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miércoles, 14 de octubre de 2026

DARK DEGAS: EL LEGADO MALDITO.

 










Dark Degas

El legado maldito

De Benjamin Gavarre

 

El presente trabajo no pretende basarse en datos históricos ni en archivos reales ni universitarios ni institucionales.



DARK DEGAS: EL LEGADO MALDITO © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0


bengavarre@gmail.com

 

 

Personajes

  • DIEGO DE OCAÑA (26 años): Archivista nocturno de la Sección de Fondo Reservado. Viste levita oscura de corte decimonónico, chaleco negro ajustado y camisa blanca de cuello rígido almidonado. Su rostro es pálido, de facciones afiladas, ojeras profundas y cabello oscuro ligeramente revuelto; su estampa reproduce con exactitud inquietante el autorretrato de juventud de Edgar Degas. Su trato es frío, hermético y dotado de una lucidez implacable.
  • BETHEAL (Edad indescifrable): Individuo envuelto en un pesado abrigo gris de lana áspera, roído en los bordes por la humedad. Su postura es encorvada, pero proyecta una verticalidad opresiva cuando se acerca a la luz. Sus manos son anormalmente largas, de piel translúcida y dedos nudosos semejantes a raíces desenterradas. Su voz carece de resonancia pulmonar: es un susurro árido, un roce de hojas secas y terciopelo podrido.

 

Espacio Escénico

(Imaginario)

Bóveda subterránea del Fondo Reservado de una antigua universidad, edificada sobre los cimientos de piedra volcánica de un imaginario y antiguo Tribunal del Santo Oficio en la Ciudad de México. Muros altísimos cubiertos por estanterías de cedro negro que se pierden en la oscuridad superior. El aire es denso, saturado de polvo secular, cuero curtido y cera fría.

En el centro del espacio, una pesada mesa de caoba para investigadores. Sobre ella, una lámpara de banquero de bronce con pantalla de cristal verde esmeralda que recorta un único círculo de luz dura y quirúrgica. A la izquierda, en semipenumbra, el escritorio elevado de DIEGO. Al fondo, un arco de medio punto de cantera conduce hacia un pasillo invisible de tiniebla absoluta. En la parte alta del muro derecho, un estrecho tragaluz a ras del pavimento exterior deja escuchar el golpeteo incesante de una tormenta nocturna.

 

Nota sobre el Tiempo Escénico

La puesta en escena exige una dilatación hipnótica del tiempo. Los silencios no son pausas entre textos, sino asedios psicológicos. Cada gesto —el paso de una foja, el ajuste de un cuello, el tamborileo de una uña sobre la madera— debe ejecutarse con lentitud ritual para construir una atmósfera de terror claustrofóbico y seducción intelectual.

 

Acto Único

Oscuridad absoluta durante diez segundos. Solo se escucha el aguacero golpeando el cristal superior y el tictac metálico, extremadamente lento, de un invisible reloj de péndulo.

El tirador de cadena de la lámpara de bronce suena con un chasquido seco. Se enciende la luz verde sobre la mesa central y, por rebote, una penumbra gris revela a DIEGO sentado en su escritorio. Está completamente inmóvil, como una pintura al óleo enmarcada por la oscuridad. Sostiene un pequeño volumen encuadernado en piel. Lee.

Transcurren dos minutos reales. Diego pasa una página. El crujido del papel viejo resuena amplificado. Vuelve a la inmovilidad.

De pronto, el reloj de péndulo se detiene en seco. El silencio interior se vuelve abismal, contrastando con la lluvia.

Desde la negrura del arco de cantera proviene un sonido húmedo y arrastrado. Un paso lento. Pausa. Otro paso. Es el roce de unas suelas pesadas que no levantan el pie del suelo.

Diego no levanta la cabeza. Sus pupilas dejan de recorrer el renglón. Permanece alerta, respirando apenas. Cuenta cinco segundos en silencio, toma una cinta de seda negra, la coloca entre las páginas y cierra el libro sin hacer el menor ruido.

De la boca del pasillo emerge BETHEAL. Avanza sin que su abrigo emita sonido alguno hasta detenerse frente al mostrador que separa el vestíbulo de la sala de lectura. Su rostro queda sepultado bajo la sombra de un sombrero lacio y el cuello alzado del abrigo. Solo sus manos asoman hacia la luz: pálidas, larguísimas, posándose sobre el borde de caoba como dos arañas blancas.

Silencio prolongado. Ninguno de los dos se mueve.

 

Diego

(Sin mirarlo aún, con voz neutra y contenida)

El acervo cerró a las ocho. No hay servicio al público en horario nocturno.

 

BETHEAL no responde. Su dedo índice derecho, excesivamente largo y torcido en la falange, se levanta y deja caer la uña sobre la madera. Tac. Cinco segundos. Tac. Cinco segundos. Tac. El sonido es hueco, como si golpeara la tapa de un féretro.

 

Betheal

(En un susurro rasposo que parece brotar de varios rincones a la vez)

La lluvia afuera borra los nombres de las piedras, joven custodio. Pero aquí abajo... todo permanece escrito.

Diego

(Levantando por fin la mirada, fría y analítica)

Si extravió la salida del claustro, el portón de hierro está al final de la escalera norte. El guardia le abrirá.

Betheal

No busco la salida. Busco un volumen que me pertenece... por derecho de antigüedad.

Diego

Nada de lo que reposa en estos estantes pertenece a particulares. Es patrimonio universitario. Deberá presentar una solicitud formal mañana por la mañana, avalada por el Instituto de Investigaciones.

Betheal

(Inclinando el torso hacia adelante)

Mañana es una superstición de los mortales. Lo necesito esta noche.

BETHEAL alza levemente el mentón. El resplandor esmeralda de la lámpara roza sus labios cenicientos, dejando la mitad superior de su rostro sumergida en dos cuencas de tiniebla impenetrable.

Betheal

Ramo de Inquisición. Siglo diecisiete. El legajo setecientos catorce.

 

Un silencio tenso. La mano izquierda de Diego se cierra muy despacio sobre la cubierta de su pequeño libro. Su rostro no traiciona emoción alguna, pero su voz desciende medio tono.

 

Diego

Ese expediente ni siquiera figura en el catálogo digital. Está clasificado bajo resguardo especial por deterioro biológico y... anomalías en el soporte. ¿Cómo conoce su signatura topográfica?

Betheal

(Esbozando una mueca que estira su piel reseca)

Conozco al escribano que mojó la pluma. Conozco el frío de la celda donde se dictó cada respuesta. Y cuento con la acreditación necesaria.

 

Con una lentitud reptiliana, BETHEAL introduce dos dedos en el bolsillo interior de su abrigo y extrae una tarjeta rectangular de cartulina amarillenta, rígida y manchada de bordes oscuros. La desliza sobre el mostrador. El cartón produce un siseo seco al rozar la caoba.

Diego se pone de pie. Camina con porte severo hasta el mostrador. No toca la credencial; se limita a inclinar el rostro para examinar los sellos secos y la caligrafía antigua que la cubre. Nota que el abrigo del visitante, pese a la tormenta diluviana del exterior, está completamente seco y desprende un olor agrio como de tierra mojada.

Diego

El sello del Archivo General de Indias y el refrendo del claustro... Aunque este formato dejó de expedirse hace décadas, la cláusula de acceso vitalicio sigue vigente en los estatutos.

Betheal

Las instituciones honorables siempre respetan los contratos perpetuos. Quiero llevarlo conmigo.

Diego

(Con firmeza cortante)

Imposible. Ningún documento del Fondo Reservado cruza ese umbral. Si desea consultarlo, lo hará en esa mesa, bajo esa lámpara, sin guantes que rasguen el pergamino pero sin tinta ni papel propio, y bajo mi vigilancia directa. Si no le parecen las condiciones, puede retirarse.

 

BETHEAL permanece inmóvil durante largos segundos. De su garganta brota un sonido semejante al de un fuelle viejo aspirando ceniza.

 

Betheal

Su celo me conmueve, joven Diego. Acepto la mesa. Y acepto, sobre todo... su mirada.

 

Diego frunce apenas el ceño al escuchar su nombre —pues no lleva gafete alguno—, pero decide ignorar la provocación. Gira sobre sus talones y se interna en el laberinto de estanterías del fondo, perdiéndose en la oscuridad.

BETHEAL no se mueve de su sitio, pero su cuello gira en un ángulo casi antinatural, siguiendo con el oído el rastro de Diego entre las sombras. Levanta una de sus manos hacia la lámpara verde; al hacerlo, su sombra proyectada en el muro lateral no reproduce la silueta de un hombre con abrigo, sino una mancha alargada, angulosa, semejante a un insecto seco o a una figura con pliegues que recuerdan alas membranosas.

Se escucha el golpe metálico de una reja al abrirse al fondo, el roce de cadenas y, finalmente, los pasos de regreso.

Diego reaparece cargando con ambas manos un volumen enorme, encuadernado en piel ennegrecida, cerrado con herrajes de hierro oxidado y cordeles de cáñamo. Lo deposita con cuidado reverencial en el centro exacto del círculo de luz verde. Una densa nube de polvo se eleva y queda flotando como niebla luminosa.

BETHEAL rodea el mostrador deslizándose en silencio y toma asiento frente a la mesa, de cara al público y de perfil a Diego. Diego regresa a su escritorio, pero no se sienta: permanece de pie, apoyando las yemas de los dedos sobre su pupitre, vigilando.

BETHEAL posa sus palmas monstruosas sobre la cubierta del legajo 714. Cierra las cuencas oscuras y aspira profundamente por la nariz, con un deleite casi obsceno.

 

Betheal

Escuche el silencio de este cuero, muchacho... Badana curada con cal viva en el año de mil seiscientos veintidós. ¿Sabe por qué los archivos antiguos provocan vértigo en los hombres comunes? Porque creen que el papel está muerto. Usted y yo sabemos que mienten.

Diego

El papel conserva restos orgánicos y ácidos grasos. Es química elemental, no misticismo. Tiene cuarenta minutos antes del cierre definitivo de la bóveda.

 

BETHEAL desata lentamente los cordeles de cáñamo. Abre la pesada cubierta. El lomo emite un quejido agudo, idéntico al de un tendón al desgarrarse.

El visitante pasa la primera foja. Luego la segunda. Sin embargo, no baja la cabeza hacia el manuscrito. Sus cuencas negras están clavadas fijamente en el rostro pálido de Diego. Sus dedos largos acarician los renglones caligrafiados como si leyera en braille a través de las manchas de humedad.

Pasan veinte segundos de reloj. Solo el sonido de las páginas pasando lentamente —Tac... Frrr... Tac— y la mirada fija del espectro sobre el archivista.

 

Diego

(Con incomodidad creciente, aunque manteniendo el aplomo)

El texto se encuentra sobre la mesa, señor. No en mi rostro.

Betheal

¿Está seguro? A veces el original y la copia son tan idénticos que el ojo se confunde. Mire usted mismo esta caligrafía... Tinta de agalla de roble mezclada con vitriolo verde. Y aquí, en el margen inferior de la foja doce... una mancha parda que el escribano intentó raspar con navaja. No es óxido. Es sangre arterial.

Diego

Los escribanos del Santo Oficio trabajaban en las cámaras de tormento. Las salpicaduras eran frecuentes en las actas originales.

Betheal

(Con una dulzura venenosa, envolvente)

Pero esta no cayó por accidente. Fue estampada con el pulgar. Voluntariamente. Como rúbrica... Dígame, Diego, ¿duerme usted bien cuando sale de este sepulcro?

Diego

Mi vida privada no forma parte del acervo consultable.

Betheal

No duerme. Se le nota en ese cerco violáceo bajo los párpados. Camina usted de madrugada por su habitación, escuchando el zumbido de la ciudad dormida, sintiendo un desprecio infinito por los hombres mediocres que respiran allá arriba. Profesores que repiten ideas ajenas, alumnos que buscan títulos vacíos... Usted se refugia aquí abajo porque prefiere la compañía de los espectros. Porque siente que nació en el siglo equivocado... o que una deuda antigua le impide descansar.

 

Diego guarda silencio. Sus dedos se crispan levemente sobre la madera de su escritorio. BETHEAL pasa otra foja con un chasquido seco.

 

Betheal

Escuche lo que declaró el reo en la tercera audiencia de tormento, a los catorce días del mes de noviembre de mil seiscientos veintidós, en las cárceles secretas de esta misma cuadra: «Preguntado por los señores inquisidores de dónde obtuvo las tablas astronómicas prohibidas y el espejo de obsidiana ahumada con que adivinaba los secretos de la Real Audiencia, dijo que ningún maestro nacido de mujer se los enseñó; que llamó en la medianoche a quien habita detrás de la sombra, porque la ciencia de las escuelas es ceniza para quien tiene sed de infinito...»

 

La luz verde de la lámpara parpadea por primera vez sin que haya trueno afuera. El aliento de Diego comienza a condensarse en un vaho tenue: el frío en la bóveda se ha vuelto insoportable.

 

Betheal

Era un criollo brillante. Veintiséis años. Exactamente su edad. Tenía su misma frente altiva, su mismo gesto de melancolía soberbia... Cuando le aplicaron la sexta vuelta de mancuerda y los huesos de sus hombros estallaron fuera de las cavidades, los frailes dominicos esperaban alaridos de arrepentimiento. ¿Sabe qué hizo él?

Diego

(Con un hilo de voz tenso, magnético)

Calló.

Betheal

Se rió. Con la mandíbula desencajada y la espalda abierta en canal sobre el potro de madera, recitó en latín la geometría exacta de las esferas celestes que yo le había susurrado al oído. Le echaron seis cuartillos de agua por el lienzo en la garganta hasta reventarle los pulmones, y aun ahogándose en su propia sangre, se negó a pronunciar el nombre ... de su… mentor.  Murió en el calabozo esa misma madrugada, engañando a la hoguera... y dejándome a mí con un contrato inconcluso.

Diego

Un delirio teológico inducido por el dolor físico. Nada más.

Betheal

(Girando lentamente el pesado volumen sobre la mesa para que quede orientado hacia Diego)

Entonces acérquese y lea el nombre del procesado en la portada del sumario. Lea la firma que trazó con su arteria rota antes de que los carceleros entraran por él.

 

Un trueno lejano y profundísimo hace vibrar los estantes de cedro. El polvo cae como lluvia fina desde el techo.

Diego no quiere moverse, pero sus piernas parecen responder a una gravedad distinta. Desciende el escalón de su estrado. Da un paso lento hacia el centro. Luego otro. El sonido de sus tacones sobre la piedra parece el de un condenado subiendo al cadalso.

BETHEAL inclina el rostro hacia adelante, entrando por completo en el cono de luz esmeralda. Su piel es de un gris cadavérico, adherida al cráneo, surcada por finas ramificaciones negras semejantes a tinta coagulada bajo la epidermis. Sus ojos no tienen esclerótica: son dos pozos de brea líquida que reflejan la lámpara.

Betheal

Su nombre era el suyo. Bachiller Diego de Ocaña.

Diego se detiene frente a la mesa, al otro lado del libro abierto. Sus pupilas se dilatan. Respira con dificultad, hipnotizado por las páginas manchadas.

Betheal

(Su voz adquiere una resonancia polifónica, seductora y abismal que llena la bóveda)

Él creyó morir sin descendencia legítima, pero la semilla que dejó oculta en el vientre de una mujer de extramuros sobrevivió a los siglos. Cuatro centurias de sangre corriendo en secreto hasta desembocar en usted, en esta misma manzana de piedra, custodiando el mismo papel donde quedó sellada su condena. ¿De verdad creyó que era casualidad su vocación por los muertos, Diego? Yo guie sus pasos hasta este sótano.

 

Diego apoya las manos temblorosas en el borde de la mesa y se deja caer lentamente en la silla opuesta al Bedel. Quedan frente a frente, separados únicamente por el legajo inquisitorial. La sombra de BETHEAL en el muro posterior se agiganta de forma monstruosa, cubriendo las estanterías como un manto negro viviente.

 

Diego

(En un estado de trance profundo, con la mirada vidriosa y voz monótona)

En mis sueños... el olor a hierro quemado... y una voz que me reclama desde el fondo del pozo...

Betheal

Es la ley del abismo. Omne debitum solvendum est. Toda deuda ha de ser saldada. Los inquisidores destruyeron el vaso de barro antes de que se cumplieran los veinticuatro años de goce que pactamos. Él no terminó de recibir su pago, y yo no pude cobrar el mío en el plazo estipulado. Cuando el deudor perece por mano ajena antes del vencimiento, la hipoteca espiritual recae sobre el heredero de su sangre.

Diego

(Como un autómata, fascinado por el abismo de los ojos del otro)

Si la deuda es mía... si debo asumir el contrato de mi sangre... entonces el remanente del trato también me corresponde. No entregaré nada sin recibir a cambio lo que quedó pendiente.

 

BETHEAL sonríe, mostrando una hilera de dientes pequeños y oscuros. El triunfo hincha su figura; el aire huele intensamente a azufre húmedo y mirra quemada.

 

Betheal

¡Habla en usted la soberbia intacta de los Ocaña! Eso es lo que esperaba escuchar. No le ofrezco oro vulgar ni placeres de taberna, Diego. Le ofrezco lo que su antepasado negoció en la plenitud de su fiebre: la llave de todas las lenguas muertas, los textos perdidos de Alejandría que arden en mi memoria, el secreto de la materia y del tiempo, la humillación absoluta de todos los necios que alguna vez lo miraron por encima del hombro... Veinticuatro años de omnisciencia terrenal a partir de esta medianoche.

BETHEAL extiende su mano derecha, pálida y arácnida, sobre la página manchada de sangre del legajo 714, ofreciéndola para sellar la renovación del pacto.

Betheal

Ponga su palma sobre la mía. Reconozca la firma de su linaje y deje que la tinta antigua vuelva a correr.

Silencio sepulcral. Incluso el sonido de la lluvia exterior desaparece por completo.

La mano derecha de Diego se levanta muy despacio. Tiembla en el aire verde. Avanza centímetro a centímetro hacia los dedos nudosos de la entidad. La sombra gigantesca en la pared se curva sobre ambos como una bóveda de fauces.

Las yemas de Diego quedan a un milímetro de la piel muerta de BETHEAL.

Pausa de cinco segundos.

De pronto, el temblor en los dedos de Diego cesa de golpe. Su mano se detiene con precisión quirúrgica.

Diego parpadea una vez. El velo vidrioso desaparece de sus pupilas, sustituido por un destello helado, cortante y profundamente irónico. Con absoluta calma, retira la mano en el aire, la lleva hacia su propio pecho y sacude una mota invisible de polvo de la solapa de su levita negra.

 

Diego

(Con voz clara, serena y teñida de un desdén académico devastador)

Resulta verdaderamente lamentable que una entidad que presume de haber visto nacer Babilonia tenga un conocimiento tan mediocre del Derecho Romano y de las Siete Partidas.

BETHEAL sufre un espasmo de desconcierto. Su mano queda suspendida en el vacío. La sombra monumental en el muro tiembla y pierde nitidez.

Betheal

(Con un siseo furioso)

¿Qué insolencia balbucea, gusano? ¡Su mente estaba bajo mi velo! ¡La sangre lo obliga!

Diego

(Inclinándose sobre la mesa, invadiendo el círculo de luz con autoridad absoluta)

Mi mente jamás estuvo bajo su velo; simplemente necesitaba que usted confesara de viva voz los términos exactos de la cláusula de rescisión. Y en cuanto a la sangre... permítame ilustrarlo, ya que veo que no lee usted las glosas marginales.

 

Diego apoya el dedo índice con fuerza sobre el pergamino abierto.

 

Diego

«Actio personalis moritur cum persona.» La acción personal muere con la persona. Tanto en el derecho civil novohispano como en la teología dogmática que da sustento a su propia existencia, el libre albedrío es intransferible y el pecado es estrictamente individual. Nadie puede hipotecar el alma de quien aún no ha sido engendrado: Nemo plus iuris ad alium transferre potest quam ipse habet.

Betheal

(Golpeando la mesa con sus garras, haciendo saltar el polvo)

¡Él firmó con su linaje! ¡El pacto quedó trunco por la intromisión de los frailes!

Diego

¡Falso! Y ese es su fraude desesperado. El primer Diego de Ocaña pactó sabiduría a cambio de su alma al momento de expirar. La sabiduría le fue entregada; usted mismo acaba de admitir que recitó la geometría de los astros en el potro de tormento. Y cuando sus pulmones estallaron en las mazmorras del Santo Oficio, su alma abandonó el cuerpo y usted la cobró íntegra. El contrato se extinguió por cumplimiento total en mil seiscientos veintidós. Usted no viene a cobrar una deuda vencida; viene como un estafador vulgar a intentar que yo firme un contrato nuevo por ignorancia.

 

Con un movimiento rápido y seco, Diego toma los bordes de la cubierta del legajo 714 y lo cierra de golpe en las narices de BETHEAL, obligando a la criatura a retirar las manos para no ser aplastadas. El estallido del libro cerrado resuena como un cañonazo en la bóveda.

Diego arrastra el pesado volumen hacia sí, se levanta y lo sujeta contra su pecho como un escudo.

 

Diego

¿Cree que me condujo usted hasta este archivo? Yo busqué esta plaza hace cinco años. Yo rastreé cada partida de bautismo apócrifa en las parroquias de indios y castas hasta dar con el apellido Ocaña. He leído este legajo setecientos catorce con lámpara ultravioleta durante mil madrugadas antes de que usted cruzara esa puerta. Yo mismo dejé la ficha catalográfica abierta en el registro externo como un cebo, esperando la noche en que el parásito acudiera a reclamar lo que no es suyo.

 

BETHEAL se levanta de la silla con un alarido gutural, un sonido de metal desgarrado que hace estallar en grietas el cristal de la lámpara verde. La bombilla titila violentamente. El abrigo de la criatura se agita como si un vendaval interior lo inflara.

 

Betheal

¡Insensato soberbio! ¿Crees que un tecnicismo de escribanos puede protegerte de mí? ¡Puedo desgarrar tu cordura ahora mismo! ¡Puedo derrumbar estas bóvedas de piedra volcánica sobre tu cabeza y dejarte pudrir en la oscuridad!

Diego

(Inmóvil, sosteniendo la mirada del monstruo con una frialdad glacial)

No puede hacer absolutamente nada. Ni siquiera puede tocar este libro si yo no se lo presto.

 

Diego da un paso hacia el demonio. Sorprendentemente, es BETHEAL quien retrocede medio paso.

 

Diego

Conozco su naturaleza mejor de lo que usted conoce mi genealogía, Mefistófeles. Usted no tiene poder sobre la materia salvo que la voluntad humana le abra una grieta. Y esa grieta siempre es el deseo. La codicia, la lujuria de poder, el hambre de trascendencia... Mi ancestro cayó porque deseaba deslumbrar al mundo. El Fausto de las leyendas cayó porque tenía miedo de envejecer sin haber vivido. Pero míreme bien a los ojos.

 

La sombra monstruosa en la pared comienza a encogerse rápidamente, desprendiéndose del techo como humo pesado que cae al suelo.

 

Diego

¿Qué puede ofrecerle el infierno a un hombre que no desea nada? No busco fama, ni riqueza, ni juventud eterna, ni el amor de nadie. La única sabiduría que me interesa ya está impresa en estos estantes, clasificada por siglos, y me basta mi propia inteligencia para leerla en silencio. Mis deseos terrenales están colmados entre estas cuatro paredes. Usted es un mercader frente a un hombre que no compra ni vende. Y ante quien nada codicia, el demonio no es más que un mendigo ruidoso.

 

BETHEAL parece encogerse físicamente dentro de su abrigo gris. Su postura se vuelve decrépita, patética, despojada de toda grandeza trágica. Sus manos nudosas tiemblan al apoyarse en el respaldo de la silla.

 

Betheal

(Con un silbido ahogado, lleno de veneno e impotencia)

Te quedarás solo en esta tumba de polvo, Ocaña... Envejecerás sin que nadie pronuncie tu nombre... Tu lucidez será tu propio infierno...

Diego

Se equivoca una vez más. Mi soledad no es mi condena; es mi soberanía. Mi alma está a salvo porque no tiene precio.

 

Diego saca un reloj de bolsillo de su chaleco, lo observa un instante y lo cierra con un chasquido nítido.

 

Diego

El tiempo de consulta ha concluido y su credencial queda revocada por intento de sustracción patrimonial. Lárguese de mi biblioteca.

 

Diego levanta el brazo derecho y señala con rigidez implacable hacia el arco de cantera sumido en la tiniebla.

BETHEAL sostiene su mirada un último instante con un odio milenario pero estéril. Retrocede arrastrando los pies, encorvado, humillado. Al cruzar el umbral del arco, su silueta no camina hacia la escalera: simplemente se desmenuza en la oscuridad como un puñado de ceniza negra arrastrada por una corriente de aire.

En el mismo instante en que desaparece, el reloj de péndulo vuelve a sonar con su tictac metálico y regular, y el rumor constante y limpio de la lluvia regresa al tragaluz superior.

Diego permanece solo en el centro de la bóveda durante largos segundos. Su respiración es tranquila, rítmica. Camina con parsimonia hacia su escritorio, abre una gaveta blindada inferior, deposita dentro el legajo 714 y gira la llave con dos vueltas precisas.

Toma asiento. Se ajusta el cuello blanco almidonado, abre de nuevo su pequeño libro de lectura, retira la cinta de seda negra y continúa leyendo exactamente en el renglón donde se había detenido.

La luz verde de la lámpara central se apaga sola con un chasquido suave. Solo queda una luz lateral muy tenue recortando el rostro pálido y melancólico de Diego contra la negrura absoluta, idéntico al retrato inmortal de Degas, dueño absoluto de su silencio.

Apagón lento.

 

TELÓN

 

DARK DEGAS: EL LEGADO MALDITO © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

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