jueves, 29 de octubre de 2026

Ajuste de cuentas Deyanira, Yole y Heracles.





  

 Ajuste

de cuentas

Deyanira, Yole y Heracles

(Después de Traquinias, de Sófocles)

 

Autor:  Benjamin Gavarre

AJUSTE DE CUENTAS: DEYANIRA, YOLE Y HERACLES. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0



Sinopsis ¿Qué ocurre cuando el mito se quita el disfraz? En esta reescritura de Las traquinias de Sófocles, el heroísmo de Heracles no es más que la coartada de un tirano doméstico, violador y raptor. Tras veinte años de encierro administrativo y silencio calculado, Deyanira ya no espera el regreso de un esposo divino, sino el momento de ajustar cuentas. Con la llegada de Yole —una princesa despojada cuya ciudad acaba de arder— se consuma el pacto definitivo entre las víctimas. La venganza no adopta la forma de una pira de fuego heroico, sino de un manto de terciopelo rojo sangre que abrasa la carne del tirano cada vez que intenta mentir o apelar a su falso destino. Un drama contemporáneo, irónico y descarnado sobre la deconstrucción del poder patriarcal y la ruptura final del silencio filial.

Nota del Autor Esta obra busca mirar de frente el dolor y la impunidad que el mito clásico solía envolver en himnos de gloria. Heracles no subirá al Monte Eta transformado en dios: su castigo es el silencio obligatorio, la pérdida de su relato y la condena a consumirse en la penumbra de un establo abandonado.

 

Personajes

  • DEYANIRA (50 años): Princesa de Calidón antes de ser la esposa de Heracles. Despojada de su tierra, de su linaje y de veinte años de su vida administrando el exilio en una casa ajena. Posee una ironía fría, cortante como el vidrio, nacida de una larga humillación observada en silencio.
  • HERACLES (55 años): El «Héroe». Un hombre acostumbrado a que sus apetitos se llamen destino y sus masacres se canten como hazañas. Un tirano carismático convencido de su propia rectitud moral.
  • HILO (22 años): Hijo de ambos. Creció adorando a un padre ausente a través de los relatos épicos. Empieza siendo un joven ansioso por justificar al Héroe y termina enfrentando al hombre impresentable.
  • YOLE (20 años): Princesa de Ecalia. Lleva un vestido de alta costura desgarrado y manchado de ceniza real. En esta obra no enmudece como en Las traquinias: acaba de ver arder su mundo y ya no tiene nada que perder.

Espacio Escénico

El salón principal de la residencia en Traquis. Un espacio frío, de techos altos y muros de piedra lisa que parecen más una bóveda o un museo privado que un hogar. Vitrinas de cristal iluminadas desde dentro exhiben reliquias que, vistas de cerca, carecen de gloria: pieles resecas, armas oxidadas con sangre vieja, colmillos amarillentos. Al fondo, un retrato monumental de Heracles en pose triunfal. En un rincón, sobre una mesa de mármol negro, una caja de madera antigua sellada con lacre oscuro. No hay ventanas; solo una pesada puerta de doble hoja al fondo y tres interruptores de bronce junto al marco.


Acto Primero

ESCENA I: Los despojos de guerra y el heraldo roto

(Al levantarse el telón, DEYANIRA está de pie, inmóvil frente a una de las vitrinas, observando su propio reflejo superpuesto a los trofeos de caza de su marido. Sostiene una copa de vino intacta como si fuera un escudo pequeño. Las puertas del fondo se abren con estrépito contenido y entra HILO, agitado, intentando mantener la compostura mientras mira hacia el pasillo exterior).

HILO

Madre... acaba de llegar Licas del puerto con el carruaje de carga. Trae un envío de mi padre desde Ecalia.

DEYANIRA (Sin girarse, hablando contra el cristal de la vitrina)

¿Por qué metió Licas el carruaje hasta el patio trasero? Desde que murieron los caballos que traje de casa de mi padre, ese establo quedó vacío y triste. El único animal de carga que queda en esta finca es el propio Licas, que lleva treinta años encubriendo las correrías de tu padre bajo el título de «heraldo fiel». ¿Qué trajo esta vez? ¿Un trofeo de caza para las vitrinas?

HILO

No es un trofeo, madre. Es... una joven. Licas apenas pudo bajarla del pescante; viene herido, caminando a rastras y con la frente abierta, pero dice que mi padre ordenó recibirla bajo nuestro techo con miramientos. (Da un paso hacia su madre y baja la voz, perturbado y fascinado a la vez). Nunca había visto a una mujer así. A pesar del hollín y de cómo trae la ropa, parece... parece que nos estuviera haciendo un favor al pisar el mármol.

DEYANIRA (Se gira lentamente. Su rostro se endurece en una máscara de cortesía gélida)

Que pase el nuevo trofeo, entonces. Y que Licas espere junto al pozo del patio; no quiero que me manche las alfombras con su lealtad.

(HILO se asoma al pasillo y hace un gesto. Entra YOLE. Camina descalza, sin prisa, con la espalda impecablemente recta, llevando un abrigo de piel fina echado sobre los hombros encima de un vestido de seda desgarrado y tiznado de ceniza. No trae equipaje. Se detiene en el centro exacto del salón y recorre las vitrinas con una sonrisa levísima, casi clínica, ignorando la presencia de Hilo).

DEYANIRA (Midiéndola de pies a cabeza con atención implacable)

Hilo tenía razón. No pareces un jabalí del Peloponeso, aunque hueles bastante a humo. Acércate, niña. ¿Tienes nombre o mi marido también te lo despojó con sus fuertes manos?

YOLE (Con voz clara, rápida, de una serenidad perturbadora que no busca compasión)

Me llamo Yole. Y la ceniza, señora, viene de la biblioteca de mi padre y de las vigas del techo de mi cuarto. Se pegan mucho a la piel cuando una ciudad arde sin viento. (Pasea la vista por los muros de piedra). Qué salón tan limpio tiene usted. Se nota que aquí las cosas solo se mueren de tedio.

HILO (Dando un paso hacia ella, solícito, intentando suavizar la tensión)

Debes estar agotada. Licas me dijo en la puerta que hubo una insurrección en Ecalia, que mi padre tuvo que intervenir para pacificar la región y que el propio Licas fue herido en el combate...

YOLE (Lo mira por primera vez, deteniendo su discurso con una ternura irónica que lo congela en su sitio)

¿Eso te dijo Licas? «Pacificar la región». Qué bien entrenados tienen a los perros en esta casa. (Vuelve los ojos hacia Deyanira, hablando de igual a igual). Licas no se hirió en ningún combate, señora. Hace media hora, allá abajo en el muelle, el pobre viejo cometió la imprudencia de tener un ataque de decencia. Mientras me bajaban del barco, se atrevió a decirle a su marido que meterme en la casa de su propia esposa era una humillación innecesaria.

DEYANIRA (Arqueando una ceja, con ironía amarga mientras apoya la copa sobre una consola)

¿Licas tuvo un escrúpulo? Después de treinta años de alcahuete, qué mal momento eligió para estrenar conciencia.

YOLE (Avanza un paso, reconstruyendo la escena con frialdad quirúrgica)

Le duró muy poco. El gran Heracles ni siquiera le gritó. Lo tomó del cuello con una sola mano y lo estrelló contra la pared de piedra del muelle. Se oyó el crujido de alguna costilla y el cráneo descalabrado, pero a su marido eso no le importó... Cuando el viejo cayó de rodillas en el lodo, le tiró las riendas a la cara y le dijo: «Súbela al carro y dile a Deyanira lo que te ordené, o esta vez te estrellaré contra las rocas del risco».

(Silencio sepulcral. HILO retrocede un paso, pálido, buscando en el rostro de su madre alguna refutación).

HILO (Negando con la cabeza, aferrándose desesperadamente a su ideal)

No... tú estás alterada por el viaje. Mi padre tiene un temperamento terrible cuando lo traicionan, pero Licas es su compañero de armas, jamás lo trataría como a una bestia...

YOLE (Hablando aún más rápido, acorralando a Hilo con una sonrisa fija y helada)

Tienes razón, muchacho: a las bestias las diseca y las pone en vitrinas; a los amigos los estrella contra las piedras. Y con mi familia fue todavía más considerado. Llegó el martes a cenar a casa de mi padre, el rey Éurito. Bebió nuestro vino, elogió los caballos y, a los postres, me señaló con un hueso de cordero. Dijo que había decidido llevarme en su carruaje esa misma noche como pago por unos servicios imaginarios. Cuando mi padre le recordó las leyes de hospitalidad y le recordó que usted existía, señora, el pacificador de Grecia tomó a mi hermano menor por el cuello y lo arrojó desde la terraza norte contra el patio. Luego incendió el palacio, mató a mi padre en su trono y, cuando salí entre el humo, me echó este abrigo encima y me dijo: «Ve a casa de Deyanira. Ella sabe cómo doblar la ropa de un héroe y no hace preguntas cuando vuelvo cansado».

DEYANIRA (Recibe la frase como un golpe seco en el estómago; aprieta los dedos contra el borde del mueble, pero no parpadea. Su voz sale baja, cargada de veneno contenido)

¿Eso dijo? ¿Que yo sé doblar la ropa sin hacer preguntas? (Camina lentamente alrededor de Yole, encerrándola en un círculo). Claro. Y usó al pobre Licas, medio muerto, para entregarte en mi puerta como un fardo. Dos mujeres por el precio de un solo techo: la vieja para llevar las cuentas del decoro, y la nueva para recordarle que todavía puede tomar por asalto lo que se le antoje.

YOLE (Sin bajar la mirada, girando apenas el rostro para seguir a Deyanira)

No se equivoque conmigo, Deyanira. Yo no vine a quitarle el puesto. Si por mí fuera, yo estaría haciendo ritos funerarios por mis muertos.

DEYANIRA (Perdiendo por primera vez la compostura, acercándose a ella con furia herida)

Eso deberías haber hecho... ¡Pero estás aquí! ¡Joven, intacta, respirando el aire que a mí me cuesta veinte años de encierro! ¿Crees que eres la primera princesa a la que ese animal arranca de su tierra? ¡Yo era Deyanira de Calidón! ¡Yo también vi a mi padre negociar mi cuerpo por miedo a su maza de bruto! ¡Yo crucé ríos en brazos de monstruos mientras él jugaba a salvarme para luego dejarme tirada en este palacio de silencios como un baúl viejo! ¡Y ahora tú vienes a ocupar mi lugar!

YOLE (Estalla por primera vez: se arranca el abrigo de piel de un tirón violento y lo arroja a los pies de Deyanira, mostrando los hombros tiznados y la seda rota)

¡No hay un lugar para ocupar! ¡No seré la prisionera de los apetitos de un bruto! ¡No quiero ser la nueva prisionera! ¡Mírese! ¡Lleva veinte años cuidándole el museo a su propio secuestrador! ¡Yo tengo la ropa quemada porque traté de tirarme al fuego antes de que me tocara! ¿Cuál es su excusa para seguir teniéndole la puerta abierta?

HILO (Interponiéndose entre ambas, alterado, alzando la voz)

¡Basta! ¡No puedes hablarle así a mi madre, ni hablar así de Heracles!

DEYANIRA (Con una calma helada que corta a Hilo en seco, sin siquiera mirarlo)

Cállate, Hilo.

HILO

Madre, está muy ofuscada, no sabe quién es mi padre...

DEYANIRA (Clavando por fin los ojos en su hijo con autoridad absoluta)

He dicho que te calles. (Vuelve a mirar a Yole largamente. La rabia inicial se disuelve en una lucidez fría, calculadora, casi solemne. Se inclina con lentitud, recoge el abrigo del suelo y lo deja sobre un sillón). Tienes razón, niña. Llevo veinte años puliendo el bronce de una estatua para que este muchacho tuviera un linaje admirable y digno. Fui tan estúpida. Él nunca nos vio como personas, ¿verdad? Ni a ti, ni a mí, ni a Hilo, ni al infeliz de Licas. Solo somos utensilios. Unos para la cama, otros para el tiro del carro y otros para heredar, quieran o no... su «heroico» legado.

ESCENA II: El filtro de la verdad

(Con paso resuelto, DEYANIRA camina hacia la mesa de mármol negro donde descansa la caja de madera sellada con lacre oscuro. Toma un abrecartas de plata, rompe el sello de un golpe seco y levanta la tapa. Del interior extrae una túnica ceremonial de terciopelo rojo sangre, pesada, austera, sin un solo adorno, pero con una caída rígida, casi mineral, que sostiene a la vista de ambos).

HILO (Reconociendo el cofre, dando un paso atrás con inquietud)

Madre... ¿qué haces con eso? Dijiste que ese cofre no debía abrirse nunca.

DEYANIRA (Acariciando el terciopelo oscuro con reverencia letal)

Era un seguro contra días de tormenta, Hilo. Me lo dio Neso, el centauro, antes de desangrarse en el río Eveno por una flecha de tu padre. Otro «rescate» heroico: Neso quiso violarme en la orilla y Heracles me salvó solo para reclamar el derecho exclusivo de hacerlo él mismo esa noche.

YOLE (Acercándose despacio a la mesa para observar la pesada tela roja)

Parece el manto de un rey en desgracia.

DEYANIRA

Es un manto hecho de veneno antiguo... el manto de los sacrificios solemnes, empapado desde hace veinte años con la sangre del centauro mezclada con la bilis de la Hidra. Quien se lo ponga no puede mentirse ni mentirle a nadie. Cada vez que intente disfrazar su bajeza con palabras nobles, cada vez que use un sofisma, una verdad aparente para justificar sus crímenes, el veneno le encenderá la sangre por dentro como fuego interno, como quemadura del alma.

HILO (Horrorizado, mirando alternativamente el manto y a su madre)

¡Estás hablando de quemar vivo a mi padre! ¡Si se la mandas y nos descubre...!

DEYANIRA (Con una media sonrisa gélida, doblando el manto sobre su brazo como una oficiante)

¿Mandársela? No, Hilo. Ya sabes que a los tiranos les encanta plasmar su nombre en cualquier celebración, ser el invitado de honor, firmar con infinito narcisismo todo homenaje que lleve su nombre. Esta túnica no va a ir hacia él; se la voy a abrochar yo misma aquí, en su sala de trofeos. Él vendrá... Tiene una nueva amante a la cual visitar.







Acto Segundo

(El mismo salón, minutos después. La caja de madera ha sido cerrada. Se escuchan pasos pesados, firmes y autoritarios que resuenan en las losas del vestíbulo exterior).

YOLE (Enderezando la espalda, con la mirada fija en la puerta)

Ya está aquí.

DEYANIRA (En voz baja y firme, tomando posición en el centro del salón con el manto rojo doblado sobre una banqueta)

No lo saludes hasta que él te vea, Hilo. Deja que él encuentre su lugar.

ESCENA I: El sofisma y la brasa

(Las puertas de doble hoja se abren de golpe. Entra HERACLES. Viste un abrigo militar de corte impecable sobre ropa de viaje polvorienta. Irradia la seguridad aplastante y expansiva de los hombres que jamás han tenido que pedir perdón por nada. Ocupa el espacio como si los demás fueran parte del mobiliario).

HERACLES (Quitándose los guantes de cuero y arrojándolos sobre una vitrina, sin mirar a nadie a los ojos todavía)

Qué silencio tan fúnebre. Cualquiera diría que el dueño de esta casa volvió en un escudo y no sobre sus propios pies. Deyanira, vas a tener que comprar otro heraldo en el mercado; acabo de ver a Licas tirado junto al pozo del patio quejándose como una mujerzuela. (Detiene la vista en Yole. La recorre con una media sonrisa de propietario satisfecho). Veo que al menos entregó bien el encargo que le di. ¿Ya le diste de comer? Se negaba a probar bocado; pretender que la realeza puede hacer algo contra mí solo por ser realeza... Yo soy el más grande y sus familiares ya lo saben, ¿no, princesa?

DEYANIRA (Avanzando medio paso con una serenidad impecable)

Bienvenido, Heracles. No te preocupes por la princesa Yole ni por el delicado Licas; ya nos pusimos al día sobre cómo pagan con sus huesos rotos las personas que se acercan demasiado... a ti.

HERACLES (Restándole importancia con un gesto despectivo de la mano mientras camina hacia la licorera y se sirve vino)

El mundo está lleno de gente frágil, mujer. Éurito era otro anciano terco que no entendía cómo funciona el nuevo orden de las cosas. Le ofrecí una alianza de sangre y me respondió con agravios. Cuando un hombre como yo extiende la mano y se la desprecian, no queda más remedio que impartir una lección histórica. Es agotador, te lo aseguro. Uno carga con la responsabilidad de civilizar este continente y todavía esperan que pida permiso en cada frontera.

YOLE (Sin mover un músculo, con voz neutra, casi informativa)

Mi hermano Ífito tenía diecisiete años y estaba desarmado cuando lo tiraste por la muralla. ¿Qué otra parte del continente civilizaste contra su voluntad?

HERACLES (Se detiene con la copa a medio camino hacia los labios. La mira con fastidio paternalista)

Querida, en las guerras los muchachos imprudentes pierden el equilibrio en las murallas. Es una tragedia, sí, pero la historia no se escribe con sentimentalismos domésticos. Yo te salvé la vida, te saqué de una ciudad condenada y te traje a la casa más respetada de Grecia. Con el tiempo me lo vas a agradecer.

DEYANIRA (Toma el manto de terciopelo rojo entre las manos y se acerca a él con estudiada solemnidad)

Sin duda. Tu generosidad nos deja sin aliento a todos, marido. Por eso preparé el manto rojo de las celebraciones heroicas. Antes de que te sientes a la mesa, quítate el polvo del camino. Un hombre tan convencido de su rectitud merece vestirse a la altura de su conciencia.

HERACLES (Halagado en su vanidad patricia, apura la copa, la deja sobre la mesa y se despoja del abrigo militar, abriendo los brazos para ser vestido)

Por fin un gesto de cordura en esta casa. Diez meses durmiendo en tiendas de campaña rodeado de mediocres... Se olvida uno de lo que es el respeto conyugal. Ayúdame con los broches, mujer.

(DEYANIRA coloca el pesado manto de terciopelo rojo sangre sobre los hombros de HERACLES y ajusta el broche metálico en el cuello con manos lentas y firmes, casi como quien cierra un grillete. Da dos pasos atrás. Hay una pausa. HERACLES acomoda los hombros, respira hondo frente a su propio retrato y, de pronto, frunce el ceño. Se lleva una mano abierta al esternón).

HERACLES (Inquieto, bajando la mirada hacia el terciopelo carmesí)

Esta tela está helada... No, espera. Quema. ¿Por qué esta tela huele a sangre, Deyanira? Siento como si me hubieran quitado una libra de carne de mi cuerpo.

DEYANIRA (Cruzando las manos frente a su falda, observándolo con frialdad clínica)

Es un veneno antiguo, Heracles. Es sangre. Es memoria. Cuéntale a tu hijo por qué destruiste una ciudad entera de aliados y por qué maltrataste a tu fiel servidor, Licas. Pero cuéntaselo sin usar la palabra «destino».

HERACLES (Rabioso, pero todavía contenido, tirando del cuello del manto rojo, que parece haberse soldado a su piel)

¿Qué interrogatorio es este? ¡Yo no le rindo cuentas a un muchacho ni a dos mujeres resentidas! ¡Lo que hice en Ecalia fue un acto de justicia soberana! ¡Yo soy el hijo de Zeus, el que limpió la tierra de... escoria!

(Se corta en seco. Un espasmo violento le dobla las rodillas hacia adelante. Es una contracción muscular seca, brutal, como si le hubieran clavado un hierro al rojo vivo detrás de las costillas. Jadea, pálido de golpe, aferrándose con ambas manos al borde de la mesa de mármol negro para no caer de bruces).

HILO (Dando un paso instintivo hacia él, asustado)

¡Padre!

YOLE (Deteniéndolo con la voz, sin moverse de su sitio)

No lo toques, Hilo. Mira cómo le tiembla la mano. Dijo «justicia soberana» y el cuerpo se le negó a tragar saliva.

HERACLES (Con la voz ronca, clavando las uñas en el terciopelo rojo del pecho, pero sus dedos resbalan sin poder desgarrarlo ni aflojar el broche)

¿Qué me hiciste, maldita...? ¡Arráncamelo, Hilo! ¡Llamen a Licas! ¡Se me pega a las costillas! ¡Cada vez que respiro siento que trago vidrio molido!

DEYANIRA (Inmóvil, mirándolo desde arriba mientras él lucha por incorporarse)

Licas no puede levantarse del pozo, ¿recuerdas? Lo dejaste tan lastimado... Y no intentes arrancarte el manto. Es el regalo de Neso. El veneno está tejido con tu propia lengua: mientras uses grandilocuencias para tapar tus crímenes, el fuego te va a comer el alma. Prueba a decir la verdad. Es el único antídoto. Di por qué mataste a la familia de Yole.

HERACLES (Sudando frío, con los ojos inyectados en sangre y un odio feroz dirigido hacia Deyanira)

¡Víbora...! ¡Bruja traicionera! ¡Te recogí de una provincia miserable, te di mi nombre, te mantuve bajo mi techo mientras yo me desangraba por el mundo, y me tiendes una emboscada en mi propia sala! (Otro espasmo brutal lo hace desplomarse sobre una rodilla. Aprieta las mandíbulas para no gritar; el dolor interno lo asfixia). ¡No... puedo... me arde la garganta antes de hablar...!

DEYANIRA (Dando un paso hacia él, implacable)

Porque no dejas de mentir. No me recogiste de ninguna miseria: me compraste como ganado y me encerraste aquí para tener quién te cuidara el museo de la desgracia ajena mientras tú saqueabas camas ajenas. Vamos, héroe. Ahorra saliva y ahórrate el dolor. Di qué fuiste a hacer a Ecalia.

HERACLES (Jadeando contra el mármol, escupiendo las palabras con una rabia que lo desfigura, obligado por el ardor insoportable a soltar la verdad desnuda)

¡Fui... fui porque la quería a ella! (Señala a Yole con mano temblorosa). ¡Porque la vi hace un año y se me metió entre las cejas! ¡Y porque su padre se atrevió a decirme que no en mi cara, frente a mis capitanes! ¡Y a Licas lo estrellé contra la pared porque se atrevió a contradecirme! ¡Porque a mí nadie me juzga ni me dice no! (Apenas termina de gritarlo, el espasmo cede un segundo. Respira hondo, humillado hasta la médula por su propia confesión, mirando a los tres desde abajo con un rencor animal). ¿Están satisfechas? ¡Sí, la tomé por la fuerza! ¡Como tomé todo lo que tengo! ¡Ese es el privilegio de los fuertes!

ESCENA II: El testamento del patriarca y la penumbra

HERACLES (Apoyándose con esfuerzo en la mesa de mármol para incorporarse a medias. El sudor le oscurece aún más el cuello de terciopelo rojo, que parece fundido con su piel. Sabe que sus piernas ya no le responden igual, pero clava los ojos en Hilo, apelando a su última trinchera de poder: la sangre)

Hilo... acércate. Eres mi sangre. El único en esta habitación que me debe la existencia.

(HILO no da un paso hacia él, pero sostiene la mirada de su padre, tenso como una cuerda de arco).

HERACLES

Tu madre me ha tendido una trampa de cobardes porque no soporta que el tiempo la haya vuelto invisible. No voy a darle el gusto de verme suplicar. Pero sigo siendo el señor de esta casa y mi voz todavía es ley. (Señala a Deyanira y luego a Yole con el brazo tembloroso). Te ordeno que tomes el mando de este patrimonio hoy mismo. Repudia a tu madre; enciérrala en las habitaciones del norte hasta que se seque en vida. Y en cuanto a Yole... puesto que esa mujer ya pasó por mis manos y ningún otro hombre ajeno a mi estirpe debe tocar lo que fue mío... te ordeno que la tomes por esposa esta misma noche. Que se quede en tu cama, bajo mi linaje, para que Grecia entera sepa que lo que Heracles conquista no se devuelve jamás. ¡Júralo por Zeus, hijo!

(Un silencio denso cae sobre el salón. DEYANIRA e YOLE miran a HILO. No se mueven ni intervienen; saben que el golpe definitivo solo puede darlo él).

HILO (Camina despacio hasta detenerse a dos metros de su padre. Su postura ha cambiado: su voz ya no tiene rastro de timidez ni de entusiasmo juvenil; suena grave, limpia y definitiva)

Toda mi vida me dormí mirando tus vitrinas, padre. Cuando los otros jóvenes hablaban de los suyos, que les enseñaban a sembrar o a navegar, yo me repetía que el mío no estaba porque el mundo lo necesitaba más que yo. Mi madre se tragó veinte años de bilis en silencio para no romperme esa mentira.

HERACLES (Con voz áspera, conteniendo un quejido mientras se sujeta el pecho)

No te pedí un discurso, Hilo. Te di una orden. Eres mi heredero.

HILO

¿Y qué es exactamente lo que me estás heredando? ¿Tus abusos? ¿Tus cadáveres sin enterrar? Me pides que me acueste con una mujer a la que le asesinaste a la familia ayer por la mañana, solo para que ningún otro hombre «use» tu propiedad. (Lo mira con una mezcla de asco y compasión helada). No me ves como a un hijo, Heracles. Me ves como una esperanza ciega de tu cuerpo senil. Quieres usar mis manos para seguir agarrando lo que a ti ya te quema tocar, y quieres usar mi cama como un depósito para guardar tu botín de guerra.

HERACLES (Intentando erguirse por completo, recibiendo un nuevo latigazo de fuego en el esternón al alzar la voz)

¡Te estoy dejando un nombre inmortal, imbécil! ¡Te estoy haciendo un hombre!

HILO (Dando un paso firme hacia él, dominando la escena)

¡Un hombre no se hace recibiendo los escombros de un violador y un asesino! (La palabra retumba en las paredes de piedra. Heracles acusa el golpe como una bofetada física y retrocede medio paso). Nos hiciste creer que matabas monstruos allá afuera para protegernos, pero solo los matabas por competencia: no soportabas que hubiera otra bestia más voraz que tú en la comarca. No eres un héroe; eres el matón del mundo. Tienes la fuerza para destruir, pero no vales nada. Yole no es tuya, ni será mía, porque no es una provincia ni un jarrón saqueado. Y esta casa tampoco te pertenece ya; la pagó mi madre con veinte años de soledad mientras tú jugabas a ser un dios intachable. No voy a tocar tus armas, ni a deshonrar a esta princesa a la que convertiste en prisionera. ¿Y a ti? Me das asco... Ni siquiera voy a tocarte.

HERACLES (Se tambalea hacia atrás, chocando de espaldas contra el pedestal de su propio retrato monumental. El ardor del veneno y la humillación de verse repudiado por su hijo lo llevan al límite. Desgarra el aire con un rugido quebrado)

¡Entonces mátenme de una vez! ¡No me dejen podrir entre las faldas de una mujer despechada! ¡Hilo, si te queda una gota de mi sangre, llévame a la cumbre del Monte Eta! ¡Levanta una pira de robles y préndeme fuego vivo! ¡Que toda Grecia vea arder la carne de Heracles subiendo hacia el Olimpo! ¡Te lo ordeno! ¡Dame mi fuego!

DEYANIRA (Avanza hacia él con una calma devastadora, deteniéndose a escasos centímetros para observarlo desde su propia altura)

¿Una pira en el Monte Eta? ¿Para qué, Heracles? ¿Para que las llamas borren el rastro de tus crímenes y mañana los poetas canten que te convertiste en humo sagrado? No, querido. El fuego del cielo es para los héroes de tragedia, y tú no llegas ni a matón con armas invencibles. No vas a tener cumbre, ni antorchas, ni coros que te lloren. Y mi hijo no va a manchar su juventud cargando tu inmunda carne.

YOLE (Camina serenamente hacia la pared del fondo y acciona el primer interruptor de bronce con un clic seco. Las luces de la mitad de las vitrinas se apagan, dejando ese costado del salón en penumbra)

Nadie en esta sala va a tocar un solo hilo de tu ropa, Heracles. Ya te pusimos demasiada atención, pobre miserable gigante.

DEYANIRA (Con voz serena, casi doméstica, como quien organiza la limpieza de una casa después de un banquete)

Esta noche te quedarás aquí, en el piso frío. Y mañana al amanecer le pediré al pobre Licas que venga por ti. Con las costillas vendadas y haciendo un esfuerzo que seguro le gustará, podrá subirte a la carretilla del estiércol y llevarte al establo viejo, el que quedó abandonado en el fondo del patio cuando murieron los caballos de mi padre.

HERACLES (Con los ojos desorbitados por el terror a la humillación final y a la oscuridad que avanza)

¡¿Licas?! ¡¿En una carretilla al establo?! ¡Yo soy el que limpió los establos de Augías! ¡Yo soy el vencedor de Nemea! ¡Soy el hijo predilecto de...!

(No puede terminar la frase. El veneno de Neso reacciona ante el último alarde con una violencia fulminante: un espasmo atroz le arquea la espalda, como si una tenaza al rojo vivo le cerrara la tráquea desde adentro. Se desploma de rodillas sobre el mármol, abriendo la boca en un grito mudo, llevándose las manos al cuello. Intenta articular otra palabra, cualquier justificación, pero apenas despega los labios el ardor le quema la lengua y lo obliga a callar de golpe, temblando, reducido a una respiración sibilante y rota).

DEYANIRA (Contemplándolo en la semioscuridad, inclinándose apenas hacia él con un susurro implacable)

Mírate. Por fin lo entendiste. El veneno solo te da tregua cuando callas. Pero como toda tu vida ha sido una farsa, no tienes una sola verdad que decir para aliviarte. Ni siquiera puedes pronunciar tu propio nombre sin que te queme la boca, porque hasta tu nombre está maldito.

(HILO camina hacia la puerta y acciona el segundo interruptor de bronce. El resto de las vitrinas y el retrato monumental de Heracles se apagan de golpe, hundiéndose en la sombra. Solo queda un halo de luz pálida que entra desde el pasillo exterior por la puerta entreabierta).

HILO (Desde la penumbra del umbral, sin rabia, con la solemnidad de quien despide a un extraño)

Allá en el establo no habrá espejos, ni retratos, ni nadie que te escuche, padre. Licas te volcará sobre la paja seca, asegurará el tranco por fuera y te dejará a oscuras. Y ahí te irás consumiendo en silencio, día tras día, porque ya no te queda nada qué decir.

YOLE (Junto a la puerta, mirando por última vez hacia el bulto inmóvil en el suelo)

Si hablas, te abrasas. Y si callas, no eres nadie.

DEYANIRA (Camina sin prisa hacia la salida junto a Hilo e Yole. Antes de cruzar el umbral, apoya la mano sobre el tercer y último interruptor)

Vámonos a dormir, que ha sido un viaje largo. Mañana temprano le diré a Licas que prepare la carretilla para sacar los escombros del salón. Buenas noches, Heracles. Cuida de no pensarte demasiado grande en la oscuridad... no vaya a ser que el propio pensamiento te prenda fuego y no quede de ti ni la ceniza cuando amanezca.

(DEYANIRA apaga la última luz. El salón queda sumido en una oscuridad profunda, apenas rota por una línea finísima de claridad bajo la puerta de doble hoja que se cierra suavemente desde afuera. En el centro de las tinieblas, ese hilo de luz rasante apenas recorta el bulto encorvado de HERACLES envuelto en el terciopelo rojo sangre, parecido a un carbón agonizante sobre el mármol frío: completamente mudo, inmóvil, respirando apenas para no avivar su propia brasa en el silencio sepulcral de la casa. OSCURO LENTO).

 

AJUSTE DE CUENTAS: DEYANIRA, YOLE Y HERACLES. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

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