Mostrando entradas con la etiqueta Se trata pues de un cuento infantil... Benjamín Gavarre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Se trata pues de un cuento infantil... Benjamín Gavarre. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de agosto de 2022

¿Se trata, pues, de un cuento infantil? Benjamín Gavarre.

   

 





¿Se trata, pues, de un cuento infantil?

 

Benjamín Gavarre.



Paráfrasis de El Gato con Botas, de Ludwig Tieck

 

Personajes: 

Munlait 

Divino 

Zaragoza 

El Autor 

El Gato 

El Rey 

La Princesa 

Lacayo-Zapatero-Aldeano 

 

En imagen o muñecos, vemos: Señoras y señoras extravagantes, pedantes, críticos y críticas. Algunas, amas de casa que se pusieron sus mejores galas y francamente son un desastre para el Buen Gusto que proclaman. Algunos hombres, críticos o no, con lentes anacrónicos tipo Valle Inclán, o bien Críticos ya de Edad Madura, o que se ven así aunque sean jóvenes. Son Medio Hipsters, muy Esnobs, con el bigote a lo Dalí, y con las ínfulas de quien huele flatulencias en todo lo que ve, critica, juzga o se le presenta aunque no le pregunten su opinión. Encarnados en personajes de carne y hueso, los críticos: en el palco, muy cerca de la acción en escena, muy muy cerca: Munlait, Divino y Zaragoza. 

 

El público en el palco comenta sobre si se trata de una obra infantil 

 

Munlait. — (Con acento francés) ¿Es que se trata de una obra infantil? 

 

Divino. — Querida, no uses el galicismo. 

 

Munlait. — Es que… lo siento, no puedo casi evitarlo…. Reitero mi duda: ¿Se trata pues de una obra infantil? 

 

Divino. — Oh sí. Créelo. Sin duda. El mismo autor está ahora con los personajes de cuento… en el foro, detrás de la cortina. Les ayuda a ponerse la capa o les pone las botas o la peluca. 

 

Munlait. — Un atentado contra el Buen Gusto. ¡Por vida mía! 

 

Zaragoza. — Tengo ganas de hacer ruido. 

 

Munlait. — Ni pensarlo, creo que es imprudente, inapropiado, eso, inapropiado, es decir la  

 

Divino. — ¿De moda dices?… Yo la he Usado. Inapropia—do. 

 

Munlait. — No quise decir... No creo que seas uno de esos. No te he visto en la Condechi. 

 

Divino. — Querida, ahí vamos todos los días, al Café Bonaparte, recuerdas, solemos ir al Stand Up de tu Prima la Gordis. 

 

Munlait. — (A punto del desmayo) Debes de estar confundido, Divino… No acostumbro, no tengo la habitiud de… 

 

Divino. — Otra francesismo 

 

Munlait. — Galicismo… 

 

Divino. — No se dice la habitiud… No acostumbro, se dice. 

 

Munlait. — Oh, bien… Creo que yo también tengo ganas de hacer ruido. Y eso que no acostumbro… 

 

Divino. — Eso, hagamos Ruido…  Ruido, Ruido… 

 

Zaragoza. — Ruido, vamos a hacer Ruido, ruido, ruido, en favor del buen gusto. 

 

Divino. — (Cambia de tema) Dicen que el autor es extranjero. Tiki, Tieki… Taco. 

 

Munlait. — No podría ser de otro modo. Creo que es Taco… En realidad no es extranjero, y se basa en una versión de una versión de una versión... 

 

Divino. — Dicen que en el elenco hay personajes vivos. 

 

Zaragoza. — Eso es increíble. 

 

Munlait. — Yo disiento. No podría ser de otra forma. 

 

Divino. — Me refiero, quiero decir, que hay un Perro vivo, y al parecer un Gato vivo y Dos o tres Conejos. Conejos vivos. 

 

Munlait. — Vaya, vaya. 

 

Zaragoza. — ¡Conejos! Eso me gusta. 

 

Divino. — Parece que se los comen. Y al gato le van a poner botas. 

 

Munlait. — Eso es verdad. Por eso dicen que la obra es infantil. 

 

Zaragoza. — Es cierto: El Gato con Botas, es un cuento. 

 

Divino. — Es una obra. Es una Historia. Un cuento como de Hadas. 

 

Munlait. — Cómo se atreven. Van a presentarnos una obra infantil. No son maneras. 

 

Divino. — Deberíamos hablar con el Autor; saber cuál es su propuesta. 

 

Zaragoza. — Eso es, conocer su visión de fondo; su propuesta teatral. 

 

Divino. — Tendríamos que estar seguros si la obra tiene perspectiva de género. 

 

Munlait. — Eso se da por descontado. Desde la enmienda del 14. Es obligatorio. 

 

Divino. — Así es. 

 

Zaragoza. — Yo con lo que no estoy de acuerdo es con el uso irresponsable de animales en escena. Es anticonstitucional. 

 

Divino. — No será tanto. 

 

Munlait. — Es así, ya no se puede, por ley. ¿Los habían prohibido? ¿O no? 

 

Divino. — Según yo, sí. 

 

Zaragoza. — Habrá que ver. Sobre todo si pensamos que los conejos se los van a comer, entonces… 

 

Munlait. — Entonces qué. 

 

Zaragoza. — Entonces… Bueno. Yo pienso que el que va a interpretar al Gato, sí tendrá que ser un Gato. 

 

Divino. — Yo lo veo desde la perspectiva de género, hay una como transversalidad, verdad… En la Poética del Teatro se estipula que todos los elementos que… que la filosofía del teatro tiene como base una poiesis que… como dice Juan Partida… Me refiero a que los Gatos… Pero miren, parece que ya va a empezar… 

 

Munlait. — Pero no han dado llamadas 

 

Zaragoza. — Yo quiero hacer otra vez ruido. 

 

Munlait. — Eso es, vamos a hacer ruido. 

 

Todos.Ruido, ruido, ruido, ruido… 

 

Se abre el telón… 

El autor habla con el público y les presenta la choza donde está Chorlito. 

 

 

El Autor. — Señores y señoras. Muy estimadas personas del público, ustedes pueden ver esta choza maloliente… Ejem… Una humilde choza donde habita este pobre y apestoso personaje que se ha quedado sin nada. 

Él se llama Chorlito, así se llama, o así se le quedó el apelativo, el nombre pues, porque su madre y su padre le decían todo el tiempo… 

 

Chorlito. — “Eres un Cabeza de Chorlito”. 

 

El Autor. — Y así, como siempre le decían “Cabeza de Chorlito” se le perdió lo de cabeza, y se le quedó lo de Chorlito como el pajarito. 

 

Chorlito. — “Eres un Cabeza de Chorlito”. 

 

El Autor. — Los padres de Chorlito murieron. Tenían pocos bienes, pero se los dejaron como herencia a los tres hijos que tenían. Al mayor… le dejaron una vaca, porque los padres hay que decirlo, hacían queso. Al segundo le dejaron un puerco. Y a Chorlito le dejaron la choza maloliente y también… le dejaron... 

 

Chorlito. — Un gato… 

 

El Autor. — Le dejaron un gato… 

 

Chorlito. — Y siete conejos. 

 

El Autor. — Le dejaron también conejos. Siete conejos. 

 

 

Los críticos del palco hablan con el autor y le exigen que su obra tenga sentido 

 

En el palco 

 

Munlait. — Esto no tiene pies ni cabeza. Quiero hablar con el Autor. Oiga. Oiga Usted. 

 

Divino. — No creo que se le pueda hablar, Munlait Está ocupado. Está en escena. 

 

Munlait. — Cómo de que no. Yo quiero hablar con él Me va a escuchar. Cómo es posible que se nos presente esta clase de historias sin ningún sentido. Este autorcillo de pacotilla no conoce lo que es el buen gusto. 

 

Zaragoza. — Debemos protestar, hacer ruido, en efecto, esta historia carece del sentido del gusto. Del buen gusto. Vamos a hacer ruido. 

 

Munlait. — Hagamos ruido. 

 

Zaragoza. — Gusto, gusto, gusto. Queremos buen gusto, gusto, gusto. 

 

Munlait. — ¿¡Qué es lo que queremos!? 

 

Zaragoza y Divino. — Gusto, gusto, gusto, gusto 

 

Munlait. — ¿Cuándo lo queremos? 

 

Divino. — Ahora. 

 

Zaragoza. — Gusto, gusto, gusto. 

 

Munlait. — Dónde lo queremos. 

 

Divino. — ¿Aquí! 

 

Zaragoza. — Gusto, gusto, ¡gusto! 

 

El Autor. — Señores, señora, permítanme por favor. Estamos en escena. Estamos trabajando. 

 

Munlait. — Usted no se ve preparado. ¿Dónde se ha educado? 

 

Divino. — No tiene aspecto de autor dramático. No me gusta su aspecto, ni su ropa, ni su pelo. No parece ser un autor dramático, ni siquiera un poeta. ¿Por qué escribe este tipo de obras? 

 

El Autor. — Antes de condenarme, concédanme su atención por un momento. Se puede notar que ustedes son un público conocedorrr…  educado y que su juicio no puede ponerse en duda. Puedo reconocer en Ustedes el amorrrr que sienten por el Arte, y debo confiar que con su valiosa ayuda podré enmendar las fallas que pudiera tener en mi incipiente obra. 

 

Zaragoza. — No habla nada mal. 

 

Divino. — Creo que lo juzgamos mal, antes de tiempo. 

 

Zaragoza. — Deberíamos darle una oportunidad. Creo que me cae bien. 

 

El Autor. — Me avergüenzo de presentar a jueces tan ilustrados la inspiración de mi musa, y lo único que en cierta medida me consuela es el arte de nuestros actores. De lo contrario, me hundiría sin más en la desesperación. 

 

Zaragoza. — Es un buen muchacho. 

 

Munlait. — Me da lástima. 

 

El Autor. — Al escuchar el ruido que hacían, me asusté como nunca. Estoy pálido y tembloroso porque en verdad les tengo respeto y no sé cómo me he atrevido a presentar esta obrita mía al juicio de tan respetabbbble auditorio. 

 

Zaragoza. — Es un tipazo, yo pienso que debemos aplaudirle. 

 

Munlait. — Es cierto, Zaragoza, hay que aplaudirle. 

 

Zaragoza. — ¡Bravo! 

 

Todos. ¡BRAVO!!! 

 

El Autor. — De ustedes dependerá entonces si mi trabajo deberá ser condenado o aplaudido. Permítanme continuar, con su annnnuencia, mi respetable público, esta es la obra que a continuación se representa, con su permiso, continuamos. ¡Acción! 

 

La obra continúa con Chorlito que se ha quedado huérfano y le dieron un gato. El gato habla. Chorlito no quiere seguir los consejos del gato y no se quiere casar con la princesa supuestamente loca y amargada. 

 

La obra continúa. 

 

Chorlito. — Después de la muerte de nuestro padre… Pues ya saben, a mi hermano mayor le dejaron una vaca. Al segundo un puerco, y a mí me dejaron este gato. 

 

Gato. — Y no cualquier gato. 

 

Chorlito. — Gato, ¿hablas? 

 

Gato. — Todos los gatos hablamos, pero nos da flojera hablar con los humanos. Son muy torpes. 

 

 

En el palco. 

 

Munlait. — A mí lo que me da flojera es esta obra. Dónde se ha visto que los animales hablen. 

 

Zaragoza. — En todos lados. Ya es un recurso muy manido. 

 

Divino. — Cierto. Desde que llegó la postmodernidad …. los animales hablan. 

 

Zaragoza. — Yo pienso que desde antes. En mi memoria está presente el conejo y la tortuga.  

Recuerdo que… 

 

Munlait. — Silencio, Zaragoza, quiero saber qué dice el Gato. 

 

 

En la Choza. 

 

Gato. — Mi querido Chorlito, habría que conseguirte una buena vida. Tus hermanos piensan que ganaron porque les tocaron grandes animales de herencia, y a ti, pues un pequeño gato, pero ya verás, te voy a sacar de pobre. Voy a lograr que vivas en un hermoso castillo y que te cases con la hija del Rey. 

 

Chorlito. — No lo sé, Gato, no sé si me quiero casar todavía. 

 

Gato. — (No lo escucha). Para lograr casarte con la princesa me debes conseguir unas botas, unas botas grandes y que me hagan ver distinguido y elegante. 

 

Chorlito. — Te digo, no me quiero casar, y menos con la Princesa, se sabe que está loca y amargada. 

 

Gato. — Tú te callas. Tú estás aquí para hacer lo que yo digo. Soy el que por medio de trampas lograré que te vean como a un joven aristócrata dueño de unas tierras maravillosas. 

 

Chorlito. — No quiero. 

 

Gato. — Soy un Hada, entiendes, soy un Hada que ha tomado la forma de un Gato, y voy a conseguir que te cases con la princesa y así vas a lograr el camino para convertirte en Rey. 

 

Chorlito. — Me parece muy complicado. Si eres un Hada, por qué escogiste la forma de un Gato, sería mejor si fueras un Hada, no crees. Y para colmo te quieres poner unas botas, no entiendo para qué. Y además quieres hacer trampa. Creo que tus acciones son poco éticas. 

 

 

En el palco 

 

Munlait. — En eso tiene razón. Cómo es que un gato es en realidad un Hada. Es incoherente. Yo me voy de aquí. 

 

Zaragoza. — Espera, Munlait, yo tengo ese dato. De hecho, en las primeras versiones de la fábula el gato es en realidad una Hada poderosa que toma la forma de un gato. No me había dado cuenta de lo incoherente que resulta el planteamiento. Pero en la diégesis original sí, un hada se convierte en gato. 

 

Divino. — Concuerdo, pero de ahí a que el personaje se atreva a prolongar una Fábula sin sentido, me parece un desatino. Qué va a pasar a continuación. Si el personaje que debe lograr el objetivo se rebela, la historia no podrá avanzar. 

 

Munlait. — Eso es muy cierto, Mi estimado Divino, pero atención… La obra continúa... 

 

 

Llega la invitación del Rey para que vayan a palacio, y ya también le mandan unas botas al gato.  

Le piden al minino que no olvide los conejos. 

 

 

En la Choza. 

 

Llega el lacayo del Rey. 

 

Lacayo.Maese Gato, le traigo la invitación que el Mismo Rey le ha enviado para esta tarde. 

 

Gato. — ¿Una invitación? No me la esperaba, y tan pronto. Todavía no tengo mis botas. 

 

Lacayo.Ah, y se me encomendó también la tarea de que recibáis estas botas que el zapatero ha hecho especialmente para vos. 

 

Chorlito. — Botas, el zapatero, ¿una invitación?… Qué clase de estratagemas habéis hecho, Maese Gato. Y por qué estoy hablando de esta manera, qué me sucede. 

 

Gato. — Gracias Lacayo, decidle al Rey que ahí estaremos sin falta. 

 

Lacayo.Ah, y me manda decir el Rey que no os olvidéis de los conejos. 

 

Gato. — Los he de llevar, que no haya duda alguna, decidle a su Majestad que he de llevar como seis o siete conejos. Todos ya cocinados. 

 

Lacayo.Gracias, Maese Gato. Un placer, como siempre. 

 

El Lacayo se va. 

 

 

Chorlito. — ¿Un placer como siempre? Qué está sucediendo. El Rey, su majestad, conejos…. ¿Qué pasa? 

 

Gato. — No habréis de escapar a tu destino. 

 

Chorlito. — Otra vez, y dale con el habréis. Cuál destino. Yo soy un personaje libre y me niego a que hagáis de mí lo que queráis. 

 

Gato. — Lo veis, dijisteis queráis. No hay escapatoria. Queráis o no queráis…  

Ándale, ayúdame a ponerme estas botas, porque tengo que conseguir unos conejos. 

 

 

Oscuro. 

 

Como muchas de las acciones de la fábula se adelantaron, los críticos del palco protestan. 

 

En el Palco. 

 

Munlait. — No me gusta la solución, la encuentro poco elegante. Debo hablar con el Autor. 

 

Zaragoza. — A mí no me satisface del todo, pero debo decir que no me deja de parecer original.El uso del lenguaje sobre todo. El uso del vosotros le da cierta elegancia. 

 

Munlait. — Es cierto, es original, sobre todo porque no se mantiene en un estilo. Es original, pero es impreciso, no es pertinente. 

 

Divino. — Por favor, querida Munlait. Creo que a pesar de que el recurso no es del todo fallido, habría que hacer una mesa de discusión, una comisión dictaminadora… puede ser en mi casa…  Ya sé… hagamos un estudio colegiado. Después de todo Es El Gato con botas. 

 

Zaragoza. — Pues sí, concuerdo. Me parece que algo está pasando y que no es normal. 

 

Munlait. — Miren aquí viene el autor. (El Autor pasa enfrente de los críticos, pero inmediatamente les saca la vuelta) Oiga. Yo pienso… Oiga… Autor, Señor Autor… ¡No se vaya! Ya se fue, no nos quiere hacer caso. ¡Me va a oír! 

 

Zaragoza. — Tengo unas ganas enormes de tamborilear. 

 

Munlait. — Y eso que significa. 

 

Zaragoza. — Oh, es una costumbre. Tamborilear. 

 

Divino. — Los dedos querrá decir. Tamborilear los dedos. Así. (Tamborilea los dedos). Es como hacer ruido. 

 

Munlait. — Es preciso tamborilear. 

 

Zaragoza. — Tamborileemos. 

 

Todos tamborilean. El autor, preocupado se acerca, con cara de circunstancia. 

 

El Autor. — Qué les sucede. 

 

Munlait. — ¡Ya! Ahora sí vino. Es usted un majadero. 

 

El Autor. — Yo, ciertamente. No me gusta que tamborileen. Estoy tratando de conseguir que la segunda escena se realice. 

 

Divino. — A qué le llama Usted segunda escena. 

 

El Autor. — Ah, pues a… Pues a… La segunda escena. 

 

Munlait. — ¡Vaya respuesta! 

 

Divino. — Mire, nosotros creemos que Usted nos está dando Gato por liebre. 

 

Zaragoza. — Ah, eso es gracioso porque es cierto. Es gracioso en varios niveles. “Gato, por liebre”. Varios niveles. 

 

Munlait. — Yo no lo considero así, mejor cállese, Zaragoza. Escuchemos al Autor. 

 

El Autor. — Ustedes disculparán pero la escena que sigue no está terminada. Sabemos que todo sucede en el palacio del Rey, en una cena, muy elegante, con una mesa muy bien puesta, con conejos, y también con un guiso de puerco que todavía no está listo. 

 

Munlait. — Eso no nos concierne. Usted debe saber que pagamos nuestra entrada. 

 

Zaragoza. — Si tiene problemas para la siguiente escena, por qué no nos cuenta lo que va a pasar. 

 

Divino. — En absoluto concuerdo. 

 

El Autor. — ¿Cómo? 

 

Divino. — Que yo no estoy de acuerdo. 

 

El Autor. — Ah, muy bien. 

 

 

Llega el Lacayo y les habla muy formal. 

 

Lacayo. — Señores y señoras. Vamos a continuar. Su Majestad el Rey está listo. 

 

El Autor. — Señores, señoras... estimado público. Continuamos. Accióooon. 

Los dejo. Espero que les guste. 

 

Munlait. — Me dieron ganas de hacer ruido. 

 

Zaragoza. — Silencio, ya va a empezar. 

 

Divino. — Mejor dicho, continúa. 

 

Zaragoza. — Ya Cállense. 

 

 

Después de que el lacayo les indicó que la escena va a continuar, la escena reinicia en el Palacio del Rey, en una cena. 

 

Palacio del Rey. 

Suenan trompetas 

 

El Rey y la Princesa están sentados en una mesa con grandes platos con viandas notables como cerdo, ganso, y faisán. El Rey tiene en su plato un conejo. La princesa, una ensalada. El Gato lleva sus botas puestas. Chorlito se encuentra ahí sentado, pero a regañadientes. 

 

Chorlito. — Estoy sentado en esta mesa con la intención de dejar muy en claro mi posición. 

 

Gato. — Cállate, Chorlito. Ésta es una cena formal. A nadie le interesa oír tu posición. El Rey se dispone a comer un primer bocado de conejo. Veamos si le gusta. 

 

Chorlito. — Y a quién le interesa si le gusta el conejo o no. A mí ciertamente no. (Se dirige al Rey, quien lo ignora) Yo, señor Rey. 

 

Gato. — Mi Rey, ¿el conejo es de vuestro gusto? 

 

El Rey. —  Todavía no lo pruebo, todavía voy en la ensalada. 

 

Chorlito. — Eso me gusta, que hablen claro. 

 

El Rey. —  Debo decir, Marqués, me ha sorprendido en demasía que no hayáis hecho las presentaciones previas a esta situación y ya estemos degustando el manjar, en este caso Conejo asado, sin los pasos previos de haberme sido presentadas su credenciales. 

 

Chorlito. — Por qué me dice Marqués. No soy Marqués. 

 

Gato. — Cállate, Chorlito. 

 

El Rey. —  Precisamente, el caso es que yo sé que es el Marqués de Carabás. 

 

Chorlito. — ¡Ya vas! 

 

El Rey. ¿Cómo? 

 

Chorlito. — No se fije. 

 

El Rey. —  Eso, que sé yo muy bien su condición de Marqués de Carabás y se trata de esta cena también en la que departimos, pero sin duda no ha habido pasos previos para haber llegado aquí. 

 

Gato. — Ah, sí, ya entiendo, faltan los pasos previos, el haberle presentado al Marqués de Carabás. 

 

Chorlito. — Ya vas. 

 

Gato. — ¡Cállate! 

 

El Rey. —  Eso, y que usted, Señor ministro, me hayáis traído al Marqués a este mi Palacio, para desposar a mi hija con tan conspicuo personaje. 

 

Chorlito. — Ya me perdí. 

 

Gato. — Quiere decir el Rey que te vas a casar con la Princesa. 

 

Chorlito. — De eso se trata mi inconformidad. Yo no estoy de acuerdo. Por qué me van a casar, es decir, por qué me tengo que casar con la Princesa, y además, por qué se me dice que soy un Marqués, todo el mundo sabe que no soy sino un humilde huérfano, hijo de Molinero y que al morir mi padre, dejó como herencia una vaca a mi hermano mayor, y al segundo un burro, y a mí me dejaron a este gato. 

 

El Rey. —  No sea usted grosero con el Ministro, no le diga gato. Él ha hecho mucho por Usted. Lo ha invitado, Marqués, para que despose a mi princesa y por otra parte me ha traído un conejo delicioso. 

 

Otra vez en el palco discuten sobre la trama del cuento. 

 

En el Palco 

 

Munlait. — Ya me perdí. ¿Se trata de un cuento infantil de la tradición oral?, o es una deconstrucción del original sin que tenga un sentido claro de dónde va a suceder la transformación, del personaje heredero, en el nuevo monarca. 

 

Zaragoza. — En la trama original, el Gato luchaba para que su amo consiguiera la mano de la Princesa y así, el Reino, pero esto ni siquiera se ha planteado. ¿O sí? 

 

Divino. — Es lamentable. La Princesa ni siquiera ha hablado. No sabemos qué tiene que decir. ¿Estará de acuerdo en que el personaje Chorlito se case con ella? Y por otro lado, el tal Chorlito ni siquiera se ha manifestado a favor o en contra de que ese matrimonio se lleve a cabo. 

 

Munlait. — No han puesto atención. Él se ha manifestado muy claramente en que no está de acuerdo. 

 

Zaragoza. — En qué no está de acuerdo. 

 

Munlait. — No está de acuerdo, punto. Sería cuestión de hablar con él. 

 

Divino. — Creo que no sería prudente hablar con el personaje. En todo caso llamemos al Autor. 

 

Munlait. — Es verdad. Las cosas están saliéndose de tono, la historia no avanza, no se han respetado los precedentes de la fábula, lo personajes se rebelan, y algunos ni siquiera han tomado la palabra. Yo quisiera saber qué es lo que piensa la Princesa de todo esto. Ha estado muy callada. 

 

Divino. — De hecho no ha dicho una palabra. 

 

Munlait. — Con más razón. El hecho de que se le ignore puede ser considerado un acto en contra de la condición femenina. Es violencia de género, me parece. Es una princesa y no se le ha dejado hablar. Solo se ha dicho que el tal Chorlito se va a casar con ella y ¿qué más? Hemos escuchado lo que tiene qué decir, qué opina, está de acuerdo o en desacuerdo. Necesitamos plantear la problemática de la Princesa en esta obra. Debemos hablar con el autor. 

 

Divino. — El preciso hablar con el autor, de éste y de otros asuntos No se ha mencionado al Coco, por ejemplo. 

 

Munlait. — Qué es eso del Coco. 

 

Divino. — En la obra aparece el Coco, y lo engañan, lo hacen convertirse en toda clase de animales, de los muy grandes a los muy pequeños, y cuando se convierte en un pequeño, en un ratón, me parece, acaban con él y se quedan con sus tierras. 

 

Zaragoza. — Todo eso yo no lo recordaba, pero de hecho ni siquiera se sabe cómo llegó el Gato con botas al palacio del Rey, y el caso es que ya están comiendo y ni siquiera el personaje Chorlito se quiere casar con la princesa. 

 

Munlait. — Insisto en que ni siquiera la princesa ha dado su punto de vista. Yo quiero escucharla. 

 

Zaragoza. — Pero es preciso antes hablar con el autor. 

 

Munlait. — Hay que llamarlo. 

 

Divino. — Vamos a llamarlo. 

 

Zaragoza. — El autor, ¡El autor! El autoooor! 

 

Todos.El autor. El Autor. ¡El autor!!! 

 

 

Llega el autor 

 

El Autor. — (Muy apurado) Qué pasa, me estoy ocupando de las luces. 

 

Munlait. — Debería Usted ocuparse de sus personajes. Qué pasa con la Princesa. 

 

El Autor. — ¿Qué pasa? ¿Qué ha de pasar? Ustedes deben ver la obra para enterarse. 

 

Munlait. — ¿Para enterarnos?, qué descortés. 

 

Divino. — ¿Y el Coco? Qué sucede con el Coco. 

 

El Autor. — Ah, bien, yo he decidido ignorar esa parte de la historia. Me resulta un poco grotesco, eso del Coco, ¿a Ustedes no? Vaya nombrecito. “El Coco” … Y eso de que se transforme es muy complicado, escénicamente me comprenden. Y en todo caso, lo importante es que el personaje Chorlito se quede con el reino. 

 

 

Chorlito decide hablar con los críticos 

 

Chorlito, quien estaba congelado, lo mismo que los otros personajes, decide hablar. 

 

Chorlito. — Yo quisiera manifestar mi inconformidad. 

 

Munlait. — Ya sabía yo que él estaba inconforme. Yo estoy en desacuerdo con el nombre. Por qué le ha puesto Chorlito. Es un nombre poco afortunado. 

 

Divino. — Coincido, Munlait. 

 

Zaragoza. — A mí tampoco me gusta, Señor Divino, pero escuchemos lo que tiene que decir... el tal… Chorlito. 

 

El Autor. — Me disculparán pero es algo inapropiado… No estoy de acuerdo. Cuando se ha visto que los personajes hablen con el público. 

 

Munlait. — Pero dónde estudió usted, es una tradición teatral desde los griegos, debería conocer usted la Parábasis. Se nota que usted no sabe nada de teatro. 

 

Zaragoza. — La Parábasis claro, la parábasis. Usted Debería disculparse y abandonar la escena. 

 

Divino. — Eso es verdad, váyase, creo que será conveniente que escuchemos a los personajes. 

 

El Autor. — De acuerdo, de acuerdo, vamos a ver qué tienes que decir, Chorlito. 

 

Chorlito. — Gracias. En primer lugar… 

 

Munlait. — Un momento, antes de que hable, creo que también es importante escuchar lo que piensa la princesa, hasta el momento no ha podido o querido decir nada, sería importante escuchar su posición. 

 

Chorlito. — Me permite. Es mi turno, ya hablará la princesa o quien lo desee, pero yo pedí mi turno ya hace mucho tiempo. 

 

Zaragoza. — Eso es cierto. 

 

Divino. — No, no lo escuché. 

 

Munlait. — Sí, él quería participar desde hace mucho tiempo. 

 

El Rey. —  Hasta yo sé que él quería manifestar una inconformidad, hasta mi hija lo sabe. 

 

Chorlito. — Me permiten hablar… (Todos asienten) Gracias. (Ocupa el escenario y habla con seguridad y grandilocuencia) Estimado Público, queridos colegas personajes, y bueno, también me dirijo a usted, señor Autor. Especialmente me dirijo a Usted, señor Autor… 

 

El Autor. — Lo escucho, ya qué. 

 

Chorlito. — Desde la muerte de mi padre yo he sido testigo de muchos abusos. Primero, he sido víctima de la tradición que mi propio padre encarnó en su momento. Cómo es posible que me haya dejado solamente un gato y a mis hermanos una vaca y un burro. Y por otro lado… Qué pasa con el molino. Se supone que mi padre era dueño de un molino. Y ese molino se lo dejó a mi hermano mayor. Y nunca vimos ese molino. Solamente vimos una choza miserable. 

 

El Autor. — Hay cosas que pueden ser diferentes, Chorlito. El molino solo aparece en algunas versiones de la historia, del cuento. 

 

Chorlito. — No lo sé. No lo entiendo. 

 

El Autor. — Es algo que no podríamos explicarte… Porque tú eres solo parte de esta versión, no de todas. 

 

Chorlito. — No lo sé, creo que efectivamente no lo entiendo. 

 

El Autor. — No podrías. 

 

Chorlito. — ¿Y Usted? 

 

El Autor. — Yo qué. 

 

Chorlito. — Usted es de verdad el autor, o es otro personaje. 

 

Autor.(No entiende o no quiere entender) Ehhh. Por supuesto que soy el autor. Cómo haces esas preguntas. 

 

Chorlito. — No sé, son cosas que se me ocurren. A veces parece que no todo es tan claro.  

Bueno… Y por otra parte… Quiero seguir hablando. 

 

El Autor. — Nadie te lo impide. 

 

Chorlito. — Cómo es posible que me quieran casar. Qué clase de historia es esa de que soy un Marqués. 

 

El Rey. —  El Marqués de Carabás. 

 

Chorlito. — Ya vas… 

 

El Autor. — ¿Cómo? 

 

Chorlito. — Disculpen Ustedes. El caso es que me molesta mucho que no tengo conocimiento de las cosas. Y especialmente me molesta que este gato sea llamado ministro por el Rey. 

 

El Rey. —  No entiendo la Molestia. El señor Gato es un ministro. 

 

Gato. — Desde luego. Soy el Ministro. Gracias, su majestad, por apoyarme. 

 

Chorlito. — No puede ser posible. Acaso el Rey no se da cuenta de que su Ministro es nada más que un miserable gato. 

 

El Autor. — ¿Puedo decir algo? 

 

 

En el palco. 

 

Munlait. — No puede decir nada. Es el momento de que tomemos cartas en el asunto. 

 

El Autor. — ¿Por qué es el momento? No creo que sea el momento de nada. 

 

Munlait. — Es cierto lo que dice Chorlito. Cómo es posible que el Rey no se dé cuenta de que está tratando con un Gato. 

 

El Autor. — Pero… 

 

Munlait. — Pero nada. Es inverosímil que un gato le sirva conejos a un rey. Eso está en contra de toda lógica. 

 

Divino. — Disiento, permítame disentir… Es la esencia de la fábula. Hemos hablado ya de que el gato es originalmente un Hada y que asume la forma de un Gato. El hecho de que el Rey no se sorprenda de que el Ministro sea en realidad un Gato es el efecto de la magia del hada que ha hecho que al ponerse el personaje las botas sea considerado un personaje de altísima dignidad y poder. Las botas lo hacen mágico pues. 

 

Munlait. — Eso es lo más claro que he escuchado el día de hoy. Por eso al rey no le molesta que el ministro sea un gato. 

 

El Autor. — Que él no lo sabe, es el efecto mágico de las botas. 

 

Chorlito. — Y parece que a nadie le molesta tampoco que un gato hable. 

 

Gato. — No sé por qué tienen que cuestionarlo todo. 

 

El Rey. —  Eso es cierto. El señor ministro es una persona de impecable excelencia y además prepara muy bien el conejo. 

 

Zaragoza. — Si me permiten abundar sobre el tema del gato… 

 

Munlait. — Yo creo que ya deberíamos hablar del asunto de la princesa. Por qué no habla. ¿Es una posición misógina por parte del autor? 

 

El Autor. — Por favor… Si ustedes dejaran que la obra pudiera ser representada… 

 

Zaragoza. — Yo pedí la palabra, disculpen, creo que el Gato es un arribista. 

 

Divino. — Interesante argumento. En qué se basa. 

 

El Autor. — Sí, eso yo nunca lo había escuchado. ¿Un Arribista? 

 

Zaragoza. — En efecto, un arribista. Es el personaje que mueve los hilos. En verdad a nadie le sorprende que un gato haga todo lo posible porque su amo se case con la princesa para quedarse con el reino? Es el gato el que en realidad quiere quedarse con el reino. 

 

Chorlito. — Y por qué el gato entonces no se casa con la Princesa. Si ya habla, si ya usa botas y es llamado Ministro, por qué no se casa él con la princesa. A me solucionarían la vida, en realidad no me quiero casar con una princesa muda y loca. En realidad no me quiero casar, punto. 

 

Zaragoza. — Cuál es la intención, en todo caso, del autor. ¿Se trata de hacer una obra revolucionaria? 

 

El Autor. — Usted pone palabras en mi boca. 

 

Divino. — Yo no tengo intenciones, jovencito, de ponerle en la boca nada. 

 

El Autor. — Está todo dicho, está todo dicho. 

 

Divino. — Bien. 

 

El Autor. — Bien. Podemos proseguir con la obra, otras personas del público desean que continuemos. 

 

Zaragoza. — Eso es cierto que continúe, que continúe… 

 

Lacayo. — Señor autor, los personajes me han pedido si podemos continuar desde la escena en que el zapatero le hace las botas al gato. 

 

El Autor. — ¿Un zapatero?, ¡pero no tenemos ese personaje! 

 

Lacayo. — Si Usted gusta, yo puedo hacer de zapatero. 

 

El Autor.Eso sería magnífico, muy bien. Cambiamos de escena. El Gato y el zapatero por favor. 

 

Chorlito. — ¿Yo también salgo? 

 

El Autor. — Sí Claro. (Grita a tramoya) ¡Escenografía de choza! 

 

 

Oscuro. 

 

Música. 

 

La obra reinicia en la escena entre el Gato y Chorlito que se acaba de quedar huérfano 

 

Humilde choza donde están El Gato y Chorlito. 

 

Chorlito. — Así es, Gato. Me sorprende que hables y que en todo el tiempo en que te conocí nunca dijiste una palabra. 

 

Gato. — Sí, mi querido Chorlito. No había tenido interés en hablar, pero ahora vas a darte cuenta de que haré que te conviertas en un hombre poderoso. Lograré que te conviertas en alguien importante, pero antes debo hacer que me hagan unas botas. 

 

Chorlito. — ¿Unas botas, Gato? Y por qué mejor no haces que te hagan unos zapatos. 

 

Gato. — Las botas dan la imagen de respeto y poder, querido Chorlito. Ah, pero mira, aquí llega el Zapatero y me va a tomar medidas para confeccionar mis botas. 

 

En El Palco. 

 

Munlait. — Esto cada vez va peor, siento que pierdo mi tiempo miserablemente. 

 

Divino. — Así es, las botas ya estaban en la escena, para qué regresamos a algo que ya conocíamos. Esto es literalmente un retroceso. 

 

Zaragoza. — Pero miren, parece que los han escuchado, el Zapatero, que antes era el lacayo, ya le está poniendo las botas al gato. Eso al parecer fue una elipsis. 

 

Divino. — Ciertamente, es como en el cine. 

 

Munlait. — Pues a mí no me parece. 

 

 

En la Choza 

 

Zapatero.  Qué bien le quedan a Usted estas botas, Señor Gato, ahora Usted podrá entrevistarse con el Rey y seguramente lo nombrará ministro. 

 

Gato. — Gracias, señor Zapatero, pero antes debo hacer algunas cosas. Debo lograr que el Rey piense que el huérfano Chorlito se presente al Rey como un hombre de dinero y dueño de tierras y también debo lograr que se presente como un Marqués, como el Marqués… 

 

Zapatero.Como El Marqués de Carabás. 

 

Chorlito. — Ya Vas… 

 

Zapatero. ¿Cómo? 

 

Gato. — No importa. Ahora le mandaremos al Rey unos conejos, de tu parte Marqués, para que los disfrute. 

 

Chorlito. — Ah, muy bien. Estoy de acuerdo, seguramente al Rey le gustarán mucho mis conejos. 

 

Gato. — Yo estoy seguro de que sí. 

 

En el palco. 

Munlait. — No, no, no, y no. Esto no tiene sentido. Creo que hemos caído en desgracia. Los personajes no son consecuentes con lo que antes habían hecho. El tal Chorlito ahora resulta que está de acuerdo. Y se escucha como falso, acartonado. Antes al menos parecía espontáneo, tenía pasión, sentido, arte. 

 

 

Desde la escena. 

 

Chorlito. — Ya la oí, ya la oí y muy bien. Y no lo estoy, no estoy de acuerdo, señora mía, pero ya qué me queda. Tengo que representar mi papel, ¿me entiende? 

 

Munlait. — No lo comprendo, Chorlito. Me caías bien. O al menos no me caías tan mal. Tú sigue adelante, tal vez las cosas mejoren. 

 

Chorlito. — Gracias señora. (Vuelve a su interpretación) Ah, miren ahí viene una carroza. (Suenan trompetas) Debe de ser el Rey y la Princesa. 

 

Munlait. — Vaya, Vaya… Pobre Chorlito. Es buena persona. 

 

Divino. — Es buen personaje, mejor dicho. 

 

Zaragoza. — Es un tipazo. 

 

Munlait. — Parece que el autor ahora sí quiere seguir las acciones del cuento original. 

 

Divino. — Eso parece, pero no sé si me gusta. 

 

Zaragoza. — A mí me parece bien 

 

Munlait. — Silencio, la obra continua. 

 

Zaragoza. — Siempre me han gustado las carrozas 

. 

Munlait. — ¡Zaragoza! ¡Ya cállese! 

 

 

El Rey llega a los campos donde vive el Coco, la fábula del cuento original se retoma en ciertos aspectos, aunque no en todos. Ahora sí habla la princesa. 

 

El Rey y la princesa llegan en una carroza. Los vemos detrás de dos respectivas ventanillas. 

 

La Princesa. — De pronto, Padre, tengo antojo de un helado de frambuesa. 

 

El Rey. —  Sí, hija mía, yo sé lo que son los antojos. Verás me han dicho que por estas mis tierras suele aventurarse un cazador de perdices que también me puede conseguir conejos. Es un magnífico cazador. Y yo tengo tantas ganas de un conejo asado. Pero mirad, aquí se acerca un aldeano. 

 

Aldeano.(Que antes era el lacayo y el zapatero) Su Majestad, qué hace Usted por las tierras del Marqués de Carabás? 

 

El Rey. ¿Las tierras del Marqués de Carabás? 

 

Chorlito. — ¡Ya Vas! 

 

El Rey. — ¡Cómo? 

 

Aldeano.No importa. 

 

El Rey. —  Cómo que no importa. Según sabía yo, éstas son mis tierras. Todo este territorio es mío, soy el dueño. 

 

Aldeano.En eso se equivoca, señor Rey… Ahora le pertenecen al Marqués… Antes eran del Coco, pero el Marqués acabó con él. 

 

Chorlito. — En Realidad no tengo ese mérito. (Épico) El que acabó con el Coco está aquí presente, se trata del mismísimo Gato con botas. Este prodigioso héroe Pudo lograr que el Coco, quien solía transformarse ya sea en León o en Rinoceronte tomara la forma de un minúsculo ratón. 

 

El Rey. —  Y para qué hizo eso, me pregunto, habría sido más útil que se transformara en conejo. A mí me gustan los conejos. 

 

La Princesa. — Ya todo mundo lo sabe, papá. Todos sabemos que eres un glotón. (Coqueta, al Gato) Entonces, Señor Gato, usted, maravilloso héroe, transformó al Ogro en ratón. 

 

Gato. — Sí, princesa, al Coco, no al Ogro. Lo transformé en Ratón para… 

 

La Princesa. — Para así poder comérselo. Supongo. 

 

Gato. — Sí, Aproveché su… tamaño... 

 

La Princesa. — Entiendo. Aprovechó la vanidad del monstruo para que no pensara en lo peligroso que resultaba aceptar su petición de transformarse de algo muy grande en algo muy pequeño, y cuando se convirtió en ratón, zaz, se lo comió. 

 

Gato. — Zaz, me lo comí. Es usted muy lista, Princesa. 

 

La Princesa. — ¿Verdad que sí? 

 

Gato. — Pues yo quería presentarles a Chorlito, él es ahora el dueño de estas tierras, y… 

 

El Rey. —  Y es un cazador, ¿no es cierto?, es un magnífico cazador y me puede conseguir unos conejos. 

 

La Princesa. — En verdad, papá que no entiendes nada… El cazador es aquí el señor Gato. Como puedes ver usa unas botas magníficas y es digno de ser el dueño de estas tierras que antes pertenecían al Coco, y… también... es digno de obtener mi corazón. 

 

En el Palco. 

 

Munlait. — No me gusta el rumbo que está tomando los acontecimientos. Si nos descuidamos podemos presenciar un atentado contra la historia original. No es el gato el que se debe casar con la princesa, es el huérfano. Es Chorlito, pobrecito. 

 

Zaragoza. — No sé, no se encariñe con los personajes, Munlait. Es una licencia que se puede permitir el autor. Los cuentos de hadas en todo caso pertenecen a todos. 

 

Divino. — No es verdad: son una tradición oral que no debe ser desvirtuada. 

 

Munlait. — Estoy casi de acuerdo con usted, pero recordemos que el autor trataba de arreglar las cosas, tal vez todavía es tiempo de que reflexione. 

 

Zaragoza. — Me parece que en este caso es la Princesa la que no quiere acatar las normas, se está alejando de la historia original. Deberíamos hablar con ella. 

 

Divino. — No me parece correcto. El Público no debería hablar con los personajes. 

 

Zaragoza. — Ya lo ha hecho, y en esta misma obra, ¿no recuerda? 

 

Divino. — Me parece que no estamos en posición de discutir la… 

 

Zaragoza. — Ya cállese. Yo le voy a hablar. Princesa… Princesaaaa. 

 

Munlait. — No le grite, no sea usted Vulgar. 

 

Zaragoza. — ¡Princesa!!! (La princesa voltea a ver a Zaragoza) Oiga, ¿es cierto que ahora se quieres casar con el Gato? 

 

La Princesa. — Cállese, por qué me dirige la palabra. ¿No sabe Usted quien soy yo? 

 

Zaragoza. — Es la Princesa, es la hija del Rey, y está destinada a casarse con el Marqués de Carabás. 

 

Chorlito. — ¡Ya vas! 

 

Zaragoza. — Cómo… 

 

Chorlito. — No importa. Yo ya les había dicho, a mí realmente no me gusta la princesa y no me quiero casar. 

 

Gato. — No sé, Chorlito. Yo he tenido la intención de ayudarte, porque eres un huérfano miserable. 

 

Chorlito. — Gato, no me hables así. 

 

Gato. — No seas sensible. Te ayudo porque eres muy poca cosa y con una chocita que te dejó tu padre, pues no pienso que puedas sobrevivir en este mundo cruel y difícil. Por eso quiero convertirte en marqués; deseo que seas dueños de las tierras que antes pertenecían al Ogro y mi más grande anhelo es que te cases con la princesa y seas dueño de las tierras del Rey. 

 

Chorlito. — Nada menos. Es decir que quieres que me convierta en una persona deshonesta y además me case con alguien que en realidad no me gusta, y… además… 

 

La Princesa. — Y además, la Princesa tampoco se quiere casar contigo. 

 

Chorlito. — Y además la princesa no se quiere casar conmigo. 

 

La Princesa. — Papá, Rey mío, tú me dijiste que yo puedo decidir con quién casarme. Y yo deseo casarme con el gato. Así son las cosas. 

 

El Rey. —  No lo sé, hija mía, yo lo único que deseo es que en mi mesa haya unos deliciosos conejos asados y también perdices. 

 

La Princesa. — Es eso lo único que deseas, papá, ¿en serio? 

 

El Rey. —  Pues sí, hija, así es mi personaje, qué puedo hacer. 

 

La Princesa. — Tenemos que hablar con el Autor. 

 

Munlait. — Esa chica me cae bien, yo estaba pensando lo mismo, hay que llamar al Autor. 

 

Zaragoza. — Sí, es preciso, hay que llamarlo. 

 

El Rey. —  Sí, es una orden, qué venga el Autor. 

 

Todos.Autor, autor, que venga el autor, que venga el autor. 

 

El Autor. — Bueno, ya, qué quieren. 

 

La Princesa. — No nos gusta tu obra. 

 

El Autor. — Sí, ya me di cuenta, han arruinado los esfuerzos por regresar a la historia original. Conseguí una carreta. Iba también a incluir al Coco, pero tenía que hacer que un Coco se transformara en Rinoceronte, en León y luego en Ratón, eso era muy difícil. Muy muy difícil. 

 

 

En una escena muda, que todos ven, aunque fingen que no está pasando, el Lacayo detrás de un teatro de títeres Presenta detrás del teatrino a los personajes mencionados: El Coco, que se transforma en Rinoceronte. Luego el Coco se transforma en León, luego en Ratón. Finalmente, un títere que representa a un gato se come al ratón. 

 

 

Gato. — Pues habría sido una gran escena. 

 

El Autor. — Como sea. El caso es que tenemos que solucionar la obra. Ya sé. Mi Rey, venga para acá. (Le habla al oído, el Rey Asiente) 

 

El Rey. —  Hija mía. 

 

La Princesa. — Sí papá. 

 

El Rey. —  Ya está decidido. Lo he estado pensando. 

 

La Princesa. — ¿Sí?... Y qué decidiste. 

 

El Rey. —  Todo es muy complicado. Y Mejor no te casas con nadie. 

 

La Princesa. — No sé, Papi, a mí me gusta el gatito. 

 

El Rey. —  Pues hija… tú diviértete. Pero no te cases. 

 

La Princesa. — ¡Papá! 

 

El Autor. — Su majestad. Usted no entendió lo que le dije. Le pedí que hiciera que su hija se casara con el Marqués. Esto se ha salido de control. 

 

Munlait. — Desde hace rato. 

 

Divino. — Desde la primera escena. 

 

Munlait. — Debería pedir perdón y retirarse. 

 

Zaragoza. — En realidad a mí me gusta la obra. 

 

Munlait. — ¿Sí? 

 

El Autor. — ¿De veras? 

 

Divino. — ¿Acaso está loco? 

 

Zaragoza. — Pues sí, no lo ven, ha sido muy aleccionador ver como el Gato es solamente un ser sin entrañas, un manipulador y un arribista. 

 

Gato. — Óigame, más respeto. 

 

Zaragoza. — Y también me gusta que no se retome la idea del huérfano original en la historia. No puede ser que se siga esperando que las soluciones vengan desde fuera. Chorlito no iba a hacer ningún esfuerzo por conseguir nada. Qué bueno que se rebele a ser manipulado. 

 

El Rey. —  Y además se iba a quedar con mi reino, y lo ha dicho él mismo, a él no le gusta nada mi hija. 

 

Chorlito. — Lo dije y lo repito. A mí no me gusta. No me gusta nada esta Princesa. 

 

La Princesa. — Pues tú A mí tampoco me gustas. 

 

Chorlito. — ¡Ah no? Pues… Pues No tienes el gusto de conocerme. 

 

La Princesa. — El gusto de qué, eres un huérfano miserable. Tienes a un sirviente que te consigue las cosas. 

 

Gato. — Disculpe. No soy precisamente su sirviente. 

 

La Princesa. — Como sea, no creo que seas ni siquiera bueno en la cama. 

 

Chorlito. — Eso tendrías que saberlo. Experimentarlo. 

 

La Princesa. — Eso solo pasaría en tus sueños. 

 

Chorlito. — En los tuyos, Princesa. En ti, solo veo a una hija de papi, me gustaría verte como una persona normal, sin esa ropa de princesa. 

 

La Princesa. — ¿Quieres verme sin ropa? 

 

Chorlito. — ¿Eh? Yo… No quise decir eso. 

 

Todos. Uhhh. 

 

Chorlito. — Yo no quise decir eso… 

 

La Princesa. — Tal vez yo sí quise decir eso. 

 

Chorlito. — Gato, necesito ayuda, una fuerza incontrolable me atrapa. Señor autor, ayúdeme. No quería nada con la Princesa pero algo pasó en mi ser, en mi cuerpo. Algo que me hizo sentir algo diferente... Qué me pasa señor autor, qué me está sucediendo.  

 

El Autor. — Yo no puedo hacer nada, Chorlito. Yo ya no tengo control de los personajes.  

Uhhhh. Pero Si quieren los dejamos solos. 

 

Chorlito. — Si quieren. Estaría bien... Pueden dejarnos... a solas. 

 

Todos. Iuuuhhh. 

 

Gato. — Chorlito, me sorprendes. 

 

Chorlito. — No me digas más Chorlito. 

 

Gato. — Si quieres te llamamos Marqués. El Rey puede darte ese título. 

 

El Rey. —  Yo puedo hacerlo, te voy a nombrar Marqués. 

 

Gato. — Marqués de Carabás. 

 

El Rey. —  De Carabás… Marqués de Carabás 

 

Chorlito no dice su acostumbrado ya vas” … Se queda viendo arrobado a la princesa. 

 

Gato. — Y a mí puede nombrarme ministro, primer ministro. 

 

El Rey. —  No será tanto. Quizá En otra ocasión. 

 

El Autor. — Bueno, pues parece que ya todo se ha arreglado, princesa; parece que no te gusta ya la idea de tener algo que ver con el Gato. 

 

La Princesa. — No, ya no, cambié de opinión. Ahora yo soy del Marqués, Del Marqués de Carabás. 

 

El Autor. — (A Chorlito que iba a decir su acostumbrado Ya vas) , sí, no digas nada, Marqués. Pues los dejamos solos, como habíamos quedado. Estimado Público eso es todo. Hemos concluido. 

 

 

En el palco. 

 

Divino. — Cómo que han concluido, ¿ya terminó? 

 

Zaragoza. — No puede hacernos eso. 

 

Munlait. — ¿Pretende terminar aquí? Esto es un despropósito. 

 

El Autor. — Ustedes se han quejado todo el tiempo de mi obra, creo que es justo que se imaginen el final. Es fácil, es previsible. El Marqués se casa con la Princesa y todos felices. 

 

Munlait. — Pero eso no está claro. Sabemos que se quieren... besar. Tal vez quieran estar a solas… Pero no estamos seguros de que la boda se lleve a cabo. 

 

Divino. — Y además no estamos seguros de qué va a pasar con el Gato. 

 

Zaragoza. — Creo que necesitamos un final. 

 

Munlait. — Yo estoy de acuerdo. 

 

Zaragoza. — Final, final, necesitamos un final. 

 

El Autor. — Está bien, está bien, está bien… pero solo si ustedes participan. 

 

Munlait. — ¿Nosotros?, Eso sería… es irregular 

 

Divino. — Yo diría inapropiado. 

 

Zaragoza. — Yo estoy de acuerdo. 

 

El Autor. — Ustedes serán los invitados. Vamos tenemos que hacer un final. 

¡Vamos a un Oscuro por favor! 

 

 

Todo preparado para la escena final. 

 

Las luces del teatro se apagan, se escucha gran alboroto en el escenario. Movimientos de sillas y carritos. Al encenderse las luces vemos a Chorlito y a la Princesa sentados en un trono compartido. El Rey ocupa un lugar privilegiado. Vemos también al Gato, al Lacayo sentados juntos. Los tres integrantes del Palco están en escena, muy emocionados. El Autor, junto a la nueva pareja real se dirige a todos. 

 

El Autor. — Y es así, como hemos llegado a este final inesperado y esperado. El nuevo rey y la nueva reina son ahora, -después de una maravillosa boda en la que hubo cientos de invitados de todos los reinos vecinos    Marido y mujer... Mujer y marido.  

Esperamos que todo haya sido de su agrado y esperamos también que… 

 

La Princesa. — Yo quiero decir algo… 

 

El Autor. — ¡No por favor! 

 

El Rey. —  No, hija mía, creo que ya no es tiempo de expresar inconformidad alguna. Hemos tratado de salir adelante a pesar de las equivocaciones de este autor que nunca ha sabido dónde llevarnos. Creo que es obvio que debería estudiar. 

 

Munlait. — Yo ya lo había dicho, no sé cómo se atrevió en primer lugar a escribir un tema que ya había sido tratado por los grandes. 

 

Zaragoza. — A mí sin embargo me ha parecido un gran experimento, he disfrutado cada momento que hemos vivido juntos. 

 

Chorlito. — Yo también quiero decir algo. 

 

El Autor. — Me lo imaginaba, a ver, qué vas a decir, marqués... que estás en desacuerdo. 

 

Chorlito. — Sí, estoy en desacuerdo. 

 

La Princesa. — Yo también. 

 

Chorlito. — Pero si todavía no he dicho nada, mujer. 

 

La Princesa. — No me digas mujer. 

 

Chorlito. — Pues cómo quieres que te diga. 

 

La Princesa. — Pues... ¿princesa? 

 

Chorlito. — ¿Pero qué no tienes nombre? 

 

La Princesa. — Pregúntale al autor, aquí presente. 

 

El Autor. — Ya, ya por favor, creo será importante para que la obra termine un poco de armonía y ya no busquemos conflictos. 

 

La Princesa. — Pues sí, pero no me has dicho cómo me llamo… 

 

El Autor. — Te llamas… Te llamas… 

 

La Princesa. — ¿Sí? 

 

El Autor. — Te llamas Zenaida. 

 

La Princesa. — Eso se te acaba de ocurrir. 

 

El Autor. — La verdad... sí. 

 

El Rey. —  Oiga, Autor, y Usted, Cómo se llama. 

 

El Autor. — ¡Yo? 

 

El Rey. —  Y con todo esto, yo tampoco tengo nombre. 

 

El Autor. — Usted es el Rey, mi Rey. 

 

El Rey. —  Déjelo así, si me va a inventar uno al último momento. 

 

El Autor. — Sí, la verdad. 

 

Chorlito. — Pues yo quería concluir con una inconformidad. 

 

El Autor. — Ya Chorlito, dilo ya, no te gusta tu nombre de Chorlito, verdad, a mí tampoco me gusta, no del todo, pero así se te quedó. 

Ahora, que al final tienes un nombre bonito. 

 

Gato. — Él es el Marqués de Carabás. 

 

Chorlito. — ¡Ya vas! 

 

Gato. — ¿Cómo? 

 

El Autor. — No se molesten, son personajes de cuento, y eso es lo que suele suceder en esos cuentos. Debo decirles que algunos personajes no acostumbran a tener nombre propio porque… 

 

Chorlito. — Sí, sí, no nos llene de información que no queremos, la cuestión es que ustedes no me han dejado terminar. Creo que debemos agradecer a las buenas intenciones del Gato, aquí, presente. Debemos darle un caluroso aplauso. 

 

La Princesa. — Sí, yo creo que se merece una aplauso, también al que le hizo las botas. Señor Lacayo, Zapatero… 

 

Todos.Sí, viva, bravo, viva. 

 

Chorlito. — También a los invitados. Al Público que se dejó venir. Un Fuerte aplauso. 

 

Todos. Viva, claro, viva, 

 

Zaragoza. — Y al Rey también, creo que es digno de aplauso, qué actuación. 

 

Todos. Bravo, viva. 

 

Munlait. — Y también a la princesa, qué mujer, que empoderamiento, bravo, viva…. 

 

Chorlito. — Pues eso era todo, creo que debemos estar felices de que todo haya llegado a su fin, creo que podemos estar satisfechos. 

 

El Autor. — Sí, es cierto, me parece que lo han logrado, en verdad el mérito ha sido suyo, y, pues yo, creo que…Todo esto ha sido gracias a ustedes, y solo gracias a Ustedes, porque yo, quién soy yo... 

 

La Princesa. — Vaya, vaya; creo que el autor se ha emocionado. 

 

Munlait. — No tendría por qué. 

 

Divino. — No soporto los sentimentalismos. 

 

Gato. — Yo pienso que en el fondo es un buen hombre. 

 

Zaragoza. — Es un tipazo. 

 

Chorlito. — Coincido, es una gran persona 

 

El Autor. — ¿Eso piensan? 

 

Zaragoza. — Yo creo que también él se merece un aplauso. 

 

Chorlito. — No, uno, mil aplausos. 

 

Zaragoza. — Aplausos y vivas. 

 

Todos. (Menos Munlait.  Divino aplaude sin entusiasmo) ¡Viva el autor!!!! ¡Viva!! 

 

Munlait. — Sí, bien, bueno, no será para tanto. Yo creo que su obra no funciona, pero no le voy a arruinar el festejo irracional de casi todos. 

 

Todos. (Menos Munlait ni Divino a quienes retan por su opinión) ¡Que viva, que viva que viva el autor!!! 

 

Munlait. — Está bien, qué viva, que viva... Sí, pero de lejitos. 

 

Todos.Buhhhh.  

 

Munlait. — Finalmente hemos llegado a un final, no sé si sea un final bueno, o malo, pero es un final. Eso ya es algo.  

 

Divino. — Me parece que debemos aplaudir. 

 

Zaragoza. — Viva el autor, viva, la obra, viva el final. 

 

El Autor. — (Dice las últimas palabras con el coro de los otros personajes que repite, en son de juego un poco pesado, lo que va diciendo) Viva, bravo. Un bravo general para todos ustedes. Hemos llegado después de tantos problemas, pero hemos llegado. Creo que eso es todo. Oscuro total por favor. Luces fuera. Ahora sí. Hemos terminado. Este es el final, final. Bueno yaaaaa. ¡Oscuro, por favor!!!! ADIÓS 

 

Oscuro. 

 

Se siguen oyendo gritos y voces. Vivas y Bravos, libremente. 

 

Fin