El estado de sitio
(Albert Camus)
Introducción y Resumen: El estado de sitio
(Albert Camus)
Introducción
Publicada y
estrenada en 1948, El estado de sitio (L'État de siège) es una de
las piezas dramáticas más ambiciosas e incomprendidas de Albert Camus. A menudo
confundida con una adaptación teatral de su novela La peste, la obra es,
en realidad, un mito contemporáneo escrito en forma de farsa trágica y
espectáculo total. Ambientada en una mítica y amurallada ciudad de Cádiz, la
obra utiliza la alegoría de una epidemia bajo un régimen burocrático para
lanzar una feroz crítica contra los totalitarismos del siglo XX, el miedo
institucionalizado y la deshumanización que provocan los sistemas basados en la
lógica absoluta y el control civil.
Resumen de la Obra
- Acto
I: La llegada del mal. La
aparente calma y la rutina estival de la ciudad de Cádiz se ven
interrumpidas por la aparición de un cometa en el cielo, interpretado por
los ciudadanos y por el filósofo nihilista Nada como un mal presagio.
Aunque las autoridades insisten en negar el fenómeno para mantener el
orden, la profecía se autocumple cuando un cometa de carne y hueso
irrumpe: La Peste, un hombre con uniforme militar, acompañado por
su implacable Secretaria, que lleva un registro de ejecuciones. El
Gobernador cede el poder pacíficamente a cambio de su propia seguridad, y
las puertas de la ciudad se cierran, instaurando el estado de sitio.
- Acto
II: La burocratización del terror. Bajo el nuevo régimen de la Peste, Cádiz se transforma en un campo
de concentración burocrático. Los ciudadanos son obligados a tramitar
"certificados de existencia" y a usar mordazas empapadas en
vinagre para silenciar cualquier atisbo de individualidad o protesta. Diego,
un joven estudiante de medicina enamorado de Victoria (la hija del
inflexible Juez Casado), decide rebelarse. Al enfrentar directamente a la
Secretaria y vencer su propio miedo, Diego descubre una falla en el
sistema: el mecanismo totalitario de la Peste se debilita y retrocede
cuando un solo hombre pierde el temor y recupera su dignidad.
- Acto
III: El sacrificio por la libertad. El viento del mar comienza a soplar de nuevo, simbolizando la
libertad y la resistencia colectiva. La Peste intenta un último chantaje:
ofrece salvar la vida de Victoria, quien ha caído enferma, si Diego le
permite quedarse con la ciudad. En un acto de heroísmo trágico, Diego
rechaza el trato corrupto y elige intercambiar su propia vida por la
salvación de Victoria y la liberación de Cádiz. Diego muere, la Peste y la
Secretaria se ven obligadas a retirarse hacia nuevos territorios, y aunque
la antigua y corrupta oligarquía regresa de inmediato al poder, el mar y
el pueblo permanecen como testigos de que la libertad siempre conserva su
fuerza insumisa.
Contenido
El Estado de Sitio
Albert
Camus
Personajes
- LA PESTE
- LA SECRETARIA
- NADA
- VICTORIA
- EL JUEZ
- LA MUJER DEL JUEZ
- DIEGO
- EL GOBERNADOR
- EL ALCALDE
- MUJERES DE LA CIUDAD
- HOMBRES DE LA CIUDAD
- GUARDIAS
- EL ACOMPAÑANTE DE LOS
MUERTOS
Prólogo
Obertura musical sobre un tema
sonoro que recuerda la sirena de alarma. Se levanta el telón. La escena está en
completa oscuridad. La obertura termina, pero continúa el tema de la alarma
como un zumbido lejano. De improviso, en el fondo, surgiendo del lado del coro,
un cometa se desplaza lentamente hacia el jardín. Ilumina, recortando las
sombras, las murallas de una ciudad española fortificada, y las siluetas de
varios personajes, de espaldas al público, inmóviles, con la cabeza alzada
hacia el cometa. Dan las cuatro. El diálogo es casi incomprensible, como un
murmullo.
— ¡El fin del mundo!
— ¡No, hombre!
— Si el mundo muere...
— No, hombre. ¡El mundo, pero no España!
— La misma España puede morir.
— ¡De rodillas!
— ¡Es el cometa del mal!
— ¡España no, hombre, España no!
Dos o tres cabezas se vuelven.
Uno o dos personajes se desplazan con precaución: luego todo torna a la
inmovilidad. El zumbido se intensifica entonces, se hace estridente y se
desarrolla musicalmente como una palabra inteligible y amenazadora. Al mismo tiempo,
el cometa crece desmesuradamente. Un terrible grito brusco de mujer hace
callar, súbitamente, la música, y reduce el cometa a su tamaño normal, la mujer
huye jadeando. Revuelo en la plaza. El diálogo, más silbante y perceptible,
todavía no se comprende.
— ¡Es signo de guerra!
— ¡Claro!
— No es signo de nada.
— Según.
— Basta. Es el calor.
— El calor de Cádiz.
— Ya basta.
— Silba demasiado fuerte.
— Sobre todo ensordece.
— ¡Es un maleficio que ha caído sobre la
ciudad!
— ¡Ay, Cádiz! ¡Un maleficio ha caído sobre ti!
— ¡Silencio! ¡Silencio!
Miran de nuevo el cometa cuando
se oye, con claridad esta vez, la voz de un oficial de los guardias civiles.
EL OFICIAL DE LOS GUARDIAS CIVILES. — ¡Volved a vuestras casas! Lo visto, visto está, es suficiente.
Tanto ruido para nada, eso es todo. Mucho ruido y al fin nada. Al cabo, Cádiz
sigue siendo Cádiz.
UNA VOZ. — Sin
embargo es una señal. Las señales no son porque sí.
UNA VOZ. — ¡Oh
Dios grande y terrible!
UNA VOZ. —
¡Pronto habrá guerra, ésa es la señal!
UNA VOZ. — ¡En
nuestra época nadie cree en las señales, sarnoso! ¡Afortunadamente, somos
demasiado inteligentes!
UNA VOZ. — Sí,
y por eso nos dejamos espichar. Estúpidos como cerdos, eso es lo que somos. ¡Y
a los cerdos los sangran!
EL OFICIAL. —
¡Volved a vuestras casas! La guerra es asunto nuestro, no de vosotros.
NADA. —
¡Ay! ¡Si dijeras la verdad! Pero no, los oficiales mueren en la cama, y la
estocada la recibimos nosotros.
UNA VOZ. —
Nada, ahí está Nada. ¡Ahí está el idiota!
UNA VOZ. —
Nada, tú has de saberlo. ¿Qué significa esto?
NADA (es lisiado). — Lo que
tengo que decir, no os gusta saberlo. Os reís. Preguntad al estudiante, pronto
será doctor. Yo hablo con mi botella. Se lleva una botella a la boca.
UNA VOZ. —
Diego, ¿qué quiere decir esto?
DIEGO. —
¿Qué os importa? Mantened firme el corazón y será bastante.
UNA VOZ. —
Preguntad al oficial de los guardias civiles.
EL OFICIAL. — La
guardia civil piensa que alteráis el orden público.
NADA. — La
guardia civil tiene suerte. Sus ideas son simples.
DIEGO. —
Mirad, vuelve a empezar...
UNA VOZ. —
¡Ah, Dios grande y terrible!
El zumbido comienza de nuevo.
Segundo paso del cometa.
— ¡Basta!
— ¡Que cese!
— ¡Silba!
— Es un maleficio ...
— Que ha caído sobre la ciudad ...
— ¡Silencio! ¡Silencio!
Dan las cinco. El cometa
desaparece. Amanece.
NADA (encaramado en un mojón, con risa
burlona). — ¡Pues bien! Yo, Nada, luz de esta ciudad por la
instrucción y los conocimientos, borracho por desdén a todas las cosas y por
asco a los honores, burla de los hombres porque he conservado la libertad del
desprecio, quiero, después de estos fuegos artificiales, haceros una
advertencia gratuita. Os informo, pues, que vemos y que vamos a ver cada vez
más. Observad que ya lo veíamos. Pero se necesitaba un borracho para darse
cuenta. ¿Y qué vemos? Adivinadlo vosotros, hombres razonables. Yo tengo mi
opinión formada desde siempre y mis principios son firmes: la vida vale tanto
como la muerte; el hombre es de la leña con la que se hacen las hogueras.
¡Creedme! Tendréis disgustos. Ese cometa es una mala señal. ¡Os da la voz de
alarma!
¿Os parece inverosímil? Me lo esperaba. Como habéis hecho las tres comidas,
ocho horas de trabajo y mantenéis dos mujeres, imagináis que todo está en
orden. No, no estáis en orden, estáis en fila. Bien alineados, con cara
plácida, maduros ya para la calamidad. Vamos, buenas gentes, ésta es la
advertencia, estoy en regla con mi conciencia. En cuanto a lo demás, no os
inquietéis; allá arriba se ocupan de vosotros. Y ya sabéis lo que eso
significa: ¡no son amables!
EL JUEZ CASADO. — No
blasfemes, Nada. Hace ya mucho tiempo que te tomas libertades culpables con el
cielo.
NADA. — ¿He
hablado del cielo, juez? De todas maneras, apruebo lo que hace. Soy juez a mi
manera. He leído en los libros que es preferible ser cómplice que víctima del
cielo. Tengo por lo demás la impresión de que el cielo no tiene nada que ver.
En cuanto a los hombres les da por empezar a romper vidrios y cabezas, uno se
da cuenta de que el buen Jesús, aunque conoce la música, no pasa de ser un niño
del coro.
EL JUEZ CASADO. — Los
libertinos de tu ralea son los que nos atraen las señales celestes de alarma.
Porque en efecto, es una señal de alarma. Pero va dirigida a todos aquellos que
tienen corrompido el corazón. Temed todos los más terribles efectos y rogad a
Dios que perdone vuestros pecados. ¡De rodillas! ¡De rodillas, os digo!
Todos se arrodillan, salvo NADA.
EL JUEZ CASADO. —
Teme, Nada, teme y arrodíllate.
NADA. — No
puedo, tengo las rodillas duras. En cuanto a temer, lo he previsto todo, aun lo
peor, quiero decir, tu moral.
EL JUEZ CASADO. —
¿Así que no crees en nada, desventurado?
NADA. — En
nada de este mundo, fuera del vino. Y en nada del cielo.
EL JUEZ CASADO. —
Perdónalo, Dios mío, porque no sabe lo que dice, y sé indulgente con esta
ciudad habitada por tus hijos.
NADA. — Ite
missa est. Diego, convídame con una botella en la taberna del Cometa. Y me
contarás cómo andan tus amores.
DIEGO. — Voy
a casarme con la hija del juez, Nada. Y quisiera que en adelante no ofendieses
a su padre. Es ofenderme a mí.
Trompetas. Un heraldo rodeado de
guardias.
EL HERALDO. —
Orden del gobernador. Que todos se retiren y reanuden sus tareas. Buenos
gobiernos son los gobiernos en los que no pasa nada. Y es voluntad del
gobernador que no pase nada en su gobierno, a fin de que siga siendo tan bueno
como siempre. Se asegura, pues, a los habitantes de Cádiz, que en este día nada
ha sucedido que merezca la pena de alarma o molestia. Por lo cual todos, a
partir de las seis, deberán tener por falso que alguna vez planeta alguno se
haya mostrado en el horizonte de la ciudad. Todo aquel que contravenga esta
decisión, todo habitante que hable de cometas como si no fueran fenómenos
siderales pasados o por venir, será castigado, pues, con el rigor de la ley.
Trompetas. Se retira.
NADA. —
Bueno. Diego, ¿qué me dices? ¡Es una ocurrencia!
DIEGO. — ¡Es
una tontería! Mentir siempre es una tontería.
NADA. — No,
es una política. Y que apruebo, ya que apunta a suprimirlo todo. ¡Ah, qué buen
gobernador tenemos! Si su presupuesto está en déficit, si su hogar es adúltero,
anula el déficit y niega el adulterio. Cornudos, vuestra mujer es fiel;
paralíticos, podéis andar; y vosotros, ciegos, mirad: ¡es la hora de la verdad!
DIEGO. — ¡No
anuncies desgracia, vieja lechuza! ¡La hora de la verdad es la hora de la
muerte!
NADA. —
Justamente. ¡Muera el mundo! ¡Ah, si pudiera tenerlo entero frente a mí, como
un toro que tiembla sobre sus patas, con sus ojitos ardiendo de odio y su
hocico rosado donde la baba pone una puntilla sucia! ¡Ay, qué momento! ¡Esta
vieja mano no vacilaría, y el cordón de la medula sería cortado de un golpe y
la pesada bestia fulminada caería hasta el fin de los tiempos a través de
espacios interminables!
DIEGO. —
Desprecias demasiadas cosas, Nada. Economiza tu desprecio, lo necesitarás.
NADA. — No
necesito nada. Desprecio a la misma muerte. ¡Y nada de esta tierra ni rey, ni
cometa, ni moral, estarán jamás por encima de mí!
DIEGO. —
¡Calma! No subas tan alto. Serías menos querido.
NADA. —
Estoy por encima de todas las cosas, pues ya no deseo nada.
DIEGO. —
Nadie está por encima del honor.
NADA. —
¿Qué es el honor, hijo?
DIEGO. — Lo
que me mantiene en pie.
NADA. — El
honor es un fenómeno sideral pasado o por venir. Suprimámoslo.
DIEGO. —
Está bien, Nada, pero tengo que marcharme. Ella me espera. Por eso no creo en
la calamidad que anuncias. Debo ocuparme de ser feliz. Es éste un largo trabajo
que necesita la paz de las ciudades y los campos.
NADA. — Ya
te lo he dicho, hijo, lo estamos viendo. No esperes nada. La comedia va a
empezar. Y apenas me queda tiempo de correr al mercado para beber al fin por la
muerte universal.
Todas las luces se apagan.
Primera Parte
Luz. Animación general. Los
ademanes son más vivos, el movimiento se precipita. Música. Los comerciantes
quitan los postigos, apartando los primeros planos del decorado. Aparece la
plaza del mercado. El coro del pueblo, conducido por los pescadores, la llena
poco a poco, exultante.
EL CORO. — No
pasa nada, no pasará nada. ¡Refrescos, refrescos! ¡No es una calamidad, es la
abundancia del verano! (Grito
de alegría.) Apenas concluye la primavera y ya la naranja
dorada del verano, lanzada a toda velocidad por el cielo, se iza en la cima de
la estación y estalla sobre España en un chorro de miel, mientras todos los
frutos de todos los veranos del mundo: uvas pegajosas, melones color de
manteca, higos llenos de sangre, albaricoques inflamados, vienen a rodar en el
mismo momento por los estantes de nuestros mercados. (Grito de alegría.) ¡Oh,
frutos! Aquí, en el mimbre, concluyen la larga carrera precipitada que los trae
de los campos donde empezaron a cargarse de agua y azúcar, sobre los prados
azules de calor y entre el fresco brotar de mil manantiales soleados, unidos
poco a poco en una sola agua de juventud aspirada por las raíces y los troncos,
conducida hasta el corazón de los frutos, donde termina por deslizarse
lentamente como una inagotable fuente melosa que los nutre y los pone cada vez
más densos.
¡Pesados, cada vez más pesados! Y tan pesados que al fin los frutos corren al
fondo del agua del cielo, comienzan a rodar a través de la hierba opulenta, se
embarcan en los ríos, caminan a lo largo de todas las rutas, y desde los cuatro
puntos del horizonte, saludados por los rumores jubilosos del pueblo y los
clarines del estío (breves
trompetas) vienen en multitud a las ciudades humanas, a probar
que la tierra es dulce y que el cielo nutricio sigue fiel a la cita de la
abundancia. (Grito
general de alegría.) No, no pasa nada. He aquí el estío,
ofrenda y no calamidad. ¡Más tarde el invierno, el pan duro es para mañana!
¡Hoy, dorados, sardinas, langostinos, pescados, pescado fresco que llega de los
mares tranquilos, queso, queso al romero! La leche de las cabras espumea como
la lejía, y en las mesas de mármol, la carne congestionada bajo su corona de
papel blanco, la carne con olor a alfalfa, ofrece al mismo tiempo, sangre,
savia y sol al rumiar del hombre. ¡En la copa! ¡La copa! Bebamos en la copa de
las estaciones. ¡Bebamos hasta el olvido, no pasará nada!
Hurras. Gritos de alegría.
Trompetas. Música, y en las cuatro esquinas del mercado se desarrollan pequeñas
escenas.
EL PRIMER MENDIGO. —
¡Una caridad, hombre, una caridad, abuela!
EL SEGUNDO MENDIGO. —
¡Más vale hacerla pronto que nunca!
EL TERCER MENDIGO. —
¡Vosotros nos comprendéis!
EL PRIMER MENDIGO. — No
ha pasado nada, por supuesto.
EL SEGUNDO MENDIGO. —
Pero quizá pase algo. Roba
el reloj a un transeúnte.
EL TERCER MENDIGO. —
Haced siempre caridad. Dos precauciones valen más que una.
En la pescadería.
EL PESCADOR. — ¡Un
dorado fresco como un clavel! ¡La flor de los mares! Y viene usted a quejarse.
LA VIEJA. — ¡Tu
dorado es perro marino!
EL PESCADOR. —
¡Perro marino! Hasta que llegaste, bruja, el perro marino nunca había entrado
en este comercio.
LA VIEJA. —
¡Ay, hijo de tu madre! ¡Mira mi pelo blanco!
EL PESCADOR. —
Fuera, vieja cometa.
Todo el mundo se inmoviliza,
llevándose el dedo a la boca. En la ventana de VICTORIA. VICTORIA tira de los
barrotes, y DIEGO.
DIEGO. —
¡Hace tanto tiempo!
VICTORIA. —
¡Loco, nos separamos a las once, esta mañana!
DIEGO. —
¡Sí, pero estaba tu padre!
VICTORIA. — Mi
padre ha dicho que sí. Estábamos seguros de que diría que no.
DIEGO. —
Tenía yo razón al dirigirme directamente a él y mirarlo de frente.
VICTORIA. —
Tenías razón. Mientras él reflexionaba, yo con los ojos cerrados, escuchaba en
mí un galope lejano que subía y se acercaba cada vez más rápido y numeroso,
hasta hacerme temblar toda. Y mi padre dijo que sí. Entonces abrí los ojos. Era
la primera mañana del mundo. En un rincón del cuarto donde estábamos, vi los
caballos negros del amor, aún estremecidos, pero tranquilos ya. Nos esperaban a
nosotros.
DIEGO. — Yo
no estaba ni sordo ni ciego. Pero sólo oía el piafar dulce de mi sangre. Mi
alegría era súbita sin impaciencia. Oh, ciudad de luz, he aquí que me has sido
entregada para toda la vida, hasta la hora en que nos llame la tierra. Mañana
partiremos juntos y montaremos en la misma silla.
VICTORIA. — Sí,
habla nuestra lengua, aunque los demás la consideren insensata. Mañana besarás
mi boca. Miro la tuya y me queman las mejillas. Dime, ¿es el viento del sur?
DIEGO. — Es
el viento del sur, y también a mí me quema. ¿Dónde está la fuente que me
curará?
Se acerca y ella, pasando los
brazos entre los barrotes, le estrecha los hombros.
VICTORIA. —
¡Ah! ¡Me hace daño quererte tanto! Acércate más.
DIEGO. —
¡Qué bella eres!
VICTORIA. —
¡Qué fuerte eres!
DIEGO. —
¿Con qué te lavas la cara para tenerla tan blanca como la almendra?
VICTORIA. — Me
la lavo con agua clara; ¡el amor le pone su gracia!
DIEGO. — ¡Tu
pelo es fresco como la noche!
VICTORIA. —
Porque todas las noches te espero en mi ventana.
DIEGO. — ¿El
agua clara y la noche han dejado en ti el olor del limonero?
VICTORIA. —
¡No, es el viento de tu amor que me ha cubierto de flores en un solo día!
DIEGO. —
¡Las flores caerán!
VICTORIA. —
¡Los frutos te aguardan!
DIEGO. —
¡Vendrá el invierno!
VICTORIA. —
Pero contigo. ¿Recuerdas lo que me cantaste la primera vez? ¿No sigue siendo
cierto?
DIEGO. — Si
a cien años de mi muerte
la tierra me preguntara
si por fin te he olvidado
le respondería: aún no.
Ella cala.
DIEGO. — ¿No
dices nada?
VICTORIA. — La
dicha me anuda la garganta.
Bajo la tienda del astrólogo.
EL ASTRÓLOGO (a una mujer) — El
sol, hermosa mía, atraviesa el signo de la Libra en el instante de su
nacimiento, lo cual autoriza a considerarte venusina, por ser tu signo
ascendente el Toro, que, como todos saben, está también gobernado por Venus. Tu
naturaleza, es, pues, emotiva, afectuosa y agradable. Puedes alegrarte, aunque
el Toro predispone al celibato y corre el riesgo de dejar sin empleo esas
preciosas cualidades. Además, veo una conjunción Venus-Saturno que es
desfavorable al matrimonio y a los hijos. Esta conjunción presagia también
gustos extraños y hace temer los males que afectan el vientre. Pero no te
quedes en esto y busca el sol que fortalecerá tu mente y la moralidad, y que es
soberano en cuanto al flujo del vientre. Elige tus amigos entre los taurinos,
pequeña, y no olvides que tu posición está bien orientada, fácil y favorable y
que puede darte alegría. Son seis pesetas. Recibe el dinero.
LA MUJER. —
Gracias. Estás seguro de lo que me has dicho, ¿verdad?
EL ASTRÓLOGO. —
¡Siempre, pequeña, siempre! ¡Atención, sin embargo! Esta mañana no ha pasado
nada, por supuesto. Pero aquello que no ha pasado puede trastornar mi
horóscopo. ¡No soy responsable de lo que no ha ocurrido!
La mujer se va.
EL ASTRÓLOGO. —
¡Haceos el horóscopo! ¡El pasado, el presente, el porvenir, garantizados por
los astros fijos! ¡He dicho fijos! (Aparte.) Si los cometas intervienen, este
oficio se pondrá imposible. Habrá que hacerse gobernador.
GITANOS (al mismo tiempo). — Un
amigo que te quiere bien... Una morena que huele a naranja. . . La herencia de
las Américas ...
UNO SOLO. —
Después de la muerte del amigo rubio, recibirás una carta morena.
En un tablado, al fondo, redoble
de tambor.
LOS COMEDIANTES. —
¡Abrid los ojos, graciosas damas y vosotros, señores, prestad oídos! Los
actores que aquí veis, los más grandes y famosos del reino de España, y a
quienes convencí, no sin esfuerzo, de que abandonaran la corte por este
mercado, van a representar, por complaceros, un acto sagrado del inmortal Pedro
de Lariba: Los espíritus. Pieza que os dejará asombrados, y que las alas del
genio han llevado de golpe a la altura de las obras maestras universales.
Composición prodigiosa de la que nuestro rey gustaba al punto de hacerla
representar dos veces por día, y que aún presenciaría si yo no hubiera
explicado a esta compañía sin igual el interés y la urgencia de darla a conocer
también en este mercado, para edificación del público de Cádiz, el más
entendido de todas las Españas!
Acercaos, pues; la representación va a empezar.
Empieza, en efecto, pero no se
oye a los actores, por cubrir sus voces los ruidos del mercado.
— ¡Refrescos, refrescos!
— ¡La mujer-langosta, mitad mujer, mitad pez!
— ¡Sardinas fritas! ¡Sardinas fritas!
— ¡Aquí, el rey de la evasión que sale de
cualquier prisión!
— ¡Cómprame tomates, hermosa, son dulces como
tu corazón!
— ¡Puntillas y lienzo de bodas!
— ¡Sin dolor y sin charla, Pedro arranca los
dientes!
NADA (saliendo ebrio de la taberna).
— Aplastadlo todo. ¡Haced un puré con los tomates y el corazón! ¡A la prisión
el rey de la evasión, y rompamos los dientes a Pedro! ¡Muerte al astrólogo que
no lo habrá previsto! ¡Comámonos a la mujer-langosta y suprimamos todo, fuera
de lo que se bebe!
Un mercader extranjero,
ricamente vestido, entra en el mercado en medio de un gran grupo de mujeres.
EL MERCADER. —
¡Comprad, comprad la cinta del Cometa!
TODOS. —
¡Sh! ¡Sh! Van a
explicarle su locura al oído.
EL MERCADER. —
¡Comprad, comprad la cinta sideral!
Todos compran cintas. Gritos de
alegría. Música. EL GOBERNADOR con su séquito llega al mercado. Se instalan.
EL GOBERNADOR. —
Vuestro gobernador os saluda y se alegra de verlos reunidos como de costumbre
en estos lugares, en medio de las ocupaciones que labran la riqueza y la paz de
Cádiz. No, decididamente nada ha cambiado, y eso está bien. ¡El cambio me
irrita, me gustan mis costumbres!
UN HOMBRE DEL PUEBLO. — No, gobernador, nada ha cambiado en realidad; nosotros, los
pobres, podemos asegurártelo. Los fines de mes son muy apretados. La cebolla,
la oliva y el pan nos hacen subsistir, y en cuanto a la gallina, nos alegra
saber que otros la comen todos los domingos. Esta mañana corrieron ruidos por
la ciudad y sobre la ciudad. A decir verdad, tuvimos miedo de que algo cambiara
y que de pronto los miserables fueran obligados a alimentarse de chocolate.
Pero gracias a ti, buen gobernador, nos anunciaron que no había pasado nada y
que nuestras orejas habían oído mal. En consecuencia, henos aquí contigo
tranquilizados.
EL GOBERNADOR. — El
gobernador se congratula de ello. Nada nuevo es bueno.
LOS ALCALDES. — ¡El
gobernador ha dicho bien! Nada nuevo es bueno. Nosotros los alcaldes,
investidos por la sabiduría y los años, queremos creer en especial que los
pobres no han adoptado un tono irónico. La ironía es una virtud que destruye.
Un buen gobernador prefiere los vicios que construyen.
EL GOBERNADOR. —
¡Entretanto, que nada se mueva! ¡Yo soy el rey de la inmovilidad!
LOS BORRACHOS DE LA TABERNA (alrededor de
NADA). — ¡Sí, sí, sí! ¡No, no, no! ¡Que nada se mueva, buen
gobernador! ¡Todo gira alrededor de nosotros y es un gran sufrimiento!
¡Queremos la inmovilidad! ¡Que se detenga todo movimiento! Que todo sea
suprimido, fuera del vino y la locura.
EL CORO. —
¡Nada ha cambiado! ¡No pasa nada, no ha pasado nada! Las estaciones giran
alrededor de su eje, y en el cielo suave circulan astros prudentes cuya
tranquila geometría condena a esas estrellas locas y desordenadas que incendian
las praderas del cielo con su cabellera inflamada, turban con su aullido de
alarma la dulce música de los planetas, trastornan con el viento de su carrera
las gravitaciones eternas, hacen rechinar las constelaciones y preparan, en
todas las encrucijadas del cielo, funestas colisiones de astros. ¡En verdad,
todo está en orden, el mundo se equilibra! ¡Es el mediodía del año, la estación
alta e inmóvil! ¡Felicidad, felicidad! ¡He aquí el verano! Qué importa lo
demás, la felicidad es nuestro orgullo.
LOS ALCALDES. — Si
el cielo tiene costumbres, agradecedlo al gobernador que es el rey de la
costumbre. Él tampoco gusta del pelo despeinado. ¡Todo su reino está bien
peinado!
EL CORO. —
¡Prudentes! Seguiremos siendo prudentes, porque nada cambiará nunca. ¿Qué
haríamos con el pelo al viento, los ojos inflamados, la boca estridente?
¡Estaremos orgullosos de la felicidad de los demás!
LOS BORRACHOS (alrededor de NADA). —
¡Suprimid el movimiento, suprimid, suprimid! ¡No os mováis, no nos movamos!
¡Dejemos correr las horas, este reino no tendrá historia! ¡La estación inmóvil
es la estación de nuestros corazones, porque es la más cálida y nos obliga a
beber!
Pero el tema sonoro de la alarma
que zumbaba sordamente desde un momento antes, sube de pronto hasta el agudo,
mientras resuenan dos enormes golpes sordos. En los tablados, un comediante que
avanza hacia el público mientras continúa su pantomima, se tambalea y cae en
medio de la multitud que lo rodea inmediatamente. Ni una palabra, ni un gesto:
el silencio es completo. Unos segundos de inmovilidad y luego precipitación
general. DIEGO se mete entre la multitud que se separa lentamente y descubre al
hombre. Dos médicos llegan, examinan el cuerpo, se apartan y discuten
agudamente. Un hombre joven pide explicaciones a uno de los médicos que hace
gestos de negación. El joven lo apremia y alentado por la multitud, lo obliga a
responder, lo sacude, se pega a él en actitud de adjuración y se encuentra
finalmente cara a cara con él. Ruido de aspiración; parece como si bebiera una
palabra de labios del médico. Se aparta y, con gran esfuerzo, como si la
palabra fuera demasiado grande para su boca y se necesitaran largos esfuerzos
para librarse de ella, pronuncia:
— La peste.
Todo el mundo dobla las rodillas
y todos repiten la palabra cada vez más fuerte y cada vez más rápida, mientras
huyen, trazando amplias curvas en escena en torno al gobernador subido en su
estrado. El movimiento se acelera, se precipita, se enloquece hasta que las
gentes se inmovilizan en grupos, a la voz del viejo cura.
EL CURA. — ¡A
la iglesia, a la iglesia! He aquí que llega el castigo. ¡El viejo mal ha caído
sobre la ciudad! El cielo lo envía desde siempre a las ciudades corrompidas
para castigarlas a muerte por su pecado mortal. En vuestras bocas mentirosas
serán aplastados los gritos y un sello ardiente se posará en vuestros
corazones. Rogad ahora al Dios de justicia para que olvide y perdone. ¡Entrad
en la iglesia! ¡Entrad en la iglesia!
Algunos se precipitan en la
iglesia. Los otros se vuelven mecánicamente a derecha e izquierda mientras
dobla la campana. En tercer plano el astrólogo, como si presentara un informe
al gobernador, habla en tono muy natural.
EL ASTRÓLOGO. — Una
conjunción maligna de planetas hostiles acaba de dibujarse en el plano de los
astros. Significa y anuncia sequía, hambre y peste en la primera oportunidad...
Un grupo de mujeres lo cubre
todo con su cháchara.
— ¡Tenía en la garganta un bicho enorme que le
chupaba la sangre con gran ruido de sifón!
— ¡Era una araña, una gran araña negra!
— ¡Verde, era verde!
— ¡No, era un lagarto de las algas!
— ¡Tú no viste nada! Era un pulpo, grande como
un hombrecito.
— ¿Dónde está Diego?
— ¡Habrá tantos muertos que no quedarán vivos
para enterrarlos!
— ¡Ay! ¡Si pudiera marcharme!
— ¡Marcharse! ¡Marcharse!
VICTORIA. —
Diego, ¿dónde está Diego?
Durante toda esta escena el
cielo se ha llenado de signos y el zumbido de alarma se ha desarrollado,
acentuando el terror general. Un hombre, con el rostro iluminado, sale de una
casa gritando: "¡Dentro de cuarenta días, el fin del mundo!", y de
nuevo el pánico traza sus curvas y las gentes repiten: "Dentro de cuarenta
días, el fin del mundo". Unos guardias vienen a detener al iluminado, pero
por el otro lado sale una hechicera que distribuye sus remedios.
LA HECHICERA. —
Toronjil, menta, salvia, romero, tomillo, azafrán, cáscara de limón, pasta de
almendras... ¡Atención, atención, estos remedios son infalibles!
Pero se levanta una especie de
viento frío, mientras el sol empieza a ponerse y obliga a alzar las cabezas.
LA HECHICERA. — ¡El
viento! ¡Ahí llega el viento! ¡La plaga le tiene horror al viento! ¡Todo irá
mejor, ya lo veréis!
En el mismo momento, el viento
cesa, el zumbido se agudiza, los dos golpes sordos resuenan, ensordecedores y
un poco más cercanos. Dos hombres se desploman en medio de la multitud. Todos
flexionan las rodillas y retrocediendo comienzan a apartarse de los cuerpos.
Sólo queda la hechicera y a sus pies los dos hombres que llevan marcas en las
ingles y en la garganta. Los enfermos se retuercen, hacen dos o tres gestos y
mueren, mientras la noche desciende lentamente sobre la multitud que sigue
desplegándose hacia el exterior, dejando los cadáveres en el centro. Oscuridad.
Juez en la iglesia. Proyector en el palacio del rey. Luz en la casa del juez.
La escena es alternada.
EN EL PALACIO
EL PRIMER ALCALDE. —
Alteza, la epidemia se desencadena con una rapidez que supera todos los
auxilios. Los barrios están más contaminados de lo que se cree, lo cual me
inclina a pensar que es preciso disimular la situación y no decir la verdad al
pueblo a ningún precio. Por lo demás, y por el momento, la enfermedad se ceba
sobre todo en los barrios exteriores que son pobres y están superpoblados.
Dentro de la desgracia, esto por lo menos es satisfactorio. Murmullos de aprobación.
EN EL IGLESIA
EL CURA. —
Acercaos, y que cada uno confiese en público lo peor que ha hecho. ¡Abrid
vuestros corazones, malditos! Decíos los unos a los otros el mal que habéis
cometido y el que habéis meditado, o si no el veneno del pecado os sofocará y
os llevará al infierno con tanta seguridad como el pulpo de la peste... Por mi
parte, me acuso de haber carecido a menudo de caridad. Tres confesiones mimadas durante el
diálogo siguiente.
EN EL PALACIO
EL GOBERNADOR. —
Todo se arreglará. Lo fastidioso es que yo tenía una partida de caza. Estas
cosas siempre suceden cuando uno tiene algún asunto importante. ¿Cómo hacer?
EL PRIMER ALCALDE. — No
falte usted a la caza, aunque más no sea por dar el ejemplo. La ciudad debe ver
qué frente serena sabe usted mostrar en la adversidad.
EN EL IGLESIA
TODOS. —
¡Perdónanos, Dios mío, lo que hemos hecho y lo que no hemos hecho!
EN LA CASA DEL JUEZ (El juez lee salmos rodeado por su
familia.)
EL JUEZ. —
"El señor es mi refugio y mi ciudadela. Pues él me preserva de la trampa
del pajarero y de la peste mortífera"
LA MUJER. —
Casado, ¿no podemos salir?
EL JUEZ. — Has
salido demasiado en tu vida, mujer. Eso no ha favorecido nuestra felicidad.
LA MUJER. —
Victoria no ha regresado y temo que sufra daño.
EL JUEZ. —
Nunca has temido el daño para ti. Y en ello perdiste el honor. Quédate, la casa
está tranquila en medio de la plaga. Lo he previsto todo y atrincherados
mientras dure la peste, esperaremos el fin. Dios mediante, no padeceremos por
nada.
LA MUJER. —
Tienes razón, Casado. Pero no somos los únicos. Otros padecen. Quizá Victoria
esté en peligro.
EL JUEZ. —
Deja a los otros y piensa en la casa. Piensa en tu hijo, por ejemplo. Haz traer
todas las provisiones que puedas. Paga el precio necesario. ¡Pero entroja,
mujer, entroja! ¡Ha llegado el tiempo de entrojar! (Lee): "El Señor
es mi refugio y mi ciudadela..."
EN EL IGLESIA (Continúa la serie.)
EL CORO. —
"No tendrás nada que temer ni los terrores de la noche, ni las flechas que
vuelan de día, ni la peste que camina en la sombra, ni la epidemia que repta en
pleno mediodía".
UNA VOZ. — ¡Oh
Dios grande y terrible!
Luz en la plaza. Deambular del
pueblo siguiendo el ritmo de una copla.
EL CORO. — Has
firmado en la arena, has escrito en el mar, sólo queda la pena.
Entra VICTORIA. Proyector en la
plaza.
VICTORIA. —
Diego, ¿dónde está Diego?
UNA MUJER. —
Está con los enfermos. Cuida a los que lo llaman.
VICTORIA corre a un extremo de
la escena y tropieza con DIEGO que lleva la máscara de los médicos de la peste.
Ella retrocede, lanzando un grito.
DIEGO (dulcemente). — ¿Te doy
tanto miedo, Victoria?
VICTORIA (en un grito). — ¡Oh,
Diego, por fin tú! Quítate esa máscara y estréchame contra ti. ¡Contra ti,
contra ti y me salvaré de ese mal!
Él no se mueve.
VICTORIA. —
¿Qué ha cambiado entre nosotros, Diego? Hace horas que te busco, corriendo por
la ciudad, espantada con la idea de que el mal podría herirte también, y aquí
estás con esa máscara de tormento y de enfermedad. ¡Quítatela, quítatela, te lo
ruego, y estréchame contra ti! (Él se quita la máscara.) Cuando veo tus manos, se me
seca la boca. ¡Bésame!
Él no se mueve.
VICTORIA (más bajo). — Bésame, me
muero de sed. Has olvidado que sólo ayer nos comprometimos el uno al otro. Toda
la noche esperé este día en que debías besarme con todas tus fuerzas. ¡Pronto,
pronto!...
DIEGO. —
¡Tengo lástima, Victoria!
VICTORIA. — Yo
también, pero tengo lástima de nosotros. ¡Y por eso te he buscado, gritando por
las calles, corriendo hacia ti, con los brazos tendidos para anudarlos a los
tuyos! Avanza hacia él.
DIEGO. — ¡No
me toques, apártate!
VICTORIA. —
¿Por qué?
DIEGO. — Ya
no me reconozco. Nunca me ha dado miedo un hombre, pero esto es superior a mí,
el honor de nada me sirve y siento que me abandono. (Ella se le acerca.) No
me toques. Quizá el mal ya esté en mí y voy a contagiártelo. Espera un poco.
Déjame respirar, porque estoy estrangulado de estupor. Ya no sé siquiera cómo
tomar a esos hombres y volverlos en el lecho. Me tiemblan las manos de horror,
y la compasión me tapa los ojos. (Gritos y gemidos.) Sin embargo me llaman, ¿los oyes?
Tengo que ir. Pero vela por ti, vela por nosotros. ¡Esto ha de terminar, con
seguridad!
VICTORIA. — No
me dejes.
DIEGO. —
Esto ha de terminar. Soy demasiado joven y te quiero demasiado. La muerte me da
horror.
VICTORIA (lanzándose hacia él). —
¡Yo estoy viva!
DIEGO (retrocede). — ¡Qué
vergüenza, Victoria, qué vergüenza!
VICTORIA. —
¿Vergúenza? ¿Por qué vergüenza?
DIEGO. — Me
parece que tengo miedo.
Se oyen gemidos. DIEGO corre en
dirección a ellos. Deambular del pueblo al ritmo de una copla.
EL CORO. —
¿Quién tiene razón y quién se equivoca? Piensa que aquí abajo todo es mentira.
Que lo único cierto es la muerte.
Proyector en la iglesia y en el
palacio del gobernador. Salmos y rezos en la iglesia. Desde el palacio el
primer alcalde se dirige al pueblo.
EL PRIMER ALCALDE. —
Orden del gobernador. A partir de este día, en señal de penitencia por la
desgracia común y para evitar los peligros de contagio, queda prohibida toda
reunión pública y toda diversión. Además ...
UNA MUJER (empieza a proferir alaridos en medio
del pueblo). — ¡Allí! ¡Allí! Esconden un muerto. No hay que dejarlo.
¡Lo pudrirá todo! ¡Vergüenza de los hombres! ¡Hay que llevarlo a la tierra!
Desorden. Dos hombres salen
llevando a la mujer.
EL ALCALDE. —
Además, el gobernador está en condiciones de tranquilizar a los ciudadanos con
respecto a la evolución del azote inesperado que ha caído sobre la ciudad.
Según opinión de todos los médicos, bastará que sople el viento marino para que
la peste retroceda. Dios mediante ...
Pero los dos enormes golpes
sordos lo interrumpen, seguidos de otros dos golpes, mientras la campana de los
muertos tañe al vuelo y los rezos se desencadenan en la iglesia. Luego sólo
reina un silencio aterrado en medio del cual entran dos personajes extraños, un
hombre y una mujer, a quienes todos siguen con la vista. El hombre es
corpulento. Cabeza descubierta. Lleva una especie de uniforme con una
condecoración. La mujer también lleva uniforme, pero con cuello y puños
blancos. Tiene en las manos una libreta. Avanzan hasta el palacio del
gobernador y saludan.
EL GOBERNADOR. —
¿Qué quieren ustedes de mí, extranjeros?
EL HOMBRE (en tono cortés). — Su
lugar.
TODOS. —
¿Qué? ¿Qué dice?
EL GOBERNADOR. — Han
elegido un mal momento, y esta insolencia puede costarles cara. Pero
seguramente nos habremos entendido mal. ¿Quiénes son ustedes?
EL HOMBRE. —
¡Adivínelo!
EL PRIMER ALCALDE. — ¡No
sé quiénes son, extranjeros, pero sé dónde terminarán!
EL HOMBRE (muy tranquilo). — Me
impresiona usted. ¿Qué le parece, querida amiga? ¿Tendré que decirles entonces
quién soy?
LA SECRETARIA. — De
ordinario, andamos con más miramientos.
EL HOMBRE. —
Pero estos señores son muy apremiantes.
LA SECRETARIA. —
Tendrán sus razones, sin duda. Después de todo, estamos de visita y debemos
someternos a los usos de estos lugares.
EL HOMBRE. —
Comprendo. ¿Pero no provocará un poco de desorden en estas buenas almas?
LA SECRETARIA. — Es
preferible el desorden a la descortesía.
EL HOMBRE. — Es
usted convincente. Pero me quedan algunos escrúpulos ...
LA SECRETARIA. — O
una cosa o la otra ...
EL HOMBRE. — La
escucho . . .
LA SECRETARIA. — O
lo dice usted, o no lo dice. Si lo dice, lo sabrán. Si no lo dice, se
enterarán.
EL HOMBRE. —
Esto termina de iluminarme.
EL GOBERNADOR. — ¡En
todo caso, ya es bastante! Antes de tomar las medidas que convengan, lo intimo
por última vez a que me diga quiénes son ustedes y qué quieren de mí.
EL HOMBRE (siempre natural). — Yo soy
la peste. ¿Y usted?
EL GOBERNADOR. — ¿La
peste?
EL HOMBRE. — Sí,
y necesito su lugar. Lo siento, créame, pero tendré mucho que hacer. ¿Si le
diera dos horas, por ejemplo? ¿Le bastarían para pasarme los poderes?
EL GOBERNADOR. —
Esta vez ha ido usted demasiado lejos y será castigado por esta impostura.
¡Guardias!
EL HOMBRE. —
¡Espere! No quiero forzar a nadie. Tengo por principio ser correcto. Comprendo
que mi conducta parezca sorprendente y, al fin, usted no me conoce. Pero deseo
de veras que me ceda el sitio sin obligarme a dar pruebas. ¿No puede creer en
mi palabra?
EL GOBERNADOR. — No
tengo tiempo que perder, esta broma ya ha durado demasiado. ¡Detened a este
hombre!
EL HOMBRE. —
Entonces hay que resignarse. Pero todo esto es muy fastidioso. Querida amiga,
¿querría usted proceder a una cancelación?
Tiende el brazo hacia uno de los
guardias. La secretaria tacha ostensiblemente algo en su libreta. El golpe
sordo resuena. El guardia cae. La secretaria lo examina.
LA SECRETARIA. —
Todo está arreglado, Excelencia. Las tres marcas están aquí. (A los otros, amablemente.) Una
marca, y usted es sospechoso. Dos, ya está contaminado. Tres, la cancelación
está resuelta. Nada más sencillo.
EL HOMBRE. —
¡Ah! Olvidaba presentarles a mi secretaria. Por lo demás ustedes la conocían.
Pero uno conoce tanta gente ...
LA SECRETARIA. — ¡Es
disculpable! Y además, siempre terminan por reconocerme.
EL HOMBRE. — ¡Un
carácter afortunado, ya lo ven! Alegre, contenta, cuidadosa de su persona ...
LA SECRETARIA. — No
hay mérito ninguno. El trabajo es más fácil entre sonrisas y flores frescas.
EL HOMBRE. — Ese
principio es excelente. ¡Pero volvamos a lo nuestro! (Al gobernador.) ¿Le
he dado prueba suficiente de mi seriedad? ¿No dice usted nada? Bueno, lo
asusté, naturalmente. Pero fue a disgusto, créame. Hubiera preferido un arreglo
amistoso, una convención basada en la confianza recíproca, garantizada por su
palabra y la mía, un acuerdo basado en el honor en cierto modo. Después de
todo, no es demasiado tarde para hacer bien las cosas. ¿El plazo de dos horas
le parece suficiente?
El GOBERNADOR sacude la cabeza
en señal de negación.
EL HOMBRE (volviéndose hacia la secretaria).
— ¡Qué desagradable!
LA SECRETARIA (sacando la cabeza). — ¡Un
obstinado! ¡Qué contratiempo!
EL HOMBRE (al gobernador). — Insisto,
sin embargo, en obtener su consentimiento. No quiero hacer nada sin su acuerdo,
aunque fuera contrario a mis principios. Mi colaboradora procederá pues a
tantas cancelaciones como sean necesarias para obtener de usted la libre
aprobación de la pequeña reforma que propongo. ¿Está usted lista, querida
amiga?
LA SECRETARIA. — Un
momento para sacar punta al lápiz que se ha roto y todo será para bien en el
mejor de los mundos.
EL HOMBRE (suspira). — ¡Sin su
optimismo, este oficio me sería muy penoso!
LA SECRETARIA (sacando punta al lápiz). —
La perfecta secretaria está segura de que todo puede arreglarse siempre, que no
hay error de contabilidad que no termine por repararse, ni cita fracasada que
no pueda concertarse de nuevo. No hay desgracia sin su lado bueno. La misma
guerra tiene sus virtudes y hasta los cementerios pueden ser buenos negocios
cuando las concesiones a perpetuidad son denunciadas cada diez años.
EL HOMBRE. — Sus
palabras valen oro... ¿El lápiz ya tiene punta?
LA SECRETARIA. — Ya
la tiene y podemos empezar.
EL HOMBRE. —
¡Adelante!
EL HOMBRE señala a NADA que se
ha acercado, pero NADA lanza una carcajada de borracho.
LA SECRETARIA. —
¿Puedo indicarle que ése pertenece a la especie de los que no creen en nada y
que tal especie nos es muy útil?
EL HOMBRE. — Muy
justo. Tomemos, pues, a uno de los alcaldes.
Pánico entre los alcaldes.
EL GOBERNADOR. —
¡Deténgase!
LA SECRETARIA. —
¡Buena señal, Excelencia!
EL HOMBRE (solícito). — ¿Puedo hacer
algo por usted, gobernador?
EL GOBERNADOR. — Si
le cedo la plaza, yo, los míos y los alcaldes ¿salvaremos la vida?
EL HOMBRE. —
¡But naturalmente, hombre, es la costumbre!
EL GOBERNADOR conferencia con
los alcaldes, luego se vuelve hacia el pueblo,
EL GOBERNADOR. —
Hombres de Cádiz, comprendéis, estoy seguro, que todo ha cambiado ahora. En
vuestro mismo interés conviene quizá que deje esta ciudad a la nueva potencia
que acaba de manifestarse. El acuerdo concluido con ella evitará sin duda lo
peor, y tendréis así la certeza de conservar fuera de vuestros muros un
gobierno que un día podrá seros útil. ¿Necesito deciros que, al hablar así, no
obedezco al cuidado de mi propia seguridad, sino...?
EL HOMBRE. —
Perdóneme que lo interrumpa. Pero me gustaría verlo precisar públicamente que
consiente usted de buen grado en estas útiles disposiciones, y que se trata
naturalmente de un libre acuerdo.
EL GOBERNADOR mira a su costado.
LA SECRETARIA se lleva el lápiz a la boca.
EL GOBERNADOR. — Por
supuesto, concluyo libremente este nuevo acuerdo. Balbucea, retrocede y huye. El éxodo
comienza.
EL HOMBRE (al primer alcalde). — ¡Si
lo tiene a bien, no se marche usted tan pronto! Necesito un hombre que cuente
con la confianza del pueblo y por intermedio del cual pueda dar a conocer mi
voluntad. (EL PRIMER
ALCALDE vacila.) Usted acepta, naturalmente... (A LA SECRETARIA.) Querida
amiga...
EL PRIMER ALCALDE. —
Pero naturalmente, es un gran honor.
EL HOMBRE. —
Perfecto. En estas condiciones, querida amiga, comunicará usted al alcalde
aquellas de nuestras resoluciones que es preciso dar a conocer a estas buenas
gentes con el objeto de que empiecen a vivir según el reglamento.
LA SECRETARIA. —
Ordenanza concebida y publicada por el primer alcalde y sus consejeros ...
EL PRIMER ALCALDE. — Yo
no he concebido nada todavía ...
LA SECRETARIA. — Se
le ahorra un trabajo. Y debería halagarle, creo, que nuestros servicios se
tomen la molestia de redactar lo que usted tendrá de este modo el honor de
firmar.
EL PRIMER ALCALDE. — Sin
duda, pero...
LA SECRETARIA. —
Ordenanza, pues, que hace oficio de acta promulgada en plena obediencia a las
voluntades de nuestro bienamado soberano para la reglamentación y asistencia
caritativa de los ciudadanos atacados de infección y para designar todas las
reglas y todas las personas tales como vigilantes, guardianes, ejecutores y
sepultureros que jurarán aplicar estrictamente las órdenes que les sean dadas.
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Qué lenguaje es ése, por favor?
LA SECRETARIA. — Es
para acostumbrarlos a un poco de oscuridad. Cuanto menos comprendan, mejor
marcharán. Dicho esto, aquí están las ordenanzas que hará usted pregonar por la
ciudad una después de otra, a fin de que su digestión sea más fácil, aun para
los espíritus más lentos. Estos son nuestros mensajeros. Sus rostros amables
ayudarán a fijar el recuerdo de sus palabras.
Los mensajeros se presentan.
EL PUEBLO. — ¡El
gobernador se va, el gobernador se va!
NADA. —
Está en su derecho, pueblo, está en su derecho. El Estado es él y hay que
proteger al Estado.
EL PUEBLO. — El
Estado era él, y ahora ya no es nada. Puesto que se va, la Peste es el Estado.
NADA. —
¿Qué más da? Peste o gobernador, siempre es el Estado.
EL PUEBLO deambula como si
buscara salidas. UN MENSAJERO se adelanta.
EL PRIMER MENSAJERO. —
Todas las casas infectadas deberán marcarse en medio de la puerta con una
estrella negra de un pie de radio, ornada con esta inscripción: "Todos
somos hermanos". La estrella deberá quedar hasta que se reabra la casa,
bajo pena de sufrir los rigores de la ley. Se retira.
UNA VOZ. —
¿Qué ley?
OTRA VOZ. — La
nueva, por supuesto.
EL CORO. —
Nuestros amos decían que iban a protegernos, y ahora, sin embargo, henos aquí
solos. Brumas horrendas comienzan a espesarse en los cuatro extremos de la
ciudad, disipan poco a poco el olor de los frutos y de las rosas, empañan la
gloria de la estación, sofocan el júbilo del estío. ¡Ah, Cádiz, ciudad marina!
Todavía ayer y por encima del estrecho, el viento del desierto, más espeso tras
haber pasado sobre los jardines africanos, hacía languidecer a nuestras
mujeres. Pero el viento ha cesado, sólo él podía purificar la ciudad. Nuestros
amos decían que nunca pasaría nada y he aquí que el otro tenía razón, que pasa
algo, que al fin lo vemos y que hemos de huir, huir sin tardanza antes de que
las puertas se cierren sobre nuestra desgracia.
EL SEGUNDO MENSAJERO. — Todos los artículos de primera necesidad estarán en adelante a
disposición de la comunidad, es decir, serán distribuidos por partes iguales e
ínfimas a todos aquellos que puedan probar su leal adhesión a la nueva
sociedad.
La primera puerta se cierra.
EL TERCER MENSAJERO. —
Todas las luces deberán apagarse a las nueve de la noche y ningún particular
podrá permanecer en lugar público o circular por las calles de la ciudad sin un
pase en debida forma que sólo será entregado en casos extremadamente raros y
siempre de modo arbitrario. Todo el que contravenga estas disposiciones será
castigado con los rigores de la ley.
VOCES (crescendo). — Van a cerrar
las puertas. — Las puertas están cerradas. — No, todas no están cerradas.
EL CORO. — Ah,
corramos hacia las que se abren todavía. Somos los hijos del mar. Allá, allá
tenemos que llegar, al país sin murallas y sin puertas, a las playas vírgenes
donde la arena tiene la frescura de los labios, y donde la mirada llega tan
lejos que se fatiga. Corramos al encuentro del viento. ¡Al mar! ¡El mar al fin,
el mar libre, el agua que lava, el viento que libera!
VOCES. — ¡Al
mar! ¡Al mar!
El éxodo se precipita.
EL CUARTO MENSAJERO. —
Queda severamente prohibido prestar asistencia a toda persona atacada por la
enfermedad, como no sea denunciarla a las autoridades, quienes se encargarán de
ella. La denuncia entre miembros de una misma familia es especialmente
recomendada y se recompensará con una doble ración alimenticia, llamada ración
cívica.
La segunda puerta se cierra.
EL CORO. — ¡Al
mar! ¡Al mar! El mar nos salvará. ¡Qué importan las enfermedades y las guerras!
¡Él ha visto y cubierto muchos gobiernos! ¡Sólo ofrece mañanas rojas y tardes
verdes, y del principio al fin el roce interminable de sus aguas durante noches
desbordantes de estrellas! ¡Oh soledad, desierto, bautismo de sal! Estar solo
frente al mar, al viento, cara al sol, liberado por fin de estas ciudades
selladas como tumbas y de estos rostros humanos que el miedo ha cerrado.
¡Pronto! ¡Pronto! ¿Quién me librará del hombre y sus terrores? Yo era feliz en
la cima del año, suelto entre los frutos, la naturaleza igual, el estío
benévolo. Amaba el mundo; estábamos España y yo. Pero ya no oigo el ruido de
las olas. Aquí están los clamores, el pánico, el insulto y la cobardía; aquí
están mis hermanos densos de sudor y de angustia y en adelante carga pesada.
¿Quién me devolverá los mares de olvido, el agua calma de alta mar, sus rutas
líquidas y sus surcos recubiertos? ¡Al mar! ¡Al mar, antes de que se cierren
las puertas!
UNA VOZ. —
¡Pronto! ¡No toques a ese que estaba cerca del muerto!
UNA VOZ. —
¡Está marcado!
UNA VOZ. —
¡Apártate! ¡Apártate!
Lo golpean. La tercera puerta se
cierra.
UNA VOZ. — ¡Oh
Dios grande y terrible!
UNA VOZ. —
¡Pronto! ¡Lleva lo necesario, el colchón y la jaula de los pájaros! ¡No olvides
el collar del perro! ¡También el tiesto de menta fresca! ¡La masticaremos hasta
llegar al mar!
UNA VOZ. — ¡Al
ladrón! ¡Al ladrón! ¡Se ha llevado el mantel bordado de mi boda!
Lo persiguen. Lo alcanzan. Le
pegan. La cuarta puerta se cierra.
UNA VOZ. —
¡Esconde eso! ¿quieres? ¡esconde nuestras provisiones!
UNA VOZ. — No
tengo nada para el camino, dame un pan, hermano. Te daré mi guitarra con
incrustaciones de nácar.
UNA VOZ. —
Este pan es para mis hijos, no para los que se dicen mis hermanos. Hay grados
en el parentesco.
UNA VOZ. — ¡Un
pan, todo mi dinero por un solo pan!
La quinta puerta se cierra.
EL CORO. —
¡Pronto! ¡Queda una sola puerta abierta! La plaga anda más rápida que nosotros.
Odia el mar y no quiere que vayamos a él. Las noches son tranquilas, las
estrellas corren por encima del mástil. ¿Qué haría aquí la peste? Quiere
guardarnos, nos ama a su manera. Quiere que seamos felices como ella lo
entiende, no como nosotros lo queremos. Son los placeres forzados, la vida
fría, la dicha a perpetuidad. Todo se fija, ya no sentimos en los labios la
antigua frescura del viento.
UNA VOZ. —
¡Padre, no me abandones, soy tu pobre!
El sacerdote huye.
EL POBRE. — ¡Se
va, se va! ¡Guárdame a tu lado! ¡Es tu tarea ocuparte de mí! ¡Si te pierdo, lo
he perdido todo!
El sacerdote escapa. El pobre
cae gritando.
EL POBRE. —
¡Cristianos de España, os han abandonado!
EL QUINTO MENSAJERO (separa las palabras). — En
fin, y esto será el resumen.
LA PESTE y su SECRETARIA frente
al PRIMER ALCALDE sonríen y aprueban congratulándose.
EL QUINTO MENSAJERO. — A
fin de evitar todo contagio por medio del aire, como las mismas palabras pueden
ser vehículo de la infección, se ordena a cada uno de los habitantes tener
constantemente en la boca un tapón embebido en vinagre que los preservará del
mal al mismo tiempo que los inducirá a la discreción y al silencio.
A partir de este momento cada
uno se mete un pañuelo en la boca y el número de VOCES disminuye al mismo
tiempo que la amplitud de la orquesta. El CORO comenzado a varias VOCES
terminará en una sola, hasta la pantomima final que se desenvuelve en un silencio
absoluto, las bocas de los personajes llenas e hinchadas. La última puerta se
cierra con un golpe brusco.
EL CORO. —
¡Maldición! ¡Maldición! ¡Estamos solos, la Peste y nosotros! ¡La última puerta
se ha cerrado! Ya no oímos nada. El mar queda, en adelante, demasiado lejos.
Ahora estamos en el dolor y hemos de dar vueltas en esta ciudad estrecha, sin
árboles y sin aguas, encerrada por altas puertas lisas, coronada por multitudes
aullantes, Cádiz, en fin, como la arena negra y roja donde van a realizarse los
homicidios rituales. ¡Hermanos, esta pena es mayor que nuestra falta, no
merecíamos esta prisión! Nuestro corazón no era inocente, pero amábamos el
mundo y sus estíos: ¡esto debería habernos salvado! ¡Los vientos han cesado y
el cielo está vacío! Vamos a callar por mucho tiempo. Pero por última vez antes
de que nuestras bocas se cierren bajo la mordaza del terror, gritaremos en el
desierto.
Gemidos y silencio. De la
orquesta sólo quedan las campanas. El zumbido del cometa se reanuda suavemente.
En el palacio del gobernador reaparecen LA PESTE y su SECRETARIA. LA SECRETARIA
avanza tachando un nombre a cada paso, mientras la batería escande cada uno de
sus movimientos. NADA ríe burlón y la primera carreta de muertos pasa
rechinando. LA PESTE se yergue en la cima del decorado y hace una señal. Todo
se detiene: movimientos y ruidos. LA PESTE habla.
LA PESTE. — Yo
reino, esto es un hecho; es, pues, un derecho. Pero es un derecho que no se
discute: debéis adaptaros.
Por lo demás, no os engañéis; si reino es a mi manera, y sería más justo decir
que funciono. Vosotros los españoles sois un poco imaginativos y me veríais de
buena gana bajo la apariencia de un rey negro o de un suntuoso insecto.
¡Necesitáis patetismo, ya se sabe! ¡Pues bien! No. Yo no tengo cetro y he
adoptado visos de suboficial. Porque es mi manera de vejaros, pues está bien
que seáis vejados: tenéis que aprenderlo todo. Vuestro rey tiene las uñas
negras y un uniforme estricto. No reina, preside. Su palacio es un cuartel, su
pabellón de caza un tribunal. Queda proclamado el estado de sitio.
Por eso, observadlo, cuando yo llego, el patetismo desaparece. El patetismo
queda prohibido, junto con algunas otras patrañas como la ridícula angustia de
la felicidad, el rostro estúpido de los enamorados, la contemplación egoísta de
los paisajes y la ironía culpable. En lugar de todo esto, traigo la organización.
Quizá os moleste un poco al principio, pero terminaréis por comprender que una
buena organización vale más que un mal patetismo. Y para ilustrar este bello
pensamiento, comienza por separar a los hombres de las mujeres: esto tendrá
fuerza de ley.
Así lo hacen los guardias.
LA PESTE. —
Vuestras macacadas han tenido su momento. ¡Ahora, a ponerse serios! Supongo que
ya me habéis comprendido. A partir de hoy, aprenderéis a morir en orden. Hasta
ahora habéis muerto a la española, un poco al azar, a juicio de cada uno por
así decirlo. Moríais porque había hecho frío después de hacer calor, porque
vuestras mulas daban coces, porque la línea de los Pirineos estaba azul, porque
en la primavera el río Guadalquivir es atrayente para el solitario, o porque
hay imbéciles mal aleccionados que matan por provecho o por honor, cuando es
tanto más distinguido matar por los placeres de la lógica. Sí, moríais mal. Un
muerto aquí, un muerto allá, éste en su cama, aquél en la arena: era el
libertinaje. Pero afortunadamente este desorden va a ser administrado. Una sola
muerte para todos y de acuerdo con el hermoso orden de una lista. Tendréis
vuestras fichas, ya no moriréis por capricho. El destino en adelante se ha
puesto juicioso, ha instalado sus oficinas. Figuraréis en la estadística y por
fin serviréis para algo. Porque olvidaba decíroslo: moriréis, por supuesto,
pero seréis incinerados en seguida, o aun antes; es más limpio y forma parte
del plan. ¡España primero!
¡Ponerse en fila para morir bien, eso es, pues, lo principal! A ese precio
gozaréis de mi favor. Pero atención con las ideas desatinadas, con los furores
del alma, como vosotros decís, con las pequeñas fiebres, que hacen las grandes
rebeliones. He suprimido estas complacencias y he puesto la lógica en su lugar.
Me horrorizan la diferencia y el desatino. A partir de hoy seréis, pues,
razonables, es decir, tendréis vuestra insignia. Marcados en las ingles,
llevaréis públicamente bajo la axila la estrella del bubón que os señalará para
ser atacados. Los otros, aquéllos que, persuadidos de que tal cosa no es de su
incumbencia, hacen cola en las arenas del domingo, se apartarán de vosotros,
los sospechosos. Pero no abriguéis ninguna amargura: es de su incumbencia.
Están en la lista y yo no olvido a nadie. Todos sospechosos; es un buen
comienzo.
Además, nada de esto impide el sentimentalismo. Me gustan los pájaros, las
primeras violetas, la boca fresca de las muchachas. De tarde en tarde es
refrescante, y es muy cierto que soy idealista. Mi corazón... Pero siento que
me enternezco y no quiero ir más lejos. Resumamos. Os traigo el silencio, el
orden y la absoluta justicia. No os pido que me lo agradezcáis, pues lo que
hago por vosotros es muy natural. Pero exijo vuestra colaboración activa. Mi
ministerio ha comenzado.
TELÓN
Segunda Parte
Una plaza de Cádiz. Del lado del
jardín, la portería del cementerio. Del lado del patio, un muelle. Cerca del
muelle la casa del juez. Al levantarse el telón, los sepultureros, con ropas de
presidiarios, acarrean muertos. El chirrido de la carreta se deja oír entre
bastidores. La carreta entra y se detiene en medio de la escena. Los
presidiarios la cargan. Vuelve a dirigirse a la portería. En el momento en que
se para delante del cementerio, música militar; la portería se abre al público
por una de sus paredes. Parece el patio de una escuela. LA SECRETARIA preside.
Un poco más abajo, mesas como las que se usan para distribuir tarjetas de
abastecimiento. Detrás de una de ellas, el PRIMER ALCALDE, con sus bigotes
blancos, rodeado de funcionarios. La música se refuerza. Del otro lado los
guardias empujan al pueblo y lo conducen delante de la portería, mujeres y
hombres separados. Luz en el centro. Desde lo alto de su palacio, la PESTE
dirige a obreros invisibles, cuya agitación en torno a la escena es lo único que
se percibe.
LA PESTE. —
Vamos, daos prisa, vosotros. Las cosas marchan con mucha lentitud en esta
ciudad, este pueblo no es trabajador. Le gusta el ocio, es evidente. Yo sólo
concibo la inactividad en los cuarteles y en las filas de espera. Este ocio es
bueno, vacía el corazón y las piernas. Es un ocio que no sirve para nada.
¡Despachemos! Terminad de plantar la torre, la vigilancia no está en su sitio.
Rodead la ciudad de alambradas de púas. A cada uno su primavera; la mía tiene
rosas de hierro. Encended los hornos, son nuestros fuegos de artificio.
¡Guardias! Poned nuestras estrellas en las casas de las que me propongo
ocuparme. ¡Usted, querida amiga, comience a confeccionar las listas y haga
llenar los certificados de existencia!
LA PESTE sale por el otro lado.
EL PESCADOR (es el corifeo). — ¿Un
certificado de existencia, para qué?
LA SECRETARIA. —
¿Para qué? ¿Cómo prescindiría usted de un certificado de existencia para vivir?
EL PESCADOR. —
Hasta ahora habíamos vivido muy bien sin eso.
LA SECRETARIA. —
Porque no estaban gobernados. En cambio ahora lo están. Y el gran principio de
nuestro gobierno es justamente que siempre se necesita un certificado. Uno
puede prescindir de pan y de mujer, pero de un certificado en regla y que
certifique cualquier cosa, ¡de eso no sería posible privarse!
EL PESCADOR. —
Hace tres generaciones que mi familia arroja las redes y el trabajo siempre se
ha hecho como Dios manda; ¡sin un papel escrito, se lo juro!
UNA VOZ. —
Somos carniceros de padres a hijos. Y para matar los carneros no nos servimos
de un certificado.
LA SECRETARIA. —
¡Vivían ustedes en la anarquía, eso es todo! ¡Observen que no tenemos nada
against los mataderos, al contrario! Pero hemos introducido en ellos los
perfeccionamientos de la contabilidad. Esa es nuestra superioridad. En cuanto a
las redadas, verán también que tenemos buenas fuerzas. Señor primer alcalde:
¿tiene usted los formularios?
EL PRIMER ALCALDE. —
Aquí están.
LA SECRETARIA. —
Guardias, ¿quieren ayudar al señor para que avance?
Hacen avanzar al PESCADOR.
EL PRIMER ALCALDE (lee). — Apellidos,
nombres, condición.
LA SECRETARIA. —
Prescinda de eso. El señor llenará solo los blancos.
EL PRIMER ALCALDE. —
Curriculum vitae.
EL PESCADOR. — No
comprendo.
LA SECRETARIA. —
Debe usted indicar aquí los acontecimientos importantes de su vida. ¡Es una
manera de entablar conocimiento!
EL PESCADOR. — Mi
vida me pertenece. Es algo privado, que a nadie le importa.
LA SECRETARIA. —
¡Algo privado! Esas palabras no tienen sentido para nosotros. Se trata
naturalmente de su vida pública. Por lo demás, la única que le está autorizada.
Señor alcalde, pase al detalle.
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Casado?
EL PESCADOR. — En
el...
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Motivos de la unión?
EL PESCADOR. —
¡Motivos! ¡La sangre me hierve!
LA SECRETARIA. — Así
está escrito. ¡Y es una buena manera de hacer público lo que debe cesar de ser
personal!
EL PESCADOR. — Me
casé porque es lo que se hace cuando se es un hombre.
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Divorciado?
EL PESCADOR. — No,
viudo.
EL PRIMER ALCALDE. — ¿Ha
vuelto a casarse?
EL PESCADOR. — No.
LA SECRETARIA. —
¿Por qué?
EL PESCADOR (gritando). — Quería a mi
mujer.
LA SECRETARIA. —
¡Extraño! ¿Por qué?
EL PESCADOR. —
¿Puede explicarse todo?
LA SECRETARIA. — ¡En
una sociedad bien organizada, sí!
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Antecedentes?
EL PESCADOR. —
¿Qué es eso?
LA SECRETARIA. — ¿Ha
sido condenado por pillaje, perjurio o violación?
EL PESCADOR. —
¡Nunca!
LA SECRETARIA. — ¡Un
hombre honrado, me lo sospechaba! Señor primer alcalde, agregará usted la
advertencia: vigilarlo.
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Sentimientos cívicos?
EL PESCADOR. —
Siempre he servido bien a mis conciudadanos. Nunca he dejado que se marchara un
pobre sin algún buen pescado.
LA SECRETARIA. — Esa
manera de responder no está autorizada.
EL PRIMER ALCALDE. —
¡Oh, esto puedo explicarlo! ¡Los sentimientos cívicos, como usted sabe, son
cosa mía! ¡Se trata de saber, buen hombre, si es usted de los que respetan el
orden existente por la sola razón de que existe!
EL PESCADOR. — Sí,
cuando es justo y razonable.
LA SECRETARIA. —
¡Dudoso! ¡Anote que los sentimientos cívicos son dudosos! Y lea la última
pregunta.
EL PRIMER ALCALDE (descifrando penosamente).
— ¿Razones de ser?
EL PESCADOR. — Que
mi madre sea mordida en el lugar del pecado si comprendo algo de esa jerga.
LA SECRETARIA. — Eso
significa que es necesario dar las razones que usted tiene de estar en vida.
EL PESCADOR. —
¡Las razones! ¿Qué razones quiere usted que encuentre?
LA SECRETARIA. — ¡Ya
lo ve! Anótelo, señor primer alcalde, el infrascrito reconoce que su existence
es injustificable. Estaremos más libres cuando llegue el momento. Y usted,
infrascrito, comprenderá mejor que el certificado de existencia que se le
entrega sea provisional y a plazo fijo.
EL PESCADOR. —
Provisional o no, démelo para volver de una vez a casa, que me esperan.
LA SECRETARIA. —
¡Por cierto! Pero antes deberá traer un certificado de salud que le será
entregado, mediante algunas formalidades, en el primer piso, división de
asuntos en curso, oficina de espera, sección auxiliar.
EL PESCADOR sale. La carreta de
los muertos ha llegado entre tanto a la puerta del cementerio; comienzan a
descargarla. Pero NADA, borracho, salta de la carreta lanzando alaridos.
NADA. —
¡Pero si les digo que no estoy muerto!
Quieren volver a meterlo en la
carreta. Escapa y entra en la portería.
NADA. —
¡Bueno, qué! ¡Si estuviera muerto se vería! ¡Oh, perdón!
LA SECRETARIA. — No
es nada. Acérquese.
NADA. — Me
han cargado en la carreta. ¡Pero había bebido demasiado, eso es todo! ¡La
cuestión es suprimir!
LA SECRETARIA. —
¿Suprimir qué?
NADA. —
¡Todo, encanto mío! Cuantos más se suprime, mejor van las cosas. ¡Y si se
suprime todo, es el paraíso! Los enamorados, mire usted: ¡me dan horror! Cuando
pasan delante de mí, escupo. ¡A espaldas de ellos, por supuesto, porque los hay
rencorosos! ¡Y los niños, cochina ralea! ¡Las flores, con ese aire estúpido;
los ríos, incapaces de cambiar de idea! ¡Ah! ¡Suprimamos, suprimamos! ¡Es mi
filosofía! ¡Dios niega el mundo, y yo niego a Dios! ¡Viva nada, puesto que es
la única cosa que existe!
LA SECRETARIA. — ¿Y
cómo suprimir todo eso?
NADA. —
¡Beber, beber hasta la muerte y todo desaparece!
LA SECRETARIA. —
¡Mala técnica! ¡La nuestra es mejor! ¿Cómo te llamas?
NADA. —
Nada.
LA SECRETARIA. —
¿Cómo?
NADA. — Ése
es mi nombre.
LA SECRETARIA. —
¡Eso sí que está bien! ¡Con semejante nombre, tenemos que trabajar juntos! Pasa
de este lado. Serás funcionario de nuestro reino.
Entra EL PESCADOR.
LA SECRETARIA. —
Señor alcalde, ¿quiere usted enterar al señor Nada? Entre tanto, guardias,
venderéis las insignias. (Se
acerca a DIEGO.) Buenos días. ¿Quiere comprar una insignia?
DIEGO. —
¿Qué insignia?
LA SECRETARIA. — La
insignia de la peste, vamos. (Una pausa.) Es usted libre de rechazarla. No es
obligatoria.
DIEGO. —
Entonces la rechazo.
LA SECRETARIA. — Muy
bien. (Acercándose a
VICTORIA.) ¿Y usted?
VICTORIA. — No
la conozco a usted.
LA SECRETARIA. —
Perfecto. Les hago notar simplemente que aquellos que se niegan a llevar esta
insignia tienen la obligación de llevar otra.
DIEGO. —
¿Cuál?
LA SECRETARIA. —
Pues la insignia de los que se niegan a llevar la insignia. De este modo se
sabe desde el primer momento con quién tiene uno que habérselas.
EL PESCADOR. —
Discúlpeme. . .
LA SECRETARIA (volviéndose hacia DIEGO y VICTORIA).
— ¡Hasta pronto! (Al
PESCADOR.) ¿Qué pasa ahora?
EL PESCADOR (con furor creciente). —
Vengo del primer piso, y me respondieron que debía llegarme aquí para obtener
el certificado de existencia sin el cual no me darán certificado de salud.
LA SECRETARIA. — ¡Es
clásico!
EL PESCADOR. —
¿Cómo, clásico?
LA SECRETARIA. — Sí,
eso prueba que esta ciudad comienza a estar administrada. Nuestra convicción es
que ustedes son culpables. Culpables de ser gobernados, naturalmente. Pero es
necesario que ustedes mismos comprendan que son culpables. Y no se considerarán
culpables mientras no se sientan cansados. Los están cansando, eso es todo.
Cuando estén extenuados de fatiga, lo demás marchará solo.
EL PESCADOR. —
¿Por lo menos puedo conseguir ese maldito certificado de existencia?
LA SECRETARIA. — En
principio no, pues necesita usted primero un certificado de salud para
conseguir un certificado de existencia. Aparentemente no hay salida.
EL PESCADOR. — ¿Y
entonces?
LA SECRETARIA. —
Entonces queda nuestra buena voluntad. Pero es a corto plazo, como toda buena
voluntad. Le damos, pues, este certificado por favor especial. Simplemente,
sólo será válido por una semana. Dentro de una semana veremos.
EL PESCADOR. —
¿Veremos qué?
LA SECRETARIA. —
Veremos si cabe renovárselo.
EL PESCADOR. — ¿Y
si no me lo renuevan?
LA SECRETARIA. —
Como su existencia ya no tendrá garantía, se procederá sin duda a cancelarlo.
Señor alcalde, asiente ese certificado en trece ejemplares.
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Trece?
LA SECRETARIA. —
¡Sí! Uno para el interesado y doce para el buen funcionamiento.
Luz en el centro.
LA PESTE. —
Haga empezar los grandes trabajos inútiles. Usted, querida amiga, tenga lista
la balanza de las deportaciones y concentraciones. Active la transformación de
los inocentes en culpables para que la mano de obra alcance. ¡Deporte al que
sea importante! ¡Vamos a carecer de hombres, seguramente! ¿Cómo andamos con el
empadronamiento?
LA SECRETARIA. —
¡Está en curso, todo marcha bien y me parece que estas buenas gentes me han
comprendido!
LA PESTE. — Es
usted demasiado fácil de enternecer, querida amiga. Siente la necesidad de que
la comprendan. Es un defecto para su oficio. Estas buenas gentes, como usted
dice, naturalmente, no han comprendido nada, pero no tiene importancia. Lo
esencial no es que comprendan sino que se ejecuten. ¡Vaya! Es una expresión
llena de sentido, ¿no le parece?
LA SECRETARIA. —
¿Qué expresión?
LA PESTE. —
Ejecutarse. ¡Vamos, vosotros ejecutaos, ejecutaos! ¿Eh? ¡Qué fórmula!
LA SECRETARIA. —
¡Magnífica!
LA PESTE. —
¡Magnífica! ¡Está todo en ella! En primer lugar la imagen de la ejecución, que
es una imagen enternecedora, y luego la idea de que el ejecutado colabora en su
ejecución, que es el fin y el consolidamiento de todo buen gobierno!
Ruido en el fondo.
LA PESTE. —
¿Qué es eso?
El coro de las mujeres se agita.
LA SECRETARIA. — Son
las mujeres que se agitan.
EL CORO. —
Ésta tiene algo que decir.
LA PESTE. —
Acércate.
UNA MUJER (avanzando). — ¿Dónde está
mi marido?
LA PESTE. —
¡Bueno, bueno! ¡Ahí está el corazón humano, como dicen! ¿Qué le ha pasado a tu
marido?
LA MUJER. — No
ha vuelto.
LA PESTE. —
Cosa vulgar. No te preocupes de nada. Ya encontró una cama.
LA MUJER. — Es
un hombre y se respeta.
LA PESTE. —
¡Naturalmente, un fénix! Ocúpese de esto, querida amiga.
LA SECRETARIA. —
¡Apellido y nombre!
LA MUJER. —
Gálvez, Antonio.
LA SECRETARIA mira su libreta y
habla al oído de LA PESTE.
LA SECRETARIA. —
¡Bueno! Tiene la vida a salvo, alégrate.
LA MUJER. —
¿Qué vida?
LA SECRETARIA. — ¡La
vida de castillo!
LA PESTE. — Sí,
lo deporté con algunos otros que hacían ruido y los quise perdonar, quise ser
benévolo con ellos.
LA MUJER (retrocediendo). — ¿Qué ha
hecho usted?
LA PESTE (con rabia histérica). —
Los he concentrado. ¡Hasta ahora vivían en la dispersión y la frivolidad, un
poco diluidos, por así decirlo! ¡Ahora son más firmes, se concentran!
LA MUJER (huyendo hacia el CORO que se abre
para acogerla). — ¡Ah! ¡Mísera! ¡Mísera de mí!
EL CORO. —
¡Míseras! ¡Míseras de nosotras!
LA PESTE. —
¡Silencio! ¡No os quedéis inactivas! ¡Haced algo! ¡Ocupaos! (Soñador.) Ellos se
ejecutan, se ocupan, se concentran. ¡La gramática es algo bueno, puede servir
para todo!
Luz rápida en la portería donde
NADA está sentado con el alcalde. Delante de él, filas de administrados:
UN HOMBRE. — La
vida ha aumentado y los salarios son insuficientes.
NADA. — Ya
lo sabíamos y aquí tenemos un nuevo arancel. Acaba de ser establecido.
UN HOMBRE. —
¿Cuál será el porcentaje de aporte?
NADA (lee). — ¡Es muy sencillo!
Arancel número 1313. "El decreto de revaloración de los salarios
interprofesionales y subsiguientes establece supresión del salario de base y
liberación incondicional de las escalas móviles que reciben de este modo
licencia de llegar a un salario máximo que queda por prever. Las escalas,
suprimidas las mejoras otorgadas ficticiamente por el arancel número 13,
continuarán sin embargo siendo calculadas, fuera de las modalidades propiamente
dichas de reclasificación, sobre el salario de base precedentemente
suprimido."
UN HOMBRE. —
¿Pero qué aumento representa eso?
NADA. — El
aumento es para más adelante, el arancel para hoy. Añadimos un arancel, eso es
todo.
UN HOMBRE. —
Pero ¿qué quiere usted que hagamos con ese arancel?
NADA (gritando). — ¡Que se lo
coman! El siguiente. (Se
presenta otro hombre.) Tú quieres abrir un comercio. Buena
idea, ya lo creo. Bueno, pues empieza por llenar este formulario. Mete los
dedos en esta tinta. Ponlos aquí. Perfecto.
UN HOMBRE. —
¿Dónde puedo limpiarme?
NADA. —
¿Dónde puedo limpiarme? (Hojea
un legajo.) En ninguna parte. No está previsto por el
reglamento.
UN HOMBRE. —
Pero no puedo quedarme así.
NADA. —
¿Por qué no? Además, ¿qué te importa, si no tienes el derecho de tocar a tu
mujer? Y te conviene.
UN HOMBRE. —
¿Cómo que me conviene?
NADA. — Sí.
Te humilla, en consecuencia, te conviene. Pero volvamos a tu comercio.
¿Prefieres beneficiarte con el artículo 3 del capítulo 4 de la decimosexta
circular contante para el quinto reglamento general, o bien con el párrafo 2
del artículo 12 de la circular 3 del reglamento particular?
UN HOMBRE. —
¡Pero no conozco ninguno de los dos textos!
NADA. —
¡Por supuesto, hombre! Tú no los conoces. Yo tampoco. Pero como de todos modos
hay que decidirse, haremos que te beneficies con los dos a la vez.
UN HOMBRE. — Es
mucho, Nada, y te lo agradezco.
NADA. — No
me lo agradezcas. Porque parece que uno de los artículos te concede el derecho
de tener el comercio, mientras que el otro te quita el de vender cualquier
cosa.
UN HOMBRE. —
Pero ¿qué es eso?
NADA. — ¡El
orden!
Llega una mujer, enloquecida.
NADA. —
¿Qué pasa, mujer?
LA MUJER. — Mi
casa ha sido requisada.
NADA. —
Bueno.
LA MUJER. — Han
instalado en ella servicios administrativos.
NADA. —
¡Por supuesto!
LA MUJER. —
Pero estoy en la calle y me prometieron alojamiento.
NADA. — ¡Ya
ves: se ha pensado en todo!
LA MUJER. — Sí,
pero hay que hacer una demanda que seguirá su curso. Entre tanto, mis hijos
están en la calle.
NADA. —
Razón de más para que hagas la demanda. Llena este formulario.
LA MUJER (toma el formulario). —
¿Pero marchará rápido?
NADA. —
Puede marchar rápido con tal de que alegues una justificación de urgencia.
LA MUJER. —
¿Qué es eso?
NADA. — Un
documento que pruebe que para ti es urgente no seguir en la calle.
LA MUJER. — Mis
hijos no tienen techo; ¿hay algo más urgente que dárselo?
NADA. — No
te darán alojamiento porque tus hijos estén en la calle. Te darán alojamiento
si presentas un testimonio. No es lo mismo.
LA MUJER. —
Nunca he podido entender ese lenguaje. ¡El diablo habla de ese modo y nadie lo
entiende!
NADA. — No
es casualidad, mujer. El asunto aquí es proceder de suerte que nadie entienda,
hablando la misma lengua. Y puedo decirte que nos acercamos al instante
perfecto en que todo el mundo hablará sin encontrar nunca eco, y en que los dos
lenguajes que se enfrentan en esta ciudad, se destruirán uno al otro con tal
obstinación que todo habrá de encaminarse hacia el logro último que es el
silencio y la muerte.
LA MUJER. —
Justicia es que los niños coman lo que tienen ganas y no sientan frío. Justicia
es que mis pequeños vivan. Los eché al mundo en una tierra de alegría. El mar
brindó el agua de su bautismo. No necesitan otras riquezas. No pido para ellos
nada más que el pan de cada día y el sueño de los pobres. No es nada y sin
embargo eso es lo que negáis. Y si negáis a los desventurados el pan, no hay
lujo, ni hermosas palabras, ni promesas misteriosas que os otorguen el perdón
jamás. Al mismo ...
NADA. —
Optad por vivir de rodillas antes que morir de pie, a fin de que el universo
encuentre su orden medido con la escuadra de las potencias, compartido entre
los muertos tranquilos y las hormigas en adelante bien educadas, paraíso
puritano privado de praderas y de pan, donde circulan ángeles policías de alas
mayúsculas entre bienaventurados hartos de papel y de fórmulas nutritivas, de
rodillas ante el condecorado dios destructor de todas las cosas y decididamente
consagrado a disipar los antiguos delirios de un mundo demasiado delicioso.
¡Viva nada! Ya nadie se entiende: ¡estamos en el instante perfecto!
Luz en el centro. Se recortan
barracas y alambradas, miradores y algunos otros monumentos hostiles. Entra
DIEGO con la máscara, como si se viera acosado. Ve los monumentos, el pueblo y
la PESTE.
DIEGO (dirigiéndose al CORO). —
¿Dónde está España? ¿Dónde está Cádiz? ¡Esta decoración no pertenece a ningún
país! Estamos en otro mundo, donde el hombre no puede vivir. ¿Por qué estáis
mudos?
EL CORO. —
¡Tenemos miedo! ¡Ah, si soplara viento! . . .
DIEGO. — Yo
también tengo miedo. ¡Hace bien proclamar el miedo! Gritad, el viento
responderá.
EL CORO. —
¡Éramos un pueblo y ahora somos una masa! ¡Nos invitaban; vednos convocados!
¡Cambiábamos pan y leche, ahora nos abastecen! ¡Arrastramos los pies! (Los arrastran.) ¡Arrastramos
los pies y decimos que nadie puede nada por nadie y que hemos de esperar, cada
uno en su sitio, en el lugar asignado! ¿Para qué gritar? ¡Nuestras mujeres ya
no tienen el rostro de flor que nos sofocaba de deseo, España ha desaparecido!
¡Arrastremos los pies! ¡Arrastremos los pies! ¡Ah, dolor! ¡Arrastramos los pies
sobre nosotros mismos! ¡Nos ahogamos en esta ciudad clausurada! ¡Ah, si soplara
el viento! . . .
LA PESTE. —
Esto es cordura. Acércate Diego, ahora que has comprendido.
En el cielo ruido de
cancelaciones.
DIEGO. —
¡Somos inocentes!
LA PESTE lanza una carcajada.
DIEGO (gritando). — ¿La
inocencia, verdugo, comprendes la inocencia?
LA PESTE. — ¡La
inocencia! ¡No la conozco!
DIEGO. —
Entonces, acércate. El más fuerte matará al otro.
LA PESTE. — El
más fuerte soy yo, inocente. Mira.
Hace una señal a los guardias,
quienes avanzan hacia DIEGO. Éste huye.
LA PESTE. —
¡Corredlo! ¡No lo dejéis escapar! ¡El que huye nos pertenece! Mareadlo.
Los guardias corren a DIEGO.
Persecución mimada en el escenario corpóreo. Silbato. Sirenas de alarma.
EL CORO. —
¡Aquel corre! Tiene miedo y lo dice. ¡No es dueño de sí, está enloquecido!
Nosotros nos hemos vuelto juiciosos. Nos administran. Pero en el silencio de
las oficinas, escuchamos un largo grito contenido que es el de los corazones
separados y que nos habla del mar bajo el sol de mediodía, del olor de las
cañas en la noche, de los brazos frescos de nuestras mujeres. Nuestras caras
están selladas, nuestros pasos contados, nuestras horas ordenadas, pero nuestro
corazón rechaza el silencio. Rechaza las listas y las matrículas, los muros que
no terminan, los barrotes en las ventanas, los amaneceres erizados de fusiles.
Los rechaza como éste que corre para llegar a una casa, huyendo de esta
decoración de sombras y de números, para encontrar al fin un refugio. Pero el
único refugio es el mar del cual nos separan esos muros. Que el viento sople y
por fin podremos respirar. . .
DIEGO, en efecto, se ha
precipitado hacia una casa. Los guardias se detienen delante de la puerta y
allí apostan centinelas.
LA PESTE (gritando). — ¡Mareadlo!
¡Mareadlos a todos! ¡Aun lo que no dicen puede oírse todavía! ¡Ya no pueden
protestar, pero su silencio chirría! ¡Aplastadles las bocas! Amordazadlos y
enseñadles las directivas hasta que ellos también repitan siempre la misma
cosa, hasta que se conviertan por fin en los buenos ciudadanos que necesitamos.
De las bóvedas caen entonces,
vibrantes como si pasaran por megáfonos, nubes de slogans que se amplifican a
medida que son repetidos y que cubren el CORO con la boca cerrada hasta que
reina un silencio absoluto.
¡Una sola
PESTE, un solo pueblo!
¡Concentraos, ejecutaos, ocupaos!
¡Una buena PESTE vale más que dos libertades!
¡Deportad, torturad, siempre quedará algo!
Luz en casa del JUEZ.
VICTORIA. — No,
padre. No entregará usted a esta vieja sirvienta con el pretexto de que está
contaminada. Olvida que me ha criado y que lo ha servido sin quejarse nunca.
EL JUEZ. —
¿Quién se atrevería a censurar lo que he decidido?
VICTORIA. — No
puede usted decidir en todo. El dolor también tiene sus derechos.
EL JUEZ. — Mi
papel es preservar esta casa e impedir que el mal penetre en ella. Yo. . .
Entra de improviso DIEGO.
EL JUEZ. —
¿Quién te ha permitido que entres aquí?
DIEGO. — ¡El
miedo me ha empujado a tu casa! Huyo de la Peste.
EL JUEZ (señala con el dedo a DIEGO la marca
que lleva ahora en la axila. Silencio. Dos o tres silbatos a lo lejos).
— Vete de esta casa.
DIEGO. —
¡Déjame! Si me echas, me mezclarán con todos los otros, y será el
amontonamiento de la muerte.
EL JUEZ. — Soy
el servidor de la ley, no puedo acogerte aquí.
DIEGO. — Tú
servías la antigua ley. Nada tienes que hacer con la nueva.
EL JUEZ. — Yo
no sirvo la ley por lo que dice sino porque es la ley.
DIEGO. — ¿Y
si la ley es el crimen?
EL JUEZ. — Si
el crimen se convierte en ley, cesa de ser crimen.
DIEGO. — ¡Y
hay que castigar la virtud!
EL JUEZ. — Hay
que castigarla, en efecto, si tiene la arrogancia de discutir la ley.
VICTORIA. —
Casado, no es la ley la que te hace obrar: es el miedo.
EL JUEZ. —
Éste también tiene miedo.
VICTORIA. —
Pero todavía no ha traicionado nada.
EL JUEZ. —
Traicionará. Todo el mundo traiciona porque todo el mundo tiene miedo. Todo el
mundo tiene miedo porque nadie es puro.
VICTORIA. —
Padre, pertenezco a este hombre, usted lo ha consentido. Y no puede quitármelo
después de habérmelo dado ayer.
EL JUEZ. — No
he dicho que sí a tu boda. He dicho que sí a tu partida.
VICTORIA. — Yo
sabía que usted no me quería.
EL JUEZ (la mira). — Toda mujer me
inspira horror. (Llaman
brutalmente a la puerta.) ¿Qué pasa?
UN GUARDIA (afuera). — La casa está
condenada por haber cobijado a un sospechoso. Todos los habitantes están en
observación.
DIEGO (lanzando una carcajada). —
¡La ley es buena, tú bien lo sabes. Pero es un poco nueva y no la conocías del
todo. ¡Juez, acusados y testigos, todos somos ahora hermanos!
Entran LA MUJER DEL JUEZ, EL
HIJO MENOR y LA HIJA.
LA MUJER. — Han
atrincherado la puerta.
VICTORIA. — La
casa está condenada.
EL JUEZ. — Por
él. Y voy a denunciarlo. Entonces abrirán la casa.
VICTORIA. —
Padre, su honor se lo prohíbe.
EL JUEZ. — El
honor es asunto de hombres y ya no hay hombres en esta ciudad.
Se oyen silbatos, ruido de
carrera que se acerca. DIEGO escucha, mira a todas partes con ojos enloquecidos
y se apodera bruscamente del niño.
DIEGO. —
¡Mira, hombre de la ley! Si haces un solo gesto, aplastaré la boca de tu hijo
sobre la señal de la Peste.
VICTORIA. —
Diego, eso es una cobardía.
DIEGO. —
Nada es cobardía en la ciudad de los cobardes.
LA MUJER (corriendo hacia el JUEZ) —
¡Prométeselo, Casado! Promete a ese loco lo que quiere.
LA HIJA DEL JUEZ. — No,
padre, no haga nada. No es cosa nuestra.
LA MUJER. — No
la escuches. Bien sabes que odia a su hermano.
EL JUEZ. —
Tiene razón. No es cosa nuestra.
LA MUJER. — Y
tú también odias a mi hijo.
EL JUEZ. — Tu
hijo, en efecto.
LA MUJER. —
¡Oh! Tú no eres hombre que se atreva a recordar lo que estaba perdonado.
EL JUEZ. — No
he perdonado. Seguí la ley que, a los ojos de todos, me hacía padre de este
niño.
VICTORIA. — ¿Es
cierto, madre?
LA MUJER. — Tú
también me desprecias.
VICTORIA. — No.
Pero todo se hunde al mismo tiempo. El alma vacila.
El JUEZ da un paso hacia la
puerta.
DIEGO. — El
alma vacila, pero la ley nos sostiene, ¿no es cierto, juez? ¡Todos
hermanos! (Levanta al
niño delante de él.) Y también tú, a quien daré el beso de los
hermanos.
LA MUJER. —
¡Espera, Diego, te lo suplico! No seas como éste, que se ha endurecido hasta el
corazón. Pero se detendrá. (Corre
hacia la puerta y se interpone en el camino del JUEZ.) Vas a
ceder, ¿no es cierto?
LA HIJA DEL JUEZ. —
¿Por qué había de ceder y qué le importa ese bastardo que ocupa aquí el lugar
principal?
LA MUJER. —
Calla, te corroe la envidia y ya estás toda negra. (Al JUEZ.) Pero tú, tú
que te acercas a la muerte, bien sabes que nada hay que envidiar en la tierra,
fuera del sueño y la paz. Bien sabes que dormirás mal en tu lecho solitario si
dejas hacer eso.
EL JUEZ. — La
ley está de mi parte. Ella me dará el reposo.
LA MUJER. —
Escupo en tu ley. ¡Yo cuento con el derecho, el derecho de los que no quieren
estar separados, el derecho de los culpables al perdón, y el de los
arrepentidos a ser reivindicados! Sí, escupo en tu ley. ¿Estaba de tu parte la
ley cuando presentaste excusas cobardes a aquel capitán que te retaba a duelo,
cuando trampeaste para escapar a la conscripción? ¿La ley estaba de tu parte
cuando invitaste a tu lecho a aquella muchacha que litigaba contra un amo
indigno?
EL JUEZ. —
Calla, mujer.
VICTORIA. —
¡Madre!
LA MUJER. — No,
Victoria, no callaré. Callé durante todos estos años. Lo hice por mi honor y
por amor a Dios. Pero el honor ya no existe. Y un solo cabello de este niño es
para mí más precioso que el cielo mismo. No callaré. Y por lo menos le diré a
ése que el derecho nunca estuvo de su lado, porque el derecho, ¿lo oyes,
Casado?, está del lado de los que sufren, gimen, esperan. No está, no, no puede
estar con los que calculan y amontonan.
DIEGO ha soltado al niño.
LA HIJA DEL JUEZ. —
Esos son los derechos del adulterio.
LA MUJER (gritando). — No niego mi
falta, la gritaré al mundo entero. Pero sé, en mi miseria, que la carne tiene
sus faltas, en tanto que el corazón tiene sus crímenes. Lo que se hace en la
calentura del amor debe recibir piedad.
LA HIJA. —
¡Piedad para las perras!
LA MUJER. —
¡Sí! ¡Porque tienen un vientre para gozar y para engendrar!
EL JUEZ. —
¡Mujer! ¡Tu defensa no es buena! ¡Denunciaré al hombre que ha causado este
trastorno! Lo haré con doble contento, porque será en nombre de la ley y del
odio.
VICTORIA. —
Maldito seas tú, que acabas de decir la verdad. Nunca juzgaste sino según el
odio, y lo adornabas con el nombre de ley. Y aun las mejores leyes adquirieron
mal gusto en tu boca; era la boca agria de los que jamás han amado. ¡Ah, el
asco me sofoca! Vamos, Diego, tómanos a todos en tus brazos y pudrámonos
juntos. Pero deja vivir a ése para quien la vida es un castigo.
DIEGO. —
Déjame. Me da vergüenza ver a qué hemos llegado.
VICTORIA. — Yo
también tengo vergüenza. Hasta morir de vergüenza.
DIEGO se arroja bruscamente por
la ventana. El JUEZ corre también. VICTORIA escapa por una puerta falsa.
LA MUJER. — Ha
llegado el tiempo en que los bubones tienen que reventar. No somos los únicos.
Toda la ciudad padece la misma fiebre.
EL JUEZ. —
¡Perra!
LA MUJER. —
¡Juez!
Oscuridad. Luz en la portería.
NADA y el ALCALDE se preparan para marcharse.
NADA. —
Todos los comandantes de distrito han recibido orden de hacer votar a sus
administrados a favor del nuevo gobierno.
EL PRIMER ALCALDE. — No
es fácil. ¡Algunos se atreven a votar en contra!
NADA. — No,
si usted sigue los buenos principios.
EL PRIMER ALCALDE. —
¿Los buenos principios?
NADA. — Los
buenos principios establecen que el voto es libre. Es decir, se considerará que
los votos favorables al gobierno fueron libremente emitidos. En cuanto a los
otros, y a fin de eliminar las trabas secretas que hubiera podido sufrir la
libertad de elección, se descontarán de acuerdo con el método preferencial,
alineando la parte divisional al cociente de los sufragios no emitidos en
relación al tercio de los votos eliminados. ¿Está claro?
EL PRIMER ALCALDE. —
Claro, señor... En fin, creo entender.
NADA. — Lo
admiro, alcalde. Pero haya o no comprendido, no olvide que el resultado
infalible de este método deberá consistir siempre en dar por nulos los votos
hostiles al gobierno.
EL PRIMER ALCALDE. —
Pero usted había dicho que el voto era libre.
NADA. — Lo
es, en efecto. Sólo que partimos del principio de que un voto negativo no es un
voto libre. Es un voto sentimental y se encuentra, en consecuencia, encadenado
por las pasiones.
EL PRIMER ALCALDE. — ¡No
había pensado en eso!
NADA. — Es
que usted no tenía una idea justa de lo que es la libertad.
Luz en el centro. DIEGO y
VICTORIA llegan, corriendo, al proscenio.
DIEGO. —
Quiero escapar, Victoria. Ya no sé dónde está el deber. No comprendo.
VICTORIA. — No
me abandones. El deber está junto a quienes amamos. Mantente firme.
DIEGO. —
Pero soy demasiado orgulloso para amarte sin estimarme.
VICTORIA. —
¿Quién te impide estimarte?
DIEGO. — Tú,
que, según veo, no desfalleces.
VICTORIA. — Ah,
no hables así, por nuestro amor, o caeré frente a ti y te mostraré toda mi
cobardía. Porque no es cierto lo que dices. Desfallezco, desfallezco cuando
pienso en aquel tiempo en que podía abandonarme a ti. ¿Dónde está el tiempo en
que el agua subía en mi corazón en cuanto pronunciaban tu nombre? ¿Dónde está
el tiempo en que una voz gritaba en mí "Tierra" en cuanto aparecías?
Sí, desfallezco, me muero de cobarde pesar. Y todavía me mantengo en pie, es
porque el impulso del amor me arroja hacia adelante. Pero si desapareces, mi
carrera se detendrá y me desplomaré.
DIEGO. —
¡Ah! ¡Si por lo menos pudiera ligarme a ti y deslizarme con mis miembros
anudados a los tuyos, hasta el fondo de un sueño sin fin!
VICTORIA. — Te
espero.
DIEGO avanza lentamente hacia
ella, que avanza hacia él. No se quitan los ojos de encima. Van a encontrarse,
cuando surge entre ambos la SECRETARIA.
LA SECRETARIA. —
¿Qué hacen ustedes?
VICTORIA (gritando). — ¡El amor, por
supuesto!
Ruido terrible en el cielo.
LA SECRETARIA. —
¡Shh! Hay palabras que no se deben pronunciar. Debería usted saber que eso está
prohibido. Mire. Golpea
a DIEGO en la axila y lo marca por segunda vez. Era sospechoso.
Ahora está contaminado. (Mira
a DIEGO.) Lástima. Un muchacho tan lindo. (A VICTORIA.) Discúlpeme.
Pero prefiero los hombres a las mujeres, tengo una partida empeñada con ellos.
Buenas noches.
DIEGO mira con horror su nueva
señal. Echa miradas enloquecidas a su alrededor, luego se abalanza hacia
VICTORIA y se aferra a ella.
DIEGO. —
¡Ah! ¡Odio tu belleza porque ha de sobrevivirme! Maldita sea, pues servirá a
otros. (La aplasta
contra sí.) ¡Así! ¡No estaré solo! ¿Qué me importa tu amor si
no se pudre conmigo?
VICTORIA (debatiéndose). — ¡Me haces
daño! ¡Déjame!
DIEGO. —
¡Ah! ¡Tienes miedo! (Se
ríe como un loco. La sacude.) ¿Dónde están los caballos negros
del amor? ¡Enamorada en los buenos momentos, pero viene la desgracia y los
caballos desaparecen! ¡Por lo menos muere conmigo!
VICTORIA. —
¡Contigo, pero nunca contra ti! ¡Detesto ese rostro de miedo y de odio que
tienes ahora! ¡Suéltame! Déjame libre para buscar en ti la antigua ternura. Y
mi corazón hablará de nuevo.
DIEGO (soltándola a medias). —
¡No quiero morir solo! ¡Y lo que más amo en el mundo se aparta de mí y se niega
a seguirme!
VICTORIA (lanzándose hacia él). —
¡Ah, Diego, al infierno si es preciso! Vuelvo a encontrarte. . . Mis piernas
tiemblan junto a las tuyas. Bésame para sofocar este grito que sube de lo
profundo de mi cuerpo, que va a salir, que sale. . . ¡Ah!
Él la besa con ardor, luego se
arranca a ella y la deja trémula en medio de la escena.
DIEGO. —
¡Mírame! ¡No, no, no tienes nada! ¡Ninguna señal! ¡Esta locura no tendrá
consecuencias!
VICTORIA. —
¡Vuelve, ahora tiemblo de frío! ¡Hace un instante tu pecho me quemaba las
manos, mi sangre corría en mí como una llama! Ahora. . .
DIEGO. —
¡No! Déjame solo. No puedo distraerme de este dolor.
VICTORIA. —
¡Vuelve! ¡Lo único que te pido es consumirme con la misma fiebre, padecer la
misma herida en un solo grito!
DIEGO. —
¡No! ¡En adelante estoy con los otros, con los que están marcados! Su
sufrimiento me inspira horror, me llena de un asco que hasta ahora me excluía
de todo. Pero al fin he caído en la misma desgracia, ellos me necesitan.
VICTORIA. — ¡Si
hubieras de morir, envidiaría a la misma tierra que desposará tu cuerpo!
DIEGO. — ¡Tú
estarás del otro lado, con los que viven!
VICTORIA. —
¡Puedo estar contigo, con sólo que me beses largo rato!
DIEGO. —
¡Ellos han prohibido el amor! ¡Ah! ¡Te echo de menos con todas mis fuerzas!
VICTORIA. —
¡No! ¡No! ¡Te lo suplico! Yo he comprendido lo que quieren. Disponen todas las
cosas para que el amor sea imposible. Pero yo seré la más fuerte.
DIEGO. — Yo
no soy el más fuerte. ¡Y no es una derrota lo que quería compartir contigo!
VICTORIA. — ¡Yo
estoy entera! ¡Sólo conozco mi amor! Nada me atemoriza ya, y aunque el cielo se
desplomara, me hundiría gritando mi felicidad si tuviera tu mano.
Se oye gritar.
DIEGO. —
¡Los otros gritan también!
VICTORIA. —
¡Soy sorda hasta la muerte!
DIEGO. —
¡Mira!
Pasa la carreta.
VICTORIA. —
¡Mis ojos ya no ven! El amor los encandila.
DIEGO. —
¡Pero el dolor está en ese cielo que pesa sobre nosotros!
VICTORIA. —
¡Demasiado me cuesta llevar mi amor! ¡No he de cargar además con el dolor del
mundo! Esa es una tarea masculina, una de esas tareas vanas, estériles,
obstinadas, que vosotros proseguís para apartaros del único combate que sería
realmente difícil, de la única victoria de la que podríais estar orgullosos.
DIEGO. — ¿Y
qué tengo yo que vencer en este mundo sino la injusticia que se hace con
nosotros?
VICTORIA. — ¡La
desgracia está en ti! Y lo demás ya vendrá.
DIEGO. —
Estoy solo. La desgracia es demasiado grande para mí.
VICTORIA. —
¡Estoy a tu lado, con las armas en la mano!
DIEGO. —
¡Qué hermosa eres y cómo te amaría si no temiera!
VICTORIA. —
¡Qué poco temerías si quisieras amarme!
DIEGO. — Te
amo. Pero no sé quién tiene razón.
VICTORIA. —
Aquél que no teme. ¡Y mi corazón no es temeroso! Arde con una sola llama, clara
y alta, como esos fuegos con los que se saludan nuestros montañeses. Él también
te llama. . . ¡Ves, es la fiesta de San Juan!
DIEGO. — ¡En
medio de los osarios!
VICTORIA. —
Osarios o praderas, ¿qué más da para mi amor? ¡Él, por lo menos, no perjudica a
nadie, es generoso! Tu locura, tu abnegación estéril, ¿a quién benefician? ¡A
mí no, a mí no; en todo caso, ¡a quién apuñalas con cada palabra!
DIEGO. — ¡No
llores, salvaje! ¡Oh desesperación! ¿Por qué ha llegado este mal? ¡Hubiera
bebido esas lágrimas, y con la boca quemada por su amargura, habría puesto en
tu rostro tantos besos como hojas tiene un olivo!
VICTORIA. —
¡Ah! ¡Vuelvo a encontrarte! ¡Ése es nuestro lenguaje que habías perdido! (Tiende las manos.) Déjame
que te reconozca. . .
DIEGO retrocede mostrando sus
marcas. Ella adelanta la mano, vacila.
DIEGO. — Tú
también tienes miedo. . .
VICTORIA planta la mano en las
marcas. DIEGO retrocede, extraviado. Ella tiende los brazos.
VICTORIA. —
¡Ven pronto! ¡No temas nada más!
Pero los gemidos y las
imprecaciones redoblan. DIEGO mira a todos lados como un insensato y huye.
VICTORIA. —
¡Ah, soledad!
CORO DE MUJERES. —
¡Somos guardianas! Esta historia excede nuestras fuerzas y esperamos que
termine. Guardaremos el secreto hasta el invierno, hasta la hora de las
libertades, cuando los alaridos de los hombres hayan callado y vuelvan entonces
a nosotras para reclamarnos aquello de lo cual no pueden prescindir: el
recuerdo de los mares libres, el cielo desierto del verano, el olor eterno del
amor. Aquí estamos, esperando como hojas muertas en el chubasco de septiembre.
Ellas planean un momento, luego el peso del agua que transportan las aplasta
contra la tierra. También nosotros estamos contra la tierra. Con las espaldas
encorvadas, esperando que se sofoquen los gritos de todos los combates,
escuchamos gemir dulcemente en el fondo de nosotras mismas la lenta resaca de
los mares dichosos. Cuando los almendros desnudos se cubran de flores de
escarcha, entonces nos incorporaremos un poco, sensibles al primer viento de
esperanza, pronto erguidas en esa segunda primavera. Y aquellos a quienes
amamos vendrán hacia nosotras, y a medida que avancen, seremos como esas
pesadas barcas que la marea levanta poco a poco, pegajosas de sal y de agua,
ricas de olores, hasta que flotan al fin en el mar espeso. Ah, que sople el
viento, que sople el viento. . .
Oscuridad. Luz en el muelle.
DIEGO entra y llama a voces a alguien a quien ve muy lejos, hacia el mar. En el
fondo, el coro de los hombres.
DIEGO. —
¡Ohé! ¡Ohé!
UNA VOZ. —
¡Ohé! ¡Ohé!
Aparece un barquero; sólo su
cabeza asoma por encima del muelle.
DIEGO. —
¿Qué haces?
EL BARQUERO. —
Abastezco.
DIEGO. — ¿A
la ciudad?
EL BARQUERO. — No,
la ciudad es abastecida en principio por la administración. De tarjetas,
naturalmente. Yo abastezco de pan y leche. Hay en alta mar navíos anclados y en
ellos se han confinado algunas familias para escapar a la infección. Traigo sus
cartas y les llevo provisiones.
DIEGO. —
Pero está prohibido.
EL BARQUERO. —
Está prohibido por la administración. Pero no sé leer y me hallaba en el mar
cuando los pregoneros anunciaron la nueva ley.
DIEGO. —
Llévame.
EL BARQUERO. — ¿A
dónde?
DIEGO. — Al
mar. A los barcos.
EL BARQUERO. — Es
que la cosa está prohibida.
DIEGO. — Tú
no leíste ni escuchaste la ley.
EL BARQUERO. —
¡Ah! No lo prohíbe la administración sino la gente del barco. Usted no es
seguro.
DIEGO. —
¿Cómo es que no soy seguro?
EL BARQUERO. —
Después de todo, podría llevarlos encima.
DIEGO. —
¿Llevar qué?
EL BARQUERO. —
¡Sh! (Mira a su
alrededor.) ¡Los gérmenes, hombre! Podría usted llevar los
gérmenes.
DIEGO. —
Pagaré lo que haga falta.
EL BARQUERO. — No
insista. Soy débil de carácter.
DIEGO. —
Todo el dinero que haga falta.
EL BARQUERO. —
Embárquese. El mar está en calma.
DIEGO va a saltar. Pero LA
SECRETARIA aparece detrás de él.
LA SECRETARIA. —
¡No! Usted no se embarcará.
DIEGO. —
¿Qué?
LA SECRETARIA. — No
está dispuesto. Y además, lo conozco, usted no desertará.
DIEGO. —
Nada me impedirá marcharme.
LA SECRETARIA. —
Basta que yo lo quiera. Y lo quiero, porque tengo un asunto pendiente con
usted. ¡Usted sabe quién soy!
LA SECRETARIA retrocede un poco
como para atraerlo hacia atrás. Él la sigue.
DIEGO. —
Morir no es nada. Pero morir mancillado. . .
LA SECRETARIA. —
Comprendo. Ya lo ve, soy una simple ejecutora. Pero al mismo tiempo me han
concedido derechos sobre usted. El derecho de veto, si lo prefiere. Hojea su cuaderno.
DIEGO. —
¡Los hombres de mi sangre sólo pertenecen a la tierra!
LA SECRETARIA. — Es
lo que yo quería decir. ¡Usted es mío, en cierto modo! En cierto modo
solamente. Quizá no como lo quisiera . . . cuando lo miro. (Sencilla.) Usted me
gusta mucho, ¿sabe? Pero tengo órdenes. Juega con el cuaderno.
DIEGO. —
Prefiero su odio a sus sonrisas. Las desprecio.
LA SECRETARIA. —
Como quiera. Por lo demás, esta conversación con usted no es muy reglamentaria.
La fatiga me pone sentimental. Con tanta contabilidad, en noches como ésta, me
dejo llevar. Hace girar
la libreta entre los dedos. DIEGO intenta arrancársela. No, de
veras, no insista, querido. ¿Qué vería en ella, además? Es una libreta, bástele
con eso, un clasificador, mitad carnet, mitad fichero. Con las
efemérides. (Ríe.) Es
mi agenda, vamos. (Tiende
hacia él una mano como para una caricia.)
DIEGO (se vuelve hacia el barquero).
— ¡Ah! ¡Se ha marchado!
LA SECRETARIA. —
¡Vaya, es cierto! Otro que se cree libre y que está inscrito, sin embargo, como
todo el mundo.
DIEGO. — Su
lengua es doble. Bien sabe usted que eso es lo que un hombre no puede soportar.
Terminemos, ¿quiere?
LA SECRETARIA. —
Pero todo esto es muy sencillo y digo la verdad. Cada ciudad tiene su
clasificador. Éste es el de Cádiz. Se lo aseguro: la organización es muy buena
y nadie ha sido olvidado.
DIEGO. —
Nadie ha sido olvidado, pero todos se les escapan.
LA SECRETARIA (indignada). — ¡No, hombre,
vamos! (Reflexiona.) Sin
embargo, hay excepciones. De tanto en tanto, queda uno olvidado. Pero siempre
acaban por traicionarse. En cuanto han pasado los cien años de edad, se jactan,
los imbéciles. Entonces los diarios lo anuncian. Basta esperar. A la mañana,
cuando reviso la prensa, anoto sus nombres, los colaciono, como decimos
nosotros. No fallamos, por supuesto.
DIEGO. —
¡Pero durante cien años los habrán negado, como los niega esta ciudad entera!
LA SECRETARIA. —
¡Cien años no son nada! A usted le impresionan porque ve las cosas de muy
cerca. Yo veo los conjuntos, ¿comprende? En un fichero de trescientos setenta y
dos mil nombres, ¿qué es un hombre, dígame, aunque sea centenario? Y además,
nos resarcimos con los que no han pasado los veinte. Así se llega a un término
medio. ¡Tachamos un poco más rápidamente, eso es todo! De este modo ... (Tacha en la libreta.)
Un grito en el mar y ruido de
una caída al agua.
LA SECRETARIA. —
¡Oh! ¡Lo hice sin pensarlo! ¡Vaya, es el barquero! ¡Una casualidad!
DIEGO se ha levantado y la mira
con asco y horror.
DIEGO. — ¡Se
me revuelve el estómago, tanto me repugna usted!
LA SECRETARIA. — Mi
oficio es ingrato, lo sé. Una se fatiga, y además hay que dedicarse. Al
principio, por ejemplo, yo andaba un poco a tientas. Ahora mi mano es
segura. (Se acerca a
Diego.)
DIEGO. — No
se me acerque.
LA SECRETARIA. —
Pronto no habrá más errores. Un secreto. Una máquina perfeccionada. Ya
verá. (Se le ha
acercado, frase tras frase hasta tocarlo.)
Él la toma de improviso por el
cuello, temblando de furor.
DIEGO. —
¡Termine, termine con su cochina comedia! ¿Qué espera? Haga su trabajo y no se
divierta conmigo que soy más grande que usted. Máteme, pues; es la única
manera, se lo aseguro, de salvar ese magnífico sistema que no deja nada librado
al azar. ¡Ah! ¡Usted sólo se ocupa de los conjuntos! ¡Cien mil hombres, así la
cosa se pone interesante! ¡Es una estadística y las estadísticas son mudas! Con
ellas se hacen curvas y gráficos, ¿eh? ¡Se trabaja con las generaciones, es más
fácil! Y el trabajo puede hacerse en silencio y en medio del olor tranquilo de
la tinta. Pero se lo prevengo: un hombre solo es más incómodo, grita su gozo o
su agonía. Vivo, yo continuaré molestando su hermoso orden con el azar de los
gritos. ¡La niego a usted, la niego con todo mi ser!
LA SECRETARIA. —
¡Querido mío!
DIEGO. —
¡Cállese! Soy de una raza que honraba a la muerte tanto como a la vida. Pero
llegaron sus amos: vivir y morir son dos deshonras ...
LA SECRETARIA. — Es
cierto . . .
DIEGO (la sacude). — ¡Es cierto
que ustedes mienten y que mentirán hasta el fin de los tiempos! ¡Sí! He
comprendido bien el sistema. Ustedes les han dado el dolor del hambre y de las
separaciones para distraerlos de su rebeldía. ¡Los agotan, les devoran tiempo y
fuerzas a fin de que no tengan ni ocio ni impulso para el furor! ¡Los hombres
arrastran los pies, pueden estar ustedes contentos! Están solos a pesar de la
masa, como también yo estoy solo. Cada uno de nosotros está solo gracias a la
cobardía de los demás. Pero yo que estoy avasallado como ellos, humillado con
ellos, les anuncio sin embargo que ustedes no son nada y que este poder
desplegado hasta perderse de vista, hasta oscurecer el cielo, sólo es una
sombra arrojada sobre la tierra, que un viento furioso disipará en un segundo.
¡Creyeron que todo podía reducirse a números y a fórmulas! ¡Pero en su hermosa
nomenclatura han olvidado la rosa silvestre, las señales del cielo, los rostros
del verano, la gran voz del mar, los instantes del desgarramiento y la cólera de
los hombres! (Ella ríe.) No
se ría. No se ría, imbécil. Están perdidos, ya lo digo. En el seno de sus
victorias más aparentes están ya vencidos, porque hay en el hombre —míreme— una
fuerza que ustedes no reducirán, una locura clara, mezclada de miedo y coraje,
ignorante y victoriosa por siempre jamás. Esta fuerza es la que se levantará, y
ustedes sabrán entonces que su gloria era humo.
Ella ríe.
DIEGO. — ¡No
se ría! ¡No se ría, le digo!
Ella ríe. DIEGO la abofetea y al
mismo tiempo los hombres del coro se arrancan la mordaza y lanzan un largo
grito de alegría. Pero en el impulso, DIEGO ha aplastado la marca. Se lleva a
ella la mano y la contempla después.
LA SECRETARIA. —
¡Magnífico!
DIEGO. —
¿Qué es esto?
LA SECRETARIA. —
¡Estaba usted magnífico en la cólera! ¡Me gusta todavía más así!
DIEGO. —
¿Qué ha pasado?
LA SECRETARIA. — Ya
lo ve. La marca desaparece. Continúe, anda usted por buen camino.
DIEGO. —
¿Estoy curado?
LA SECRETARIA. — Voy
a confiarle un secretito ... El sistema es excelente, tiene usted razón, pero
hay una falla en la máquina.
DIEGO. — No
comprendo.
LA SECRETARIA. — Hay
una falla, querido. Lo sé desde mis más antiguos recuerdos: siempre ha bastado
que un hombre se sobrepusiera al miedo y se rebelara, para que la máquina
comenzase a rechinar. No digo que se detenga, lejos de eso. Pero, en fin,
chirría, y a veces termina por atrancarse de veras.
Silencio.
DIEGO. —
¿Por qué me lo dice?
LA SECRETARIA. —
¿Sabe?, es inútil, una tiene sus debilidades. Y además, usted lo descubrió por
su cuenta.
DIEGO. —
¿Hubiera tenido consideraciones conmigo si no le hubiese pegado?
LA SECRETARIA. — No.
Había venido a acabar con usted, según el reglamento.
DIEGO. —
Entonces soy el más fuerte.
LA SECRETARIA. —
¿Todavía tiene miedo?
DIEGO. — No.
LA SECRETARIA. — En
ese caso no puedo nada contra usted. Eso también figura en el reglamento. Pero
bien puedo decírselo: es la primera vez que ese reglamento cuenta con mi
aprobación. (Se retira
despacito.)
Diego se palpa, mira otra vez su
mano y se vuelve bruscamente en dirección a los gemidos. Se acerca, en medio
del silencio, a un enfermo amordazado. Escena muda. DIEGO aproxima la mano a la
mordaza y la desata. Es el pescador. Se miran en silencio, luego:
EL PESCADOR (con esfuerzo). — Buenas
noches, hermano. Hacía mucho tiempo que no hablaba.
DIEGO le sonríe.
EL PESCADOR (alzando los ojos al cielo).
— ¿Qué es eso?
El cielo se ha iluminado, en
efecto. Sopla un viento ligero que sacude una de las puertas y hace flotar
algunos paños. El pueblo los rodea ahora, con la mordaza desatada, los ojos
alzados al firmamento.
DIEGO. — El
viento del mar...
TELÓN
Tercera Parte
Los habitantes de Cádiz se
afanan en la plaza. Apostado en un sitio un poco más alto, DIEGO dirige los
trabajos. Luz brillante que quita importancia a los decorados de LA PESTE al
mostrar su artificio.
DIEGO. —
¡Borrad las estrellas!
Las borran.
DIEGO. —
¡Abrid las ventanas!
Las ventanas se abren.
DIEGO. —
¡Aire! ¡Aire! ¡Agrupad a los enfermos!
Movimientos.
DIEGO. — No
tengáis miedo ya, ésa es la condición. ¡De pie todos los que puedan! ¿Por qué
retrocedéis? ¡Levantad la frente, ha llegado la hora del orgullo! Quitaos la
mordaza y gritad conmigo que ya no tenéis miedo. (Levanta los brazos.) ¡Oh
santa rebeldía, negativa viviente, honor del pueblo, da a estos amordazados la
fuerza de tu grito!
EL CORO. —
Hermano, te escuchamos y nosotros los miserables que vivimos de pan y olivas,
para quienes una mula es una fortuna, nosotros que probamos vino dos veces al
año: el día del nacimiento y el día de la boda, comenzamos a esperar. Pero el
viejo temor aún no ha abandonado nuestros corazones. ¡La oliva y el pan dan
gusto a la vida! ¡Por poco que poseamos, tememos perderlo todo junto con la
vida!
DIEGO. —
¡Perderéis la oliva, el pan y la vida si dejáis que las cosas sigan como están!
Hoy debéis vencer el miedo si queréis por lo menos conservar el pan.
¡Despierta, España!
EL CORO. —
Somos pobres e ignorantes. Pero nos han dicho que la peste sigue los caminos
del año. Tiene su primavera en que germina y brota, su verano en que
fructifica. Viene el invierno y quizá muera. ¿Pero es éste el invierno,
hermano, de veras es el invierno? Este viento que se ha levantado, ¿viene en
verdad del mar? Siempre lo hemos pagado todo en moneda de miseria. ¿Tendremos
que pagar con la moneda de nuestra sangre?
CORO DE MUJERES. — ¡De
nuevo asunto de hombres! ¡Nosotras estamos aquí para recordaros el instante de
la laxitud, el clavel de los días, la lana negra de las ovejas, el olor de
España, en fin! Somos débiles, nada podemos contra vuestros grandes huesos.
¡Pero hagáis lo que hagáis, no olvidéis nuestras flores carnales en vuestras
riñas de sombras!
DIEGO. — ¡La
peste es lo que nos descarna, ella es la que separa a los amantes y marchita la
flor de los días! ¡Contra ella hay que luchar primero!
EL CORO. —
¿Llega en verdad el invierno? ¡En nuestros bosques, las encinas siguen siempre
cubiertas de bellotitas bien enceradas y en sus troncos pululan las avispas!
¡No! ¡Todavía no llega el invierno!
DIEGO. —
¡Cruzad el invierno de la cólera!
EL CORO. —
¿Pero encontraremos la esperanza al final del camino? ¿O tendremos que morir
desesperados?
DIEGO. —
¿Quién habla de desesperar? La desesperación es una mordaza. Y el trueno de la
esperanza, la fulguración de la felicidad son los que desgarran el silencio de
esta ciudad sitiada. ¡De pie, os digo! ¡Si queréis conservar el pan y la
esperanza, destruid los certificados, romped los vidrios de las oficinas,
abandonad las filas del miedo, gritad la libertad a los cuatro confines del
cielo!
EL CORO. —
¡Somos los más miserables! La esperanza es nuestra única riqueza, ¿cómo
habíamos de privarnos de ella? ¡Hermano, arrojamos estas mordazas! (Gran grito de liberación.) ¡Ah!
¡Sobre la tierra seca, en las grietas del calor, cae la primera lluvia!
Llega el otoño en que todo
reverdece, el viento fresco del mar. La esperanza nos levanta como una ola.
DIEGO sale. Entra LA PESTE al mismo tiempo que DIEGO, pero por el otro lado. Lo
siguen LA SECRETARIA y NADA.
LA SECRETARIA. —
¿Qué historia es ésta? ¡Con que charlando! ¿Quieren ponerse de nuevo las
mordazas?
Algunos, en el centro, vuelven a
ponerse la mordaza. Pero otros hombres se han unido a DIEGO. Se afanan, en
orden.
LA PESTE. —
Comienzan a agitarse.
LA SECRETARIA. —
¡Sí, como de costumbre!
LA PESTE. —
¡Bueno! ¡Hay que extremar las medidas!
LA SECRETARIA. —
¡Extrememos, pues! Abre
la libreta y la hojea con un poco de cansancio.
NADA. — ¡Y
que así sea! ¡Andamos por buen camino! ¡Ser reglamentario o no ser
reglamentario, ésa es toda la moral y toda la filosofía! Pero en mi opinión,
Excelencia, no vamos bastante lejos.
LA PESTE. —
Hablas demasiado.
NADA. — Es
que tengo entusiasmo. Y he aprendido muchas cosas a vuestro lado. La supresión:
ése es mi evangelio. Pero hasta ahora no tenía yo buenas razones. ¡Ahora, tengo
la razón reglamentaria!
LA PESTE. — El
reglamento no lo suprime todo. ¡No estás dentro de la línea, atención!
NADA. —
Observad que había reglamentos antes de vosotros. Pero faltaba inventar el
reglamento general, el saldo de toda cuenta, la especie humana puesta en el
índex, la vida entera reemplazada por un índice de materias, el universo en
disponibilidad, el cielo y la tierra por fin desvalorizada.
LA PESTE. —
Vuelve a tu trabajo, borracho. ¡Y usted, siga!
LA SECRETARIA. —
¿Por dónde empezamos?
LA PESTE. — Por
el azar. Es más sorprendente.
La SECRETARIA tacha dos nombres.
Golpes sordos de advertencia. Los hombres caen. Reflujo. Los que trabajan se
detienen, petrificados. Los guardias de LA PESTE se precipitan, vuelven a poner
cruces en las puertas, cierran las ventanas, mezclan los cadáveres, etc.
DIEGO (en el fondo, con voz tranquila).
— ¡Viva la muerte, no nos asusta!
Flujo. Los hombres reanudan el
trabajo. Los guardias retroceden. Idéntica pantomima, pero a la inversa. El
viento sopla cuando el pueblo avanza, refluye cuando los guardias vuelven.
LA PESTE. —
¡Tache a ése!
LA SECRETARIA. —
¡Imposible!
LA PESTE. —
¿Por qué?
LA SECRETARIA. — ¡Ya
no tiene miedo!
LA PESTE. —
¡Ah, vamos! ¿Sabe?
LA SECRETARIA. —
Tiene sospechas. Tacha.
Golpes sordos. Reflujo. La misma escena.
NADA. —
¡Magnífico! ¡Mueren como moscas! ¡Ah, si la tierra pudiera saltar!
DIEGO (con calma). — Socorred a
todos los que caen.
Reflujo. Idéntica pantomima, a
la inversa.
LA PESTE. —
¡Ese va demasiado lejos!
LA SECRETARIA. — Va
lejos, en efecto.
LA PESTE. —
¿Por qué lo dice con melancolía? No lo habrá enterado usted, me imagino.
LA SECRETARIA. — No.
Ha de haberlo descubierto solo. ¡En una palabra, tiene el don!
LA PESTE. — Él
tiene el don, pero yo tengo medios. Hay que ensayar otra cosa. Es tarea
suya. Sale.
EL CORO (quitándose la mordaza). —
¡Ah! (Suspiro de
alivio.) Es el primer retroceso, el garrote se afloja, el cielo
cede y se airea. Ya ha vuelto el rumor de las fuentes que el sol negro de la
peste había evaporado. El verano se va. Ya no tendremos uvas en la parra, ni
melones, habas verdes y ensalada cruda. Pero el agua de la esperanza ablanda el
suelo duro y nos promete el refugio del invierno, las castañas asadas, el
primer maíz de granos verdes todavía, la nuez con gusto a jabón, la leche
frente al fuego . . .
LAS MUJERES. —
Somos ignorantes. Pero decimos que esas riquezas no deben pagarse demasiado
caras. En todos los lugares del mundo y bajo cualquier amo, habrá siempre un
fruto fresco al alcance de la mano, el vino del pobre, el fuego de sarmientos a
cuyo lado se espera que todo pase ...
De la casa del juez sale por la
ventana LA HIJA DEL JUEZ que corre a ocultarse entre las mujeres.
LA SECRETARIA (descendiendo hacia el pueblo).
— ¡Se creería que es una revolución, palabra! Sin embargo no es el caso, bien
lo sabéis. Y además, ya no le corresponde al pueblo hacer la revolución, vamos,
sería completamente pasado de moda. Las revoluciones ya no necesitan
insurgentes. Hoy la policía basta para todo, hasta para derrocar al gobierno.
¿No es preferible, después de todo? De este modo el pueblo puede descansar
mientras algunos espíritus buenos piensan por él y deciden en su lugar qué
cantidad de dicha les será favorable.
EL PESCADOR. —
Cuando llegue el momento voy a destripar a esa murena viciosa.
LA SECRETARIA. —
Vamos, amigos míos, ¿no valdría más quedarse así? Cuando hay un orden
establecido, siempre cuesta más cambiarlo. Y en caso de que este orden les
parezca insoportable, quizá podrían conseguirse algunos arreglos.
UNA MUJER. —
¿Qué arreglos?
LA SECRETARIA. — ¡Yo
no sé! Pero ustedes las mujeres, no ignoran que todo trastorno se paga y que
una buena conciliación vale a veces más que una victoria ruinosa.
Las mujeres se acercan. Algunos
hombres se separan del grupo de DIEGO.
DIEGO. — No
escuchéis lo que dice. Todo es deliberado.
LA SECRETARIA. —
¿Qué es lo deliberado? Hablo razonablemente y no sé nada más.
UN HOMBRE. — ¿De
qué arreglos hablaba usted?
LA SECRETARIA. —
Naturalmente, habría que reflexionar. Por ejemplo, podríamos integrar con
ustedes una comisión que decidiera, por mayoría de votos, las cancelaciones a
pronunciar. Esa comisión detentaría en plena propiedad el cuaderno en el que se
hacen las cancelaciones. Hago notar que digo esto a título de ejemplo. Agita el cuaderno con el brazo
extendido. Un hombre se lo arranca.
LA SECRETARIA (falsamente indignada). —
¿Quiere usted devolverme ese cuaderno? ¡Bien sabe que es precioso y que basta
tachar el nombre de uno de sus conciudadanos para que muera en seguida!
Hombres y mujeres rodean al
poseedor del cuaderno. Animación.
— ¡Es nuestro!
— ¡No más muertos!
— ¡Estamos salvados!
Pero aparece LA HIJA DEL JUEZ,
arrebata brutalmente el cuaderno, escapa a un rincón y hojeando rápidamente el
cuaderno, tacha algo. En la casa del juez, gran grito y caída de un cuerpo.
Hombres y mujeres se precipitan hacia la mujer.
UNA VOZ. —
¡Ah, maldita! ¡A ti hay que suprimirte!
Una mano le arranca el cuaderno
y, todos, hojeándolo, encuentran su nombre que una mano tacha. La mujer cae sin
un grito.
NADA (aullando). — ¡Adelante,
todos unidos para la supresión! ¡Sólo es cuestión de suprimir, cuestión de
suprimirse! ¡Henos aquí todos juntos, oprimidos y opresores, todos de la mano!
¡Vamos, toro! ¡Limpieza general! Se va.
UN HOMBRE (enorme, que tiene el cuaderno).
— ¡Es cierto que hay que hacer algunas limpiezas! ¡Y es una ocasión muy buena
para despachar a algunos hijos de perra que se atiborraron mientras nos
moríamos de hambre!
LA PESTE, que acaba de
reaparecer, lanza una carcajada prodigiosa, mientras la SECRETARIA vuelve
modestamente a su sitio, al lado de LA PESTE. Todo el mundo, inmóvil, con los
ojos en alto, espera en la explanada mientras los guardias de LA PESTE se desparraman
por todas partes para restablecer el decorado y las señales de LA PESTE.
LA PESTE (a DIEGO). — ¡Y ahí tienes!
¡Ellos mismos hacen el trabajo! ¿Crees que valen la pena?
Pero DIEGO y el PESCADOR han
saltado a la explanada, se han precipitado sobre el hombre del cuaderno a quien
abofetean y arrojan al suelo. DIEGO toma el cuaderno y lo rompe.
LA SECRETARIA. — Es
inútil. Tengo un duplicado.
DIEGO rechaza a los hombres del
otro lado.
DIEGO. —
¡Pronto, al trabajo! ¡Os han engañado!
LA PESTE. —
Cuando tienen miedo, es por ellos mismos. Pero el odio es para los demás.
DIEGO (que se ha vuelto frente a él).
— Ni miedo, ni odio, ésa es nuestra victoria.
Reflejo progresivo de los
guardias frente a los hombres de DIEGO.
LA PESTE. —
¡Silencio! Soy el que agria el vino y seca los frutos. Mato el sarmiento si va
a dar uvas, lo verdezco si ha de alimentar el fuego. Me inspiran horror
vuestras alegrías sencillas. Me inspira horror este país donde se pretende ser
libre sin ser rico. ¡Tengo las prisiones, los verdugos, la fuerza, la sangre!
La ciudad será arrasada y, sobre sus escombros, la historia agonizará al fin en
el hermoso silencio de las sociedades perfectas. Silencio, pues, o lo aplasto
todo.
Lucha mimada en medio de un
espantoso estrépito, chirridos de garrote, zumbido, golpes de cancelaciones,
marea de slogans. Pero a medida que la lucha se define a favor de los hombres
de DIEGO, el tumulto se sosiega y el CORO, aunque indistinto, ahoga los ruidos
de LA PESTE.
LA PESTE (con un gesto de rabia). —
¡Quedan los rehenes!
Hace una señal, los guardias de
LA PESTE abandonan la escena mientras los otros se reagrupan.
NADA (en lo alto del palacio). —
Siempre queda algo. Todo continúa no continuando. Y mis oficinas continúan
también. ¡La ciudad podría desplomarse, estallar el cielo, los hombres desertar
de la tierra, y las oficinas seguirían abriéndose a hora fija para administrar
la nada! La eternidad soy yo, mi paraíso tiene sus archivos y su papel
secante. Sale.
EL CORO. —
Huyen. El verano concluye con la victoria. ¡Acontece, pues, que el hombre
triumphs! Y entonces la victoria tiene el cuerpo de nuestras mujeres bajo la
lluvia del amor. He aquí la carne feliz, luciente y cálida, racimo de
septiembre donde se encoge el zángano. Sobre la era del vientre se abaten las
cosechas de la viña. Las vendimias arden en la cima de los senos ebrios. Oh, mi
amor, el deseo revienta como un fruto maduro, la gloria de los cuerpos huye por
fin. En todos los confines del cielo manos mysterious tienden sus flores y un
vino amarillo mana de inagotables fuentes. Son las fiestas de la victoria,
vamos a buscar a nuestras mujeres.
Traen en silencio unas
angarillas donde está tendida VICTORIA.
DIEGO (precipitándose). — ¡Oh!
¡Esto da ganas de matar o morir! (Llega junto al cuerpo que parece inanimado.) ¡Ah!
¡Magnífica, victoriosa, salvaje como el amor, vuelve un poco hacia mí tu
rostro! ¡Vuelve, Victoria! No te dejes ir a ese otro lado del mundo donde no
podré reunirme contigo. ¡No me dejes, la tierra está fría! ¡Amor mío, amor mío!
¡Mantente firme, mantente firme en esta orilla de tierra donde todavía estamos!
¡No te dejes llevar! ¡Si mueres, en todo lo que me queda de vida reinará la
oscuridad en pleno mediodía!
EL CORO DE MUJERES. —
Ahora estamos en la verdad. Hasta el momento no era cosa seria. Pero en esta
hora hay un cuerpo que sufre y se retuerce. ¡Tantos gritos, el más hermoso de
los lenguajes, viva la muerte y luego la muerte misma desgarra el pecho de
aquélla a quien se ama! Entonces vuelve el amor, justamente cuando ya no es
tiempo.
VICTORIA se queja.
DIEGO. — Es
tiempo, ella va a incorporarse. Me enfrentarás de nuevo, recta como una
antorcha, con las llamas negras de tu pelo y ese rostro resplandeciente de amor
cuyo deslumbramiento acompaña en la noche del combate. Porque yo te llevaba, mi
corazón bastaba para todo.
VICTORIA. — Me
olvidarás, Diego, es seguro. Tu corazón no soportará la ausencia. No soportó la
desgracia. ¡Ah! Es un tormento atroz morir sabiendo que seremos
olvidados. Se vuelve.
DIEGO. — No
te olvidaré. Mi memoria será más larga que mi vida.
EL CORO DE LAS MUJERES. — ¡Oh cuerpo sufriente, antes tan deseable, belleza real, reflejo
del día! El hombre grita hacia lo imposible, la mujer padece todo lo que es
posible. ¡Inclínate, Diego! ¡Grita tu pena, acúsate, es el instante del
arrepentimiento! ¡Desertor! ¡Ese cuerpo era tu patria sin la cual ya no eres
nada! ¡Tu memoria no compensará nada!
LA PESTE ha llegado suavemente
junto a DIEGO. Sólo el cuerpo de VICTORIA los separa.
LA PESTE. —
Entonces, ¿renunciamos? (DIEGO
mira el cuerpo de VICTORIA con desesperación.) ¡Te faltan
fuerzas! Tus ojos se extravían. Yo tengo la mirada fija del poder.
DIEGO (después de un silencio). —
Déjala vivir y mátame.
LA PESTE. —
¿Qué?
DIEGO. — Te
propongo el canje.
LA PESTE. —
¿Qué canje?
DIEGO. —
Quiero morir en su lugar.
LA PESTE. — Es
una de esas ideas que a uno se le ocurren cuando está fatigado. Vamos, no es
agradable morir y lo más serio ha terminado para ella. ¡Dejémoslo así!
DIEGO. — ¡Es
una idea que a uno se le ocurre cuando es el más fuerte!
LA PESTE. —
¡Mírame, yo soy la fuerza misma!
DIEGO. —
Quítate el uniforme.
LA PESTE. —
¡Estás loco!
DIEGO. —
¡Desvístete! ¡Cuando los hombres de la fuerza se quitan el uniforme, ya no son
agradables de ver!
LA PESTE. —
Quizá. ¡Pero su fuerza es haber inventado el uniforme!
DIEGO. — La
mía es negarlo. Mantengo mi precio.
LA PESTE. —
Reflexiona por lo menos. La vida tiene sus cosas buenas.
DIEGO. — Mi
vida no es nada. Lo que cuenta, son las razones de mi vida. No soy un perro.
LA PESTE. —
¿Así que el primer cigarrillo no es nada? El olor a polvo a mediodía en las
ramblas, las lluvias de la noche, la mujer aún desconocida, el segundo vaso de
vino, ¿no son nada?
DIEGO. —
¡Son algo, pero ella vivirá mejor que yo!
LA PESTE. — No,
si renuncias a ocuparte de los otros.
DIEGO. — En
el camino que he tomado no es posible detenerse, aunque uno lo quiera. ¡No
tendré contemplaciones contigo!
LA PESTE (cambiando de tono). —
Escucha. Si me ofreces tu vida a cambio de la de ella, estoy obligado a
aceptarla y esta mujer vivirá. Pero te propongo otro trato. Te doy la vida de
esta mujer y os dejo huir juntos con tal de que me dejéis arreglarme con esta
ciudad.
DIEGO. — No.
Conozco mis poderes.
LA PESTE. — En
este caso, seré franco contigo. O soy amo de todo o no lo soy de nada. Si tú te
me escapas, se me escapa la ciudad. Es la regla. Una vieja regla que no sé de
dónde viene.
DIEGO. — ¡Yo
lo sé! Viene del fondo de las edades, es más grande que tú, más alta que tus
patíbulos, es la regla de la naturaleza. Hemos vencido.
LA PESTE. —
¡Todavía no! Aquí tengo este cuerpo, mi rehén. Y el rehén es mi última baraja.
Míralo. Si hay una mujer con el rostro de la vida, es ésta. Merece vivir y tú
quieres hacerla vivir. Yo me alegro de devolvértela. Pero ello puede ser a
cambio de tu propia vida o a cambio de la libertad de esta ciudad. Elige.
DIEGO mira a VICTORIA. Al fondo,
murmullos de voces amordazadas. DIEGO se vuelve al coro.
DIEGO. — Es
duro morir.
LA PESTE. — Es
duro.
DIEGO. —
Pero es duro para todo el mundo.
LA PESTE. —
¡Imbécil! Diez años del amor de esta mujer valen más que un siglo de la
libertad de esos hombres.
DIEGO. — El
amor de esa mujer es mi propio reinado. Puedo hacer de él lo que quiera. Pero
la libertad de esos hombres les pertenece. No puedo disponer de ella.
LA PESTE. — No
se puede ser feliz sin hacer daño a los otros. Es la justicia de esta tierra.
DIEGO. — No
he nacido para consentir esa justicia.
LA PESTE. —
¿Quién te pide que consientas? ¡El orden del mundo no cambiará en la medida de
tus deseos! Si quieres cambiarlo, deja tus sueños y atente a lo que es.
DIEGO. — No.
Conozco la receta. Hay que matar para suprimir el crimen, violentar para curar
la injusticia. ¡Hace siglos que dura eso! ¡Hace siglos que los señores de tu
raza pudren la llaga del mundo con el pretexto de curarla, y continúan sin
embargo, alabando su receta, porque nadie se les ríe en las narices!
LA PESTE. —
Nadie ríe porque yo realizo. Soy eficaz.
DIEGO. —
¡Eficaz, claro está! Y práctico. ¡Como el hacha!
LA PESTE. —
Basta mirar a los hombres. Se sabe entonces que cualquier justicia es bastante
buena para ellos.
DIEGO. —
Desde que las puertas de esta ciudad se cerraron, dispuse de todo el tiempo
para mirarlos.
LA PESTE. —
Ahora sabes, entonces, que siempre te dejarán solo. Y el hombre solo debe
perecer.
DIEGO. —
¡No, eso es falso! Si estuviera solo, todo sería fácil. Pero de grado o por
fuerza, ellos están conmigo.
LA PESTE. —
¡Hermoso rebaño, en verdad, pero huele mal!
DIEGO. — Sé
que no son puros. Yo tampoco. Y además nací entre ellos. Vivo para mi ciudad y
para mi tiempo.
LA PESTE. —
¡Tiempo de esclavos!
DIEGO. —
¡Tiempo de hombres libres!
LA PESTE. — Me
asombras. Los he buscado en vano. ¿Dónde están?
DIEGO. — En
tus presidios y en tus osarios. Los esclavos están en los tronos.
LA PESTE. — Pon
a tus hombres libres el traje de mi policía y ya verás en qué se convierten.
DIEGO. — Es
verdad que suelen ser cobardes y crueles. Por eso no tienen más derecho que tú
al poder. Ningún hombre tiene virtud suficiente para que pueda consentírsele el
poder absoluto. Pero por eso también esos hombres tienen derecho a la compasión
que te será negada.
LA PESTE. —
Cobardía es vivir como lo hacen, pequeños, menesterosos, siempre a media
altura.
DIEGO. — A
media altura me interesan. Y si no soy fiel a la pobre verdad que comparto con
ellos, ¿cómo había de serlo a lo más grande y solitario que hay en mí?
LA PESTE. — La
única fidelidad que conozco es el desprecio. (Muestra el CORO abatido en el patio.) ¡Mira,
hay motivo!
DIEGO. —
Sólo desprecio a los verdugos. Hagas lo que hicieres, esos hombres serán más
grandes que tú. Si alguna vez llegan a matar, es en la locura del momento. ¡Tú
matas según la ley y la lógica! No te burles de sus cabezas gachas, porque hace
siglos que los cometas del miedo pasan sobre ellos. No te rías de su aire de
temor, hace siglos que mueren y que su amor es desgarrado. El mayor de sus
crímenes siempre tendrá una excusa. Pero no encuentro excusas al crimen que en
todos los tiempos se ha cometido contra ellos y que para terminar has tenido la
idea de codificar en el sucio orden que es el tuyo. (LA PESTE avanza hacia él.) ¡No
bajaré los ojos!
LA PESTE. — ¡No
los bajarás, es evidente! Entonces prefiero decirte que acabas de triunfar de
la última prueba. Si me hubieras dejado esta ciudad, habrías perdido esta mujer
y te hubieras perdido con ella. Entre tanto, esta ciudad tiene todas las
posibilidades de ser libre. Ya ves, basta un insensato como tú ... El insensato
muere, evidentemente. ¡Pero al fin, tarde o temprano, el resto se salva! (Sombrío.) Y el resto
no merece salvarse.
DIEGO. — El
insensato muere ...
LA PESTE. —
¡Ah! ¿La cosa ya no marcha? Pero no, estaba previsto: ¡el instante de
vacilación! El orgullo será más fuerte.
DIEGO. — Yo
tenía sed de honor. ¿Y sólo encontraré hoy el honor entre los muertos?
LA PESTE. — Yo
lo decía, el orgullo los mata. Pero es muy fatigoso para quien envejece como
yo. (Con voz dura.) Prepárate.
DIEGO. —
Estoy listo.
LA PESTE. —
Estas son las marcas. Duelen. (DIEGO mira con horror las marcas que lleva de nuevo.) ¡Así!
Sufre un poco antes de morir. Ésta es por lo menos mi regla. Cuando el odio me
quema, el sufrimiento de los demás es un rocío. Quéjate un poco, así está bien.
Y deja que te mire sufrir antes de abandonar esta ciudad. (Mira a LA SECRETARIA.) ¡Vamos,
al trabajo ahora!
LA SECRETARIA. — Sí,
si es preciso.
LA PESTE. —
¡Fatigada ya, eh!
LA SECRETARIA mueve la cabeza
diciendo que sí y en el mismo momento cambia bruscamente de apariencia. Es una
vieja con máscara de muerte.
LA PESTE. —
Siempre he pensado que no tenía usted odio bastante. Pero mi odio necesita
víctimas frescas. Despácheme a ése. Y volveremos a empezar en otra parte.
LA SECRETARIA. — El
odio no me sostiene, sí, porque no entra en mis funciones. Pero en parte es
culpa suya. A fuerza de trabajar con fichas, una olvida apasionarse.
LA PESTE. —
Esas son palabras. Y si busca usted un sostén... (Señala a DIEGO que cae de rodillas) encuéntrelo
en la alegría de destruir. Ahí está su función.
LA SECRETARIA. —
Destruyamos entonces. Pero no estoy satisfecha.
LA PESTE. — ¿En
nombre de qué discute usted mis órdenes?
LA SECRETARIA. — En
nombre de la memoria. Tengo algunos viejos recuerdos. Era libre antes que usted
y estaba asociada con el azar. Nadie me detestaba entonces. Era la que termina
todo, la que fija los amores, la que da forma a todos los destinos. Era la
estable. Pero usted me puso al servicio de la lógica y del reglamento. Me
corrompí la mano que a veces tenía caritativa.
LA PESTE. —
¿Quién le pide ayuda?
LA SECRETARIA. —
Aquellos que son menos grandes que nosotros. Es decir, casi todos. Con ellos,
llegaba a trabajar en el sentimiento, existía a mi manera. Hoy les hago
violencia y todos me niegan hasta el último aliento. Quizá por eso amaba yo a
éste a quien he de matar por orden suya. Él me eligió libremente. A su manera
tuvo compasión de mí. Me gustan los que me dan cita.
LA PESTE. —
¡Cuidado con irritarme! No necesitamos compasión.
LA SECRETARIA. —
¡Quién había de necesitar compasión sino aquellos que no tienen lástima de
nadie! Cuando digo que amo a éste, quiero decir que lo envidio. Entre nosotros
los conquistadores, es la mísera forma que adopta el amor. Usted bien lo sabe y
sabe que por eso merecemos que se nos compadezca un poco.
LA PESTE. — ¡Le
ordeno que se calle!
LA SECRETARIA. —
Usted bien lo sabe y también sabe que a fuerza de matar uno comienza a envidiar
la inocencia de aquellos a quienes se mata. ¡Ah! Por un segundo al menos,
déjeme suspender esta interminable lógica y soñar que me apoyo al fin en un
cuerpo. Estoy asqueada de las sombras. ¡Y envidio a todos esos miserables, sí,
hasta a esta mujer (señala
a VICTORIA) que sólo recuperará la vida para lanzar gritos
animales! Ella por lo menos se apoyará en su sufrimiento.
DIEGO está casi en el suelo. LA
PESTE lo levanta.
LA PESTE. — ¡De
pie, hombre! El fin no puede llegar sin que ésta haga lo necesario. Y ya ves
que por el momento está sentimental. ¡Pero nada temas! Hará lo necesario, es la
regla y la función. La máquina chirría un poco, nada más. ¡Antes de que se
atranque del todo, ponte contento, imbécil, te entrego esta ciudad!
Gritos de alegría del coro. LA
PESTE se vuelve hacia ellos.
LA PESTE. — Sí,
me voy, pero no os gloriéis, estoy satisfecho de mí. Aun aquí hemos trabajado
bien. Me gusta el ruido que se hace en torno a mi nombre y ahora sé que no me
olvidaréis. ¡Miradme! ¡Mirad por última vez la única potencia de este mundo!
Reconoced a vuestro verdadero soberano y aprended a temer. (Ríe.) Antes
pretendíais temer a Dios y sus azares. Pero vuestro Dios era un anarquista que
hacía mezcolanzas. Creía en la posibilidad de ser poderoso y bueno a la vez.
Era una falta de consecuencia y de franqueza, no hay más remedio que decirlo.
Yo elegí tan sólo el poder. Elegí la dominación; ahora sabéis, que es algo más
serio que el infierno.
Durante milenios he cubierto de osarios vuestras ciudades y vuestros campos.
Mis muertos han fecundado las arenas de Libia y de la negra Etiopía. La tierra
de Persia todavía es fértil gracias al sudor de mis cadáveres. He llenado a
Atenas con los fuegos de purificación, encendí en sus playas miles de piras
fúnebres, cubrí el mar griego de cenizas humanas hasta volverlo gris. Los
dioses, los mismos pobres dioses, estaban asqueados hasta la náusea. Y cuando
las catedrales sucedieron a los templos, mis caballeros negros las llenaron de
cuerpos clamorosos. En los cinco continentes, a lo largo de los siglos, maté
sin tregua y sin fatiga.
No estaba tan mal, por supuesto, y había cierta idea. Pero no toda la idea...
Un muerto, si queréis mi opinión, es refrescante, pero no da rendimiento. Para
terminar: no vale lo que un esclavo. Lo ideal es obtener una mayoría de
esclavos con ayuda de una minoría de muertos bien elegidos. Hoy la técnica está
a punto. Por eso, después de haber matado o envilecido la cantidad de hombres
que hacía falta, haremos arrodillar a pueblos enteros. No hay belleza, no hay
grandeza que nos resistan. Triunfaremos de todo.
LA SECRETARIA. —
Triunfaremos de todo, salvo del orgullo.
LA PESTE. — El
orgullo quizá se canse... El hombre es más inteligente de lo que se cree. (A lo lejos tumulto y trompetas.) ¡Escuchad!
Vuelve mi oportunidad. Ahí están vuestros antiguos amos, a quienes encontraréis
ciegos a las llagas de los demás, ebrios de inmovilidad y de olvido. Y os
cansaréis de ver triunfar sin lucha la estupidez. La crueldad indigna, pero la
tontería desalienta. ¡Honor a los estúpidos puesto que ellos preparan mis
caminos! ¡Ellos constituyen mi fuerza y mi esperanza! Quizá llegue el día en
que todo sacrificio os parezca vano, en que el grito interminable de vuestras
cochinas rebeliones calle al fin. Ese día reinaré de veras en el silencio
definitivo de la servidumbre. (Ríe.) Es asunto de obstinación, ¿no es cierto? Pero
tranquilizaos, tengo la frente estrecha de los tercos. Camina hacia el fondo.
LA SECRETARIA. — Soy
más vieja que usted y sé que el amor de ellos también tiene su obstinación.
LA PESTE. — ¿El
amor? ¿Qué es eso? Sale.
LA SECRETARIA. —
¡Levántate, mujer! Estoy cansada. Hay que terminar.
VICTORIA se levanta. Pero DIEGO
cae al mismo tiempo. LA SECRETARIA retrocede un poco en la sombra. VICTORIA se
precipita hacia DIEGO.
VICTORIA. — Ah,
Diego, ¿qué has hecho de nuestra felicidad?
DIEGO. —
Adiós, Victoria. Estoy contento.
VICTORIA. — No
digas eso, amor mío. Es una palabra de hombre, una horrible palabra de
hombre. (Llora.) Nadie
tiene derecho a estar contento de morir.
DIEGO. —
Estoy contento, Victoria. Hice lo que debía.
VICTORIA. — No.
Debías elegirme contra el cielo mismo. Debías preferirme a la tierra entera.
DIEGO. — Me
he puesto en regla con la muerte, ésa es mi fuerza. Pero es una fuerza que lo
devora todo, la felicidad no cabe en ella.
VICTORIA. —
¿Qué me importa tu fuerza? Yo amaba a un hombre.
DIEGO. — Me
he agostado en ese combate. Ya no soy un hombre y es justo que muera.
VICTORIA (arrojándose sobre él). —
¡Entonces, llévame!
DIEGO. — No,
este mundo te necesita. Necesita nuestras mujeres para aprender a vivir.
Nosotros nunca hemos sido capaces sino de morir.
VICTORIA. —
¡Ah! ¡Era demasiado sencillo, ¿verdad?, amarse en silencio y sufrir lo que
había que sufrir! Yo prefería tu miedo.
DIEGO (mira a VICTORIA). — Te he
querido con toda el alma.
VICTORIA (en un grito). — ¡No era
bastante. ¡Oh, no! ¡No era bastante todavía! ¿Qué había de hacer yo con tu alma
solamente?
LA SECRETARIA acerca su mano a
DIEGO. La pantomima de la agonía comienza. LAS MUJERES se precipitan hacia
VICTORIA y la rodean.
LAS MUJERES. —
¡Maldición sobre él! ¡Maldición sobre todos los que desertan nuestros cuerpos!
Míseras de nosotras, sobre todo, que somos las desertadas y que llevamos a lo
largo de los años este mundo que el orgullo de ellos pretende transformar. ¡Ah!
¡Ya que todo no puede ser salvado, aprendamos por lo menos a preservar la casa
del amor! Que venga la peste, que venga la guerra, y con las puertas cerradas,
vosotros a nuestro lado, nos defenderemos hasta el fin. ¡Entonces, in lugar de
esa muerte solitaria, poblada de ideas, nutrida de palabras, conoceréis la
muerte juntos, vosotros y nosotras confundidos en el terrible abrazo del amor!
Pero los hombres prefieren la idea. ¡Huyen de su madre, se desprenden de la
amante, y allá corren a la ventura, heridos sin llaga, muertos sin puñales,
cazadores de sombras, cantores solitarios, invocando bajo el cielo mudo una
impossible reunión y marchando de soledad en soledad hacia el aislamiento
último, hacia la muerte en pleno desierto!
DIEGO muere. LAS MUJERES se
lamentan mientras el viento sopla un poco más fuerte.
LA SECRETARIA. — No
lloréis, mujeres. La tierra es dulce para aquellos que la han amado
mucho. Sale.
VICTORIA y LAS MUJERES salen por
el costado, llevando a DIEGO. Pero los ruidos del fondo se han definido. Una
nueva música estalla y se oye aullar a NADA en las fortificaciones.
NADA. —
¡Ahí están! Llegan los ancianos; los de antes, los de siempre, los
petrificados, los tranquilizadores, los confortables, los estancados, los bien
pulidos, la tradición, en fin, asentada, próspera, recién afeitada. Alivio
general, será posible comenzar de nuevo. Desde el principio, naturalmente. Aquí
están los sastrecitos de la nada, tendréis trajes a la medida. Pero no os
agitéis, el método de ellos es el mejor. En lugar de tapar las bocas de los que
gritan su desventura, tapan sus propias orejas. Éramos mudos, ahora nos
convertiremos en sordos. (Fanfarria.) Atención,
los que escriben la historia vuelven. Se ocuparán de los héroes. Los van a
poner al fresco. Bajo la losa. No os lamentéis: por encima de la losa la
sociedad está verdaderamente demasiado mezclada. (En el fondo, pantomima de ceremonias
oficiales.) Mirad, pues, ¿qué creéis que están haciendo ya?: se
condecoran. Los festines del odio siguen abiertos, la tierra agotada se cubre
con la madera muerta de las potencias, la sangre de aquellos que llamáis justos
ilumina aún los muros del mundo, y ellos, ¿qué hacen? ¡se condecoran!
Regocijaos, tendréis discursos celebratorios. Pero antes de que se adelante el
estrado, quiero resumiros el mío. Ése, a quien yo amaba a pesar suyo, murió
robado. (El PESCADOR se
precipita sobre NADA. LOS GUARDIAS lo detienen.) Ya ves,
pescador, los gobiernos pasan, la policía queda. Hay, pues, una justicia.
EL CORO. — No,
no hay justicia pero hay límites. Y aquellos que pretenden no dar ninguna
regla, como los otros que entendían darla para todo, exceden igualmente los
límites. Abrid las puertas; que el viento y la sal vengan a limpiar esta
ciudad.
Por las puertas, que se abren,
el viento sopla cada vez más fuerte.
NADA. — Hay
una justicia, la que se ha hecho a mi asco. Sí, volveréis a empezar. Pero ya no
es asunto mío. No contéis conmigo para brindaros el perfecto culpable, no tengo
la virtud de la melancolía. Oh viejo mundo, hay que partir, tus verdugos están
fatigados, su odio se ha hecho demasiado frío. Sé demasiadas cosas; el mismo
orgullo ya cumplió su tarea. Adiós, buenas gentes, un día aprenderéis que no se
puede vivir bien sabiendo que el hombre no es nada y que la cara de Dios es
horrible.
En el viento que sopla
tempestuosamente, NADA corre por la escollera y se arroja al mar. El PESCADOR
ha corrido tras él.
EL PESCADOR. — Ha
caído. Las olas violentas lo golpean y lo ahogan en sus crines. Esa boca
mentirosa se llena de sal y va a callar por fin. Mirad, el mar furioso tiene el
color de las anémonas. Él nos venga. Su cólera es la nuestra. Proclama la
reunión de todos los hombres del mar, la reunión de los solitarios. Onda, oh
mar, patria de los insurrectos, he aquí tu pueblo que no cederá jamás. La gran
ola de fondo, nutrida en la amargura de las aguas, se llevará vuestras ciudades
horribles.
TELÓN
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