lunes, 7 de junio de 2021

Idaho-Puebla Autor: Noé Sancén

 









Idaho-Puebla 

 

 

Autor:  Noé Sancén 

 

Me dirigía en avión hacia Idaho-Puebla cuando tuvimos el accidente. El único sobreviviente fui yo y por eso tuve que hablar al 911. El avión no se estrelló en picada, sino que dio un giro y quedó con la barriga arriba. Antes del desastre los pilotos salieron disparados por las ventanas y murieron en el acto. La señorita del 911, una vez que logré comunicarme, pedía toda clase de detalles. El vuelo hacia Idaho-Puebla estaba fuera del registro habitual y por eso las comunicaciones se interrumpían con frecuencia. El 911 era un servicio desconocido en estas latitudes, pero a pesar de la difícil ubicación la señorita cumplía el protocolo que se llevaba a cabo sobre todo en caso de accidentes aéreos. ¿Dónde me encontraba yo en el momento del percance? ¿Iba acompañado o con algún familiar? ¿Cuántos pasajeros habían muerto? Le comenté que el hecho de que el avión hubiera quedado barriga arriba impidió que estallara en llamas. Casi todos los pasajeros habían muerto, y el hecho de que yo fuera el único sobreviviente hasta a mí me causaba sorpresa. Sin embargo, a pesar de la difícil geolocalización en esta conflictiva ciudad de Idaho-Puebla, los servicios de emergencia no tardarían en llegar.  

 

Los últimos detalles de cómo trataron de identificar los cuerpos y cómo buscaron afanosamente la caja negra los conozco vagamente pues las noticias en Idaho-Puebla son escasas y generalmente están plagadas de ambigüedades y falsedades. Se dijo que el avión transportaba a una docena de inmigrantes de distintas nacionalidades, pero que sobre todo provenían del norte de África. En otras informaciones se pensaba que provenían del sur de América o de América central, pero nada estaba claro. Las razones para exponer estos temas a la prensa eran de índole político ya que el avión había despegado de la Ciudad de México y por lo tanto no había razones para suponer que inmigrante alguno hubiera subido a ese fallido vuelo desde ese destino. Sin duda si me hubieran preguntado a mí qué clase de pasajeros habían compartido el viaje pues no habría sabido contestar. Como le dije a la señorita del 911 yo desconocía la identidad de las personas con las que compartía el viaje. No puse atención y francamente no me importaba.  

 

En las Noticias los comentaristas hacían el ruido acostumbrado: Cuáles serían las características de los pasajeros ahora calcinados, ¿cómo eran sus gestos, sus tonos de voz, su color de piel o bien su manera de vestir? ¿Había en ellos algún rasgo que los identificara como parte de la cultura musulmana, o de la tradición americana o de algún país concreto?  

 

Yo fui el único testigo. Mi voz quedó grabada pero no estoy seguro de que me busquen o me quieran buscar. La noticia del accidente ya es vieja, y además de la identidad de los pasajeros solo interesó la impericia de los pilotos que por cierto estaban vinculados emocionalmente.  

 

Pienso en mi viaje en avión mientras recorro la ciudad en el Transporte-oruga. Aquí todos viajamos cuerpo a cuerpo, nuestras manos se unen inevitablemente en las barras de metal, vamos cadera con cadera o pierna junto a pierna. Aquí los cuerpos son los que se hablan y todo funciona de maneras poco claras para el ascenso o descenso en cada una de las estaciones de la Red.  

 

En este otro viaje por la compleja red de transporte colectivo en Idaho-Puebla es poco frecuente que te miren directamente a los ojos. Sentí una mirada intensa y supe que no se trataba de algún pasajero irritado o de alguien buscara acercarse a la puerta para descender. La mirada directa provenía de un hombre mucho más alto que el promedio, rubio y con la barba de días. Era joven y vestía como turista.  

 

Me bajé y me dirigí a la salida con la intención de regresar y esperar otro Transporte-oruga. Esperaba que el hombre no me siguiera y se quedara entre tanta gente. Así fue. Esperé otro transporte y en esta ocasión puse mucha atención por si alguien volvía a poner tanta atención en mí.  

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