Cuando nos acercamos a la obra de Abelardo Estorino, nos encontramos ante uno de los observadores más agudos de la psique social cubana. El robo del cochino no es simplemente una comedia de costumbres o un melodrama sobre un incidente rural; es una disección quirúrgica de una clase media que se desmorona frente al espejo de sus propios prejuicios y la inminencia de un cambio histórico.
En esta obra exploramos cómo el hurto de un animal se convierte en el pretexto para que Estorino denuncie la hipocresía doméstica. La obra trasciende el anecdotario para centrarse en:
La crisis de la autoridad: El conflicto entre Juan José y su hijo representa la ruptura generacional y el colapso de un orden patriarcal basado en la apariencia más que en la ética.
El cochino como símbolo: Más que un bien material, el animal representa la pérdida de control. Su desaparición desata una histeria que revela el miedo de los personajes a ser juzgados por una comunidad que ellos mismos desprecian.
Realismo crítico: Estorino utiliza un lenguaje preciso y situaciones cotidianas para desnudar la violencia contenida en las relaciones familiares, donde el "qué dirán" es la ley suprema.
Leer a Estorino hoy es confrontar nuestras propias sombras. El robo del cochino nos recuerda que, a menudo, lo que más nos aterra perder no es lo material, sino la máscara de respetabilidad con la que ocultamos nuestras carencias morales.
Análisis Crítico: El colapso del orden viejo en "El robo del cochino"
La obra de Abelardo Estorino se sitúa en un umbral temporal preciso: el verano de 1958. No es una fecha azarosa; es el último suspiro de una Cuba que está a punto de desaparecer. Lo que en apariencia comienza como una comedia de costumbres sobre el robo de un animal, se transforma rápidamente en un thriller psicológico y social sobre la culpa, la hipocresía y la ruptura generacional.
1. La dialéctica de los personajes: Arquetipos en conflicto
Estorino utiliza a los miembros de la familia para representar diferentes estratos de la conciencia social:
Cristóbal (El pragmatismo cínico): Es el hombre que "se hizo a sí mismo" a base de pisotear a otros. Su confesión en el Acto III es devastadora: admite que su ascenso fue producto del robo y la corrupción. Para él, la libertad y la justicia son "cosas de libros". Su única patria es su finca y su estatus.
Rosa (La parálisis del pasado): Representa a la vieja burguesía estancada. Lleva 18 años arrancando hierbas de una tumba, un símbolo potente de su incapacidad para vivir en el presente. Su trauma personal (la muerte de su hija mientras Cristóbal le era infiel) espejea la podredumbre moral del hogar.
Juanelo (El despertar ético): Es el eje de transformación. Su arco va desde el aburrimiento del estudiante acomodado hasta la decisión radical de irse a "la Sierra". Su relación con Adela (la intelectual perseguida) le permite ver que el respeto de su padre es, en realidad, miedo disfrazado.
Lola (La voz del pueblo): Más que una empleada, es el cordón umbilical con la realidad. Ella sabe lo que ocurre en la calle, sabe de los tiros y de los "muertos en la guardarraya". Es la única que posee una vitalidad no contaminada por la ambición material.
2. El "Cochino" como MacGuffin y símbolo de represión
El robo del cerdo es el motor de la trama, pero su importancia es nula frente a lo que desencadena. En el contexto de la dictadura de Batista, el "robo" es la excusa perfecta para la represión política. El arresto y posterior asesinato de Tavito (el hijo de Rodríguez) demuestra cómo el sistema utiliza la ley para proteger a los que "tienen cinco" y aplastar a los que "no tienen nada".
3. La metáfora de la ceguera y la oscuridad
El Acto III comienza significativamente sin luz. El apagón físico es la culminación de la oscuridad moral que reina en la casa. Mientras Rosa se refugia en la iglesia y Cristóbal se aferra a sus escrituras, Juanelo entiende que para que haya luz, hay que "echarlo todo abajo".
"Hay que cambiar la vida. Echarlo todo abajo." — Juanelo.
4. Conclusión: Una obra de urgencia
El robo del cochino es una pieza magistral porque no alecciona, sino que disecciona. Estorino nos muestra que la neutralidad (como la que intenta mantener Cristóbal al ser amigo del alcalde y del teniente) es una forma de complicidad. El final, con Rosa pidiendo limpiar la casa mientras su hijo se marcha a la guerra, es una de las imágenes más potentes del teatro cubano: la cotidianidad ciega frente al estruendo de la historia.
El robo del cochino
Abelardo Estorino (Cuba)
DRAMA EN TRES ACTOS
PERSONAJES
LOLA
ROSA
CRISTÓBAL
JUANELO
MAESTRA
RODRÍGUEZ
ACTO PRIMERO
Por la mañana. La acción en un pueblo de la provincia de Matanzas (Cuba), en el verano de 1958.
LOLA: (Entrando) Perdone que haya llegado tarde pero... Estoy muerta, muerta, muerta. No hay hueso que no me duela. Si dormí una hora es mucho ¡qué jelengue! Tanta música, no me daba tiempo de estar quieta.
ROSA: Yo tampoco dormí mucho.
LOLA: ¿Se oía de aquí la música? Estaba buena, ¿eh? ¿verdad que estaba buena? Yo llegué tarde porque tuve que planchar el túnico, el que usted me regaló el mes pasado. ¡Me quedó como nuevo! Y pintao, ponérmelo, apretarme el cinto y pa’lante. Y qué música, ay, qué música. Y ahora cómo me duelen los pies. Toda la noche sin dormir, porque me fui para la casa a las cinco y… Ja, ja, ja. ¡De las cinco a las seis tampoco dormí!
ROSA: ¡Lola, Lola! (Regañando).
LOLA: Ay, señora, qué bobería. Eso está bien pa usted, que tiene su esposo y su hijo y su casa... ¡que la conoce el pueblo! Si usted no... La verdad, para qué decir una cosa por otra, no dormí, no dormí. Y a nadie le preocupa. Y ya usted sabe por qué no dormí. ¿Dice usted que no durmió? La fiesta era como a cuatro cuadras de aquí.
ROSA: Se oía como si fuera aquí mismo. Y yo queriendo dormir, dando vueltas en la cama. Cuando Cristóbal llegó... ¡llegó más tarde que nunca!, yo estaba despierta todavía. Y al poco rato roncaba. Lo oí roncar toda la noche.
LOLA: ¿Usted padece de desvelo?
ROSA: Dando vueltas, esperando… Cogí y me levanté. ¡Piensa uno tantas boberías cuando está desvelado!
LOLA: Yo duermo como un tronco.
ROSA: ¡Qué suerte! Me paré en la ventana a ver pasar la gente que venía del baile. Todavía iban bailando por la calle. Bailando y restregándose. ¡Hay que limpiar esta casa!
LOLA: La música, la música estaba divina, divina. Laralará, laralará.
ROSA: Ayer con el apurijó del baile, apenas pasaste la colcha.
LOLA: Palo y frazada, frazada y cubo, cubo y frazada, ¿no es mejor que me llegue hasta la carnicería y traiga la carne?
ROSA: No, limpia.
LOLA: Después se acaba y entonces hay...
ROSA: No, que te pones a hablar y no limpias nunca. Limpia, después vas.
LOLA: Pero la verdad que no está tan sucia.
ROSA: Limpia, que hoy es domingo y ahorita empieza a llegar la gente que sale de misa ¡que pasan y entran un minuto! No sé a qué. ¡Con lo que me gusta a mí que vengan visitas! Y hoy menos que nunca. Yo no voy a casa de nadie.
LOLA: ¡Ay! Yo no sé... Yo no sé cómo usted puede vivir metida aquí. Siempre aquí. Antes de que yo trabajara en esta casa, cuando estaba con la señora del alcalde, que entonces no era alcalde ¡alcaldesa! ¡Ahora le dicen alcaldesa! ¡Unos muertos de hambre es lo que eran! ¡Cicateros!
ROSA: ¿Cómo?
LOLA: La gente del alcalde, son unos cicateros. Bueno, cuando yo trabajaba allí y pasaba y la veía a usted ¡siempre aquí siempre! Cuando pasaba yo decía: "esta mujer debe estar enferma". Yo jamás la he visto a usted en la calle. Cuando va al cementerio nada más. ¡Mejor es que limpie, porque es lo que usted dice, luego empieza el pasa pasa y... ¿Juanelo no se ha levantao?
ROSA: ¿Qué hora es?
LOLA: No sé, cerca de las nueve.
ROSA: Él vino tarde anoche. Creo que eso me desveló. No puedo quedarme dormida cuando está en la calle.
LOLA: Lo mismo le pasa a mi hermana. Cuando los hijos están en la calle no se acuesta. Se sienta ahí al lado de la puerta, cabeceando y cabeceando, ¡pero no se acuesta! Hasta que no llega el último ¡y tiene tres! Suerte que tiene uno solo.
(Rosa mira un retrato de niña que cuelga en la pared; debajo tiene un búcaro con flores).
LOLA: Voy a limpiar, ¡mira que yo hablo boberías! Me pongo a hablar y no tengo para cuando.
ROSA: Lola... (Llamándola).
LOLA: Diga.
ROSA: Cuando vayas a buscar la carne, llégate hasta el jardín y tráeme flores.
LOLA: Pero si esas están buenas todavía. Se las traje...
ROSA: Son para llevar al cementerio.
LOLA: ¡Ah! Sí, claro. Voy a buscar el cubo y la frazada. ¿No va a llamar a Juanelo?
(Va hacia el interior de la casa. Rosa se queda en la ventana, abstraída. Entra Cristóbal, pone el jipi en la sombrerera).
CRISTÓBAL: ¿Hay café?
ROSA: No te sentí entrar.
CRISTÓBAL: Estás como boba. ¿Hay un poco de café?
ROSA: Sí. ¿Qué tal la finca?
CRISTÓBAL: No hay un solo guajiro trabajando.
ROSA: Pero es domingo.
CRISTÓBAL: Les dije que tenían que chapear y no lo han hecho. Domingo, sí, pero a la hora de pedir un vale para la bodega no miran qué día es. ¿Y Juanelo?
ROSA: Durmiendo. Anoche vino tarde.
CRISTÓBAL: ¡Qué muchacho! Le he dicho que no ande por ahí, que ahora no conviene con las cosas como están.
ROSA: Como tú no estás aquí para ver a la hora que llega, se aprovecha.
CRISTÓBAL: ¡Qué buena vida! Durmiendo a las diez de la mañana.
ROSA: Las nueve.
CRISTÓBAL: No sé, cuándo me he levantado yo a las nueve de la mañana. ¡Juanelo! Lo has criado con la soga larga. Consintiéndolo. En mi casa éramos cinco y tuve que pegar muy duro. Pero éste es solo y tú lo consientes.
ROSA: Mira quién habla. Si hace de ti lo que quiere. Todavía no ha abierto la boca y ya le estás dando lo que pide. Por eso viene tarde. ¡Y como no tiene nada que hacer!
CRISTÓBAL: Bueno,
ROSA: No puede estar sin hacer nada. Debías buscarle un trabajo.
CRISTÓBAL: ¿Aquí? ¿Para que le paguen 30 pesos? Y a La Habana no lo voy a mandar. Estuvo en la finca un tiempo y... ¡No sirve para eso! No sabe tratar a la gente. Como no se ha tenido que romper el lomo tiene la mano abierta. Y yo trabajando como un mulo. (Llamándolo) ¡Juanelo! ¿Y el café?
ROSA: Lola, tráele café a Cristóbal. Caliéntalo, ¿eh? Voy a llamar a Juanelo. (Va hacia el interior de la casa).
CRISTÓBAL: Haraganes.
ROSA: (Desde la puerta) ¿Qué dijiste?
CRISTÓBAL: (Mientras ojea un periódico) Esa gente de la finca. ¡Son unos haraganes! Les he dicho que hace falta chapear, que la yerba se está comiendo el sembrao de papa ¡ah! pues ahí lo dejan. Y hay que estar arriba de ellos porque si no... Y después se quejan. ¡Siempre se están quejando! Y se cansa uno de resolverles problemas. En cuanto tienen cualquier cosa vienen para acá. ¡Eso sí! Pero a la hora de trabajar... cuando es domingo porque es domingo y cuando es lunes porque es lunes. (Gritando) ¡El café!
ROSA: (Entrando) ¿Lola no te lo ha traído? Deja ver qué le pasa.
CRISTÓBAL: Las diez de la mañana y ese muchacho durmiendo todavía.
JUANELO: (Saliendo del cuarto) Las nueve y cuarto exactamente. En mi reloj suizo.
CRISTÓBAL: Yo estoy levantao desde las cinco y media.
JUANELO: (Bromeando) ¡Ah! Pero tú eres un hombre fuerte, hecho al trabajo duro y al aire de la mañana. Vas a vivir muchos años y lo que es más, vas a seguir luciendo joven, como ahora…
CRISTÓBAL: A mí también me gustaría dormir la mañana, pero tengo que ser yo el que me levante.
JUANELO: Viejo, tú fuiste el que te empeñaste en que estudiara. Querías tener un hijo doctor.
CRISTÓBAL: Claro, para la finca no sirves.
JUANELO: (Le quita los muñequitos al periódico que Cristóbal lee) Pero para otras cosas, sí. Como mi padre.
ROSA: (Entra con café) Toma Cristóbal. ¡Mira que esto es grande! ¿Tú quieres, Juanelo?
JUANELO: ¡Claro!
ROSA: Vete a lavar la cara ¡anda! Mira que esto es grande. ¿Tú no sabes que Lola estaba dormida en la cocina? Me la he encontrado sentada en una silla, rendida.
CRISTÓBAL: Porque tú eres como este, que tratas a la gente con una confianza desde el primer día ¡que te pierden el respeto! Mira a ver en la finca...
ROSA: Pues tú mismo estabas diciendo que no trabajaban.
CRISTÓBAL: Cuando no estoy, porque cuando me ven tiemblan.
JUANELO: Yo no le veo la gracia a eso, a que tiemblen.
CRISTÓBAL: Por eso cuando estuviste allí nadie te hacía caso.
JUANELO: Pero me divertía.
CRISTÓBAL: Y ésta, las coloca hoy y al día siguiente están en la gran cháchara.
ROSA: Con alguien tengo que hablar.
CRISTÓBAL: Y le cuentan los problemas y que si el marido y que si los muchachos. Y le pierden el respeto.
LOLA: (Entra con cubo y frazada) Óigame, perdone, pero conmigo no es eso, porque yo no tengo ni marido ni muchachos.
CRISTÓBAL: Otros problemas serán. Porque todas las que vienen aquí tienen problemas, y si no para oír los de Rosa.
LOLA: Bueno, yo vivo sola, yo sí que no tengo problemas.
JUANELO: Pues hoy por la mañana, ¡ahorita mismo! ¡Te oí a ti y a la vieja en la gran conversación! Fíjate que no me dejaban dormir con el runrún.
LOLA: Pero ésos no eran problemas, mi'jito: le estaba contando del baile.
JUANELO: ¡Ah! Verdad, si yo te vi cuando ibas con tu flor en la cabeza y la cintura apretá.
LOLA: Hay que divertirse, que la vida es corta.
CRISTÓBAL: Si yo hubiera pensado así de joven, ahora estaríamos comiendo tierra. Y si me hubiera levantao a la hora que tú te levantas no tendríamos ni un kilo. Pero me pegué muy duro, pero que muy duro desde muchacho. Porque no me da pena decirlo, que pasé mucha hambre, mucha. Porque me acuerdo cuando trabajaba en la bodega de Elíseo, que me levantaba de madrugada, y un mulatico y yo, dale que dale, sin parar hasta las doce de la noche. Para volver al día siguiente.
JUANELO: ¿Y qué se hizo del mulatico?
CRISTÓBAL: Y después pedí las noches y aprendí mecanografía. Y le hice las cuentas a Elíseo y aprendí...
JUANELO: Y aprendiste a llevar los libros.
CRISTÓBAL: Sí, no te burles. Aprendí a llevar los libros. ¡Y me sirvió mucho!
JUANELO: Se ve, se ve.
CRISTÓBAL: Porque había pasado hambre y humillaciones y tuve que agarrarme de cualquier tablita para ir subiendo. Porque a ti todo te ha sido fácil.
ROSA: ¡Por Dios, Cristóbal!
CRISTÓBAL: ¿Por Dios de qué? Él no sabe nada, ni tú tampoco porque cuando me conociste ya yo era otro. Pero hay que decírselo para que le dé valor a lo que ahora tiene. Cuando me conociste ya no era el dependiente, sino el dueño, bien distinto que era para ti y sobre todo para tu padre.
JUANELO: Si eso te conviene, viejo. Mira la cara que tienes, pareces mi hermano. El trabajo no te ha hecho daño, al contrario.
LOLA: Oiga, verdad que usted no parece la edad que tiene.
CRISTÓBAL: ¿Y qué edad yo tengo?
LOLA: ¡Ah! Yo no sé... Pero parece... vaya, no parece viejo. (Mira a Rosa).
JUANELO: Tú no lo sabes bien, negra. Se lo comen por la calle. Hasta las de quince.
CRISTÓBAL: Bueno, ya no, pero hace unos años me llevaba en la golilla a muchos bonitillos como tú.
LOLA: De tal palo... ¡Que lo he visto lo he visto!
JUANELO: ¿Vamos viejo, hasta allá arriba? Me visto y te dejo en casa de tío.
CRISTÓBAL: Sí, para seguir después con la máquina.
ROSA: ¿Está enamorado, Lola? ¿Qué dicen por ahí?
LOLA: Ay, yo no sé. Yo no sé si le gustan los pollos o los medios tiempos.
JUANELO: ¡Qué lengua!
LOLA: Si eso no es malo, mi'jo. Mira, yo me enamoro todos los meses y vivo divinamente.
ROSA: ¿Quién es, Lola? ¿La hija de Alfonso, el alcalde?
LOLA: Ay, señora, yo no soy chismosa. Pero no es tan joven como la niña ésa. Y me voy. Voy a la carnicería y limpio después, porque hay mucha gente aquí.
ROSA: Coge. Llégate hasta la calle Real y tráeme las flores. Azucenas mejor, sabes, si hay azucenas mejor. (Lola sale).
CRISTÓBAL: ¿Es verdad lo que dicen, Juanelo?
JUANELO: ¡Ay viejo! Voy a vestirme y te llevo hasta casa de tío. (Sale).
ROSA: ¿Qué es, Cristóbal?
CRISTÓBAL: Que le anda dando vueltas a la prima de González, la que vino de La Habana.
ROSA: ¿La que es divorciada?
CRISTÓBAL: Sí.
ROSA: Pero es una mujer mayor.
CRISTÓBAL: Bueno, no tanto, tendrá... Treinta años.
ROSA: Para él es una vieja.
CRISTÓBAL: Bueno, tú no creerás que él piensa casarse con ella ¿no? Será para ver lo que puede coger.
ROSA: Sí, pero una mujer así lo enreda y cuando viene a ver ...
CRISTÓBAL: No adelantes, no adelantes las cosas. Es un hombre ¡déjalo! No empieces a darle vuelta como una gallina culeca. Es más vivo de lo que tú te figuras, ¡y seguramente sabe la clase de mujer que es! Divorciada, vive sola en La Habana.
ROSA: ¿Y qué hace aquí?
JUANELO: (Entra poniéndose la camisa) Pues su prima está enferma y vino a cuidarla. ¿Qué otra cosa quieren saber?
ROSA: Juanelo, ¿y lo de la hija de Alfonso...?
JUANELO: Ah ... vieja. ¡Esa niña boba!
CRISTÓBAL: ¡Boba! Con un padre que es dueño de medio pueblo.
ROSA: Siempre es mejor una muchacha decente, de buena familia, que una vieja que viene de no se sabe dónde.
CRISTÓBAL: Déjalo, Rosa, él sabe lo que hace, que aproveche ahora que es joven. Después sabrá buscar lo que le convenga. Y si tiene dinero no pensará que es boba.
JUANELO: Eso no tiene que ver. Mamá no tenía nada y te casaste con ella.
CRISTÓBAL: No, no tenía nada. Este montón de muebles viejos. Y la importancia que se daban.
ROSA: Porque podíamos. Que mi familia es una de las más antiguas del pueblo.
CRISTÓBAL: Pero no tenía nada.
ROSA: Mi abuelo tuvo fincas por todos los alrededores. Maravilla y Sueño Viejo, dos fincas enormes, las que son ahora de Alfonso.
CRISTÓBAL: Sí, pero cuando yo te conocí, todo estaba hipotecado. Y bien callado que se lo tenían, porque tu padre no tenía ni donde caerse muerto.
ROSA: No seas grosero.
CRISTÓBAL: Groserías eran las de tu padre, que no te quería dejar casar conmigo porque quería ¡quería un doctor para la niña! Y la niña por poco se le queda.
JUANELO: Pues dicen que el abuelo tenía plata.
CRISTÓBAL: Sí, es verdad, Maravilla, esa otra finquita que está ahí después de la línea, pero cuando yo me casé todo estaba hipotecado y cuando se murió don Gregorio. (Camina hasta la sombrerera) ¡Ah, porque le decían Don Gregorio! Mucho título, mucho respeto, mucha servilleta en la mesa, pero cuando se murió ésta no cogió ni un kilo. Ya todo estaba perdido.
ROSA: Eso fue lo único que te dolió. Que no había dinero. Por lo demás como si se hubiera muerto un perro.
CRISTÓBAL: Yo nunca le caí bien...
ROSA: Eso no es verdad, lo que pasaba es que...
CRISTÓBAL: Sí, lo que pasaba es que él no sabía que yo también iba a tener dinero. Se murió sin verlo.
JUANELO: Ahora hubiera estado orgulloso de su yerno, viejo.
ROSA: Esos son inventos de Cristóbal, que siempre mide a la gente por el dinero. Y se cree...
CRISTÓBAL: Así medían ustedes. Si no, ¿por qué le gustaba a don Gregorio el mariquita aquel que andaba contigo?
JUANELO: ¿El del retrato? Ese que está con la vieja al lado de un piano...
CRISTÓBAL: Sí, ella cantaba y él tocaba el piano. Siempre estaban en lo mismo. En las veladas, en las verbenas, donde quiera ella cantando y él ahí, pegado al piano.
JUANELO: Pero mamá canta bien. Ya no, pero me acuerdo cuando era chiquito que ella...
CRISTÓBAL: Qué va a cantar bien. Haciendo el papelazo.
ROSA: Ahora dices eso. Pero me conociste cantando. ¿Te acuerdas? Era en el Liceo, creo que era la primera vez que entrabas allí. Y no me quitabas los ojos de encima mientras cantaba. De esa noche es la fotografía.
JUANELO: ¡Qué foto más ridícula! Con ese vestido y el abanico.
CRISTÓBAL: Eran unos picúos que se escribían libretas de poesías.
ROSA: Tú me pediste la libreta. Y en medio de todos aquellos poemas escribiste una décima.
CRISTÓBAL: Por lo menos era mía.
ROSA: Y me seguías por todo el pueblo.
CRISTÓBAL: Y tú te parabas detrás de las persianas a verme pasar. Y eso que yo no era más que un bodeguero.
ROSA: Voy a buscar la fotografía. Para que Juanelo vea qué linda era su madre.
CRISTÓBAL: Buena cosa.
JUANELO: Si yo la he visto.
ROSA: Sí, pero no te acuerdas. (Sale).
CRISTÓBAL: Eran unos orgullosos. No tenían nada, pero se creían los dueños del pueblo, porque tenían una gran casa y estos muebles y cortinas. La verdad que vivían bien y respetaban al viejo. La primera vez que fui allí me sentí todo cortado. El viejo Don Gregorio, Don Gregorio ¡y no tenía ni un kilo! Pero usaba bastón. Bastón con puño de plata. (Juega con el bastón). Pensaban que me hacían un honor dejándome entrar en su casa. Siempre hablando de la chusma y de la educación y de los pueblos chiquitos y de la ignorancia y de los buenos modales. Me tragaron a la fuerza, pero aspiraban a otra cosa ¡no sé a qué! ¡al mariquita ese que tocaba el piano!
ROSA: (Entrando, le quita el bastón de las manos y lo pone sobre la mesa) No era ningún mariquita. Que se casó y vive en La Habana con su mujer y su hija. Mira Juanelo. (Juanelo se ríe que no puede más. El padre se ríe. Rosa dolorida les arranca la foto de las manos. La rompe).
ROSA: Ahí está. Total, ya no queda nada, nada, nada.
JUANELO: Vieja, ¿por qué la rompiste?
ROSA: Ríete de mí, no tengas pena. Él se ha reído siempre, hazlo tú también. Ya estoy acostumbrada. (Sale).
JUANELO: Vieja, vieja. (Juanelo recoge los pedazos de la foto y trata de unirlos en el suelo. Entra la Maestra).
MAESTRA: Buenos días. ¿No hay nadie en esta casa? Le roban la casa...
CRISTÓBAL: Pase, pase para acá, usted es de la familia.
MAESTRA: Buenos días, Juanelo. ¿No saludas a tu maestra? Salía de misa y me dije: "deja ver cómo andan esos falsos". Sí, ustedes, no protesten que es verdad. ¿Y Rosa? Por allá no les veo el pelo. Bueno, Rosa es verdad que sale poco. A usted es al que más veo, y por eso porque va a ver a Alfonso. Juanelo ya...
CRISTÓ
MAESTRA: Bueno, en eso todos los hombres son iguales. ¿Y tú Juanelo? ¿Ya no te
JUANELO: Usted sabe lo que pasa...
MAESTRA: Sí, hijo, cómo no voy a saber lo que pasa, en un pueblo chiquito todo...
JUANELO: Es que he estado ayudando a papá y siempre hay algo...
MAESTRA: Claro, claro... Pero, ¿y Rosa?
CRISTÓBAL: Rosa, Rosa, aquí está la señora de Alfonso. Viene en seguida, debe estar por la cocina.
MAESTRA: Sí, en las casas siempre hay algo que hacer. Pues salí de misa y dije: "déjame aprovechar y llegarme hasta allá", porque después se me complica el día y los domingos, que va tanta gente a ver a Alfonso ¡y como hace días que quería venir! Y me alegro de encontrarlo a usted aquí, sí quería venir hace un montón de días porque en la iglesia estamos haciendo una colecta. No una colecta general ¿sabe? sino, solamente entre los matrimonios más representativos, así dice el Padre, entre los matrimonios más representativos del pueblo. Una obra magnífica ¿sabe? Porque lo que se pretende es realizar matrimonios religiosos entre la gente pobre. ¡Yo quisiera que usted viera cuanta gente hay que
(Entra Rosa, se besan).
MAESTRA: ¡Buenos días, Rosa!... Llevo toda la mañana aquí dando palique...
CRISTÓBAL:
MAESTRA: Bueno, pero Juanelo sí lo piensa...
JUANELO: No, perdone, es que estaba...
MAESTRA: Sí, sí, sí, pensando en otra cosa ¡se ve! Rosa, le decía a Cristóbal que queremos casar por la Iglesia ¡es una campaña! ¿Sabes? Se le ocurrió al padre Tomás... por cierto dice que nunca vas por la iglesia, chica, un domingo más que otro debías ir. ¡Él los aprecia tanto a ustedes! Mira ahora mismo, en seguida que hizo la lista de los matrimonios más representativos, así lo llama él ¿sabes? En cuanto hizo la lista, Cuca y yo lo ayudamos, en cuanto empezamos a hacer la lista se acordó de ustedes. Después, a los matrimonios que contribuyan se les dará una especie de suvenir y si quieren, no es obligatorio ¿saben? si quieren pueden ser padrinos de boda de uno de los matrimonios pobres que van a hacerse. Se ha dicho que no es obligatorio porque ¡figúrate! hay gente pobre que es decente, yo no digo que no, pero... no todos, desde luego... entonces, ¡claro! uno contribuye, cumple su parte y no se ve obligado a estar después, tú sabes cómo son las gentes, que se lo puedan tomar a pecho y si le sirves de padrino de boda, después son capaces que los tengas metidos en la casa todo el día. Así ustedes contribuyen, les mandan su suvenir y en el periódico del pueblo ¡ah sí! se me olvidaba, entonces en el periódico del pueblo, Cuca, la directora del colegio, escribirá una viñeta sobre cada uno de los matrimonios, más representativos, como dice el Padre.
CRISTÓBAL: ¿Y con cuánto hay que ponerse?
MAESTRA: Bueno, no hay cantidad fija. Se han escogido los matrimonios más representativos y... ¿Rosa, te sientes mal?
ROSA: No, es que anoche no dormí bien porque... ¡Había una fiesta cerca de aquí!
MAESTRA: Ah, sí, ese maldito baile de los negros. Alfonso dio el permiso, qué remedio. ¡Un alcalde tiene tantos compromisos! Ahora no hay tantas fiestas ¡y conviene ¿sabe? ¡Conviene que haya! ¡Esos peludos de la Sierra! Tan tranquilos que podríamos vivir y ellos lo tienen todo revuelto. Bueno, no quiero ni hablar de eso. Lo mejor es no hablar. ¡Alfonso no habla de otra cosa!... ¿Qué te decía? Sí, te ves cansada.
CRISTÓBAL: Usted nos perdona, pero tengo que salir. Tengo que ver a mi hermano y después ir a Matanzas.
MAESTRA: Bueno, cuento con usted entre la lista de matrimonios.
CRISTÓBAL: Claro, claro. Salude a Alfonso.
MAESTRA: Vaya por allá, para que... hablando de otras cosas se distrae. Está tan preocupado con las bolas. Ahora dicen que ya están en Santa Clara. Yo no quiero creerlo.
JUANELO: Pues es verdad.
CRISTÓBAL: Nadie sabe lo que es verdad ni lo que es mentira, todo el mundo habla y habla...
MAESTRA: Eso digo yo, todo el mundo habla tanto. ¡Pero parece que es verdad! Yo no quiero creerlo. ¿Contamos entonces con ustedes? Bien.
CRISTÓBAL: Salude a Alfonso.
MAESTRA: No deje de ir por allá. Él se distrae tanto con usted.
CRISTÓBAL: Hasta luego. (Salen Cristóbal y Juanelo).
MAESTRA: Hasta lueguito. ¡Es igualito a su padre ese muchacho! De ti no sacó nada.
ROSA: La niña se parecía a mí.
MAESTRA: Juanelo está altísimo. Siempre me acuerdo del día que lo puse de penitencia, ¡era viyaya! Bueno, todos los varones son viyayas. Y yo tengo treinta y cinco fieras metidas en un aula cuatro horas. ¡Qué ganas de que lleguen las vacaciones! Estoy tratando de conseguir una licencia para no tener que trabajar, pero ¡con las cosas como están! En confianza, creo que la cosa está muy mala.
ROSA: Pero eso es por allá arriba, por Oriente, pero aquí... ¡quién se va a meter aquí en eso! A Juanelo le tengo dicho que no venga tarde. Aunque éste es un pueblo tranquilo. ¿Pero quién lo aguanta metido en la casa? Es como el padre.
MAESTRA: Sí, se parece mucho a Cristóbal…. Rosa, yo... ¡hay cosas en las que uno no debe meterse! Pero nosotros les tenemos un gran cariño a ustedes. ¿Tú sabes que Juanelo anda con esa mujer? Vive con ella, que los han visto. Se la lleva en la máquina y... yo comprendo que Juanelo es ya un hombre...
ROSA: ¿A dónde la lleva?
MAESTRA: No sé, los han visto solos en la máquina ¡y ella es divorciada! Claro que Juanelo es un hombre, pero ella es una cualquiera ¡y te lo envuelve! Y cuando vienes a ver lo tienes casado y… ¡se te meten a vivir aquí! Y a mí que no me vengan con eso de que ella es muy educada y doctora en ¡ciencias sociales, dicen! Lo que es una cualquiera, porque llegar a un pueblo así y echarle mano al primer muchacho que encuentra ¡chica! Y tú sabes que él andaba con mi hija Laurita, que ¡te juro que no es porque sea ella! pero, un poco de respeto ¿no?
ROSA: ¿Entonces tú crees que ya no vamos a estar en la familia?
MAESTRA: Chica, él hace mucho tiempo que no va por casa. Laurita sigue su vida de siempre. En eso yo no me meto y a ella no le pregunto. Ya las hijas no son como antes. Les preguntas y dicen siempre: "¡ay mamá, es un amigo!". ¿Para qué les vas a preguntar?
ROSA: Cristóbal y yo ¡los dos! estábamos tan contentos, porque Cristóbal es tan amigo de Alfonso y todo.
MAESTRA: Y yo creo que Juanelo, me da pena decírtelo, ¡la verdad es que me da pena decírtelo! Pero yo creo que Juanelo está tomando muy en serio lo de esa mujer.
LOLA: (Entrando) Óiganme, ah, perdone, no sabía que había visita. Buenos días.
MAESTRA: Buenos días. ¿Sigues trabajando aquí?
LOLA: Sí, señora. Rosa es muy buena. ¡Y tan espléndida! No hay carne. Dicen que no viene de Camagüey, y ya estaba cerrada la carnicería. Y eso que los domingos ellos siempre abren un rato por la mañana. Pero no viene carne, no están viniendo reses de Camagüey ¡y entonces, pues! ¿Qué haremos?
MAESTRA: ¿No te lo dije?
LOLA: ¿Pollo?
ROSA: Sí, será lo mejor. Trae uno. ¡Con una finca y tener que estar comprando pollo! No muy grande. Somos nosotros solos.
LOLA: ¿Usted no sabe que la rural traía un preso? Un muchacho joven, del campo. Yo no lo pude ver bien, porque no quise acercarme ¡los fósforos! Pero creo que es de la finca de ustedes.
ROSA: ¿Quién te lo dijo?
LOLA: Nadie. Yo lo vi. Lo llevaban dos guardias. Pasaron por la acera de enfrente de la carnicería. Iban pa'llá, pa'l cuartel. Pero lo vi casi de espaldas. La gente estaba comentando.
MAESTRA: ¿Qué decían?
LOLA: Usted sabe que la gente habla. ¡Que hablan por hablar!
MAESTRA: ¿Pero qué decían?
LOLA: Yo no les puse atención. Voy a buscar el pollo ¿eh?
ROSA: Y las flores, no te olvides.
(Lola sale).
MAESTRA: ¿Flores?
ROSA: Sí, hoy la niña cumple año de muerta.
MAESTRA: ¡Ah! ¿No te lo dije? La cosa está mala, fíjate, ya no viene carne.
ROSA: Pero por aquí todo está tranquilo.
MAESTRA: De todas maneras no dejes que Juanelo ande por ahí de noche. Yo a los míos, a las once en la casa. Es verdad que todo el mundo los conoce, los hijos de Alfonso, los muchachos de Alfonsito el alcalde. Pero de todas maneras... ¡A las once en la casa! Y si se demoran, Alfonso manda un policía a buscarlos ¡qué va! Ay, perdóname, Rosa, que mira que hablo y tú tendrás un montón de cosas que hacer.
ROSA: No. Voy a ir al cementerio cuando Lola me traiga las flores.
MAESTRA: Bueno, tengo que irme. Quiero visitar otros matrimonios para lo de la colecta. Te ves cansada. Hasta luego. Y recuérdale a Cristóbal lo de la colecta. Hasta luego. Y ve por la iglesia, chica.
ROSA: Hasta luego. (Recoge el bastón, lo coloca en la bastonera y se mira en el espejo).
RODRÍGUEZ: (Entrando) Buenas, señora. Buenos días, usted perdone, señora. ¿Cristóbal, está?
ROSA: No, él salió. ¿Pero qué le pasa? Está temblando. Siéntese, Rodríguez.
RODRÍGUEZ: El hijo mío, el mayor, me lo han llevao preso.
ROSA: ¿Pero cuándo? Qué es lo que...
RODRÍGUEZ: A primera hora, clareando. Llegó la pareja, registró la casa y se lo llevó. ¿Dónde está Cristóbal?
ROSA: Fue a casa de su hermano.
RODRÍGUEZ: Voy a verlo.
ROSA: Pero espere, usted no puede irse así.
RODRÍGUEZ: No, no, tengo que ver a Cristóbal.
ROSA: ¿Por qué no lo espera y así se calma un poco? ¿Qué le dijeron?
RODRÍGUEZ: Dicen que se había robado un cochino. Es mentira, eso es mentira. Usted lo conoce. Es el que venía aquí con Juanelo. En la finca siempre andaba con Juanelo pa'rriba y pa'bajo. Mi mujer está desesperada. Cristóbal tiene que sacármelo de la cárcel, tiene que sacarlo o me lo matan.
ROSA: ¡Por Dios!
RODRÍGUEZ: Él puede, Cristóbal puede, conoce al alcalde. Y el alcalde, usted sabe, el alcalde es uña y carne con el teniente.
CRISTÓBAL: (Entrando con Juanelo) ¿Qué pasa, Rodríguez?
RODRÍGUEZ: Cristóbal, se han llevao preso al muchacho. Al mayor. A Tavito, Juanelo.
CRISTÓBAL: Ya me enteré, me lo dijeron en la calle. Dime tú qué pasó, porque no se puede creer todo lo que andan diciendo, dime tú cómo fue.
RODRÍGUEZ: Llegó la pareja. Llegó temprano y registró la casa. No había nada que buscar, no encontraron nada.
ROSA: ¿Qué buscaban?
JUANELO: ¿Dónde estaba Tavito?
RODRÍGUEZ: Estaba allá. Acababa de ordeñar y venía con la leche. Él es el que hace el ordeño siempre. ¡Sabe tratar tan bien a los animales! Tú lo sabes, Juanelo. ¿Te acuerdas lo bien que te cuidaba a tu perro? La pareja llegó temprano, namás que de verlos me asusté. Tavito venía con el jarro de leche. Le miraron de arriba abajo y le dijeron: "vamos". Mi mujer preguntó: "¿Qué pasa? ¿Por qué se lo llevan?". "Vamos", dijeron y le dieron un empujón. Yo les dije, me acerqué y les dije: "¿qué pasa?". "No se haga el bobo", me dijo uno, "usted sabe bien que se ha robao un cochino".
JUANELO: ¿Tavito?
RODRÍGUEZ: Eso dijeron. Para acá lo trajeron, pa'l cuartel. Yo vine a todo correr después, pero no me han dejado verlo. Me botaron de allí. Él no se robó ningún cochino, él no se robó nada ¡para qué va a querer ese muchacho un cochino! Él trabaja y trabaja los domingos toca un poco la guitarra, más na. Tú lo conoces, Juanelo. Cristóbal, usted tiene que ir al cuartel conmigo.
CRISTÓBAL: Debe haber alguna confusión. Estoy seguro que hay una confusión, ya se aclarará.
RODRÍGUEZ: Venga conmigo, Cristóbal a usted le dejan entrar.
JUANELO: Vamos, viejo, vamos a ver a Alfonso.
CRISTÓBAL: Cállate tú, Juanelo. Rodríguez, no tenga miedo, si el muchacho no ha hecho nada nada le puede pasar. ¿Qué le puede pasar? Debe ser eso una confusión. Si yo supiera que hay algún peligro, ahora, ahora mismo iba con usted. ¡Quién mejor que yo! Con quién, digo, con quien mejor que usted. Y ese muchacho, ¡si lo he visto crecer! Tavito es como un hermano para Juanelo.
JUANELO: Yo creo, viejo, que sí...
CRISTÓBAL: Yo iré luego por el cuartel voy por allá, hablo con el capitán...
RODRÍGUEZ: ¿Por qué no viene ahora conmigo? Es mejor ahora, mi mujer está desesperada allá la dejé, con los más chiquitos, desesperada. ¡Tenemos tanto miedo! ¿Por qué no viene?
CRISTÓBAL: Tranquilízate, Rodríguez. No le va a pasar nada al muchacho. Luego voy y hablo con el capitán. Vete para la finca, tu mujer debe estarte esperando.
RODRÍGUEZ: ¿Usted me promete que va luego?
CRISTÓBAL: Claro, hombre. Ve tranquilo.
JUANELO: Yo puedo acompañarlo, Rodríguez.
CRISTÓBAL: Quédate, Juanelo, que yo tengo que ir a Matanzas dentro de un rato. Tengo que estar allá para resolver un asunto y ...
RODRÍGUEZ: Entonces, ¿cuándo va al cuartel?
CRISTÓBAL: Eso no me toma ni hora y media. A las dos estoy aquí. Ya te lo dije, ve tranquilo. (Lo guía hasta la salida).
RODRÍGUEZ: Cristóbal, es el mayor ¿sabe? Trabaja y toca la guitarra, nada más. (Se va).
JUANELO: ¿Por qué no vamos, viejo? Es mejor ahora, que aquello está tranquilo.
CRISTÓBAL: Tienes veinte años, un chiquillo, y quieres decirme lo que tengo que hacer. Si yo tuviera 20 años también iría, pero ya hace tiempo que pasé los 20.
JUANELO: Viejo...
CRISTÓBAL: Déjame hablar. Si el muchacho no ha hecho nada, no hay que tener ningún miedo. ¿Qué le va a pasar?
JUANELO: Puede aparecer muerto en una guardarraya.
CRISTÓBAL: Ah, Juanelo, yo no puedo ir allí a sacar la cara por él ¿Tú qué sabes si está metido en algo? ¿Qué quieres, que sospechen de mí también? Y mira a ver lo que haces tú, que estás viniendo tarde de noche ¡y la cosa no está para eso!
JUANELO: Pero es Tavito, papá.
CRISTÓBAL: Sí, es Tavito ¿y qué? Ándate tú derecho y deja la vida correr. Hasta ahora hemos estado tranquilos. Nadie se ha metido con nosotros. ¿Por qué? Tú sabes por qué ¿verdad? Porque yo vivo de mi trabajo. De la finca a la casa y de aquí... ¡No tengo nada que ver con eso! Al que cogen ¡averiguan! siempre encuentran. Si te estás tranquilo en tu casa y te callas ¡te callas! que andas por ahí por las esquinas hablando lo que no debes. Si no te mezclas, nadie tiene que venir a llevarte de tu casa.
ROSA: Y se lo he dicho, no salgas, Juanelo, no vengas tarde. Tú tampoco debías venir tarde.
CRISTÓBAL: Pero ellos mismos se lo buscan. Se hacen eco de todo lo que oyen, no hay bola que no repitan. Todo lo encuentran mal, todo. Y un gobierno tiene que hacerse respetar. Y no es que yo estoy de acuerdo ¡tú lo sabes! Pero yo trabajo, de eso vivo, yo no tengo nada que ver con la censura ¡qué me importa a mí la censura! Yo muelo mi caña y no tengo problema. Y el que es zapatero hace sus zapatos y el otro hace lo que tiene que hacer. Allá los políticos que se fajen entre ellos. Dame café, Rosa.
ROSA: No te conviene tomar tanto café, tú sabes bien que el médico...
(Cristóbal va a contestar. Entra Lola, trae un gran ramo de flores).
LOLA: ¡Qué horror! El viejo ese de la finca de usted. ¡Qué horror!
JUANELO: ¿Qué pasa?
CRISTÓBAL: ¿Ya vienes con bolas?
JUANELO: ¿Qué pasó, Lola?
LOLA: Bolas, no, que lo vio mi sobrina, que el viejo fue al cuartel a preguntar por el hijo ¡lo cogieron esta mañana! Dicen que era rebelde. El viejo fue a preguntar y llegó allí y empezó a llorar porque no lo dejaban entrar. Y lo empujaron y lo sacaron ¡a culatazos! Un viejo de sesenta años...
CRISTÓBAL: Está bueno ya, vete para la cocina.
LOLA: Sí, me voy. Pero es una salvajada, porque si el hijo había...
CRISTÓBAL: Cállate.
LOLA: Sí, si lo único que iba a decir es que el viejo no tiene la culpa ¡qué horror! Cualquier cosa que haya hecho el muchacho, pero es un viejo ¿no? A culatazos, usted sabe lo que es a culatazos. (Se va. Juanelo va hacia la puerta).
CRISTÓBAL: ¿A dónde vas, Juanelo? ¡Quédate aquí! Ya te dije que nosotros no tenemos nada que ver con eso. Quédate aquí. No quiero complicaciones para luego lamentarnos.
(Juanelo se sienta junto al radio, lo enciende. Se oye música de danzón).
CRISTÓBAL: ¡El café, Rosa! Cada cual a lo suyo, a su trabajo, a su familia, deja el mundo correr. (Juanelo sube el volumen). No pongas tan alto el radio, Juanelo. Tú eres el que quiere oírlo, ponlo para ti. Baja ese radio, muchacho. (Juanelo sube el volumen). ¡Juanelo! ¡Juanelo!
JUANELO: (Gritando) ¿Qué importa? Nosotros no tenemos nada que ver con eso.
FIN DEL PRIMER ACTO
SEGUNDO ACTO
Por la tarde. La escena vacía. Juanelo entra y llama en voz alta.
JUANELO: Lola, ¿dónde está la gente de esta casa?
LOLA: Mira que eres escandaloso, muchacho. Tu mamá fue al cementerio. Te estuvo esperando para que la acompañaras.
JUANELO: ¿Y eso?
LOLA: ¿Qué tiene de raro eso? ¿Ella no va todos los domingos?
JUANELO: Sí, pero ella sabe que a mí no me gusta ir. ¿Me estuvo esperando?
LOLA: Es que hoy cumple años de muerta la niña. Está muy triste. ¡Las madres siempre quieren una hija!
JUANELO: A mí no me gusta ir.
LOLA: Pero alguien debía ir con ella. Yo iría, aunque a mí tampoco me gusta. Gustarme, lo que se dice gustarme, bueno yo creo que a nadie ¿no? Aquello es demasiado quieto, casi nunca hay nadie y sin ruido ¡yo no sirvo para la tranquilidad! ¡Baja los pies de esa silla! Para que después venga tu mamá y diga que yo no limpio bien. ¡Eres igual que tu padre, pones los pies donde quiera y después tiene uno que estar pasando la bayeta, no se acaba nunca!
JUANELO: ¿No ha llegado el viejo de Matanzas?
LOLA: (Echándose fresco con una penca) Yo no lo he visto, tengo la mesa puesta hace una hora. Tanta mosca y tanto calor. Tengo ganas de fregar para ver si me tiro en la cama un rato. Ya deben ser la una y media. Con este sol y esa caminata hasta el cementerio. La verdad, yo soy como tú, a mí tampoco me gusta ir. Y allí tengo un montón de familiares. Mi madre que en paz descanse, mi hermana, mi hijita que se murió de tres años. Pero a mí no me gusta ir. ¿A buscar qué? A entristecerme y llorar por gusto. ¡Bastante tiene uno con los vivos!
JUANELO: Tú vives sola, Lola, ¿no? ¿Todos tus parientes están muertos?
LOLA: Tengo una hermana que vive en La Habana ¡y ya! No la he vuelto a ver. Mejor así. No me preocupo por nadie, nadie se preocupa por mí.
JUANELO: ¿Y el carpintero ese que andaba contigo?
LOLA: ¡Ah! Flor de un día... Tú sí que andas bien acompañado. Ayer estuve hablando con ella.
JUANELO: ¿Dónde?
LOLA: En la florería. Yo había entrado un momento a saludar al dependiente y ella estaba ahí. Me dijo: "¿Usted no trabaja en casa de Juanelo?". Yo la miré y me dije: "¡qué blanquita más simpática ésta!" porque se estaba sonriendo así con una malicia ¡vaya! Parecía que estaba diciendo un montón de cosas. Ahí empezamos a hablar que si a ella le gustaban las dalias, que las margaritas, que no para desperdiciarlas en el cementerio, dijo. ¡Ay si tu mamá la oye! ¡Más nunca le habla! Yo le dije... ay, ¿qué le dije? No sé... A mí me gusta ponerle flores a mis muertos, pero en mi casa ... pero yo no le dije nada ¡cada cual que piense lo que quiera! Habla bonito ¿eh? Me preguntó si usted quería mucho a su mamá.
JUANELO: ¿Qué le dijiste?
LOLA: Le dije... ¡qué le iba a decir! Todos los hijos quieren a sus madres ¿no? Lo que no sé por qué me lo preguntó.
JUANELO: ¿Tú crees que yo la quiero, Lola?
(Lola se ríe con malicia).
JUANELO: Yo digo a la vieja.
LOLA: Ay, qué pregunta.
JUANELO: Hoy me porté mal con ella. Me estuve riendo de su retrato. ¡Siempre está tan triste, Lola! Tú vives tan tranquila. Vas, vienes, trabajas, te ríes.
LOLA: Lloro.
JUANELO: Sí, lloras. Pero como si supieras por qué vas y por qué vienes. Yo, yo ando saltando de aquí para allá. Empiezo esto, lo dejo, me aburro. Tú estás con un hombre, te veo, vas y vienes. De pronto dices: "¡bah! Flor de un día...".
LOLA: ¿Qué tú quieres que me desagüe llorando?
JUANELO: No, no, si está bien lo que haces. Flor de un día ¡y ya! Ella es así, Lola, ¡tú sabes! Así como tú.
LOLA: No, no, no; no puede ser. Ella es educada ¿cómo se llama?
JUANELO: Adela.
LOLA: Ahí sí ¡verdad, si ella me lo dijo! Me dijo: "Lola, Juanelo me habla tanto de usted, que es como si la conociera". Entonces yo le dije: "¿Sí? ¡Si ese muchacho es un sato!". Me dio pena, como dicen que ella es doctora, y me reí. Y entonces ella dijo: "¡Satísimo!", y nos reímos las dos, como dos bobas.
JUANELO: ¿Ves que se parece a ti?
LOLA: No compares, Juanelo, no compares. Si es de lo más educada; se ve por encima de la ropa. ¡Y elegante! Me parece un poquito flaca, ¿sabes?
JUANELO: Va tan segura. Me desarma. Yo estaba acostumbrado a las muchachas de aquí, siempre diciendo que no quieren, ¡no quieren!, siempre riéndose jugando. Con ella fue distinto. Yo pensé que me aburriría en seguida. Y no. ¡Qué distinto! Hubiera querido estar en la finca, para correr y correr. ¡No te rías! Yo fui hasta el puente, casi a las tres de la mañana, y estuve hecho un bobo, tirado boca arriba, rato y rato. Te lo cuento porque ¡yo no sé!, pero ¡tenía que contártelo! ¡Como tú te pareces a ella! Después de eso, me pregunto: ¿Yo quiero a la vieja? Mamá es tan distinta. Ahora estoy mirándolo todo como si lo acabara de comprar. Como cuando el viejo trajo la máquina, que levanté el capó y lo miré todo hasta aprenderme cada tornillito. Me gusta que haya hablado contigo, Lola. Eso me gusta.
LOLA: Ja, ja; estás enamorao, bobo.
JUANELO: No. Lo bueno es eso, que no estoy "enamorao bobo", como tú dices. Hablamos. ¡Siempre tenemos algo que hablar! Cosas que, ¡como lo que te cuento ahora! Tú ves, me he acostumbrado a hablar de lo que me pasa, de lo que veo. ¡En este pueblo nadie habla!
LOLA: ¿Nadie habla? Aquí nadie tiene la lengua quieta.
JUANELO: Es distinto. Yo digo, sentarse a hablar. ¿Cómo te diré? No es el chisme de todos los días. A veces le cuento de cuando era muchacho, que iba a la finca y ayudaba a los muchachos de Rodríguez con los animales. O ella, de cuando empezó a estudiar; si no, me hace comentarios de un libro que está leyendo. Lee muchísimo. Me da una pena, yo soy tan bruto. Ella dice que sí, que soy bruto, un diamante en bruto. Ahora mismo, con esto de Tavito. Antes de venir para acá, estuve hablando con ella. Estuvimos de acuerdo en que hay que sacarlo. ¡Y tengo que convencer al viejo para ir al cuartel! ¿Tú crees que el viejo vaya? ¡Tengo que convencerlo! Ella tiene razón: hoy es Tavito, mañana puede ser... puedes ser tú.
LOLA: ¡Santa Bárbara! ¡No!
JUANELO: O yo, o ella.
LOLA: ¿Ella está metida en algo?
JUANELO: No. ¡Claro que no!
LOLA: A mí no me extrañaría.
JUANELO: Claro que no está de acuerdo con lo que está pasando.
LOLA: Nadie con dos dedos de frente está de acuerdo.
JUANELO: Dice que en La Habana es horrible. ¡No se puede salir a la calle!
LOLA: ¿Qué hace ella aquí?
JUANELO: ¿No me oíste? Está cuidando a su prima que está enferma.
CRISTÓBAL: (Entrando) ¿Tu madre no ha llegado todavía?
LOLA: Voy a ver cómo anda la cocina. (Sale).
JUANELO: No.
CRISTÓBAL: ¡Esa manía de estar siempre en el cementerio! Y cómo viene después. ¡Lola, tráeme las zapatillas! La máquina, hay que chequearla; estuvo haciendo un ruidito extraño, no sé bien; tú la conoces mejor que yo; no sé si será algo del carburador. Luego, cuando la cojas, fíjate. Un viaje hasta allá por gusto. ¡Lola!
LOLA: (Adentro) Ya voy.
CRISTÓBAL: Estos carros son un gastadero de dinero. ¡Siempre tienen algo! Le llené el tanque en Matanzas, así que si vas a usarla luego... ¿Tú piensas ir a alguna parte por la tarde?
JUANELO: No.
LOLA: (Entrando con las zapatillas) ¿Ustedes quieren almorzar ya? ¡Es la una y media! ¿O van a esperar a la señora?
CRISTÓBAL: Deja, deja que venga Rosa.
LOLA: Ella seguramente que no almuerza. ¡Usted sabe cómo viene de allá!
CRISTÓBAL: Vamos a esperar de todas maneras, me duele la cabeza. Si no vas a usar la máquina, es mejor que la lleves al mecánico. A Cheo no, que la otra vez me metió diez pesos por una bobería.
JUANELO: Hoy es domingo.
CRISTÓBAL: El mulatico ése que tiene el taller después de la botica, trabaja cualquier día. ¡No digo yo! Con el hambre que está pasando. Así, mañana puedo usarla para ir a Matanzas. ¡Tener que volver mañana! Se creen que valen más que nadie. Una hora me ha tenido allí, sentado en la antesala. ¡Y pasa éste y pasa el otro! Lo peor que hay en el mundo es tener que depender de otro. Por eso he querido siempre que estudies, porque aparte de lo que aprendas, un título ¡hay que ver las puertas que abre! Hora y media en la antesala, ¡claro!, porque no es aquí. ¿Quién se atreve a hacerme esperar aquí? Aquí todo el mundo en el pueblo me conoce. Que soy amigo del alcalde, del teniente, que tengo una finca, que vivo en la casa que fue de Don Gregorio y ahora es mía. Mañana, tener que volver. Ve a llevarme la máquina, Juanelo, no quiero tener ningún problema en la carretera. Oye, fíjate mientras la llevas, es un ruidito que parece el carburador. Y que me lo tengan para mañana temprano.
JUANELO: Viejo, ¿tú crees que ahora, después que almorcemos, podremos llegar un momento... ¡un momentico!, a ver a Alfonso? Con él podemos ir al cuartel. ¡Y así, con él no hay riesgo para nadie!
CRISTÓBAL: Lleva la máquina. ¡Y vuelve pronto! Vamos a almorzar; después, quiero hablar contigo.
ROSA: (Entrando) ¿A dónde vas, Juanelo? No pensarás salir en la máquina, ¿no?
CRISTÓBAL: Va a llevarla al mecánico, ahí en la otra esquina.
ROSA: No te demores. (Juanelo sale). Es un problema este muchacho, que ya se cree hombre.
CRISTÓBAL: Tiene veinte años.
ROSA: Sí, pero es un muchacho. ¡Lo de Tavito me tiene nerviosa! Vine por atrás, por la calle de la línea, para no encontrarme con nadie. ¡Le empiezan a contar a uno un montón de cosas! Tengo los nervios de punta.
CRISTÓBAL: Juanelo está igual. Se ve que no piensa en otra cosa.
ROSA: ¿Hace rato que llegaste?
CRISTÓBAL: Hace un momento. Toda la mañana perdida.
ROSA: ¿No pudiste verlo?
CRISTÓBAL: No. Dice que estaba apurado, que fuera mañana. ¡Tan fácil! Mañana. Y cuando menos, si mañana ... ¿Supiste algo del hijo de Rodríguez?
ROSA: No. Ya te dije que fui y vine por aquí atrás. No quería encontrarme con nadie. ¡Salí tan tarde! Con todo eso de por la mañana. . . ¿Tú crees? ...
CRISTÓBAL: Y después de esperar ¡más de una hora!, ese viaje hasta aquí, con esa carretera que no tiene un solo árbol.
LOLA: Yo acabo de venir a pie.
CRISTÓBAL: Pero no de Matanzas.
LOLA: Hay yerbas en la tumba, alrededor de la bóveda y en el canterito de a'lante. Creo que es mejor trasladar los restos para otra bóveda. Ésta se está rajando y tiene yerbas. Cada domingo las arranco. ¡No sé qué pasa! Las arranco y nacen nuevas.
CRISTÓBAL: ¡Ah!, sí. (Distraído).
ROSA: Sí, crecen. ¡No sé cómo! Las arranco y las arranco...
CRISTÓBAL: No será tanto.
ROSA: Tú qué sabes, si no vas nunca. Creo que es mejor llamar a la marmolería. ¡Y quiero que me des dinero! Yo creo que bastará con 700 pesos, porque tal vez se pueda dejar la jardinera. Pero ¡no! Para cambiarlo, es mejor cambiarlo todo. ¿Tú no crees?
CRISTÓBAL: ¡Ah!, sí.
ROSA: Y con los 700 pesos tal vez alcance.
CRISTÓBAL: Yo no creo que podemos gastar 700 pesos, como están las cosas.
ROSA: Las cosas cambian. Ella está siempre allí. Cuando hablo de dinero, las cosas están malas. Para esto las cosas no pueden estar ni buenas ni malas. ¡Es tu hija! Su recuerdo tiene que estar vivo, aquí, en esta casa. . . Pero tú te gastas el dinero en ...¡Déjame callarme!
CRISTÓBAL: Sí, es mejor, porque hoy el día no está bueno.
ROSA: No está bueno. Cómo va a estarlo. Hoy se cumplen 18 años. ¿Se te olvidó? Dime la verdad, Cristóbal, tú eres su padre. ¡Hoy hace 18 años, no he dejado de llorar un solo día! ¡Llorando por ella! ¡Tú lo sabes! ¡18 años! ¿Tú te acordabas, Cristóbal? Dime, dime.
CRISTÓBAL: Sí, Rosa. Vamos a dejarlo, ¿eh?
ROSA: Dejarlo, no; debías haber ido al cementerio conmigo. Y llorar allí conmigo. Los dos juntos. Llena de yerbas. ¡Hay que hacerle una bóveda nueva, cueste lo que cueste! ¿Oíste? Que tú te gastas el dinero a manos llenas. Y ya que no vas, que no vamos juntos a llorar, ¡es lo único que puedes hacer, que podemos! ¡Una niña! Ahora hubiera tenido un consuelo.
CRISTÓBAL: Tienes a tu hijo.
ROSA: Tu hijo, tu hijo. ¿Qué tengo? Tú te vas por las noches, ¡y vienes tarde! ¡Tu hijo! ¿Mi hijo? También se va. Ahora anda como un perro detrás de esa mujer. ¡Los dos! Los hombres están siempre en la calle, el último bocado se lo tragan en la puerta, ¡y adiós !
CRISTÓBAL: Rosa, hoy no; no empieces.
ROSA: No empiezo nada. Esto empezó hace tiempo, ¡y no se acaba nunca! ¡Ojalá se acabara de una vez, y ya! Sí, coge la puerta de la calle y lárgate, es lo de siempre. No quieres oírme porque es la verdad, ¡y te duele! Es fácil irse, de esa puerta para afuera no hay recuerdos; aquí, con estas paredes y estos muebles, que son los mismos de siempre.
CRISTÓBAL: Cámbialos.
ROSA: No; son los muebles de mi casa, donde se sentó mi padre. ¿Qué me queda entonces?
CRISTÓBAL: ¡Ah!, chica, entonces no te quejes. Hablas por gusto, por hablar. Te gusta tener algo para quejarte y echármelo en cara.
ROSA: ¿Echártelo en cara?
CRISTÓBAL: Sí, echármelo en cara; parece que yo soy el culpable de todo, siempre. De todo. De la bóveda, de los muebles, de si crecen las yerbas...
ROSA: No vamos a meter la bóveda en esto. Por lo menos, déjala a ella tranquila. Tú no tienes que hablar de la niña.
CRISTÓBAL: Pero, Rosa, ¿tú estás loca? Tú empezaste, Rosa; siempre empiezas y empiezas por cualquier cosa, para hablar de los años y los años. No debías quejarte de los años que tú has estado aquí, con tus flores, con tus retratos, con todos estos muebles viejos. Y yo, haciendo dinero. ¡Trabajando! ¡Para que tengas para retratos y flores! ¡Y para ese hijo!, que es en el que tenemos que pensar.
ROSA: ¿Y ella? ¿No era hija tuya?
CRISTÓBAL: Sí, Rosa, sí. Pero hace 15 años.
ROSA: 18, Cristóbal, 18. A mí no se me olvidan los años.
CRISTÓBAL: Perdón, perdón. Tus 18 años. Mis 30 años trabajando y ahorrando y matándome... ¿no son también años, dime, esos 30 no cuentan?
ROSA: Yo nunca pedí tanto, porque lo único...
CRISTÓBAL: Quieres una bóveda nueva.
ROSA: Porque es lo único que tengo.
CRISTÓBAL: Tu hijo, Rosa. ¿Y tu hijo?
ROSA: ¿Qué hijo? ¿Qué hijo he tenido yo? ¡Que te lo llevaste siempre! ¡Siempre conmigo! ¡Siempre en el colegio! ¡Siempre en la finca! ¡Siempre contigo, riéndose! Ella hubiera estado siempre conmigo, siempre de noche, que ustedes se van; de noche nadie aguanta en esta casa. Y yo ni siquiera puedo dormir, ¡siempre vigilando de no olvidarme de pensar en ella!
CRISTÓBAL: Cállate ya. Cállate.
ROSA: No, hoy no; hoy no va a callarme nadie. Hoy no, que es mucho tiempo. Hoy no puede callarme nadie.
CRISTÓBAL: ¡Cállate! ¡Cállate!
ROSA: Hoy no. Hoy no. Hoy no. Que son 18 años arrancando la yerba, domingo tras domingo. ¡Y sola!, en el cementerio que siempre está vacío. ¿Crees que no me da miedo? ¡Sí! Muchas veces tengo miedo de estar con tantos muertos. ¿Tú sabes por qué no voy a un centro espiritista? Porque me da miedo, me dan miedo las voces de los muertos. Pero voy sola al cementerio. ¿Quién iba a ir conmigo? ¿Tú? ¡Siempre trabajando! ¿Juanelo? ¡Siempre contigo! Qué bien se llevan, qué bien se llevan. Todo el mundo venía a decirlo: "¡Qué bien se llevan! Parecen hermanos, no parecen padre e hijo." Sí, sí que se llevan bien. ¡Y cómo se ríen juntos! Tu madre era así de soltera, tu madre cantaba, tu madre era flaca, ¡era flaca, pero te casaste conmigo!
CRISTÓBAL: Han sido ¡chistes!, Rosa, por pasar el rato, sin mala intención, sin pensar que tú ...
ROSA: ¿Pasar el rato? ¿Tú sabes lo que estás hablando? Piénsalo. Pasar el rato riéndose de mis recuerdos. Ojalá me hubiera muerto; muerto el perro, se acabó la rabia. Pero no, un hijo es lo que más se quiere, ¿verdad? Todo el mundo lo dice, un hijo es más que madre y marido y todo. Y a mí se me murió la mía y aquí estoy. ¡Y parece que no voy a morirme nunca!
(Entra Juanelo y se queda en la puerta).
CRISTÓBAL: Rosa, Juanelo está aquí.
ROSA: ¿Cómo puedes... cómo puedes llegar tarde por las noches y empezar a roncar? Si yo tuve que dejar a mi hija agonizando para sacarte de la cama de tu querida. ¡Y dejé de hacer una promesa! Siempre tuve tanta fe. Yo había hecho promesas siempre, ¡y la Virgen me oía! Cuando papá estuvo tan enfermo, antes de casarme; después, cuando nació Juanelo y tuvo acidosis. Pero con la niña no. Estuve ahí, al lado de la cama, noche tras noche. Y se me quedó muerta entre las manos. Y tú eres tan culpable como yo. No vas al cementerio como diciendo: ve tú, fue tu culpa. Fue de los dos. La matamos los dos. ¡Los tres! ¡Y todavía vas a verla todas las noches!
CRISTÓBAL: Cálmate, Rosa, te va a hacer daño. (Se le acerca).
ROSA: ¡Déjame! ¡Déjame! Porque me daba miedo pedir mucho de una sola vez. Yo había hecho la promesa de ir al Cobre y subir de rodillas, hasta la Virgen... ¡de rodillas!... si tú la dejabas. Pero tú ibas, te ibas a restregarte con ella todas las noches. Todas las noches a verla, todas las noches. Yo estaba al lado de la cama de mi hijita, que se me iba muriendo y pensando en la promesa de subir de rodillas hasta la misma Virgen del Cobre... ¡Y no me atreví a pedir más! ¡Qué inútil, qué inútilmente pedí que la dejaras! Has estado con ella todo el tiempo -18 años- y yo no he tenido que ir al Cobre.
(Lola se lleva a Rosa hacia el interior de la casa. Pausa larga).
JUANELO: ¿Por qué tiene que pasar esto?
CRISTÓBAL: Ya tú lo sabías, ¿no?
JUANELO: Sí, pero creía que mamá estaba ciega. ¿Cómo pude haber aguantado tanto tiempo? Yo siempre creí. .. Si no sale, ¡quién se lo va a decir!
CRISTÓBAL: Hay cosas que no pueden cambiarse. Cuando nos casamos. . . mientras fuimos novios... ¡fue poco tiempo! Fuimos novios muy poco tiempo. Cuando nos casamos, el padre de Rosa quiso que viniéramos a vivir para acá, a vivir con él porque estaba viejo, porque estaba solo. ¡Rosa era hija única!
JUANELO: Ya, papá. Deja, es igual.
CRISTÓBAL: Ellos caminaban por toda la casa y conocían cada mosaico. Ya llevamos aquí un montón de años. Tú naciste aquí, tú conoces cada mosaico, aprendiste a caminar aquí. (Indica el piso). Don Gregorio me hacía sentir que yo estaba acostumbrado al piso de tierra, a los jarros para tomar agua.
JUANELO: ¿Por qué no se fueron a vivir a otra parte, tú y mamá?
CRISTÓBAL: Tu madre era tan religiosa. Cuando yo la conocí ayudaba en la iglesia, andaba con los curas pa'rriba y pa'bajo. Y se aburre uno. ¡Cuando todo es pecado, se aburre uno! Yo me crié en la peor parte del pueblo, oyendo hablar... ¡de todo! Y un hombre no tiene por qué dejar de hacer esto o aquello.
JUANELO: Ya. Ya. A mí no me importa nada de eso. Eso es asunto de ustedes y parece que ya no tiene remedio.
CRISTÓBAL: Rosa estaba siempre en la iglesia. Y era muy bueno irme allá, a la otra casa, y tirarme en camiseta... y hacer cuentos y reírme.
JUANELO: Está bien. A mí no me importa. Está bien.
CRISTÓBAL: Es que a uno siempre le gusta pasar un rato bueno, un buen rato. Sin preocuparse... Hablando ¡de cualquier cosa!
JUANELO: Sí, papá. Ya. A mí no me importa.
CRISTÓBAL: A mí me gusta pasar un buen rato contigo. Ir juntos a la finca, correr a caballo detrás de un torete. ¿Entiendes? Tomarse un buen café y hablar. . . Juanelo, a mí me gusta estar contigo.
JUANELO: Si estamos... si andamos siempre juntos, ¿a qué viene eso ahora?
RODRÍGUEZ: (Entrando) Buenas tardes.
JUANELO: ¿Qué tal Rodríguez? ¿Qué sabe de Tavito?
RODRÍGUEZ: Ahora me dijeron que van a trasladarlo para Matanzas.
JUANELO: ¿Quién le dijo eso?
RODRÍGUEZ: Volví por el cuartel. No puedo estarme tranquilo. Fui por la casa, traté de convencer a mi mujer de que no le pasa nada, que al muchacho no le van a hacer nada. Vine para acá. No puedo estarme tranquilo, me paré en la esquina del cuartel. Uno piensa: si de pronto lo dejaban allí, parado en la esquina mirando rara la puerta. Si los guardias me llamaran y me dijeran: pase, un momento nada más. ¡Qué me va a llamar nadie!
CRISTÓBAL: No te conviene estar dando vueltas por allí.
RODRÍGUEZ: No puedo estarme tranquilo. Al fin pude hablar con un cabo que salía. Ése fue el que me lo dijo. "Pa'Matanzas lo llevamos esta tarde", me dijo. Usted sabe lo que eso quiere decir. En Matanzas me lo van a moler a palos, si llega vivo.
JUANELO: Ni piense en eso, viejo. ¿Por qué va a pensar lo peor?
RODRÍGUEZ: Es que uno está ya tan escamao. (A Cristóbal) Usted me dijo que por la tarde íbamos al cuartel. Aquí estoy. Son como las dos. A uno que no se mete con nadie, le caen estas cosas encima. ¡No sé qué piensa Dios con los guajiros!
CRISTÓBAL: ¿Por qué vienes a quejarte aquí?
RODRÍGUEZ: ¿A dónde quiere que vaya? Llevo años trabajando para usted. Yo y mis hijos.
CRISTÓBAL: Está bien. Hemos hecho negocio. Tú trabajas y yo te pago. Nunca te quedo a deber nada; al contrario, un vale por aquí... un muchacho enfermo ... La tierra no da para tanto.
RODRÍGUEZ: De la tierra no hable, Cristóbal, que es muy duro pisarla todos los días y trabajarla de sol a sol, ¡como un buey! Pa'que usted se lleve la ganancia.
CRISTÓBAL: Mira, Rodríguez, es la vida que sube y baja. Yo también trabajé para otros. Y sé lo que eso. Yo te aprecio a ti, sé que eres buena gente. Y tus muchachos también. Gente de trabajo, tranquila.
RODRÍGUEZ: Demasiado tranquila, eso es lo malo, por eso nos hemos quedado sin nada, ya no tengo finca.
CRISTÓBAL: ¿Qué vas a hacer? La finquita era tuya ya, es verdad; vino un tiempo malo. ¿Hubieras preferido que no te ayudara? Qué, ¿tú querías que te dejara allí, muerto de hambre, sobre la tierra, tuya, pero muerto de hambre? No, yo no hubiera podido, porque tú tenías hijos chiquitos y yo también. ¡Y yo sé lo que es pasar hambre! ¡No me mires como dueño, yo soy un trabajador, igual que tú! Que me he acostado muchas noches, ¡desesperado!, sin saber si iba a comer al día siguiente.
RODRÍGUEZ: Usted me mete en una ratonera.
CRISTÓBAL: Ratonera no. Es la ley. Después tú no pudiste pagar la hipoteca. Yo mismo fui, hablé contigo. Puedes quedarte aquí. Me abrazaste, llorando. Acuérdate. Puedes quedarte aquí, ésa sigue siendo tu casa, vas a seguir trabajando esa misma tierra, ¿qué más podía hacer yo? Tú has sido agradecido, hemos sido amigos. ¿No hemos sido amigos? La vida sube y baja.
RODRÍGUEZ: Es que no sé por qué para mí siempre baja.
CRISTÓBAL: Bueno, Rodríguez, es que ustedes se lo buscan. Tienes un montón de bocas que mantener, no aprenden, no van a la escuela. Sé que está preso, que es tu hijo, me duele tanto decírtelo, pero yo no puedo mezclarme en ese asuntito, me traería problemas.
RODRÍGUEZ: Si hubiera sido hijo suyo, estaría dando carreras, como yo.
CRISTÓBAL: Pero es que mi hijo no lo hubiera hecho.
RODRÍGUEZ: No esté tan seguro. Los muchachos andan todos con la cabeza llena de cosas.
CRISTÓBAL: Serán tus muchachos, que éste se está quieto aquí. ..
RODRÍGUEZ: No. Todos. Éste iba y hablaba con Tavito. ¡Es la verdad, Juanelo! Hablaban y hablaban sin parar, para discutir, para estar de acuerdo, pero sin estar callados, sin poderse estar callados. Todos tienen la cabeza llena de cosas. El que vino era ...
JUANELO: ¿El que vino adónde?
RODRÍGUEZ: Quiero contarte esto; no debía. Le había dicho a Tavito que. . . Tavito me pidió que no hablara de esto con nadie. Pero ya está preso, quiero que me aconsejen. Ustedes entienden más de esto que yo. Yo, allí, trabajando todo el día, me cuesta trabajo aclararme las cosas. Tengo confianza, Juanelo ... Juanelo, tú sabes cómo es Tavito, gente que llega, gente que es amiga. ¡Como tú! Los viejos somos más resabiosos. Protesté, hablé con Tavito. ¡Yo tenía miedo! Pero el muchacho era tan bueno.
JUANELO: ¿Qué muchacho, Rodríguez?
RODRÍGUEZ: Era un estudiante que andaba huyendo.
CRISTÓBAL: ¿Estuvo en la finca?
RODRÍGUEZ: Hace cuestión de un mes. Estaba herido, tenía una herida en la pierna y fiebre. ¡Ardiendo en fiebre! Casi no podía caminar. Tuvo que quedarse allí.
CRISTÓBAL: ¿Lo escondieron?
RODRÍGUEZ: Casi no podía caminar. No lo íbamos a dejar que se muriera como un perro, tirao en una carretera.
CRISTÓBAL: Esa es la cosa. Se lo buscan. Ustedes mismos se lo buscan.
RODRÍGUEZ: ¿Quién iba a pensar que podía traer complicaciones? Nosotros no hicimos nada, curarlo, eso fue lo único. Curarlo como podíamos, un poco de mercurocromo que compré en la botica y sulfa de ésa que me dio el boticario. Le dije que uno de los muchachos se me había cortao con la mocha. "Échale estos polvos", me dijo, "es sulfa". Y fue mejorando. Cuando se le quitó la fiebre, Tavito lo llevó hasta Matanzas. Mi mujer y yo nos quedamos temblando, muertos de miedo. Aquel día usted fue por allá, acuérdese, me preguntó qué me pasaba, por poquito se lo digo, porque estaba muerto de miedo, pero mi mujer se me adelantó y le dijo: "Tiene andancio. Por eso está demacrao, tiene andancio". Todo el día tuvimos el corazón en la boca. Cuando Tavito llegó, por la tardecita, vimos los cielos abiertos. "¡Ya todo pasó!", yo me dije, "¡ya todo pasó!".
CRISTÓBAL: Pues bien que se han enredao. Y todavía vienes a pedirme...
JUANELO: Papá...
RODRÍGUEZ: Estuvo allí tres días, no más de tres días.
CRISTÓBAL: Lo mismo es uno que tres, que una hora. Estuvo allí. ¿Cómo se enteraron? Tú no lo sabes, pero se enteraron. Tal vez habló el muchacho en Matanzas, o lo vio alguien de aquí. Tal vez nadie sabe nada y ha sido casualidad, pero hubo alguien en tu casa, ¡ahí está la cosa!
RODRÍGUEZ: Pues si ahí está la cosa, que esté, Cristóbal. Pero yo no puedo ver un cristiano muriéndose, ¡como un perro!, y dejarlo tirao en una guardarraya.
CRISTÓBAL: Ahora no te quejes.
RODRÍGUEZ: No me quejo. No confunda. Vengo a ver si usted lo resuelve, porque tiene amigos. Y porque siempre me ha dicho que soy su amigo. Se l'ha llenao la boca pa decirlo. No me quejo. Si lo volviera a encontrar, lo curaría otra vez. Y sé que Tavito piensa como yo. Usted dice que es mi amigo, pero tiene mucho miedo de perder cosas. Yo todo lo que tengo lo llevo arriba. Lo siento por mi mujer, que es lo único que tiene. Lo único que tenemos. Porque la tierra es suya y la casa y la cosecha. Los muchachos, eso es lo único que tengo. Y 50 años que me los he pasao trabajando.
JUANELO: Parece que tiene 20, Rodríguez. Vamos al cuartel. Yo voy con usted.
TELÓN. FIN DEL SEGUNDO ACTO
ACTO TERCERO
Por la noche. La escena, oscura.
ROSA: (Grita aterrada) ¡Lola, Lola! Se ha ido la luz.
LOLA: (Adentro) Ahora voy. Llevo una vela.
ROSA: Pronto, Lola, pronto.
LOLA: (Sale con una vela) ¿Qué le va a pasar? Si a cada rato se va la luz.
ROSA: Estoy tan nerviosa.
LOLA: Eso son boberías. Los nervios hay que olvidarlos.
ROSA: Es que ha sido un día terrible. Una cosa detrás de la otra. Primero llegó Rodríguez con la noticia de lo de Tavito. ¡Y eso me hizo pensar en Juanelo! Después fue al cementerio, y al regreso... ¡huyendo por la calle, para no encontrarme con nadie! Porque no quisiera oír hablar de nada. ¡Y ahora, esta luz que se va!
LOLA: Pero si usted sabe que pasa a cada rato.
ROSA: Pero siempre me da miedo. Todavía cuando se va porque hay mal tiempo, porque llueve, pero de pronto, así, con todo tranquilo. Todo está bien, la gente está en sus quehaceres, con sus pensamientos, como todos los días, como siempre. De pronto se va la luz. No sé, no puedo contenerme.
LOLA: Ya yo no me asusto. ¿Para qué? Cada vez que prenden a alguien o cortan la luz, o atacan un cuartel. . . o... ¡cualquiera cosa de ésas !
ROSA: Y llegar del cementerio... sola... No pude contenerme. Con los nervios como los tenía. Y Juanelo delante. ¡Qué pensará ese muchacho! Los hijos no tienen por qué saber esas cosas.
LOLA: Él tiene que haberlo sabido. Un pueblo chiquito, todo se sabe. Algo le habrán dejado caer.
ROSA: No podía mirarle la cara. Y no podía callarme. He estado tanto tiempo sin hablar. Con mi padre. ¡Cuando hablaba con papá era como si no hablara! Y mamá murió cuando yo era... ¡No llegaba a los diez años! Creí que cuando me casara todo iba a cambiar. ¡Cambiar! Siempre esperando a que suceda algo que cambie las cosas. Me he pasado la vida esperando un cambio. (Oye campanas, se acerca a la ventana). Qué bien se ven las estrellas... Cuando tenga 15 años no estaré sola. Yo pensaba que eran las niñas las que no tenían con quién hablar. Veía siempre a los varones bromeando, riéndose, dando manotazos. Y yo, sentada en el portal, meciéndome en un sillón. Cuando tenga 15 años voy a tener dos novios, tres novios. Meciéndome en el sillón y pensando: "¡Si viniera un ciclón para que los muchachos del barrio tuvieran que refugiarse aquí!". Nunca pasó nada. Cuando vino el ciclón, papá dijo que se fueran al Ayuntamiento, o a la estación de trenes, donde quisieran, ¡pero en la casa no! Nunca pasó nada. Y todavía uno espera.
LOLA: Señora, ¿quiere que me quede esta noche con usted?
ROSA: No. Tendrás algo que hacer en tu casa. No tengas pena. Voy a la iglesia.
LOLA: ¿Ahora?
ROSA: Sí.
LOLA: Yo la voy a acompañar. Todo el pueblo está oscuro.
ROSA: No importa, mejor. ¿Ése era el último repique para el rosario?
LOLA: No sé.
ROSA: Seguramente. Cuando soltera, tenía una mantilla preciosa, negra; me la trajeron de España. Voy a ponerme el pañuelo que me regaló Juanelo…
LOLA: ¿Y ése dónde andará?
ROSA: ¿Dónde va a estar? Con esa mujer. Después que se fue con Rodríguez, llegó hecho una furia. Estuvieron a ver a Alfonso. Cosas de muchacho. A nadie se le ocurre ir a ver a Alfonso para que le pida al teniente que suelten a Tavito.
LOLA: ¡Pobre muchacho!
ROSA: Sí, a mí me da mucha lástima, pero ... ¡qué se le va a hacer! En eso Cristóbal tiene toda su razón.
LOLA: ¿Usted cree?
ROSA: Yo no estoy acostumbrada a opinar de esas cosas. Mi padre siempre me aclaró mucho que las mujeres a bordar y tocar el piano. Después de casada, atender mi casa.
LOLA: Yo, como no toco el piano, siempre estoy metiéndome donde no me llaman. Y de buena gana hubiera ido con Juanelo.
ROSA: No sé qué ibas a sacar tú ...
LOLA: Pues en Santiago se reunieron un montón de mujeres y salieron. Vestidas de negro. ¡Y la policía no pudo con ellas!
ROSA: ¿Quién te dijo eso?
LOLA: Lo que pasa es que aquí la gente pierde mucho tiempo. Pero van a tener que correr más duro ... Que ya están en Santa Clara.
ROSA: Lola, ten cuidado donde te metes.
LOLA: Yo sé nadar y guardar la ropa.
ROSA: Lola, es peligroso lo que estás diciendo.
LOLA: De todas maneras, ahora siempre hay peligro. Si estás o si no estás. Da igual, nadie está seguro.
(Entra Cristóbal).
CRISTÓBAL: ¿Dónde está Juanelo? Alfonso acaba de llamarme, iba cruzando la calle y me llamó. Me llevó a su oficina y me habló como a un amigo. Juanelo se fue allá con Rodríguez. Y él le aclaró que no se metiera en eso. ¡Pero este muchacho sabe más que nadie! Porque estudió bachillerato y se leyó tres libros que le dio la mujer ésa. Se fue para el cuartel y discutió con el teniente y gritó. Alfonso me llamó para decírmelo, que lo aguante, que se puso zoquete. Me habló como a un amigo, como a un hermano. "Chico, que la cosa no está para eso. Nosotros somos muy amigos tuyos, él y el teniente. Pero ese muchacho no sabe lo que hace". Asimismo me dijo, no sabe lo que hace. Y el hijo de Rodríguez está complicado. Se lo van a llevar para Matanzas. Esta misma noche.
LOLA: De noche, ¿no? Para que nadie pueda ver cómo lo han puesto. En la calle se oían los gritos. ¡Asesinos, eso es lo que son!
CRISTÓBAL: Cállate tú.
ROSA: Vamos, Lola, tráeme el pañuelo. Está en el cuarto, en la gaveta de la coqueta. (Lola sale).
CRISTÓBAL: ¿A dónde vas?
ROSA: A la iglesia.
CRISTÓBAL: Esperas esta noche que no hay luz para ir a la iglesia. No hay nadie en la calle. .
ROSA: No importa. Tal vez después pueda dormir.
CRISTÓBAL: Y ese muchacho también en la calle.
ROSA: No te preocupes. Él hace como tú, sabe dónde meterse. (Campanas). Lola, oye el tercer repique.
LOLA: Aquí está.
ROSA: Vamos.
(Cristóbal se queda solo. Entra Juanelo. Viene de prisa, pasa para su cuarto. Sale con un jacket de piel en la mano).
CRISTÓBAL: ¿Te vas?
JUANELO: No te vi cuando entré.
CRISTÓBAL: Tus amigos nos tienen sin luz otra vez.
JUANELO: Tengo que irme.
CRISTÓBAL: Es mejor que no salgas. Estuve hablando con Alfonso.
JUANELO: ¿De Tavito?
CRISTÓBAL: No, de ti.
JUANELO: Yo fui a verlo. El muy...
CRISTÓBAL: Me lo dijo. Y me dijo la estupidez que hiciste. Te fuiste hasta el cuartel con Rodríguez, ¡y no sacaste nada!
JUANELO: Me están esperando.
CRISTÓBAL: ¡Que se aguante! Dice Alfonso que el teniente me andaba buscando, para que te diera un consejo. ¡Que te estés quieto!
JUANELO: Alfonso y el teniente y el teniente y Alfonso me tienen lleno ya con sus consejos. Todo el mundo me habla de estarse quieto.
CRISTÓBAL: Juanelo, ¿tú estás buscando que te maten como a un perro?
JUANELO: No. Procurando que no aparezcan muchachos, amigos,
CRISTÓBAL: ¿Y por qué tienes que ser tú el que se encargue de eso? ¿Qué te importa?...
JUANELO: Porque no quiero que me maten c
CRISTÓ
JUANELO: Vamos a hacer la última gestión. ¿Tú sabes que lo torturaron, verdad? Y que se lo quieren llevar para Matanzas, eso dicen. Para que aquí no lo vean. Porque en un pueblo chiquito todo se sabe. Todavía lo tienen aquí. (Se le acerca). Si quieres, ven conmigo. Todavía puedes.
CRISTÓBAL: ¿Crees que voy a exponer todo lo que tengo por ese guajiro?
JU
CRISTÓBAL: Espérate. ¿No v
JUANELO: Porque le dio la gana, no. Por ayudar a un herido, nada más, ni siquiera le encontraron armas. Lo único que hizo fue ayudarlo.
CRISTÓBAL: Pues que se busque quien lo ayude ahora. Yo tengo mi finca que atender. De eso vivo.
JUANELO: Tu finca, tu casa, tu caballo, tu caña. ¡Mierda!
CRISTÓBAL: Mira cómo hablas. No me grites.
JUANELO: No, puedo decírtelo bajito. ¿Qué hemos sacado de eso? ¿De todo lo que tienes? Vives trabajando sin descansar. ¡Sí! Hecho una bestia. Trabajas para tener, tener más, tener, siempre tener y tener. Lola disfruta más que tú, cualquiera disfruta más que tú. Por tres pesos, que es lo que tienes. Porque tú tienes tres y tienes que suplicar a los que tienen cinco.
CRISTÓBAL: No tengo que pedirle nada a nadie.
JUANELO: ¿Qué te pasó, hoy por la mañana, en Matanzas? Y ellos se arrastran delante de los que tienen diez. Para después arrastrarse todos delante de los que tienen dólares.
CRISTÓBAL: A ti te es muy fácil hablar así. Es muy lindo, muy limpio. Óyeme, Juanelo, tú eres un chiquillo, has crecido sin que te falte nada. Es muy lindo hablar con el estómago lleno, con el estómago lleno de hablar de los que no comen. A ti no te falta nada: ni comida ni ropa. ¡Y tienes una casa! Puedes darte el lujo de decir todo eso porque cuando naciste le regalaron a tu madre talco y jabones y cucharitas de plata. Porque tenía jabones y cucharitas de plata de sobra. Por eso. Si no, te hubieran tenido que envolver en un trapo, ¡y ya! También yo pensé como tú, cuando tenía tu edad, sí, pero yo tenía razón. Porque estoy seguro que a mi madre no le regalaron jabones, ¡y menos cucharitas de plata! Porque estaba pegada a una batea, lavando las ropas de los hijos de otros. ¿Y tú pretendes que yo bote lo que tengo? Yo me quejaba por lo que no tenía, ¡y ahora vienes tú a despreciar lo que tengo! Lo que quiero es llegar allá, sí, donde dices que tienen diez.
JUANELO: Yo no digo que lo botes. Pero que vivas para eso.
CRISTÓBAL: Tengo que protegerlo. ¿Cómo voy a hacerlo? Voy a ir allí a decir: "Suelten a ese muchacho, yo me hago responsable". Bien. Y cuando una semana después, esté metido en un lío ¿a quién van a preguntarle? ¿A ti?
JUANELO: Pero lo van a matar, papá.
CRISTÓBAL: ¿Y yo qué puedo hacer?
JUANELO: Te estás hundiendo. ¿No ves que te estás hundiendo? No hay razón para vivir como vivimos.
CRISTÓBAL: Me hablas como si yo fuera un criminal. No soy distinto al resto. Pero eres joven, ¡y no entiendes! En la vida hay que pelear para ganar terreno. Con los dientes. A mordida limpia, como he peleado yo, para ir arrancando pedazo a pedazo lo que necesitas. Porque si no tienes nada, nada vales. Fui un tiznao siempre, ¡y era joven! y no había muchacha que me mirará. ¡No! Las cocineras y las guajiras, ésas sí. Pero las muchachas que iban al Liceo, ni una, ni una se fijó en mí mientras no tuve un kilo. Y yo era el mismo hombre que soy ahora. ¡Ah!, pero tu madre supo muy bien decirme que sí en cuanto fui dueño de la bodega. Y de la logia, de la logia me mandaron a buscar cuando compré las primeras cinco caballerías. Y me eligieron presidente del Liceo cuando compré la finca de Rodríguez.
JUANELO: Cuando se la robaste.
CRISTÓBAL: ¡No, no. Comprende eso. Es la vida que es así. El no pudo pagar. Robar es coger una cosa por la fuerza. El no pudo pagar, y la ley me dijo: "esa finca es suya".
JUANELO: Pues hay que cambiar la ley, para que Rodríguez tenga tranquilidad.
CRISTÓBAL: ¿Tranquilidad? Eso no llega nunca. Siempre hay un nuevo escalón que subir. Esta es la vida como todo el mundo la entiende. Tu casa, tu negocio, tus amigos. En esto vives y con esto tienes que vivir.
JUANELO: Entonces, hay que cambiar la vida. Echarlo todo abajo.
CRISTÓBAL: ¡Y tú vas a decidir la vida de los demás!
JUANELO: ¿Quién va a decidir la mía? Hay un montón de gente que quiere cambiarlo todo. Allá arriba están, en la Sierra. Llevan allí un año y medio y cada día son más.
CRISTÓBAL: Van a acabar con todos.
JUANELO: Eso lo vengo oyendo desde que llegaron.
CRISTÓBAL: Tienen que acabar con todos.
JUANELO: Cada vez que matan uno, suben diez. Ya están peleando en Santa Clara; aquí está Tavito, ayudando a un herido, aquí ...
CRISTÓBAL: Si, aquí estás tú, parado ahí, echándome en cara cómo vivo. ¡Como si yo fuera a permitir que venga alguien a decirme lo que tengo que hacer! Tú no sabes lo que dices. ¿Tú sabes lo que dices? Si te has pasado la vida sin hacer nada. Comprende, Juanelo, compréndeme. Oye bien. Necesitas tener, tener más cada vez para que te respeten.
JUANELO: Yo no necesito el respeto de esa gente.
CRISTÓBAL: Para que te oigan. ¡Hasta para que te quiera una mujer! Voy a decirte una cosa que... ¡Pero tengo que convencerte! Tú no puedes odiarme así, Juanelo. Y quiero aclararte, para que no vivas -¡veo que estás leyendo mucho!- con la cabeza llena de ideas: están bien en los libros, en la escuela, en los discursos. Pero vivir, vivir día a día, ¿tú entiendes, Juanelo? Yo no era nada. ¡Nada! Menos que un guajiro, menos que una bestia. Y estaba en aquella bodega, desde que aclaraba, doblando el lomo sin parar hasta que llegaba la noche. ¿Y qué me pagaban? Diez pesos y la comida. ¡La comida! ¡Y cómo entraba dinero en aquella bodega! ¿Cómo le cobraban a los guajiros que venían con sus vales? ¡El doble, el triple! Se le ganaba a todo. Y aprendí a llevar los libros. ¡Ríete! Siempre te ríes cuando lo cuento. Hay cosas que duelen, que uno no sabe cómo decirlas.. . Tú eres mi hijo y estás ahí, esperando a ver qué digo. Pues robé, ¡coño! Tuve que robar o me aplastaban. Si no, no había forma de salir de aquella mierda.
JUANELO: Papá.
CRISTÓBAL: Vete, si quieres. Vete a luchar con todos ésos que hablan de ideas, de libertad, de justicia. ¡Que vengan a hablarme a mí de justicia! ¿Quién nombra los jueces? Los nombran los de arriba, para ayudar a los que están arriba. Y yo he querido siempre allanarte el camino; que estuvieras arriba. Con lo que fui ahorrando, ¡vamos a decir ahorrando!, compré una bodega. Una bodeguita, casi un puesto de frutas. Pero ya yo sabía cómo era el negocio; aprendí con Eliseo. Después pude comprar la de Eliseo. Ya estaba en el camino; ya es fácil, después que tienes algo. Es fácil después que sabes cómo funciona el engranaje: tienes que
JUANELO: Yo no dije nada de irme.
CRISTÓBAL: No. Pero se te nota, se nota en cualquier cosa que dices, aunque estés hablando de una silla. ¡Las ideas! Estás a punto de empezar a correr hasta que llegues allá arriba. Y esa mujer ¡se sabe bien que está con ellos! ¡Me lo dijo Alfonso!
JUANELO: Pues denúnciala.
CRISTÓBAL: No es cuestión de denunciar a nadie. Yo no soy chivato. Yo me quedo en mi casa, cuidando lo mío. Sin mezclarme. La política para ellos. Yo, aquí, esperando.
JUANELO: Pues no puedes. Tienes que estar en un lado o en otro.
CRISTÓBAL: Esa mujer te llena la cabeza de cosas.
JUANELO: No, papá, no es ella. Ella me abrió los ojos, nada más, pero yo... ¡Ahora yo miro con los ojos bien abiertos! ¡Yo estaba detrás de ti! ¡Siempre detrás de ti! Oyéndote a ti, oyendo a los que venían a verte. Yo estaba mirando siempre con los ojos tuyos, con los ojos de ellos. Y muchas veces no me gustaba lo que estaba mirando, aunque no fuera con mis ojos. ¡Siempre hablando de negocios! No creas, no creas que uno dice siempre lo que piensa. Yo creo que nunca he dicho lo que pienso. Porque uno se ve distinto a los demás y tiene miedo. Yo pensaba que era yo. Porque ¡si todo el mundo se reía siempre!, ¡todo el mundo le tiraba piedras a los perros! Era yo. ¡Y nadie me dijo nunca que se podía ser distinto! Tú mataste un caballo a sogazos y yo corrí a quitarte la soga. ¿Cuántos años tenía yo? ¿Doce? Da igual, 11 o 12. Cuando corrí a quitarte la soga, me rozaste sin querer y se me hizo un morado. En casa de Tavito me pusieron alcohol, pero no me ardió, porque por la ventana se veía el caballo, tirado en la guardarraya. Eso se me había olvidado. ¡Qué día el de hoy! "Déjate de lloriqueos", me dijiste, "estaba muy viejo, por eso no podía con el carretón". Y me aguanté el lloriqueo. Y después me reí, como se rió todo el mundo cuando se cae una vieja o cuando le dan una pedrada a un gato. Y me reía siempre como se ríen los demás, no como yo quería.
CRISTÓBAL: Hay que ser así. Tú mismo dices que todo el mundo es así.
JUANELO: No, los obligan a ser así.
CRISTÓBAL: Da igual. Hay que pelear todos los días. Cuando te levantas, por la mañana, tienes que pensar: ¿contra quién estoy hoy?
JUANELO: No, no. Yo no quiero vivir así. Lola no pelea.
CRISTÓBAL: Porque no tiene nada.
JUANELO: Pues yo estoy con Lola, con Tavito. Estoy con ellos; si hay que pelear, estoy con ellos, para poderme reír como yo quiero.
CRISTÓBAL: Porque no tienen nada.
JUANELO: ¿Y todo esto para qué sirve? Aquí sobran cosas.
(Lola entra agitada).
LOLA: Juanelo, ¿sentiste los tiros?
JUANELO: ¿Qué tiros?
LOLA: Tavito... Lo mataron. Dicen que quiso huir cuando lo llevaban para Matanzas. Le tiraron, le tiraron y le tiraron. Allá está, muerto, en la carretera.
(Pausa. Cristóbal y Juanelo se miran. Cristóbal sale, vencido).
JUANELO: Ya no hay que hacer ninguna gestión.
LOLA: Sí. Ya no puedes quedarte aquí. Queda una gestión. Ella te espera a la salida del pueblo. Ella no puede quedarse tampoco, ya nadie cree lo de la prima enferma. Nadie es bobo. Saben que vino huyendo de La Habana. Ya no puede quedarse más tiempo. Te espera, me lo dijo; después que encontraron a Tavito me lo dijo. Te espera a la salida del pueblo. Una máquina los va a recoger. ¡Y hasta La Habana!
JUANELO: No. Hasta la Sierra.
LOLA:
JUANELO: No. Quiero correr hasta llegar arriba. Me voy.
LOLA: Coge tu jacket. Allá arriba h
JUANELO: ¿Tú crees que me va a crecer la barba?
LOLA: Seguro. Cuando bajes, vas a t
JUANELO: Sí. Unos negritos retintos, ¡lindísimos!
LOLA: (Lo abraza) Cuídate.
(Juanelo sale. Lola se queda en la ventana, mirando cómo se va).
ROSA: (Afuera) Juanelo, ¿a dónde vas?
JUANELO: En seguida vuelvo.
ROSA: No te vayas. Todo está oscuro.
JUANELO: En seguida vuelvo.
ROSA: (Entrando. A Lola) Te hacía en tu casa.
LOLA: Se me quedaron las llaves.
ROSA: (Acariciándose la mejilla) Dándome besos a esta hora. Ese muchacho siempre anda corriendo. (Se sienta) ¡Estoy cansada! Lola, mañana hay que limpiar.
LOLA: Sí. (Sale).
ROSA: (Pausa) Esta casa está que da asco.
TELÓN
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