guarda el auto y se va a dormir


a una piecita que alquila en un caserón de la calle Zamudio.


¿Qué te parece, Silvio, que le evaporemos el magneto y la bocina?


—¿Sabés que es grave?


—No hay peligro, che. Saltamos por la tapia. El carnicero duerme como una


piedra. Eso sí, hay que ponerse guantes.


—¿Y el perro?


—¿Y para qué lo conozco yo al perro?


—Me parece que se va a armar una bronca.


—¿Qué te parece, Silvio?


—Pero date cuenta que sacamos más de cien mangos por el magneto.


—El negocio es lindo, pero vidrioso.


—¿Te decidís vos, Lucio?


—¿La prensa?… y claro.., me pongo los pantalones viejos, no se me rompa


el "jetra"…


—¿Y vos, Silvio?


—Yo rajo en cuanto la vieja duerma.


—¿Y a qué hora nos encontramos?


—Mirá, che, Enrique. El negocio no me gusta.


—¿Por qué?


—No me gusta. Van a sospechar de nosotros. Los fondos… El perro que no


ladra… si a mano viene dejamos rastros… no me gusta. Ya sabés que no le hago


ascos a nada, pero no me gusta. Es demasiado cerca y la "yuta" tiene olfato.


—Entonces no se hace.


Sonreímos como si acabáramos de sortear un peligro.


Así vivíamos días de sin par emoción, gozando el dinero de los latrocinios,


aquel dinero que tenía para nosotros un valor especial y hasta parecía hablarnos


con expresivo lenguaje.


Los billetes de banco parecían más significativos con sus imágenes


coloreadas, las monedas de níquel tintineaban alegremente en las manos que


jugaban con ellas juegos malabares. Sí, el dinero adquirido a fuerza de trapacerías


se nos fingía mucho más valioso y sutil, impresionaba en una representación de


valor máximo, parecía que susurraba en las orejas un elogio sonriente y una


picardía incitante. No era el dinero vil y odioso que se abomina porque hay que


ganarlo con trabajos penosos, sino dinero agilísimo, una esfera de plata con dos


piernas de gnomo y barba de enano, un dinero truhanesco y bailarín, cuyo aroma 


como el vino generoso arrastraba a divinas francachelas.


Nuestras pupilas estaban limpias de inquietud, osaría decir que nos


nimbaba la frente un halo de soberbia y audacia. Soberbia de saber que al conocer


nuestras acciones hubiéramos sido conducidos ante un juez de instrucción.


Sentados en torno de la mesa de un café, a veces departíamos:


—¿Qué harías vos ante el juez del crimen?


—Yo —respondía Enrique— le hablaría de Darwin y de Le Dantec (Enrique


era ateo).


—¿Y vos, Silvio?


—Negar siempre, aunque me cortaran el pescuezo.


—¿Y la goma?


Nos mirábamos espantados. Teníamos horror de la "goma", ese bastón que no


deja señal visible en la carne; el bastón de goma con que se castiga el cuerpo de los


ladrones en el Departamento de Policía cuando son tardíos en confesar su delito.


Con ira mal reprimida, respondí: A mí no me cachan. Antes matar.


Cuando pronunciábamos esta palabra los nervios del rostro distendíanse, los


ojos permanecían inmóviles, fijos en una ilusoria hecatombe distante, y las


ventanillas de la nariz se dilataban aspirando el olor de la pólvora y de la sangre.


—Por eso hay que envenenar las balas —repuso Lucio.


—Y fabricar bombas —continué—. Nada de lástima. Hay que reventarlos,


aterrorizar a la cana. En cuanto estén descuidados, balas… A los jueces, mandarles


bombas por correo…


Así conversábamos en torno de la mesa del café, sombríos y gozosos de


nuestra impunidad ante la gente, ante la gente que no sabía que éramos ladrones,


y un espanto delicioso nos apretaba el corazón al pensar con qué ojos nos mirarían


las nuevas doncellas que pasaban, si supieran que nosotros, tan atildados y jóvenes,


éramos ladrones… ¡Ladrones!…


Próximamente a las doce de la noche me reuní en un café con Enrique y


Lucio a ultimar los detalles de un robo que pensábamos efectuar.


Escogiendo el rincón más solitario, ocupamos una mesa junto a una vidriera.


Menuda lluvia picoteaba el cristal en tanto la orquesta desgarraba la


postrera brama de un tango carcelario.


—¿Estás seguro, Lucio, de que los porteros no están?


—Segurísimo. Ahora hay vacaciones y cada uno tira por su lado.


Tratábamos nada menos que de despojar la biblioteca de una escuela.


Enrique, pensativo, apoyó la mejilla en una mano. La visera de la gorra le


sombreaba los ojos.


Yo estaba inquieto.


Lucio miraba en torno con la satisfacción de un hombre para quien la vida


es amable. Para convencerme de que no existía ningún peligro, frunció los


superciliares y confidencialmente me comunicó por décima vez:


—Yo sé el camino. ¿Qué te preocupás? No hay más que saltar la verja que


da a la calle y al patio.


Los porteros duermen en una sala separada del tercer piso. La biblioteca


está en el segundo y al lado opuesto.


—El asunto es fácil, eso es de cajón —dijo Enrique—, el negocio sería bonito


si uno pudiera llevarse el Diccionario enciclopédico.


—¿Y en qué llevamos veintiocho tomos? Estás loco vos.., a menos que llames


a un carro de mudanzas.


Pasaron algunos coches con la capota desplegada y la alta claridad de los


arcos voltaicos, cayendo sobre los árboles, proyectaba en el afirmado largas


manchas temblorosas. El mozo nos sirvió café.


Continuaban desocupadas las mesas en redor, los músicos charlaban en el


palco, y del salón de billares llegaba el ruido de tacos con que algunos entusiastas


aplaudían una carambola complicadísima.


—¿Vamos a jugar un tute arrastrado?


—Dejate de tute, hombre.


—Parece que llueve.


—Mejor —dijo Enrique—. Estas noches agradaban a Montparnasse y a


Tenardhier. Tenardhier decía: "Más hizo Juan Jacobo Rousseau." Era un ranún el


Tenardhier ése, y esa parte del caló es formidable.


—¿Llueve todavía?


Volví los ojos a la plazoleta.


El agua caía oblicuamente, y entre dos hileras de árboles el viento la


ondulaba en un cortinado gris.


Mirando el verdor de los ramojos y follajes iluminados por la claridad de


plata de los arcos voltaicos, sentí, tuve una visión en parques estremecidos en una


noche de verano, por el rumor de las fiestas plebeyas y de los cohetes rojos


reventando en lo azul. Esa evocación inconsciente me entristeció.


De aquella última noche azarosa conservo lúcida memoria.


Los músicos desgarraron una pieza que en la pizarra tenía el nombre de


"Kiss-me"


En el ambiente vulgar, la melodía onduló el ritmo trágico y lejano. Diría que


era la voz de un coro de emigrantes pobres en la sentina de una trasatlántico


mientras el sol se hundía en las pesadas aguas verdes.


Recuerdo cómo me llamó la atención el perfil de un violinista de cabeza


socrática y calva resplandeciente. En su nariz cabalgaban anteojos de cristales


ahumados y se reconocía el esfuerzo de aquellos ojos cubiertos, por la forzada


inclinación del cuello sobre el atril.


Lucio me preguntó:


—¿Seguís con Eleonora?


—No, ya cortamos. No quiere ser más mi novia.


—¿Por qué?


—Porque sí.


La imagen adunada al langor de los violines me penetró con violencia. Era


un llamado de mi otra voz, a la mirada de su rostro sereno y dulce. ¡Oh!, cuánto


me había extasiado de pena su sonrisa ahora distante, y desde la mesa, con


palabras de espíritu le hablé de esta manera, mientras gozaba una amargura más


sabrosa que una voluptuosidad.


¡Ah!, si yo hubiera podido decirte lo que te quería, así con la música del


'Kiss-me'… disuadirte con este llanto… entonces quizá… pero ella me ha querido


también… ¿no es verdad que me quisiste, Eleonora?"


—Dejó de llover… Salgamos.


—Vamos.


Enrique arrojó unas monedas en la mesa. Me preguntó:


—¿Tenés el revólver?


—Sí.


—¿No fallará?


—El otro día lo probé. La bala atravesó dos tablones de albañil.


Irzubeta agregó:


—Si va bien en ésta me compro una Browning; pero por las dudas traje un


puño de fierro.


—¿Está despuntado?


—No, tiene cada púa que da miedo.


Un agente de policía cruzó el herbero de la plaza hacia nosotros.


Lucio exclamó en voz alta, lo suficiente para ser escuchado del polizonte:


—¡Es que el profesor de geografía me tiene rabia, che, me tiene rabia!


Cruzada la diagonal de la plazoleta, nos encontramos frente a la muralla de la


escuela, y allí notamos que comenzaba a llover otra vez.


Rodeaba el edificio esquinero una hilera de copudos plátanos, que hacía


densísima la obscuridad en el triángulo. La lluvia musicalizaba un ruido singular


en el follaje.


Alta verja mostraba sus dientes agudos uniendo los dos cuerpos de edificio,


elevados y sombríos.


Caminando lentamente escudriñábamos en la sombra; después sin


pronunciar palabra trepé por los barrotes, introduje un pie en el aro que


eslabonaba cada dos lanzas, y de un salto me precipité al patio, permaneciendo


algunos segundos en la posición de caído, esto es, en cuclillas, inmóviles los ojos,


tocando con las yemas de los dedos las baldosas mojadas.


—No hay nadie, che —susurró Enrique, que acababa de seguirme.


—Parece que no, ¿pero qué hace Lucio que no baja? En las piedras de la calle


escuchamos el choque acompasado de herraduras, después se oyó otro caballo al


paso, y en las tinieblas el ruido fue decreciendo.


Sobre las lanzas de hierro, Lucio asomó la cabeza. Apoyó el pie en un


travesaño y se dejo caer con tal sutileza que en el mosaico apenas crujió la suela


de su calzado.


—¿Quién pasó, che?


—Un oficial inspector y un vigilante. Yo me hice el que esperaba el "bondi".


—Pongámonos los guantes, che.


—Cierto, con la emoción se me olvidaba.


—Y ahora, ¿a dónde se va? Esto es más oscuro que…


—Por aquí…


Lucio ofició de guía, yo desenfundé el revólver y los tres nos dirigimos hacia


el patio cubierto por la terraza del segundo piso.


En la oscuridad se distinguía inciertamente una columnata.


Súbitamente me estremeció la conciencia de una supremacía tal sobre mis


semejantes, que estrujando fraternalmente el brazo de Enrique, dije:


—Vamos muy despacio —e imprudentemente, abandoné el paso mesurado,


haciendo resonar el taco de mis botines.


En el perímetro del edificio, los pasos repercutieron multiplicados.


La certeza de una impunidad absoluta contagió de optimista firmeza a mis


camaradas, y reímos con tan estridentes carcajadas, que desde la calle oscura nos


ladró tres veces un perro errante.


Jubilosos de abochornar el peligro a bofetadas de coraje, hubiéramos querido


secundarlo con la claridad de una fanfarria y la estrepitosa alegría de un pandero,


despertar a los hombres, para demostrar qué regocijo nos engrandece las almas


cuando quebrantamos la ley y entramos sonriendo en el pecado.


Lucio, que marchaba encabezándonos, se volvió:


—Hago moción para asaltar el Banco de la Nación dentro de algunos días.


—Vos, Silvio, abrís las cajas con tu sistema de arco voltaico.


—Bonnot desde el infierno debe aplaudirnos —dijo Enrique.


—Vivan los apaches Lacombe y Valet —exclamé.


—Eureka —gritó Lucio.


—¿Qué te pasa?


El mancebo respondió:


—Ya está… ¿no te decía Lucio? Si tienen que levantarte una estatua… ya


está, ¿saben lo que es?


Nos agrupamos en torno de él.


—¿Se fijaron? ¿Te fijaste vos, Enrique, en la joyería que está al lado del


Cine Electra?… En serio, che; no te rías. La letrina del cine no tiene techo… me


acuerdo lo más bien; de allí podríamos subir a los techos de la joyería. Se sacan


unas entradas a la noche y antes de que termine la función uno se escurre. Por el 


agujero de la llave se inyecta cloroformo con una pera de goma.


—Cierto, ¿sabés, Lucio, que será un golpe magnífico?… y quién va a


sospechar de unos muchachos. El proyecto hay que estudiarlo.


Encendí un cigarrillo, y al resplandor de la ceriila descubrí una escalera de


mármol.


Nos lanzamos escalera arriba.


Llegando al pasadizo, Lucio con su linterna eléctrica iluminó el lugar, un


paralelogramo restringido, prolongado a un costado por oscuro pasillo. Clavado al


marco de madera de la puerta, había una chapa esmaltada cuyos caracteres


rezaban: "Biblioteca".


Nos aproximamos a reconocerla. Era antigua y sus altas hojas, pintadas de


verde, dejaban el intersticio de una pulgada entre los zócalos y el pavimento.


Por medio de una palanca se podía hacer saltar la cerradura de sus


tornillos.


—Vamos primero a la terraza —dijo Enrique—. Las cornisas están llenas de


lámparas eléctricas.


En el corredor encontramos una puerta que conducía a la terraza del


segundo piso. Salimos. El agua chasqueaba en los mosaicos del patio, y junto a un


alto muro alquitranado, el vívido resplandor de un relámpago descubrió una garita


de madera, cuya puerta de tablas permanecía entreabierta.


A momentos la súbita claridad de un rayo descubría un lejano cielo violeta


desnivelado de campanarios y techados. El alto muro alquitranado recortaba


siniestramente, con su catadura carcelaria, lienzos de horizonte.


Penetramos a la garita. Lucio encendió otra vez su linterna.


En los rincones del cuartujo estaban amontonadas bolsas de aserrín, trapos


de fregado, cepillos y escobas nuevas. El centro lo ocupaba una voluminosa cesta de


mimbre.


—¿Qué habrá ahí dentro? —Lucio levantó la tapa.


—Bombas.


—¿A ver?


Codiciosos nos inclinamos hacia la rueda luminosa que proyectaba la


linterna. Entre el aserrín brillaban cristalinas esfericidades de lámparas de


filamento.


—¿No estarán quemadas?


—No, las habrían tirado —mas, para convencernos, diligente examiné los


filamentos en su geometría. Estaban intactos.


Ávidamente robábamos en silencio, llenando los bolsillos, y no pareciéndonos


suficiente cogimos una bolsa de tela que también llenamos de lámparas. Lucio,


para evitar que tintinearan, cubrió los intersticios de aserrín.


En el vientre de Irzubeta el pantalón marcaba una protuberancia enorme.


Tantas lámparas había ocultado allí.


—Miralo a Enrique, está preñado.


La chuscada nos hizo sonreír.


Prudentemente nos retiramos. Como lejanas campanillitas sonaban las


peras de cristal.


Al detenernos frente a la biblioteca, Enrique invitó:


—Mejor que entremos a buscar libros.


—¿Y con qué abrimos la puerta?


—Yo vi una barra de fierro en la piecita.


—¿Sabés qué hacemos? Las lámparas las empaquetamos, y como la casa de


Lucio es la que está más cerca, puede llevárselas.


El granuja barbotó:


—¡Mierda! Yo solo no salgo… no quiero ir a dormir a la leonera.


¡La pecadora traza del granuja! Habíasele saltado el botón del cuello, y su


corbata verde se mantenía a medias sobre la camisa de pechera desgarrada. Añadid


a esto una gorra con la visera sobre la nuca, la cara sucia y pálida, los puños de


la camisa desdoblados en torno de los guantes, y tendréis la desfachatada estampa


de ese festivo masturbador injertado en un conato de reventador de pisos.


Enrique, que terminaba de alinear sus lámparas, fue a buscar la barra de


hierro.


Lucio rezongó:


—Qué rana es Enrique, ¿no te parece?, largarme de carnada a mí solo.


—No macaniés. De aquí a tu casa hay sólo tres cuadras. Bien podías ir y


venir en cinco minutos.


—No me gusta.


—Ya sé que no te gusta… no es ninguna novedad que sos puro aspamento.


—¿Y si me encuentra un cana?


—Rajá; ¿para qué tenés piernas?


Sacudiéndose como un perro de aguas, entró Enrique.


—¿Y ahora?


—Dame, vas a ver.


Envolví el extremo de la palanca en un pañuelo, introduciéndola en el


resquicio, mas reparé que en vez de presionar hacia el suelo debía hacerlo en


dirección contraria.


Crujió la puerta y me detuve.


—Apretá un poco más —chistó Enrique.


Aumentó la presión y renovóse el alarmante chirrido.


—Dejame a mí.


El empuje de Enrique fue tan enérgico, que el primitivo rechinamiento


estalló en un estampido seco.


Enrique se detuvo y permanecimos inmóviles… , alelados.


—¡Qué bárbaro! —protestó Lucio.


Podíamos escuchar nuestras anhelantes respiraciones. Lucio


involuntariamente apagó la linterna y esto, aunado al espanto primero, nos detuvo


en la posición de acecho, sin el atrevimiento de un gesto, con las manos temblorosas


y extendidas.


Los ojos taladraban esa oscuridad; parecían escuchar, recoger los sonidos


insignificantes y postreros. Aguda hiperestesia parecía dilatarnos los oídos y


permanecíamos como estatuas, entreabiertos los labios en la expectativa.


—¿Qué hacemos? —murmuró Lucio.


El miedo se quebrantó.


No sé qué inspiración me impulsó a decir a Lucio:


—Tomá el revólver y andate a vigilar la entrada de la escalera, pero abajo.


Nosotros vamos a trabajar.


—¿Y las bombas quién las envuelve?


—¿Ahora te interesan las bombas?… Andá, no te preocupés.


Y el gentil perdulario desapareció después de arrojar al aire el revólver y


recogerlo en su vuelo con un cinematográfico gesto de apache.


Enrique abrió cautelosamente la puerta de la biblioteca.


Se pobló la atmósfera de olor a papel viejo, y a la luz de la linterna vimos


huir una araña por el piso encerado.


Altas estanterías barnizadas de rojo tocaban el cielo raso, y la cónica rueda


de luz se movía en las oscuras librerías, iluminando estantes cargados de libros.


Majestuosas vitrinas añadían un decoro severo a lo sombrío, y tras de los


cristales, en los lomos de cuero, de tela y de pasta, relucían las guardas arabescas


y títulos dorados de los tejuelos.


Irzubeta se aproximó a los cristales.


Al soslayo le iluminaba la claridad refleja y como un bajorrelieve era su


perfil de mejilla rechupada, con la pupila inmóvil y el cabello negro redondeando


armoniosamente el cráneo hasta perderse en declive en los tendones de la nuca.


Al volver a mí sus ojos, dijo sonriendo:


—Sabés que hay buenos libros.


—Sí, y de fácil venta.


—¿Cuánto hará que estamos?


—Más o menos media hora.


Me senté en el ángulo de un escritorio distante pocos pasos de la puerta, en


el centro de la biblioteca, y Enrique me imitó. Estábamos fatigados. El silencio del


salón oscuro penetraba nuestros espíritus, desplegándolos para los grandes espacios


de recuerdo e inquietud.


—Decime, ¿por qué rompiste con Eleonora?


—Qué sé yo. ¿Te acordás? Me regalaba flores.


—¿Y?


—Después me escribió unas cartas. Cosa rara. Cuando dos se quieren parece


adivinarse el pensamiento. Una tarde de domingo salió a dar vuelta a la cuadra.


No sé por qué yo hice lo mismo, pero en dirección contraria y cuando nos


encontramos, sin mirarme alargó el brazo y me dio una carta. Tenía un vestido


rosa té, y me acuerdo que muchos pájaros cantaban en lo verde.


—¿Qué te decía?


—Cosas tan sencillas. Que esperara… ¿te das cuenta? Que esperara a ser


más grande.


—Discreta.


—¡Y qué seriedad, che Enrique! Si vos supieras. Yo estaba allí, contra el


fierro de la verja.


Anochecía. Ella callaba… a momentos me miraba de una forma… y yo sentía


ganas de llorar… y no nos decíamos nada… ¿qué nos íbamos a decir?


—Así es la vida —dijo Enrique—, pero vamos a ver los libros. ¿Y el Lucio ése?


A veces me da rabia. ¡Qué tipo vago!


—¿Dónde estarán las llaves?


—Seguramente en el cajón de la mesa.


Registramos el escritorio, y en una caja de plumas las hallamos.


Rechinó una cerradura y comenzamos a investigar.


Sacando los volúmenes los hojeábamos, y Enrique que era algo sabedor de


precios decía: "No vale nada", o "vale".


—Las montañas del oro.


—Es un libro agotado. Diez pesos te lo dan en cualquier parte.


—Evolución de la materia, de Lebón. Tiene fotografías.


—Me la reservo para mí —dijo Enrique.


—Rouquete, Química orgánica e inorgánica.


—Ponelo acá con los otros.


—Cálculo infinitesimal.


—Eso es matemáticá superior. Debe ser caro.


—¿Y esto?


—¿Cómo se llama?


—Charles Baudelaire. Su vida.


—A ver, alcanzá.


—Parece una bibliografía. No vale nada.


Al azar entreabría el volumen.


—Son versos.


—¿Qué dicen?


Leí en voz alta:


Yo te adoro al igual de la bóveda nocturna ¡oh!, vaso de tristezas, ¡oh!,


blanca taciturna.


"Eleonora —pensé—. Eleonora."


y vamos a los asaltos, vamos, como frente a un cadáver, un coro de gitanos


—Che, ¿sabés que esto es hermosísimo? Me lo llevo para casa.


—Bueno, mirá, en tanto que yo empaqueto libros, vos arreglate las bombas.


—¿Y la luz?


—Traétela aquí.


Seguí la indicación de Enrique. Trajinábamos silenciosos, y nuestras


sombras agigantadas movíanse en el cielo raso y sobre el piso de la habitación,


desmesuradas por la penumbra que ensombrecía los ángulos. Familiarizado con la


situación de peligro, ninguna inquietud entorpecía mi destreza.


Enrique en el escritorio acomodaba los volúmenes y echaba un vistazo a sus


páginas. Yo con amaño había terminado de envolver las lámparas, cuando en el


pasillo reconocimos los pasos de Lucio.


Se presentó con el semblante desencajado, gruesas gotas de sudor le


perlaban en la frente.


—Ahí viene un hombre… Entró recién… apaguen.


Enrique lo miró atónito y maquinalmente apagó la linterna; yo, espantado,


recogí la barra de hierro que no recuerdo quién había abandonado junto al


escritorio. En la oscuridad me ceñía la frente un cilicio de nieve.


El desconocido trepaba la escalera y sus pasos eran inciertos.


Repentinamente el espanto llegó a su colmo y me transfiguró.


Dejaba de ser el niño aventurero; se me envararon los nervios, mi cuerpo era


una estatua ceñuda rebalsando de instintos criminales, una estatua erguida sobre


los miembros tensos, agazapados en la comprensión del peligro.


—¿Quién será? —suspiró Enrique.


Lucio respondió con el codo.


Ahora le escuchábamos más próximo, y sus pasos retumbaban en mis oídos,


comunicando la angustia del tímpano atentísimo al temblor de la vena.


Erguido, con ambas manos sostenía la palanca encima de mi cabeza, presto


para todo, dispuesto a descargar el golpe… y en tanto escuchaba, mis sentidos


discernían con prontitud maravillosa el cariz de los sonidos, persiguiéndolos en su


origen, definiendo por sus estructuras el estado psicológico del que los provocaba


Con vértigo inconsciente analizaba:


"Se acerca… no piensa… si pensara no pisaría así… arrastra los pies… si


sospechara no tocaría el suelo con el taco… acompañaría el cuerpo en la actitud…


siguiendo el impulso de las orejas que buscan el ruido y de los ojos que buscan el


cuerpo, andaría en punta de pies… y él lo sabe… está tranquilo."


De pronto, una enronquecida voz, cantó allí, abajo, con la melancolía de los


borrachos:


Maldito aquel día que te conocí, ay macarena, ay macarena.


"Ha sospechado… no… pero sí… no… a ver", y creí que mi corazón se


agrietaba, con tanta fuerza arrojaba la sangre en las venas.


Al llegar al pasillo, el desconocido rezongó nuevamente:


ay macarena, ay macarena.


—Enrique —susurré—, Enrique.


Nadie respondió.


Con una agria hediondez de vino, trajo el viento el ruido de un eructo.


—Es un borracho —sopló en mi oreja Enrique—. Si viene lo amordazamos.


El intruso se alejaba arrastrando los pies, y desapareció al final del


corredor. En un recodo se detuvo, y le escuchamos forcejear en el picaporte de una


puerta que cerró estrepitosamente tras él.


—¡De buena nos libramos!


—Y vos, Lucio… ¿qué estás tan callado?


—De alegría, hermano, de alegría.


—¿Y cómo lo viste?


—Estaba sentado en la escalera; aquí te quiero ver. Zás, de pronto siento un


ruido, me asomo y veo la puerta de fierro que se abre. Te la voglio dire. ¡Qué


emoción!


—Mirá si el tipo se nos viene al humo.


—Yo lo "enfrío" —dijo Enrique.


—¿Y ahora qué hacemos?


—¿Qué vamos a hacer? Irnos, que es hora.


Bajamos en puntillas sonriendo. Lucio llevaba el paquete de las lámparas.


Enrique y yo dos pesados bultos de libros. No sé por qué, en la oscuridad de la


escalera pensé en el resplandor del sol, y reí despacio.


—¿De qué te reís? —preguntó malhumorado Enrique.


—No sé.


—¿No encontraremos ningún cana?


—No, de aquí a casa no hay.


—Ya lo dijiste antes.


—¡Además, con esta lluvia!


— ¡Caramba!


—¿Qué hay, che Enrique?


—Me olvidé cerrar la puerta de la biblioteca. Dame la linterna.


Se la entregué, y a grandes pasos Irzubeta desapareció.


Aguardándole, nos sentamos sobre el mármol de un escalón.


Temblaba de frío en la oscuridad. El agua se estrellaba rabiosamente contra


los mosaicos del patio. Involuntariamente se me cerraron los párpados, y por mi


espíritu resbaló, en un anochecimiento lejano, el semblante de imploración de la


amada niña, inmóvil, junto al álamo negro.


Y la voz interior, recalcitrante, insistía:


"¡Te he querido, Eleonora! ¡Ah!, ¡si supieras cuánto te he querido!"


Cuando llegó Enrique, traía unos volúmenes bajo el brazo.


—¿Y eso?


—Es la Geografía de Malte Brun. Me la guardo para mí.


—¿Cerraste bien la puerta?


—Sí, lo mejor que pude.


—¿Habrá quedado bien?


—No se conoce nada.


—¿Che, y el curdelón ese? ¿Habrá cerrado con llave la puerta de calle?


La ocurrencia de Enrique fue acertada. La puerta cancel estaba entreabierta


y salimos.


Un torrente de agua, borbolleando, corría entre dos aceras, y menguada su


furia, la lluvia descendía fina, compacta, obstinada.


A pesar de la carga, prudencia y temor aceleraban la soltura de nuestras


piernas.


—Lindo golpe.


—Sí, lindo.


—¿Qué opinás, Lucio, que dejemos esto en tu casa?


—No digás estupideces; mañana mismo reducimos todo.


—¿Cuántas bombas traeremos?


—Treinta.


—Lindo golpe —repitió Lucio—. ¿Y de libros?


—Más o menos yo calculé setenta pesos —dijo Enrique.


—¿Qué hora tenés, Lucio?


—Deben ser las tres.


No, no era tarde, mas la fatiga, la angustia, las tinieblas y el silencio, los


árboles goteando en nuestras espaldas enfriadas, todo ello hacía que la noche nos


pareciera eterna, y dijo Enrique con melancolía:


—Sí, es demasiado tarde.


Estremecidos de frío y cansancio, entramos a la casa de Lucio.


—Despacio, che, no se despierten las viejas.


—¿Y dónde guardamos esto?


—Espérensen.


Lentamente giró la puerta en sus goznes. Lucio penetró a la habitación e


hizo girar la llave del conmutador.


—Pasen, che, les presento mi bulín.


El ropero en un ángulo, una mesita de madera blanca, y una cama. Sobre


la cabecera del lecho extendía sus retorcidos brazos piadosos un Cristo Negro, y en


un marco, en actitud dolorosísima, miraba al cielo raso un cromo de Lida Borelli.


Extenuados nos dejamos caer en la cama.


En los semblantes relajados de sueño, la fatiga acrecentaba la oscuridad de


las ojeras. Nuestras pupilas inmóviles permanecían fijas en los muros blancos, ora


próximos, ora distantes, como en la óptica fantástica de una fiebre.


Lucio ocultó los paquetes en el ropero y pensativo sentóse en el borde de la


mesa, cogiéndose una rodilla entre las dos manos.


—¿Y la Geografía?


El silencio tornó a pesar sobre los espíritus mojados, sobre nuestros


semblantes lívidos, sobre las entreabiertas manos amoratadas.


Me levanté sombrío, sin apartar la mirada del muro blanco.


—Dame el revólver, me voy.


—Te acompaño —dijo Irzubeta incorporándose en el lecho, y en la oscuridad


nos perdimos por las calles sin pronunciar palabras, con adusto rostro y encorvadas


espaldas.


Terminaba de desnudarme, cuando tres golpes frenéticos repercutieron en la


puerta de la calle, tres golpes urgentísimos que me erizaron el cabello.


Vertiginosamente pensé: La policía me ha seguido… la policía… la policía…


jadeaba mi alma.


El golpe aullador se repitió otras tres veces, con más ansiedad, con más


furor, con más urgencia.


Tomé el revólver y desnudo salí a la puerta.


No terminé de abrir la hoja y Enrique se desplomó en mis brazos. Algunos


libros rodaron por el pavimento.


—Cerrá, cerrá que me persiguen; cerrá, Silvio —habló con voz enronquecida


Irzubeta.


Lo arrastré bajo el techo de la galería.


—¿Qué pasa, Silvio, qué pasa? —gritó mi madre asustada desde su


habitación.


—Nada, callate… un vigilante que lo corría a Enrique por una pelea.


En el silencio de la noche, que el miedo hacía cómplice de la justicia


inquisidora, resonó el silbido del pito de un polizonte, y un caballo al galope cruzó


la bocacalle. Otra vez el terrible sonido, multiplicado, se repitió en distintos puntos


cercanos.


Como serpentinas cruzaban la altura las clamantes llamadas de los 


vigilantes.


Un vecino abrió la puerta de calle, se escucharon las voces de un diálogo, y


Enrique y yo en la oscuridad de la galería, temblorosos nos estrechábamos uno


contra otro. Por todas partes los silbos inquietantes se prolongaban amenazadores,


numerosos, en tanto que de la carrera siniestra para cazar al delincuente, nos


llegaba el ruido de herraduras de caballos, de galopes frenéticos, las bruscas


detenciones en el resbaladizo adoquinado, el retroceso de los polizontes. Y yo tenía


al perseguido entre mis brazos, su cuerpo tembloroso de espanto contra mí, y una


misericordia infinita me inclinaba hacia el adolescente quebrantado.


Lo arrastré hasta mi tugurio. Le castañeteaban los dientes. Tiritando de


miedo, se dejó caer en una silla y sus azoradas pupilas engrandecidas de espanto


se fijaron en la sonrosada pantalla de la lámpara.


Otra vez cruzó un caballo la calle, pero con tanta lentitud que creía se


detendría frente a mi casa.


Después, el vigilante espoleó su cabalgadura y las llamadas de los silbatos


que se hacían menos frecuentes, cesaron por completo.


—Agua, dame agua.


Le alcancé una garrafa, y bebió ávidamente. En su garganta el agua


cantaba. Un suspiro amplio le contrajo el pecho.


Después, sin apartar la inmóvil pupila de la pantalla sonrosada, sonrió con


la sonrisa extraña e incierta de quien despierta de un miedo alucinante.


Dijo:


—Gracias, Silvio —y aún sonreía, ilimitadamente anchurosa el alma en el


inesperado prodigio de su salvación.


—Pero decime, ¿cómo fue?


—Mirá. Iba por la calle. No había nadie. Al doblar en la esquina de Sud


América, me doy cuenta que bajo un foco me estaba mirando un vigilante.


Instintivamente me paré, y él me gritó:


—¿Qué lleva ahí?


—Ni decirlo, salí como un diablo. Él corría tras mí, pero como tenía el capote


puesto no podía alcanzarme… lo dejaba atrás… cuando a lo lejos siento otro, venir


a caballo… y el pito, el que me corría tocó pito. Entonces hice fuerza y llegué hasta


acá.


—Has visto… ¡Por no dejar los libros en casa de Lucio!… ¡mirá si te 


"cachan"!


—Nos arrean a todos a la "leonera".


—¿Y los libros? ¿No perdiste los libros por la calle?


—No, se cayeron ahí en el corredor.


Al ir a buscarlos, tuve que explicarle a mamá:


—No es nada malo. Resulta que Enrique estaba jugando al billar con otro


muchacho y sin querer rompió el paño de la mesa. El dueño quiso cobrarle y como


no tenía plata se armó una trifulca.


Estamos en casa de Enrique.


Un rayo rojo penetra por el ventanuco de la covacha de los títeres.


Enrique reflexiona en su rincón, y una arruga dilatada le hiende la frente


desde la raíz de los cabellos al ceño. Lucio fuma recostado en un montón de ropa


sucia y el humo del cigarrillo envuelve en una neblina su pálido rostro. Por encima


de la letrineja, desde una casa vecina, llega la melodía de un vals desgranado


lentamente en el piano.


Yo estoy sentado en el suelo. Un soldadito sin piernas, rojo y verde, me mira


desde su casa de cartón descalabrada. Las hermanas de Enrique riñen afuera con


voz desagradable.


—¿Entonces?…


Enrique levanta la noble cabeza y mira a Lucio.


—¿Entonces?


Yo miro a Enrique.


—¿Y qué te parece a vos, Silvio? —continúa Lucio.


—No hay que hacerle; dejarse de macanear, si no, vamos a caer.


—Anteanoche estuvimos dos veces a punto.


—Sí, la cosa no puede ser más clara —y Lucio por décima vez relee complacido


el recorte de un diario:


—¿Así que el club se disuelve? —dice Enrique.


—No. Paraliza sus actividades por tiempo indeterminado —replica Lucio—.


No es programa trabajar ahora que la policía husmea algo.


—Cierto; sería una estupidez.


—¿Y los libros?


—¿Cuántos tomos son?


—Veintisiete.


—Nueve para cada uno… pero no hay que olvidarse de borrar con cuidado los


sellos del Consejo Escolar…


—¿Y las bombas?


Con presteza Lucio replica:


—Miren, che, yo de las bombas no quiero saber ni medio. Antes de ir a


reducirlas, las tiro a la letrina.


—Sí, cierto, es un poco peligroso ahora.


Irzubeta calla.


—¿Estás triste, che Enrique?


Una sonrisa extraña le tuerce la boca; encógese de hombros y con


vehemencia, irguiendo el busto dice:


—Ustedes desisten, claro, no para todos es la bota de potro, pero yo, aunque


me dejen solo, voy a seguir.


En el muro de la covacha de los títeres, el rayo rojo ilumina el demacrado


perfil del adolescente.


Parte 2




 LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS


 


Como el dueño de la casa nos aumentara el alquiler, nos mudamos de barrio,


cambiándonos a un siniestro caserón de la calle Cuenca, al fondo de Floresta.


Dejé de verlos a Lucio y Enrique, y una agria tiniebla de miseria se


enseñoreó de mis días.


Cuando cumplí los quince años, cierto atardecer mi madre me dijo:


—Silvio, es necesario que trabajes.


Yo que leía un libro junto a la mesa, levanté los ojos mirándola con rencor.


Pensé: trabajar, siempre trabajar. Pero no contesté.


Ella estaba de pie frente a la ventana. Azulada claridad crespuscular


incidía en sus cabellos emblanquecidos, en la frente amarilla, rayada de arrugas,


y me miraba oblicuamente, entre disgustada y compadecida, y yo evitaba encontrar


sus ojos.


Insistió comprendiendo la agresividad de mi silencio.


—Tenés que trabajar, ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo


mantener. Es necesario que trabajes.


Al hablar apenas movía los labios, delgados como dos tablitas. Escondía las


manos en los pliegues del chal negro que modelaba su pequeño busto de hombros


caídos.


—Tenés que trabajar, Silvio.


—¿Trabajar, trabajar de qué? Por Dios… ¿Qué quiere que haga?… ¿que


fabrique el empleo… ? Bien sabe usted que he buscado trabajo.


Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la


indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo


una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad.


Más ella insistía como si fueran ésas sus únicas palabras.


— ¿De qué?… a ver ¿de qué?


Maquinalmente se acercó a la ventana, y con un movimiento nervioso arregló


las arrugas de la cortina. Como si le costara trabajo decirlo:


—En La Prensa siempre piden…


—Sí, piden lavacopas, peones… ¿quiere que vaya de lavacopas?


—No, pero tenés que trabajar. Lo poco que ha quedado alcanza para que


termine Lila de estudiar.


Nada más. ¿Qué querés que haga?


Bajo la orla de la saya enseñó un botín descalabrado y dijo:


—Mira qué botines. Lila para no gastar en libros tiene que ir todos los días


a la biblioteca. ¿Qué querés que haga, hijo?


Ahora su voz era de tribulación. Un surco oscuro le hendía la frente desde


el ceño hasta la raíz de los cabellos, y casi le temblaban los labios.


—Está bien, mamá, voy a trabajar.


Cuánta desolación. La claridad azul remachaba en el alma la monotonía de


toda nuestra vida, cavilaba hedionda, taciturna.


Desde afuera oíase el canto triste de una rueda de niños:


La torre en guardia.


La torre en guardia.


La quiero conquistar.


Suspiró en voz baja.


—Qué más quisiera que pudieras estudiar.


—Eso no vale nada.


—El día que Lila se reciba…


La voz era mansa, con tedio de pena.


Habíase sentado junto a la máquina de coser, y en el perfil, bajo la fina


línea de la ceja, el ojo era un cuévano de sombra con una chispa blanca y triste.


Su pobre espalda encorvada, y la claridad azul en la lisura de los cabellos dejaba


cierta claridad de témpano.


—Cuando pienso… —murmuró.


— ¿Estás triste, mamá?


—No —contestó.


De pronto:


— ¿Quieres que lo hable al señor Naidath? Puedes aprender a ser decorador.


¿No te gusta el oficio?


—Es igual.


—Sin embargo, ganan mucho dinero.


Me sentí impulsado a levantarme, a cogerla de los hombros y zamarrearla,


gritándole en las orejas:


"¡No hable de dinero, mamá, por favor…! ¡No hable… cállese…!”


Estábamos allí, inmóviles de angustia. Afuera la ronda de chicos aún


cantaba con melodía triste:


La torre en guardia.


La torre en guardia.


La quiero conquistar.


Pensé:


"Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, le diré: 'Tenés que


trabajar. Yo no te puedo mantener.' "Así es la vida. Un ramalazo de frío me


sacudía en la silla.


Ahora, mirándola, observando su cuerpo tan mezquino, se me llenó el


corazón de pena.


Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura


parda y el cielo metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni caminar podía, y


ella flagelada por las sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los


caminos, llevándome en sus brazos, calentándome las rodillas con el pecho,


estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo mezquino, y pedía a las gentes


para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le secaba la boca, y de


su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el sueño para


atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de


míseras ropas, tan pequeña y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi


sueño.


¡Pobre mamá! Y hubiera querido abrazarla, hacerle inclinar la


emblanquecida cabeza en mi pecho, pedirle perdón de mis palabras duras, y de


pronto, en el prolongado silencio que guardábamos, le dije con voz vibrante:


—Sí, voy a trabajar, mamá.


Quedamente:


—Está bien, hijo, está bien… —y otra vez la pena honda nos selló los labios.


Afuera, sobre la sonrosada cresta de un muro, resplandecía en lo celeste un


fúlgido tetragrama de plata.


Don Gaetano tenía su librería, mejor dicho, su casa de compra y venta de 


libros usados, en la calle Lavalle al 800, un salón inmenso, atestado hasta el techo


de volúmenes.


El local era más largo y tenebroso que el antro de Trofonio.


Donde se miraba había libros: libros en mesas formadas por tablas encima


de caballetes, libros en los mostradores, en los rincones, bajo las mesas y en el


sótano.


Anchurosa portada mostraba a los transeúntes el contenido de la caverna, y


en los muros de la calle colgaban volúmenes de historias para imaginaciones


vulgares, la novela de Genoveva de Brabante y Las aventuras de Musolino.


Enfrente, como en un colmenar, la gente rebullía por el atrio de un cinematógrafo,


con su campanilla repiqueteando incesantemente.


Al mostrador, junto a la puerta, atendía la esposa de don Gaetano, una


mujer gorda y blanca, de cabello castaño y ojos admirables por su expresión de


crueldad verde.


—No está don Gaetano.


La mujer me señaló un grandulón que en mangas de camisa miraba desde


la puerta el ir y venir de las gentes. Anudaba una corbata negra al cuello desnudo,


y el pelo ensortijado sobre la frente tumultuosa dejaba ver entre sus anillos la


punta de las orejas. Era un bello tipo, con su reciedumbre y piel morena, mas, bajo


las pestañas hirsutas, los ojos grandes y de aguas convulsas causaban


desconfianza.


El hombre cogió la carta donde me recomendaban, la leyó; después,


entregándola a su esposa, quedóse examinándome.


Gran arruga le hendía la frente, y por su actitud acechante y placentera


adivinábase al hombre de natural desconfiado y trapacero a la par que meloso, de


azucarada bondad fingida y de falsa indulgencia en sus gruesas carcajadas.


— ¿Así que vos antes trabajaste en una librería?


—Sí, patrón.


— ¿Y trabajaba mucho el otro?


—Bastante.


—Pero no tiene tanto libro como acá, ¿eh?


—Oh, claro, ni la décima parte.


Después a su esposa:


— ¿Y Mosiú no vendrá más a trabajar?


La mujer con tono áspero, dijo:


—Así son todos estos piojosos. Cuando se matan el hambre y aprenden a


trabajar se van.


Dijo, y apoyó el mentón en la palma de la mano, mostrando entre la manga


de la blusa verde un trozo de brazo desnudo. Sus ojos crueles se inmovilizaron en


la calle transitadísima. Incesantemente repiqueteaba la campanilla del biógrafo,


y un rayo de sol, adentrado entre dos altos muros, iluminaba la fachada oscura del


edificio de Dardo Rocha.


— ¿Cuánto querés ganar?


—Yo no sé… Usted sabe.


—Bueno, mirá… Te voy a dar un peso y medio, y casa y comida, vas a estar


mejor que un príncipe, eso sí —y el hombre inclinaba su greñuda cabeza—, aquí no


hay horario… la hora de más trabajo es de ocho de la noche a once…


— ¿Cómo, a las once de la noche?


—Y qué más quiere, un muchacho como vos estar hasta las once de la noche,


mirando pasar lindas muchachas. Eso sí, a la mañana nos levantamos a las diez.


Recordando el concepto que don Gaetano le merecía al que me recomendara,


dije:


—Está bien, pero como yo necesito la plata, ustedes todas las semanas me


van a pagar.


—Qué, ¿tiene desconfianza?


—No, señora, pero como en mi casa necesitan y somos pobres… Usted


comprenderá…


La mujer volvió su mirada ultrajante a la calle.


—Bueno —prosiguió don Gaetano—, venite mañana a las diez al


departamento; vivimos en la calle Esmeralda —y anotando la dirección en un trozo


de papel me la entregó.


La mujer no respondió a mi saludo. Inmóvil, la mejilla posando en la palma


de la mano y el brazo desnudo apoyado en el lomo de los libros, fijos los ojos en el


frente de la casa de Dardo Rocha, parecía el genio tenebroso de la caverna de los


libros.


A las nueve de la mañana me detuve en la casa donde vivía el librero. 


Después de llamar, guareciéndome de la lluvia, me recogí en el zaguán.


Un viejo barbudo, envuelto el cuello en una bufanda verde y la gorra


hundida hasta las orejas, salió a recibirme.


—¿Qué quiere?


—Yo soy el nuevo empleado.


—Suba.


Me lancé por el vano de la escalera, sucia en los peldaños.


Cuando llegamos al pasillo, el hombre dijo:


—Espérese.


Tras los vidrios de la ventana que daba a la calle, frente a la balconada,


veíase el achocolatado cartel de hierro de una tienda. La llovizna resbalaba


lentamente por la convexidad barnizada. Allá lejos, una chimenea entre dos


tanques arrojaba grandes lienzos de humo al espacio pespunteada por agujas de


agua.


Repetíanse los nerviosos golpes de campana de los tranvías, y entre el


"trolley" y los cables vibraban chispas violetas; el cacareo de un gallo afónico venía


no sé de dónde.


Súbita tristeza me sobrecogió al enfrentarme al abandono de aquella casa.


Los cristales de las puertas estaban sin cortinas, los postigos cerrados.


En un rincón del hall, en el piso cubierto de polvo, había olvidado un trozo


de pan duro, y en la atmósfera flotaba olor a engrudo agrío: cierta hediondez de


suciedad harto tiempo húmeda.


—Miguel —gritó con voz desapacible la mujer desde adentro.


—Va, señora.


—¿Está el café?


El viejo levantó los brazos al aire y cerrando los puños se dirigió a la cocina


por un patio mojado.


—Miguel.


—Señora.


—¿Dónde están las camisas que trajo Eusebia?


—En el baúl chico, señora.


—Don Miguel —habló socarronamente el hombre.


—Diga, don Gaetano.


—¿Cómo le va, don Miguel?


El viejo movió la cabeza a diestra y siniestra, levantando desconsoladamente


los ojos al cielo.


Era flaco, alto, carilargo, con barba de tres días en las fláccidas mejillas y


expresión lastimera de perro huido en los ojos legañosos.


—Don Miguel.


—Diga, don Gaetano.


—Andá a comprarme un Avanti.


El viejo se marchaba.


—Miguel.


—Señora.


—Traete medio kilo de azúcar a cuadritos, y que te la den bien pesada.


Una puerta se abrió, y salió don Gaetano prendiéndose la bragueta con las


dos manos y suspendido del encrespado cabello, sobre la frente, un trozo de peine.


—¿Qué hora es?


—No sé.


Miró al patio.


—Puerco tiempo —murmuró, y después comenzó a peinarse.


Llegado don Miguel con el azúcar y los toscanos, don Gaetano dijo:


—Traete la canasta, después te llevás el café al negocio —y encasquetándose


un grasiento sombrero de fieltro tomó la canasta que le entregaba el viejo y


dándomela, dijo:


—Vamos al mercado.


—¿Al mercado?


Tomó mi frase al vuelo.


—Un consejo, che Silvio. A mi no me gusta decir dos veces las cosas. Además


comprando en el mercado uno sabe lo que come.


Entristecido salí tras él con la canasta, una canasta impúdicamente enorme, 


que golpeándome las rodillas con su chillonería hacía más profunda, más grotesca


la pena de ser pobre.


—¿Queda lejos el mercado?


—No, hombre, acá en Carlos Pellegrini —y observándome cariacontecido dijo:


—Parece que tenés vergüenza de llevar una canasta. Sin embargo el hombre


honesto no tiene vergüenza de nada, siempre que sea trabajo.


Un dandy a quien rocé con la cesta me lanzó una mirada furiosa; un


rabicundo portero uniformado desde temprano con magnífica librea y


brandeburgos de oro, observóme irónico, y un granujilla que pasó, como quien lo


hace inadvertidamente, dio un puntapié al trasero de la cesta, y la canasta pintada


rojo rábano, impúdicamente grande, me colmaba de ridículo.


¡Oh, ironía!, y yo era el que había soñado en ser un bandido grande como


Rocambole y un poeta genial como Baudelaire! Pensaba:


"¿Y para vivir hay que sufrir tanto… ?, todo esto… tener que pasar con una


canasta al lado de espléndidas vidrieras… "


Perdimos casi toda la mañana vagando por el Mercado del Plata.


¡Bella persona era don Gaetano! Para comprar un repollo, o una tajada de


zapallo o un manojo de lechuga, recorría los puestos disputando, en discusiones


ruines, piezas de cinco centavos a los verduleros, con quienes se insultaba en un


dialecto que yo no entendía.


¡Qué hombre! Tenía actitudes de campesino astuto, de gañán que hace el


tonto y responde con una chuscada cuando comprende que no puede engañar.


Husmeando pichinchas metíase entre fregonas y sirvientas a curiosear cosas


que no debían interesarle, hacía de saludador arlequinesco, y en acercándose a los


mostradores estañados de los pescadores examinaba las agallas de merluzas y


pejerreyes, comía langostinos, y sin comprar tan siquiera un marisco, pasaba al


puesto de las mondongueras, de allí al de los vendedores de gallinas, y antes de


mercar nada, oliscaba la vitualla y manoseábala desconfiadamente. Si los


comerciantes se irritaban, él les gritaba que no quería ser engañado, que bien


sabía que ellos eran unos ladrones, pero que se equivocaban si le tomaban por tonto


porque era tan sencillo.


Su sencillez era chocarrería, su estulticia vivísima granujería.


Procedía así:


Seleccionaba con paciencia desesperante un repollo o una coliflor. Estaba 


conforme puesto que pedía precio, pero de pronto descubría otro que le parecía más


sazonado o más grande, y ello era el motivo de la disputa entre el verdulero y don


Gaetano, ambos empeñados en robarse, en perjudicar al prójimo, aunque fuere en


un solo centavo.


Su mala fe era estupenda. Jamás pagaba lo estipulado, sino lo que ofreciera


antes de cerrar trato.


Una vez que yo había guardado la vitualla en la cesta, don Gaetano se


retiraba del mostrador, hundía los pulgares en el bolsillo del chaleco, sacaba y


contaba, tornaba a recontar el dinero, y despectivamente lo arrojaba encima del


mostrador como si hiciera un servicio al mercader, alejándose aprisa después.


Si el comerciante le gritaba, él respondía:


—Estate buono.


Tenía el prurito del movimiento, era un goloso visual, entraba en éxtasis


frente a la mercadería por el dinero que representaba.


Acercábase a los vendedores de cerdo a pedirles precio de embutidos,


examinaba codicioso las sonrosadas cabezas de cerdo, hacíalas girar despacio bajo


la impasible mirada de los ventrudos comerciantes de delantal blanco, rascábase


tras de la oreja, miraba con voluptuosidad los costillares enganchados a los hierros,


las pilastras de tocino en lonjas, y como si resolviera un problema que le daba


vueltas en el meollo, dirigíase a otro puesto, a pellizcar una luna de queso, o a


contar cuántos espárragos tiene un mazo, a ensuciarse las manos entre alcachofas


y nabos, y a comer pepitas de zapallo o a observar al trasluz los huevos y a


deleitarse en los pilones de manteca húmeda, sólida, amarilla, y aun oliendo a


suero.


Aproximadamente a las dos de la tarde almorzamos. Don Miguel apoyando


el plato en un cajón de kerosene, yo en el ángulo de una mesa ocupada de libros,


la mujer gorda en la cocina y don Gaetano en el mostrador.


A las once de la noche abandonamos la caverna.


Don Miguel y la mujer gorda caminaban en el centro de la calle lustrosa,


con la canasta donde golpeaban los trastos de hacer café; don Gaetano, sepultadas


las manos en los bolsillos, el sombrero en la coronilla y un mechón de cabellos caído


sobre los ojos, y yo tras ellos, pensaba cuán larga había sido mi primera jornada.


Subimos y al llegar al pasillo don Gaetano me preguntó:


—¿Trajiste colchón, vos?


—Yo no. ¿Por qué?


—Aquí hay una camita, pero sin colchón.


—¿Y no hay nada con qué taparse?


Don Gaetano miró en redor, luego abrió la puerta del comedor; encima de la


mesa había una carpeta verde, pesada y velluda.


Doña María entraba en el dormitorio cuando don Gaetano tomó la carpeta


por un extremo y echándomela al hombro, malhumorado, dijo:


—Estate buono —y sin contestar a mis buenas noches, me cerró la puerta en


las narices.


Quedé desconcertado ante el viejo, que testimonió su indignación con esta


sorda blasfemia: "¡Ah! ¡Dío Fetente!"; luego echó a andar y le seguí.


El cuchitril donde habitaba el anciano famélico, a quien desde ese momento


bauticé con el nombre de Dío Fetente, era un triángulo absurdo, empinado junto


al techo, con un ventanuco redondo que daba a la calle Esmeralda y por el cual se


veía la lámpara de arco voltaico que iluminaba la calzada.


El vidrio del ojo de buey estaba roto, y por allí se colaban ráfagas de viento


que hacían bailar la lengua amarilla de una candela sujeta en una palmatoria al


muro.


Arrimada a la pared había una cama de tijera, dos palos en cruz con una


lona clavada en los travesaños.


Dío Fetente salió a orinar a la terraza, luego sentóse en un cajón, se quitó


la gorra y los botines, arreglóse prolijamente la bufanda en torno del cogote y


preparado para afrontar el frío de la noche, prudentemente entró en el catre,


cubriéndose hasta la barba con las mantas, unas bolsas de arpillera rellenadas de


trapos inservibles.


La mortecina claridad de la candela, iluminaba el perfil de su rostro, de


larga nariz rojiza, aplanada frente estriada de arrugas, y cráneo mondo, con


vestigios de pelos grises encima de las orejas. Como el viento que entraba


molestábale, Dío Fetente extendió el brazo, cogió la gorra y se la hundió sobre las


orejas, luego sacó del bolsillo una colilla de toscano, la encendió, lanzó largas


bocanadas de humo y uniendo las manos bajo la nuca, quedóse mirándome sombrío.


Yo comencé a examinar mi cama. Muchos debían de haber padecido en ella,


tan deteriorada estaba. Habiendo la punta de los elásticos rasgado la malla,


quedaban éstos en el aire como fantásticos tirabuzones, y las grampas de las 


agarraderas habían sido reemplazadas por ligaduras de alambre.


Sin embargo, no me iba a estar la noche en éxtasis, y después de comprobar


su estabilidad, imitando a Dío Fetente, me saqué los botines, que envueltos en un


periódico me sirvieron de almohada, me envolví en la carpeta verde y dejándome


caer en el fementido lecho, resolví dormir.


Indiscutiblemente, era cama de archipobre, un deshecho de judería, la yacija


más taimada que he conocido.


Los resortes me hundían las espaldas; parecía que sus puntas querían


horadarme la carne entre las costillas, la malla de acero rígida en una zona se


hundía desconsideradamente en un punto, en tanto que en otro por maravillas de


elasticidad elevaba promontorios, y a cada movimiento que hacía el lecho gañía,


chirriaba con ruidos estupendos, a semejanza de un juego de engranajes sin aceite.


Además, no encontraba postura cómoda, el rígido vello de la carpeta


rascábame la garganta, el filo de los botines me entumecía la nuca, los espirales


de los elásticos doblados me pellizcaban la carne.


Entonces:


—¡Eh, diga, Dío Fetente! Como una tortuga, el anciano sacó su pequeña


cabeza al aire de entre el caparazón de arpilleras.


—Diga, don Silvio.


—¿Qué hacen que no tiran este camastro a la basura? El venerable anciano,


poniendo los ojos en blanco, me respondió con un suspiro profundo, tomando así a


Dios de testigo de todas las iniquidades de los hombres.


—Diga, Dío Fetente, ¿no hay otra cama?… Aquí no se puede dormir…


—Esta casa es el infierno, don Silvio… el infierno —y bajando la voz,


temeroso de ser escuchado—:


esto es… la mujer… la comida… Ah, Dío Fetente, ¡qué casa ésta! El viejo


apagó la luz y yo pensé:


"Decididamente, voy de mal en peor."


Ahora escuchaba el ruido de la lluvia caer sobre el zinc de la boharda.


De pronto me conturbó un sollozo sofocado. Era el viejo que lloraba, que


lloraba de pena y de hambre. Y ésa fue mi primera jornada.


Algunas veces en la noche, hay rostros de doncellas que hieren con espada de


dulzura. Nos alejamos, y el alma nos queda entenebrecida y sola, como después de 


una fiesta.


Realizaciones excepcionales… se fueron y no sabemos más de ellas, y sin


embargo nos acompañaron una noche teniendo la mirada fija en nuestros ojos


inmóviles… y nosotros heridos con espadas de dulzura, pensamos cómo sería el amor


de esas mujeres con esos semblantes que se adentraron en la carne. Congojosa


sequedad del espíritu, peregrina voluptuosidad áspera y mandadora.


Pensamos cómo inclinarían la cabeza hacia nosotros para dejar en dirección


al cielo sus labios entreabiertos, cómo dejarían desmayarse del deseo sin desmentir


la belleza del semblante un momento ideal; pensamos cómo sus propias manos


trizarían los lazos del corpiño…


Rostros… rostros de doncellas maduras para las desesperaciones del júbilo,


rostros que súbitamente acrecientan en la entraña un desfallecimiento ardiente,


rostros en los que el deseo no desmiente la idealidad de un momento. ¿Cómo vienen


a ocupar nuestras noches?


Yo me he estado horas continuas persiguiendo con los ojos la forma de una


doncella que durante el día me dejó en los huesos ansiedad de amor.


Despacio consideraba sus encantos avergonzados de ser tan adorables, su


boca hecha tan sólo para los grandes besos; veía su cuerpo sumiso pegarse a la


carne llamadora de su desengaño e insistiendo en la delicia de su abandono, en la


magnífica pequeñez de sus partes destrozables, la vista ocupada por el semblante,


por el cuerpo joven para el tormento y para una maternidad, alargaba un brazo


hacia mi pobre carne; hostigándola, la dejaba acercarse al deleite.


En aquel momento don Gaetano volvía de la calle y pasó hacia la cocina.


Miróme ceñudo, mas no dijo nada, y yo me incliné sobre el tarro de engrudo al


tiempo que arreglaba un libro, pensando: va a haber tormenta.


Ciertamente, con intervalos breves, el matrimonio reñía.


La mujer blanca, inmóvil, apoyada de codos en el mostrador, las manos


arrebujadas en los repliegues de la pañoleta verde, seguía los pasos del marido con


ojos crueles.


Don Miguel, en la cocinita, lavaba platos en un fuentón grasiento. Las


puntas de su bufanda rozaban los bordes del tacho y un delantal de cuadros rojos


y azules atado a la cintura con un piolín, le defendía de las salpicaduras de agua.


—¡Qué casa ésta, Dío Fetente! He de advertir que la cocina, lugar de


nuestras expansiones, estaba enfrentada a una letrineja hedionda, era un rincón


de la caverna, tapiado a las espaldas de las estanterías.


Encima de una tabla sucia, apelmazados con sobras de verdura, había


pequeños trozos de carne y patatas, con los que don Miguel confeccionaba la magra


pitanza del mediodía. Lo quitado a nuestra voracidad era servido a la noche, bajo


la forma de un guiso estrambótico. Y era Dío Fetente el genio y mago de ese antro


hediondo. Allí maldecíamos de nuestra suerte; allí don Gaetano se refugiaba a


veces para meditar sombrío en las desazones que trae consigo el matrimonio.


El odio que fermentaba en el pecho de la mujer terminaba por estallar.


Bastaba un movimiento insignificante, una nimiedad cualquiera.


Súbitamente la mujer envarada de un furor sombrío abandonaba el


mostrador, y arrastrando las chancletas por el mosaico, las manos arrebujadas en


su pañoleta, los labios apretados y los párpados inmóviles, buscaba al marido.


Recuerdo la escena de ese día: Como de costumbre, esa mañana don Gaetano


fingió no verla, aunque se encontraba a tres pasos de él. Yo vi que el hombre inclinó


la cabeza hacia cierto libro simulando leer el título.


Detenida, la mujer blanca permanecía inmóvil. Sólo sus labios temblaban


como tiemblan las hojas.


Después dijo con una voz que hacía grave cierta monotonía terrible.


—Yo era linda. ¿Qué has hecho de mi vida?


Sobre su frente temblaron los cabellos como si pasara el viento.


Un sobresalto sacudió el cuerpo de don Gaetano.


Con desesperación que le hinchaba la garganta, ella le arrojó estas palabras


pesadas, salitrosas:


—Yo te levanté… ¿Quién era tu madre… sino una bagazza que andaba con


todos los hombres?


¿Qué has hecho de mi vida vos…?


— ¡María, callate! —respondió con voz cavernosa don Gaetano.


—Sí, ¿quién te sacó el hambre y te vistió…? Yo, strunzo… yo te di de comer


—y la mano de la mujer se levantó como si quisiera castigar la mejilla del hombre.


Don Gaetano retrocedió tembloroso.


Ella dijo con amargura en que temblaba un sollozo, un sollozo pesado de


salitre:


—¿Qué has hecho de mi vida… puerco? Estaba en mi casa como clavel en la


maceta, y no tenía necesidad de casarme con vos, strunzo…


Los labios de la mujer se torcieron convulsivamente, como si masticara un


odio pegajoso, terrible.


Yo salí para echar a los curiosos del dintel del comercio.


—Dejalos, Silvio —me gritó imperativa—, que oigan quién es este


sinverüenza —y redondos los ojos verdes, dando la sensación de que su rostro se


aproximaba, como en el fondo de una pantalla, prosiguió más pálida:


—Si yo fuera diferente, si anduviera por ahí vagando, viviría mejor…


estaría lejos de un marrano como vos.


Callóse y reposó.


Ahora don Gaetano atendía a un señor de sobretodo, con grandes lentes de


oro cabalgando en la fina nariz enrojecida por el frío.


Exaltada por su indiferencia, pues el hombre debía de estar habituado a


esas escenas y prefería ser insultado a perder sus beneficios, la mujer vociferó:


—No le haga caso, señor, ¿no ve que es un napolitano ladrón?


El señor anciano volvióse asombrado a mirar a la furia, y ella:


—Le pide veinte pesos por un libro que costó cuatro —y como don Gaetano no


volvía las espaldas, gritó, hasta que el rostro se le congestionó:


— ¡Sí, sos un ladrón, un ladrón! —y le escupió su despecho, su asco.


El señor anciano dijo, calándose los lentes:


—Volveré otro día —y salió indignado. Entonces doña María tomó un libro y


bruscamente lo arrojó a la cabeza de don Gaetano, después otro y otro.


Don Gaetano pareció ahogarse de furor. De pronto arrancóse el cuello, la


corbata negra y arrojóla al rostro de su mujer; luego se detuvo un momento como


si hubiera recibido un golpe en las sienes y después echó a correr, salió hasta la


calle, los ojos saltándole de las órbitas, y parándose en medio de la vereda, moviendo


la rapada cabeza desnuda, señalándola como un loco a los transeúntes, los brazos


extendidos, le gritó con voz desnaturalizada por el coraje:


— ¡Bestia… bestia… bestión… ! Satisfecha, ella se allegó a mí:


— ¿Has visto cómo es? No vale… ¡canalla! Te aseguro que a veces me dan


ganas de dejarlo —y tornando al mostrador se cruzó de brazos, permaneciendo


abstraída, la cruel mirada fija en la calle.


De pronto:


—Silvio.


—Señora.


— ¿Cuántos días te debe?


—Tres, contando hoy, señora.


—Tomá —y, alcanzándome el dinero, agregó—: No le tengas fe, porque es un


estafador… Estafó a una compañía de seguros; si yo quisiera, estaría en la cárcel.


Me dirigí a la cocina.


—¿Qué te parece esto, Miguel… ?


—El infierno, don Silvio. ¡Qué vida! ¡Dío Fetente! Y el viejo, amenazando la


altura con el puño, exhaló un largo suspiro, después inclinó la cabeza sobre el


fuentón y siguió mondando patatas.


—¿Pero a qué vienen esos burdeles?


—Yo no sé… no tienen hijos… él no sirve…


—Miguel.


—Diga, señora.


La voz estridente ordenó:


—No hagas comida; hoy no se come. A quien no le guste, que se mande a


mudar.


Fue el golpe de gracia. Algunas lágrimas corrieron por el ruinoso semblante


del viejo famélico.


Pasaron unos instantes.


—Silvio.


—Señora.


—Tomá, son cincuenta centavos. Te vas a comer por ahí.


Y arropándose los brazos en los repliegues de la pañoleta verde, recobró su


fiera posición habitual.


En las mejillas lívidas dos lágrimas blancas resbalaban lentamente hacia la


comisura de su boca.


Conmovido, murmure:


—Señora…


Ella me miró, y sin mover el rostro, sonriendo con una sonrisa convulsiva por


lo extraña, dijo:


—Andá, y te volvés a las cinco.


Aprovechando la tarde libre resolví ir a verlo al señor Vicente Timoteo Souza,


a quien había sido recomendado por un desconocido, que se dedicaba a las ciencias


ocultas y demás artes teosóficas.


Presioné el llamador del timbre y permanecí mirando la escalera de mármol,


cuya alfombra roja retenida por caños de bronce mojaba el sol a través de los


cristales de la pesada puerta de hierro.


Reposadamente descendió el portero, trajeado de negro.


—¿Qué quiere?


—¿El señor Souza está?


—¿Quién es usted?


—Astier.


—As…


—Sí, Astier. Silvio Astier.


—Aguarde, voy a ver —y después de examinarme de pies a cabeza desapareció


tras la puerta del recibimiento, cubierta de luengas cortinas blancoamarillas.


Esperaba afanado, con angustia, sabedor que una resolución de aquel gran


señor llamado Vicente Timoteo Souza podía cambiar el destino de mi mocedad


infortunada.


Nuevamente la pesada puerta se entreabrió y, solemne, me comunicó el


portero:


—El señor Souza dice que se allegue dentro de media hora.


—Gracias… gracias… hasta luego —y me retiré pálido. Entré en una lechería


próxima a la casa y, sentándome junto a una mesa, pedí al mozo un café.


"Indudablemente —pensé—, si el señor Souza me recibe es para darme el


empleo prometido.


"No —continué—, no tenía razón para pensar mal de Souza… Vaya a saber


todas las ocupaciones que tenía para no recibirme… "


¡Ah, el señor Timoteo Souza!


Fui presentado a él una mañana de invierno por el teósofo Demetrio, que


trataba de remediar mi situación.


Sentados en el hall, alrededor de una mesa tallada, de ondulantes contornos, 


el señor Souza, brillantes las descañonadas mejillas y las vivaces pupilas tras de


los espejuelos de sus quevedos, conversaba. Recuerdo que vestía un velludo


déshabillé con alamares de madreperla y bocamangas de nutria, especializando su


cromo del rastaquouère, que por distraerse puede permitirse la libertad de


conversar con un pobre diablo.


Hablábamos, y refiriéndose a mi posible psicología, decía:


—Remolinos de cabello, carácter indócil… ; cráneo aplanado en el occipucio,


temperamento razonador… ; pulso trémulo, índole romántica…


El señor Souza, volviéndose al teósofo impasible, dijo:


—A este negro lo voy a hacer estudiar para médico. ¿Qué le parece,


Demetrio?


El teósofo, sin inmutarse.


—Está bien… aunque todo hombre puede ser útil a la humanidad, por más


insignificante que sea su posición social.


—Je, je; usted siempre filósofo —y el señor Souza volviéndose a mí, dijo:


—A ver… amigo Astier, escriba lo que se le ocurra en este momento.


Vacilé; después anoté con un precioso lapicero de oro que deferente el hombre


me entregó:


"La cal hierve cuando la mojan."


—¿Medio anarquista, eh? Cuide su cerebro, amiguito… cuídelo, que entre


los 20 y 22 años va a sufrir un surmenage.


Como ignoraba, pregunté:


—¿Qué quiere decir surmenage?


Palidecí. Aun ahora cuando le recuerdo, me avergüenzo.


—Es un decir —reparó—. Todos nuestros sentimientos es conveniente que


sean dominados —y prosiguió:


—El amigo Demetrio me ha dicho que ha inventado usted no sé qué cosas.


Por los cristales de la mampara penetraba gran claridad solar, y un súbito


recuerdo de miseria me entristeció de tal forma que vacilé en responderle, pero con


voz amarga lo hice.


—Sí, algunas cositas… un proyectil señalero, un contador automático de


estrellas…


—Teoría… sueños… —me interrumpió restregándose las manos—. Yo lo


conozco a Ricaldoni, y con todos sus inventos no ha pasado de ser un simple profesor


de física. El que quiere enriquecerse tiene que inventar cosas prácticas, sencillas.


Me sentí laminado de angustia.


Continuó:


—El que patentó el juego del diábolo, ¿sabe usted quién fue?… Un


estudiante suizo, aburrido de invierno en su cuarto. Ganó una barbaridad de pesos,


igual que ese otro norteamericano que inventó el lápiz con gomita en un extremo.


Calló, y sacando una petaca de oro con un florón de rubíes en el dorso, nos


invitó con cigarrillos de tabaco rubio.


El teósofo rehusó inclinando la cabeza, yo acepté. El señor Souza continuó:


—Hablando de otras cosas. Según me comunicó el amigo aquí presente, usted


necesita un empleo.


—Sí, señor, un empleo donde pueda progresar, porque donde estoy…


—Sí… sí… ya sé, la casa de un napolitano… ya sé… un sujeto. Muy bien,


muy bien… creo que no habrá inconvenientes. Escríbame una carta detallándome


todas las particularidades de su carácter, francamente y no dude de que yo lo


puedo ayudar. Cuando yo prometo, cumplo.


Levantóse del sillón con negligencia.


—Amigo Demetrio… mayor gusto… venga a verme pronto, que quiero


enseñarle unos cuadros.


Joven Astier, espero su carta —y sonriendo, agregó:


—Cuidadito con engañarme.


Una vez en la calle, dije estusiasmado al teósofo:


—Qué bueno es el señor Souza… y todo por usted… muchas gracias.


—Vamos a ver… vamos a ver.


Dejé de evocar, para preguntar qué hora era al mozo de la lechería.


—Dos menos diez.


¿Qué habrá resuelto el señor Souza?


En el intervalo de dos meses habíale escrito frecuentemente encareciéndole


mi precaria situación, y después de largos silencios, de breves esquelas que no


firmaba y escritas a máquina, el hombre dineroso se dignaba recibirme.


"Sí, ha de ser dándome un empleo, quizá en la administración municipal o


en el gobierno. Si fuera cierto, ¡qué sorpresa para mamá!", y al recordarla, en esa


lechería con enjambres de moscas volando en torno de pirámides de alfajores y pan


de leche, ternura súbita me humedeció los ojos.


Arrojé el cigarrillo y pagando lo consumido me dirigí a la casa de Souza.


Con violencia latían mis venas cuando llamé.


Retiré inmediatamente el dedo del botón del timbre, pensando:


"No vaya a suponer que estoy impaciente porque me reciba y esto le


disguste."


¡Cuánta timidez hubo en el circunspecto llamado! Parecía que el apretar el


botón del timbre, quería decir:


"Perdóneme si le molesto, señor Souza… pero tengo necesidad de un


empleo… "


La puerta se abrió.


—El señor… —balbucié.


—Pase.


De puntillas subí la escalera tras el fámulo. Aunque las calles estaban


secas, en el quitabarros del dintel había frotado la suela de mis botines para no


ensuciar nada allí.


En el vestíbulo nos detuvimos. Estaba oscuro.


El criado junto a la mesa ordenó los tallos de unas flores en su búcaro de


cristal.


Se abrió una puerta, y el señor Souza compareció en traje de calle,


centelleante la mirada tras los espejuelos de sus quevedos.


—¿Quién es usted? —me gritó en dureza.


Desconcertado, repliqué:


—Pero señor, yo soy Astier…


—No lo conozco, señor; no me moleste más con sus cartas impertinentes.


Juan, acompáñelo al señor.


Después, volviéndose, cerró fuertemente la puerta tras mis espaldas.


Y otra vez más triste, bajo el sol, emprendí el camino hacia la caverna.


Una tarde, después que se insultaron hasta enronquecer, la mujer de don 


Gaetano, comprendiendo que éste no abandonaría el comercio como otras veces,


resolvió marcharse.


Salió hasta la calle Esmeralda y volvió al departamento con un lío blanco.


Después, para perjudicar al marido que tarareaba insultante un couplet a la


puerta de la caverna, se dirigió a la cocina y nos llamó a Dío Fetente y a mí. Me


ordenó, pálida de rabia:


—Sacá esa mesa, Silvio.


Tenía los ojos más verdes que nunca y dos manchas de carmín en las


mejillas. Sin cuidarse de que el borde de su pollera se ensuciaba en la humedad del


cuchitril, inclinábase aderezando los enseres que se llevaría.


Yo, tratando de no mancharme de grasa, retiré la mesa, una tabla pringosa


con cuatro patas podridas. Allí preparaba sus bodrios el lacerado Dío Fetente.


Dijo la mujer:


—Poné las patas para arriba.


Comprendí su pensamiento. Quería convertir el trasto en una angarilla No


me equivoqué:


—Dío Fetente barrió con la escoba muchas telas de araña del fondo de la


mesa. Y después de cubrirla con un repasador, la mujer depositó en las tablas un


bulto blanco, las ollas rellenas de platos, cuchillos y tenedores, ató con un piolín


el calentador Primus a una pata de la mesa y, congestionada de trajinar, dijo,


viendo casi todo terminado:


—Que se vaya a comer a la fonda ese perro.


Acabando de arreglar los paquetes, Dío Fetente, inclinado sobre la mesa,


parecía un cuadrumano con gorra, y yo, con los brazos en jarras, cavilaba pensando


de dónde don Gaetano nos proporcionaría nuestra magra pitanza.


—Vos agarrá adelante.


Dío Fetente, resignado, cogió el borde del tablero y yo también.


—Caminá despacio —gritó la mujer, cruel.


Tumbando una pila de libros pasamos frente a don Gaetano.


—Andate, puerca… andate —vociferó él.


Ella rechinó los dientes con furor.


—¡Ladrón! … Mañana va a venir el juez —y entre dos gestos de amenaza nos


alejamos.


Eran las siete de la tarde y la calle Lavalle estaba en su más babilónico


esplendor. Los cafés a través de las vidrieras veíanse abarrotados de consumidores;


en los atrios de los teatros y cinematógrafos aguardaban desocupados elegantes, y


los escaparates de las casas de modas con sus piernas calzadas de finas medias y


suspendidas de brazos niquelados, las vidrieras de las ortopedias y joyerías


mostraban en su opulencia la astucia de todos esos comerciantes halagando con


artículos de malicia la voluptuosidad de las gentes poderosas en dinero.


Los transeúntes se desarrimaban a nuestro paso, no fuera los mancháramos


con la mugre que llevábamos.


Avergonzado, pensaba en la traza de pícaro que tendría; y para colmo de


infortunio como pregonando su ignominia los cubiertos y platos tintineaban


escandalosamente. La gente se detenía a mirarnos pasar, regocijada con el


espectáculo. Yo no detenía los ojos en nadie, tan humillado me sentía, y soportaba,


como la mujer gorda y cruel que rompía la marcha, las cuchufletas que nuestra


aparición provocaba.


Varios fiacres nos escoltaban ofreciéndonos los cocheros sus servicios, pero


doña María, sorda a todos, caminaba adelante de la mesa, cuyas patas se


iluminaban al pasar frente a las vidrieras. Por fin los cocheros desistieron de su


persecución.


A momentos Dío Fetente volvía a mí su rostro barbudo sobre la bufanda


verde. Gruesas gotas de sudor corríanle por las mejillas sucias, y en sus ojos


lastimeros brillaba una perfecta desesperación canina.


En la plaza Lavalle descansamos. Doña María hizo depositar la angarilla en


el suelo, y examinando escrupulosamente su carga, revisé el hatillo y acomodó las


ollas, cuyas tapas reaseguró con las cuatro puntas del repasador.


Lustradores de botas y vendedores de diarios habían hecho un círculo en


torno nuestro. La prudente presencia de un agente de policía nos evitó posibles


complicaciones y nuevamente emprendimos camino. Doña María iba a la casa de


una hermana que vivía en las calles Callao y Viamonte.


A instantes volvía su rostro pálido, me miraba, una sonrisa leve le rizaba el


labio descolorido, y decía:


—¿Estás cansado, Silvio? —y una sonrisa aligerábame de vergüenza; era


casi una caricia que aliviaba el corazón del espectáculo de su crueldad—. ¿Estás


cansado, Silvio?


—No, señora —y ella, tornando a sonreír con una sonrisa extraña que me


recordaba la de Enrique Irzubeta cuando se escurrió entre los agentes de policía, 


animosamente avanzaba camino.


Ahora íbamos por calles solitarias, discretamente iluminadas, con plátanos


vigorosos al borde de las aceras, elevados edificios de fachadas hermosas y vitrales


cubiertos de amplios cortinados.


Pasamos junto a un balcón iluminado.


Un adolescente y una niña conversaban en la penumbra; de la sala


anaranjada partía la melodía de un piano.


Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja.


Pensé.


Pensé en que yo nunca sería como ellos… nunca viviría en una casa hermosa


y tendría una novia de la aristocracia.


Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja.


—Ya estamos cerca —dijo la mujer.


Un amplio suspiro dilató nuestros pechos.


Cuando don Gaetano nos vio entrar a la caverna, levantando los brazos al


cielo, gritó alegremente:


—¡A comer al hotel, muchachos!… ¿Eh, te gusta don Miguel? Después vamos


por ahí. Cerrá, cerrá la puerta, strunzo.


Una sonrisa maravillosamente infantil demudó la sucia cara de Dío Fetente.


Algunas veces en la noche, yo pensaba en la belleza con que los poetas


estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca


con un grito.


Pensaba en las fiestas a que ellos asistieron, las fiestas de la ciudad, las


fiestas en los parajes arbolados con antorchas de sol en los jardines florecidos, y


de entre las manos se caía mi pobreza.


Ya no tengo ni encuentro palabras con qué pedir misericordia.


Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma.


Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la


desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil


labios gritadores.


A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos, pero yo estoy


aquí solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos.


Tercer piso, departamento 4, Charcas 1600. Tal era la dirección donde debía


entregar el paquete de libros.


Extrañas y singulares son esas lujosas casas de departamentos.


Por fuera, con sus armoniosas líneas de metopas que realzan la suntuosidad


de las cornisas complicadas y soberbias y con sus ventanales anchurosos protegidos


de cristales ondulados, hacen soñar a los pobres diablos en verosímiles


refinamientos de lujo y poderío; por dentro, la oscuridad polar de sus zaguanes


profundos y solitarios espanta el espíritu del amador de los grandes cielos


adornados de Walhallas de nubes.


Me detuve junto al portero, un atlético sujeto que metido en su librea azul


leía con aire de suficiencia un periódico.


Como un cancerbero me examinó de pies a cabeza; después, satisfecho de


comprobar hipotéticamente que yo no era un ladronzuelo, con una indulgencia que


únicamente podía nacerle de la soberbia gorra azul con trancellín de oro sobre la


visera, me dio permiso para entrar, dándome por toda indicación:


—El ascensor, a la izquierda.


Cuando salí de la jaula de hierro me encontré en un corredor oscuro, de cielo


raso bajo.


Una lámpara esmerilada difundía su claridad mortecina por el mosaico


lustroso.


La puerta del departamento indicado era de una sola hoja, sin cristales, y


parecía por su pequeña y redonda cerradura de bronce la puerta de una


monumental caja de acero.


Llamé, y una criada de sayas negras y delantal blanco me hizo entrar a una


salita tapizada de papel azul, surcada de lívidos floripones de oro.


A través de los cristales cubiertos de gasa moaré penetraba una azulada


claridad de hospital.


Piano, niñerías, bronces, floreros, todo lo miraba. De pronto un delicadísimo


perfume anunció su presencia; una puerta lateral se abrió y me encontré ante una


mujer de rostro aniñado, liviana melenita encrespada junta a las mejillas y amplio


escote. Un velludo batón color cereza no alcanzaba a cubrir sus pequeñas chinelas


blanco y oro.


—Qu' y a t-il, Fanny?


—Quelques livres pour Monsieur…


—¿Hay que pagarlos?


—Están pagos.


—Qui…


—C'est bien. Donne le pourboire au garçon.


De una bandeja la criada cogió algunas monedas para entregármelas, y


entonces le respondí:


—Yo no recibo propinas de nadie.


Con dureza la criada retrajo la mano, y entendió mi gesto la cortesana, creo


que sí, porque dijo:


—Très bien, très bien, et tu ne reçois pas ceci?


Y antes de que lo evitara, o mejor dicho, que lo acogiera en toda su plenitud,


la mujer riendo me besó en la boca, y la vi aún cuando desaparecía riendo como una


chiquilla por la puerta entornada.


Dío Fetente se ha despertado y comienza a vestirse, es decir, a ponerse los


botines. Sentado al borde del camastro, sucio y barbudo, mira en redor con aire


aburrido. Alarga el brazo y coge la gorra, entrándosela en la cabeza hasta las


orejas; luego se mira los pies, los pies encalcetados de groseras medias rojas, y


después, hundiendo el dedo meñique en la oreja, lo sacude rápidamente produciendo


un ruido desagradable. Termina por decidirse y se pone los botines; luego,


encorvado, camina hacia la puerta del cuartujo, se vuelve, mira por el suelo, y


hallando una colilla de cigarro la levanta, sopla el polvo adherido y la enciende.


Sale.


En los mosaicos de la terraza escucho cómo arrastra los pies. Yo me dejo


estar. Pienso, no, no pienso, mejor dicho, recibo de mi adentro una nostalgia dulce,


un sufrimiento más dulce que una incertidumbre de amor. Y recuerdo a la mujer


que me ha dado un beso de propina.


Estoy colmado de imprecisos deseos, de una vaguedad que es como neblina,


y adentrándose en todo mi ser, lo torna casi aéreo, impersonal y alado. Por


momentos el recuerdo de una fragancia, de la blancura de un pecho, me atraviesa


unánime, y sé que si me encontrara otra vez junto a ella desfallecería de amor;


pienso que no me importaría pensar que ha sido poseída por muchos hombres y que


si me encontrara otra vez junto a ella, en esa misma sala azul, yo me arrodillaría


en la alfombra y pondría la cabeza sobre su regazo, y por el júbilo de poseerla y


amarla haría las cosas más ignominiosas y las cosas más dulces.


Y a medida que se destrenza mi deseo, reconstruyo los vestidos con que la


cortesana se embellecerá, los sombreros armoniosos con que se cubrirá para ser más


seductora, y la imagino junto a su lecho, en una semidesnudez más terrible que el


desnudo.


Y aunque el deseo de mujer me surge lentamente, yo desdoblo los actos y


preveo qué felicidad sería para mí un amor de esa índole, con riquezas y con gloria;


imagino qué sensaciones cundirían en mi organismo si de un día para otro,


riquísimo, despertara en ese dormitorio con mi joven querida calzándose


semidesnuda junto al lecho, como lo he visto en los cromos de los libros viciosos.


Y de pronto, todo mi cuerpo, mi pobre cuerpo de hombre clama al Señor de


los Cielos.


"¡Y yo, yo, Señor, no tendré nunca una querida tan linda como esa querida


que lucen los cromos de los libros viciosos!"


Una sensación de asco empezó a encorajinar mi vida dentro de aquel antro,


rodeado de esa gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad.


Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba las jetas y momentos hubo en que


percibí dentro de la caja de mi cráneo una neblina roja que se movía con lentitud.


Cierto cansancio terrible me aplastaba los brazos. Veces hubo en que quise


dormir dos días con sus dos noches. Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba


ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para


excavar allí sus cavernas oscuras. Acostábame rabioso, despertaba taciturno. La


desesperación me ensanchaba las venas, y sentía entre mis huesos y mi piel el


crecimiento de una fuerza antes desconocida a mis sensorios. Así permanecía horas


enconado, en una abstracción dolorosa. Una noche doña María encolerizada me


ordenó que limpiara la letrina porque estaba asquerosa. Y obedecí sin decir


palabra. Creo que yo buscaba motivos para multiplicar en mi interior una


finalidad oscura.


Otra noche, don Gaetano, riéndose, al querer yo salir, me puso una mano


sobre el estómago y otra sobre el pecho para cerciorarse de que no le robaba libros,


llevándolos ocultos en esos lugares. No pude indignarme ni sonreír. Era necesario


eso, sí, eso; era necesario que mi vida, la vida que durante nueve meses había


nutrido con pena un vientre de mujer, sufriera todos los ultrajes, todas las


humillaciones, todas las angustias.


Allí comencé a quedarme sordo. Durante algunos meses perdí la percepción


de los sonidos. Un silencio afilado, porque el silencio puede adquirir hasta la forma


de una cuchilla, cortaba las voces en mis orejas.


No pensaba. Mi entendimiento se embotó en un rencor cóncavo, cuya


concavidad día a día hacíase más amplia y acorazada. Así se iba retobando mi


rencor.


Me dieron una campana, un cencerro. Y era divertido, ¡vive Dios!, mirar un


pelafustán de mi estatura dedicado a tan bajo menester. Me estacionaba a la


puerta de la caverna en las horas de mayor tráfico en la calle, y sacudía el cencerro


para llamar a la gente, para hacer volver la cabeza a la gente, para que la gente


supiera que allí se vendían libros, hermosos libros… y que las nobles


historias y las altas bellezas había que mercarlas con el hombre solapado o


con una mujer gorda y pálida. Y yo sacudía el cencerro.


Muchos ojos me desnudaron lentamente. Vi rostros de mujeres que ya no


olvidaré jamás. Vi sonrisas que aún me gritan su befa en los ojos…


¡Ah!, cierto es que estaba cansado… ¿mas no está escrito: "ganarás el pan


con el sudor de tu frente"?


Y fregué el piso, pidiendo permiso a deliciosas doncellas para poder pasar el


trapo en el lugar que ellas ocupaban con sus piececitos, y fui a la compra con una


cesta enorme; hice recados…


Posiblemente, si me hubiera escupido a la cara, me limpiara tranquilo con


el revés de la mano.


Cayó sobre mí una oscuridad cuyo tejido se espesaba lentamente. Perdí en


la memoria los contornos de los rostros que yo había amado con recogimiento


lloroso; tuve la noción de que mis días estaban distanciados entre sí por largos


espacios de tiempo… y mis ojos se secaron para el llanto.


Entonces repetí palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi


experiencia.


"Sufrirás", me decía, "sufrirás… sufrirás… sufrirás… "


"Sufrirás… sufrirás… "


"Sufrirás… ", y la palabra se me caía de los labios. Así maduré todo el


invierno infernal.


Una noche, fue en el mes de julio, precisamente en el momento en que don


Gaetano cerraba la puertecilla de la cortina metálica, doña María recordó que se


había olvidado en la cocina un atado de ropa que trajera esa tarde la lavandera.


Entonces dijo:


—Che, Silvio, vení, vamos a traerla.


Mientras don Gaetano encendía la luz, la acompañé. Recuerdo con exactitud.


El bulto estaba en el centro de la cocina, sobre una silla. Doña María,


dándome las espaldas, cogió la oreja de trapo del bulto. Yo, al volver los ojos, vi unos


carbones encendidos en el brasero. Y en aquel brevísimo intervalo pensé:


"Eso es… ", y sin vacilar, cogiendo una brasa, la arrojé a un montón de


papeles que estaba a la orilla de una estantería cargada de libros, mientras doña


María se ponía a caminar.


Después don Gaetano hizo girar la llave del conmutador, y nos encontramos


en la calle.


Doña María miró el cielo constelado.


—Linda noche… va a helar…


Yo también miré a lo alto.


—Sí, es linda la noche.


Mientras Dío Fetente dormía, yo, incorporado en mi yacija, miraba el


círculo blanco de luz que por el ojo de buey se estampaba en el muro desde la calle.


En la oscuridad yo sonreía libertado… libre… definitivamente libre, por la


conciencia de hombría que me daba mi acto anterior. Pensaba, mejor dicho, no


pensaba, anudaba delicias.


"Ésta es la hora de las cocottes."


Una cordialidad fresca como un vasito de vino hacíame fraternizar en todas


las cosas del mundo, a esas horas despiertas. Decía:


"Ésta es la hora de las muchachitas… y de los poetas… pero qué ridículo


soy… y sin embargo, yo te besaría los pies."


"Vida, vida, qué linda que sos, vida… ¡ah!, ¿pero vos no sabés?, yo soy el


muchacho… el dependiente… sí, de don Gaetano… y sin embargo yo amo todas las


cosas más hermosas de la Tierra… quisiera ser lindo y genial… vestir uniformes


resplandecientes… y ser taciturno… vida, qué linda que sos. Vida… qué linda…


Dios mío, qué linda que sos."


Encontraba placer en sonreír despacio. Pasé dos dedos en horqueta por las


crispaciones de mis mejillas. Y el graznido de las bocinas de los automóviles se


estiraba allá abajo, en la calle Esmeralda, como un ronco pregón de alegrías.


Después incliné la cabeza sobre mi hombro y cerré los ojos, pensando: "¿Qué


pintor hará el cuadro del dependiente dormido, que en sueños sonríe porque ha 


incendiado la ladronera de su amo?"


Después, lentamente, se disipó la liviana embriaguez.


Vino una seriedad sin ton ni son, una de esas seriedades que es de buen


gusto ostentarla en los parajes poblados. Y yo sentía ganas de reírme de mi


seriedad intempestiva, paternal. Pero como la seriedad es hipócrita, necesita hacer


la comedia de la "conciencia" en el cuartujo, y me dije:


"Acusado… Usted es un canalla.., un incendiario. Usted tiene bagaje de


remordimiento para toda la vida. Usted va a ser interrogado por la policía y los


jueces y el diablo… póngase serio, acusado…


Usted no comprende que es necesario ser serio… porque va a ir de cabeza a


un calabozo."


Pero mi seriedad no me convencía. Sonaba tan a tacho de lata vacía. No, ni


en serio podía tomar esa mistificación. Yo ahora era un hombre libre, y ¿qué tiene


que ver la sociedad con la libertad? Yo ahora era libre, podía hacer lo que se me


antojara… matarme si quería… pero eso era algo ridículo…


y yo… yo tenía necesidad de hacer algo hermosamente serio, bellamente


serio: adorar a la vida. Y repetí:


"Sí, vida… vos sos linda, vida… ¿sabés? De aquí en adelante adoraré a todas


las cosas hermosas de la Tierra… cierto… adoraré a los árboles, y a las casas y a


los cielos… adoraré todo lo que está en vos… además… decíme, vida ¿no es cierto


que yo soy un muchacho inteligente? ¿Conociste vos alguno que fuera como yo?"


Después me quedé dormido.


El primero en entrar a la librería esa mañana fue don Gaetano. Yo le seguí.


Todo estaba como lo habíamos dejado. La atmósfera con un relente de moho, y allá


en el fondo, en el lomo de cuero de los libros, una mancha de sol que se filtraba


por el tragaluz.


Me dirigí a la cocina. La brasa se había extinguido, aún húmeda de agua,


con la que hiciera un charco al lavar los platos Dío Fetente.


Y fue el último día que trabajé allí.


Parte 3




 EL JUGUETE RABIOSO


 


Después de lavar los platos, de cerrar las puertas y abrir los postigos, me


recosté en el lecho, porque hacía frío.


Sobre la tapia, el sol enrojecía oblicuamente los ladrillos.


Mi madre cosía en otra habitación y mi hermana preparaba sus lecciones.


Me dispuse a leer.


Sobre una silla, junto al respaldar del lecho, tenía las siguientes obras:


Virgen y madre de Luis de Val, Electrotécnica de Bahía y un Anticristo de


Nietzsche. La Virgen y madre, cuatro volúmenes de 1800 páginas cada uno, me lo


había prestado una vecina planchadora.


Ya cómodamente acostado, observé con displicencia Virgen y madre.


Evidentemente, hoy no me encontraba dispuesto a la lectura del novelón truculento


y entonces decidido cogí la Electrotécnica y me puse a estudiar la teoría del campo


magnético giratorio.


Leía despacio y con satisfacción. Pensaba, ya interiorizado de la complicada


explicación acerca de las corrientes polifásicas.


"Es síntoma de una inteligencia universal poder regalarse con distintas


bellezas", y los nombres de Ferranti y Siemens Halscke resonaban en mis oídos


armoniosamente.


Pensaba:


"Yo también algún día podré decir ante un congreso de ingenieros: 'Sí,


señores… las corrientes electromagnéticas que genera el sol, pueden ser utilizadas


y condensadas.' ¡Qué bárbaro, primero condensadas, después utilizadas! —diablo,


¿cómo podían condensarse las corrientes electromagnéticas del sol?"


Sabía, por noticias científicas que aparecen en distintos periódicos, que


Tesla, el mago de la electricidad, había ideado un condensador del rayo.


Así soñaba hasta el anochecer, cuando en la habitación contigua escuché la


voz de la señora Rebeca Naidath, amiga de mi madre.


—¡Hola! ¿cómo está, frau Drodman?, ¿cómo está mi hijita?


Levanté la cabeza del libro para escuchar.


La señora Rebeca pertenecía al rito judío. Su alma era ruin, porque su


cuerpo era pequeño.


Caminaba como una foca y escudriñaba como un águila… Yo la detestaba


por ciertas trastadas que me había hecho.


—¿Silvio no está? Tengo que hablarle.


En un santiamén estuvo en la otra habitación.


—¡Hola, ¿Cómo le va, frau, qué hay de nuevo?


—¿Tú sabes mecánica?


—Claro… Algo sé. ¿No le enseñaste, mamá, la carta de Ricaldoni?


Efectivamente, Ricaldoni me había felicitado por algunas combinaciones


mecánicas absurdas que yo había ideado en mis horas de vagancia.


La señora Rebeca dijo:


—Sí, yo la vi. Toma —alcanzándome un diario en cuya página su dedo de uña


orlada de mugre señalaba un aviso, comentó—: Mi marido me dijo que viniera y te


avisara. Lee.


Con los puños en las caderas echaba el busto hacia mí. Se tocaba con un


sombrerito negro cuyas plumas desbarbadas colgaban lamentables. Sus pupilas


negras me inspeccionaban irónicamente el rostro, y a momentos, apartando una


mano de la cadera, se rascaba con los dedos la encorvada nariz.


Leí:


"Se necesitan aprendices para mecánicos de aviación. Dingirse a la Escuela


Militar de Aviación.


Palomar de Caseros."


—Sí, tomas el tren a La Paternal, le dices al guarda que te baje en La


Paternal, tomas el 88. Te deja en la puerta.


—Sí, anda hoy, Silvio, es mejor —indicó mi madre sonriendo esperanzada—.


Ponete la corbata azul. Ya está planchada y le cosí el forro.


De un salto me planté en mi cuarto y en tanto me trajeaba, escuché a la


judía que narraba con voz lamentosa una riña con su marido.


—¡Qué cosa, frau Drodman! Vino borracho, bien borracho. Maximito no


estaba, había ido a Quilmes a ver un trabajo de pintura. Yo estaba en la cocina,


salgo afuera, y me dice mostrándome el puño así:


"'La comida, pronto… ¿Y el canalla de tu hijo por qué no vino a la obra?'


Qué vida, frau, qué vida…


Voy a la cocina y ligerito prendo el gas. Pensaba que si venía Maximito iba


a suceder un bochinche, y temblaba, frau. ¡Dios mío! Ligerito le traigo el sartén


con el hígado y huevos fritos en manteca.


Porque a él no le gusta el aceite. Y lo hubiera visto, frau, abre los ojos


grandes, frunce la nariz y me dice:


"'Perra, esto está podrido' y eran frescos los huevos. ¡Qué vida, frau, qué


vida… ! Toda la cama de huevos y manteca. Yo corrí hasta la puerta y él se levantó,


agarró los platos y los tiraba contra el suelo. Qué vida. Hasta la hermosa sopera,


¿se acuerda, frau?, hasta la hermosa sopera se rompió. Yo tenía miedo y como me


fui, él vino y pum, pum, se daba tremendos puñetazos en el pecho… ¡Qué cosa


horrible!, y me gritó cosas que nunca, frau, me gritó: '¡Cochina, quiero lavarme las


manos con tu sangre!'"


Se oía suspirar profundamente a la señora Naidath. Los percances de la


mujer me divertían. En tanto hacía el lazo de mi corbata, me imaginaba sonriendo


al grandulón de su marido, un canoso polaco, con nariz de cacatúa, vociferando tras


de doña Rebeca.


El señor Josías Naidath era un hebreo más generoso que un etman del siglo


de Sobiesky. Hombre raro. Detestaba a los judíos hasta las exaspeación, y su


antisemitismo grotesco se exteriorizaba en un léxico fabuloso por lo obsceno.


Natural, su odio era colectivo.


Amigos especuladores le habían engañado muchas veces, pero no quería


convencerse de ello y en su casa, para desesperación de la señora Rebeca, siempre


podían encontrarse inmigrantes alemanes gordos y aventureros de miserable traza,


que se hartaban en torno de la mesa con chucrut y salchicha, y que reían con


gruesas carcajadas, moviendo los inexpresivos ojos azules.


El judío les protegía hasta que encontraban trabajo, valiéndose de las


relaciones que como pintor y francmasón tenía. Algunos le robaron; hubo un


pillastre que del día a la noche desapareció de una casa en refacción llevándose


escaleras, tablones y pinturas.


Cuando el señor Naidath supo que el sereno, su protegido, se había


despachado en tal forma, puso el grito en el cielo. Parecía el dios Thor enfurecido…


más no hizo nada.


Su esposa era el prototipo de la judía avara y sórdida.


Recuerdo que cuando mi hermana era más pequeña, estaba un día de visita


en su casa. Con candidez admiraba un hermoso ciruelo cargado de fruta en sazón,


y como es lógico, apetecía la fruta y le pedía con palabras tímidas.


Entonces la señora Rebeca la reprendió:


—Hijita… Si tenés ganas de comer ciruela, podés comprar toda la que 


quieras en el mercado.


—Sírvase el té, señora Naidath.


La judía continuaba narrando lamentosamente:


—Después me gritaba, y todos los vecinos oían, frau; me gritaba: "Hija de


carnicero judío, judía cochina, protectora de tu hijo." Como si él no fuera judío,


como si Maximito no fuera su hijo.


Efectivamente, la señora Naidath y el cernícalo de Maximito se entendían


admirablemente para engañarlo al francmasón y sonsacarle dinero que gastaban


en tonterías, complicidad de la que era sabedor el señor Naidath, y que sólo


mentándola le sacaba de sus casillas.


Maximito, origen de tantas desaveniencias, era un badulaque de veintiocho


años, que se avergonzaba de ser judío y tener la profesión de pintor.


Para disimular su condición de obrero, vestía como un señor, gastaba lentes


y de noche antes de acostarse se untaba las manos con glicerina.


De sus barrabasadas yo conocía algunas sabrosísimas.


Cierta vez cobró clandestinamente un dinero debitado por un hostelero a su


padre. Tendría entonces veinte años y sintiéndose con aptitudes de músico, invirtió


el importe en un arpa magnífica y dorada. Maximito explicó, por sugerencia de su


madre, que había ganado unos pesos con un quinto de lotería, y el señor Naidath


no dijo nada, pero escamado miró de reojo el arpa, y los culpables temblaron como


en el paraíso Adán y Eva cuando los observó Jehová.


Pasaron los días. En tanto, Maximito tañía el arpa y la vieja judía se


regocijaba. Estas cosas suelen suceder. La señora Rebeca decía a sus amistades que


Maximito tenía grandes condiciones de arpista, y la gente, después de admirar el


arpa en un rincón del comedor, decía que sí.


Sin embargo, a pesar de su generosidad, el señor Josías era un hombre


prudente ciertas veces y pronto se hizo cargo por qué trapacería era dueño del arpa


el magnánimo Maximito.


En esta circunstancia, el señor Naidath, que tenía una fuerza espantosa,


estuvo a la altura de las circunstancias, y como recomienda el salmista, habló poco


y obró mucho.


Era sábado, pero al señor Josías, importábale un ardite el precepto mosaico,


a vía de prólogo sacudió dos puntapiés al trasero de su mujer, cogió a Maximito del


cuello y después de quitarle el polvo lo condujo a la puerta de calle, y a los vecinos 


que en mangas de camisa se divertían inmensamente con el barullo, desde la


ventana del comedor les arrojó el arpa a las cabezas.


Esto ameniza la vida, y por eso la gente decía del judío:


—¡Ah!, el señor Naidath… es una buena persona.


Terminado de acicalarme, salí.


—Bueno, hasta luego, frau, saludos a su esposo y a Maximito.


—¿No le das las gracias? —interrumpió mi madre.


—Ya se las di antes.


La hebrea levantó los ojillos envidiosos de las rebanadas de pan untadas de


manteca y con flojedad me estrechó las manos. Ya reaccionaban en ella los deseos


de verme fracasado en mis gestiones.


Anochecido, llegué al Palomar.


Al preguntarle por él, un viejo que fumaba sentado en un bulto, bajo el


farol verde de la estación, con un mínimo gasto de gestos, me indicó el camino entre


las tinieblas.


Comprendí que me las había con un indiferente; no quise abusar de su


parquedad, sabiendo casi tanto como antes de interrogarle, le di las gracias y


emprendí el camino.


Entonces el viejo me gritó:


—Diga, niño, ¿no tiene diez centavos? Pensé no beneficiarlo, mas


reflexionando rápidamente, me dije que si Dios existía podría ayudarme en mi


empresa como yo lo hacía con el viejo y no sin secreta pena me acerqué para


entregarle una moneda.


Entonces el andrajoso fue más explícito. Abandonó el bulto y con tembloroso


brazo extendido hacia la oscuridad señaló:


—Vea, niño… siga derechito, derechito y a la izquierda está el casino de los


oficiales.


Caminaba.


El viento removía los follajes resecos de los eucaliptus, y cortándose en los


troncos y los altos tilos del telégrafo, silbaba ululante.


Cruzando el fangoso camino, palpando los alambres de los cercos, y cuando


lo permitía la dureza del terreno rápido, llegué al edificio que el viejo ubicara a


la izquierda con el nombre de casino.


Indeciso, me detuve. ¿Llamaría? Tras de las barandas del chalet, frente a


la puerta, no había ningún soldado de guardia.


Subí tres escalones, y audazmente —así pensaba entonces— me interné en


un estrecho corredor de madera, material de que estaba construido todo el edificio,


y me detuve frente a la puerta de una oblonga habitación, cuyo centro ocupaba una


mesa.


En derredor de ella, tres oficiales, uno recostado en un sofá junto al


trinchante, otro de codos en la mesa, y un tercero con los pies en el aire, pues


apoyaba el respaldar de la silla en el muro, conversaban con displicencia frente a


cinco botellas de colores distintos.


—¿Qué quiere usted?


—Me he presentado, señor, por el aviso.


—Ya se llenaron las vacantes.


Objeté, sumamente tranquilo, con una serenidad que me nacía de la poca


suerte:


—Caramba, es una lástima, porque yo soy medio inventor, me hubiera


encontrado en mi ambiente.


—¿Y qué ha inventado usted? Pero entre, siéntese —habló un capitán


incorporándose en el sofá:


Respondí sin inmutarme:


—Un señalador automático de estrellas fugaces, y una máquina de escribir


con caracteres de imprenta lo que se le dicta. Aquí tengo una carta de felicitación


que me ha dirigido el físico Ricaldoní.


No dejaba de ser curioso esto para los tres oficiales aburridos, y de pronto


comprendí que les había interesado.


—A ver, tome asiento —me indicó uno de los tenientes examinando mi


catadura de pies a cabeza—.


Explíquenos sus famosos inventos. ¿Cómo se llamaban?


—Señalador automático de estrellas fugaces, señor oficial.


Apoyé mis brazos en la mesa, y miré con mirada que me parecía


investigadora, los semblantes de líneas duras y ojos inquisidores, tres rostros


curtidos de dominadores de hombres, que me observaban entre curiosos e irónicos.


Y en aquel instante, antes de hablar, pensé en los héroes de mis lecturas 


predilectas y la catadura de Rocambole, del Rocambole con gorra de visera de hule


y sonrisa canalla en la boca torcida, pasó por mis ojos incitándome al desparpajo


y a la actitud heroica.


Confortado, segurísimo de no incurrir en errores, dije:


—Señores oficiales: ustedes sabrán que el selenio conduce la corriente


eléctrica cuando está iluminado; en la oscuridad se comporta como un aislador. El


señalador no consistiría nada más que en una célula de selenio, conectada con un


electroimán. El paso de una estrella por el retículo del selenio, sería señalada por


un signo, ya que la claridad del meteoro, concentrada por un lente cóncavo, pondría


en condiciones de conductor al selenio.


—Está bien. ¿Y la máquina de escribir?


—La teoría es la siguiente. En el teléfono el sonido se convierte en una onda


electromagnética.


"Si medimos con un galvanómetro de tangente la intensidad eléctrica


producida por cada vocal y consonante, podemos calcular el número de amperios


vueltas, necesarios para fabricar un teclado magnético, que responderá a la


intensidad de corriente de cada vocal."


El ceño del teniente acentuóse.


—No está mala la idea, pero usted no tiene en cuenta la dificultad de crear


electroimanes que respondan a alteraciones eléctricas tan ínfimas y eso sin contar


las variaciones del timbre de voz, el magnetismo remanente; otro problema muy


serio y el peor, quizá, que las corrientes se distribuyan por sí mismas en los


electroimanes correspondientes. ¿Pero tiene usted allí la carta de Ricaldoni?


El teniente se inclinó sobre ella; después entregándola a otro de los oficiales,


me dijo:


—¿Ha visto usted? Los inconvenientes que yo le planteo, también los señala


Ricaldoni. Su idea, en principio, es muy interesante. Yo le conozco a Ricaldoni. Ha


sido mi profesor. Es un sabio el hombre.


—Sí, bajito, gordo, bastante gordo.


—¿Quiere servirse un vermouth? —me ofreció el capitán sonriendo.


—Muchas gracias, señor, no tomo.


—Y de mecánica, ¿sabe algo?


—Algo. Cinemática… Dinámica… Motores a vapor y explosión; también


conozco los motores de aceite crudo. Además, he estudiado química y explosivos, que 


es una cosa interesante.


—También. ¿Y qué sabe de explosivos?


—Pregúnteme usted —repliqué sonriendo.


—Bueno, a ver, ¿qué son fulminantes?


Aquello tomaba visos de un examen, y echándomelas de erudito, respondí:


—El capitán Cundill, en su Diccionario de explosivos, dice que los


fulminantes son las sales metálicas de un ácido hipotético llamado fulminato de


hidrógeno. Y son simples o dobles.


—A ver, a ver: un fulminato doble.


—El de cobre, que son cristales verdes y producidos haciendo hervir


fulminato de mercurio, que es simple, con agua y cobre.


—Es notable lo que sabe este muchacho. ¿Qué edad tiene usted?


—Dieciséis años, señor.


—¿Dieciséis años?


—¿Se da cuenta, capitán? Este joven tiene un gran porvenir. ¿Qué le parece


que le hablemos al capitán Márquez? Sería una lástima que no pudiera ingresar.


—Indudablemente —y el oficial del cuerpo de ingenieros se dirigió a mí.


—Pero, ¿dónde diablos ha estudiado usted todas esas cosas?


—En todas partes, señor. Por ejemplo: voy por la calle y en una casa de


mecánica veo una máquina que no conozco. Me paro, y me digo estudiando las


diferentes partes de lo que miro: esto debe funcionar así y así, y debe servir para


tal cosa. Después que he hecho mis deducciones, entro al negocio y pregunto, y


créame, señor, raras veces me equivoco. Además, tengo una biblioteca regular, y si


no estudio mecánica, estudio literatura.


—¿Cómo —interrumpió el capitán—, también literatura?


—Sí, señor, y tengo los mejores autores: Baudelaire, Dostoievski, Baroja.


—Che, ¿no será un anarquista éste?


—No, señor capitán. No soy anarquista. Pero me gusta estudiar, leer.


—¿Y qué opina su padre de todo esto?


—Mi padre se mató cuando yo era muy chico.


Súbitamente callaron. Mirándome, los tres oficiales se miraron.


Afuera silbaba el viento, y en mi frente se ahondó más el signo de la


atención.


El capitán se levantó y le imité.


—Mire, amiguito, lo felicito, véngase mañana. Esta noche trataré de verlo al


capitán Márquez, porque usted lo merece. Eso es lo que necesita el ejército


argentino. Jóvenes que quieran estudiar.


—Gracias, señor.


—Mañana, si quiere verme, con el mayor gusto lo voy a atender. Pregunte


usted por el capitán Bossi.


Grave de inmensa alegría, me despedí.


Ahora cruzaba las tinieblas, saltaba los alambrados, estremecido de un


coraje sonoro.


Más que nunca se afirmaba la convicción del destino grandioso a cumplirse


en mi existencia. Yo podría ser un ingeniero como Edison, un general como


Napoleón, un poeta como Baudelaire, un demonio como Rocambole.


Séptima alegría. Por elogio de los hombres, he gozado noches tan


estupendas, que la sangre, en una muchedumbre de alegrías, me atropellaba el


corazón, y yo creía, sobre las espaldas de mi pueblo de alegrías, cruzar los caminos


de la tierra, semejante a un símbolo de juventud.


Creo que fuimos escogidos treinta aprendices para mecánicos de aeroplanos


entre doscientos solicitantes.


Era una mañana gris. El campo se extendía a lo lejos, áspero. De su


continuidad verde gris se desprendía un castigo sin nombre.


Acompañados por un sargento pasamos junto a los hangares cerrados, y en


la cuadra nos vestimos con ropa de fajina.


Lloviznaba, y a pesar de ello un cabo nos condujo a hacer gimnasia en un


potrero situado tras de la cantina.


No era difícil. Obedeciendo a las voces de mando dejaba entrar en mí la


indiferente extensión de la llanura. Esto hipnotizaba el organismo, dejando


independientes los trabajos de la pena.


Pensaba:


"Si ella ahora me viera, ¿qué diría?"


Dulcemente, como una sombra en un muro blanqueado de luna, pasó toda 


ella, y en cierto anochecimiento lejano vi el semblante de imploración de la niña


inmóvil junto al álamo negro.


—A ver si se mueve, recluta —me gritó el cabo.


A la hora del rancho, chapoteando en el barro, nos acercamos a las ollas


hediondas de comida.


Bajo los tachos humeaban los leños verdes. Apretujándonos extendíamos al


cocinero los platos de lata.


El hombre hundía su cucharón en la basofia, y un tridente en otra olla,


luego nos apartábamos para devorar.


En tanto comía, recordé a don Gaetano y a la mujer cruel. Y aunque no


habían transcurrido, yo percibía inmensos espacios de tiempo entre mi ayer


taciturno y mi hoy vaciloso.


Pensé:


"Ahora que todo ha cambiado, ¿quién soy yo dentro del amplio uniforme?"


Sentado junto a la cuadra, observaba la lluvia cayente a intervalos, y con el


plato encima de las rodillas no podía apartar los ojos del arco del horizonte,


tumultuoso a pedazos, liso como una franja de metal en otros y aleonado tan


despiadadamente, que el frío de su altura en la caída penetraba hasta los huesos.


Algunos aprendices amontonados en la escuadra reían, y otros, inclinados en


una pileta para abrevar caballos, se lavaban los pies.


Me dije:


"Y así es la vida, quejarse siempre de lo que fue. Con cuánta lentitud caían


los hilos de agua. Y así era la vida." Dejé el plato en tierra, para agrandar mis


cavilaciones con estas ansiedades.


¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría convertirme


algún día en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier


trabajo?


Pasó un teniente y adopté la posición militar… Después me dejé caer en un


rincón y la pena se me hizo más honda.


En el futuro, ¿no sería yo uno de esos hombres que llevan cuellos sucios,


camisas zurcidas, traje color vinoso y botines enormes, porque en los pies le han


salido callos y juanetes de tanto caminar, de tanto caminar solicitando de puerta


en puerta trabajo en qué ganarse la vida?


Me tembló el alma. ¿Qué hacer, qué podría hacer para triunfar, para tener


dinero, mucho dinero?


Seguramente no me iba a encontrar en la calle una cartera con diez mil


pesos. ¿Qué hacer, entonces? Y no sabiendo si pudiera asesinar a alguien, si al


menos hubiera tenido algún pariente,


rico, a quien asesinar y responderme, comprendí que nunca me resignaría a


la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres.


De pronto se hizo tan evidente en mi conciencia la certeza de que ese anhelo


de distinción me acompañaría por el mundo, que me dije:


"No me importa no tener traje, ni plata, ni nada"; y casi con vergüenza me


confesé: "Lo que yo quiero, es ser admirado de los demás, elogiado de los demás.


¡Qué me importa ser un perdulario! Eso no me importa… Pero esta vida mediocre…


Ser olvidado cuando muera, esto sí que es horrible. ¡Ah, si mis inventos dieran


resultado! Sin embargo, algún día me moriré, y los trenes seguirán caminando, y


la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto, bien muerto… muerto para


toda la vida."


Un escalofrío me erizó el vello de los brazos. Frente al horizonte recorrido


por navíos de nubes, la convicción de una muerte eterna espantaba mi carne.


Apresurado, cogiendo el plato, fui a la pileta.


¡Ah, si se pudiera descubrir algo para no morir nunca, vivir aunque fuera


quinientos años! El cabo que dirigía los ejercicios de instrucción, me llamó:


—En seguida, mi cabo primero.


Durante el ejercicio, por intermedio del sargento, había solicitado permiso


al capitán Márquez, con objeto de pedirle consejo acerca de un mortero de trinchera


que había ideado, para arrojar proyectiles que permitieran destruir mayor


cantidad de hombres, que los schrapnells con sus explosivos.


Interiorizado en mi vocación, el capitán Márquez acostumbraba escucharme,


y en tanto yo hablaba esquematizando en la pizarra, él, tras los espejuelos de sus


lentes, me miraba sonriendo con una sonrisa de curiosidad, de burla y de


indulgencia.


Dejé el plato en la bolsa de servicio y rápidamente me dirigí al casino de


oficiales.


Ahora estaba en su habitación. Junto al muro, un lecho de campaña, un


estante con revistas y cursos de ciencias militares, y clavado en la pared un tablero


negro con su cajita llena de barras de tiza clavada en un ángulo.


El capitán me dijo:


—A ver, ayer cómo es ese cañón de trinchera. Diséñelo.


Cogí una tiza, e hice un croquis.


Comencé.


—Usted sabe, mi capitán, que el inconveniente de los grandes calibres, son


peso y tamaño de la pieza.


—Bien, y…


—Yo tengo imaginado un cañón de esta forma: el proyectil de grueso calibre


estaría perforado en el centro y en vez de estar colocado en un tubo que es el cañón,


sería introducido en la barra de hierro, como un anillo en el dedo, yéndose a encajar


en la cámara donde explotaría el cartucho. La ventaja de mi sistema, es que sin


aumentar el peso del cañón, se aumentaría enormemente el calibre del proyectil y


la carga explosiva que puede llevar.


—Entiendo… Está bien… Pero usted debe saber esto: de acuerdo con el


calibre de los proyectiles, su peso y la clase del grano de pólvora, se calcula el


grosor, diámetro y longitud del cañón. Es decir, que a medida que la pólvora se va


inflamando, el proyectil por presión de los gases avanza en el cañón, de forma que


cuando ha llegado a la boca de éste, el explosivo ha rendido su máximo de energía.


"En su invento ocurre todo lo contrario. Se efectúa la explosión y el proyectil


se desliza por la barra y los gases, en vez de seguir presionándolo, se pierden en


el aire, es decir, que si la explosión tiene que seguir actuando durante un segundo


de tiempo, usted lo reduce a un décimo o a un milésimo.


Es lo contrario. A mayor diámetro, menos uniformidad, más resistencia, a


menos que usted haya descubierto una balística nueva, que es medio difícil."


Y terminó agregando:


—Usted tiene que estudiar, estudiar mucho, si quiere ser algo.


Yo pensaba, sin atreverme a decirlo: "Cómo estudiar, si tengo que aprender


un oficio para ganarme la vida."


Proseguía:


—Estudié muchas matemáticas; lo que le falta a usted es la base, discipline


el pensamiento, aplíquelo al de las pequeñas cosas prácticas, y entonces podrá tener


éxito en sus iniciativas.


—¿Le parece, mi capitán?


—Sí, Astier. Usted tiene condiciones innegables, pero estudie, usted cree que


porque piensa lo ha hecho todo, y pensar no es nada más que un principio.


Y yo salía de allí, estremecido de gratitud hacia ese hombre que conocía serio


y melancólico y que a pesar de la disciplina, tenía la misericordia de alentarme.


Eran las dos de la tarde del cuarto día de mi ingreso en la Escuela Militar


de Aviación.


Estaba tomando mate cocido en compañía de un pelirrojo apellidado Walter,


que con entusiasmo conmovedor me hablaba de una chacra que tenía su padre, un


alemán, en las cercanías del Azul.


Decía el pelirrojo con la boca llena de pan:


—Todos los inviernos carneamos tres chanchos para la casa. Los demás se


venden. Así a la tarde cuando hacía frío, entraba y me cortaba un pedazo de pan,


después con el Ford me iba a recorrer…


—Drodman, venga —me gritó el sargento. Detenido frente a la cuadra me


observaba con seriedad inusitada.


—Ordene, mi sargento.


—Vístase de particular y entrégueme el uniforme, porque está usted de


baja.


Le miré atento.


—¿De baja?


—Sí, de baja.


—¿De baja, mi sargento? —temblaba todo al hablarlo. El suboficial me


observó apiadado. Era un provinciano de procederes correctos, y hacía pocos días que


había recibido el brevet de aviador.


—Pero si yo no he cometido ninguna falta, mi sargento, usted lo sabe bien.


—Claro que lo sé… Pero qué le voy a hacer… la orden la dio el capitán


Márquez.


—¿El capitán Márquez? Pero eso es absurdo… El capitán Márquez no puede


dar esa orden… ¿No habrá equivocación?


—Así es, en el detall me dijeron Silvio Drodman Astier… Aquí no hay otro


Drodman Astier que usted, creo, ¿no?, así que es usted, no hay vuelta de hoja.


—Pero esto es una injusticia, mi sargento.


El hombre frunció el ceño y en voz baja confidenció:


—¿Qué quiere que le haga? Claro que no está bien… creo… no, no lo sé… me


parece que el capitán tiene un recomendado… así me han dicho, no sé si es verdad,


y como ustedes no han firmado contrato todavía, claro, sacan y ponen al que


quieren. Si hubiera contrato firmado no habría caso, pero como no está firmado,


hay que aguantarse.


Dije suplicante:


—¿Y usted mi sargento, no puede hacer nada?


—¿Y qué quiere que haga, amigo? ¿Qué quiere que haga?, si soy igual a


usted; se ve cada cosa.


El hombre me compadecía.


Le di las gracias, y me retiré con lágrimas en los ojos.


—La orden es del capitán Márquez.


—¿Y no se le puede ver?


—No está el capitán.


—¿Y el capitán Bossi?


—El capitán Bossi no está.


En el camino, el sol de invierno teñía de una lúgubre rojidez el tronco de los


eucaliptus.


Yo caminaba hacia la estación.


De pronto vi en el sendero al director de la escuela.


Era un hombre rechoncho, de cara mofletuda y colorada como la de un


labriego. El viento le movía la capa sobre las espaldas, y hojeando un infolio


respondía brevemente al grupo de oficiales que en círculo le rodeaba.


Alguien debió comunicarle lo sucedido, pues el teniente coronel levantó la


cabeza de los papeles, me buscó con la mirada, y encontrándome, me gritó con voz


destemplada:


—Vea amigo, el capitán Márquez me habló de usted. Su puesto está en una


escuela industrial.


Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.


Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires, con estos gritos adentrados en el


alma.


"¡Cuando mamá lo sepa!"


Involuntariamente me la imaginaba diciendo con acento cansado:


—Silvio… pero no tienes lástima de nosotros… que no trabajas… que no


quieres hacer nada. Mira los botines que llevo, mira los vestidos de Lila, todos


remendados, ¿qué piensas, Silvio, que no trabajas?


Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de


que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena


hondísima, toda clamorosa.


Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me


envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente


sorda… y súbitamente todo se me rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas


mi absoluta inutilidad.


"¿Qué será de mí?"


En ese instante, sobre el alma, el cuerpo me pesaba como un traje demasiado


grande y mojado.


Ahora, cuando vaya a casa, mamá quizás no me diga nada. Con gesto de


tribulación abrirá el baúl amarillo, sacará el colchón, pondrá sábanas limpias en


la cama y no dirá nada. Lila, en silencio, me mirará como reprochándome.


—¿Qué has hecho, Silvio? —y no agregará nada.


"¿Qué será de mí?"


¡Ah, es menester saber las miserias de esta vida puerca, comer el hígado que


en la carnicería se pide para el gato, y acostarse temprano para no gastar el


petróleo de la lámpara! Otra vez me sobrevino el semblante de mamá, relajado en


arrugas por su vieja pena; pensé en la hermana que jamás profería una queja de


disgusto y sumisa al destino amargo empalidecía sobre sus libros de estudio, y el


alma se me cayó entre las manos. Me sentía arrastrado a detener a los


transeúntes, a coger de las mangas del saco a las gentes que pasaban y


decirles: "Me han echado del ejército así porque si, ¿comprenden ustedes? Yo creía


poder trabajar… trabajar en los motores, componer aeroplanos… y me han echado


así… porque sí.


Me decía:


"Lila, ¡ah!, ustedes no la conocen, Lila es mi hermana; yo pensaba, sabía


que podríamos ir alguna vez al biógrafo; en vez de comer hígado, comeríamos sopa


con verduras, saldríamos los domingos, la llevaría a Palermo. Pero ahora…


"¿No es una injusticia, digan ustedes, no es una injusticia?…


"Yo no soy un chico. Tengo dieciséis años, ¿por qué me echan? Iba a trabajar


a la par de cualquiera, y ahora… ¿Qué dirá mamá? ¿Qué dirá Lila? Ah, si ustedes


la conocieran. Es seria: en la Normal saca las mejores calificaciones. Con lo que yo


ganara comerían mejor en casa. Y ahora, ¿qué voy a hacer yo?… "


Noche ya, en la calle Lavalle, cerca del Palacio de Justicia me detuve frente


a un cartel:


PIEZAS AMUEBLADAS POR UN PESO Entré al zaguán iluminado


débilmente por una lámpara eléctrica, y en una garita de madera aboné el importe.


El dueño, hombre gordo, en mangas de camiseta a pesar del frío, me condujo a un


patio lleno de macetas pintadas de verde, y señalándome al mucamo, le gritó:


—Félix, éste a la 24.


Miré arriba. Aquel patio era el fondo de un cubo, cuyas caras lo formaban


los muros de cinco pisos de habitaciones con ventanas cubiertas de cortinas. A


través de algunos vidrios veíanse las paredes iluminadas, otras estaban oscuras y


no sé de dónde partía bulla de mujeres, risas reprimidas, y ruidos de cacerolas.


Subíamos por una escalera de caracol. El mucamo, un granuja picado de


viruelas con delantal azul, me precedía, arrastrando el plumero, cuyas plumas


desbarbadas barrían el suelo.


Por fin llegamos. El pasillo, como el zaguán, estaba débilmente iluminado.


El mucamo abrió la puerta y encendió la luz. Le dije:


—Mañana me despierta a las cinco, no se olvide.


—Bueno, hasta mañana.


Extenuado por la pena y las cavilaciones me dejé caer en un lecho.


La pieza: dos camas de hierro cubiertas de colchas azules, con borlitas


blancas, un lavabo de hierro barnizado y una mesita imitación caoba. En un


ángulo, el cristal del ropero espejaba la puerta tablero.


Perfume acre flotaba en el aire confinado entre los cuatro muros blancos.


Volví el rostro hacia la pared. Con lápiz, algún durmiente había diseñado un


dibujo obsceno.


Pensé:


"Mañana me iré a Europa, puede ser… ", y cubriéndome la cabeza con la


almohada, rendido de fatiga, me dormí. Fue un sueño densísimo, a través de cuya 


oscuridad se deslizó esta alucinación:


En una llanura de asfalto, manchas de aceite violeta brillaban tristemente


bajo un cielo de buriel.


En el zenit otro pedazo de altura era de un azul purísimo. Dispersos sin


orden, se elevaban por todas partes cubos de portland.


Unos eran pequeños como dados, otros altos y voluminosos como rascacielos.


De pronto del horizonte hacia el zenit se alargó un brazo horriblemente flaco. Era


amarillo como un palo de escoba, los dedos cuadrados se extendían unidos.


Retrocedí espantado, pero el brazo horriblemente flaco se alargaba, y yo


esquivándolo me empequeñecía, tropezaba con los cubos de portland, me ocultaba


tras ellos; espiando, asomaba el


rostro por una arista y el brazo delgado como el palo de una escoba, con los


dedos envarados, estaba allí, sobre mi cabeza, tocando el zenit.


En el horizonte la claridad había menguado, quedando fina como el filo de


una espada.


Allí asomó el rostro.


Era un pedazo de frente abultada, una ceja hirsuta y después un trozo de


mandíbula. Bajo el párpado arrugado estaba el ojo, un ojo de loco. La córnea


inmensa, la pupila redonda y de aguas convulsas. El párpado hizo un guiño triste…


—Señor, eh, diga, señor…


Me incorporé sobresaltado.


—Se ha dormido vestido, señor.


Con dureza miré a mi interlocutor.


—Cierto, tiene razón.


El muchacho se retiró unos pasos.


—Como vamos a ser compañeros de pieza esta noche, me permití despertarlo.


¿Está disgustado?


—No, ¿por qué? —y después de restregarme los ojos, incorporándome, me


senté al borde del lecho.


Le observé:


El ala de un hongo negro le sombreaba la frente y los ojos. Su mirada era


falsa, y el resplandor aterciopelado de ella parecía tocar la propia epidermis. Tenía 


una cicatriz junto al labio, cerca de la barbilla, y sus labios túmidos, demasiado


rojos, sonreían en su cara blanca. El sobretodo exageradamente ceñido modelaba las


formas de su cuerpo pequeño.


Bruscamente le pregunté:


—¿Qué hora es?


Con urgencia tomó su reloj de oro.


—Las once menos cuarto.


Somnoliento yo vacilaba allí. Ahora miraba con desaliento mis botines


opacos, donde se habían roto los hilos de un remiendo, dejando ver un trozo de


media por la hendidura.


En tanto el adolescente colgó su sombrero en la percha. y con un gesto de


fatiga arrojó los guantes de cuero encima de una silla. Volví a mirarle de reojo,


pero aparté la vista de él porque vi que me observaba.


Vestía irreprochablemente, y desde el rígido cuello almidonado, hasta los


botines de charol con polainas color de crema, se reconocía en él al sujeto abundante


en dinero.


Sin embargo, no sé por qué se me ocurrió:


"Debe tener los pies sucios."


Sonriendo con una sonrisa mentirosa volvió el rostro y un mechón de su


cabellera se le desparramó por la mejilla hasta cubrirle el lóbulo de una oreja. Con


voz suave y examinándome al soslayo con su mirada pesada, dijo:


—Parece que está cansado usted, ¿no?


—Sí, un poco.


Quitóse el sobretodo cuyo forro de seda brilló en los dobleces. Cierta


fragancia grasienta se desprendía de su ropa negra, y repentinamente inquieto lo


consideré; después, sin conciencia de lo que decía, le pregunté:


—¿No tiene la ropa sucia, usted?


El otro me adivinó en el sobresalto, mas atinó la respuesta:


—¿Le ha hecho daño que lo despertara así?


—No, ¿por qué me iba a hacer mal?


—Es decir, joven. A algunos les hace daño. En el internado tenía un amiguito


que cuando lo despertaban bruscamente, le daba un ataque de epilepsia.


—Un exceso de sensibilidad.


—Sensibilidad de mujer, diga usted, ¿no le parece, joven?


—¿Así que su amiguito era un hiperestésico? Pero vea, che, haga el favor,


abra esa puerta, porque yo me asfixio. Que entre un poco de aire. Hay olor de ropa


sucia aquí.


El intruso frunció ligeramente el ceño… Se dirigió a la puerta, pero antes


de llegar a ella unas cartulinas le cayeron del bolsillo del saco al suelo.


Apresurado, se inclinó para recogerlas, y me acerqué a él.


Entonces vi: eran todas fotografías del hombre y la mujer, en las distintas


formas de la cópula.


El rostro del desconocido estaba purpurino. Balbuceó:


—No sé cómo están en mi poder, eran de un amigo.


No le respondí.


De pie, junto a él, miraba con obstinación terrible un grupo. Él dijo no sé


qué cosas. Yo no le escuchaba. Miraba alucinado una fotografía terrible. Una


mujer postrada ante un faquin innoble, con gorra de visera de hule y un elástico


negro arrollado sobre el vientre.


Volví el rostro al mancebo.


Ahora estaba pálido, las pupilas voraces dilatadísimas, y en los párpados


ennegrecidos rebrillante una lágrima. Su mano cayó sobre mi brazo.


—Déjame aquí, no me eches.


—Entonces usted… vos sos…


Arrastrándome me empujó al borde del lecho y se sentó a mis pies.


—Sí, soy así, me da por rachas.


Su mano se apoyaba en mi rodilla.


—Me da por rachas.


Era profunda y amarga la voz del adolescente.


—Sí, soy así… me da por rachas.


Una pena miedosa temblaba en su voz. Después su mano cogió mi mano y la


puso de canto sobre su garganta para apretármela con el mentón. Habló en voz


muy baja, casi un soplo.


—¡Ah, si hubiera nacido mujer. ¿Por qué será así esta vida?


En las sienes me batían las venas terriblemente.


Él me preguntó: —¿Cómo te llamas?


—Silvio.


—¿Decime, Silvio, no me despreciás?… pero no… vos no tenés cara…


¿cuántos años tenés?


Enronquecido le contesté:


—Dieciséis… ¿pero estás temblando?…


—Sí… querés… vamos…


De pronto le vi, sí, le vi… En el rostro congestionado le sonreían los labios…


sus ojos también sonreían con locura… y súbitamente, en la precipitada caída de


sus ropas, vi ondular la puntilla de una camisa sucia sobre la cinta de carne que


en los muslos dejaban libre largas medias de mujer.


Lentamente, como en un muro blanqueado de luna, pasó por mis ojos el


semblante de imploración de la niña inmóvil junto a la verja negra. Una idea fría


—si ella supiera lo que hago en este momento— me cruzó la vida.


Más tarde me acordaría siempre de aquel instante. Retrocedí huraño, y


mirándolo, le dije despacio:


—Andate.


—¿Qué?


Más bajo aún le repetí:


—Andate.


—Pero…


—Andate, bestia. ¿Qué hiciste de tu vida?… ¿de tu vida?…


—No… no seas así…


—Bestia… ¿Qué hiciste de tu vida?


Y yo no atinaba a decirle en ese instante todas las altas cosas, preciosas y


nobles que estaban en mí, y que instintivamente rechazaban su llaga.


El mancebo retrocedió. Encogía los labios mostrando los colmillos, luego se


sumergió en el lecho, y mientras yo vestido entraba a mi cama, él, con los brazos


en asa bajo la nuca, comenzó a cantar:


Arroz con leche, me quiero casar.


Lo miré oblicuamente, luego, sin cólera, con una serenidad que me


asombraba, le dije:


—Si no te callás, te rompo la nariz.


—¿Qué?


—Sí, te rompo la nariz.


Entonces volvió el rostro a la pared. Una angustia horrible pesó en el aire


confinado. Yo sentía la fijeza con que su pensamiento espantoso cruzaba el silencio.


Y de él sólo veía el triángulo de cabello negro recortando la nuca, y después el cuello


blanco, redondo, sin acusar tentaciones.


No se movía, pero la fijeza de su pensamiento se aplastaba… se modelaba


en mí… y yo alelado pemanecía rígido, caído en el fondo de una angustia que se


iba solidificando en conformidad. Y a momentos lo espiaba con el rabillo del ojo.


De pronto su colcha se movió, y quedaron al descubierto sus hombros, sus


hombros lechosos que surgían del arco de puntilla que sobre las clavículas le hacía


la camisa de batista…


Un grito suplicante de mujer estalló en el pasillo al cual daba mi


habitación:


—No… no… por favor…


Y el sordo choque de un cuerpo sobre el muro, me arqueó el alma sobre el


espanto primero, cavilé un instante, después salté del lecho y abrí la puerta en el


preciso instante que la puerta de la pieza frontera se cerraba.


Me apoyé en el marco. De la vecina habitación, no surgía nada. Me volví


dejando la puerta abierta, sin mirar al otro, apagué la luz y me acosté…


En mí había ahora una seguridad potente. Encendí un cigarrillo y le dije a


mi compañero de albergue:


—Che, ¿quién te enseñó esas porquerías?


—Con vos no quiero hablar… sos un malo…


Me eché a reír, luego grave continué:


—En serio, che ¿sabés que sos un tipo raro? ¡Qué raro que sos! En tu


familia, ¿qué dicen de vos?


¿Y esta casa? ¿Te fijaste en esta casa?


—Sos un malo.


—Y vos un santo, ¿no?


—No, pero sigo mi destino… porque yo no era así antes, ¿sabés?, yo no era


así…


—¿Y quién te hizo así, entonces?


—Mi maestro, porque papá es rico. Después que aprobé el cuarto grado, me


buscaron un maestro para que me preparara para el primer año del Nacional.


Parecía un hombre serio. Usaba barba, una barba rubia puntiaguda y lentes.


Tenía los ojos casi verdes de azules. A vos te cuento todo eso porque…


—¿Y?…


—Yo no era así antes… pero él me hizo así… Después, cuando él se iba, yo


salía a buscarlo a su casa. Tenía entonces catorce años. Vivía en un departamento


de la calle Juncal. Era un talento.


Fíjate que tenía una biblioteca grande como estas cuatro paredes juntas.


También era un demonio, ¡pero cómo me quería! Yo iba a su casa, el mucamo me


hacía pasar al dormitorio… fijate que me había comprado todas las ropas de seda


y vainilladas. Yo me disfrazaba de mujer.


—¿Cómo se llamaba?


—Para qué querés saber el nombre… Tenía dos cátedras en el Nacional y se


mató ahorcándose…


—¿Ahorcándose?…


—Sí, se ahorcó en la letrina de un café… ¡pero qué zonzos sos!… ja… ja…


no te creas… son mentiras… ¿No es verdad que es bonito el cuento?


Irritado, le dije:


—Vea che, déjeme tranquilo; me voy a dormir.


—No seas malo, escuchame… qué variable sos… no te vayas a creer lo de


recién… te decía la pura verdad… cierto… el maestro se llamaba Próspero.


—¿Y usted ha seguido así hasta ahora?


—¿Y qué iba a hacer?


—¿Cómo qué iba a hacer? ¿Por qué no se va a lo de algún médico… algún


especialista en enfermedades nerviosas? Además, ¿por qué es tan sucio?


—Si está de moda, a muchos les gusta la ropa sucia.


—Usted es un degenerado.


—Sí, tenés razón… soy chiflado… ¿pero qué querés?… mira… a veces estoy


en mi dormitorio, anochece, querés creerme, es como una racha… siento el olor de


las piezas amuebladas… veo la luz prendida y entonces no puedo… es como si un


viento me arrastrara y salgo… los veo a los dueños de amuebladas.


—¿A los dueños, para qué?


—Natural, eso de ir a buscar, es triste: nosotras nos arreglamos con dos o


tres dueños y en cuanto cae a la pieza un chico que vale la pena nos avisa por


teléfono.


Después de un largo silencio, su voz se hizo más entonada y seria. Diría que


se hablaba a sí mismo, con toda su tribulación:


—¿Por qué no habré nacido mujer?… en vez de ser un degenerado… , sí, un


degenerado… , hubiera sido muchacha de mi casa, me hubiera casado con algún


hombre bueno y lo hubiera cuidado… y lo hubiera querido… en vez… así… rodar


de "catrera" en "catrera", y los disgustos… esos atorrantes de chambergo blanco y


zapatos de charol que te conocen y te siguen… y hasta las medias te roban. ¡Ah!,


si encontrara alguno que me quisiera para siempre, siempre.


—¡Pero usted está loco!, ¿todavía se hace esas ilusiones?


—¡Qué sabés vos! Tengo un amiguito que hace tres años vive con un empleado


del Banco Hipotecario… y cómo lo quiere…


—Pero eso es una bestialidad…


—¿Qué sabés… si yo pudiera daría toda mi plata para ser mujer… una


mujercita pobre… y no me importaría quedarme preñada y lavar la ropa con tal


que él me quisiera… y trabajara para mí…


Escuchándole, estaba atónito.


¿Quién era ese pobre ser humano que pronunciaba palabras tan terribles y


nuevas?… ¿que no pedía nada más que un poco de amor?


Me levanté para acariciarle la frente.


—No me toqués —vociferó—, no me toqués. Se me revienta el corazón.


Andate.


Ahora estaba en mi lecho inmóvil, temeroso de que un ruido mio lo


despertara para la muerte.


El tiempo transcurría con lentitud, y mi conciencia descentrada de 


extrañeza y fatiga recogía en el espacio el silencioso dolor de la especie.


Aún creía sentir el sonido de sus palabras… en lo negro su carita contraída


de pena diseñaba un visaje de angustia, y con la boca resecada de fiebre, exclamaba


a lo oscuro:


"Y no me importaría quedarme preñada y lavar ropa con tal de que él me


quisiera y trabajara para mí."


Quedarse preñada. ¡Cuán suave se hacía esa palabra en sus labios!


"Quedarse preñada."


Entonces todo su mísero cuerpo se deformara, pero "ella", gloriosa de aquel


amor tan hondo, caminara entre las gentes y no las viera, viendo el semblante de


aquél a quien sometíase tan sumisa.


¡Tribulación humana! ¡Cuántas palabras tristes estaban aún escondidas en


la entraña del hombre! El ruido de una puerta cerrada violentamente me despertó.


Encendí apresuradamente la lámpara.


El adolescente había desaparecido, y su cama no conservaba la huella de


ningún desorden.


Sobre el ángulo de la mesa, extendidos, había dos billetes de cinco pesos. Los


recogí con avidez.


En el espejo se reflejaba mi semblante empalidecido, la córnea surcada de


hilos de sangre, y los mechones de cabello caídos en la frente.


Quedamente una voz de mujer imploró en el pasillo:


—Apúrate, por Dios… que si lo saben.


Distintamente resonó el campanilleo de un timbre eléctrico.


Abrí la ventana que daba al patio. Una ráfaga de aire mojado me


estremeció. Aún era de noche, pero abajo en el patio, dos criados se movían en torno


de una puerta iluminada.


Salí.


Ya en la calle, mi enervamiento se disipó. Entré a una lechería y tomé un


café. Todas las mesas estaban ocupadas por vendedores de diarios y cocheros. En el


reloj colgado sobre una pueril escena bucólica, sonaron cinco campanadas.


De pronto recordé que toda esa gente tenía hogar, vi el semblante de mi


hermana, y desesperado, salí a la calle.


Otra vez se amontonaron en mi espíritu las tribulaciones de la vida, las


imágenes que no quería ver ni recordar, y rechinando los dientes caminaba por las


veredas oscuras, calles de comercios defendidos por cortinas metálicas y tableros de


madera.


Tras esas puertas había dinero, los dueños de esos comercios dormirían


tranquilamente en sus lujosos dormitorios, y yo, como un perro, andaba a la


ventura por la ciudad.


Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y malignamente arrojé la cerilla


encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico; una


pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe


como una tiniebla y yo eché a correr amenazado por su enorme puño.


En una casa de compraventa del Paseo de Julio, compré un revólver, lo


cargué con cinco proyectiles y después, saltando a un tranvía, me dirigí a los


diques.


Tratando de realizar mi deseo de irme a Europa, apresurado trepaba las


escalerillas de cuerda de los transatlánticos, y me ofrecía para cualquier trabajo


durante la travesía, a los oficiales que podía ver. Cruzaba pasillos, entraba a


estrechos camarotes atestados de valijas, con sextantes colgados de los muros,


cruzaba palabras con hombres uniformados, que volviéndose bruscamente cuando


les hablaba, apenas comprendían mi solicitud y me despedían con un gesto


malhumorado.


Por encima de las pasarelas se veía el mar tocando el declive del cielo y los


velámenes de las barcas alejadísimas.


Caminaba alucinado, aturdido por el incesante trajín, por el rechinar de las


grúas, los silbatos y las voces de los faquines descargando grandes bultos.


Experimentaba la sensación de encontrarme alejadísimo de mi casa, tan


distante, que aunque me desdijera en mi afirmación, no podría ya más volver hasta


ella.


Entonces me detenía a conversar con los pilotos de las chatas que se burlaban


de mis ofrecimientos, a veces asomaban a responderme de las humeantes cocinas,


rostros de expresiones tan bestiales, que temeroso me apartaba sin responder, y por


los bordes de los diques caminaba, fijos los ojos en las aguas violentas y grasientas


que con ruido gutural lamían el granito. Estaba fatigado. La visión de las enormes


chimeneas oblicuas, el desarrollarse de las cadenas en las maromas, con los gritos


de las maniobras, la soledad de los esbeltos mástiles, la atención ya dividida en un


semblante que asomaba a un ojo de buey y a una lingada suspendida por un


guinche sobre mi cabeza, ese movimiento ruidoso compuesto del entrecruzamiento 


de todas las voces, silbidos y choques, me mostraba tan pequeño frente a la vida,


que yo no atinaba a escoger una esperanza.


Una trepidación metálica estremecía el aire de la ribera.


De las calles de sombra formadas por los altos muros de los galpones, pasaba


a la terrible claridad del sol, a instantes un empellón me arrojaba a un costado,


los gallardetes multicolores de los navíos se rizaban con el viento; más abajo, entre


la muralla negra y el casco rojo de un transatlántico, martilleaban incesantemente


los calafateadores, y aquella demostración gigantesca de poder y riqueza, de


mercaderías apiñadas y de bestias pataleando suspendidas en el aire, me azoraba


de angustia.


Y llegué a la inevitable conclusión.


"Es inútil, tengo que matarme."


Lo había previsto vagamente.


Ya en otras circunstancias la teatralidad que secunda con lutos el catafalco


de un suicida, me había seducido con su prestigio.


Envidiaba a los cadáveres en torno de cuyos féretros sollozaban las mujeres


hermosas, y al verlas inclinadas al borde de los ataúdes se sobrecogía dolorosamente


mi masculinidad.


Entonces hubiera querido ocupar el suntuoso lecho de los muertos, como ellos


ser adornado de flores y embellecido por el suave resplandor de los cirios, recoger


en mis ojos y en la frente las lágrimas que vierten enlutadas doncellas.


No era por vez primera este pensamiento, mas en ese instante me contagió


de esta certeza.


"Yo no he de morir.., pero tengo que matarme", y antes que pudiera


reaccionar, la singularidad de esta idea absurda se posesionó vorazmente de mi


voluntad.


"No he de morir, no… yo no puedo morir… , pero tengo que matarme."


¿De dónde provenía esta certeza ilógica que después ha guiado todos los


actos de mi vida?


Mi mente se despejó de sensaciones secundarias; yo sólo era un latido de


corazón, un ojo lúcido y abierto al serenísimo interior.


"No he de morir, pero tengo que matarme."


Me acerqué a un galpón de zinc. No lejos una cuadrilla de peones 


descargaban bolsas de un vagón, y en aquel lugar el empedrado estaba cubierto de


una alfombra amarilla de maíz.


Pensé:


"Aquí debe ser", y al extraer del bolsillo el revólver, súbitamente discerní:


"no en la sien, porque me afearía el rostro, sino en el corazón".


Seguridad inquebrantable guiaba los movimientos de mi brazo.


Me pregunté "¿Dónde estará el corazón?"


Los opacos golpes interiores me indicaron su posición.


Examiné el tambor. Cargaba cinco proyectiles. Después apoyé el cañón del


revólver en el saco.


Un ligero desvanecimiento me hizo vacilar sobre las rodillas y me apoyé en


el muro del galpón.


Mis ojos se detuvieron en la calzada amarilla de maíz, y apreté el gatillo,


lentamente, pensando.


"No he de morir", y el percutor cayó… Pero en ese brevísimo intervalo que


separaba al percutor del fulminante, sentí que mi espíritu se dilataba en un


espacio de tinieblas.


Caí por tierra.


Cuando desperté en la cama de mi habitación, en el blanco muro un rayo de


sol diseñaba los contornos de las cenefas, que en el cuarto no se veían tras los


cristales.


Sentada al borde del lecho estaba mi madre.


Inclinaba hacia mí la cabeza. Tenía mojadas las pestañas, y su rostro de


rechupadas mejillas parecía excavado en un arrugado mármol de tormento.


Su voz temblaba:


—¿Por qué hiciste eso?… ah, ¿por qué no me dijiste todo? ¿Por que hiciste


eso, Silvio?


La miré. Me contraía el semblante un terrible visaje de misericordia y


remordimiento.


—¿Por qué no viniste?… Yo no te hubiera dicho nada. Si es el destino, Silvio.


¿Qué sería de mí si el revólver hubiera disparado? Tú ahora estarías aquí, con tu


pobre carita fría… ¡Ah, Silvio, Silvio! Y por la ojera carminosa le descendía una


lágrima pesada.


Sentí que anochecía en mi espíritu y apoyé la frente en su regazo, en tanto


que creía despertar en una comisaría, para distinguir entre la neblina del


recuerdo, un círculo de hombres uniformados que agitaban los brazos en torno mío.


Parte 4




 JUDAS ISCARIOTE


 


Monti era un hombre activo y noble, excitable como un espadachín, enjuto


como un hidalgo. Su penetrante mirada no desmentía la irónica sonrisa del labio


fino, sombreado por sedosas hebras de bigote negro. Cuando se encolerizaba


enrojecíansele los pómulos y su labio temblaba hasta el hundido mentón.


El escritorio y depósito de papel de su comercio eran tres habitaciones que


alquilaba a un judío peletero, y dividido de la hedionda trastienda del hebreo por


un corredor siempre lleno de chiquilines pelirrojos y mugrientos.


La primera pieza era algo así como escritorio y exposición de papel fino. Sus


ventanas daban a la calle Rivadavia, y los transeúntes al pasar veían correctamente


alineadas desde la vereda en una estancia de pino tea resmas de papel salmón,


verde, azul y rojo, rollos de papel impermeable, veteado y duro, bloques de papel de


seda y papel llamado de manteca, cubos de etiquetas con policromas flores, mazos


de papel floreado, de superficie rugosa y estampados búcaros pálidos.


En el muro azulado, una estampa del golfo de Nápoles lucía el esmalte azul


del mar inmóvil en la costa parda, sembrada de cuadritos blancos: las casas.


Allí, cuando Monti estaba de buen humor, cantaba con limpia y entonada


voz.


Me agradaba escucharle. Lo hacía con sentimiento; se comprendía que


cantando evocaba los parajes y momentos de ensueño transcurridos en su patria.


Cuando Monti me recibió de corredor a comisión, entregándome un


muestrario de papeles clasificados por su calidad y precio, dijo:


—Bueno, ahora a vender. Cada kilo de papel son tres centavos de comisión.


¡Duro principio! Recuerdo que durante una semana caminé seis horas por


día inútilmente. Aquello era inverosímil.


No vendí un kilo de papel en el trayecto de cuarenta y cinco leguas.


Desesperado entraba a verdulerías, a tiendas y almacenes, rondaba los mercados,


hacía antesala a farmacéuticos y carniceros, pero inútilmente.


Unos me enviaban lo más cortésmente posible al diablo, otros decíanme pase


la semana que viene, otros argüían: "¡Yo ya tengo corredor que hace tiempo me


sirve!", otros no me atendían, algunos opinaban que mi mercadería era


excesivamente cara, varios demasiado ordinaria y algunos raros, demasiado fina.


A mediodía, llegado al escritorio de Monti, me dejaba caer en una pilastra


formada de resmas de papel y permanecía en silencio, atontado de fatiga y


desaliento.


Mario, otro corredor, un gandul de dieciséis años, alto como un álamo, todo


piernas y brazos, se burlaba de mis estériles diligencias.


¡Era truhán el tal Mario! Parecía un poste de telégrafo rematando en una


cabeza pequeña, cubierta de un fabuloso bosque de cabellos crespos. Caminaba a


trancos enormes, con una cartera de cuero rojo bajo el brazo. Cuando llegaba al


escritorio tiraba la cartera a un rincón y se sacaba el sombrero, un hongo redondo,


tan untado de grasa, que con él pudiera lubricarse el eje de un carro. Vendía


endiabladamente y siempre estaba alegre.


Hojeando una libreta mugrienta leía en alta voz la larga lista de pedidos


recogidos, y dilatando su boca de ballenato se reía hasta el fondo rojo de la


garganta, y dos hileras de dientes saledizos.


Para simular que la alegría le hacia doler el estómago, se lo cogía con ambas


manos.


Por encima del casillero de la escribanía, Monti nos observaba sonriendo


irónico. Abarcaba su amplia frente con la mano, se restregaba los ojos como


disipando preocupaciones y nos decía después:


—No hay que desanimarse, diábolo. Quiere ser inventor y no sabe vender un


kilo de papel.


Luego indicaba:


—Hay que ser constante. Toda clase de comercio es así. Hasta que a uno no


lo conocen no quieren tener trato. En un negocio le dicen que tienen. No importa.


Hay que volver hasta que el comerciante se habitúe a verlo y acabe por comprar.


Y siempre gentile, porque es así —y cambiando de conversación agregaba—: Venga


esta tarde a tomar café. Charlaremos un rato.


Cierta noche en la calle Rojas entré en una farmacia. El farmacéutico,


bilioso sujeto picado de viruelas, examinó mi mercadería, después habló y


parecióme un ángel por lo que dijo:


—Mándeme cinco kilos de papel de seda surtido, veinte kilos de papel parejo


especial y hágame veinte mil sobres, cada cinco mil con este impreso: "Acido bórico",


"Magnesia calcinada", "Cremor tártaro", "Jabón de campeche". Eso sí, el papel


tiene que estar el lunes bien temprano aquí.


Estremecido de alegría anoté el pedido, saludé con una reverencia al seráfico


farmacéutico y me perdí por las calles. Era la primera venta. Había ganado quince


pesos de comisión.


Entré al mercado de Caballito, ese mercado que siempre me recordaba los 


mercados de las novelas de Carolina Invernizio. Un obeso salchichero con cara de


vaca, a quien había molestado inútilmente otras veces, me gritó al tiempo de


enarbolar su cuchillo sobre un bloque de tocino:


—Che, mándeme doscientos kilos recorte especial, pero mañana bien


temprano, sin falta, y a treinta y uno.


Había ganado cuatro pesos, a pesar de rebajar un centavo por kilo.


Infinita alegría, dionisiaca alegría inverosímil, ensanchaba mi espíritu


hasta las celestes esferas…


y entonces, comparando mi embriaguez con la de aquellos héroes


danunzianos que mi patrón criticaba por sus magníficos empaques, pensé:


"Monti es un idiota."


De pronto sentí que apretaban mi brazo; volvíme brusco y me encontré


frente a Lucio, aquel insigne Lucio que formaba parte del club de Los Caballeros


de Media Noche.


Nos saludamos efusivamente. Después de la noche azarosa no le había vuelto


a ver, y ahora estaba frente a mí sonriendo y mirando como de costumbre a todos


lados. Reparé que estaba bien trajeado, mejor calzado y enjoyado, luciendo en los


dedos anillos de oro falso y una piedra pálida en la corbata.


Había crecido; era un recio pelafustán disfrazado de dandy. Complemento


de esta figura de jaquetón adecentado, era un fieltro aludo, hundido


graciosamente sobre la frente hasta las cejas.


Fumaba en boquilla de ámbar, y como hombre que sabe tratar a los amigos,


después de los primeros saludos me invitó a tomar un bock en una cervecería


próxima.


Sentados ya, y habiendo sorbido su cerveza de un solo trago, el amigo Lucio


dijo con voz enronquecida:


—¿Y de qué trabajás vos?


—¿Y vos?… Te veo hecho un dandy, un personaje.


Le torció la boca una sonrisa.


—Yo… yo me he acoplado.


—Entonces vas bien… has progresado enormemente… pero como yo no tengo


tu suerte, soy papelero… vendo papel.


—¡Ah! ¿vendés papel, por alguna casa?


—Sí, para un tal Monti que vive en Flores.


—¿Y ganás mucho?


—Mucho no, pero para vivir.


—¿Así que te regeneraste?


—Claro.


—Yo también trabajo.


—¡Ah, trabajás! —Sí, trabajo, ¿a que no sabes de qué?


—No, no sé.


—Soy agente de investigaciones.


—¿Vos… agente de investigaciones? ¡Vos! —Sí, ¿por qué?


—No, nada. ¿Así que sos agente de investigaciones?


—¿Por qué te extraña?


—No… de ninguna manera… siempre tuviste aficiones… desde chico…


—Ranún… pero mirá, che, Silvio, hay que regenerarse; así es la vida, la


struggle for life de Darwin…


—¡Que te has vuelto erudito! ¿Con qué se come eso?


—Yo me entiendo, che, ésa es la terminología ácrata; así que vos también te


regeneraste, trabajás, y te va bien.


—Arregular, como decía el vasco; vendo papel.


—¿Te has regenerado entonces?


—Parece.


—Muy bien; otro medio, mozo… otros dos medios quería decir, disculpá, che.


—¿Y qué tal es ese trabajo de investigaciones?


—No me preguntés, che, Silvio; son secretos profesionales. Pero hablando de


bueyes perdidos, ¿te acordás de Enrique?


—¿Enrique Irzubeta?


—Sí.


—De Irzubeta sólo sé que después que nos separamos, ¿te acordás?…


—¡Cómo no me voy a acordar! —Después que nos separamos supe que


Grenuillet los pudo desalojar y que se fueron a vivir a Villa del Parque, pero a 


Enrique no lo vi más.


—Cierto; Enrique se fue a trabajar a una agencia de autos en el Azul.


—¿Y ahora sabés dónde está?


—Estará en el Azul, ¡qué embromar!


—No, no está en el Azul; está en la cárcel.


—¿En la cárcel?


—Como yo estoy acá, él está en la cárcel.


—¿Qué hizo?


—Nada, che: la struggle for life… , la lucha por la vida quiere decir, es un


término que le aprendí a un gallego panadero que le gustaba fabricar explosivos.


¿Vos no fabricás explosivos? No te enojés; como eras tan aficionado a las bombas


de dinamita…


Irritado de sus preguntas insidiosas, le miré con fijeza.


—¿Estás por meterme preso?


—No, hombre, ¿por qué? ¿No se te puede dar una broma?


—Es que parece que querés sonsacarme algo.


—Pucha… qué rico tipo sos, ¿no te regeneraste ya?


—Bueno, ¿qué decías de Enrique?


—Te voy a contar: una hazaña gloriosa entre nosotros, una cosa notable.


"Resulta, ahora no me acuerdo si era en la agencia del Chevrolet o del Buick,


donde Enrique estaba de empleado, que le tenían confianza… bueno, para


engatusar siempre fue un maestro éste. Él trabajaba en el escritorio, no sé cómo,


el caso es que del talonario de cheques robó uno y lo falsificó en seguida por cinco


mil novecientos cincuenta y tres pesos. ¡Lo que son las cosas! "La mañana que


piensa ir a cobrarlo, el dueño de la agencia le da dos mil cien pesos para depositar


en el mismo banco. Este loco se embolsa la plata, va al garaje de la agencia, saca


un auto, y tranquilamente se presenta al banco, presenta el cheque, y ahora es lo


raro, en el banco le pagaron el cheque falsificado."


—¡Lo pagaron! —Es increíble, ¡qué falsificación sería! Bueno, él siempre


tuvo aptitudes. ¿Te acordás cuando falsificó la bandera de Nicaragua?


—Sí, desde chico sirvió… pero seguí.


—Bueno, le pagaron… ahora andá a saber si Enrique estaba nervioso: sale 


con el coche, a dos cuadras del mercado, en un cruce, se lleva por delante un sulky…


y tuvo suerte, la vara lo único que hizo fue romperle un brazo, si lo agarra un poco


más al medio le atraviesa el pecho. Quedó desmayado. Lo llevan a un sanatorio, da


la casualidad que el dueño de la agencia supo en seguida el accidente, y se fue al


sanatorio como gato al bofe. El hombre le pide al médico las ropas de Enrique,


porque debía de haber dinero o una boleta de depósito… date cuenta de la sorpresa


del tipo… en vez de sacar una boleta le encuentra ocho mil cincuenta y tres pesos.


En eso Enrique reacciona, le pregunta de dónde son esos miles, y no supo qué


contestar; van al banco y allí en seguida se enteraron de todo.


—Es colosal.


—Increíble. Yo leí toda la crónica de eso en El Ciudadano, un diario de allí.


—¿Y ahora está preso?


—A la sombra, como él decía… pero andá a saber el tiempo que lo han


condenado. Tiene la ventaja de ser menor de edad, y además la familia conoce a


gente de influencia.


—Es curioso: va a tener un gran porvenir el amigo Enrique.


—Envidiable. Con razón que lo llamaban el Falsificador.


Después callamos. Recordaba a Enrique. Me parecía volver a estar con él, en


la covacha de los títeres. En el muro rojo el rayo de sol iluminaba su demacrado


perfil de adolescente soberbio.


Con voz enronquecida, Lucio comentó:


—La struggle for life, che, unos se regeneran y otros caen; así es la vida…


pero me voy, tengo que tomar servicio… si querés verme acá tenés mi dirección —y


me entregó una tarjeta.


Cuando después de una aparatosa despedida me encontré lejos, solo en las


calles iluminadas, todavía en mis oídos sonaba su enronquecida voz:


"La struggle for life, che… unos se regeneran, otros caen… ¡así es la vida!"


Ahora me dirigía a los comerciantes con el aplomo de un experto corredor,


y con la certeza de que debían ser estériles mis fatigas, porque ya "había vendido"


me aseguré en breve tiempo una clientela mediocre, compuesta de fiesteros de


feria, farmacéuticos a quienes hablaba del ácido pícrico y otras zarandajas,


libreros y dos o tres almaceneros, la gente de menos provecho y la más taimada


para mercar.


Con el objeto de no perder el tiempo, había dividido las parroquias de 


Caballito, Flores, Vélez Sársfield y Villa Crespo en zonas que recorría


sistemáticamente una vez por semana.


Muy temprano dejaba el lecho, y a grandes pasos me dirigía a los barrios


prefijados. De aquellos días conservo el recuerdo de un inmenso cielo


resplandeciente sobre horizontes de casas pequeñas y encaladas, de fábricas de


muros rojos, y adornando los confines: surtidores de verdura, cipreses y arboledas


en torno de las cúpulas blancas de la necrópolis.


Por las chatas calles del arrabal, miserables y sucias, inundadas de sol, con


cajones de basura a las puertas, con mujeres ventrudas, despeinadas y escuálidas


hablando en los umbrales y llamando a sus perros o a sus hijos, bajo el arco de cielo


más límpido y diáfano, conservo el recuerdo fresco, alto y hermoso.


Mis ojos bebían ávidamente la serenidad infinita, extática en el espacio


celeste.


Llamas ardientes de esperanza y de ensueño envolvíanme el espíritu y de mí


brotaba una inspiración tan feliz de ser cándida, que no acertaba a decirla con


palabras.


Y más y más me embelesaba la cúpula celeste, cuanto más viles eran los


parajes donde traficaba.


Recuerdo…


¡Aquellos almacenes, aquellas carnicerías del arrabal! Un rayo de sol


iluminaba en lo oscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de


sogas junto a los mostradores de estaño. El piso estaba cubierto de aserrín, en el


aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de


grasa amarilla, y el carnicero impasible aserra a los huesos, machacaba con el


dorso del cuchillo las chuletas… y afuera… afuera estaba el cielo de la mañana,


quieto y exquisito, dejando caer de su azulidad la infinita dulzura de la


primavera.


Nada me preocupaba en el camino sino el espacio, terso como una porcelana


celeste en el confín azul, con la profundidad de golfo en el zenit, un prodigioso mar


alto y quietísimo, donde mis ojos creían ver islotes, puertos de mar, ciudades de


mármol ceñidas de bosques verdes y navíos de mástiles florecidos deslizándose entre


armonías de sirenas hacia las fúricas ciudades de la alegría.


Caminaba así, estremecido de sabrosa violencia.


Parecíame escuchar los rumores de una fiesta nocturna; en lo alto los


cohetes derramaban verdes cascadas de estrellas, abajo reían los ventrudos genios 


del mundo y los simios hacían juegos malabares en tanto que reían las diosas


escuchando la flauta de un sapo.


Con estos festivos rumores cantando en los orejas, con aquellas visiones


bogando ante los ojos, disminuía las distancias sin advertirlo.


Entraba a los mercados, conversaba con "puesteros", vendía o discutía con los


clientes disconformes de las mercaderías recibidas. Solían decirme, sacando de


debajo del mostrador unas virutas de papel que podrían servir para fabricar


serpentinas:


—¿Y con estas tiras de papel qué quiere envolver usted?


Yo replicaba:


—Oh, el "recorte" no va a ser grande como un lienzo. De todo hay en la viña


del Señor.


Estas razones especiosas no satisfacían a los mercaderes, que tomando por


testigos a sus cofrades, juraban no comprarme un kilo más de papel.


Entonces yo fingía indignarme, decía algunas palabras no evangélicas y con


desparpajo entraba tras el mostrador y comenzaba a revolver el bulto y a


entresacar pliegos que con un poco de buena voluntad podían servir para amortajar


a una res.


—¿Y esto?… ¿Por qué no enseñan esto? Se creen ustedes que el recorte se


lo voy a elegir. ¿Por qué no compran recorte especial?


Así eran las disputas con los individuos carniceros y ciudadanos vendedores


de pescado, gente ruda, jaquetona y amiga de líos.


También agradábame en las mañanas de primavera "corretear" por las


calles recorridas de tranvías, vestidas con los toldos del comercio. Complacíame el


espectáculo de los grandes almacenes interiormente sombrosos, las queserías


frescas como granjas con enormes pilones de manteca en los estantes, las tiendas


con multicolores escaparates y señoras sentadas junto a los mostradores frente a


livianos rollos de telas; y el olor a pintura en las ferreterías, y el olor a petróleo


en las despensas, se confundía en mi sensorio como el fragante aroma de una


extraordinaria alegría, de una fiesta universal y perfumada, cuyo futuro relator


fuera yo.


En las gloriosas mañanas de octubre me he sentido poderoso, me he sentido


comprensivo como un dios.


Si fatigado entraba a una lechería a tomar un refresco, lo sombroso del 


paraje, lo semejante del decorado, hacíame soñar en una Alhambra inefable y veía


los cármenes de la Andalucía distante, veía los terruños empinados al pie de la


sierra, y en lo hondo de los socavones la cinta de planta de los arroyuelos. Una voz


mujeril acompañábase con una guitarra, y en mi memoria el viejo zapatero


andaluz reaparecía diciendo:


—José, zi era ma lindo que una rroza.


Amor, piedad, gratitud a la vida, a los libros y al mundo me galvanizaban


el nervio azul del alma.


No era yo, sino el dios que estaba dentro de mí, un dios hecho con pedazos


de montaña, de bosques, de cielo y de recuerdo.


Cuando había vendido una cantidad suficiente de papel, emprendía el


retorno, y como los kilómetros se hacían largos de recorrer a pie, placíame soñar


en cosas absurdas, verbigracia, que yo había heredado setenta millones de pesos o


en cosas de esa naturaleza. Se evaporaban mis quimeras, cuando al entrar al


escritorio, Monti me comunicaba indignado:


—El carnicero de la calle Remedios devolvió el recorte.


—¿Por qué?


—¡Qué sé yo!… Dijo que no le gustaba.


—Mal rayo lo parta al tío ése.


Es indescriptible el sentimiento de fracaso que producía ese bulto de papel


sucio, abandonado en el patio oscuro, con las ataduras renovadas, lleno de barro en


los cantos, manchado de sangre y de grasa, debido a que el carnicero lo había


revuelto despiadadamente con las manos pringosas.


Este género de devoluciones se repetía con demasiada frecuencia.


Previniéndome de posteriores incidentes solía advertir al comprador.


—Mire: el recorte son las sobras del papel parejo. Si quiere le mando recorte


especial, son ocho centavos más por kilo, pero se aprovecha todo.


—No importa, che —decía el matarife—, mande el recorte.


Mas cuando se le entregaba el papel, pretendía que se le rebajara algunos


centavos por kilo, o si no devolver los pedazos muy rotos, que sumando dos o tres


kilos hacían perder lo ganado; o no pagarlo, que era perderlo todo…


Acontecían percances divertidísimos, por los que Monti y yo acabamos por


echarnos a reír para no llorar de rabia.


Teníamos entre los clientes un chanchero que exigía se le entregaran los


fardos de papel en su casa en un día por él determinado y a una hora prefijada,


lo que era imposible; otro que devolvía la carga insultando al carretero, si no se le


extendía recibo en la forma estipulada por la ley, lo que era superfluo; otro no


pagaba el papel sino una semana después que comenzaba a consumirlo.


No hablemos de la ralea de los feriantes turcos.


Si yo les pedía noticias de Al Motamid, no me comprendían o se encogían de


hombros, cortando un pedazo de bofe para el gato de una comadre descarada.


Después para venderles había que perder una mañana, y eso con el objeto de


enviar a distancias inverosímiles, en calles de suburbios desconocidos, un mísero


paquete de veinticinco kilos, donde se ganaban setenta y cinco centavos.


El carretero, un hombre taciturno de cara sucia, al atardecer cuando


regresaba con su caballo cansado y el papel que no se había entregado, decía:


—Éste no se entregó —y arrojaba el fardo al pavimento con gesto


malhumorado— porque el carnicero estaba en los mataderos y la mujer dijo que no


sabía nada y no lo quiso recibir. Este otro no vive en el número, porque allí es una


fábrica de alpargatas. De esta calle no me supo dar razón nadie.


Nos deslenguábamos en reniegos contra esa chusma que no reconocía


formalidades, ni compromisos de ningún género.


Otras veces acaecía que Mario y yo recogíamos un pedido del mismo individuo


y cuando se le enviaba lo encargado lo rechazaba, porque decía que había comprado


la mercadería a un tercero que se la ofreció más barata. Algunos tenían la


desvergüenza de decir que no habían encargado nada, y por lo general, si no las


había, inventaban las razones.


Cuando creía haber ganado sesenta pesos en una semana recibía sólo


veinticinco o treinta.


Pero ¡y la gentecilla! ¡Los comerciantes al por menor, los tenderos y los


farmacéuticos! ¡Cuánta quisquillosidad, qué de informaciones y exámenes previos!


Para comprar la insignificancia de mil sobres con el impreso de magnesia o ácido


bórico, no lo hacían sino después de verlos frecuentemente y exigiendo de antemano


que se les entregara muestra de papel, tipos de imprenta y al fin decían:


—Veremos, pásese la otra semana.


He pensado muchas veces que se podría escribir una filogenia y psicología


del comerciante al por menor, del hombre que usa gorra tras el mostrador y que


tiene el rostro pálido y los ojos fríos como láminas de acero.


¡Ah, por qué no es suficiente exponer la mercadería! Para vender hay que


empaparse de una sutilidad "mercurial", escoger las palabras y cuidar los


conceptos, adular con circunspección, conversando de lo que no se piensa ni cree,


entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse


vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso,


agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido


al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes


agrios y malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar


algunos centavos, porque "así es la vida".


Si en la dedicación se estuviera solo… mas hay que comprender que en el


mismo lugar donde disertamos sobre la ventaja de entablar negocios con nosotros,


han pasado muchos vendedores ofreciendo la misma mercadería en distintas


condiciones, a cual más ventajosa para el comerciante.


¿Cómo se explica que un hombre escoja a otro entre muchos, para


beneficiarse beneficiándole?


No parecerá entonces exagerado decir que entre un individuo y el


comerciante se han establecido vínculos materiales y espirituales, relación


inconsciente o simulada de ideas económicas, políticas, religiosas y hasta sociales,


y que una operación de venta, aunque sea la de un paquete de agujas, salvo


perentoria necesidad, eslabona en sí más dificultades que la solución del binomio


de Newton.


Pero ¡si fuera esto solo! Además, hay que aprender a dominarse, para


soportar todas las insolencias de los burgueses menores.


Por lo general, los comerciantes son necios astutos, individuos de baja


extracción, y que se han enriquecido a fuerza de sacrificios penosísimos, de hurtos


que no puede penar la ley, de adulteraciones que nadie descubre o todos toleran.


El hábito de la mentira arraiga en esta canalla acostumbrada al manejo de


grandes o pequeños capitales y ennoblecidos por los créditos que les conceden una


patente de honorabilidad y tienen por eso espíritu de militares, es decir,


habituados a tutear despectivamente a sus inferiores, así lo hacen con los extraños


que tienen necesidad de aproximarse a ellos para poder medrar.


¡Ah!, y cómo hieren los gestos despóticos de esos tahúres enriquecidos, que


inexorables tras las mirillas del escritorio anotan sus ganancias; cómo crispan en


ímpetus asesinos esas jetas innobles que responden:


—Déjese de joder, hombre, que nosotros compramos a casas principales.


Sin embargo, se tolera, y se sonríe y se saluda… porque "así es la vida".


A veces, terminado mi recorrido, y si quedaba en camino, iba a echar un


parrafito con el cuidador de carros de la feria de Flores.


Ella era como otras tantas.


Al fondo de la calle de casas con fachadas encaladas, cubierta por un océano


de sol, ésta se presentaba inopinadamente.


El viento traía agrio olor a verduras, y los toldos de los puestos sombreaban


los mostradores de estaño dispuestos paralelamente a la vereda, en el centro de la


calzada.


Aún tengo el cuadro ante los ojos.


Se compone de dos filas.


Una formada por carniceros, vendedores de puercos, hueveros y queseros, y


otra de verduleros. La columna se prolonga chillona de policromía, churrigueresca


de tintas, con sus hombres barbudos en mangas de camiseta junto a las cestas


llenas de hortalizas.


La fila comienza en los puestos de pescadores, con los cestos ocres manchados


por el rojo de los langostinos, el azul de los pejerreyes, el achocolatado de los


mariscos, la lividez plomiza de los caracoles y el blanco zinc de las merluzas.


Los perros rondan arrebatándose el triperío de desecho, y los mercaderes con


los velludos brazos desnudos y un delantal que les cubre el pecho, cogen a pedido


de las compradoras el pescado por la cola, de una cuchillada le abren el vientre, con


las uñas le hurgan hasta el espinazo destripándolo, y después de un golpe seco lo


dividen en dos.


Más allá las mondongueras raen los amarillentos mondongos en el estaño de


sus mostradores, o cuelgan de los ganchos inmensos hígados rojos.


Diez gritos monótonos repiten:


—Pejerreye fresco… fresco, señora.


Otra voz grita:


—Aquí… aquí está lo bueno. Vengan a ver esto.


Pedazos de hielo cubiertos de aserrín rojo se derriten a la sombra


lentamente encima del lomo de los pescados encajonados.


Entrando, preguntaba en el primer puesto.


—¿El Rengo?


Con las manos apoyadas en la cadera, inflado el delantal sucio sobre el 


vientre, los feriantes gritaban con voces gangosas o chillonas:


—Rengo, vení, Rengo.


Y porque le estimaban, al llamarle se reían con gruesas carcajadas, mas el


Rengo reconociéndome desde lejos, para gozar de su popularidad caminaba despacio,


cojeando ligeramente. Cuando frente a un puesto encontraba a alguna criada


conocida, se tocaba el ala del sombrero con el cabo del rebenque.


Detenido charlaba, charlaba sonriendo, mostrando los torcidos dientes con


una perenne sonrisa picaresca; de pronto se iba, guiñando el ojo de soslayo a los


peones de carniceros que, con los dedos de las manos le hacían obscenos gestos.


—Rengo… che, Rengo… vení —gritaban de otro lado.


El pelafustán volvía su cara angulosa a un costado, diciendo que


aguardáramos, y a fuerza de codo se abría paso entre las mujeres apeñuscadas


frente a los puestos, y las hembras que no le conocían, las viejas codiciosas y


regañonas, las jóvenes mujeres biliosas y avaras, las mozuelas linfáticas y


pretenciosas, miraban con desconfianza agria, con fastidio mal disimulado, esa


cara triangular enrojecida por el sol, bronceada por la desvergüenza.


Era un bigardón a quien agradaba tocar el trasero de las mujeres apiñadas.


—Rengo… vení, Rengo.


El Rengo gozaba de popularidad. Además, como a todos los personajes de la


historia, le agradaba tener amigas, saludarse con las vecinas, bañarse en esta


atmósfera de chirigota y grosería que entre comerciante bajo y comadre pringosa


se establece de inmediato.


Cuando hablaba de cosas sucias, su cara roja resplandecía como si la


hubieran cardado con tocino, y el círculo de mondongueras, verduleros y vendedoras


de huevos se regocijaba de la inmundicia con que las salpicaban las chuscadas del


jaquetón.


Llamaban:


—Rengo… vení, Rengo.


Y los fornidos carniceros, los robustos hijos de napolitanos, toda la barbuda


suciedad que se gana la vida traficando miserablemente, toda la chusma flaca y


gorda, aviesa y astuta, los vendedores de pescado y de fruta, los carniceros y


mantequeras, toda la canalla codiciosa de dinero se complacía en la granujería del


Rengo, en la desvergüenza del Rengo, y el Rengo olímpico, desfachatado y


milonguero, semejante al símbolo de la feria franca, en el pasaje sembrado de 


tronchos, berzas y cáscaras de naranja, avanzaba contoneándose, y prendida a los


labios esta canción obscena.


Y es lindo gozar de garrón.


Se adornaba el cuello que dejaba libre su elástico negro, con un pañuelo rojo.


Grasiento sombrero aludo le sombreaba la frente y en vez de botines calzaba


alpargatas de tela violeta y adornadas de arabescos rosados.


Con un látigo que nunca abandonaba recorría rengueando de un lado a otro


la fila de carros, para hacer guardar compostura a los caballos que por


desaburrirse se mordisqueaban ferozmente.


El Rengo, además de cuidador, tenía sus cascabeles de ladrón, y siendo


"macró" de afición no podía dejar de ser jugador de hábito. En substancia, era un


pícaro afabilísimo, del cual se podía esperar cualquier favor y también alguna


trastada.


Él decía haber estudiado para jockey y haberle quedado ese esguince en la


pierna porque de envidia los compañeros le espantaron el caballo un día de prueba,


pero yo creo que no había pasado de ser bostero en alguna caballeriza.


Eso sí, conocía más nombres y virtudes de caballos que una beata santos del


martirologio. Su memoria era un almanaque de Gotha de la nobleza bestial.


Cuando hablaba de minutos y segundos se creía escuchar a un astrónomo, cuando


hablaba de sí mismo y de la pérdida que había tenido el país al perder un jockey


como él, uno sentíase tentado a llorar.


¡Qué vago! Si iba a verle, abandonaba los puestos donde conferenciaba con


ciertas barraganas, y cogiéndome de un brazo decía a vía de introito:


—Pasá un cigarrillo, que… —y encaminándonos a la fila de carros, subíamos


al que estaba mejor entoldado para sentarnos y conversar largamente.


Decía:


—Sabés, lo amuré al turco Salomón. Se dejó olvidada en el carro una pierna


de carnero, lo llamé al Pibe (un protegido) y le dije: "Rajando esto a la pieza."


Decía:


—El otro día se viene una vieja. Era una mudanza, un bagayito de nada…


Y yo andaba seco, seco…


Un mango, le digo, y agarro el carro del pescador.


"¡Qué trotada, hermano! Cuando volví eran las nueve y cuarto, y el matungo


sudado que daba miedo. Agarro y lo seco bien, pero el gallego debe haber junado, 


porque hoy y ayer se vino una punta de veces a la fila, y todo para ver si estaba


el carro. Ahora, cuando tenga otro viaje le meto con el de la mondonguera."


Y observando mi sonrisa, agregó; —Hay que vivir, che, date cuenta: la pieza


diez mangos, el domingo le juego una redoblona a Su Majestad, Vasquito y la


Adorada… y Su Majestad me mandó al brodo.


Mas reparando en dos vagos que estaban rondando con disimulo en torno de


un carro al extremo de la fila, puso el grito en el cielo:


—¿Che, hijos de una gran puta, qué hacen allí?


Y enarbolando el látigo fue corriendo hacia el carro. Después de revisar


cuidadosamente los arneses se volvió rezongando:


—Estoy arreglado si me roban un cabezal o unas riendas.


En los días lluviosos acostumbraba a pasar las mañanas en su compañía.


Bajo la capota del carro, el Rengo improvisaba estupendas poltronas con


bolsas y cajones. Sabíase dónde estaba porque bajo el arco del toldo se escapaban


nubes de humo. Para entretenerse, el Rengo cogía el mango de un látigo como si


fuera una guitarra, entornaba los ojos, chupaba con más energía el cigarrillo y con


voz arrastrada, a momentos hinchada de coraje, en otros doliente de voluptuosidad,


cantaba:


Tengo un bulín más, "sofica"


que da las once antes de hora y que yo se lo alquilé; y que yo se lo alquilé


para que afile ella sola.


Con el sombrero sobre la oreja, el cigarro humeándole bajo las narices, y la


camiseta entreabierta sobre el pecho tostado, el Rengo parecía un ladrón, y a veces


solía decirme:


—¿No es cierto, che, Rubio, que tengo pinta de "chorro"?


Sino, contaba en voz baja, entre las largas humaradas de su cigarro,


historias del arrabal, recuerdos de su niñez transcurrida en Caballito.


Eran memorias de asaltos y rapiñas, robos en pleno día, y los nombres de


Cabecita de Ajo, el Inglés, y los dos hermanos Arévalo, estaban continuamente


trabados en estos relatos.


Decía el Rengo con melancolía:


—¡Sí me acuerdo! Yo era un pibe. Siempre estaban en la esquina de Méndez


de Andés y Bella Vista, recostados en la vidriera del almacén de un gallego. El 


gallego era un "gil". La mujer dormía con otros y tenía dos hijas en la vida. ¡Sí


me acuerdo! Siempre estaban allí, tomando el sol y jodiendo a los que pasaban.


Pasaba alguno de rancho y no faltaba quien gritara: "¿Quién se comió la pata


e'chancho?"


"El del rancho", contestaba el otro. ¡Si eran unos "grelunes"! En cuanto te


"retobabas", te fajaban. Me acuerdo. Era la una. Venía un turco. Yo estaba con un


matungo en la herrería de un francés que había frente al boliche. Fue en un abrir


y cerrar de ojos. El rancho del turco voló al medio de la calle, quiso sacar el revólver,


y zas, el Inglés de un castañazo lo volteó. Arévalo "cachó" la canasta y Cabecita de


Ajo el cajón. Cuando vino el cana sólo estaba el rancho y el turco, que lloraba con


la nariz revirada. El más desalmado fue Arévalo. Era lungo, moreno y tuerto. Tenía


unas cuantas mujeres. La última que hizo fue la de un cabo. Estaba ya con la


captura recomendada. Lo "cacharon"


una noche con otros muchos de la vida en un cafetín que había antes de


llegar a San Eduardo. Lo registraron y no llevaba armas. Un cabo le pone la cadena


y se lo lleva. Antes de llegar a Bogotá, en lo oscuro, Arévalo saca una faca que tenía


escondida en el pecho bajo la camiseta y envuelta en papel de seda, y se la enterró


hasta el mango en el corazón. El otro cayó seco, y Arévalo rajó; fue a esconderse


en la casa de una hermana que era planchadora, pero al otro día lo "cacharon".


Dicen que murió tísico de la paliza que le dieron con la "goma".


Así eran las narraciones del Rengo. Monótonas, oscuras y sanguinosas.


Terminadas sus historias antes de que fuera la hora reglamentaria para


deshacerse la feria, el Rengo me invitaba:


—Vení, Rubio, ¿vamos a requechar?


—Vamos.


Con la bolsa al hombro, el Rengo recorría los puestos y los feriantes, sin


necesidad de que él les pidiera, gritábanle:


—Vení, Rengo, tomá.


Y él recogía grasa, huesos carnudos; de los verduleros, quien no le daba un


repollo le daba patatas o cebollas, las hueveras un poco de manteca, las


mondongueras un chirlo de hígado, y el Rengo jovial, con el sombrero inclinado


sobre una oreja, el látigo a la espalda, y la bolsa en la mano, cruzaba soberbio como


un rey ante los mercaderes, y hasta los más avaros y hasta los más viles no se


atrevían a negarle una sobra, porque sabían que él podía perjudicarles en distintas


formas.


Terminado, decía:


—Vení a comer conmigo.


—No, que en casa me esperan.


—Vení, no seas otario, hacemos un bife y papas fritas. Después le meto a la


viola, y hay vino, un vinito San Juan que da las doce antes de hora. Me compré una


damajuana, porque plata que no se gasta se "escolaza".


Bien sabía por qué el Rengo insistía en que almorzara con él. Necesitaría


consultarme acerca de sus inventos —porque sí—, el Rengo con toda su vagancia


tenía ribetes de inventor; el Rengo, que según propio decir se había criado "entre


las patas de los caballos", en sus horas de siesta compaginaba dispositivos e


invenciones para despojar de su dinero al prójimo. Recuerdo que un día,


explicándole los prodigios de la galvanoplastia, el Rengo quedóse tan admirado que


durante muchos días trató de persuadirme para que instaláramos en sociedad una


fábrica de moneda falsa. Cuando le pregunté de dónde sacaría el dinero, repuso:


—Yo conozco a uno que tiene plata. Si querés te lo hago conocer y nos


arreglamos. Y… ¿vamos o no vamos?


—Vamos.


Súbitamente el Rengo dirigía una mirada investigadora en redor, para


gritar después con voz desapacible:


—¡Pibe! El Pibe, que estaba riñendo con otros vagos de su calaña,


reaparecía:


No tenía diez años de edad, y menos de cuatro pies de estatura, pero en su


rostro romboidal como el de un mogol, la miseria y toda la experiencia de la


vagancia habían lapidado arrugas indelebles.


Tenía la nariz chata, los labios belfos, y además era enormemente cabelludo,


de una lana rizada y tupida entre cuyos aros desaparecían las orejas. Todo este


cromo aborigen y sucio se ataviaba con un pantalón que le llegaba hasta los


tobillos, y una blusa negra de lechero vasco.


El Rengo le ordenó imperativamente:


—Agarrá eso.


El Pibe se echó la bolsa a la espalda y rápidamente marchó.


Era criado, cocinero, mucamo y ayudante del Rengo.


Éste lo recogió como se recoge un perro, y en cambio de sus servicios lo vestía


y alimentaba; y el Pibe era fidelísimo servidor de su amo.


—Fijate —me contaba—, el otro día, al abrir la cartera una mujer en un


puesto, se le caen cinco pesos. El Pibe los tapa con el pie y después lo alza. Vamos


a casa y no había ni "medio" de carbón.


"—Andá a ver si te fían.


"—No hace falta —me contesta el loco, y pela los cinco mangos.


—Caramba, no es malo.


—Y de ahí para la "biaba". ¿Además no sabés lo que hace?


—Contá.


—¡Pero date cuenta!… Una tarde veo que sale.


"—¿Adónde vas? —le digo.


"—A la iglesia.


"—Me cazzo, ¿a la iglesia?


"—'Manyá'.


"Y me empieza a contar que de la caja que hay metida en la pared a la


entrada, para la limosna, había visto asomar la colita de un peso. Resulta que lo


habían entrado apretado, y él con un alfiler lo sacó. Y se había hecho un ganchito


con un alfiler para ir a pescar dentro de la caja todos los pesos que haya. ¿Te das


cuenta?… "


El Rengo se ríe, y si dudo que el Pibe haya inventado ese anzuelo, no dudo


en cambio que sea el pescador, mas no se lo digo, y palmoteándole en la espalda,


exclamo:


—¡Ah, Rengo, Rengo!…


Y el Rengo se ríe con una risa que le tuerce los labios descubriéndole los


dientes.


Algunas veces en la noche.


Piedad, quién tendrá piedad de nosotros.


Sobre esta tierra quién tendrá piedad de nosotros. Míseros, no tenemos un


Dios ante quien postrarnos y toda nuestra pobre vida llora.


¿Ante quién me postraré, a quién hablaré de mis espinos y de mis zarzas


duras, de este dolor que surgió en la tarde ardiente y que aún es en mí?


Qué pequeñitos somos, y la madre tierra no nos quiso en sus brazos y henos


aquí acerbos, desmantelados de impotencia.


¿Por qué no sabemos de nuestro Dios?


¡Oh! Si Él viniera un atardecer y quedamente nos abarcara con sus manos


las dos sienes.


¿Qué más podríamos pedirle? Echaríamos a andar con su sonrisa abierta en


la pupila y con lágrimas suspendidas de las pestañas.


Un día jueves a las dos de la tarde, mi hermana me avisó que un individuo


estaba a la puerta esperándome.


Salí, y con la consiguiente sorpresa, encontré al Rengo, más decentemente


trajeado que de costumbre, pues había reemplazado su pañuelo rojo por un modesto


cuello de tela, y a las floreadas alpargatas las sustituía un flamante par de


botines.


—¡Hola! ¿Vos por acá?


—¿Estás desocupado, Rubio?


—Sí, ¿por qué?


—Entonces salí, tenemos que hablar.


—Cómo no, esperame un momento.


Y entrando rápidamente me puse el cuello, cogí el sombrero y salí. De más


está decir que inmediatamente sospeché algo, y aunque no podía imaginarme el


objeto de la visita del Rengo, resolví estar en guardia.


Una vez en la calle examinando su semblante reparé que tenía algo


importante que comunicarme, pues observábame a hurtadillas, mas me retuve en


la curiosidad, limitándome a pronunciar un significativo:


—¿Y?…


—Hace días que no venís a la feria —comentó.


—Sí… estaba ocupado… ¿Y vos?


El Rengo tornó a mirarme. Como caminábamos por una vereda sombreada,


diose a hacer observaciones acerca de la temperatura; después habló de la pobreza,


de los trastornos que le traían los cotidianos trabajos; también me dijo que en la


semana última le habían robado un par de riendas, y cuando agotó el tema,


deteniéndome en medio de la vereda, y cogiéndome de un brazo, lanzó este ex


abrupto:


—¿Decime, che Rubio, sos de confianza o no sos?


—¿Y para preguntarme eso me has traído hasta acá?


—¿Pero sos o no sos?


—Mirá, Rengo, decime, ¿me tenés fe?


—Sí… yo te tengo… pero decí, ¿se puede hablar con vos?


—Claro, hombre.


—Mirá, entonces entremos allá, vamos a tomar algo. Y el Rengo


encaminándose al despacho de bebidas de un almacén, pidió una botella de cerveza


al lavacopas, nos sentamos a una mesa en el rincón más oscuro, y después de beber,


el Rengo dijo, como quien se descarga de un gran peso:


—Tengo que pedirte un consejo, Rubio. Vos sos muy "centífico". Pero por


favor, che… te recomiendo, Rubio…


Le interrumpí:


—Mirá, Rengo, un momento. Yo no sé lo que tenés que decirme, pero desde


ya te advierto que sé guardar secretos. No pregunto ni tampoco digo.


El Rengo depositó su sombrero encima de la silla. Cavilaba aún, y en su


perfil de gavilán la irresolución mental movíale ligeramente por reflejo los


músculos sobre las mandíbulas. En sus pupilas ardía un fuego de coraje, después


mirándome reciamente, se explicó:


—Es un golpe maestro, Rubio. Diez mil mangos por lo menos.


Le miré con frialdad, esa frialdad que proviene de haber descubierto un


secreto que nos puede beneficiar inmensamente, y repliqué para inspirarle


confianza:


—No sé de qué se trata, pero es poco.


La boca del Rengo se abrió lentamente.


—Te pa-re-ce po-co. Diez mil mangos lo menos, Rubio… lo menos.


—Somos dos —insistí.


—Tres —replicó.


—Peor que peor.


—Pero la tercera es mi mujer.


Y de pronto sin que me explicara su actitud, sacó una llave, una pequeña


llave aplastada y poniéndola encima de la mesa, dejóla allí abandonada. Yo no la


toqué.


Concentrado le miraba a los ojos, él sonreía como si la locura de un regocijo 


le ensanchara el alma, a momentos empalidecía; bebió dos vasos de cerveza uno tras


otro, enjugóse los labios con el dorso de la mano y dijo con una voz que no parecía


suya:


—¡Es linda vida! —Sí, la vida es linda, Rengo. Es linda. Imaginate los


grandes campos, imaginate las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos


seguirían; nosotros cruzaríamos como grandes bacanes las ciudades al otro lado del


mar.


—¿Sabés bailar, Rubio?


—No, no sé.


—Dicen que allí los que saben bailar el tango se casan con millonarias.., y


yo me voy a ir, Rubio, me voy a ir.


—¿Y el vento?


Me miró con dureza, después una alegría le demudó el semblante, y en su


rostro de gavilán se dilató una gran bondad.


—Si supieras cómo la he "laburado", Rubio. ¿Ves esta llave? Es de una caja


de fierro.


Introdujo la mano en un bolsillo, y sacando otra llave más larga, continuó:


—Esta es la de la puerta del cuarto donde está la caja. La hice en una noche,


Rubio, meta lima.


"Laburé" como un negro.


—¿Te las trajo ella?


—Sí, la primera hace un mes que la tengo hecha, la otra la hice antiyer.


Meta esperarte en la feria, y vos que no venías.


—¿Y ahora?


—¿Querés ayudarme? Vamos a medias. Son diez mil mangos, Rubio. Ayer


los puso en la caja.


—¿Cómo sabés?


—Fue al banco. Trajo un mazo bárbaro. Ella lo vio y me dijo que todos eran


colorados.


—¿Y me das la mitad?


—Sí, a medias, ¿te animás?


Me incorporé bruscamente en la silla, fingiendo estar poseído por el 


entusiasmo.


—Te felicito, Rengo, lo que pensaste es maravilloso.


—¿Te parece, Rubio?


—Ni un maestro hubiera planeado como vos lo has hecho este asunto. Nada


de ganzúa. Todo limpio.


—¿Cierto, eh… ?


—Limpio, hermano. A la mujer la escondemos.


—No hace falta, ya tengo alquilada una pieza que tiene sótano; los primeros


días la "escabullo" allí.


Después, vestida de hombre, me la llevo al norte.


—¿Querés que salgamos, Rengo?


—Sí, vamos…


La cúpula de los plátanos nos protegía de los ardores del sol. El Rengo,


meditando, dejaba humear su cigarrillo entre los labios.


—¿Quién es el dueño de la casa? —le pregunté.


—Un ingeniero.


—¡Ah!, ¿es ingeniero?


—Sí, pero batí, Rubio, ¿te animás?


—Por qué no… sí, hombre… ya estoy aburrido de caminar vendiendo papel.


Siempre la misma vida:


estarse reventando para nada. Decime, Rengo, ¿tiene sentido esta vida?


Trabajamos para comer y comemos para trabajar. "Minga" de alegría, "minga" de


fiestas, y todos los días lo mismo, Rengo. Esto "esgunfia" ya.


—Cierto, Rubio, tenés razón… ¿Así que te animás?


—Sí.


—Entonces esta noche damos el golpe.


—¿Tan pronto?


—Sí, él sale todas las noches. Va al club.


—¿Es casado?


—No, vive solo.


—¿Lejos de acá?


—No, una cuadra antes de Nazca. En la calle Bogotá. Si querés, vamos a ver


la casa.


—¿Es de altos?


—No, baja, tiene jardín al frente. Todas las puertas dan a la galería. Hay


una lonja de tierra a lo largo.


—¿Y ella?


—Es sirvienta.


—¿Y quién cocina?


—La cocinera.


—Entonces tiene plata.


—¡Hay que ver la casa! ¡Tiene cada mueble adentro! —¿Y a qué hora vamos


esta noche?


—A las once.


—¿Y va a estar ella sola?


—Sí, la cocinera en cuanto termina se va a su casa.


—¿Pero es seguro eso?


—Seguro. El farol está a media cuadra, ella va a dejar la puerta abierta,


nosotros entramos y directo al escritorio, sacamos la "guita", ahí mismo la


partimos y yo me la llevo para el refugio.


—¿Y la cana?


—La cana… la cana "cacha" a los que están prontuariados. Yo trabajo de


cuidador de carros, además nos ponemos guantes.


—¿Querés un consejo, Rengo?


—Dos.


—Bueno, atendeme. Lo primero que tenemos que hacer es no dejarnos ver hoy


por allá. Puede reconocernos algún vecino y nos mandan al "muere". Además no hay


objeto si vos conocés la casa.


Perfectamente. Segundo: ¿A qué horas sale el ingeniero?


—Nueve y media a diez, pero podemos espiar.


—Abrir la caja es cuestión de diez minutos.


—Ni eso, ya está probada la llave.


—Te felicito por la precaución… Así que a las once podemos ir.


—Sí.


—¿Y dónde nos vemos nosotros?


—En cualquier sitio.


—No, hay que ser precavidos. Yo voy a estar en Las Orquídeas a las diez y


media. Vos entrás, pero no me saludás ni nada. Te sentás a otra mesa, y a las once


salimos, yo te sigo, entrás a la casa y entro yo, después cada uno que tire por su


lado.


—En esa forma evitamos sospechas. Está bien pensado… ¿Tenés revólver vos?


—No.


De pronto el arma lució en su mano, y antes que lo evitara, la introdujo en


mi bolsillo.


—Yo tengo otra.


—No hace falta.


—Nunca uno sabe lo que puede pasar.


—¿Y vos serías capaz de matar?


—Yo… la pregunta, ¡claro!


—¡Eh! Algunas personas que pasaron nos hicieron callar. Del cielo celeste


descendía una alegría que se filtraba en tristeza dentro de mi alma culpable.


Recordando una pregunta que no le hice, dije:


—¿Y cómo sabrá ella que vamos esta noche?


—Le doy la seña por teléfono.


—¿Y el ingeniero no está de día en la casa?


—No, si querés le hablo ahora.


—¿De dónde?


—De esa botica.


El Rengo entró a comprar una aspirina y poco después salió. Ya se había


comunicado con la mujer.


Sospeché el enjuague, y aclarando, repuse:


—Vos contabas conmigo para este asunto, ¿no?


—Sí, Rubio.


—¿Por qué?


—Porque sí.


—Ahora todo está listo.


—Todo.


—¿Tenés guantes vos?


—Sí.


—Yo me pongo unas medias, es lo mismo.


Después callamos.


Toda la tarde caminamos al azar, perdido el pensamiento, sobrecogidos por


desiguales ideas.


Recuerdo que entramos a una cancha de bochas.


Allí bebimos, pero la vida giraba en torno nuestro como el paisaje en los ojos


de un ebrio.


Imágenes adormecidas hacía mucho tiempo, semejantes a nubes se


levantaron en mi conciencia, el resplandor solar que hería las pupilas, un gran


sueño se apoderaba de mis sentidos y a instantes hablaba precipitadamente sin ton


ni son.


El Rengo me escuchaba abstraído.


De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en


la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.


"¿Y si lo delatara?"


Temeroso de que hubiera sorprendido mi pensamiento, miré sobresaltado al


Rengo, que a la sombra del árbol, con los ojos adormecidos miraba la cancha, donde


las bochas estaban esparcidas.


Aquél era un lugar sombrío, propicio para elaborar ideas feroces.


La calle Nazca ancha se perdía en el confín. Junto al muro alquitranado de


un alto edificio, el bodeguero tenía adosado su cuarto de madera pintado de verde,


y en el resto del terreno se extendían paralelas las franjas de tierra enarenada.


Varias mesas de hierro se hallaban en distintos puntos.


Nuevamente pensé:


"¿Y si lo delatara?"


Con la barbilla apoyada en el pecho y el sombrero echado encima de la


frente, el Rengo se había dormido. Un rayo de sol le caía sobre una pierna, con el


pantalón manchado de lamparones de grasa.


Entonces un gran desprecio me envaró el espíritu, y cogiéndole bruscamente


de un brazo, le grité:


—Rengo.


—Eh… eh… ¿qué hay?


—Vamos, Rengo.


—¿A dónde?


—A casa. Tengo que preparar la ropa. Esta noche damos el golpe y mañana


rajamos.


—Cierto, vamos.


Una vez solo, varios temores se levantaron en mi entendimiento. Yo vi mi


existencia prolongada entre todos los hombres. La infamia estiraba mi vida entre


ellos y cada uno de ellos podía tocarme con un dedo. Y yo, ya no me pertenecía a


mí mismo para nunca jamás.


Decíame:


"Porque si hago eso destruiré la vida del hombre más noble que he conocido.


"Si hago eso me condeno para siempre.


"Y estaré solo, y seré como Judas Iscariote.


"Toda la vida llevaré una pena.


"¡Todos los días llevaré una pena!… "


Y me vi prolongado dentro de los espacios de vida interior, como una


angustia, vergonzosa hasta para mí.


Entonces sería inútil que tratara de confundirme con los desconocidos. El


recuerdo, semejante a un diente podrido, estaría en mí, y su hedor me enturbiaría


todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la


distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia.


"¿Por qué no?… Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un


secreto repugnante, que me impulsará a investigar cuál es el origen de mis raíces 


oscuras. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me


preguntaré: '¿Por qué fui tan canalla?', y no sabré responderme, y en esta rebusca


sentiré cómo se abren en mí curiosos horizontes espirituales."


Además, el negocio éste puede ser provechoso.


En realidad —no pude menos de decirme— soy un locoide con ciertas mezclas


de pillo; pero Rocambole no era menos: asesinaba… yo no asesino. Por unos cuantos


francos le levantó falso testimonio a "papá" Nicolo y lo hizo guillotinar. A la vieja


Fipart que le quería como una madre la estranguló y mató… mató al capitán


Williams, a quien él debía sus millones y su marquesado. ¿A quién no traicionó él?


De pronto recordé con nitidez asombrosa este pasaje de la obra:


Rocambole olvidó por un momento sus dolores físicos. El preso cuyas espaldas


estaban acardenaladas por la vara del Capataz, se sintió fascinado: parecióle ver


desfilar a su vista como un torbellino embriagador, París, los Campos Elíseos, el


Boulevard de los Italianos, todo aquel mundo deslumbrador de luz y de ruido en


cuyo seno había vivido antes.


Pensé:


"¿Y yo?… ¿yo seré así… ? ¿No alcanzaré a llevar una vista fastuosa como


la de Rocambole?"


Y las palabras que antes le había dicho al Rengo sonaron otra vez en mis


orejas, pero como si las pronunciara otra boca:


"Sí, la vida es linda, Rengo… Es linda. Imaginate los grandes campos,


imaginate las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos seguirían, y


nosotros cruzaríamos como grandes 'bacanes' las ciudades que están al otro lado del


mar".


Despacio, se desenroscó otra voz en mi oído:


"Canalla… sos un canalla."


Se me torció la boca. Recordé a un cretino que vivía al lado de mi casa y que


constantemente decía con voz nasal: "Si yo no tengo la culpa."


"Canalla… sos un canalla…


"Si yo no tengo la culpa."


"¡Ah!, canalla… canalla… "


"No me importa… y seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré


una pena… una pena… La angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes 


espirituales… ¡pero qué tanto embromar! ¿No tengo derecho yo… ? ¿acaso yo?…


Y seré hermoso como Judas Iscariote… y toda la vida llevaré una pena… pero…


¡ah!, es linda la vida, Rengo… es linda… y yo… yo a vos te hundo, te degüello…


te mando al 'brodo' a vos… sí, a vos… que sos 'pierna'… que sos 'rana'… yo te hundo


a vos… sí, a vos, Rengo… y entonces… entonces seré hermoso como Judas Iscariote…


y tendré una pena… una pena… ¡Puerco!"


Grandes manchas de oro tapizaban el horizonte, del que surgían en


penachos de estaño, nubes tormentosas, circundadas de atorbellinados velos color


naranja.


Levanté la cabeza y próximo al zenit entre sábanas de nubes, vi relucir


débilmente una estrella.


Diría una salpicadura de agua trémula en una grieta de porcelana azul.


Me encontraba en el barrio sindicado por el Rengo.


Las aceras estaban sombreadas por copudos follajes de acacias y ligustros.


La calle era tranquila, románticamente burguesa, con verjas pintadas ante los


jardines, fuentecillas dormidas entre los arbustos y algunas estatuas de yeso


averiadas. Un piano sonaba en la inquietud del crepúsculo, y me sentí suspendido


de los sonidos, como una gota de rocío en la ascensión de un tallo. De un rosal


invisible llegó tal ráfaga de perfume, que embriagado vacilé sobre mis rodillas, al


tiempo que leía en una placa de bronce:


ARSENIO VITRI — Ingeniero


Era la única indicando dicha profesión, en tres cuadras a lo largo.


A semejanza de otras casas, el jardín florecido extendía sus canteros frente


a la sala, y al llegar al camino de mosaico que conducía a la puerta vidriada de la


mampara se cortaba; luego continuaba formando escuadra a lo largo del muro de


la casa ladera. Encima de un balcón una cúpula de cristal protegía de la lluvia el


alféizar.


Me detuve y presioné el botón del timbre.


La puerta de la mampara se abrió, y encuadrada por el marco, vi una


mulata cejijunta y de mirada aviesa, que de mal modo me preguntó lo que quería.


Al interrogarle si estaba el ingeniero, me respondió que vería, y tornó


diciéndome quién era, y qué es lo que deseaba. Sin impacientarme le respondí que


me llamaba Fernán González, de profesión dibujante.


Volvió a entrar la mulata, y ya más apaciguada, me hizo pasar. Cruzamos 


ante varias puertas con las persianas cerradas, de pronto abrió la hoja de un


estudio, y frente a un escritorio a la izquierda de una lámpara con pantalla verde,


vi una cabeza canosa inclinada; el hombre me miró, le saludé, y me hizo señal de


que entrara. Después dijo:


—Un momento, señor, y soy con usted.


Le observé. Era joven a pesar de su cabello blanco.


Había en su rostro una expresión de fatiga y melancolía. El ceño era


profundo, las ojeras hondas, haciendo triángulo con los párpados, y el extremo de


los labios ligeramente caídos acompañaba a la postura de esa cabeza, ahora


apoyada en la palma de la mano e inclinada hacia un papel.


Adornaban el muro de la estancia, planos y diseños de edificios lujosos; fijé


los ojos en una biblioteca, llena de libros, y había alcanzado a leer el título:


Legislación de agua, cuando el señor Vitri me preguntó:


—¿En qué puedo servirle, señor?


Bajando la voz le contesté:


—Perdóneme, señor, ante todo, ¿estamos solos?


—Supongo que sí.


—¿Me permite una pregunta quizá indiscreta? Usted no está casado, ¿no?


—No.


Ahora mirábame seriamente, y su rostro enjuto iba adquiriendo


paulatinamente, por decirlo así, una reciedumbre que se difundía en otra más


grave aún.


Apoyado en el respaldar del sillón, había echado la cabeza hacia atrás; sus


ojos grises me examinaban con dureza, un momento se fijaron en el lazo de mi


corbata, después se detuvieron en mi pupila y parecía que inmóviles allá en su


órbita, esperaban sorprender en mí algo inusitado.


Comprendí que debía dejar los circunloquios.


—Señor, he venido a decirle que esta noche intentarán robarle.


Esperaba sorprenderlo, pero me equivoqué.


—¡Ah!, sí… ¿y cómo sabe usted eso?


—Porque he sido invitado por el ladrón. Además usted ha sacado una fuerte


suma de dinero del banco y la tiene guardada en la caja de hierro.


—Es cierto…


—De esa caja, como de la habitación en que está, el ladrón tiene la llave.


—¿La ha visto usted? —y sacando del bolsillo el llavero me mostró una de


guardas excesivamente gruesas.


—¿Es ésta?


—No, es la otra —y aparté una exactamente igual a la que el Rengo me


había enseñado.


—¿Quiénes son los ladrones?


—El instigador es un cuidador de carros llamado Rengo, y la cómplice su


sirvienta. Ella le sustrajo las llaves a usted de noche, y el Rengo hizo otras iguales


en pocas horas.


—¿Y usted qué participación tiene en el asunto?


—Yo… yo he sido invitado a esta fiesta como un simple conocido. El Rengo


llegó a casa y me propuso que le acompañara.


—¿Cuándo le vio a usted?


—Aproximadamente hoy a las doce de la mañana.


—Antes, ¿no estaba usted en antecedentes de lo que ese sujeto preparaba?


—De lo que preparaba, no. Conozco al Rengo; nuestras relaciones se


establecieron vendiendo yo papel a los feriantes.


—Entonces usted era su amigo… esas confianzas sólo se hacen a los amigos.


Me ruboricé.


—Tanto como amigo no… pero siempre me interesó su psicología.


—¿Nada más?


—No, ¿por qué?


—Decía… ¿pero a qué hora debían venir ustedes esta noche?


—Nosotros espiaríamos hasta que usted saliera para el club, después la


mulata nos abriría la puerta.


—El golpe está bien. ¿Cuál es el domicilio de ese sujeto llamado Rengo?


—Condarco 1375.


—Perfectamente, todo se arreglará. ¿Y su domicilio?


—Caracas, 824.


—Bien, venga esta noche a las 10. A esa hora todo estará bien guardado. Su


nombre es Fernán González.


—No, me cambié de nombre por si acaso la mulata conociera ya, por


intermedio del Rengo, mi posible participación en el asunto. Yo me llamo Silvio


Astier.


El ingeniero apretó el botón del timbre, miró en redor; momentos después se


presentó la criada.


El semblante de Arsenio Vitri conservábase impasible.


—Gabriela, el señor va a venir mañana a la mañana a buscar ese rollo de


planos —y le señaló un manojo abandonado en una silla—, aunque yo no esté se lo


entrega.


Luego levantóse, me estrechó fríamente la mano y salí acompañado de la


criada.


El Rengo fue detenido a las nueve y media de la noche. Vivía en un altillo


de madera, en una casa de gente modesta. Los agentes que le esperaban supieron


por el Pibe que el Rengo había venido, "revolvió el bagayo y se fue". Como ignoraban


cuáles eran los lugares que acostumbraba frecuentar, presentáronse


inopinadamente a la dueña de la casa, se dieron a conocer como agentes de policía


y entraron por una empinada escalera hasta el cuarto del Rengo. Allí en apariencia


no había nada que valiera la pena. Sin embargo, cosa inexplicable y absurda,


colgadas en un clavo a la vista de todo el que entrara, encontrábanse las dos llaves:


la de la caja de hierro y la de la puerta del escritorio. En un cajón de querosene,


con algunos trapos viejos, hallaron un revólver y en el fondo, oculto casi, recortes


de periódicos. Referían un asalto cuyos autores no había individualizado la policía.


Como las noticias de los periódicos trataban del mismo delito, se supuso con


razón que el Rengo no era ajeno a esa historia, y precaucionalmente fue detenido


el Pibe, es decir, se le envió con un agente a la comisaría de la sección.


En la buhardilla había también una mesa de pino tea blanca, con un cajón


lateral. Allí encontróse cierto torno de relojero, y un juego de limas finas. Algunas


denotaban uso reciente.


Secuestradas todas las pruebas del delito, la encargada de la casa fue


nuevamente llamada.


Era una vejezuela descarada y avara; envolvíase la cabeza con un pañuelo


negro cuyas puntas se ataba bajo la barbilla. Sobre la frente le caían vellones de 


pelos blancos, y su mandíbula se movía con increíble ligereza cuando hablaba. Su


declaración hizo poca luz en torno del Rengo. Ella le conocía desde hacía tres meses.


Pagaba puntualmente y trabajaba a la mañana.


Interrogada acerca de las visitas que recibía el ladrón, dio datos oscuros; eso


sí, recordaba "que el domingo pasado una negra vino a las tres de la tarde y salió


a las seis junto con Antonio".


Descartada toda posibilidad de complicidad, se le ordenó absoluta discreción,


que la vejezuela prometió por temor a posteriores compromisos, y los dos agentes


tornaron al altillo para esperar al Rengo, ya que fue explícito deseo del ingeniero


que el Rengo fuera detenido fuera de su casa, para atenuar la pena que merecía.


Quizá pensó también que yo no era ajeno a la decisión del Rengo.


Los pesquisas creían que éste no vendría; posiblemente cenara en algún


restaurante de las afueras, y se embriagara para darse coraje, pero se equivocaron.


Esos días el Rengo había ganado dinero con unas redoblonas. Después que se


separó de mí volvió al altillo para salir más tarde hacia un prostíbulo que conocía.


Casi a la hora de cerrarse los comercios entró en una valijería y compró una valija.


Después se dirigió a su cuarto, bien ajeno a lo que le esperaba. Subió la


escalera tarareando un tango, cuyos tonos hacían más distintos los golpeteos


intermitentes de la valija entre los peldaños.


Cuando abrió la puerta, la dejó en el suelo.


Introdujo después una mano en el bolsillo para sacar la caja de fósforos y


en ese instante un golpe terrible en el pecho lo hizo retroceder, en tanto que otro


polizonte lo cogía del brazo.


No es de dudar que el Rengo comprendió de lo que se trataba, porque


haciendo un esfuerzo desesperado se desprendió.


Los vigilantes, al intentar seguirle, tropezaron con la valija y uno de ellos


rodó por la escalera, cayéndole del bolsillo el revólver, que se descargó.


El estampido llenó de espanto a los moradores de la casa, y equivocadamente


se atribuyó ese tiro al Rengo, que no había alcanzado a trasponer la puerta de la


calle.


Entonces sucedió una cosa terrible.


El hijo de la vejezuela, carnicero de oficio, enterado por su madre de lo que


ocurría, cogió su bastón y se precipitó en persecución del Rengo.


A los treinta pasos le alcanzó. El Rengo corría arrastrando su pierna inútil, 


de pronto el bastón cayó sobre su brazo, volvió la cabeza y el palo resonó encima de


su cráneo.


Aturdido por el golpe, intentó defenderse aún con una mano, pero el


pesquisa que había llegado le hizo una zancadilla y otro bastonazo que le alcanzó


en el hombro, terminó por derribarle. Cuando le pusieron cadenas el Rengo gritó


con un gran grito de dolor.


—¡Ay, mamita! Después otro golpe le hizo callar y se le vio desaparecer en


la calle oscura amarradas las muñecas por las cadenas que retorcían con rabia los


agentes marchando a sus costados.


Cuando llegué a la casa de Arsenio Vitri, Gabriela no estaba ya.


Su detención se efectuó pocos momentos después que yo salí.


Un oficial de policía llamado al efecto instruyó el sumario frente al


ingeniero. La mulata al principio negóse a confesar nada, más cuando mintiendo


se le dijo que el Rengo había sido detenido, echóse a llorar.


Los testigos del acto no olvidarían jamás esa escena.


La mujer oscura, arrinconada, con los ojos brillantes miraba a todos los


costados, como una fiera que se prepara para saltar.


Temblaba extraordinariamente; pero cuando se insistió en que el Rengo


estaba detenido y que sufriría por su causa, suavemente echóse a llorar; con un


llanto tan delicado que el ceño de los circustantes se acentuó… de pronto levantó


los brazos, sus dedos se detuvieron en el nudo de sus cabellos, arrancó de allí una


peineta y desparramando su cabellera por la espalda, dijo juntando las manos,


mirando como enloquecida a los presentes:


—Sí, es cierto… es cierto… vamos… vamos a donde está Antonio.


En un carruaje la condujeron a la comisaría.


Arsenio Vitri me recibió en su escritorio. Estaba pálido y sus ojos no me


miraron al decirme:


—Siéntese.


Inesperadamente, con voz inflexiva me preguntó:


—¿Cuánto le debo por sus servicios?


—¿Cómo… ?


—Sí, ¿cuánto le debo… ?, porque a usted sólo se le puede pagar.


Comprendí todo el desprecio que me arrojaba a la cara.


Palideciendo, me levanté:


—Cierto, a mi sólo se me puede pagar. Guárdese el dinero que no le he


pedido. Adiós.


—No, venga, siéntese… ¿dígame, por qué ha hecho eso?


—¿Porqué?


—Sí, ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo. ¿No le da


vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?


Enrojecido hasta la raíz del cabello, le respondí.


—Es cierto… Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser


canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé… de


destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos


volver a caminar tranquilos.


Vitri no me miraba ahora a la cara. Sus ojos estaban fijos en el lazo de mi


corbata y su semblante iba adquiriendo sucesivamente una seriedad que se


difundía en otra más terrible.


Proseguí —Usted me ha insultado, y sin embargo no me importa.


—Yo podía ayudarlo a usted —murmuró.


—Usted podía pagarme, y ni eso ahora, porque yo por mi quietud me siento,


a pesar de toda mi canallería, superior a usted —e irritándome súbitamente, le


grité—. ¿Quién es usted?… Aún me parece un sueño haberle delatado al Rengo.


Con voz suave, replicó:


—¿Y por qué está usted así?


Un gran cansancio se apoderaba de mí rápidamente, y me dejé caer en la


silla.


—¿Por qué? Dios lo sabe. Aunque pasen mil años no podré olvidarme de la


cara del Rengo. ¿Qué será de él?


Dios lo sabe; pero el recuerdo del Rengo estará siempre en mi vida, será en


mi espíritu como el recuerdo de un hijo que se ha perdido. Él podrá venir a


escupirme en la cara y yo no le diré nada.


Una tristeza enorme pasó por mi vida. Más tarde recordaría siempre ese


instante.


—Si es así —balbució el ingeniero, y de pronto incorporándose, con los ojos


brillantes fijos en el lazo de mi corbata, murmuró como soñando—: usted lo ha 


dicho. Es así. Se cumple con una ley brutal que está dentro de uno. Es así. Es así.


Se cumple con la ley de la ferocidad. Es así; pero ¿quién le dijo a usted que es una


ley? ¿dónde aprendió eso?


Repliqué:


—Es como un mundo que de pronto cayera encima de nosotros.


—¿Pero usted había previsto que algún día llegaría a ser como Judas?


—No, pero ahora estoy tranquilo. Iré por la vida como si fuera un muerto.


Así veo la vida, como un gran desierto amarillo.


—¿No le preocupa esa situación?


—¿Para qué? Es tan grande la vida. Hace un momento me pareció que lo que


había hecho estaba previsto hace diez mil años; después creí que el mundo se abría


en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos


tan desdichados.


Una sonrisa pueril apareció en el rostro de Vitri. Dijo:


—¿Le parece a usted?


—Sí, alguna vez sucederá eso… sucederá, que la gente irá por la calle


preguntándose los unos a los otros: ¿Es cierto esto, es cierto?


—Usted, dígame, ¿usted nunca ha estado enfermo?


Comprendí lo que él pensaba y sonriendo continué:


—No… ya sé lo que usted cree… pero escúcheme… yo no estoy loco. Hay una


verdad, sí… y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda


para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en


mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría.


Una súbita lucidez me permitía ahora discernir los móviles de mis acciones


anteriores, y continué:


—Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta fuerza enorme que está en


mí…


—Siga, siga…


—Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que


he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría


a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles: ¿Pero


ustedes por qué andan con esas caras tan tristes? Si la vida es linda, linda… ¿no


le parece a usted?


—Sí…


—Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llena de flores…


dan ganas de arrodillarse y darle las gracias a Dios, por habernos hecho nacer.


—¿Y usted cree en Dios?


—Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece


que tengo un alma tan grande como la iglesia de flores… y me dan ganas de reír,


de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente…


—Siga…


—¿No se aburre?


—No, siga.


—Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo


tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me


gustaría darla… regalarla… acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen


que ser alegres!, ¿saben?, tienen que jugar a los piratas… hacer ciudades de


mármol… reírse… tirar fuegos arficiales.


Arsenio Vitri se levantó, y riendo dijo:


—Todo eso está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil?


Reflexioné un instante, luego:


—Vea; yo quisiera irme al sur… al Neuquén… allá donde hay hielos y


nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña…


—Perfectamente; yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero


ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah!, y no pierda su


alegría; su alegría es muy linda…


Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla… y salí.